Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Mis palabras no pasarán (Mc 13, 24-32)

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Domingo XXXIII Tiempo Ordinario

Ciclo B

Un mensaje de esperanza en la tribulación

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“Verán venir al Hijo del hombre, sobre las nubes, con gran poder y majestad”

El evangelio de este Domingo tiene un mensaje de esperanza que hemos de descifrar porque viene envuelto en un lenguaje que puede resultarnos extraño, el mensaje fue escrito en un lenguaje codificado para ser interpretado por quienes tienen fe y la comparten. El código para descifrar el mensaje es: la fidelidad de Dios.

En el texto que leemos este domingo, Marcos propone a los destinatarios de su evangelio la enseñanza de Jesús acerca del fin del mundo, una inquietud que asalta a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Recordemos que san Marcos escribe entre el año 60-70 y que esa década estuvo marcada por acontecimientos que provocaron la zozobra de la humanidad y el terror de los cristianos.

Plinio, en su Historia Natural da noticia de que en el año 61 hubo un gran terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche; se sabe que el año 63 hubo un terremoto en Pompeya, distinto de la erupción del Vesubio el año 79; el año 64 tuvo lugar el incendio de Roma, al parecer decidido por Nerón y del que culpó a los cristianos; el año 66 se tuvo la rebelión de los judíos contra Roma; la guerra duró hasta el año 70 y terminó con el incendio del templo y de Jerusalén. El año 68 hubo otro terremoto en Roma, poco antes de la muerte de Nerón. El  año 69, se produjo una profunda crisis a la muerte de Nerón, con tres emperadores en un solo año -Otón, Vitelio y Vespasiano-. (P. Sicre).

En este contexto, la comunidad cristiana sufría toda clase de problemas. Unos, de orden externo, provocados por las persecuciones de judíos y paganos: se les acusaba de rebeldes contra Roma, de infanticidio y de actos aberrantes en sus celebraciones litúrgicas. Otros problemas eran de orden interno, provocados traiciones, defecciones y por la aparición de individuos y grupos que se apartaron de la confesión de fe.

San Marcos recuerda la enseñanza de Jesús y la refiere a esta situación que vivían los destinatarios de su evangelio; por ello narra lo que sucede “después de la gran tribulación”;  en medio de tantas catástrofes naturales, la gran tribulación se refiere sin duda a la persecución que no sólo significa el problema de enemigos externos de quienes protegerse, sino también los efectos lamentables dentro de la comunidad.

La persecución es obra de un emperador que se había endiosado, que  se sentía dueño de vida y muerte. Cuando un persona, un sector de la población o una generación se endiosa, alrededor suyo sucede siempre una gran tribulación que provoca una grave angustia; el clímax de la crisis llega cuando pareciera que Dios mismo desaparece de la  historia, cuando todo se vuelve oscuro porque se apaga lo que ilumina y da seguridad: “la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá”.

Sin embargo, el creyente confiesa que Dios es fiel y que cumple su promesa, sabe que “podrá dejar de existir el cielo y la tierra” y que las palabras del Señor no “dejarán de cumplirse”; cuando parece que el fin ha llegado, que todo lo que daba seguridad y consistencia a la vida se ha extinguido, entonces la Palabra de Dios, que es creadora, se dejará sentir dando origen una nueva estación que se anuncia con pequeños signos: “Entiendan esto con el ejemplo de la higuera. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas saben que el verano está cerca”.

El discípulo de Jesús, que cree en Dios y confía en Él, confiesa su fidelidad y no se desespera en medio de la gran tribulación; sabe que Dios tiene la última palabra y que su Palabra es vida. Por ello, incluso en medio del sufrimiento, en lugar de empeñarse en tener la certeza de si ha llegado o no el fin del mundo, se dedica a cultivar semillas de esperanza, a descubrir en la sencillez de lo cotidiano los signos que anuncian un nuevo amanecer; está atento a los acontecimientos de la historia para encontrar en ellos la Palabra eterna de Dios que a convoca a cada generación a vivir una nueva creación, una nueva etapa de la historia, una nueva estación en la vida personal o familiar.

En nuestro tiempo, el endiosamiento de unos pocos, ha provocado la pobreza de multitudes que sufren grandes tribulaciones. El Papa Francisco nos pide celebrar hoy lo jornada de los pobres. En ella tenemos la gran oportunidad de acercarnos a personas que sufren o pasan necesidad, cultivar con ellas signos de esperanza y abonar a la transformación de nuestro mundo para que sea más justo y solidario.

 

 

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