Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Del miedo a la alegría

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II Domingo de Pascua

Hechos 2, 42-47

Salmo 117

1 Pedro 1, 3-9

Juan 20, 19-31

2PascA 2Este Domingo, con el que concluye la octava de Pascua, el evangelio presenta a nuestra contemplación el relato de las apariciones de Jesús resucitado, el Domingo, el mismo día de la resurrección y ocho días después.

Es un relato singular que no se detiene en los detalles que se resaltan en los evangelios sinópticos pero si en otros que nos permiten apropiarnos la experiencia de la resurrección, porque de acuerdo a este evangelio son «Dichosos los que crean sin haber visto» y el evangelista con esta expresión parece referirse a quienes a reciben el evangelio a través del testimonio apostólico «para que… crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre

El relato que hoy contemplamos destaca el miedo de los discípulos provocado por cuanto vivieron en los trágicos momentos de la pasión y muerte de Jesús de Nazaret, experiencia humana en si misma devastadora.

Lo que viven los discípulos en esta jornada evangélica que se relata acontece «estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban … por miedo a los judíos» y no era para menos, sentenciado y condenado injustamente Jesús fue crucificado, acusado de blasfemo por los judíos y de rebelde contra Roma. Era comprensible que quienes lo seguían, reconocibles por su condición de galileos, corrieran el mismo riesgo.

Pero hay además en el interior de los discípulos, de cada uno, otros sentimientos que les roban la paz. Su dolor se agrava porque saben que el Maestro fue traicionado por uno del grupo, que fue negado por Pedro y, al final de cuentas, abandonado por todos. Vivir con remordimientos es, de alguna manera, vivir con miedo a los propios fantasmas que agravan el sufrimiento manteniendo vivas las heridas del alma, haciendo más pesada la carga de las propias culpas, llevando la existencia a la desembocadura del sin sentido de la vida y la desesperación.

En esa circunstancia Jesús se presenta en medio de ellos y les saluda diciéndoles: «La paz esté con ustedes» expresión que en esta escena se repite tres veces y que llama la atención pues no es un saludo frecuente en labios de Jesús, ni en Juan, ni en los otros evangelistas.

En el texto que contemplamos este saludo evoca las palabras de Jesús en la Última Cena: «La paz les dejo, mi paz les doy, no como la da el mundo. No se turben ni se acobarden» (cf. Jn 14,27). En la situación de miedo en que se encuentran los discípulos, miedo que paraliza y mueve a la desconfianza, el Señor les comunica la paz, la armonía con el Creador, con las creaturas y con la creación, que Él tuvo durante toda su vida, incluidos los días de la pasión.

Es común en los relatos de aparición de Jesús resucitado la demostración de la realidad física del acontecimiento de la resurrección para dejar claro que no se trata de una idea, ni de una fantasmagoría, ni de la proyección de un deseo, sino una realidad. Así como en los relatos de los otros evangelios las mujeres le abrazan los pies, los discípulos de Emaús caminan y platican con Él y en otra escenas Jesús come delante de ellos, en el pasaje que contemplamos les muestra las llagas de las manos y del costado e invita a Tomás a tocarlas como prueba física de su resurrección.

El saludo de la paz, la serenidad de Jesús y la prueba de las llagas, nos enseña que el amor misericordioso de Dios, manifestado en la resurrección de Jesús está por encima de cualquier resentimiento, odio o deseo de venganza. Los discípulos no deben tener miedo, ni de sus culpas, ni de las amenazas externas, pues enviados por Jesús de la misma manera en Él es enviado por el Padre, cuentan con Dios que a ´Él lo resucitó de entre los muertos.2PascA

A diferencia de otros relatos, como en san Lucas, en los que la aparición del resucitado provoca susto y confusión, en la escena que contemplamos se habla de alegría. Hay aquí en eco de las palabras de Jesús en el mismo evangelio de san Juan en donde dice: «Ustedes ahora están tristes, pero volveré y se llenarán de alegría y nadie se las quitará» (cf. Jn 16,22). La transformación es clara. La experiencia de la resurrección hace que los discípulos pasen del miedo a la alegría y este será uno de los signos de la proclamación del triunfo de Dios sobre el poder de la muerte, precisamente porque el discípulo enviado lo ha experimentado en primera persona y al igual de los discípulos de la primera hora se llena de alegría al ver, sentir t experimentar que el Señor vive.

La paz y la alegría que comunica el Señor resucitado a sus discípulos tienen como finalidad la misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El anuncio de la Buena Nueva no consiste sólo en la continuación de una tarea, se trata más bien del eslabón de una cadena que tiene su origen en Dios Padre. Nuestra misión es la de Jesús, sólo en Él podemos entender el alcance, el modo, los medios y lo esencial de la misión que Dios nos confía.

Mientras que en el evangelista san Lucas el don del Espíritu Santo está reservado para el día de Pentecostés, Mateo y Marcos no dicen nada al respecto, Juan, en cambio, se refiere a este don en este momento haciéndolo aparecer como el don pascual por excelencia.

En el momento de la muerte del Señor en la Cruz, san Juan nos dice: «…e inclinando la cabeza, entregó el espíritu» y ahora resucitado, en la escena que contemplamos, después de saludarles y confiarles la misión «sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”» y esté don se vincula con el poder de perdonar los pecados: «los pecados que les perdonen les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar». Esto, más que a la confesión sacramental, parece referirse a la admisión al bautismo que supone preparación y disposición en quien lo solicita y que es el sacramento por excelencia para el perdón de los pecados.

La escena que contemplamos confronta a quienes encerrados en el racionalismo son incapaces de acceder a la verdad por otras vías de conocimiento y la fe es una de ellas.

«Dichosos los que creen sin haber visto» es una bienaventuranza de la que nosotros somos destinatarios a la que accedemos cuando dóciles a la acción del Espíritu colaboramos con la gracia de Dios para ponernos por encima de nuestro miedos y resentimientos, tomamos conciencia de que somos enviados por Dios, es decir, llamados a salir de nosotros mismos para llevar a otros , con alegría, la verdad del amor misericordioso del Padre que no abandonó a su Hijo al poder de la muerte, sino que al tercer día lo resucitó.

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