Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: marzo 2014

La tentación: endiosarnos

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I Domingo Cuaresma – Ciclo A

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7

Salmo 50

Romanos 5, 12-19

Mateo 4, 1-11

1CuaAEl itinerario cuaresmal nos prepara a la celebración de la Pascua, de la que nosotros participamos por nuestro bautismo. La pedagogía de la Iglesia dedica este tiempo a la renovación de la vocación bautismal que de manera ritual se hace en la vigilia pascual diciendo ¡NO! a satanás y ¡SÍ! a Dios.

Este primer domingo de cuaresma contemplamos nuestra vocación de hijos de Dios a la luz de las tentaciones de Jesús en el desierto, para reconocer en nuestra vida el sutil engaño del enemigo que quiere desfigurar en nosotros la imagen de Dios, apartarnos de su voluntad a través de un proceso ‘des-estructurador’ de nuestra condición de ‘hijos de Dios’ cuya dinámica va de la autosuficiencia al endiosamiento pasando por la idolatría.  Recordemos la tentación original, la de Adán y Eva, que seducidos por la serpiente que les dijo «seréis como dioses» traspasaron el umbral de sus límites ante la posibilidad que les presentó el enemigo de conocer, definir y determinar el bien y el mal.

No olvidemos que el evangelista Mateo tiene delante de si una comunidad en la que se encuentran discípulos procedentes del judaísmo. Esto nos ayuda a entender la composición de lugar de la escena de las tentaciones que tiene resonancias del Éxodo, presentando a Jesús en paralelo con Moisés. La escena se sitúa en el desierto, escenario del éxodo, 40 días y cuarenta noches, que recuerdan los 40 años de Israel en el desierto y la tentación, ante la que sucumbió, de desconfiar de Dios, cayendo en la idolatría.

Nos ayuda no perder de vista otro detalle. La escena de las tentaciones se coloca en el evangelio después de la del bautismo. Hay un contraste de escenarios. El bautismo se realiza en medio de un río y entre una multitud, se infiere el verdor y la frescura del lugar, la algarabía y el rumor de las voces de quienes allí se encuentran. En ese contexto Jesús tiene plena conciencia de ser el «Hijo amado» de Dios. La siguiente escena, la que hoy contemplamos, se ubica en el desierto, lugar de soledad y de silencio, de peligro y tentación, de miedo e inseguridad, pero que también es lugar en el que Dios se manifiesta providente, amoroso y protector.

Saquemos de aquí una primera idea provechosa para nuestra experiencia cuaresmal. Entendámosla como una experiencia de desierto a la que nos conduce el Espíritu para renovarnos en el amor primero; para renovarnos en el amor de Dios que en Jesucristo, por medio del bautismo, nos ha hecho hijos amados suyos. Es una oportunidad de renovar nuestra identidad más profunda que muchas veces se ve confundida por los oropeles de este mundo, por el frenesí de la vida diaria, por el anonimato en el que escondemos nuestra existencia o por las ansias locas de dominio de los demás y de la historia para engrandecer nuestra pequeñez.

Vayamos ahora a las tentaciones:

La primera tentación: «Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Después del ayuno el Señor sintió hambre y en esa circunstancia el tentador se le presentó retándolo para que demostrara su condición de Hijo de Dios a través de un milagro: convertir las piedras en pan.

Esta tentación, se presenta en medio de la fragilidad de una necesidad básica no satisfecha y representa la tentación que en esta circunstancia cualquier hombre y mujer puede experimentar de llegar a ser autosuficiente, de poner al propio servicio las cualidades que Dios ha dado, de concentrar la vida y los esfuerzos de cada día en la satisfacción de las necesidades materiales excluyendo a los demás de la propia vida.

Jesús responde con la fuerza de la Palabra: «No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios». La negativa de Jesús expresa que no es beneficio propio que él realiza su misión sino en función de la realización de la voluntad de Dios, expresada esta en la Santa Escritura.

Aprendemos del Señor que no podemos encontrar en la satisfacción de las necesidades básicas la justificación de la autosuficiencia. Esto encierra a la persona en si misma, le hace olvidar que lo que se le ha dado es para compartirlo, que necesita de los demás y hay en nosotros una realidad trascendente a la que nos remite cada experiencia, como es el caso del ayuno, que nos hacer recordar que además del pan de cada día hemos de alimentarnos también con la Palabra de Dios que nos ayuda a trascendernos a nosotros mismos al obedecer la voluntad divina.

 La segunda tentación. «Si eres el Hijo de Dios, échate para abajo, porque está escrito: Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna». El tentador quiere engañar a Jesús, aduciendo nuevamente su condición de Hijo, ahora para que manipule a Dios en favor suyo. Le propone un espectáculo, tirase del pináculo del templo, para que Dios, fiel a su Palabra, lo salve de manera espectacular.

El enemigo es astuto, pretende interpretar la Escritura que dice en el Salmo 91: «en sus manos [los ángeles} te llevarán», manipulando el texto para conseguir su propósito. La tentación ya no se ubica en una necesidad básica, sino en el conocimiento; pretende engañar proponiendo una lectura errónea de la Escritura. En la diferencia que hay entre lo que dice el texto, la letra y su sentido, es decir, cómo hay que interpretarla, está el núcleo de esta tentación.1CuaA 2

Es verdad que Dios es bondadoso y asegura su protección, pero esto no quiere decir que haya que tomar al pie de la letra sus palabras y poner a prueba la bondad y providencia divina mediante actos suicidas o temerarios. La respuesta de Jesús es muy inteligente. No discute con el tentador, no dialoga con la tentación, hacerlo supondría enredarse en un juego interminable de palabras, argumentos y justificaciones. La respuesta se basa en la Palabra, es simple: «También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Jesús responde nuevamente con la fuerza de la Palabra. Dios no es un títere, en el fondo de esta tentación está la pretensión de estar por encima de Dios. A Dios se le obedece, no se le ponen pruebas.

La tercera tentación. «Luego lo llevó el diablo a un monte muy alto y desde ahí le hizo ver la grandeza de todos los reinos del mundo y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras y me adoras»».  Si en la anterior tentación, el diablo quiso poner en duda el señorío de Dios pretendiendo ponerlo a prueba ahora propone su reemplazo y él mismo se ofrece para ocupar su lugar.

Detrás de la tentación está la idolatría, que tiene como centro el la ambición de poder y el afán de tener que llevan a la persona al endiosamiento de si misma. La respuesta de Jesús es definitiva «Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás» Nuevamente con la fuerza de la Palabra, Jesús manifiesta ante el tentador que Él ha optado por Dios, que en Él esta puesta su confianza y que sólo a Él se debe el culto de adoración.

Encontramos en la respuesta de Jesús un criterio importante para la revisión de vida. ¿A qué le rendimos culto? ¿a qué dedicamos nuestro tiempo, energía, vida y pensamiento? ¿a una realidad creada? Si confiamos más en el saber, en el poder, y en el tener que en Dios, si pretendemos que el mundo gire alrededor nuestro, es probable que hayamos olvidado que el culto de adoración sólo es para Dios y que confundidos por el enemigo hayamos caído en sus redes. Es precisamente lo que quiere el enemigo malo, confundirnos, hacernos perder nuestro centro, la conciencia de nuestra identidad más profunda y de nuestra vocación humana y cristiana, buscando que nos rebelemos a nuestra condición de criaturas, que renunciemos a obedecer a Dios, que lo consideremos irrelevante y que sólo hagamos caso a nuestros instintos, a nuestras ambiciones y deseos.

La enseñanza de este Domingo es clara. Ubicarnos existencialmente en ella es capital para recorrer con provecho el camino cuaresmal. La presencia del enemigo malo es una realidad en nuestra vida. Pretende hacer irrelevante en nosotros nuestra conciencia bautismal, que nos olvidemos que somos hijos de Dios o que no le demos importancia; que desconozcamos a Dios o que nos sea indiferente. Achatado el horizonte de la trascendencia, diluida cualquier referencia de tipo  moral o ética en nuestra conducta, negada la fraternidad y contaminada la inocencia que nos permite descubrir la bondad de Dios en la creación y en las personas, el enemigo pretende cantar victoria pues impide así el advenimiento del Reino. Aprovechemos la oportunidad no sólo de renovar, sino de profundizar en nuestra vocación bautismal, enfrentando en primer lugar la verdad de nuestra fragilidad, reconociendo la verdad de las tentaciones del maligno en nuestra propia existencia y renovando nuestra confianza en Dios que con la fuerza de su Palabra, nos hace salir victoriosos de ellas.

Confiar en Dios, buscar el Reino y vivir según su justicia

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VIII Domingo Ordinario- Ciclo A

 

Oseas 2, 16.17.21-22

Salmo 102

II Corintios 3, 1-6

Mateo 6,24-34

 

8OrdA - 2El texto evangélico de este domingo, el último de la primera parte del tiempo ordinario antes del inicio de la Cuaresma, forma parte del Sermón de la Montaña que hemos contemplado los domingos precedentes.

En este discurso el evangelista Mateo agrupa los dichos y hechos de Jesús destacando la originalidad del estilo de vida de sus discípulos en contraste con el de los fariseos. El evangelista piensa en quienes forman parte de la comunidad cristiana y que provienen del judaísmo y con fina pedagogía presenta la vida cristiana como un modo de vivir en plenitud la ley de Moisés. Su intención es inclusiva y esto es para nosotros un criterio importante para interpretar la enseñanza del Maestro: no podemos utilizar la Palabra del Señor para excluir a alguien de los bienes de su Reino.

El pasaje de este Domingo contiene una enseñanza muy concreta que se podría sintetizar en la confianza en Dios como actitud básica para integrar la fe y la vida.

Confiamos en Dios cuando a la hora de tomar decisiones, de dar rumbo a nuestra vida,  de relacionarnos con las personas y con las cosas, lo hacemos inspirados en los valores del Reino, acatando sus imperativos éticos, renunciando a lo que puede parecer atractivo y beneficioso pero que oculta trampas para el propio ego y para una relación confiada con Dios y saludable con los demás. Siempre de fondo nos encontramos con el testimonio de Jesús que es escuela para sus discípulos. Contemplar en todo el evangelio la confianza radical de Jesús en Dios enseña al discípulo a ser dócil y obediente a la voluntad del Padre y a abandonarse en Él en el momento de la prueba.

Quien confía en Dios no vive obsesionado por las cosas que necesita para vivir, ni se construye ídolos que acaben esclavizándolo. De esta manera el evangelio enseña una vez más que el discípulo de Jesús debe mantener el señorío sobre su vida para orientarla de acuerdo a la voluntad de Dios y poder vivir conforme a los valores de su Reino. El discípulo debe sobreponerse al impulso instintivo de la subsistencia que lleva a cualquier persona buscar, a veces de manera desordenada, la comida, el vestido, y la seguridad personal, despertando la ambición por el dinero y la sed de poder.

Confiar en Dios no significa deslindarse de la propia responsabilidad de cuidar, mantener y conservar la vida que es un don suyo y de cuidar la vida de quienes nos han sido confiados. Más bien significa no pretender suplir a Dios con el propio esfuerzo o con ídolos -como el dinero- que esclaviza y exige que se le dedique la vida y se viva sólo para él.

El evangelio de este domingo inicia con una sentencia inequívoca: «nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro… en resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero». Jesús no anda con rodeos. De manera directa descubre el corazón de quienes pretenden servir a Dios pero viven obsesionados en acumular bienes, advirtiendo el peligro de la idolatría del dinero, a la que se expone quien concentra su vida en tener riqueza.

La ambición de la riqueza va de la mano con la desconfianza en Dios y en los demás. Quien vive para acumular bienes, busca acrecentarlos, los cuida, los defiende y para hacerlo asume como actitud básica en sus relaciones con los demás la desconfianza, que le impide amar; además, excluye también a Dios de la vida, pues al ver en la riqueza, el fruto del propio esfuerzo, la base de la propia seguridad, Dios sale sobrando, no se le necesita para vivir, se vuelve innecesario.

8OrdAPara iluminar este impulso natural de subsistencia presente en todo ser humano, descrito en el evangelio como la preocupación por el comer y el vestir, el Señor nos invita a contemplar la naturaleza: «miren las aves del cielo… miren como crecen los lirios del campo» y a descubrir la sabiduría de Dios en la creación «la aves no siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros, y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta…. los lirios del campo, no trabajan ni hilan… y ni Salomón en el esplendor de su gloria se vestía como uno de ellos» Si esto sucede con las demás creaturas, ¿no hará más el Padre celestial por cualquiera de sus hijos?

Quien se inquieta pensando qué comerá, qué beberá o con qué se vestirá  se asemeja a los que no conocen a Dios, que se desviven por estas cosas, siendo que «el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas.

El Señor invita a sus discípulos a confiar en Dios y les da un consejo fundamental que debe transformarse en una actitud básica en la vida: «busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura»: Lo que debe preocupar realmente al discípulo es vivir de acuerdo a los criterios del Reino, que se han expresado en las Bienaventuranzas, vivir con lo necesario y preocuparse de que los demás tengan lo necesario para vivir; que los pobres sean evangelizados, que los que lloran sean consolados, que donde haya violencia se construya la paz.

La justicia del Reino comienza por la observancia de los mandamientos, interpretados en su plenitud, como Jesús mismos nos ha enseñado. Los mandamientos de la ley de Dios constituyen un código básico para vivir dando a Dios y al prójimo un lugar en nuestra vida y para recorrer el camino que nos lleva a vivir la plenitud del amor desde su punto de partida que es el respeto al Creador, a la creación y a sus creaturas.

Quien vive con excesivas obsesiones y preocupaciones no saborea la vida. Jesús nos enseña a vivir con sabiduría «no se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas», este consejo, que no es una puerta abierta para que descuidemos las propias responsabilidades lo entienden muy bien quienes confían en Dios, quienes no, seguirán inmersos en sus angustias y preocupaciones y en ello se les irá la vida.

Vivamos la vida buena del evangelio. Revisemos cada día si nuestras palabras, pensamientos y acciones se inspiran en la confianza en Dios que da horizonte y dinamismo a responsabilidades de cada día o se concentran en nosotros mismos, en nuestras capacidades y en las posibilidades de nuestro esfuerzo.

Colofón.

El Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica Evangelii gaudium ha denunciado con firmeza la idolatría del dinero que es una realidad en nuestros días. Recordemos sus palabras (Nos. 55 y 56):

«Una de las causas de esta situación [la exclusión de los pobres de los bienes de la sociedad] se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.»