Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Confiar en Dios, buscar el Reino y vivir según su justicia

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VIII Domingo Ordinario- Ciclo A

 

Oseas 2, 16.17.21-22

Salmo 102

II Corintios 3, 1-6

Mateo 6,24-34

 

8OrdA - 2El texto evangélico de este domingo, el último de la primera parte del tiempo ordinario antes del inicio de la Cuaresma, forma parte del Sermón de la Montaña que hemos contemplado los domingos precedentes.

En este discurso el evangelista Mateo agrupa los dichos y hechos de Jesús destacando la originalidad del estilo de vida de sus discípulos en contraste con el de los fariseos. El evangelista piensa en quienes forman parte de la comunidad cristiana y que provienen del judaísmo y con fina pedagogía presenta la vida cristiana como un modo de vivir en plenitud la ley de Moisés. Su intención es inclusiva y esto es para nosotros un criterio importante para interpretar la enseñanza del Maestro: no podemos utilizar la Palabra del Señor para excluir a alguien de los bienes de su Reino.

El pasaje de este Domingo contiene una enseñanza muy concreta que se podría sintetizar en la confianza en Dios como actitud básica para integrar la fe y la vida.

Confiamos en Dios cuando a la hora de tomar decisiones, de dar rumbo a nuestra vida,  de relacionarnos con las personas y con las cosas, lo hacemos inspirados en los valores del Reino, acatando sus imperativos éticos, renunciando a lo que puede parecer atractivo y beneficioso pero que oculta trampas para el propio ego y para una relación confiada con Dios y saludable con los demás. Siempre de fondo nos encontramos con el testimonio de Jesús que es escuela para sus discípulos. Contemplar en todo el evangelio la confianza radical de Jesús en Dios enseña al discípulo a ser dócil y obediente a la voluntad del Padre y a abandonarse en Él en el momento de la prueba.

Quien confía en Dios no vive obsesionado por las cosas que necesita para vivir, ni se construye ídolos que acaben esclavizándolo. De esta manera el evangelio enseña una vez más que el discípulo de Jesús debe mantener el señorío sobre su vida para orientarla de acuerdo a la voluntad de Dios y poder vivir conforme a los valores de su Reino. El discípulo debe sobreponerse al impulso instintivo de la subsistencia que lleva a cualquier persona buscar, a veces de manera desordenada, la comida, el vestido, y la seguridad personal, despertando la ambición por el dinero y la sed de poder.

Confiar en Dios no significa deslindarse de la propia responsabilidad de cuidar, mantener y conservar la vida que es un don suyo y de cuidar la vida de quienes nos han sido confiados. Más bien significa no pretender suplir a Dios con el propio esfuerzo o con ídolos -como el dinero- que esclaviza y exige que se le dedique la vida y se viva sólo para él.

El evangelio de este domingo inicia con una sentencia inequívoca: «nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro… en resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero». Jesús no anda con rodeos. De manera directa descubre el corazón de quienes pretenden servir a Dios pero viven obsesionados en acumular bienes, advirtiendo el peligro de la idolatría del dinero, a la que se expone quien concentra su vida en tener riqueza.

La ambición de la riqueza va de la mano con la desconfianza en Dios y en los demás. Quien vive para acumular bienes, busca acrecentarlos, los cuida, los defiende y para hacerlo asume como actitud básica en sus relaciones con los demás la desconfianza, que le impide amar; además, excluye también a Dios de la vida, pues al ver en la riqueza, el fruto del propio esfuerzo, la base de la propia seguridad, Dios sale sobrando, no se le necesita para vivir, se vuelve innecesario.

8OrdAPara iluminar este impulso natural de subsistencia presente en todo ser humano, descrito en el evangelio como la preocupación por el comer y el vestir, el Señor nos invita a contemplar la naturaleza: «miren las aves del cielo… miren como crecen los lirios del campo» y a descubrir la sabiduría de Dios en la creación «la aves no siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros, y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta…. los lirios del campo, no trabajan ni hilan… y ni Salomón en el esplendor de su gloria se vestía como uno de ellos» Si esto sucede con las demás creaturas, ¿no hará más el Padre celestial por cualquiera de sus hijos?

Quien se inquieta pensando qué comerá, qué beberá o con qué se vestirá  se asemeja a los que no conocen a Dios, que se desviven por estas cosas, siendo que «el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas.

El Señor invita a sus discípulos a confiar en Dios y les da un consejo fundamental que debe transformarse en una actitud básica en la vida: «busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura»: Lo que debe preocupar realmente al discípulo es vivir de acuerdo a los criterios del Reino, que se han expresado en las Bienaventuranzas, vivir con lo necesario y preocuparse de que los demás tengan lo necesario para vivir; que los pobres sean evangelizados, que los que lloran sean consolados, que donde haya violencia se construya la paz.

La justicia del Reino comienza por la observancia de los mandamientos, interpretados en su plenitud, como Jesús mismos nos ha enseñado. Los mandamientos de la ley de Dios constituyen un código básico para vivir dando a Dios y al prójimo un lugar en nuestra vida y para recorrer el camino que nos lleva a vivir la plenitud del amor desde su punto de partida que es el respeto al Creador, a la creación y a sus creaturas.

Quien vive con excesivas obsesiones y preocupaciones no saborea la vida. Jesús nos enseña a vivir con sabiduría «no se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas», este consejo, que no es una puerta abierta para que descuidemos las propias responsabilidades lo entienden muy bien quienes confían en Dios, quienes no, seguirán inmersos en sus angustias y preocupaciones y en ello se les irá la vida.

Vivamos la vida buena del evangelio. Revisemos cada día si nuestras palabras, pensamientos y acciones se inspiran en la confianza en Dios que da horizonte y dinamismo a responsabilidades de cada día o se concentran en nosotros mismos, en nuestras capacidades y en las posibilidades de nuestro esfuerzo.

Colofón.

El Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica Evangelii gaudium ha denunciado con firmeza la idolatría del dinero que es una realidad en nuestros días. Recordemos sus palabras (Nos. 55 y 56):

«Una de las causas de esta situación [la exclusión de los pobres de los bienes de la sociedad] se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.»

 

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