Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

… No des la espalda a tu propio hermano, entonces surgirá tu luz como la aurora

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V Domingo Ordinario – Ciclo A

Isaías 58, 1-9

Salmo 111

I Corintios 2, 1-5

Mateo 5, 13-16

5OrdAEl texto que se proclama este domingo forma parte del Sermón de la Montaña, se ubica enseguida de las Bienaventuranzas, está formado por 4 versículos que contienen dos breves parábolas, muy conocidas: la de la luz y la de la sal. El discípulo de Jesús y la comunidad cristiana debe ser sal que de sabor y que preserve tanto de la deshidratación como de la corrupción y luz que ilumine en las tinieblas y sirva para orientar en el camino. Ni el discípulo ni la comunidad de discípulos existen para si mismos, sino para los demás, para comunicarles, compartirles lo que les es más íntimo: la presencia de Dios.

Recurriendo a las  parábolas Jesús provoca a sus oyentes que se preguntan inquietos sobre el advenimiento del Reino que Él mismo ha proclamado; el Maestro con fina intuición pedagógica recurre a las parábolas y mediante ellas compara el misterio del Reino con circunstancias y elementos de la vida ordinaria, poniendo su comprensión al alcance de quienes lo escuchan para que recurriendo a su propia experiencia capten el mensaje de la Buena Nueva.

Con las parábolas de la luz y de la sal, el Señor quiere que entendamos que lo propio de los cristianos no es hacer muchas cosas sino ser y vivir como hijos de Dios, atentos a acoger y dispuestos a cumplir con la voluntad del Padre, que en voz del profeta Isaías nos pide «…parte tu pan con el hambriento y abre tu casa al pobre sin techo; viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces surgirá tu luz como la aurora». No olvidemos que el Evangelio llama «justo» a quien cumple la voluntad de Dios. Hoy, con el salmo responsorial, decimos: «El justo brilla en las tinieblas como una luz» y con ello entendemos que somos luz cuando nos apropiamos la voluntad de nuestro Padre Dios y la servimos con alegría.

Consideremos ahora la intención del evangelista al proponernos en este momento del evangelio las parábolas de la luz y de la sal. Tomemos en cuenta que estos cuatro versículos se encuentran después de las bienaventuranzas y antes de un largo discurso en el que se expone la enseñanza de Jesús sobre el lugar que la ley judía tiene en el anuncio del Reino. Esta sección –que leeremos el próximo domingo- se recapitula con un imperativo que indica la finalidad de la observancia de la Ley: «Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto» Jesús nos pide imitar a Dios y la mejor manera de hacerlo es cumplir su voluntad.

El evangelista escribe para una comunidad cristiana en la que están presentes judíos convertidos que continuaban observando la Ley como lo habían hecho desde que eran niños y que estaban siendo expulsados de las sinagogas por haber aceptado a Jesús como Mesías. En el seno de la comunidad también había quienes no eran judíos, convertidos al cristianismo y para quienes la Ley de Moisés no sólo no les decía nada, sino que sostenían que ésta estaba superada y que no era necesario observarla. Imaginemos el dilema y el sufrimiento de este sector de la comunidad cristiana y que Mateo tiene en su mente cuando escribe el evangelio. Seguramente habría entre estos judíos conversos quienes para evitarse problemas preferían pasar inadvertidos.

Con la imagen de la sal se describe la identidad de quienes son discípulos de Jesús. La sal era vendida en grandes bloques, que se colocaban en las plazas, para ser consumidos por la gente y por los animales que transitaban bajo el agobiante sol del desierto para evitar deshidratarse. La sal que no se consumía caía a la tierra, ya no servía para nada y era pisada por todos. La sal es indispensable cuando cumple con su función, que además de la descrita, también es la de sazonar los alimentos y preservar de la corrupción. Si no cumple con su función, si cae en tierra y es pisada, no sirve para nada, no tiene razón de ser.luzdelmundo

Con la imagen de la luz se completa esta enseñanza. La luz sirve para iluminar en la oscuridad, y es necesaria no para que no haya oscuridad sino para orientarse en medio de ella. La luz no se enciende nada más porque sí. Tiene una razón de ser,  por ello no se la puede ocultar, si se la ocultara sería absurdo, no cumpliría con su finalidad. De igual manera, el discípulo y la comunidad no deben tener miedo de mostrar lo que han recibido por parte de Dios, ni el bien que hacen al cumplir con su misión. Así como la sal y la luz no existen para si, el discípulo y la comunidad existen para que por su testimonio Dios sea conocido y glorificado.

Con esta enseñanza Mateo ofrece criterios para equilibrar las tensiones internas de su comunidad; en el seno de ésta se debe vivir la fidelidad a la Ley, pero no como un cumplimento externo, al estilo de los fariseos que se contentaban con cumplir lo mínimo y se limitaban a la observancia de lo que era exterior y visible. Los discípulos y las comunidades deben cumplir la Ley de Dios inscrita en sus corazones, no en su literalidad sino en su Espíritu, al estilo de Jesús que es quien lleva a plenitud su interpretación y con su testimonio desvela el rostro de Dios. De igual manera los discípulos, cumpliendo la Ley en el horizonte de las Bienaventuranzas,  se identificarán con Jesús y serán para el mundo sal, que preserve de la deshidratación -la sed de Dios-, de la corrupción -la insidia del enemigo- y que dé sabor -sabiduría-; serán luz, que ilumine y que oriente, para que en la oscuridad, nadie se pierda y para que por sus buenas obras Dios sea glorificado.

Con la luz del evangelio de este domingo pensemos en nuestro testimonio cristiano. En ambientes adversos, por su frivolidad, superficialidad, intransigencia, la tentación primera es la de disimular nuestra condición de creyentes. Sucede con los amigos, con los compañeros de trabajo y hasta en la propia familia. Cuando disimulamos nuestra fe, cuando no permitimos que por nuestras buenas obras Dios sea glorificado somos sal que ha perdido el sabor y luz oculta que no alumbra, cuando esto sucede pierde sentido nuestra vida cristiana, que no se puede reducir ni a una observancia mínima y exterior de ciertas conductas, costumbres o tradiciones, sino que pide de nosotros una mínimo de coherencia que se exprese en la vida fraterna y en la sensibilidad efectiva ante las necesidades del hermano.

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