Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

El testimonio de Juan. Jesús es el Cordero de Dios.

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II Domingo Ordinario A

Isaías 49, 3.5-6

Salmo 39

I Carta a los corintios 1, 1-3

Juan 1, 29-34

 este es el corderoLa escena que contemplamos este domingo se encuentra al inicio del evangelio según san Juan en el texto conocido como Prólogo. Este texto abre solemnemente el evangelio y condensa la visión que el evangelista tiene de Cristo y que después desarrollará de manera narrativa. Conforme a la tradición el ministerio del Bautista estaba vinculado al inicio del ministerio de Jesús. El prólogo intercala dos menciones del Bautista, la primera para aclarar que él no es la luz sino que da testimonio de la luz y la segunda, que es la que escuchamos este domingo, para dar su testimonio sobre Jesús, a quien presenta como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesús a primera vista es un hombre ordinario, conocido como carpintero en Nazaret. Juan inspirado lo reconoce y lo designa como Cordero de Dios. Él mismo dice que lo ha reconocido porque tuvo una revelación y una señal divina le ha permitido reconocerlo; esa señal tuvo lugar en el Bautismo, lo sabemos por los otros evangelistas, que refieren que cuando Jesús recibió el bautismo el Espíritu Santo se manifestó en forma corpórea descendiendo sobre él en forma de paloma.

Los israelitas no eran muy dados a identificar a las personas con algún animal; sin embargo, el cordero o la oveja tiene un profundo significado simbólico. El cordero es la víctima del sacrificio (cf. Gn 22,7) El pueblo se identifica con las ovejas del rebaño de Dios (Sal 99,3); la sangre del cordero está relacionada con la preservación de la vida y la liberación de la esclavitud (cf. Ex 12); en Isaías el cordero simboliza el sufrimiento redentor, el del inocente que entrega la vida (cf. Is 53,7), el cordero además simboliza la mansedumbe . Sin embargo los sacrificios de la antigua alianza no podían quitar los pecados (Cf. Heb 10.4) porque los animales sacrificados son víctimas expiatorias que no tienen voluntad ni conciencia. Jesús, el Cordero de Dios, en cambio se ofrecerá como víctima inocente y sin mancha y con este sacrificio quitará el pecado del mundo.

Quitar el pecado significa eliminar lo que se opone a la vida que Dios ofrece, lo que se opone a los valores del Reino; incluye el perdón y la ecceagnusdeiposibilidad real de arrancarlo de raíz. Hay que recordar que en la mentalidad judía el pecado no consiste sólo la transgresión de un precepto o en portarse mal como diríamos nosotros; también expresa la falta de claridad que impide acertar en la orientación que se da a la vida. El Cordero de Dios purifica y ofrece las capacidades para que el pecado se vaya erradicando del mundo. No se trata de retirar el pecado de cada persona, o de un grupo; la redención de Jesús va más allá, quitará quitara el pecado del mundo. Si la humanidad se apropia la redención obrada por el sacrificio de Jesús, el Cordero de Dios, tenemos la seguridad de que el pecado que deshumaniza se eliminará de raíz.

Juan presenta a Jesús como Cordero de Dios con el propósito de que  lo sigan y el evangelio nos narra como dos de sus discípulos se fueron tras de Él (cf. Jn 1,35ss). Con esta presentación el evangelista también deja clara la distinción y superioridad de Jesús respecto al Bautista. Había quienes creían que Juan era el Mesías y para despejar las dudas el evangelio nos presenta la identidad y la función de Juan que es ser testigo del Cordero de Dios, facilitar que se encuentren con Él y que lo sigan.

Jesús con su muerte redentora en la cruz nos redime del pecado; con su vida y su Palabra abre un gran horizonte a nuestra vida para que esta tenga sentido, para que tengamos claridad sobre la finalidad de nuestra existencia y lo importante que es para alcanzarla saber distinguir el bien del mal, la verdad de la mentira, el amor del odio. En la medida en que nos identifiquemos con Jesús y nos incorporemos a su obra salvadora el pecado del mundo irá perdiendo terreno y existirán condiciones reales para vivir en fraternidad pues seremos capaces de reconocernos hijos de Dios. Ser discípulos de Jesús nos pide entregarnos con Él, y como Él enfrentar con mansedumbre el poder del pecado y de la muerte sabiendo que es Dios quen nos sostiene y su Espíritu el que nos hace fuertes.

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