Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: enero 2014

Dejaron las redes y lo siguieron…

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III Domingo Ordinario – Ciclo A

 

Isaías 8, 23—9, 3

Salmo 26

I Corintios 1, 10-13.17

Mateo 4, 12-23

 

3ordAEn el tercer Domingo del tiempo ordinario, iniciamos la lectura continua del evangelio según san Mateo. La haremos en dos etapas, la primera desde hoy hasta el domingo anterior al miércoles de ceniza, y la segunda, a partir del domingo posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad hasta la fiesta de Cristo Rey.

Este domingo contemplamos el relato del inicio del ministerio de Jesús y el llamado de los primeros discípulos. Recordemos que en el evangelio de Mateo las escenas precedentes a la que hoy contemplamos son las del Bautismo en el Jordán y las tentaciones en el desierto. Jesús inicia su ministerio después de una doble experiencia fundamental: la confirmación de su identidad como Hijo amado de Dios y la victoria, con la fuerza de la Palabra, sobre las tentaciones del enemigo que pretendían confundirlo en la manera de entender y vivir su identidad de Hijo.

Fortalecido por esta experiencia, después de que apresaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea, a vivir en un poblado llamado Cafarnaúm, junto al lago. La indicación de lugar no es indiferente. Se trata de una periferia, de un lugar de frontera en el que convivían personas de distintas culturas y tradiciones religiosas y que por lo mismo era visto con sospecha por los judíos quienes no veían con buenos ojos el contacto los gentiles, es decir con quienes no pertenecían al pueblo de Israel.

Jesús inicia su ministerio llamando a la conversión porque el Reino de Dios está cerca. La cercanía amorosa de Dios exige en quienes tienen deseo de acogerlo en su vida hacer a un lado todo lo que impide orientar toda la vida hacia Dios. Dicho de otra manera acoger el Reino de Dios exige decidirse por él y decir no a las acechanzas del enemigo que confunde y disuade para que Dios no tenga un lugar en la vida.

Jesús inicia su ministerio, pero no lo realizará en soledad, asocia a otros hombres, a los que llama, en la vida ordinaria, para que lo sigan. Se trata de pescadores, que realizando sus tareas cotidianas escuchan a Jesús que les invita a seguirle para ser «pescadores de hombres».

La metáfora de la pesca es muy interesante. Fijémonos en tres movimientos que están implicados en esta tarea. Pescar implica sacar peces de las aguas, con una red, para que los pescados se conviertan en alimento. Estos tres movimientos bien podrían indicar tres etapas de la vida de todo discípulo de Jesús.

Sacar del agua, es una evocación bautismal. En la mentalidad judía el agua de los lagos y los mares se ve como símbolo del lugar en el que habitan las fuerzas contrarias a Dios. El bautismo implica renunciar a la obra del maligno y decir si a Dios. Lo recordamos cada vez que hacemos la renovación de las promesas bautismales.

La pesca se hace con una red; ésta,  según algunos estudiosos, puede entenderse como un símbolo de la comunidad. Quien ha recibido el anuncio del Reino y se decide por él, como discípulo de Jesús, no lo hace sólo, sino en comunión, con el mismo Jesús y con quienes reconocen a Dios como Padre. El discipulado en comunión los fortalecerá su identidad de hijos de Dios y de hermanos de quienes comparten la misma fe

Se pesca para obtener alimento. El pescado se transforma en fuente de vida. De la misma manera quien ha vencido la seducción del demonio, -sacado de las aguas- y se ha integrado a la comunidad de discípulos –red-, y en ella se forma para alcanzar la estatura de Cristo, lo hace para entregar su vida, para dar vida, tal y como lo hizo Jesús.

En la escena que contemplamos, la pareja de hermanos que recibieron la invitación de Jesús a seguirlo, respondieron de manera inmediata, desprendiéndose de un estilo de vida y de los apegos familiares para hacer el camino de Jesús, no en soledad, sino en comunidad, aprendiendo de Él a vencer la acechanzas del enemigo, a vivir en comunión con Dios, a cumplir su voluntad hasta el extremo de entregar la vida hacerse  alimento «para la vida del mundo».pescadores

Volvamos al lugar de la escena: es Galilea. Recordemos que en este lugar donde comienza la historia, también terminará. La última escena del evangelio según san Mateo se localiza en Galilea, es la escena del envío misionero con el mandato de bautizar –sumergir, sacar del agua- para hacer más discípulos anunciándoles con el propio testimonio la cercanía del Reino de Dios y el imperativo de la conversión.

Acostumbrados a leer este relato en clave vocacional, muchas veces pensamos que es la historia de quienes se consagran a Dios para el ministerio sacerdotal o para vivir los consejos evangélicos en la vida consagrada. No. El relato no describe el llamado de Jesús en función de una vocación específica. Es el llamado a ser discípulo, a seguir al Señor. Es el llamado que el Señor sigue haciendo en la vida ordinaria, a gente ocupada, que trabaja; el Señor no llama a gente sin quehacer y mucho menos a gente holgazana; no llama a que lo siga a gente que no le queda de otra porque ha fracasado en la vida.

Jesús nos dirige su palabra para invitarnos a seguirlo, su palabra es eterna, por ello su invitación es constante y espera de nosotros una respuesta permanente; una disponibilidad constante para desprendernos de lo que nos impide seguir con total libertad y entrega. La contemplación de este texto nos permite hacer eco en nuestro corazón de nuestra vocación bautismal –sacados de las aguas-, eclesial –con una red- y pastoral –para entregar la vida por los demás-

Todo el dinamismo vocacional de este relato se condensa en la Eucaristía. Al iniciar la celebración nos reconocemos vulnerables a las tentaciones del enemigo reconociendo nuestros pecados. Escuchamos la Palabra del Señor y hacemos el memorial de su entrega para darnos vida; recordamos su mandato «hagan esto en memoria mía»; alimentándonos de su cuerpo y de su sangre nos incorporamos a Él y formamos un solo cuerpo –comunión- y somos enviados a ser testigos del amor de Dios que es más grande que el poder del pecado y de la muerte.

Leamos  y releamos este pasaje evangélico que nutre, renueva e impulsa nuestra vocación a ser discípulos del Señor.

El testimonio de Juan. Jesús es el Cordero de Dios.

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II Domingo Ordinario A

Isaías 49, 3.5-6

Salmo 39

I Carta a los corintios 1, 1-3

Juan 1, 29-34

 este es el corderoLa escena que contemplamos este domingo se encuentra al inicio del evangelio según san Juan en el texto conocido como Prólogo. Este texto abre solemnemente el evangelio y condensa la visión que el evangelista tiene de Cristo y que después desarrollará de manera narrativa. Conforme a la tradición el ministerio del Bautista estaba vinculado al inicio del ministerio de Jesús. El prólogo intercala dos menciones del Bautista, la primera para aclarar que él no es la luz sino que da testimonio de la luz y la segunda, que es la que escuchamos este domingo, para dar su testimonio sobre Jesús, a quien presenta como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesús a primera vista es un hombre ordinario, conocido como carpintero en Nazaret. Juan inspirado lo reconoce y lo designa como Cordero de Dios. Él mismo dice que lo ha reconocido porque tuvo una revelación y una señal divina le ha permitido reconocerlo; esa señal tuvo lugar en el Bautismo, lo sabemos por los otros evangelistas, que refieren que cuando Jesús recibió el bautismo el Espíritu Santo se manifestó en forma corpórea descendiendo sobre él en forma de paloma.

Los israelitas no eran muy dados a identificar a las personas con algún animal; sin embargo, el cordero o la oveja tiene un profundo significado simbólico. El cordero es la víctima del sacrificio (cf. Gn 22,7) El pueblo se identifica con las ovejas del rebaño de Dios (Sal 99,3); la sangre del cordero está relacionada con la preservación de la vida y la liberación de la esclavitud (cf. Ex 12); en Isaías el cordero simboliza el sufrimiento redentor, el del inocente que entrega la vida (cf. Is 53,7), el cordero además simboliza la mansedumbe . Sin embargo los sacrificios de la antigua alianza no podían quitar los pecados (Cf. Heb 10.4) porque los animales sacrificados son víctimas expiatorias que no tienen voluntad ni conciencia. Jesús, el Cordero de Dios, en cambio se ofrecerá como víctima inocente y sin mancha y con este sacrificio quitará el pecado del mundo.

Quitar el pecado significa eliminar lo que se opone a la vida que Dios ofrece, lo que se opone a los valores del Reino; incluye el perdón y la ecceagnusdeiposibilidad real de arrancarlo de raíz. Hay que recordar que en la mentalidad judía el pecado no consiste sólo la transgresión de un precepto o en portarse mal como diríamos nosotros; también expresa la falta de claridad que impide acertar en la orientación que se da a la vida. El Cordero de Dios purifica y ofrece las capacidades para que el pecado se vaya erradicando del mundo. No se trata de retirar el pecado de cada persona, o de un grupo; la redención de Jesús va más allá, quitará quitara el pecado del mundo. Si la humanidad se apropia la redención obrada por el sacrificio de Jesús, el Cordero de Dios, tenemos la seguridad de que el pecado que deshumaniza se eliminará de raíz.

Juan presenta a Jesús como Cordero de Dios con el propósito de que  lo sigan y el evangelio nos narra como dos de sus discípulos se fueron tras de Él (cf. Jn 1,35ss). Con esta presentación el evangelista también deja clara la distinción y superioridad de Jesús respecto al Bautista. Había quienes creían que Juan era el Mesías y para despejar las dudas el evangelio nos presenta la identidad y la función de Juan que es ser testigo del Cordero de Dios, facilitar que se encuentren con Él y que lo sigan.

Jesús con su muerte redentora en la cruz nos redime del pecado; con su vida y su Palabra abre un gran horizonte a nuestra vida para que esta tenga sentido, para que tengamos claridad sobre la finalidad de nuestra existencia y lo importante que es para alcanzarla saber distinguir el bien del mal, la verdad de la mentira, el amor del odio. En la medida en que nos identifiquemos con Jesús y nos incorporemos a su obra salvadora el pecado del mundo irá perdiendo terreno y existirán condiciones reales para vivir en fraternidad pues seremos capaces de reconocernos hijos de Dios. Ser discípulos de Jesús nos pide entregarnos con Él, y como Él enfrentar con mansedumbre el poder del pecado y de la muerte sabiendo que es Dios quen nos sostiene y su Espíritu el que nos hace fuertes.

Bautismo del Señor: Amado para amar y enseñar a amar

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El Bautismo del Señor – Ciclo A

Isaías 42, 1-4.6-7

Salmo 28

Hechos de los Apóstoles 10, 34-38

Mateo 3, 13-17

Bautismo del SeñorCelebramos la fiesta del Bautismo del Señor, concluimos el ciclo litúrgico de Navidad e iniciamos la primera etapa del ciclo correspondiente al tiempo ordinario. Este Domingo nos ayuda, después de la Navidad, a colocar a Jesús adulto en nuestra contemplación del evangelio para alimentarnos de su Palabra y de su testimonio en nuestra formación discipular.

Antes de concentrarnos en la escena recordemos que la intención del evangelista no es la de hacer una biografía de Jesús. A partir de la experiencia de la Resurrección, los primeros discípulos fueron compartiendo la memoria que tenían de los dichos y hechos del Señor y con la luz pascual los fueron interpretando. Los evangelistas lo que hacen es recoger esta tradición popular oral,  organizan la información que tienen y que proviene de distintas fuentes y la ordenan pedagógicamente –tomando en cuenta a sus destinatarios- para el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo el Señor.

El evangelio de Mateo fue escrito en los años 80-90 d.C., en la región de Antioquía de Siria, una gran ciudad con un número considerable de habitantes judíos. En el año 30 d.C. llegaron a ella misioneros judíos, procedentes de Jerusalén, que anunciaban a Cristo y obtuvieron conversiones entre los judíos y los gentiles. Esta doble composición de la comunidad cristiana suscitó tensiones en su interior. Este es un dato que toma en cuenta el evangelista y que nosotros debemos tener en cuenta al leer el evangelio.

Uno de los primeras tareas de la comunidad primitiva fue aclararse la posición de Juan el Bautista respecto a Jesús. No hay que olvidar que en torno a Juan se había suscitado un importante movimiento religioso y que algunos de sus seguidores veían en él al Mesías. Recordemos también como Pablo, en su travesía por Éfeso encontró a algunos discípulos que sólo habían recibido el bautismo de Juan (cf. Hech 19,1-7). Por ello el interés de Mateo es dejar claro que el mensaje de Juan es importante pero no definitivo y que el Ungido por el Espíritu Santo, es decir, el Mesías de Dios, es Jesús.

Como trasfondo de la escena del bautismo tenemos el primer cántico del Siervo de Yahvé en Isaías que se lee en la primera lectura de este domingo. La identidad de este personaje es misteriosa, muchos estudiosos coinciden en decir que se trata de una persona individual que tiene una misión con dimensión “corporativa”, es decir, asumir en su persona la responsabilidad del pueblo y de la humanidad; también coinciden en que se trata de un profeta con rasgos regios que sintetiza todas las cualidades de los profetas; que es elegido por Dios con singular atención y cuidado; que su destino es restaurar la alianza de Dios con su pueblo y, a través de él, con toda la humanidad, a través de la predicación y del sufrimiento vicario. Fue humillado hasta una muerte ignominiosa, pero Dios lo rehabilitó, lo resucitó y lo exaltó.

Bautismo del Señor - FcoJosé

Ilustración: Francisco José Enríquez Zulaica SDB

Luz para nuestra vida

La novedad en el relato del Bautismo de Jesús de san Mateo, respecto a los relatos de Marcos y Lucas, es la incorporación de un dato que deja clara la dignidad de Jesús respecto a Juan. El Bautista reconoce que él debería ser bautizado por Jesús, quien es más grande, pero Jesús se deja bautizar por Juan para obedecer el plan de Dios para instaurar su reino. De esta manera Mateo deja claro que Jesús al someterse al bautismo no compromete su dignidad de Hijo de Dios y y al mismo tiempo enseña a los discípulos que deben aprender a cumplir siempre todo lo que Dios quiere.

La escena se presenta como una bisagra entre la vida oculta de Jesús, de la que algo se dijo en los relatos de la infancia y su vida pública. Jesús se presenta entre la gente del pueblo. La atención se centra en la misión que Jesús va a recibir, Él es el Siervo de Yahvé y va a asumir, en forma sustitutiva, la redención de la humanidad, pero no lo hará ‘desde fuera’, sino encarnado en la historia de su pueblo, compartiendo sus frustraciones y sus anhelos. De igual manera, los discípulos, en el cumplimiento de su misión, habrán de recorrer los mismos caminos de la humanidad y en medio de ella ser luz, sal y levadura; acercándose con corazón compasivo y misericordioso a las personas de toda clase y condición, sin escandalizarse de su situación moral, sino más bien, situándose junto a ellas para ayudarles a colocarse en el horizonte de la redención de Cristo.

Jesús es el Mesías. El evangelista lo deja claro al decirnos que «al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma…». Esta apertura de los cielos y el don del Espíritu son dos realidades que convergen en un mismo significado: se declara con solemnidad que Jesús de Nazaret, es el Profeta esperado, el Siervo de Yahvé que llevará a cabo el proyecto de Dios. Para ello recibe el don singular del Espíritu Santo, que permanece establemente en Él y que Él comunicará a sus discípulos para que continúen su obra redentora.

Dice además el evangelista que se «…oyó una voz que decía, desde el cielo: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.» Esta voz corrobora la vocación de Jesús. Es Siervo de Yahvé e Hijo de Dios. Es el elegido para llevar adelante el plan de salvación. La misión de Jesús abarca todos los elementos que fueron anunciados para el Siervo: anunciar la Palabra, renovar la Alianza y asumir la responsabilidad del pueblo y de la humanidad. El discípulo de Jesús está llamado a descubrirse amado de Dios, a asumirse como Hijo suyo y unido a Jesús, colaborar en el plan de redención haciéndose instrumento de reconciliación y de paz, imitando a Jesús y haciéndolo presente en medio de la humanidad en la circunstancia histórica en la que le sea dado vivir.

Hoy podemos pensar en nuestra vocación bautismal. ¡Cuánta falta nos hace hacerlo de cuando en cuando! Descubrirnos amados de Dios, y asumirnos como Hijos suyos con la misión de hacerlo presente correspondiendo a su amor y amando a nuestro prójimo como Jesús nos enseñó. Para ello se requiere la madurez humana y uno de los indicadores de que la hemos alcanzado es la capacidad de hacernos responsables de otros, de asumir sobre nosotros ‘la carga’ de las personas a las que amamos, de sobrellevar la renuncia y el sufrimiento que esto implica y que tiene una valencia redentora.

La madurez cristiana es tarea de cada día, como dice la carta a los Efesios (cf. cap 4), se trata de alcanzar la estatura de Cristo y esto es posible porque hemos recibido su Espíritu, porque Él nos nutre con el testimonio de su entrega y nos revela que en Él también nosotros somos hijos amados de Dios.