Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: noviembre 2012

Estén atentos y vigilantes…. Hagan oración. (Lucas 21, 25-28.34-36)

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calendario liturgico -fanoCon el adviento inicia un nuevo año litúrgico. Este año corresponde al ciclo C y por tanto será san Lucas quien nos acompañará en las celebraciones dominicales.

El adviento es tiempo de preparación para la Navidad y también tiempo de preparación para la última venida del Señor. Este Domingo los textos bíblicos nos hacen poner nuestra mirada más en la segunda venida que en la primera.

El texto del evangelio nos pone frente al evento culminante de la historia. No se trata de una descripción del fin del mundo. La intención del evangelista no es aterrorizar, sino alimentar la esperanza de los discípulos que en medio de las dificultades nunca deben olvidar que el Señor vendrá de nuevo y que está promesa se cumplirá pues las palabras del Señor no dejarán de cumplirse.

El evangelista anuncia el cumplimiento de la promesa y habla de los signos que precederán a la segunda venida. Estos signos, conocidos como escatológicos, se presentan con el  lenguaje que los profetas utilizaron cuando anunciaron los grandes juicios de Dios sobre Israel y la humanidad asociando al universo entero a estos acontecimientos. En el lenguaje profético el ser humano al ser juzgado por Dios debía presentarse ante Él acompañado de toda la creación.

Los trastornos cósmicos que menciona el evangelio enseñan que cuando Dios deja de sostener el mundo la creación entera se ve amenazada y corre el peligro de derrumbarse. Cuando el mundo se desestabiliza sufre la humanidad y se angustia pues comienza a ver incierto su futuro.

El abrirse de los cielos da paso a la aparición del Hijo del Hombre, que viene a juzgar al mundo. Es el cumplimiento de la promesa, un anuncio de esperanza, pues quien juzga es Aquél que por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre. Por ello la invitación «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación». Cuando el Señor vuelva, llegará la redención final de la opresión y de la aflicción del pueblo de Dios. Será la hora de la justicia que esperan con alegría quien han sufrido en la historia.

Esperar pues la venida del Señor es motivo de esperanza y no de miedo, pues la historia de nuestro mundo, en el que las fuerzas del mal campean y en el que en ocasiones es difícil percibir cómo obra la justicia de Dios, se completará con la venida de Jesucristo, el Señor que llevará a culmen su obra de justicia y hará que reine la fraternidad.fano adviento

Pero la esperanza cristiana no puede vivirse sólo como expectación, supone actitudes concretas que los discípulos deben asumir ante la venida de Jesús. SI el Señor viene, debemos ponernos en movimiento, salir a su encuentro, no podemos esperarlo con los brazos cruzados y si no sabemos cuando vendrá entonces, para evitar sorpresas, es necesario estar preparados. Para ello nos instruye el evangelio.

En primer lugar «estar atentos». Es un llamado al discernimiento de los acontecimientos de la vida. Hay que estar listos para reconocer los signos y por tanto pendientes de la modorra espiritual que puede entorpecer el discernimiento. Lucas la describe como «corazón embotado». El corazón puede embotarse por el libertinaje, al que se llega por la pérdida de valores y la falta de criterios de comportamiento; además; también por la fuga de la realidad, Lucas alude al abuso del alcohol, nosotros podríamos añadir todo tipo de adicciones  y, finalmente, por las preocupaciones del mundo que podríamos identificar con el estrés al que nos sometemos por el exceso de trabajo y nuestras obsesiones consumistas.

Cuando el corazón se embota perdemos la tensión espiritual, el corazón se distrae y no puede reconocer al Señor que viene a nuestro encuentro. La advertencia es clara. Si queremos reconocer al Señor cuando vuelva debemos estar familiarizados con Él, y para ello es necesario dedicar tiempo a las «cosas espirituales» y no vivir obsesionados con las cosas terrenas.

Después del llamado a «estar atentos» Lucas nos exhorta a la vigilancia y para ello indica el camino de la oración. La «oración constante» es sinónimo de «vigilancia del corazón»: nos hace mantener fija la mirada en lo que es esencial; nos hace llevar a la presencia de Dios nuestras vivencias y nos ayuda a valorarlas confrontándolas con su voluntad; y anticipa la comunión de amor que da sentido a lo que hacemos y endereza nuestros pasos en la dirección de la plenitud.

01advC - fsnoLa oración constante fortalece y ayuda mantenerse en la vocación de amar; quien ora aprende a ubicarse en los conflictos, manteniendo su identidad y su vocación de comunión y por ello puede salir  ileso de ellos; ser constante en la oración ayuda también a permanecer disponibles en el servicio y aguardar sin miedo el último día.

El fin de los tiempos no se prepara pues haciendo cábalas sobre cuándo y cómo será el fin del mundo. Al creyente eso no le interesa, porque ya sabe que al final nos espera el juicio y la justicia de Dios sobre la historia y esto le llena de esperanza.

El discípulo de Jesús espera confiado el regreso de su Señor y lo hace encontrándose con Él en los signos en los que Él ha perpetuado su presencia –Palabra, Eucaristía y Pobres-, orando con constancia, llevando una vida recta y permaneciendo siempre disponible en el servicio para que en el mundo reinen la fraternidad y la justicia.

Tú lo has dicho, Soy Rey (Jn 18,33-37)

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Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Con la celebración de la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo llegamos al término del año litúrgico. Contemplamos el dialogo de Jesús con Pilato en el Pretorio de Jerusalén. Dos reyes están contrapuestos. Pilato representa al emperador romano y detenta en Judea el poder más grande, en efecto, él es el único capaz de aplicar la pena de muerte. Frente a Pilato está Jesús, atado como si fuera un malhechor, pero presentándose a sí mismo como un Rey, de un tipo distinto al que representa Pilato.

La confrontación de Pilato y Jesús en el relato de la Pasión tiene gran extensión. Hoy nos detenemos sólo en uno de los interrogatorios, que se desarrolla a partir de tres preguntas:  «¿Eres tú el Rey de los judíos?»(18,33), «¿Qué has hecho?» (18,35), «¿Luego, tú eres Rey?» (18,37) que provocarán un triple pronunciamiento de Jesús.

La pregunta inicial pone en primer plano el tema principal: el reinado de Jesús, que fue el objeto principal de las acusaciones contra Él. De esta pregunta se siguen las otras que lo llevan a asumir la responsabilidad de su misión y a explicar el tipo de su realeza.

Primera pregunta: «¿Eres tú el Rey de los judíos?»

Esta pregunta Jesús la responde con otra pregunta: «¿eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros», de esta manera, al responder confronta a Pilato sobre su actitud. Un juez que se precie de ser justo no puede juzgar por oídas sino a partir de la certeza moral de que algo es cierto. De ahí que la respuesta de Jesús confronte a Pilato acerca de si lo que dice procede de su propio conocimiento o simplemente está repitiendo lo que otros dicen. Aparece ya de fondo el tema de la verdad.

Con su respuesta Jesús interpela a su acusador. Pilato tiene la obligación de verificar las acusaciones. Lo primero que hace Jesús es con sencillez poner en cuestión la autoridad del Juez.

Segunda pregunta: «¿Qué has hecho?»

Pilato se defiende haciendo ver que no tiene responsabilidad sobre las valoraciones de los demás. Está claro que él no es judío y con ello pretende eludir la responsabilidad de asumir como verdadero lo que otros han dicho como acusación.

Dando un paso adelante en su interrogatorio Pilato pregunta lo que debía haber hecho desde el principio, concediendo al acusado la posibilidad de hacer su propia declaración y así evitar ser considero un juez injusto que juzga sumariamente.

«¿Qué has hecho?» Jesús no enumera las actividades de su ministerio, sino que hace una presentación global de su obra, repitiendo en tres ocasiones «Mi Reino no es de este mundo» Con ello Jesús trata de dejar en claro que no es enemigo del César, que su reino no tiene que ver con territorio, ni con leyes, ni con impuestos, ni con nada que signifique sometimiento, poder o uso de la fuerza. Prueba de ello es que no ha opuesto resistencia para ser capturado y nadie ha combatido para evitarlo.

Tercera pregunta: «¿Luego, tú eres Rey?»

Jesús ha descrito que tipo de Rey no es y lógicamente se sigue la cuestión sobre cuál es el tipo de su realeza. A ello Jesús responde afirmando con contundencia: «Soy Rey» y enseguida explica la naturaleza de su Reino: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» e invita a acoger su reinado: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz»

Jesús ha nacido para ser testigo de la verdad y en esto consiste su obra como Rey. Sólo puede dar testimonio quien tiene conocimiento, experiencia directa de lo que declara. La verdad que Jesús declara no es cualquier verdad, es la verdad sobre Dios y lo puede hacer porque lo conoce, está en relación con Él, le pertenece, vive en íntima comunión con Él.

El Rey de un Pueblo, al igual que un Pastor, tiene como tarea hacer posible la vida de su pueblo, preocupándose para que sus condiciones de vida sean lo mejor posible. La obra de Jesús, Rey y Pastor, que da testimonio de la verdad, es abrir a todas las personas el camino de la plenitud de vida, más allá de toda posibilidad humana. Jesús ejerce su reinado desde la Cruz y desde allí nos atrae a la verdad de Dios de la que es testigo desde toda la eternidad y nos sumerge en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo.

Con el testimonio de la verdad, Jesús, Rey crucificado, hace verdaderas las palabras «Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10,10)»

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mc 13,24-32)

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XXXIII Domingo Tiempo Ordinario B

Estamos llegando al término del año litúrgico que concluye con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo que celebraremos el próximo domingo.  En este ciclo litúrgico que termina, el evangelista san Marcos ha sido nuestro pedagogo, nos ha llevado de la mano en nuestro camino de seguimiento de Jesús. Nos ha enseñado a «estar» con el Señor y a permanecer con Él y en Él. Es en esta perspectiva de fidelidad que debemos leer el texto evangélico que se proclama este día y que es una invitación a vivir en la esperanza.

Mensaje escatológico con lenguaje apocalíptico

El pasaje que leemos este domingo se ubica en el capítulo 13 del evangelio de Marcos, conocido como discurso escatológico. El lenguaje es propio de la literatura apocalíptica que surge el s. III a. C. y se caracteriza por una talante y un estilo de interpretar la historia del pueblo de Dios y de la humanidad.

Con el género apocalíptico se anuncia el futuro preparado por Dios.  Se trata de un futuro glorioso que seguirá a los sufrimientos de los hombres durante el peregrinar en la historia. Esta literatura es consoladora en medio de las persecuciones y sufrimientos, abre un camino de esperanza segura porque la historia la dirige Dios.

Por eso la Iglesia proclama estos testimonios cuando llega al final el año litúrgico. Sabemos que el año litúrgico actualiza y realiza el misterio global de salvación. Es necesario dirigir la mirada al futuro, movidos por la esperanza, mientras vivimos la experiencia del presente con fortaleza, la constancia, la longanimidad y la paciencia. Es importante realizar el camino que conduce al final glorioso. En medio de nuestro mundo los creyentes tienen la misión de ser testigos de esperanza mientras comparten con sus hermanos los hombres sus sufrimientos y sus proyectos. La interpretación de la apocalíptica conlleva las dos versiones: esperanza para el futuro y testimonio consolador para el presente.

El pasaje que nos ocupa

En el discurso escatológico de Marcos, Jesús responde a la inquietud de los discípulos acerca del fin de los tiempos. Comienza refiriéndose a lo que le sucederá al mundo al final de los tiempos, a sus discípulos y a la conclusión de la historia. Hoy nos detenemos particularmente en el mensaje acerca del culmen de la historia y en el comportamiento que se espera de los discípulos antes estos hechos.

De cara al fin de la historia Jesús plantea qué es lo relativo en ella y que es lo permanente, lo que no pasará. El fin de la historia del mundo se relaciona con la remoción de todo lo que ha estado fijo y con la venida del Hijo del hombre.

En los días de la tribulación reinará la oscuridad y los astros celestes que son símbolo de la estabilidad del universo desaparecerán del universo. Con ello se indica que las realidades que caracterizan la historia en el presente no tienen consistencia eterna.

La última palabra sobre la historia humana y sobre todos los acontecimientos  la dará Dios en el advenimiento de su Hijo en la Gloria. El triunfo de Dios en la historia es  la certeza que sostiene y orienta los pasos del creyente por el camino de la vida.

«Entonces verán al Hijo del hombre…» Este es el fin de la historia humana: la manifestación del Señorío de Jesús, que venció el mal y culmina su victoria sometiendo de manera definitiva todo lo que se opone a la vida. Esta certeza alienta nuestra esperanza, pues nos hace ver el final no como una catástrofe, sino como el triunfo de la vida.

«Entonces… reunirá a sus elegidos» La manifestación de Jesús en su Gloria es también la manifestación de su total y absoluta fidelidad con sus discípulos, que sufren la contradicciones del mal y la injusticia en el mundo por definirse como testigos del Evangelio.

Tres enseñanzas:

Descubrir los signos de la bondad de Dios en la historia. Las dificultades de este mundo, el sufrimiento, los embates del mal, la destrucción del hombre por el hombre, la pobreza, los atropellos a la dignidad humana ponen ante el discípulo la tentación del aislamiento o la desesperación. Jesús ilumina esta situación con la imagen de la higuera que con los brotes que renacen en ella después del invierno anuncia la llegada de la primavera. De igual manera los discípulos deben estar seguros de la intervención de Dios y alimentar su esperanza a partir de los pequeños signos e bondad y de compromiso sincero con la vida.

Confiar en la Palabra de Dios. En medio de las vicisitudes de la historia los discípulos son llamados a confiar firmemente en la Palabra del Señor. Las palabras de los poderosos son relativas, no tienen consistencia. El mundo si pasará, la Palabra de Dios no pasará, Él tiene la última palabra y esta se manifiesta en la venida del Hijo del hombre y esta promesa es la que sostiene en última instancia la vida del discípulo.

Poner nuestro futuro en las manos de Dios. El discípulo está llamado no hacer elucubraciones sobre el fin del mundo, a desentenderse de lo que es inútil y que desemboca en pura fantasía. El día y la hora, sólo Dios lo saben. No hay que perder el tiempo en lo que no podemos saber, sino comprometer nuestras energías en lo que si sabemos para orientar la historia a la finalidad para la cual fue creada.