Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir … (Mc 10,45)

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Domingo XXIX Tiempo Ordinario

Domingo Mundial de las Misiones

Este Domingo la Iglesia celebra el Domingo mundial de las Misiones. Es costumbre en México, interrumpir la lectura continua del evangelio para proponer un texto con el envío misionero de Jesús a sus discípulos.

Por razones pedagógicas, para no interrumpir la reflexión de los textos del evangelio de Marcos con la instrucción a sus discípulos, las notas que ofrezco son para profundizar la reflexión del evangelio correspondiente al XXIX Domingo del tiempo ordinario.

El  texto se ubica en el horizonte de las instrucciones de Jesús a sus discípulos, se centra en el tema del camino del Hijo de hombre que culminará su obra el la Cruz y en la Resurrección y en los discípulos han de realizar el mismo camino que el Maestro. La lección central es el servicio a los demás incluso con el sacrificio de la propia vida.

Jesús les propone a los que quieren ser grandes que se hagan servidores de todos, que se coloquen en último lugar, que se hagan esclavos y Él mismo les da el ejemplo, entregando su vida para redimir a la humanidad.

Después del tercer anuncio de la pasión, el evangelista San Marcos presenta el tema del poder y los criterios de acción de sus discípulos al respecto, siempre en la perspectiva de la Cruz, condición del discipulado: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc 8,34)

Los protagonistas ahora son los hermanos Santiago y Juan, hijos de Zebedeo.  Se acercan a Jesús con una petición muy concreta: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Esta petición hace reaccionar a Jesús e inquieta a los demás discípulos.

Una vez más Jesús habla de la Cruz y la atención de los discípulos está en otra parte, en sus propios intereses. Jesús les advierte con claridad que para un discípulo el único camino posible para tener autoridad es identificándose con Él en el camino de la Cruz, es decir, entregando la propia vida. Las relaciones de quien ha decidido entregar su vida a los demás no pueden establecerse en el dinamismo del sometimiento ni del autoritarismo, por el contrario, su dinamismo es el servicio.

Santiago y Juan quieren los primeros lugares. Jesús no rechaza sus aspiraciones. En lo que parece no estar de acuerdo es en el cómo alcanzarlas, no es por concesión o por influencias, sino a través del testimonio y del servicio.

Nada se dice de para qué querían estos discípulos los primeros lugares, pero si recordamos que antes han discutido quién de ellos era el más importante y cómo quedó al descubierto su manera de entender al Mesías como a alguien poderoso. Podemos suponer que el para qué de su intención tiene que ver con el deseo de tener el poder de  someter a los demás a su voluntad. El apodo que tenían, «hijos del trueno» no era gratuito.

Jesús no está de acuerdo con el individualismo vanidoso y egocéntrico que quien quiere sobreponerse a los demás, en esta actitud está la fuente de la mayor parte de conflictos de la convivencia humana; de hecho, los compañeros de Santiago y Juan se indignaron ante su pretensión.

Como respuesta Jesús ofrece el testimonio de su vida que se convertirá en el último criterio del actuar de cualquier discípulo. La autoridad de Jesús no está en la capacidad de imponerse o de obligar a los demás a cumplir una ley sino en la entrega de su vida.

Jesús lleva al discípulo a volver su mirada a la pasión, momento culmen de su ministerio y de su revelación. La comunión con Jesús es plena si incluye el camino de la Cruz y de esta experiencia se derivan los principios de que terminan el comportamiento discipular. Jesús transformó la Cruz de ser un símbolo de la violencia a la que era capaz de llegar el poder religioso y político a ser un signo de su entrega como servicio a la vida.

El camino del prestigio y de la grandeza está en hacerse servidor y esclavo. Sólo puede ser primero quien se ocupa de los últimos. El verdadero discípulo de Jesús es quien no hace de si mismo el centro de la vida sino quien hace de las necesidades de los demás el centro de sus preocupaciones. Para el servicio cristiano no hay fronteras; debe atenderse a todos, a los lejanos, sin descuidar a los cercanos.

Es cierto que la vida cristiana pide renuncias; estas no tienen ningún sentido si no son para hacer de la propia vida un don de si mismo en el servicio. Caminar en esta dirección implica ir en sentido contrario a los intereses de las sociedades en las que el ejercicio del poder excluye, margina, mata o niega a las personas.

A la luz de este texto pensemos en la Jornada del DOMUND. Orar por las misiones. Sostener las misiones y sobre todo cultivar en cada discípulo la vocación misionera, exige de parte nuestra renunciar a protagonismos estériles, a entrar en el juego del poder y a hacernos expertos en el servicio, sólo de esta manera será creíble el evangelio que anunciamos.

 

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