Ecos de la Palabra

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Lo que Dios unió, no lo separe el hombre (Mc 10,2-16)

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XXVII Domingo Tiempo Ordinario B

Este Domingo el evangelio nos ofrece importantes enseñanzas para la vida familiar. Nos habla de la fidelidad en el matrimonio y de la acogida de los niños. Jesús muestra a quienes tienen la vocación matrimonial cómo vivir el discipulado en el ámbito familiar, particularmente en la relación de pareja.

Lo que se enseña en el texto que nos ocupa hay que entenderlo junto con las otras enseñanzas de Jesús en las instrucciones a sus discípulos. La fidelidad en el amor debe vivirse junto a otros valores evangélicas como: la negación de uno mismo, la fe en la persona y en la palabra de Jesús y la disponibilidad para el servicio.

Jesús camina con sus discípulos hacia la región de Judea en dirección a Jerusalén. Durante este recorrido Jesús enseña a la multitud. Al llegar a casa, explicará a los discípulos, con mayor profundidad el sentido de sus enseñanzas. En medio del recorrido un grupo de fariseos interviene con la intención de poner en aprietos a Jesús planteándole una pregunta con la intención de que según sea su respuesta pierda popularidad o se declare en contra del rey.

La pregunta que hacen los fariseos es la siguiente: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?» Es probable que en el ambiente de las primeras comunidades cristianas esta costumbre judía fuera debatida y el evangelista recuerda la enseñanza de Jesús que es una aplicación de su mensaje centrado en el amor fiel de Dios que sus hijos e hijas debemos imitar viviendo la fidelidad en el amor en nuestras relaciones humanas comenzando por las que vivimos en el seno de nuestra familia.

No hay nada que aniquile el amor como el abuso de poder y la violencia.  La pregunta que se hace a Jesús cuestiona hasta dónde llega el poder del hombre en la relación conyugal. La respuesta de Jesús remite a ubicar la respuesta en el horizonte de la voluntad de Dios; para ello es necesario recordar primero lo prescrito por Moisés y después lo que Dios Creador quiso en el principio.

La ley judía contenida en el Deuteronomio (cf. 24,1) da una solución jurídica a los casos en los que  el hombre descubre en la mujer algo que no es de su agrado y  prescribe que se redacte un acta de repudio. Los fariseos interpretan esto como permiso de divorcio; sin embargo, en sentido estricto el acta de repudio es un testimonio de que la mujer ya no está casada, es libre, no está sometida al marido que la ha repudiado y quedando así protegida de acusaciones que la puedan llevar a la pena de muerte por adulterio.

Jesús interpreta la razón de la norma de Moisés. La prescripción del Deuteronomio trata de regular un caso conflictivo en la vida de una pareja que ha llegado a ser insoluble por la «dureza de corazón», es decir, por la cerrazón, la terquedad, el capricho, la incapacidad para escuchar y para ceder.

La «dureza de corazón» es la resistencia del corazón humano frente a la Palabra de Dios, es no querer convertirse. Ante esta cerrazón lo menos que puede hacerse es salvaguardar la dignidad de la persona más débil, en este caso, la mujer. Proteger a la mujer mediante el acta repudio extendida por la «dureza de corazón» no resuelve el problema, hay que ir más a fondo y Jesús lo hace buscando el sentido de lo que dice la Palabra de Dios en la acción creadora del Padre.

Jesús interpreta el querer del Padre Creador sobre la vida de la pareja poniendo en el centro de la atención el relato de la creación. Cita dos pasajes del Génesis. El hombre y la mujer fueron creados para complementarse: «Él los hizo varón y hembra» (Gn 1,27) y para la unidad: «…dejará el hombre a su padre ya su madre y los dos se harán una sola carne» (Gn 2,24). De esté ordenamiento que proviene del Creador Jesús saca la conclusión: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre»

Romper la unidad de la pareja es ir en contra de la naturaleza creada. El hombre no puede hacerlo pues se perdería la sintonía con su Creador. La intención originaria de Dios es de unión y fidelidad entre el hombre y la mujer. El principio que hay que tener presente para regular la convivencia de la vida de pareja es el ordenamiento del Creador. El que nos hizo distintos y al mismo tiempo complementarios es quien une a quienes deciden compartir libremente un proyecto de vida conyugal.

La respuesta de Jesús lo pone en contra de su auditorio y de la tradición judía que concedía al varón el derecho de repudio a la vez que negaba este derecho a la mujer. Negar ese derecho a lo varón era hacerles perder un privilegio. Jesús no se deja intimidar por los que lo ponen a prueba porque sabe que en el designio de Dios el hombre y la mujer están en el mismo plano de igualdad.

La enseñanza se hace más específica cuando llegan a casa. Los discípulos quieren mayor claridad y le vuelven a preguntar sobre lo mismo. La respuesta de Jesús es contundente: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio»

 El Señor, retomando el tema, se refiere a la posibilidad de que la mujer repudie al marido, poniéndolos a los dos en el mismo plano, sin que importe quien lo haga el repudio para comenzar otra unión es calificado como adulterio, es decir, como una acción contraria al querer de Dios tal como está revelado en el Decálogo (Cf. Ex 20,14)

Para el discípulo esta enseñanza pide poner atención a las resistencias del propio corazón que acaban por destruir la relaciones más hermosas y no descuidar lo que quiere Dios de nosotros al hacernos para la comunión. El Señor defiende la dignidad el matrimonio entendido como una unión de amor; el amor auténtico implica la fidelidad, por ello Jesús exige a los discípulos llamados a realizar su vida en el matrimonio a ser fieles en el amor.

Somos testigos de cómo en nuestro días muchos matrimonios se rompen y en lo civil jurídicamente se disuelven a través del divorcio. Como los fariseos del evangelio hoy podríamos pretender legitimar una práctica social, sin embargo, como Jesús estamos llamados a llevar a la vida de nuestras familia la luz de la Palabra de Dios.

Lo que hace posible la vida conyugal es el amor recíproco y generoso. Si los que se casan, cada uno piensa en su recíproco interés, en su propio placer y en sus propias satisfacciones, entonces no hay verdadero amor, es una unión de dos egoísmos que es imposible resistir. El que se casa debe tener claro que el matrimonio es la unión de dos amores y no de la unión de dos egoísmos.

Junto a esta denuncia de la «dureza del corazón» de quienes buscan justificación a su egoísmo por la vía del divorcio, con un gesto simple, el Señor nos enseña que la fidelidad del amor de Dios alcanza a todos. Por ello nos invita a acoger con ternura los niños que en su tiempo eran fácilmente despreciados por los adultos.

En nuestros días los niños son los que más sufren el drama del divorcio de sus padres, son los que quedan relegados y se les considera irrelevantes en la vida familia y social. A la par, el hombre y  la mujer quedan con grandes heridas cuando son incapaces de perdonarse y de ceder en sus pretensiones para salvaguardar la unión conyugal; en los contextos en los que priva el machismo el drama del divorcio deja en condición de especial vulnerabilidad a la mujer.

Acoger el evangelio de hoy supone estar atentos en cada familia a la formación del corazón y qué mejor escuela que la de Jesús.

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