Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió (Jn 6,1-15)

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XVII Domingo Tiempo Ordinario

Este domingo inicia un gran paréntesis de la lectura continúa del evangelio según san Marcos para leer, durante 6 Domingos, el Discurso del Pan de Vida del capítulo 6 del evangelio según San Juan. Hoy leeremos los primeros 15 versículos de los 71 que forman este capítulo.

El contexto

La escena inicia en continuidad perfecta con la contemplación del Domingo pasado. Dejamos a Jesús rodeado de la multitud que lo seguía y que esperaba de él la manifestación del poder de Dios como remedio de sus necesidades. Ahora la escena se ubica después de la curación del paralítico en la piscina de Betesda que es el tercer signo de los siete que presenta el evangelio de Juan.

 La multiplicación de los panes es el cuarto signo revelador de la identidad del Señor y de su obra en el mundo. Los personajes son Jesús, los discípulos que lo rodean y la multitud que lo seguía por la fascinación que producen sus milagros.

La escena se desarrolla en la inmediaciones del mar “de Tiberiades”, entre el mar y la montaña, en torno a los días cercanos a la Pascua, la fiesta de los judíos. Esta circunstancia temporal nos ofrece la ruta que podemos seguir para la comprensión del signo. La multiplicación de los panes es don pascual de la vida de Jesús en la cruz.

Las palabras

El diálogo inicia con una mirada. Jesús levanta los ojos y ve una multitud que lo busca; alcanza a captar en ellos una necesidad profunda. Toma la iniciativa. Ve el problema y propone la solución: darles de comer. ¿De dónde? La pregunta se la hace a Felipe. A primera vista parece que el problema es encontrar un lugar en el que se pueda conseguir alimento; considerada con detenimiento la pregunta expresa una preocupación más profunda ¿De dónde sacaremos vida para satisfacer las necesidades profundas de esta multitud?

La pregunta parece evaluar o medir en Felipe hasta dónde llega su fe de discípulo y su comprensión del misterio de Jesús. A la pregunta se dan dos respuestas insuficientes. Para Felipe es algo imposible. Doscientos denarios, lo equivalente a un año de salario, no sería suficiente. Ciertamente, con los medios humanos es imposible satisfacer las necesidades profundas de las personas.

La segunda respuesta es la de Andrés. Abre un camino de solución aludiendo a los panes y los peces que un joven lleva consigo, pero ¿qué es eso para tantos? En efecto, hay una gran desproporción entre el alimento disponible y la multitud hambrienta. Aquí está la enseñanza. Jesús parte de lo poco, que entregado con generosidad se hace suficiente.

La enseñanza es clara. Hay una gran diferencia en la vida que se consigue con el propio esfuerzo y la que se recibe como don. La vida plena es don y hay que saber acogerla. Este es el tema que desarrollará el discurso del Pan de Vida: dar vida desde el don de la vida.

Los signos

Lo poco que se pone en manos de Jesús se multiplica. Jesús manda que la gente se siente, toma el pan y ora dando gracias y lo reparte entre todos.

Haciendo sentar a la gente Jesús da forma a la multitud, transformando  la masa en comunidad. Con el gesto de tomar el pan y dar gracias se asume como quien preside la mesa de la comunidad y al mismo tiempo se hace servidor de todos poniendo el pan y el pescado en la mano de los comensales. El alimento se recibe de manos de Jesús.

La enseñanza

La gente quedó satisfecha. En ello encontramos un signo de la vida en abundancia que Jesús da a la humanidad. Esta abundancia es expresión de la generosidad de Dios y de la plenitud hacia la cual Dios quiere conducir a cada ser humano. La abundancia no es sólo cuestión de cantidad, sino ante todo, de calidad. La abundancia es para todos. No sólo para los presentes, sino también para los ausentes, por ello nada se debe desperdiciar.

No se trata sólo de no desperdiciar comida, se trata también de reunir, de congregar. De formar, con los que se han alimentado de un mismo pan, un solo cuerpo para la vida del mundo; un solo cuerpo en el que nadie se pierda, en el que todos se vean preservados de la maldad humana que destruye, disgrega y aniquila.

Las reacciones

El signo de la comida abundante rebasa toda expectativa. La gente se entusiasma con Jesús. Le dan sentido al signo diciendo «este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». La multitud cree haber encontrado al líder que el pueblo necesitaba y que les aseguraría el bienestar completo. Jesús les recuerda a Moisés, que les dio el maná, el pan del cielo en el desierto y por la fuerza quieren hacerlo rey.

La indicación del evangelista «por la fuerza» indica un acto de violencia. Jesús no se deja imponer ningún rol del que se aprovechen otras personas. Se retira y se va sólo a la montaña. Se esconde de la gente.

La gente no lo entendió. El milagro era un signo. Jesús ha demostrado que tiene el poder de vivificar. Su poder es en beneficio de todos, en todos los tiempos y lugares y no de unos cuantos. Hacerlo rey reduciría el sentido de su misión, por eso Jesús huye y el relato termina donde comenzó: en la montaña, en soledad, en oración con Dios. Ni siquiera sus discípulos lo entendieron.

Jesús no se dejó encasillar en las expectativas de la multitud, con toda claridad les habló de lo que Él podía ofrecerles. Jesús no tiene como criterio el éxito numérico o “político” de su apostolado sino la fidelidad a la misión que recibió del Padre.

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