Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

… Subió al cielo (Mc 16,15-20)

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La Ascensión del Señor

Celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor. Con ella concluye la serie de apariciones de Jesús resucitado que hemos contemplado, particularmente en la primera parte del tiempo pascual. El fragmento final del evangelio que hoy escuchamos cuenta la última aparición de Jesús a los apóstoles y refiere después que Jesús ascendió al cielo.

La Ascensión del Señor hace que, por un lado, volvamos nuestra mirada al cielo donde el Señor glorioso, está sentado a la derecha del Padre y que por otro, nos veamos a nosotros mismos, pues comienza en la vida del discípulo el dinamismo misionero. Jesús resucitado y ascendido al cielo envía a sus discípulos, con la fuerza del Espíritu Santo, a difundir la fe en él por todo el mundo y a transformar el mundo según el designio de Dios.

El evangelio nos da razón de lo difícil que fue para los discípulos entender en qué consistía el reino de Dios. La experiencia de la Resurrección no les hizo cambiar de inmediato sus expectativas; esperaban que el Señor restaurase la soberanía de Israel, concibiendo el reino como una realidad política, como la independencia de la nación de Israel y su dominio sobre otros pueblos.

El relato de la Ascensión está ubicado en el evangelio de Marcos inmediatamente después de la misión que Jesús confía a los once; misión inmensa que supera sus fuerzas pues dilata las fronteras a todo el mundo, y es a toda la humanidad a la que debe predicarse la Buena Nueva.

Impresiona cómo Jesús confía en un pequeño grupo, en un puñado de hombres sencillos, que no se distinguen por especiales capacidades; a ellos, que tenían una esperanza mesiánica de tipo político, les confía un proyecto completamente diferente, anunciar, de la misma manera como Él lo hizo y con el testimonio de su vida, la cercanía de Dios que reina desde el corazón de las personas y es capaz de hacer nuevas todas las cosas.

El proyecto de Dios sólo se puede llevar a cabo con la fuerza que el mismo Dios concede y los signos que lo verifican son inconfundibles: «En mi nombre expulsarán demonios, hablarán lengua nuevas, agarrarán serpientes; si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se curarán».

En otras palabras, el Reino se hace presente en el triunfo de la vida sobre la muerte, de la verdad sobre la mentira, de la justicia sobre la injusticia y sus testigos son quienes en nombre de Dios y con la confianza puesta en Él enfrentan el poder deshumanizador del mal, de la enfermedad, del pecado y de la muerte.

Esta misión la realizarán los discípulos después de Pentecostés. Lo que parecía imposible se realizó con el impulso del Espíritu. Y de la misma manera y con el mismo impulso debe realizarse y corresponde a cada generación de discípulos hacerlo en coherencia a la dimensión apostólica de la identidad cristiana.

Jesús nos incorpora a su misión. No podemos pensar que lo que hacemos lo realizamos en nombre propio. Es necesario entender que sólo somos colaboradores, pero que nadie suplirá la tarea que nos corresponde. Los bautizados somos injertados en Cristo y con Él hacemos un solo cuerpo. Como miembros de Cristo resucitado, estamos llamados a vivir unidos en el mismo Espíritu y poner alma, vida y corazón al servicio del Reino de Dios

Los dones que hemos recibido son para desarrollemos la tarea que se nos confía. La escucha y reflexión, personal y comunitaria, de la Palabra del Señor nos ayuda a entender nuestro lugar en la misión de la Iglesia y cuál es la razón y sentido de los dones que hemos recibido para la edificación de la Iglesia y el impulso de su tarea apostólica.

La Ascensión del Señor pone delante de nosotros un horizonte de esperanza. Por un lado participar un día de la vida plena en Cristo y por otro, contar con el Espíritu Santo que se nos ha prometido, que con sus dones y gracias nos enriquece para que realizando plenamente nuestra vocación seamos, con nuestra existencia, signo y promesa de la vida digna que Dios quiere para todos sus hijos.

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