Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

…no sigas dudando, sino cree (Jn 20,19-31)

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II Domingo de Pascua

Los textos bíblicos que la liturgia nos presenta este domingo nos ayudan situar la historia presente de nuestras comunidades volviendo la mirada a la comunidad apostólica. Encontramos en la Palabra luz que ilumina nuestra vocación cristiana y descubrimos una pedagogía que nos ayuda a ubicar nuestra propia experiencia de fe en el dinamismo de tres itinerarios pascuales.

La comunidad apostólica

La proclamación de la Palabra comienza presentando la vida ideal de la comunidad apostólica. Con pocas palabras se describe la armonía de los discípulos del Señor que «tenían un solo corazón y una sola alma» y que practicaban la comunión de bienes para que nadie pasara necesidad. En el centro de esta descripción se coloca el ministerio apostólico diciendo «con grandes muestras de poder los apóstoles daban testimonio de la Resurrección del Señor

Los estudiosos dicen que los sumarios de la vida de la comunidad primitiva que encontramos en el libro de los Hechos de los apóstoles son descripciones ideales, propuestas para inspirar la vida de las primeras comunidades. La tensión entre lo ideal y lo real no la calla la  Escritura. El cuadro ideal que describe a los primeros cristianos poniendo en común lo que poseían el mismo Lucas lo completa con dos episodios que contrastan fuertemente: El gesto de Bernabé que, vende su propiedad en Jerusalén y pone el dinero a disposición de los apóstoles y el gesto de Ananías y Safira, que hacen lo mismo que Bernabé pero, incapaces de compartirlo todo, retienen mezquinamente parte del dinero.

El evangelio nos presenta la comunidad apostólica en una interesante secuencia temporal que nos permite detenernos en el antes, en y después del encuentro con Jesús resucitado.

Esta secuencia nos ubica en el dinamismo de la experiencia cristiana que va forjando la identidad del discípulo hasta que este se descubre como hijo de Dios y enviado con la fuerza del Espíritu a ser testigo de la verdad.

… ANTES del encuentro con Jesús resucitado

La comunidad encerrada y rota. Y no era para menos. Los discípulos de  Jesús habían vivido, en carne propia y sin poder hacer nada, el sufrimiento de una persona amada. La traición del amigo, la negación del discípulo, el proceso injusto la condena mortal y su muerte violenta. Además, también estaban frustradas sus expectativas mesiánicas y con sus mentes embotadas no podían, en lo absoluto, entender nada de lo que pasaba.

Estaban encerrados porque tenían miedo y, como si se encontraran en su propia sepultura, estaban paralizados por ese sentimiento desagradable que provoca la percepción del peligro. No estaban completos, Tomás no estaba allí.  La violencia destruye la comunidad, la somete al miedo que dispersa, y activa el instinto de sobrevivencia que hace a cada quien buscar su propia seguridad.

…. EN el encuentro con Jesús resucitado

La comunidad se transforma. Jesús se hace presente, se coloca en medio de los discípulos y se identifica con el mismo saludo, el shalom de los  judíos, con el que los suyos debían saludar a las personas, a las familias y a las comunidades al acercarse a ellas. Este saludo tiene un significado muy profundo. No se refiere a la ausencia de conflictos sino a la evocación de la presencia de Dios con nosotros, es augurio y bendición, deseo de armonía, de integridad, de realización, de unidad y bienestar.

Junto al saludo un gesto. «… les mostró las manos y el costado». Con absoluta sencillez les hace llegar a la certeza de que el Crucificado ha resucitado, que el poder destructor del pecado y de la muerte no tienen la última palabra, que Dios es fiel y que su fidelidad es eterna. Jesús se presenta mostrando las huellas de su pasión dolorosa y comunicando el don de la paz. No hay en Él huella de resentimiento ni reclamo de venganza.

Al ver al Señor los discípulos se llenaron de alegría, viven su primer itinerario pascual, que tendrán que compartir cada vez que la duda, la incertidumbre, el miedo y la frustración apaguen la vida de la comunidad y la hundan en la noche oscura.

Reiterando el mismo saludo, ahora acompañado de las palabras «como el Padre me ha enviado, así también los envío yo» y con el gesto de soplar sobre ellos comunicándoles el don del Espíritu y confiriéndoles el ministerio de la reconciliación los discípulos participan de la identidad y misión del Señor.  Con la misma pedagogía Jesús da un segundo paso que es para los discípulos un segundo itinerario pascual: salir de si mismos, pasar del encierro a la misión.

Ungidos por el Espíritu, son ahora hombres nuevos y son enviados para ser testigos de la verdad, para llevar la cercanía del amor de Dios a quienes sufren y para liberar a quienes viven sometidos por el yugo del pecado y el poder del maligno.

Los discípulos realizarán el perdón de los pecados como lo hizo Jesús; desenmascarando el mal, enfrentando la fuerza deshumanizadora del enemigo que seduce y engaña a sus víctimas encerrándolas en su propio ego, convenciéndolas de que pueden prescindir de Dios y del hermano y cultivando en ellas el germen destructor de la violencia.

Por el perdón de los pecados se rescata al hermano, se le hace posible que, con la fuerza del Espíritu, reconstituya su identidad más profunda, se reencuentre a sí mismo y restablezca relaciones saludables con su entorno, con las personas y con Dios.

… DESPUÉS del encuentro con Jesús resucitado

En aquellos hombres y mujeres brillaba la luz de la esperanza; por ello no dejaron sólo a Tomás. Le compartieron la alegría que experimentaron al ver al Señor. Le contaron lo que habían vivido, pero él no estaba en condiciones de escucharles ni de creer; sus heridas estaban todavía abiertas y sus temores escondidos en su incredulidad. El primer destinatario de la misión estaba en casa.

La resistencia de Tomás tuvo correspondencia en la paciencia de la comunidad. No lo excluyeron. Ocho días después estaba con ellos y la historia cambió.

Jesús se presenta nuevamente con el saludo de paz y mostrando, ahora a Tomás, las llagas de sus manos y de su costado, lo llama a la fe diciéndole «no sigas dudando sino cree», Tomás, de rodillas, reconoce en Jesús resucitado a su Dios y Señor. En el paso de la incredulidad a la fe encontramos un tercer itinerario pascual que compromete la misión apostólica de la Iglesia.

Nuestras comunidades

Concluyamos contemplando nuestra propia comunidad en este dinamismo pascual. El ideal permanece. Vivir la unidad en la concordia, tener un solo corazón y una sola alma; sin olvidar que la comunión se hace compartiendo cada quien lo que tiene, lo que Dios le ha dado, lo que ha puesto en su corazón y superando las tensiones que  en el día a día de nuestra realidad nos alejan de la concordia.

Este ideal lo alcanzaremos acompañándonos unos a otros en nuestro itinerario pascual. Para algunos la pascua puede significar dar el paso del miedo a la alegría. Nos podemos acompañar dando y recibiendo existencialmente el saludo-bendición de la paz y compartiendo con nuestra alegría el testimonio de que en nosotros ha sido más grande el amor de Dios que el poder del pecado y de la muerte. En nuestra patria este itinerario pascual es urgente y nos compromete.

Para otros la pascua puede significar consolidación vocacional, en la propia identidad y misión, que es la misma de Jesús. El compromiso que se impone es el de la animación pastoral. Acompañarnos comunicándonos el Espíritu de la verdad y de la vida, el que todos hemos recibido en el bautismo, para que nuestras vidas inmovilizadas, nuestras estructuras caducas, nuestras instituciones esclerotizadas cobren nueva vida y se adecúen a las exigencias de la misión.

Para otros, la pascua puede significar renovar la propia experiencia de fe.  La formación positivista que hemos recibido y la dictadura del relativismo hace difícil la permanencia en la fe, que es un don que si no se cultiva se seca. La forma en que se nos han educado para acercarnos a la verdad, para conocer la realidad, nos hace desconfiados e incrédulos, como Tomás. Acompañémonos en la experiencia de la escucha de la Palabra, de la Eucaristía y de la caridad fraterna, hagamos el memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor; como ministros de reconciliación contemplemos las llagas gloriosas del crucificado que ha resucitado y que nos dice como a Tomás «…no sigas dudando, sino cree».

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