Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

“…verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39)

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Domingo de Ramos o de la Pasión del Señor

Ver segmento de la Entrada a Jerusalén de la película Jesús de Nazaret de Zefirelli.

Con la celebración del Domingo de Ramos o Domingo de la Pasión del Señor nos adentramos a la Semana Santa en  la que viviremos el Triduo Pascual, corazón del año litúrgico y oportunidad anual para renovar nuestra vocación bautismal contemplando, celebrando y viviendo el misterio pascual.  Este Domingo tiene dos elementos distintivos llenos de profundo significado. La procesión inicial que es precedida por la bendición de los ramos y la lectura de la Pasión del Señor.

Conmemorar la entrada del Señor en Jerusalén.

La procesión inicial hace memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén permitiendo ser aclamado como Mesías por la multitud que a su paso grita ¡Hosanna!, aclamación que literalmente quiere decir ¡sálvanos! y con la que se invocaba al Mesías esperado para liberar al pueblo. Jesús también es aclamado con la expresión ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!, reservada para el rito de entronización del rey.

Con un signo muy sencillo, Jesús deja claro cómo entiende él su mesianismo. Hace su entrada a Jerusalén montado en un burrito. Recordemos que la mentalidad de su tiempo atribuía al Mesías cualidades guerreras y un signo del poderío guerrero se expresaba en el caballo. El burrito en cambio es un signo de trabajo, de humildad, abajamiento y paz. Es una entrada sin ejércitos, sin armas, sin violencias y es un gesto revelador del verdadero mesianismo: «No tengas miedo hija de Sión, mira que tu rey viene a ti montado en un burrito».

Vivimos en medio de situaciones complejas, personales, familiares, comunitarias y sociales que nos hacen sentir la urgencia de un mundo diferente. Muchas personas parecen esperar la llegada de un caudillo o mesías capaz de cambiar la historia. Ya sabemos que los mesianismos se activan cuando comienzan las luchas por conquistar el poder por el ofrecimiento mentiroso de soluciones únicas, inmediatas, mágicas a todos nuestros males.

La contemplación de la entrada de Jesús a Jerusalén nos ayuda a comprender que la esperanza en un Mesías que nos libere debe desbordar nuestro cálculos. Es necesario que lleguemos con Jesús hasta el Calvario, allí se revela Dios, nos da a conocer su amor de Dios que nos libera profunda y realmente. Las mediaciones humanas, lo que nos toca hacer, sólo entra en juego como respuesta y colaboración con Dios-Amor que es el verdaderamente libertador.

Es necesario huir y vencer todas las tentaciones de creer que la liberación y la felicidad del hombre se consigue con la violencia. Pero también es necesario entender que las cosas cambiarán sin nosotros. Se requiere nuestro compromiso. El Dios del Amor o el amor de Dios manifestado definitivamente en este Jesús, compromete enteramente al hombre en todas las facetas de su vida. Ilumina y transforma la existencia humana en todas sus manifestaciones.

El relato de la Pasión

Después de la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén la liturgia nos invita a entrar en el gran silencio contemplativo de la Pasión para descubrir allí el escenario del verdadero reinado del Señor.

El relato de la Pasión según san Marcos (capítulos 14 y 15) narra el camino de Jesús hacia la muerte e integra el ministerio de Jesús con la paradoja de la cruz. Cada uno de los episodios remarca aspectos singulares de la persona de Jesús y está impregnado en una profunda comprensión del misterio de Dios en Él manifestado.

Es difícil comentar en breve espacio este denso relato. Detengámonos brevemente en los pasos esenciales que lo conforman.

La lectura de la Pasión de Jesús según san Marcos comienza con dos cenas: la de Betania y la de la Pascua. En la primera, por el signo de la unción Jesús es reconocido como Mesías y él relaciona el signo con su muerte y su sepultura. En la cena pascual, Jesús acepta libremente su muerte como sacrificio para nuestra salvación.

Estas dos cenas las integra el evangelista con la noticia de la conspiración por parte del Sanedrín, por el soborno de Judas y el anuncio de la negación de Pedro. La animadversión, la traición y la negación ensombrecen el gesto luminoso de la entrega que Jesús hace de sí mismo. Jesús muere por nuestra salvación, no obstante los rechazos, las traiciones y los abandonos.

Jesús queda completamente solo. Todos los abandonaron. Jesús queda prisionero y abandonado de los suyos, que huyen despavoridos. Su entrega no se apoya en ningún populismo sino en la certeza de que vive este drama por ser fiel a su condición de Hijo de Dios.

Así, la pregunta sobre la verdadera identidad de Jesús, que es el hilo conductor de todo el evangelio de Marcos –“¿Quién es éste?”- comienza a tener una respuesta definitiva. En el proceso judicial y en la cruz se revelará quién es Él y será un pagano, el centurión romano, quien lo reconozca: «verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.»

Contemplemos las escenas e identifiquémonos con los protagonistas, con sus gestos y con sus palabras. Pidamos la gracia de comprender en nuestro interior este relato de la pasión, para que el signo de la cruz, en donde se expresa la grandeza del amor gratuito de Dios, adquiera relevancia existencial en nuestra vida y así nos dispongamos a renovar nuestra fidelidad a la vocación que Él nos hace a ser y vivir como hijos suyos.

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