Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

“… Y los haré pescadores de hombres” (Mc 1,17)

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III Domingo. Tiempo Ordinario. Ciclo B

Este domingo iniciamos la lectura continúa del evangelio según san Marcos, el evangelista que nos acompañará a lo largo de este año litúrgico. La sección en la que se inserta el texto que leemos hoy no tiene como finalidad narrar los primeros episodios de la vida de Jesús. Quiere ofrecernos las perspectivas generales para leer este evangelio que responde a la pregunta ¿Quién es Jesús?

No olvidemos que el evangelista al informarnos sobre Jesús, quiere formar en nosotros a Jesús. Esta es la finalidad, que cada lector del evangelio se vuelva discípulo, confiese a Jesús como Hijo de Dios y también se descubra como tal.

Detengámonos en 4 elementos significativos de este pasaje evangélico que nos ayuden a apropiarnos con provecho este sencillo pregón y gesto con el que Jesús inicia su ministerio.

1. Desde un lugar: Galilea: La historia comienza en Galilea, no en Jerusalén, lejos de las estructuras y de los compromisos, en un ambiente universal, habitado por judíos y no judíos. Desde allí se hace, para todos, el anuncio de la Buena Nueva que anuncia la intervención decisiva de Dios en la historia del hombre y que viene a cambiar y transformar todas las expectativas en una realidad. Galilea es entrañable para los discípulos. Es el ambiente del amor primero, donde Jesús comparte con ellos profundas experiencias de la cercanía de Dios. Ahí los llama, los forma y los envía; una vez resucitado los precede en Galilea y los reúne (cf. 14,28; 16,7), para comenzar una nueva historia.

2. Un anuncio: El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. No se trata del «cronos», tiempo cronológico. Es «kairós», tiempo oportuno. Ha llegado el momento, la hora de la verdad, el momento de la cercanía de Dios para todos. Si los hombres y las mujeres están dispuestos a colaborar, todo lo bueno de Dios se hará presente.  En eso consiste la Buena noticia, en notificar que ha llegado el momento en que todo lo bueno que podemos imaginar y necesitamos para vivir como hijos de Dios y como hermanos, está cerca, a nuestro alcance.

3. Con una exigencia: convertirse, hacerse discípulos: La buena noticia exige conversión, cambio de rumbo, disponibilidad para pensar y actuar de mejor manera. No depende todo de Dios, es necesaria la colaboración de los discípulos. La conversión en el evangelio es la respuesta ante un acontecimiento. Si el acontecimiento es Dios el que se acerca, la respuesta que se espera es aceptación, confianza, disposición, cambio de perspectiva, nueva mentalidad, una manera distinta de ver las cosas.

La llamada – respuesta de los primeros discípulos ejemplifica qué es la conversión. Jesús tiene la iniciativa, los mira, los llama, los invita, los incluye, a ellos les toca la ruptura, dejar barcas y redes; la separación, dejar padre y compañeros de trabajo; la decisión de seguirlo y de ponerse con Él en camino. Convertirse pues, no significa hacer propósitos para mejorar algún aspecto de la vida o superar un defecto; por el contrario, significa la firme decisión de cambiar, de ir hacia delante, de orientar la totalidad de la vida de acuerdo a la voluntad de Dios; de situarse en otra perspectiva para ver las cosas desde otra manera, verlas desde Dios que se manifiesta en la historia, en el hombre, en el hermano, en el forastero, en el pobre, en el enfermo y en el pecador.

4. Y una misión: ser pescadores de hombres. El tema central de los dos relatos de vocación que nos presenta el evangelio este domingo es el discipulado. Este se forma a partir de gente que conoce a la perfección su propio oficio, en este caso, el de pescador. El llamado y la pedagogía de Jesús transforman el oficio propio del elegido en un signo de cómo servir al Reino que el Mesías anuncia e inaugura (1,15). Si para sus familias y sociedad estas dos parejas de hermanos son “pescadores de peces”, Jesús los hace ahora sus discípulos para que “pesquen hombres” para el Reino (1,17).

El simbolismo es profundo. Por un lado, Jesús exige a quien quiera ser su discípulo una respuesta radical, sin condiciones ni componendas que terminen desvirtuando la entrega generosa a la misión (Lc 9,57-62; Mc 8,34-38). Por otro lado, Jesús recurre a gente que ya tiene un proyecto de vida afianzado. A Jesús no se le sigue porque se haya fracasado en otros proyectos y tareas.

El auténtico discípulo es quien continuamente está abandonando sus proyectos para poner su vida en la voluntad de Jesús hasta apropiarse la misión del Padre a su Hijo primogénito; este “paso” o “pascua” no se vive sin rupturas y abandonos radicales, entre otras razones, porque el discípulo, que no es un fracasado, ni un persona sin quehacer, sabe que tiene recursos para ocuparse de sus propios asuntos.

La metáfora de la pesca no es de fácil comprensión. Pescar es una acción violenta de conquista, pues consiste en sacar al pez del agua, su medio natural, para hacerlo morir, aprovechándolo como alimento.

Este es el sentido de la metáfora de la pesca como la encontramos en algunos oráculos de condenación del Antiguo Testamento (cf. Jr 16,16-17; Am 4,2; Jr 16,16; Ez 12,13; 29,4-5; Hab 1,14-17): los pescadores o enemigos que Dios envíe contra Israel a causa de sus pecados, los pescarán o sacarán a los israelitas de sus casas y de sus escondites y los conducirán a lugares que no conocen, donde servirán a sus opresores, para luego morir lejos de la tierra de la promesa.

Sin embargo, en el AT hay un texto donde la pesca no tiene esta connotación negativa de violenta conquista militar. Según la visión de Ezequiel (Ez 47,1-12), después que la gloria de Yahveh llene el templo, un torrente purísimo y abundante de agua saldrá de él y «por donde el torrente pase todo ser viviente que en él se mueva vivirá» (47,9). El agua del templo renovará, pues, la vida vegetal y saneará incluso las aguas del Mar Muerto. Gracias a la pureza y vitalidad de las aguas que manan del templo, se transformarán las orillas del mar Muerto en lugar privilegiado de peces y de árboles que darán toda clase de frutos.

Según algunos estudiosos desde esta visión paradisíaca del profeta Ezequiel puede interpretarse la metáfora de la pesca utilizada por Jesús. Para él, su intención de «pescar hombres» (Mc 1,17) indica la misión del discípulo de sacarlos del “mar” o de las aguas caudalosas de la muerte (Sal 18,17; 144,7), lugar de monstruos, espíritus impuros y demonios en la mentalidad semita, para hacerlos partícipes de la vida del Reino y de la libertad de los hijos de Dios.

«Pescar hombres» caracteriza la misión de Jesús que él extiende y encomienda a quienes lo siguen. «Pescar hombres» se refiere a lo que en su vida ordinaria hace cualquier discípulo que con su vida y palabras anuncia y hace presente el Reino de Dios como acontecimiento liberador que tiene su fuente en Jesús, Hijo de Dios y Mesías.

En los evangelios sinópticos, y para Marcos en particular, «pescar hombres» es rescatarlos de las ataduras de la falsa interpretación de la Ley, del templo y sus sacrificios; es sustraerlos del Israel de la antigua alianza que los declara pecadores pero que no los perdona, que exige pureza ritual pero que no los santifica. «Pescar hombres» es hacerlos vivir en comunión con Jesús que sí perdona y santifica, porque él mismo es manifestación del Dios cercano que lo envía. «Pescar hombres» en pocas palabras es hacer discípulos del Señor.

Dejemos que este texto del evangelio ilumine nuestra vida. Todos los bautizados estamos llamados a ser discípulos y a ser pescadores de hombres. Esto supone responder al llamado que Jesús nos hace, no un día de nuestra vida, sino toda nuestra vida. Hay que responder cada día y descubrir qué es lo que nos estorba para seguir a Jesús. Recordemos, el Señor no busca gente frustrada, ni tampoco gente a la que le sobra tiempo o gente sin quehacer, Jesús busca a quienes están dispuestos a acoger su llamado y a  ver su vida de otra manera, con la perspectiva de Dios, y se deciden a dejarse formar por Jesús como discípulos y aceptan ser enviados como pescadores de hombres.

No olvidemos, como me dijo un joven sacerdote y buen amigo, que el pescador que conoce el oficio, sabe cuál es la mejor hora; echa las redes sin saber si conseguirá algo y sabe que las redes pueden desgastarse o romperse y hay que remendarlas. Lo mismo vale para las y los discípulos de Jesús.

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