Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

“…y postrándose lo adoraron”

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En la celebración de la Epifanía del Señor contemplamos el texto evangélico de la adoración de los magos de oriente (Mt, 2,1-12).

La Palabra ilumina nuestra vida. Una pregunta inmediata que surge en nuestro interior cuando escuchamos el evangelio es ¿qué tenemos que hacer?. Valdría la pena plantearnos una pregunta más incisiva dirigida a nuestro corazón. ¿Cómo ilumina la Palabra nuestro ser? Si contemplamos atentamente las escenas, los personajes, las palabra y los gestos que se conjuntan en el relato de la adoración de los magos de oriente, el corazón se llena de luz que ilumina nuestro ser de discípulos de Jesucristo.

Los Magos se pusieron en camino porque tenían un deseo grande que los indujo a dejarlo todo. Era como si hubieran esperado siempre aquella estrella. Somos seres trascendentes, tenemos sed de Dios. San Agustín lo decía de una manera hermosa: “nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón inquieto está hasta que descanse en ti”.

Sin embargo, nos recuerda el Papa Benedicto XVI, en numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Pareciera que todo marcha igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. También, junto al olvido de Dios existe un “boom” de lo religioso. Pero, a menudo la religión se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que agrada, y algunos saben también sacarle provecho.

La religión buscada a la “medida de cada uno” a la hora de la verdad no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte.  Es necesario que los discípulos de Jesús hagamos el camino de los magos y ayudemos a otros a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino:  Jesucristo.

Los magos, al término de un camino no exento de equívocos y dificultades, finalmente “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron”. El discípulo es quién en su camino hacia Dios, al descubrirlo, es capaz de adorarlo “en Espíritu y en verdad”. Pero… ¿Qué es adorar?. Dejémonos enseñar por la profunda sabiduría de nuestro amado Papa Benedicto XVI:

La adoración, el culto que sólo a Dios es debido, es por decirlo de algún modo, unión con El. “Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo… La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva…. La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser. (Homilía en Colonia, explanada de Marienfeld, 21 de agosto de 2005)

Adorar es darse a sí mismo a Dios y a los hombres. La verdadera adoración es el amor. Y la verdadera adoración de Dios no destruye, sino que renueva, transforma. Ciertamente, el fuego de Dios, el fuego del amor quema, transforma, purifica, pero precisamente así no destruye, sino que crea la verdad de nuestro ser, recrea nuestro corazón. Y así realmente vivos por la gracia del fuego del Espíritu Santo, del amor de Dios, somos adoradores en espíritu y en verdad. (Audiencia general, 15 de junio de 2011)

Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla.

Celebrar la epifanía, contemplar a Jesucristo que se ha manifiesta como Salvador de todos los hombres, nos hace profundizar en el sentido auténtico de nuestra relación con Dios: la adoración

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