Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

El que quiera venir conmigo…

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tomar la cruz2 Tiempo Ordinario

Viernes de la XVIII semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (16, 24-28)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.

Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañia de sus ángeles, y entones dará a cada uno lo que merecen sus obras.

Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús quiere presentar con claridad a todos los discípulos el camino por el que deben seguirlo: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga». Son palabras que parecen duras, y lo son, pero Jesús mismo fue el primero que las vivió. Y ahora las propone a los discípulos, que no deben hacer más que seguir el camino del Maestro que cargó la cruz -que no es suya sino de todos, y esa es la diferencia- antes que ellos porque de la cruz viene la salvación.

Jesús no se deja atrapar por nuestras incertidumbres, sino que nos pide que las venzamos confiando en él. La propuesta que hace Jesús a los discípulos parece paradójica para una mentalidad egocéntrica. En realidad expresa una sabiduría profunda que revela la frase que viene a continuación: «el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.».

Creemos que la salvamos guardando, buscando recompensas, reconocimientos y honores. Jesús nos advierte de que gastar nuestras energías, nuestro tiempo, nuestras fuerzas solo para salvarnos o, como se suele decir, para realizarnos, nos lleva en realidad a perdemos, es decir, a una vida triste y a menudo desgraciada.

Solo si vivimos para el Señor, si dedicamos nuestra vida a amar a todo el mundo, sin límites, como hizo precisamente Jesús, entonces disfrutaremos de la alegría de la vida. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si no somos amados ni somos capaces de amar? Eso es lo que explicará el apóstol Pablo en el himno a la caridad, diciendo que sin esta, es decir, sin el amor, de nada sirve hacer cosas extraordinarias, aunque sean generosas.

Solo el amor no termina y solo el Señor nos salva. Así, al igual que el amor, tampoco la vida eterna se puede comprar. Solo la podemos recibir del Señor, quien, a su debido tiempo, «dará a cada uno según sus obras». Jesús habla de un retomo inminente. El cristiano vive siempre esperando atentamente para reconocer en el presente los muchos signos de la presencia de Jesús y de su reino entre nosotros.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 308.

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

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discípulos 2Tiempo Ordinario

Jueves de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 13-23)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

A partir de entonces, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”.

Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús lleva a los discípulos hacia Cesarea de Filipo, a la frontera septentrional de la Palestina de entonces, donde la población era pagana. Jesús tal vez tenía la intención de estar un poco a solas con los discípulos.

Toda comunidad necesita momentos como este para conocer más y amar más al Señor. Y ahora Jesús interroga a los discípulos sobre lo que dice la gente acerca de él. Se decían de Jesús las cosas más variadas: en la corte de Herodes algunos pensaban que era Juan Bautista resucitado, otros creían que era Elías, mientras que otros decían que era Jeremías, quien según una creencia de la época debía recuperar del monte Nebo el arca y los objetos sagrados escondidos durante el exilio.

Jesús, tras haber oído aquellas respuestas, pregunta a los discípulos: «Y vosotros ¿quién dicen que soy yo?». Jesús necesita que los discípulos estén en sintonía con él, que compartan su sentir, que conozcan su verdadera identidad. Pedro toma la palabra y, contestando por todos, confiesa su fe en Él como Mesías.

Pedro, y con él todo el modesto grupo de discípulos, forma parte de aquellos «pequeños» a los que el Padre revela las cosas ocultas desde la creación del mundo. Y Simón, hombre como todos, hecho de «carne y sangre», con Jesús recibe una nueva vocación, una nueva tarea, un nuevo cometido: ser piedra, es decir, sostén para muchos, con el poder de atar nuevas amistades y de desatar las abundantes ataduras de esclavitud que impiden seguir el Evangelio.

La respuesta que Pedro da en nombre de todos reconforta a Jesús, que puede abrirles su corazón y decirles cual será el final que le espera en Jerusalén: el Mesías no es un poderoso, sino un débil que hasta será asesinado. Pedro no entiende lo que está diciendo Jesús; piensa que está desvariando. Movido por su instinto, y ya no por la fe que antes le ha hecho hablar, quiere alejar a Jesús de su misión y del camino hacia Jerusalén. En realidad, es él quien tiene que recorrer todavía un largo trecho en el camino de la comprensión del Señor, al igual que cada uno de nosotros. Y Jesús le dice: «¡Quítate de mi vista, Satanás!», como si quisiera decirle que se pusiera a seguir de nuevo el Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 307.

Mujer, ¡qué grande es tu fe!

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jesus y mujer Tiempo Ordinario

Miércoles de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (15, 21-28)

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí.

Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”.

Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.

El les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” El le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.

Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos” Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.

Y en aquel mismo instante quedó curada su hija. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, escribe Mateo, desde la región de Galilea «se retiró» hacia la región de Tiro y de Sidón (el actual Líbano), antiguas ciudades fenicias, marineras y mercantiles, ricas y prósperas, pero también marcadas por egoísmos e injusticias sobre todo hacia los pobres.

Entonces aparece una mujer «cananea». Es una pagana. Seguro que ha oído hablar bien de Jesús y no quiere perder la oportunidad de pedirle ayuda para su hija «endemoniada». A pesar de la actitud distante de Jesús, ella no desiste en su intento de gritar para pedir ayuda. Su insistencia provoca la intervención de los discípulos. Ellos querrían que Jesús la echara: «Despídela», le sugieren. Pero Jesús contesta diciendo que su misión se limita a Israel.

Aquella mujer, que en absoluto se resigna, sigue pidiendo con palabras esenciales pero duras, tan duras como el drama de su hija: «¡Señor, socórreme!». Y Jesús contesta con una inaudita dureza: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Con el apelativo de «perros», en la tradición bíblica, tomada de los textos judíos, se hace referencia a los adversarios, a los pecadores y a los pueblos paganos idólatras.

La mujer aprovecha literalmente la expresión de Jesús y le dice: «Sí, Señor -repuso ella-. Pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». También los perros, los excluidos se contentarían con las migas, si se las tirasen. Aquella mujer pagana osa resistir a Jesús; en un cierto modo entabla una lucha con él. Se podría decir que su confianza en aquel profeta es más grande que la resistencia del mismo profeta. Y por eso Jesús responde finalmente con una expresión inusitada en los evangelios: esto es una «gran fe», y no «poca fe». Ante una fe como esta ni siquiera Dios puede resistirse.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 306.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto

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Transfiguración 2 

6 de agosto

Transfiguración del Señor

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías.

Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de este día nos presenta a Jesús que sube al monte con los tres discípulos más cercanos a él: Pedro, Santiago y Juan. También nosotros hemos sido conducidos hoy a un lugar alto, más alto que el lugar al que nos mantienen atados nuestras costumbres egoístas y mezquinas.

La liturgia del domingo no es un precepto ni el cumplimiento de un rito, es ser arrancados de nuestro «yo» y llevados más alto. El Evangelio escribe: los «tomó consigo», es como decir que los arrancó de sí mismos para vincularlos a su vida, a su vocación, a su misión, a su camino.

Aquel día les llevó a lo alto, al monte, para rezar. No se nos ha dado a conocer la profundidad y la fuerza de los sentimientos de Jesús en esos momentos, pero la descripción de la transfiguración nos hace «ver», o al menos intuir, lo que Jesús sentía.

Escribe el evangelista que « Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto, y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes». Fue tal el cambió que tuvo lugar en Jesús que se reflejó incluso en los vestidos.

La oración de aquel día, además de con el Padre, se convirtió en un coloquio con Moisés y Elías sobre «la muerte que le esperaba en Jerusalén». Quizá Jesús, como en un rápido sumario, vio toda su historia, intuyendo también el trágico final.

Los discípulos estaban allí a su lado, oprimidos por el sueño. Hicieron todo lo posible para no dormirse: se mantuvieron despiertos y vieron la gloria de Dios, comprendieron quién era Jesús y qué relación tenía con el Padre. Verdaderamente valía la pena seguir fijando la atención en aquel rostro tan diferente de las caras de los hombres.

De la boca de Pedro salió una expresión de gratitud y estupor: «Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías». Quizá desvariaba, pero estaba maravillado por aquella visión.

Una nube envolvió a los tres discípulos y se asustaron. Al momento se oyó una voz desde el cielo: «Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo». En la nube y en los momentos de miedo se oye una voz con claridad: el Evangelio, que indica en quién podemos poner nuestra esperanza.

Al abrir los ojos, los tres sólo vieron a Jesús. Sí, sólo Jesús, maestro de vida que puede salvamos. Fue sin duda una experiencia increíble para aquellos tres discípulos; pero será también la nuestra si nos dejamos llevar por Jesús, que nos saca de nuestro egoísmo y nos atrae a su vida.

Participaremos en realidades y sentimientos más grandes, y gustaremos una manera distinta de vivir. Nuestra vida y nuestro corazón se transfigurarán, nos pareceremos más a Jesús. Pablo se lo recuerda a los filipenses: el Señor Jesús «transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso». La transfiguración es la ruptura del límite, es contemplar la bondad del Señor, sus vastos horizontes, la profundidad de las exigencias del Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 122-123

Denles ustedes de comer

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cinco panes Tiempo Ordinario

Lunes de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (14, 13-21)

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario.

Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.

Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer.

Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan.

Denles ustedes de comer”.

Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. El les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto.

Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.

Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento evangélico presenta a Jesús en medio del trabajo cotidiano de su ministerio: entre la soledad del desierto y la presencia en medio de las muchedumbres; entre el diálogo con el Padre, en el desierto, y el ministerio de la evangelización.

Mateo subraya asimismo el aspecto subjetivo de la experiencia de Jesús, su compasión, que se hace efectiva a través de la manifestación concreta de una salvación que sale al encuentro de los deseos de quienes le siguen y esperan un milagro de él. Jesús, médico del cuerpo y del espíritu, cura a los enfermos.

En medio del desierto, o bien en algún lugar solitario, fuera de los pueblos y de las ciudades, se presenta un problema humano, muy concreto: dar de comer a la muchedumbre de gente que le sigue. Enviarlos a sus casas es la respuesta obvia de los discípulos. Darles de comer es la respuesta del corazón de Cristo.

Ésa es también la respuesta de su omnipotencia de Mesías. Cinco panes y dos peces, sólo para comenzar, constituyen la base para un insólito milagro de multiplicación de los alimentos, un milagro destinado a saciar a una muchedumbre de más de cinco mil personas.

Aparece aquí todo el sabor de una comida sagrada, de una comunión viva con Jesús, el Mesías, y, a través de él, con el Dios de la creación y de la vida. La acción de Jesús, típica de la tradición judía de la comida sagrada, que es reconocimiento del don de Dios, es litúrgica y eucarística: toma con sus manos los panes y los peces; pronuncia la bendición u oración de acción de gracias; parte los panes y los distribuye a los discípulos, que aprenden de Jesús el gesto del reparto. Una acción simbólica, un hecho real de largo alcance.

Una acción que tiene que ver con nuestra eucaristía diaria, pan partido y multiplicado en todo el mundo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 9-10.

¡Insensato! Esta misma noche vas a morir

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dineroTiempo Ordinario

Domingo de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 13-21)

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?” Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los últimos domingos, en el camino hacia Jerusalén, Jesús enseñó a quienes los seguían cuales son las tres características distintivas de sus verdaderos discípulos: la misericordia, la escucha y la oración. Integrar estas características exige un estilo de vida que acaba por definirse cuando se quiere saber cuál es el sentido de la vida o qué se tiene qué hacer para alcanzar la propia felicidad.

Uno de los aspectos de la vida que el seguimiento de Jesús exige definir de manera concorde a su enseñanza y testimonio es el de la relación con los bienes que pueden ser de ayuda o terminar siendo un serio obstáculo para amar al estilo de Jesús.

El ideal del  discípulo de Jesús es vivir liberado de toda ambición presente, esto le pide ser capaz de administrar los bienes de los que dispone sin dejarse aprisionar por los encantos del dinero, y vivir con la mira puesta en lo fundamental que es la felicidad, no momentánea sino para siempre. En este sentido, la libertad de corazón es un indicador de la madurez del discípulo.

Además, el discípulo debe saber centrar su vida y tomar sabias decisiones para alcanzar sus ideales y dar el mejor cauce a sus energías. Esta sabiduría, deriva de un estilo de vida responsable, coherente con su vocación a la vida en plenitud.

Esto nos lo explica san Lucas, al presentarnos la escena que contemplamos este domingo, en la que Jesús como maestro de vida, a partir de una disputa entre hermanos por una herencia, propone una enseñanza sobre el sentido de la vida que incluye una manera de relacionarse con los bienes concorde con la fe en un Dios creador y Padre.

Para leer, interpretar y apropiarnos el texto que leemos este domingo, necesitamos situarlo en su contexto, descubrir con claridad el problema que plantea y destacar las líneas principales de la enseñanza de Jesús.

El Contexto

El contexto lo conocemos si nos preguntamos a quién se dirige la enseñanza, en qué momento y cómo aparece un nuevo tema.

La enseñanza se dirige a una multitud y a los discípulos; esto lo sabemos porque el  capítulo 12 en el que se encuentra nuestro texto comienza diciendo: «entre tanto, la gente se aglomeraba por millares, hasta no poder caminar»; sin embargo, la enseñanza no pierde de vista a los discípulos: «entonces Jesús, dirigiéndose principalmente a sus discípulos, les dijo…»

Los versículos precedentes a nuestro texto nos dicen que la enseñanza de Jesús en ese momento se centraba en los peligros que acechan la vida del discípulo, que existen tanto dentro de la comunidad como fuera de ella y que si no se toman en cuenta y se tienen las debidas precauciones acaban paralizando el seguimiento. Un peligro interno a la comunidad es la levadura de los fariseos, la contagiosa hipocresía que esconde el verdadero yo, oculta las intenciones y corrompe los mejores propósitos; Jesús hace ver que la verdadera naturaleza del hombre no puede permanecer escondida sino que con el tiempo se manifiesta. Un peligro externo son las persecuciones, que pueden paralizar por el miedo y la desesperación; el temor a ellas se supera con la confesión de Jesús delante de todo el mundo y siempre, con confianza absoluta en el Padre y con la ayuda del Espíritu Santo.

El discípulo debe aprender a distinguir qué es a lo que verdaderamente debe temer y no es precisamente la pérdida de la vida terrena sino la pérdida definitiva de la vida, lo que mata el alma; precisamente Jesús estaba enseñando esto cuando es interrumpido por alguien «de entre la gente» que le presenta una cuestión ordinaria de la vida familiar: el reparto de la herencia.

Jesús retoma inmediatamente la palabra y abre una tercera línea de exposición sobre lo que realmente constituye un peligro para la vida del discípulo: el apego a las cosas terrenas, o mejor dicho, la avidez por poseer cosas materiales. El discípulo que vive apegado a sus bienes, en realidad no lo ha dejado todo para seguir al Señor, el Reino no es todavía su “tesoro” por el cuál es capaz de deshacerse de todo para apropiárselo.

Si bien la enseñanza se dirige principalmente a los discípulos, el hecho de que se haga en medio de una multitud y que quien la propicia permanezca en el anonimato, nos permite pensar que nos encontramos ante una enseñanza es de interés común para todo el mundo, pues lleva a hablar, independientemente de lo que se crea, de lo que es fundamental a toda persona que vive sobre la tierra: el sentido de la vida

El problema que se plantea

Leemos en nuestro texto: «…hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.»

El caso que se presenta pertenece a la vida familiar cotidiana. Un personaje anónimo, se acerca, y, llamándolo Maestro, pide la intervención de Jesús; de esta manera le pide que intervenga como experto, como “rabí” que conoce los pormenores de la ley judía.

El ámbito de la disputa es la familia, se trata de la controversia con un hermano; este personaje anónimo da una orden a Jesús: «dile a mi hermano»; el tono recuerda el de Marta, que dijo a Jesús: «…dile a mi hermana que me ayude». Quien se presenta ante Jesús sabe lo que quiere, y así se lo indica a Jesús, «dile… que reparta conmigo la herencia». Una lectura superficial nos hace pensar que estamos ante la víctima del despojo hereditario a manos de un hermano abusivo. ¿se trata en realidad de esto? Profundicemos.

Se trata de un hombre cuyo hermano mayor se niega a darle la parte de la herencia paterna que le corresponde. La primera impresión es que se trata de una injusticia. En el evangelio de Lucas conocemos casos terribles de apropiación indebida de la herencia, recordemos que en parábolas, Jesús refirió el caso de un hijo que pidió a su padre anticipar la herencia y el asesinato del hijo del dueño de un viñedo para quedarse con su herencia.

Pero hay otra posibilidad, que cambia el planteamiento: podría ser que la intención del hermano mayor fuera positiva, en concordancia con las costumbres del lugar y de la época, y que  él –en cuanto responsable de la casa- se moviera por el ideal de la familia israelita: que era vivir juntos, para conservar intacta en la heredad. Recordemos el salmo 133, que alaba que los hermanos vivan juntos. En este caso, la queja del hermano menor que viene ante Jesús estaría motivada por la intención de separar su parte de la herencia para vivir independientemente, es decir, distanciarse del compartir familiar.

Para dirimir estos casos, que representaban verdaderos problemas jurídicos, se acostumbraba acudir a los rabinos, que, como abogados del pueblo, tenía que clarificar el asunto, emitiendo su dictamen de acuerdo a lo que la Ley mandaba. (se puede ver Números 27, 1-11 y Deuteronomio 21, 15-16).

La respuesta de Jesús la leemos en nuestro texto: «Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”». En ella encontramos un eco de la respuesta que recibió Moisés cuando. quiso ser intermediario en el pleito entre un israelita y un egipcio agresor: «¿quien te puso como jefe y juez entre nosotros?»; la respuesta a la pregunta es implícita, por el contexto, sabemos que nadie puso a Jesús como árbitro de este tipo de asuntos.

Tal parece que Jesús no quiere clasificarse en la categoría de un “rabí” que lo haría dirimir los diferendos con una palabra autorizada; por lo que sigue, entendemos que Jesús se sitúa frente al problema de la justicia, en una perspectiva distinta, más profunda, que lo coloca más allá de ser dictaminador de casos particulares.

Jesús se coloca en otro nivel para abordar el problema y al mismo tiempo que descubre las intenciones escondidas del hermano menor que parece moverse por avaricia, permite vislumbrar cuál es el valor del Reino que debe tenerse como horizonte decisivo en este tipo de situaciones, como criterio definitivo para orientar no sólo la resolución de un caso sino la vida toda.

La enseñanza de Jesús.

El punto de partida de la enseñanza de Jesús es la codicia del hermano menor que reclama la herencia. La pedagogía de Jesús es admirable: primero establece un principio de vida, después ilustra con un ejemplo y concluye con una aplicación para la vida.

1. Un principio de vida

En el discurso a la multitud que lo rodeaba, Jesús había advertido a los discípulos del peligro que les representaba la hipocresía como actitud de vida para esconder el verdadero yo, para camuflar las intenciones y ocultar los verdaderos propósitos. En este mismo tenor, aprovechando la circunstancia, advierte a los discípulos sobre el peligro de la avaricia para su perseverancia en el camino del Reino. Leemos en nuestro texto: «Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea». Con intuición pedagógica, al señalar el principio Jesús indica qué hacer y por qué hacerlo.

¿Que hacer?: Evitar toda clase de avaricia. Es una exhortación que invita a la vigilancia, a examinar las propias actitudes, motivaciones y las intenciones del corazón. Recordemos que san Marcos nos dice que la avaricia sale del corazón del hombre (Mc 7,22). Jesús se refiere a «todo tipo de avaricia» refiriéndose a las múltiples expresiones del ˝deseo de tener siempre más”, que busca encontrar placer en el “llenarse de cosas” que desata la espiral de un deseo compulsivo consumista, que estimula el afán de competencia motivado por la envida y despierta el placer de exhibir lo que se tiene con el fin de conseguir la admiración y la envidia de los demás. A estos dinamismos que implican estímulos exteriores que afectan el interior de la persona, se agregan los que proceden del corazón: la tacañería, la falta de generosidad y la avaricia, que ciegan la mirada ante la necesidad del prójimo.

¿Por qué hacerlo? ¿Por qué hay que vigilar y tener cuidado de purificar el corazón en este punto concreto?  porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea». La vida no depende de lo que se tiene en “propiedad”; es terriblemente peligroso que el corazón quede prisionero de las cosas, porque cuando esto sucede las relaciones se basan en las cosas y se pierde de vista a las personas, que son valor fundamental e irremplazable y por el otro se entiende a Dios, que es el ‘Otro’ por excelencia y a los otros, los demás, los cercanos y lejanos, pero que pueden ser prójimo. Que centra su vida en lo que tiene, vive para adquirir, comprar, conseguir, nunca está satisfecho, siempre quiere más y acaba por apropiarse de lo que por derecho pertenece a otros, despojándolos. Por eso la avaricia es peligrosa, porque lleva a colocar ingenuamente los sueños de su vida, sus mejores ideales, sus grandes metas y toda la energía de la vida en cosas equivocadas e ignorar lo que realmente importa. Pensando lograr un gran éxito, quien es avaro o codicioso, cosecha en realidad un gran fracaso.

Jesús hace énfasis en «la abundancia» y con ello profundiza su respuesta; precisamente en la abundancia se revela la libertad del corazón. Para hacerlo entender, cuenta la parábola de un hombre que llega a nadar en abundancia pero que no sabe aprovechar la mejor oportunidad de su vida y se hunde irremediablemente en el sin sentido de la existencia.

2. Un ejemplo: la parábola del rico insensato

Dice nuestro texto: «les propuso esta parábola: «Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar…» Jesús no se limita a poner un ejemplo, con la parábola se mete en el pensamiento, en la lógica, de la gente que se cierra a la trascendencia -a Dios y al prójimo- precisamente por que vive en medio de gran abundancia; desde allí llama a la conversión.

El punto de partida es un hecho no previsto: la siembra tuvo un gran rendimiento, por lo que el dueño «obtuvo una gran cosecha», a ellos sigue la previsión del propietario: «¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo» Notemos la cadena de pronombres posesivos en primera persona que indican la conciencia que tiene este hombre de ser propietario, absoluto y autónomo, que  no tiene en cuenta a nadie, pues para él sólo existe su yo y lo suyo, y desconoce, el “tú”, el “nosotros”, y lo “nuestro”. Todo gira en torno a suyo, está preocupado por encontrar la solución, qué hacer, para además de conservar lo que ya tenía, mantener la prosperidad que se le presentaba por la abundante cosecha. En pocas palabras: el hacer del rico va en la dirección opuesta a la enseñanza de Jesús. Su avaricia para reunir y disfrutar la cosecha se deja ver en el aislamiento a que él mismo se somete.

«Ya se lo que voy a hacer» La avaricia despertó en él el propósito de una serie de dinamismos que lo tienen sólo a él como sujeto: almacenar, descansar y disfrutar.

Para almacenar, el rico habla de derribar, construir, y guardar, todo ello para asegurar la estabilidad de la riqueza: aquel hombre quería: «guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo». El dinamismo del descanso tiene como punto de partida la jactancia: «Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años…»; con ello los esfuerzos llegan a su fin, pues se siente asegurado por el resto de su vida que bien se merece un descanso. Para disfrutar, el rico habla de descansar, comer, beber y darse a la buena vida; es un dinamismo expansivo, el disfrute de los bienes, se busca el goce egoísta de la vida, como una auto-recompensa por todos sus esfuerzos.

De fondo se revela una manera de entender la vida: como no hay nada más allá de ella, lo mejor es dedicarse a disfrutar el tiempo presente y para ello es necesario acumular la mayor cantidad de recursos para invertirlos después en la felicidad. A quienes piensan así se dirige uno de los ‘ayes’ de Jesús, que escuchamos en san Lucas después de las bienaventuranzas: «¡Ay de ustedes los ricos! porque ya recibieron su consuelo»

Dios interviene. En el mundo ideal de este hombre rico, Dios había quedado fuera; no obstante Él entra y se oyen sus palabras: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?» La irrupción de Dios en la historia tira por tierra la fantasía de aquel hombre rico. Su monólogo se interrumpe con una palabra que viene de fuera y que invita a un verdadero diálogo. Delante de Dios no es posible vivir ensimismado, es necesario responderle.

Dios se dirige a este hombre afortunado llamándolo «necio»; él se creía inteligente, tenía casi totalizado un proyecto de vida; no obstante es presentado como insensato, falto de inteligencia, estúpido. Este rico necio no ha entendido que por mucho que posea no tiene la propiedad de su vida y ésta, cuando menos lo espere le será reclamada; la vida proviene de Dios y a Dios vuelve. Este rico necio, que actuaba como un gran empresario, no previó en sus cálculos la posibilidad de perderlo todo repentinamente y mucho menos previó el destino de sus bienes: «¿Para quién serán todos tus bienes?» Este hombre no sólo no obtuvo los recursos para un futuro sostenible, sino que tampoco previó a dónde iría a parar su fortuna: no había pensado en sus herederos.

La aplicación de la parábola

Al terminar la parábola, Jesús dice a su intelocutor, a la multitud y a los discípulos: «Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios».

Jesús aplica la parábola diciendo que no sólo no hay que ser avaro y «amontonar riquezas para sí mismo», sino que hay que crecer en las cosas de Dios, lo que es valioso a sus ojos.

Hay un matiz en los verbos de esta última frase que no debemos dejar pasar por alto. El primero se refiere a «amontonar» y se refiere a acumular; el segundo «hacerse rico» no se refiere siempre a las cosas, equivale más bien a «prosperar», crecer hacia Dios, al servicio de Dios, de la manera como quiere Dios, atendiendo a los valores del Reino. mirando a Dios como fin, como la plenitud de todo bien y de toda felicidad. El rico de la parábola no se preocupó por lo primero y descuidó lo segundo, lo que realmente importaba.

El hombre que no es rico en la presencia de Dios es por tanto pobre, no importa la cuantía de sus bienes materiales; amontonar riquezas, puede empobrecer a una persona ante las cosas que realmente son importantes y que le dan sentido a la existencia. La vida es un don, y sólo Aquél que nos la dio puede decirnos dónde está su sentido y de qué manera ella alcanza su plenitud.

Quien hace planes para la vida y piensa sólo en sus necesidades y exigencias materiales, sacando a Dios y al prójimo, ya dio el primer paso equivocado: será como un muerto en vida, aislado en su egoísmo.

Conclusión

El discípulo de Jesús está llamado a ser feliz. Su pensamiento y acción no se dejan llevar por la mentalidad de una sociedad consumista; su proyecto de vida no queda incrustado en el estrecho horizonte del disfrute de la vida terrena.

Un discípulo de Jesús sabe donde tiene puesto su corazón; promueve la calidad de vida para si y para su prójimo; sabe descansar sin acomodarse; su corazón es profundamente libre y no se aferra a las cosas, porque las motivaciones de su corazón son de largo alcance; sólo la vida que se orienta a Dios y al prójimo tiene sentido y trascendencia.

Un discípulo de Jesús vigila su corazón, para no perder la libertad; sabe caminar, sufrir alegrarse, con la mira puesta en Dios de quien todo procede y a quien todo se dirige y así vive sencillamente feliz.

 

[1] F. Oñoro, La lamentable ilusión del rico. Lectio Divina. Lucas 12, 13-21. CEBIPAL/CELAM

Creían que Juan era un profeta.

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HerodesTiempo Ordinario

Sábado de la XVII semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (14, 1-12)

En aquel tiempo, el rey Herodes oyó lo que contaban de Jesús y les dijo a sus cortesanos: “Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas”.

Herodes había apresado a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, pues Juan le decía a Herodes que no le estaba permitido tenerla por mujer. Y aunque quería quitarle la vida, le tenía miedo a la gente, porque creían que Juan era un profeta.

Pero llegó el cumpleaños de Herodes, y la hija de Herodías bailó delante de todos y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que le pidiera. Ella, aconsejada por su madre, le dijo: “Dame, sobre esta bandeja, la cabeza de Juan el Bautista”.

El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por no quedar mal con los invitados, ordenó que se la dieran; y entonces mandó degollar a Juan en la cárcel. Trajeron, pues, la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.

Después vinieron los discípulos de Juan, recogieron el cuerpo, lo sepultaron, y luego fueron a avisarle a Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El tetrarca Herodes del que habla este Evangelio forma parte de la misma dinastía que la familia real de los Evangelios de la infancia. Una vez más, el Herodes de turno tiene miedo de perder su poder. Su predecesor tuvo miedo de la noticia que le comunicaron los Magos y que confirmaban las Escrituras. En efecto, la Palabra de Dios no deja nunca las cosas como están, pide a todos un cambio en su vida, en sus actitudes, en los pensamientos de su corazón.

El Herodes de la infancia de Jesús, para conservar su poder, ordenó aquella cruel masacre de niños inocentes. La defensa de uno mismo lleva fácilmente a eliminar a aquel que cree ser el adversario. Por eso Jesús pide que extirpemos de raíz todos los pensamientos malos: si los dejamos crecer, tienden a la eliminación del otro.

También este Herodes se ha dejado engullir por el torbellino de la violencia. Sin duda se sentía interpelado por la claridad de la palabra de Juan que le reprendía a causa de su mal comportamiento. Por eso Herodes lo encarceló, y pensó que de ese modo ya no oiría su voz. No obstante, no quería matarlo. Pero la insistencia de su hija y su propio orgullo lo llevaron a realizar un gesto que no quería hacer. Y ordena decapitar al profeta.

Podríamos decir que un capricho fue suficiente para acallar la palabra profética que ayudaba y aliviaba a muchos. Pero ¿no pasa todavía lo mismo aún hoy cuando dejamos que nuestros caprichos nos sorprendan y dejamos de escuchar?

La muerte del Bautista sonó muy amarga para Jesús. Era una advertencia también para él si continuaba por el camino de la profecía. Pero Jesús no se detuvo, aunque continuar predicando el amor lo llevaría hasta la cruz. Es el camino del testimonio hasta el final. Los millones de mártires del siglo XX son un ejemplo de testimonio evangélico que tenemos que guardar con atención y con admiración. (Paglia, p. 301-302)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 301-302.

La incredulidad de la gente de Nazaret

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jesus en la sinagoga.jpg

Tiempo Ordinario

Viernes de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 54-58)

En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: “¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?” Y se negaban a creer en él.

Entonces, Jesús les dijo: “Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa”. Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús vuelve a Nazaret, a su «patria», entre los «suyos». Los habitantes de Nazaret conocían bien a Jesús: lo habían visto crecer, habían jugado con él, habían estado con él en la sinagoga. Ahora vuelve a estar entre ellos.

Jesús no se presenta como otro hombre, no asume otras apariencias. Continúa siendo el mismo, pero con una sabiduría que los suyos no logran entender y que les escandaliza. La reacción de los habitantes de Nazaret -reacción del miedo, de la costumbre, del conformismo, de la superficialidad- es profundamente triste: cada cual es lo que es, nadie puede cambiar de verdad; si siempre somos iguales, ¡es inútil soñar!

Pueden cambiar algunos rasgos, las apariencias, pero al final ¡uno es siempre igual! La consecuencia es que nunca se puede hacer nada, no vale la pena. Es la sabiduría resignada y realista de este mundo: la gente cree saberlo todo, pero no conoce el amor, el corazón, la vida.

Estamos informados de todo lo que pasa en el mundo; tenemos noticias en directo, pero no entendemos con el corazón, sabemos amar poco y al final todo es igual a lo poco que ya conocemos.

Los que de verdad conocen a Jesús son los pobres, los pecadores, aquellos que confían en él, que necesitan ser amados, que no hacen de la desconfianza la verdad, que no se creen justos. Los pequeños -y todos estamos llamados a volvemos pequeños- comprenden quién es Jesús. ¡Cuántas veces somos como los habitantes de Nazaret! ¡Es nuestro corazón, el que es siempre igual, no Jesús! ¡Al Señor no se le conoce de una vez por todas! Si lo escuchamos con el corazón nos revelará, en las distintas épocas de nuestra vida, el misterio siempre nuevo de su amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 300-301.

El reino… se parece a la red de los pescadores

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red

Tiempo Ordinario

Jueves de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 47-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.

¿Han entendido todo esto?” Ellos le contestaron: “Sí”.

Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.

Y cuando acabó de decir estas parábolas, Jesús se marchó de allí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús continúa hablando en parábolas y anunciando que está a punto de llegar el momento en el que el amor de Dios reinará sobre la vida de los hombres y será derrotada la violencia del mal. Todo eso, sin embargo, aunque empieza por iniciativa de Dios, no sucede sin la participación de los hombres.

Jesús utiliza en su parábola la imagen de la red de pesca. Suele ser una red muy grande que se cala en semicírculo en el agua y se arrastra hasta la playa. Esta red, dice Jesús, atrapa una gran cantidad de peces. Jesús quiere subrayar que el reino de Dios es grande, es para todos los hombres, sin distinción alguna.

«Cuando está llena -dice Jesús-, la sacan a la orilla». La red tiene que estar llena antes de arrastrarla hasta la orilla. En este comentario destaca también la generosidad y la grandeza del amor de Jesús. También en la parábola del sembrador la semilla se esparce por doquier, sin elegir un terreno. ¡Qué diferencia con nuestras limitadas, egocéntricas, perezosas y avaras medidas! El reino del Señor quiere abrazar a todos.

Es una invitación que se dirige también a nosotros para que generosamente tiremos la red, para que generosamente intentemos de todos modos comunicar el Evangelio hasta los extremos de la tierra. Cuando la red está llena de peces, la llevan a la orilla, donde hacen la selección, el juicio: los peces buenos son separados de los malos. Pasará lo mismo entre ovejas y cabras, como explica Mateo en el juicio universal. Los justos son los que han amado.

La distinción entre buenos y malos estará precisamente en la atención al prójimo. El Señor tiene un juicio de amor, que nos ayuda a decidir no dejar perder un amor tan grande. Jesús, al final, pregunta a los discípulos si lo han entendido. Quiere que sus palabras entren en el corazón. Y Jesús dice a los discípulos que si comprenden el sentido del Reino de los Cielos se convierten en doctores de la nueva ley, es decir, adquieren la sabiduría que viene del Evangelio pero también saben valorar las «cosas antiguas», es decir, lo que recibimos de la sabiduría simplemente humana.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 299-300

El tesoro y la perla

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tesoro

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 44-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Las dos parábolas muestran la decisión del campesino, primero, y del mercader, después, de vender todo lo que tienen para apostarlo todo por el tesoro que han descubierto.

En la primera se habla de un campesino que casualmente lo encuentra en el campo en el que está trabajando. Como el campo no es suyo debe comprarlo si quiere apropiarse del tesoro. De ahí la decisión de arriesgar todos sus bienes para no dejar pasar aquella ocasión realmente excepcional.

El protagonista de la segunda parábola es un rico traficante de piedras preciosas que, como experto que es, ha detectado en el bazar una perla de gran valor. También él decide apostarlo todo por aquella perla, hasta el punto de que vende todas las demás

Ante el tesoro la decisión es clara y firme. Hay que vender todo cuanto se tiene para comprarlo. Hay que tener una inteligencia y una astucia mercantil no indiferente, como demuestra la secuencia de acciones de los dos compradores: encontrar y esconder, vender y comprar. Lo que venden es poco en comparación con lo que compran.

El «Reino de los Cielos» vale ese sacrificio y la venta de cosas de menos valor. El mensaje evangélico es clarísimo: no hay nada que valga tanto como el reino de Dios, y por él se puede dejar todo. Es una decisión inteligente, además de conveniente. El problema es comprender la alegría y la plenitud de vida que se nos presenta «inesperadamente», como inesperadamente se presentaron a aquel campesino y a aquel mercante que hoy nos indican con eficacia el camino que hay que seguir.

Muchas veces nosotros pensamos que el Evangelio impone una renuncia, un sacrificio, que nos pide algo duro y poco personal. Pero en realidad es exactamente lo contrario: es encontrar en nuestra vida, por la providencia de Dios, la cosa más valiosa, por la que con alegría y de prisa vamos a vender todo lo que tenemos. Esa es la alegría del «sígueme» de Jesús, el tesoro más precioso, que nos trae una vida plena y que nos da todo cuanto necesitamos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 298-299.

Explícanos la parábola de la cizaña

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espigadores.jpgTiempo Ordinario

Martes de la XVII semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (13, 36-43)

En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa.

Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es el demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido.

Allí será el llanto y la desesperación.

Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los discípulos le piden a Jesús que les explique la parábola de la cizaña. Hay momentos de intimidad entre Jesús y los discípulos en los que es más fácil pedir y sincerarse. Podemos comparar estos momentos a los que toda comunidad vive cuando se reúne para la oración común. Jesús está presente allí donde se reúnen dos o tres en su nombre. Escuchar en común la Palabra de Dios tiene un valor y una gracia particulares, que provienen de su presencia.

Jesús, tras reunir a los discípulos, les explica la parábola casi palabra a palabra, imagen a imagen, para que no quede nada oscuro. Es aquella relación de amistad que destaca sobre todo Juan cuando, por ejemplo, Jesús dice a los discípulos: «No los llamo ya siervos … porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer» (Jn 15, 15).

La amistad con Jesús permite entrar de manera profunda en el sentido del Evangelio. Él mismo explica a los discípulos que la semilla buena y la cizaña crecen juntas. No hay campos separados, como en una división maniquea: los buenos a un lado y los malos, al otro. La cizaña, el mal, está presente en el mundo y en el corazón de los creyentes, así como en la misma comunidad de discípulos.

El bien y el mal viven en todos los pueblos, en todas las culturas, en todas las comunidades, en todos los corazones. Y mientras que a lo largo de la historia hay el momento de la paciencia, cuando llegue el fin de la historia habrá la siega, el tiempo del juicio y de la separación. En el corazón del Señor siempre hay esperanza de que la cizaña se pueda transformar en trigo, y todos somos responsables de eso.

Es necesario que los creyentes se comprometan a cambiar aquella cizaña que hay en ellos, y a transformar la que hay en el corazón de los demás.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 297-298.

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro

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Marta.jpg 29 de julio

Santa Marta

Textos

† Del evangelio según san Juan (11, 19-27)

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»  Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»  Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»  Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»  Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» Palabra del Señor

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En este relato es Jesús mismo quien se manifiesta claramente diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida”.  Estos dos términos, desde la perspectiva del evangelio constituyen una misma realidad.

Marta es quien provoca esta declaración de Jesús y también la primera en admitirla con fe: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Su confesión de fe está completamente acorde con el propósito de evangelio de Juan.

Su confesión es la proclamación de que en Jesús está la vida, una vida que está a punto de manifestarse en la resurrección de su hermano Lázaro, pero sobre todo una vida que se le comunica en la intensa amistad.

Marta entra en escena como una discípula que, movida por la fe, está convencida de que su plegaria será escuchada por Jesús: «sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

La resurrección y la vida expresan el sentido último de la misión de Jesús: comunicar plenamente a los hombres la vida.

La comunión con Jesús garantiza esta vida aquí y más allá de la muerte. Marta no necesitará que Jesús vuelva a su casa el día de su muerte a resucitarla también a ella, porque ella precisamente ha comprendido que desde este momento por su fe en Jesús ya comenzó la resurrección: «el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

Vale la pena que reconstruyamos ahora por nuestra cuenta el camino de la fe que realiza Marta en el pasaje que leemos hoy y dejemos que impregne también el nuestro.

 

 

[1] F. Oñoro. La resurrección de Marta. “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” Lectio Divina de Juan 11, 19-27. CEBIPAL/CELAM

 

Marta.jpg

Trigo y cizaña

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trigo

Tiempo Ordinario

Sábado de la XVI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó.

Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña.

Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo?

¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’ El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’.

Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él les contestó: ‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla; y luego almacenen el trigo en mi granero’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El propietario del campo de la parábola tiene un comportamiento totalmente singular. Se da cuenta de que un enemigo ha sembrado cizaña allí donde él había sembrado semilla buena. No obstante, cuando los siervos le refieren lo sucedido, él les impide cortar la hierba desde el inicio. ¿Por qué aquel propietario frena el celo de los que, al fin y al cabo, solo quieren defender su hacienda? Esta pregunta nos hace entrar en el misterio abismal del amor de Dios, que es más grande que nuestras lógicas.

Podríamos decir que con esta parábola empieza la historia de la tolerancia cristiana, porque corta de raíz la hierba mala -esta sí, realmente mala- del maniqueísmo, de toda distinción entre buenos y malos, entre justos e injustos. Contiene no solo la invitación a una tolerancia ilimitada, sino incluso al respeto por el enemigo, incluso si se trata de un enemigo no solo personal sino de la causa más justa y más santa, de Dios, de la justicia, de la nación o de la libertad.

Sigue siendo un misterio aquel enemigo que, mientras todos dormían, siembra entre el trigo la división, la hierba inútil y ahoga la buena. Es el misterio del mal al que no hay que responder con otro mal, sino con la fuerza de la esperanza, protegiendo el trigo. También es un desafío a vigilar con mayor atención para no dormirnos mientras continúan sembrando cizaña.

La decisión del propietario, tan alejada de nuestra lógica y de nuestros comportamientos, sienta las bases de una cultura de la paz. Hoy, mientras proliferan trágicos conflictos, esta parábola evangélica es una invitación al encuentro y al diálogo. Dicha actitud no es signo de debilidad ni de cesión, pues no se trata de tolerar el mal sino de no matar a los pecadores. El Señor concede a todos los hombres la posibilidad de bajar hasta lo más profundo de su corazón para encontrar la huella de Dios y de su justicia y cambiar de vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 294-295.

Santiago, hijo de Zebedeo

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Santiago-el-Mayor-El-Greco 25 de julio

Santiago, Apóstol

Textos

† Del evangelio según san Mateo (20, 20-28)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición.

El le preguntó: “¿Qué deseas?” Ella respondió: “Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino”. Pero Jesús replicó: “No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?”.

Ellos contestaron: “Sí podemos”.

Y él les dijo: “Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado”.

Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús había conocido a Santiago a orillas del mar de Galilea y lo había llamado a seguirle, junto a su hermano Juan. Santiago llamado el «mayor», para distinguirlo del otro Santiago, empezó su camino de discípulo cuando respondió de inmediato a la invitación de Jesús a seguirlo.

Como todos los demás, no siempre comprendió el plan de amor del Señor para su vida y también él, como los demás, se dejó vencer por la tentación de pedir un lugar, un papel. En realidad, ser discípulo requiere ante todo escuchar al Maestro y no procurarse un lugar. Por desgracia es muy fácil caer en la tentación de ser maestro de uno mismo. Y a veces pasa de manera sutil, cuando intentamos realizarnos a nosotros mismos, como se suele decir.

¡Para realizarnos a nosotros mismos tenemos que salir de nosotros mismos, y no ponemos en el centro u ocupar los primeros puestos! El discípulo escucha ante todo al maestro para hacerse similar a él y para recibir de él la misión que debe llevar a cabo.

Ser discípulo requiere estar siempre con atención cerca del Señor, escuchar continuamente la Palabra de Dios. En ese sentido, no se puede ser discípulo de una vez por todas. Hay que decidir cada día escuchar la Palabra y seguirla. El episodio que narra Mateo pone de manifiesto la dificultad que tenemos cada uno de nosotros para seguir al Señor.

La madre de aquellos dos hijos no hizo nada ingenuo al pedir un lugar para ellos a la diestra de Jesús. Y la reacción celosa de los demás no se hace esperar. Jesús, con paciencia, corrige y continúa hablando con todos ellos.

El encuentro con Jesús resucitado y la acogida del Espíritu Santo en su corazón hicieron de Santiago un testigo del Evangelio hasta derramar su sangre. Según la tradición fue el primer apóstol que sufrió el martirio. Aquel día Santiago probó el mismo cáliz que bebió Jesús. Su vida se había igualado a la del Maestro: la había gastado para los demás. Es lo que le había pedido su Señor. Y obedeciendo hasta el final, Santiago llevó a cabo la misión que Jesús le había encomendado.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 291-292.

Salió un sembrador a sembrar

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sembrador Tiempo Ordinario

Miércoles de la XVI semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (13, 1-9)

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla.

Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo: “Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron.

Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Todo el capítulo 13 de Mateo está consagrado a la enseñanza de las parábolas de Jesús y a la explicación de algunas de ellas. En total aparecen siete parábolas sobre el tema del Reino, recogidas por el evangelista en este capítulo. Tienen como escenario -más que sugestivo- el lago de Genesaret y la barca desde donde habla Jesús. De ahí que, por lo general, estas parábolas reciban unas veces el nombre de «parábolas del lago» y otras el de «parábolas del Reino». Mateo pretende mostrar con estas palabras la fuerza misteriosa del Reino de Dios, que, a través de muchos obstáculos, vence al mal arraigado en el mundo.

La primera de estas parábolas es la del sembrador. Bajo las sencillas apariencias de una descripción de la siembra, circunstancia conocida por todos, la parábola brinda una gran enseñanza, comprensible en buena parte para todos, en virtud de la magistral plasticidad del relato.

En primer lugar, están el sembrador (que presenta al mismo Jesús) y la semilla (la Palabra de Dios). Vienen, a continuación, las diferentes clases de tierra, con sus obstáculos, y las diferentes vicisitudes que encuentra la semilla en su crecimiento. En función de las dificultades con que se encuentre, la semilla se desarrollará o no, e incluso llegará a secarse y morir.

El último cuadro de este crescendo en la «carrera de obstáculos» nos muestra la «tierra buena», que se abre de manera generosa para recibir la semilla. Aparece asimismo un detalle tomado de la experiencia cotidiana de la cosecha: en la misma tierra buena se produce una cantidad diferente de fruto, pues algunas espigas dan el ciento por uno, otras el sesenta, otras el treinta. En la parábola, todo está en función de un solo resultado: el crecimiento de la semilla.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., X, 373-374.

Estos son mi madre y mis hermanos

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mi madre y mis hermanosTiempo Ordinario

Martes de la XVI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 46-50)

En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo entonces a Jesús: “Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo”.

Pero él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estamos ante un episodio que narran todos los evangelios sinópticos -Marcos, Mateo y Lucas-. Jesús está hablando a la gente cuando llegan su madre y sus hermanos e intentan verse con él. Pero la gente que lo rodea impide que sus parientes se le acerquen. El Evangelista destaca que los parientes están «fuera», es decir, no están entre aquellos que le escuchan. No es una notación espacial sino más bien de disponibilidad a escuchar.

Lo mismo le sucede a todo aquel que se siente tan «pariente» de Jesús, es decir, miembro de la institución, que ya no siente la necesidad de escuchar la Palabra de Dios, que ya no siente la necesidad de ser ayudado. A quien le dice que fuera están su madre y sus hermanos que le esperan, Jesús le contesta diciendo que su madre y sus parientes son los que le escuchan, o sea, los que están «dentro» para escuchar la predicación del Evangelio.

Para un mundo, como el judío, que consideraba las relaciones de sangre como un factor determinante para determinar la pertenencia religiosa, este reconocimiento de los familiares era realmente desconcertante. Jesús, en realidad, quería mostrar claramente a su nueva familia, que está formada por sus discípulos, por aquellos que le siguen, por aquellos que confían en él.

El vínculo de la sangre y del clan, el vínculo de nación o de patria, los vínculos de cultura o de raza, no tienen ninguna trascendencia para el reino de Dios. Y no solo eso sino que a veces hacen que nos cerremos a los demás en lugar de abrirnos. La Palabra de Dios purifica esas relaciones para que sean fraternas y no sean motivo de cerrazón y de lucha. La Palabra de Dios purifica las relaciones «naturales» y crea otras nuevas mediante la obra del Espíritu que se infunde en los corazones.

Escuchando la Palabra de Dios nace una nueva familia, mucho mayor y firme que la natural. Sus lazos no se basan en nosotros sino en la Palabra de Dios. La comunidad cristiana, para los que están solos, los abandonados, los afligidos, los perseguidos, es muchas veces la única familia que acoge y protege, y está llamada a ser para todos ejemplo de vida fraterna.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 290-291.

María Magdalena, apóstol de la esperanza

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22 de Julio

Santa María Magdalena

Textos

† Del evangelio según san Juan (20, 1-2. 11-18)

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.

Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer,

¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabbuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre.

Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’”.

María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy encontramos a aquella que, según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús resucitado: María Magdalena. Había terminado hacía poco el descanso del sábado. En el día de la Pasión no hubo tiempo para completar los ritos fúnebres; por esto, en esa alba llena de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús con los ungüentos perfumados. La primera en llegar es ella: María Magdalena, una de los discípulos que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente. En su recorrido hacia el sepulcro se refleja la fidelidad de tantas mujeres que son devotas durante años a los caminos de los cementerios o las criptas fúnebres, en recuerdo de alguien que ya no está. Las uniones más auténticas no se rompen ni siquiera con la muerte: hay quien continúa queriendo, aunque la persona amada se haya ido para siempre.

El Evangelio describe a la Magdalena destacando enseguida que no era una mujer de entusiasmos fáciles. De hecho, después de la primera visita al sepulcro, ella vuelve decepcionada al lugar donde los discípulos se escondían; cuenta que la piedra fue movida de la entrada al sepulcro, y su primera hipótesis es la más sencilla que se puede formular: alguien ha robado el cuerpo de Jesús. Así el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino un robo que alguien desconocido ha perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía.

Después los Evangelios cuentan un segundo viaje de Magdalena hacia el sepulcro de Jesús. ¡Era cabezota! Fue, volvió… ¡porque no se convencía! Esta vez su paso es lento, muy pesado. María sufre doblemente: ante todo por la muerte de Jesús, y después por la inexplicable desaparición de su cuerpo.

Es mientras ella se arrodilla cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, que Dios la sorprende de la forma más inesperada. El evangelista Juan subraya cuánto es persistente su ceguera: no se da cuenta de la presencia de dos ángeles que le preguntan, y tampoco sospecha viendo al hombre a sus espaldas, que ella pensaba que era el guardián del jardín. Y sin embargo descubre el acontecimiento más asombroso de la historia humana cuando finalmente es llamada por su nombre: «¡María!».

¡Qué bonito es pensar que la primera aparición del Resucitado —según los Evangelios— sucedió de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. Es una ley que encontramos esculpida en muchas páginas del Evangelio. En torno a Jesús hay muchas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, está sobre todo Dios que se preocupa por nuestra vida, que la quiere revivir, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros Dios nos llama por el propio nombre: nos conoce por el nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros experimenta esto.

Y Jesús la llama, «¡María!»: la revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de cada hombre y mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vacío. Los Evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús no es una alegría dada con cuentagotas, sino una cascada que abarca toda la vida. La existencia cristiana no está tejida con felicidad suave, sino de olas que cubren todo. Intentad pensar también vosotros, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en su corazón, que hay un Dios cercano a nosotros que nos llama por nuestro nombre y nos dice: “¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!”. Esto es bonito.

Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que en él perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios —me permito la palabra— es un soñador: sueña la transformación del mundo, y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.

María quisiera abrazar a su Señor, pero Él está ya orientado al Padre celeste, mientras que ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así esa mujer, que antes de encontrar a Jesús estaba a merced del maligno, ahora se ha convertido en apóstol de la nueva y más grande esperanza. Su intercesión nos ayude a vivir también a nosotros esta experiencia: en la hora del llanto y del abandono, escuchar a Jesús Resucitado que nos llama por nuestro nombre, y con el corazón lleno de alegría ir y anunciar: «¡He visto al Señor!» . ¡He cambiado de vida porque he visto al Señor! Ahora soy distinto que antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Esta es nuestra fuerza y esta es nuestra esperanza.

[1] Francisco, María Magdalena, apóstol de la esperanza, catequesis en la Audiencia General. 17 de mayo de 2017

 

María, se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra

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marta y mariaTiempo Ordinario

Domingo de la XVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 38-42)

En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.

El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria.

María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo, consideramos la segunda nota distintiva de los discípulos misioneros de Jesús que nos presenta san Lucas. La primera es la misericorida, el evangelio nos habló de ella el domingo pasado; la tercera es la oración y tendremos ocasión de considerarla el próximo domingo.

Antes de adentrarnos en los elementos que nos ayuden a una mejor comprensión de este texto bíblico es conveniente hacer una anotación.

Anotación

La intepretación de los textos bíblicos evoluciona con el paso del tiempo, es profundizada por los estudios de la sagrada escritura, que con nuevos descubrimientos arquelógicos o filológicos, llevan a nuevos planteamientos exegéticos y estos, a su vez piden renovar la interpretación de los textos. También la lectura que hacemos los creyentes a lo largo de la historia vierte sobre los textos categorías propias de cada contexto histórico que influyen en la inteligencia que logramos tener de los mismos.

El texto que leemos este domingo ha sido suceptible también de interpretaciones que hoy tendríamos que ser cuidadosos de proponer pues parcializan o deforman el mensaje; por eso, tan solo escuchar su proclamación del evangelio pensamos en dos formas distintas y excluyentes de vivir el compromiso cristiano, uno marcado por la oración y la contempación y el otro por el dinamismo del compromiso apostólico. Lo delicado sobreviene cuando se hace una valoración de estos estilos de vida e interpretando las palabras del evangelio «María escogió la mejor parte» se contraponen, definiendo que que la dedicación a las cosas espirituales es superior respecto al compromiso apostólico o misionero.

La lectura atenta del texto, pero sobre todo, el testimonio de Jesús, nos hace entender que no es la intención del Señor ni del evangelista definir dos estilos de vida cristiana, contrapuestos ni superior uno respecto del otro. La oración y la misión son distintivos escenciales de la vocación cristiana y confluyen en cada persona que es llamada y se decide a recorrer con Jesús el camino a Jerusalén. Nos encontramos pues ante un texto que de manera extraordinaria nos hace entender que el cristiano es discípulo misionero o no puede considerarse tal.

El texto

Contemplamos la visita de Jesús a la casa de Marta y de María y la distinta hospitalidad que estas hermanas le ofrecieron. No es seguro que se trate de las hermanas de Lázaro, pues estás vivían en Betania, que se localiza en Judea como nos dice el evangelio de Juan. En el texto que leemos, no se indica el lugar, pero por el itinerario que sigue Jesús en su camino a Jerusalén, sabemos que pasará por Betania sólo al final de su largo viaje.

El caso es que Jesús sigue su camino a Jerusalén, y al pasar por un poblado se detuvo en la casa de estas dos hermanas que eran conocidas suyas.

La hospitalidad: una actitud sacramental

Leemos en nuestro texto que «una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa». El nombre significa: “señora de la casa”, indica a una mujer cabeza de hogar, que tiene la autoridad de la casa. A Jesús se le dispensa la acogida de un huésped. La llegada del visitante altera el ritmo doméstico: se despliegan distintas energías para atenderle. Distinguimos dos modalidades en la hospitalidad, la de María y la de Marta.

La hospitalidad de María. La hermana de Marta dedica su tiempo a la persona de Jesús, «se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra»; la imagen recuerda la posición de un discípulo con relación a su maestro; indica el interés por aprender recibiendo con docilidad la “Palabra”. En Lucas escuchar la “Palabra” indica la predicación y se refiere a la formación del discípulo. Es notorio que Jesús anime a una mujer a aprender. Los maestros de la ley juzgaban qe no correspondía a las mujeres profundizar en las enseñanzas de laley de Dios. Sin embargo, María con la complacencia de Jesús rompe esa norma, como reclamando su derecho a ser discípula, a conocer directamente de los labios de Jesús la buena nueva.

Con sus gestos y palabras, Jesús libera a la mujer de una concepción que la mantiene en una situación de segundo plano, confinándola a los quehaceres propios de una ama de casa; Jesús ve las cosas de manera distinta, en otro texto del mismo evangelista, se nos dice al hablar de los discípulos de Jesús que «lo acompañaban los doce y algunas mujeres» (8,2). Así, sin confrontarse con nadie, al permitir a María asumirse como discípula, presentó a la mujer una alternativa de igualdad, que todavía hoy, es una lección de profundas enseñanzas para la sociedad civil y para la Iglesia.

La hospitalidad de Marta. La anfitriona, en contraste con su hermana, «se afanaba en diversos quehaceres». Estaba afanada, atareada; así se describe a Marta, absorta en los oficios de la casa, concentrada en su deber de ama de casa. El texto parece indicar que Marta también quería escuchar a Jesús pero «los diversos quehaceres» de la hospitalidad se lo impedían. Los quehaceres son las tareas que son propias del servicio de la casa para la acogida del huésped, sobre todo el servicio de la mesa; en Lucas describen, de fondo, el servicio eclesial, que genera un gran desgaste en quienes se dedican a hacer el bien a los demás.

Marta es el prototipo de la persona atareada que siempre tiene mil cosas que hacer; que vive atrapada en sus tareas; que se desvive por atender, que se siente segura y en posesión de la verdad, pero es esclava de su propio estilo de vida, cerrado a la novedad y carente de alegría; tiene en casa a Jesús, que  anuncia una Buena Nueva, de bienaventuranza y alegría, pero ensimismada, afanada en sus quehaceres, no es capaz de descubrir la novedad que significa para su vida el camino del evangelio.

La hospitalidad: una actitud que tiene valor sacramental. Es un signo que hace visible la experiencia que ha tenido de Dios el hombre o la mujer que son hospitalarios, no consiste sólo en ofrecer hospedaje y alimentos, sino sobe todo en acoger al otro como hermano, prestar atención a su persona, a su historia, a sus necesidades, para ello es necesario escuchar, conversar, intercambiar opiniones, ayudarse y establecer lazos de auténtica amistad; cuando. esto sucede, la hospitalidad es en sí misma buena noticia, testimonio del evangelio.

Sin embargo, poco a poco los espacios donde vivimos se van convirtiendo en lugares inhóspitos; a las personas desconocidas no se les dispensa un trato humano, mucho menos fraterno; es cierto que el clima es de inseguridad, pero eso no justifica ver en cualquier persona ajena a nuestro pequeño mundo un potencial delincuente. Habría que cambiar las estrategias, y no caer en la tentación de hacer de nuestra casa un bunker inaccesible, madriguera donde reina el miedo sino una espacio confiable, seguro, donde lo menos que se hace es dispensar un sonrisa a quien pase por sus cercanías. El evangelio de este domingo se presenta como símbolo y paradigma de la hospitalidad cristiana.

El diálogo de Marta con Jesús

Marta protesta porque Maria la «ha dejado sola con todo el quehacer»; este reclamo suscita un diálogo entre Marta y Jesús, que al mismo tiempo que resuelve la crisis, ofrece una enseñanza central. Marta ha perdido la paciencia, pide la intervencion de Jesús para que haga a María colaborar con ella. Se dirige a Jesús como “Señor”, lo reconoce como Maestro.

Le hace una reclamación en forma de pregunta «¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer?». El «no te ha dado cuenta» tiene una connotación de despecho, de quien reclama para si una mayor consideración, como si dijera ¿yo no te importo?

En seguida le da una orden: «dile que me ayude»; Marta le dice a Jesús que es lo que tiene que hacer, le indica indirectamente qué es lo que debe enseñar a su hermana María. Marta quiere honrar a Jesús, pero no lo deja ser su Maestro, por el contrario le indica con autoridad que intervenga, le dice incluso cómo, para resolver las situación.

Jesús responde; en su respuesta no fijamos en tres detalles. El primero: la llama por su nombre: «Marta, Marta»; la repetición del nombre indica que le habla con cariño, pero también con firmeza; la interpela desde el fondo de su identidad. Con sus palabras Jesús corregirá con suavidad la buena voluntad de Marta orientando el desgaste de sus energías en la dirección correcta.

El segundo: le hace caer en cuenta de su situación: «muchas cosas te preocupan y te inquietan». La referencia a la preocupación, describe un estado de ansiedad, de agitación interna que corta la respiración; esta actitud no corresponde a un discípulo que tiene experiencia de la providencia del Padre. Se trata de una situación de división interna, en la cual la atención de las tareas inmediatas para sobrevivir desvían el corazón de lo esencial: Dios Providente. La referencia a la inquietud, reafirma lo anterior, describe el nerviosismo externo, causado por la presión que somete al estrés y lleva a la tribulación, ésta se refleja finalmente en una actitud de fastidio.

El tercero; le da una lección: «… una sola es necesaria». No quiere decir que lo que Marta hacía no fuera importante, pero si señala que todo debe estar dentro de una jerarquía de valores.

La enseñanza de Jesús.

La situación en que se encuentra y el diálogo con Marta, ofrece a Jesús la oportunidad de enseñar cinco cosas importantes para quienes caminan con él.

  1. La tensión que vive Marta la debe enfocar de otra manera ¿qué es lo necesario? Marta debe pensar en lo que ella necesita no en las necesidades de Jesús; Él no vino a que le ofrecieran un banquete, vino a ser su Maestro, a prestar el servicio de la enseñanza y ella necesita de la “Palabra” del Maestro.
  2. Marta no se preguntó primero que era lo que quería Jesús. También a nosotros, muchas cosas nos preocupan y nos inquietan y nos desgastamos haciendo muchas cosas por los demás, pero pocas veces nos preguntamos qué es lo que los demás necesitan, cuáles son sus necesidades más profundas; si nos detenemos en esto, descubriremos que lo que las personas a las que servimos necesitan es que les prestemos atención, que les mostremos interés, que les demos tiempo de calidad.
  3. María «escogió la mejor parte», Marta no se la puede quitar, María entendió lo que dice el Salmo 16 “Señor, tú eres mi alegría y mi herencia“.
  4. El servicio y la escucha no se contraponen. La escucha de la Palabra llevaría a María a actuar. Recordemos que el mismo evangelio más delante dirá: «dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica», y lo que dijo Jesús al doctor de la ley del domingo pasado: «vete y haz tú lo mismo»; y viceversa, el servicio de Marta será no lo que ella considere que debe hacer, sino la respuesta obediente a lo que el Señor quiere que haga. La escucha de la Palabra libera de la rigidez de quien cree tener el control de todas las cosas; la Palabra libera el corazón de la ansiedad.
  5. «Una sola [cosa] es necesaria». Jesús quiere educar a sus discípulos en la unidad de vida; ésta es signo de madurez y de consistencia personal. Las acciones, las actividades, los compromisos por causa de Jesús brotan de una única fuente: la Palabra, escuchada con reverencia, pone nuestra vida en sintonía con la de Jesús y orienta nuestros pasos por su camino que conduce a la plenitud de la vida en el Reino del Padre. Unificando la escucha de la Palabra y el servicio, el discípulo cumple un requisito fundamental: la dedicación total al Señor.

Conclusión

Necesitamos tiempos de calidad para el diálogo profundo con Dios, con nosotros mismos y con los hermanos. Necesitamos tiempos de calidad para poner la vida en orden, para reposar el corazón y reflexionar. Necesitamos tiempos de calidad para orar.

La parábola del Buen Samaritano nos enseñó que el amor se hace servicio a los hermanos;

¡Qué importante es servir! Nuestra vocación es el servicio pero también es la comunión con Dios; de ésta brota el servicio.

El evangelio no nos describe dos estilos de vida o dos vocaciones; la vida discipular tiene un doble ritmo: concentra y descentra; dicho con palabras del evangelio, el discípulo misionero tiene las manos de Marta y el corazón de María.

 

[1] F. Oñoro, A la escucha del Maestro; como discípulos sentados a sus pies. Lucas 10, 38-42, CELAM/CEBIPAL.  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 270-273.

Miren a mi siervo… en quien tengo mis complacencias

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siervoTiempo Ordinario

Sábado de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 14-21)

En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él. Al saberlo, Jesús se retiró de ahí. Muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos y les mandó enérgicamente que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías: Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. No gritará ni clamará, no hará oír su voz en las plazas, no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea, hasta que haga triunfar la justicia sobre la tierra; y en él pondrán todas las naciones su esperanza. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acaba de curar en la sinagoga-en sábado- a un hombre con la mano paralizada. Los fariseos ya no tienen ninguna duda y se reúnen para preparar un plan que lleve a la muerte de Jesús. Quieren hacerlo callar a toda costa. Jesús se da cuenta y se aleja retirándose a un lugar apartado. No es para estar tranquilo. Tan es así, que cura a todos los enfermos que le llevan. Pero no quiere hacerse ver.

No ha venido entre los hombres para que le alaben y le admiren, como a veces los discípulos están tentados de hacer, siguiendo, en esto, la actitud de los fariseos. Y con una larga cita de Isaías se presenta como «siervo», un siervo bueno, humilde, manso; no como un hombre fuerte o un poderoso al estilo de los poderosos de este mundo.

La verdadera identidad de Jesús y, por consiguiente, del cristiano es la que evitan los hombres, porque la consideran no adecuada, condenada al fracaso. Con todo, el más grande se hace siervo, porque solo así la vida de los hombres tiene sentido y futuro. Solo aprendiendo a dar, a pensar en los demás, a no tener miedo de amar encontramos nuestro yo.

Jesús, de hecho no emprende acciones políticas o empresas económicas para salvar al mundo del mal. Su compromiso es mucho más profundo: hay que arrancar desde lo más profundo, desde sus raíces que se clavan en el corazón de los hombres. Por eso afirma que «no gritará ni clamará», y que «no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea». Solo haciéndonos siervos amamos al otro. Ese es el camino de la humildad.

El camino del servicio nos hace útiles, nos hace mejores, fortalece nuestras debilidades, nos hace descubrir siempre lo que hay de hermoso en nuestro prójimo. Por eso el camino del Siervo es el mismo camino de Dios, el de rebajarse por un amor que llega incluso a lavar los pies, a morir para salvar a los demás.

Es el camino que Jesús indica a los discípulos de todos los tiempos. Es el camino que llega hasta el corazón, para cambiarlo, para curarlo, para sanarlo. El mundo empieza a cambiar cuando el corazón empieza a cambiar. La Iglesia y los cristianos están llamados a trabajar teniendo eso en cuenta.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 287.

Si ustedes comprendieran…  no condenarían…

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sábado 

Tiempo Ordinario

Viernes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 1-8)

Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.

El les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes? ¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.

Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los fariseos no pierden la ocasión para pensar mal de Jesús y de sus discípulos y acusarlo. Podríamos identificar el fariseísmo con la actitud de quien tiene miedo del mal pero lo busca en los demás y no en sí mismo. El fariseo piensa que se salva acusando a los demás, viendo la brizna pero continuando siendo incapaz de quitarse la viga de su ojo. Juzga pero no ama; observa pero no ayuda.

No es de extrañar que el fariseo sea indiferente a la petición de perdón y de curación de quien sufre. Le reprochan a Jesús que deje a sus discípulos recoger algunas espigas durante el camino en sábado. El maestro responde con dos ejemplos que demuestran la mezquindad y la ceguera de su corazón. Y sobre todo afirma, con las palabras de Oseas, la grandeza del corazón de Dios: «Misericordia quiero, que no sacrificio»).

El Señor no quiere una observancia fría y exterior de las normas, sino el corazón del creyente. Eso no significa que haya que despreciar las normas. Pero por encima de toda norma está la compasión, que es un don que debemos pedir a Dios porque no proviene de nuestro carácter ni de nuestras cualidades, sino de Dios.

Y en realidad, dicha dimensión, está presente desde siempre en la revelación bíblica. En algunos comentarios hebreos, por ejemplo, leemos: «el Sábado se les ha dado a vosotros, y no ustedes al sábado». Y algún comentarista explica que los rabinos sabían que la religiosidad exagerada podía poner en peligro el cumplimiento de la esencia de la ley: «No hay nada más importante, según la Torá, que salvar la vida humana … Incluso cuando no hay más que una remota probabilidad de que una vida esté en juego, se pueden descuidar las prohibiciones de la ley».

El Sábado muestra la presencia cariñosa de Dios en la historia de los hombres. El Señor Jesús es el rostro cariñoso de Dios. Por eso repite que quiere misericordia, no sacrificio. Jesús no viola la ley, sino que la cumple con el amor. Dios no da una norma, sino una palabra de amor para hacer plena la vida de los hombres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 286.

Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

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Jesús Tiempo Ordinario

Miércoles de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 25-27)

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje evangélico reproduce una oración que Jesús le hace al Padre: « Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla ». Jesús bendice al Padre y le da gracias porque ha dado a conocer el Evangelio del Reino a la «gente sencilla», que también se podría traducir por «pequeños».

Tiene ante sí a aquel pequeño grupo de hombres y mujeres que lo siguen. Entre ellos no hay muchos poderosos ni inteligentes; son mayoritariamente pescadores, empleados de bajo nivel y, en cualquier caso, personas de clase no alta. Si algún personaje de relieve se acerca a Jesús -como por ejemplo el sabio Nicodemo-, oye de boca de Jesús que debe «volver a nacer», volver a ser «pequeño», porque si no lo hace no podrá entrar en el Reino del Cielo.

El reino, efectivamente, es solo para los «pequeños». Es «pequeño» quien reconoce sus límites y su fragilidad, quien siente que necesita a Dios, lo busca y le confía su vida. El texto evangélico, sin embargo, no pretende despreciar a los «sabios e inteligentes» sino más bien advertir a aquellos que piensan como los escribas y los fariseos, es decir, los engreídos, los que están tan llenos de sí mismos que no necesitan a nadie, ni siquiera a Dios.

El sentimiento de autosuficiencia no solo aleja de Dios sino que fácilmente se traduce en desprecio por los demás. El discípulo, por el contrario, sabe que todo lo debe a Dios y a Jesús que nos lo ha revelado. Nosotros difícilmente sentimos que somos los sabios y los inteligentes de los que habla Jesús. Lo somos en la práctica: sabios de nuestras costumbres, de los juicios que ya ni nos inmutan; inteligentes hasta el punto de no escuchar a nadie y de creer que podemos prescindir de los demás.

La fe es ante todo el abandono confiado de los pobres, que no lo entienden todo pero se sienten fuertes porque se sienten amados y obedecen la Palabra de Jesús. Los pequeños no son en absoluto los que no comprenden o los que «se lo creen todo». Únicamente la confianza permite ver aquello que de otro modo resulta invisible. Todos podemos llegar a ser pequeños si seguimos el camino de la humildad, un camino que nos hace realmente grandes.

El Señor nos ha elegido para que, a pesar de nuestra pobreza, podamos participar en el gran sueño de Dios por el mundo, que no es otro que reunir a. todos los pueblos alrededor de Él para que vivan en la alabanza al Señor y en paz entre ellos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 283-284.

¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!

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Ay de ti corazainTiempo Ordinario

Martes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 20-24)

En aquel tiempo, Jesús se puso a reprender a las ciudades que habían visto sus numerosos milagros, por no haberse arrepentido. Les decía: “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza.

Pero yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que para ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo, porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros que en ti se han hecho, quizá estaría en pie hasta el día de hoy. Pero yo te digo que será menos riguroso el día del juicio para Sodoma que para ti”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El amor apasionado de Jesús se convierte en reproche. Jesús ama y por eso ayuda a todos a ver su pecado. Reprende a su generación porque se había negado a acoger el plan salvador del Bautista y ahora rechaza también el mensaje de Jesús.

Así, Jesús se dirige a dos ciudades de Galilea que están cerca de Cafarnaún Y las increpa duramente: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!». Les reprocha que hayan rechazado su predicación a pesar de los milagros que ha hecho entre ellos. Los habitantes de ambas ciudades se han empecinado en no acoger el Evangelio y no convertirse.

Jesús recuerda dos antiguas ciudades paganas, Tiro y Sidón, que sin duda habrían hecho penitencia si hubieran visto los milagros hechos en Corazín y Betsaida. Es un grito de desánimo de Jesús, que ve cómo caen en saco roto años de predicación y de acción cariñosa con todos. La falta de acogida también es un misterio.

La autosuficiencia y el orgullo cierran el corazón y la mente. De ahí el severísimo juicio de Jesús. Y Jesús recrimina también a Cafarnaúm, donde moraba con sus discípulos: «¡Serás precipitada en el abismo!». Parece que Jesús no se refiere solo a los habitantes, sino a la ciudad misma. En efecto, hay un vínculo entre la ciudad y sus habitantes. Podríamos decir que la vida social es el resultado de la calidad de la vida de sus habitantes. Si hay desinterés por la vida social y cada uno solo va a  lo suyo, la ciudad se hunde.

Los cristianos tienen una responsabilidad por la ciudad en la que viven. Deben ser el alma de la ciudad para ayudar a quienes la habitan a vivir en paz y armonía.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 283.

El que busque su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la encontrará.

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Tomar la cruz

Tiempo Ordinario

Lunes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 34—11, 1)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra.

He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús pide a los discípulos un amor radical. Si dejamos que nos amen podemos comprender esa petición de Jesús, que de lo contrario parece exagerada. Él es el primero que ama a los suyos más que a su propia vida. Para Jesús, solo amándole a Él más que a nadie podemos aprender a amar a todo el mundo. Solo quien tiene este amor es «digno» del Señor. Hasta tres veces en pocas líneas se repite: «ser digno de mí». Pero ¿quién puede afirmar ser digno de acoger al Señor?

Basta una mirada realista a nuestra vida para darnos cuenta de nuestra pequeñez y nuestro pecado. Ser discípulo de Jesús no es fácil ni inmediato, y no se logra por nacimiento o tradición. Uno es cristiano solo porque lo decide. Los discípulos de Jesús están llamados a amarlo por encima de cualquier otra cosa. Solo así encuentran el sentido de la vida. Por eso Jesús puede decir: «El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará». Es una de las frases más reproducidas en los evangelios (hasta seis veces).

El discípulo «encuentra» su vida -en la resurrección- cuando la «pierde», es decir, cuando la entrega hasta el último día de su existencia, para anunciar el Evangelio. Es justo lo contrario de la concepción del mundo, según la cual la felicidad consiste en guardar para uno mismo la vida, el tiempo, las riquezas y los intereses. El discípulo, por el contrario, halla su felicidad cuando vive para los demás y no solo para sí.

Es una verdad humana: solo el amor que damos es nuestro. Estamos en la conclusión de este «manual» de los discípulos en misión, así se podría definir el capítulo 10 de Mateo, y Jesús expone algunas consideraciones sobre cómo les reciben. Y dice: «quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado ».

La dignidad del discípulo proviene de identificarse con el Maestro, pues no lleva su propia palabra sino la de Dios. Jesús también les llama «pequeños». La única riqueza del discípulo es el Evangelio, y frente al Evangelio también él es pequeño. El discípulo depende totalmente del Evangelio. Esta es la riqueza que debemos conservar; esta es la riqueza que debemos transmitir.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 282.

¿Y quién es mi prójimo?

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buen samaritano.jpgTiempo Ordinario

Domingo de la XV semana

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 25-37)

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Seguimos caminando con Jesús hacia Jerusalén, los últimos dos domingos, como en un díptico contemplamos por un lado, las actitudes fundamentales requeridas para ser sus discípulos y que se podrían sintetizar en libertad afectiva, libertad ante los bienes y libertad ante la propia historia; por otro lado, en el envío de los setenta y dos discípulos apreciamos el horizonte universal de la misión, la importancia del testimonio, los criterios para realizar la misión y los ámbitos en los que ésta se despliega y el regreso a la intimidad de la comunidad para retroalimentar a los hermanos compartiendo con ellos la obra de Dios.

Este domingo, continuamos con el tema de la misión; el evangelista nos lleva ahora a considerar tres distintivos de quien camina con Jesús: la misericordia, la escucha y la oración. Hoy consideramos el primero: el discípulo misionero se distingue por el amor al estilo de Jesús.

El texto

Para hacernos entender lo que significa la práctica de la misericordia, Lucas nos presenta una de las parábolas más impresionantes y conocidos de su evangelio: la del Buen Samaritano; es un relato que cuestiona si nuestro amor es egoísta o es un amor como el de Dios.

El marco del relato es el diálogo entre Jesús y un experto en la Ley. Distinguimos tres partes: el diálogo inicial con el doctor de la ley sobre el mandamiento principal; la parábola del buen samaritano y el diálogo conclusivo con el doctor de la ley.

I. El diálogo inicial con el doctor de la ley

El diálogo inicia con una pregunta mal intencionada, formulada para poner a prueba a Jesús: «¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» El interés del sabio que hace la pregunta es práctico; como experto él sabe que la vida eterna es un don de Dios, que exige un compromiso, por eso insiste en saber: «¿qué debo hacer…»

La pregunta es provocativa; más allá de los intereses de la vida ordinaria, quien la formula sabe que la vida no termina con la muerte y que la existencia está destinada a una vida eterna; se descubre en el fondo un sentido de responsabilidad: la vida no puede vivirse como venga sin más, cada persona es responsable de orientarla.

En este horizonte entendemos la respuesta de Jesús. Si una persona ha descubierto a Dios en la vida, pero no siente ninguna responsabilidad con los dones con los que ha sido bendecida, se vuelve indiferente ante los demás, vive sólo para sí, es incapaz de compartir y de ayudar.

Jesús responde con una pregunta certera, centrando a su interlocutor en el querer de Dios: «¿qué está escrito en la Ley?» El doctor de la ley responde con toda lógica: la responsabilidad con Dios esta unida a la responsabilidad con el prójimo. No se puede amar a uno y despreciar al otro: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo».

Hasta aquí los interlocutores, Jesús y el doctor de la Ley están de acuerdo: el punto de partida para la comunión de vida con Dios en la eternidad se encuentra en el presente: amar a Dios y amar al prójimo es tan necesario como suficiente: «Haz esto y vivirás»

Pero… surge una cuestión «¿quién es mi prójimo?» La pregunta tiene una connotación práctica; plantea la cuestión de los límites, ¿hasta dónde se ha de llegar?; dicho de otra manera ¿a quiénes se ha de amar como a uno mismo?

No olvidemos que en el tiempo de Jesús el sentido de pertenencia a la familia, al clan y a la nación era muy  fuerte y las tensiones con quienes no formaban parte de estos grupos no eran insignificantes. Para ilustrar lo anterior, recordemos que los samaritanos no quisieron recibir a Jesús con sus discípulos porque sabían que eran judíos y que se dirigían a Jerusalén.

II. La Parábola del buen samaritano

El relato lo podemos dividir en tres partes: la primera, presenta la situación; un hombre queda medio muerto en el camino víctima de violencia; la segunda, dos caminantes, vinculados con el culto del Templo, pasan de largo y la tercera, la ayuda se recibe de quien menos se espera, de un enemigo.

  1. La situación: un hombre queda medio muerte en el camino, víctima de la violencia.

El relato nos ubica de entrada en el marco geográfico: «un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó». Se trata de una ruta que une dos ciudades importantes; paso preciso de peregrinos que iban o regresaban de Jerusalén. Es un camino que atraviesa el desierto, peligroso no sólo porque el ambiente natural hostil sino por la inseguridad; no era raro que aparecieran delincuentes que, aprovechándose de la geografía inhóspita, asaltaban las caravanas o a los viajeros solitarios.

Leemos en nuestro texto que este hombre «cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto». Con pocas palabras se describen tres acentos del drama terrible de este caminante: 1. lo robaron, literalmente sería ‘lo desnudaron¨; 2. lo vejaron, fue brutalmente golpeado al grado de quedar «medio muerto» y 3. lo dejaron, abandonándolo en descampado, en medio del desierto, sin posibilidad de auxilio, prácticamente condenado a muerte.

Se describe así la situación de una persona en una situación extrema de fragilidad, que depende totalmente de la ayuda de quien, pasando por ahí, fuera capaz de compadecerse; sin embargo, quien intente ayudar a este hombre, arriesga su vida pues se expone al mismo peligro y cualquier tipo de ayuda exige modificar el proyecto de su viaje.

  1. Dos caminantes, vinculados con el culto del Templo, pasan de largo

La oportunidad de ayuda se presentó en dos ocasiones, pero la actitud de los caminantes hizo evidente lo difícil de la situación del hombre herido y la dificultad para superar los prejuicios culturales y religiosos. Leemos en nuestro texto: «sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante».

El relato destaca el verbo «ver», uno y otro, el sacerdote y el levita, vieron, se dieron cuenta de las implicaciones de la situación y optaron por no alterar su ruta, por no exponerse, por no salir de su zona de confort y por ello, rodeando la situación, pasaron de largo.

El primero en negar la ayuda fue un «sacerdote»; con probabilidad se trataba de alguien que después de prestar su oficio sacerdotal en el Templo regresaba a casa. Jericó era una ciudad en la que había muchas casas de sacerdotes.

El segundo en negar la ayuda, fue un «levita»; pertenecía a una categoría sacerdotal inferior; era miembro de una elite prestigiosa en la sociedad judía de la época que era responsable del esplendor de la liturgia y de la vigilancia del Templo; los levitas eran muy respetados.

¿Por qué pasaron de largo? Se podrían dar muchas explicaciones, por ejemplo: 1. pudieron haber pensado que el hombre estuviera ya muerto y al ser hombres del culto del Templo, quedarían inhabilitados al incurrir en impureza por  tocar un cadáver; 2. No quisieron detenerse para no exponerse a ser asaltados; 3. Vieron la gravedad de la situación y las implicaciones que la ayuda tenía para su economía… etc…

El caso es que por la razón que haya sido, al pasar de largo estos dos hombres, cuya vida estaba marcada por el culto a Dios fueron incapaces de un acto de amor al prójimo; seguramente encontraron excusas e hicieron buenos razonamientos para tranquilizar sus conciencias; su propia seguridad, la realización de los planes que tenían, la pureza ritual necesaria para el culto, fueron más fuertes que la compasión por un hombre agonizante y abandonado a su suerte en el camino. En este caso, su conducta práctica puso al descubierto la disociación entre el amor a Dios, el amor al prójimo y el amor a sí mismos.

  1. La ayuda se recibe de quien menos se espera, de un enemigo

El drama llega a su punto culminante cuando aparece el tercer personaje; el solo enunciado de su origen, crispa los nervios de los oyentes. Leemos en nuestro texto: «un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él

Las relaciones entre los judíos y los samaritanos no era buenas, las razones se enraizaban en la historia y sus diferencias tenían que ver, entre otras cosas, con el culto a Dios, sobre el que tenían conceptos y pretensiones radicalmente distintas. Recordemos el diálogo de Jesús con la samaritana.

El samaritano también «vio» la situación, seguramente la razonó, pero fue capaz de ir más allá, además de ver, «se compadeció», es decir, se puso en la situación del hombre herido, hizo suyo su sufrimiento y actuó dispensándole la atención y cuidado que le hubiera gustado recibir, él o para los suyos, en situación semejante.

En el evangelio la compasión no se identifica con la lástima; se trata de una experiencia interior, un removerse las entrañas hasta lo más profundo, liberando un dinamismo, que en el caso que contemplamos se concretó en una sucesión de gestos que lo implicaron directamente, pues el dolor del hombre moribundo llegó hasta su propio corazón.

Leemos en nuestro texto: «se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’

Basta poner cuidado en los verbos, para darnos cuenta del dinamismo que se desplegó desde el interior del samaritano en favor del hombre herido. A diferencia del sacerdote y el levita que pasaron de largo, se acercó; los tocó, curando y vendando sus heridas con aceite y vino; no lo abandonó, lo llevó consigo, montándolo en su cabalgadura y lo trasladó a una posada en donde personalmente cuidó de él; se hizo cargo de los gastos, incluyendo los necesario para su completa rehabilitación, mostrándose disponible para seguir respondiendo por él.

Notemos que la ayuda que ofrece el samaritano tiene dos finalidades; la primera, es inmediata, asistir al hombre herido en la emergencia, en el peligro de muerte; en esta situación el herido es completamente dependiente, no puede hacer nada por si mismo; la segunda es rehabilitarlo, es apostar por su recuperación total, que se alcanzará cuando sea capaz de hacerse cargo de su propia vida. Un detalle que no debe pasar por alto, es la relación interpersonal, que se expresa de diversas maneras: cercanía, contacto, curación, cuidado y responsabilidad; llama la atención también la intención de volver a verlo con la disponibilidad de seguirle tendiendo la mano si fuera el caso.

Concluye la parábola, pero no en el diálogo con el doctor de la ley.

III. Diálogo conclusivo con el doctor de la ley

El diálogo de Jesús con el doctor de la ley había quedado en suspenso; la pregunta «quién es mi prójimo» requería una respuesta precisa que determinara a quién se debe amar y con quienes no se tiene esa obligación.

A partir de la parábola, Jesús retoma la conversación con el doctor de la ley, para llegar a la conclusión práctica que él buscaba. Leemos en el texto: «¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”

La respuesta del doctor de la ley lleva a una primera conclusión: el prójimo no forma una categoría de personas definida por los lazos de la sangre o de la nacionalidad; prójimo es el que se acerca, el que se aproxima. El samaritano no se preguntó si el hombre herido era su prójimo o no, si entraba en la categoría de personas a las que debía dispensar su amor; él vio su situación, se compadeció, se acercó a él haciéndose así prójimo suyo.

Una segunda conclusión a la que llega el doctor de la ley es que el amor a Dios y el amor al prójimo no pueden desarticularse en la vida práctica; que el amor que Dios nos tiene es misericordioso y que de la misma calidad debe ser nuestro amor a los demás; que no puede se puede restringir el amor a quienes “lo merecen” por ser de los nuestros.

El doctor de la ley, aprendió, como tercera conclusión, que la misericordia no tiene límites, que está por encima de la enemistad; que el amor misericordioso supone ver y compadecerse; tomar la iniciativa y acercarse; entender la realidad, pero además, sentirla, hasta apropiarse el sufrimiento ajeno; desplegar desde el interior del corazón todos los gestos necesarios para asistir a quien sufre cuando no puede valerse por si mismo hasta que se rehabilite y pueda hacerse dueño de su vida.

Jesús apreció la respuesta del doctor de la ley y más allá de la mala intención de la pregunta inicial descubrió una preocupación sincera, por ello sin más concluye el diálogo diciéndole: «anda y haz tú lo mismo».

Conclusión

En nuestros días, como en los tiempos de Jesús, hay muchas personas que yacen «a la orilla del camino» porque son víctimas de la violencia; no sólo de la violencia criminal, sino también de la violencia familiar y social, de la violencia estructural, enraizada en redes de corrupción, en ambientes de desigualdad, y legitimada por los intereses de gente ávida y voraz que, en distintos ámbitos, desprecia la vida, lucra con ella y la destroza cuando no le es útil.

En pueblos y comunidades de fe cristiana escuchar la parábola del buen samaritano es un llamado a la conciencia. Si seguimos a Jesús, no podemos pasar de largo, sino detenernos y como el samaritano bondadoso, ver y sentir, permitiendo al Espíritu que se despliegue en nosotros el dinamismo necesario para asistir a quienes la violencia ha dejado inhábiles para valerse por si mismos, para impulsar su rehabilitación y puedan así con toda dignidad ser sujetos de su desarrollo y para participar, como ciudadanos responsables, en la transformación de las condiciones familiares, sociales, culturales, políticas y económicas que causan tanto dolor y sufrimiento.

 

 

[1] F. Oñoro, ¿Cómo hacerse prójimo del necesitado. La praxis de misericordia del Bien Samaritano. Lectio Divina Lucas 10, 25-37. CELAM/CEBIPAL.

El discípulo no es más que el maestro

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pajarillo Tiempo Ordinario

Sábado de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 24-33)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores! No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, en la larga exhortación misionera que está dirigiendo a los discípulos, les pide que no se sientan superiores al Maestro. Esa es, en realidad, la tentación de Adán: desafiar a Dios. Nuestra salvación consiste en ser discípulos suyos.

Jesús pide a sus discípulos no temer a los enemigos del Evangelio: «No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Cuando recordaba estas palabras de Jesús, el evangelista Mateo tenía delante de si la experiencia de su comunidad sometida a fuerte oposición. Y quería tranquilizarla.

El Señor no abandona a sus discípulos. Al contrario, todo aquel que gasta su vida por el Evangelio recibe el consuelo del Señor, sobre todo si debe hacer frente a dificultades y pruebas. El Evangelio de la cruz y de la resurrección nunca ha sido fácil y lineal para la comunidad cristiana. Evidentemente debemos preguntarnos qué significa para nosotros la exhortación a no tener miedo, teniendo en cuenta que no vivimos en un tiempo de persecuciones.

Los escenarios de abierta persecución de los cristianos son reales, pero están geográficamente están lejos de nosotros; sin embargo, para los que no son abiertamente perseguidos es fácil que su corazón se debilite; es fácil que no tengan la audacia y la valentía de creer en el Evangelio como fuerza de cambio y de salvación. Un cristianismo que renuncia, que no sabe tener esperanza en un mundo de paz devalúa su fuerza.

A veces pensamos que el Evangelio nos pide llevar una vida hecha solo de renuncias, sin un interés real por nosotros, que termina siendo ineficaz para la sociedad. Pero no es así. El discípulo que sigue el camino del Evangelio no se pierde, Dios lo sostiene: «¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados.».

Esta es la verdadera certeza del cristiano: no ser invulnerable, invencible, sino amado siempre. ¡No hay nada en nuestra vida que se vaya a perder porque todo en ella es amado! Y el amor no deja que se pierda nada: «no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo».

Esta atención cariñosa del Señor se convierte en compañía en la lucha por comunicar el Evangelio hasta los extremos de la tierra. El cristiano no es un conquistador, sino un hombre amado que comunica la buena noticia de la victoria sobre el mal.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 279-280.

Los envío como ovejas entre lobos

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oveja entre lobosTiempo Ordinario

Viernes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 16-23)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.

Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.

El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús predice persecuciones a sus discípulos. El amor evangélico, aquel amor que es totalmente gratuito y sin reciprocidad alguna, es un estorbo para la obra del príncipe de este mundo, una obra de división. Por eso Jesús dice: «Yo los envío como ovejas entre lobos». Y las ovejas son siempre más débiles que los lobos, y parecen condenadas a perder siempre. Pero ese es precisamente el misterio de la misión de Jesús, que él confió a su Iglesia.

El padre Andrea Santoro, asesinado en Turquía, decía:  «Los cristianos tenemos una ventaja, y es que creemos en un Dios inerme; en un Cristo que nos invita a amar a los enemigos, a servir para ser ‘señores’ de la casa, a ponemos los últimos para ser los primeros, en un evangelio que prohíbe el odio, la ira, el juicio, el dominio; en un Dios que se hace cordero y se deja atacar para dar muerte en él al orgullo y al odio; en un Dios que atrae con el amor y no domina con el poder; y esa es una ventaja que no debemos perder».

Y citaba a san Juan Crisóstomo: Cristo apacienta ovejas, no lobos. Si somos ovejas venceremos; si somos lobos perderemos. A pesar de la humildad y de la simplicidad de las «palomas», los cristianos se oponen, con sus palabras y su conducta, al egoísmo y lo desenmascaran. De ahí nace la persecución y el sufrimiento, el intento de eliminar a los verdaderos testigos de la fe. Nosotros, que vivimos en el tercer milenio, debemos aprender del Evangelio a distinguir cuándo ya no es posible llegar a compromisos con un mundo que quiere ahogar la Palabra de Dios haciendo callar a quien da testimonio de ella.

Ante ciertas injusticias, ante el escándalo del sufrimiento de los más débiles, ante la eliminación de la vida, ante las heridas de un mundo cada vez más dividido entre muchos pobres y pocos ricos, el discípulo, aun sabiendo que encontrará oposición, no puede callar y no anunciar con la vida que es hijo de Dios y no de este mundo. Nos animan y nos consuelan las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «El que persevere hasta el fin, ese se salvará».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 278-279.

Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’

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pazTiempo Ordinario

Jueves de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 7-15)

En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.

No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan.

Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de haber elegido a los doce y de haberles confiado la misión de anunciar la llegada del Reino de Dios, Jesús continúa explicando el contenido del anuncio que deben hacer a aquellos que encuentren. Jesús les dice: «Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios»; y añade que deben hacer llegar la paz a las casas de los hombres.

Es un contenido esencial e inderogable para aquellos discípulos y para la Iglesia de todos los tiempos, así como para todas las comunidades cristianas. Esta debe ser la primera y verdadera preocupación de los discípulos. Jesús les advierte de que no se dejen superar por otras preocupaciones. Y las enumera: Oro, plata, cobre, alforja, dos túnicas, sandalias, bastón. Parecen útiles e incluso necesarias para la misión. Pero en realidad, de manera insidiosa a menudo alejan a los discípulos de la primacía absoluta del Evangelio.

Tenemos que meditar frecuentemente esta página evangélica para comprender el verdadero tesoro que se confía a nuestras manos y que solo en Jesús encontramos nuestra fuerza, y no en nuestras formas organizativas, en nuestras programaciones o en nuestras estrategias. Jesús indica que los discípulos deben llevar la paz a las ciudades, los pueblos y a las casas de los hombres.

Lucas, en el pasaje paralelo, habla del «saludo de la paz» (10, 5). Es un saludo que hoy el mundo necesita especialmente. El mundo todavía está marcado por la violencia y por conflictos que envenenan la vida de mucha gente. A menudo son precisamente nuestras casas, nuestras familias, las que buscan aquella paz que no encuentran y que es fundamental para tener una vida más serena y feliz.

La comunidad cristiana está llamada a ser creadora y portadora de paz en los conflictos que infligen heridas en los pueblos y en las casas de nuestras ciudades. Los discípulos de Jesús en este mundo son como corderos, es decir, como hombres y mujeres débiles, pero pacíficos y pacificadores. Pero su camino no está exento de obstáculos y oposición. El Evangelio nos advierte: «si no los reciben…». La falta de acogida y el rechazo no disminuyen la fuerza y la conciencia de que la única misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio, preparar la paz y llevarla a todo el mundo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 277-278.

Vayan en busca de las ovejas perdidas

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apóstoles.jpgTiempo Ordinario

Miércoles de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 1-7)

En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos.

Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los Doce son llamados y reciben la misión evangélica como fruto de la compasión por la muchedumbre, cansada y abatida. Jesús elige a doce, tantos como las tribus de Israel, como si quisiera indicar que nadie debe quedar excluido del anuncio del Evangelio.

El evangelista nos dice el nombre de los doce apóstoles. Hay griegos junto a judíos; hombres provenientes del norte y otros del sur; simples pescadores junto a miembros del partido revolucionario de los zelotas -Simón el Cananeo-, seguidores del Bautista -Santiago y Juan- y publicanos -Mateo-.

Es un grupo heterogéneo en el que el origen territorial y la militancia ideológica quedan en un segundo plano. Lo que importa es la adhesión a Jesús y la obediencia a su Palabra; estas dos dimensiones constituyen su nueva identidad. Todos, como pasa con Simón, reciben un nuevo nombre, es decir, una nueva misión y un nuevo poder.

Desde aquel momento son testigos del Evangelio y reciben el poder de cambiar los corazones, de derrotar el mal, de socorrer a los débiles, de amar a los desesperados y de hacer realidad el reino de Dios. Es un poder real, una fuerza verdadera de cambio, que no viene del dinero, de las bolsas, de las túnicas: es el poder del amor sin límites que viene de las alturas y que Jesús es el primero en mostrar.

Aquella primera misión evangélica es emblemática para todas las generaciones cristianas. También nuestra generación está llamada a encaminarse viviendo al pie de la letra esta página evangélica. En el Evangelio de Mateo el mandato se refiere solo «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Dicho límite responde a una tradición judeocristiana de los primeros años de la Iglesia.

Históricamente la misión de Jesús y de los apóstoles empezó por Israel. Podemos afirmar que esta indicación del Evangelio de Mateo, desde el punto de vista histórico, ha quedado felizmente superada por la misión global y sin límites de la Iglesia, que sin duda corresponde exactamente a la voluntad de salvación universal expresada por la vida de Cristo y de las primeras comunidades cristianas.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 276-277.

Hija, ten confianza; tu fe te ha curado

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mujer toca el manto.jpgTiempo Ordinario

Lunes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 18-26)

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.

Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”.

Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.

Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estamos en Cafarnaúm, y uno de los jefes de la sinagoga se postra ante Jesús y le suplica: «Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir». Muy probablemente conoce bien a Jesús porque lo ha visto asistir a la sinagoga y tal vez incluso lo ha invitado alguna vez a tomar la palabra. Sin duda conoce la bondad y la misericordia de este joven profeta. Él es la única esperanza que le queda para recuperar a su hija.

En el jefe de la sinagoga reconocemos el tormento de muchos padres ante la muerte de sus hijos. Su oración contiene muchas oraciones desesperadas por la pérdida prematura de los seres queridos. En aquel hombre hay una fe fuerte: cree que Jesús lo puede hacer todo. Es la fe que nos enseña el Señor cuando afirma que no hay nada imposible para Dios. Devolverle la vida a aquella niña no es más que la anticipación de la Pascua y de la definitiva victoria del Señor sobre la muerte.

Jesús escucha la oración de aquel padre y al llegar a su casa toma a la niña por la mano, la despierta del sueño de la muerte y le devuelve la vida. Confiemos con fe al Señor a aquellos que pierden la vida siendo aún niños o jóvenes y aprendamos del Evangelio a acompañar a quien sufre el dolor de la muerte de sus seres queridos para que crezca la fe consoladora en la Resurrección.

Durante el trayecto una mujer que sufre hemorragias desde hace doce años, piensa que basta con tocar el manto de Jesús para quedar curada. Es una confianza simple que se manifiesta en un gesto aparentemente aún más simple, y además, hecho a escondidas. Jesús se da cuenta, la ve y le dice: «¡Hija, ten confianza; tu fe te ha curado». Mateo resalta que es la palabra de Jesús junto a la fe de aquella pobre mujer lo que lleva a cabo la curación: hace falta una relación personal entre aquella mujer y Jesús, entre nosotros y Jesús.

Debemos preguntarnos: ¿acaso el discípulo, la comunidad cristiana, no es el manto de Jesús para muchos que buscan consuelo y salvación? Jesús busca a la persona que lo ha tocado entre la muchedumbre. También nosotros hemos de saber buscar a quienes se acercan con su historia única y particular y que piden con la esperanza de encontrar alivio a su sufrimiento o necesidad.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 274-275.

Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó

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de dos en dos.jpgTiempo Ordinario

Domingo de la XIV semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (10, 1-12. 17-20)

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’ . Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”.

Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

El les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten.

Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del evangelio que leemos este domingo, lo podemos ver formando un díptico con el del domingo anterior, en el que Jesús insistió en la libertad que requiere el discípulo para seguirlo.

Hoy entendemos el sentido de esta libertad en el envío a la misión y comprendemos la insistencia actual de la Iglesia en que identifiquemos nuestra condición de discípulos con la de misioneros; esta doble condición que es inseparable una de la otra, exige de nosotros, por un parte la libertad para el seguimiento y, por la otra, disponibilidad para la misión; ésta no se realizará con criterios propios, sino con los criterios que Jesús da a quienes envía.

El contexto

El tema de la misión es una de las preocupaciones del evangelista san Lucas. ¿En qué consiste? En la realización del proyecto de salvación que Dios tiene para la humanidad; que fue anunciado por los profetas, realizado por Jesús, en su vida, ministerio y pascua y que se extiende a todos los confines del mundo por medio de la Iglesia, que tiene como misión el anuncio del evangelio.

Hay dos fuerzas que impulsan a Jesús en el cumplimiento de su misión: la pasión por el Reino y su fidelidad al Padre. La pasión por la misión y las actitudes requeridas para realizarla, Jesús las transmite a sus discípulos, que serán sus enviados. Jesús dedica mucho tiempo y esfuerzo a formar a sus discípulos en la misión y para la misión; cuida todos los detalles; y así como hay exigencias para el seguimiento -como vimos el domingo pasado- hay exigencias para la misión.

Jesús educa para la misión en el camino, en el rimo de ir y venir, de salir de la comunidad y volver a ella, de interiorizar y anunciar.

La comprensión del texto que contemplamos nos pide no perder de vista algunos detalles. Primero, Jesús y sus discípulos están de camino, van rumbo a Jerusalén; Jesús había advertido a quienes querían seguirlo la necesidad de dejarlo todo para anunciar el Reino, tarea en la que debían concentrarse totalmente, como el labriego que empuña el arado.

El texto

Para comprender nuestro texto lo dividiremos en cuatro partes. Primera, el envío de un amplio número de misioneros; segunda, criterios para realizar la misión;  tercera, los ámbitos de la misión y cuarta, el regreso de la misión.

  1. El envío de un amplio número de misioneros

Leemos en el pasaje que contemplamos: «Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir

Esta versículo nos da dos indicaciones preciosas para entender la misión impulsada por Jesús y por las primeras comunidades cristianas y que son válidas para leer a contraluz los criterios con los que realizamos hoy la misión de evangelizar.

Primera indicación: la universalidad de la misión

Lucas es el único evangelista que menciona la misión de los setenta y dos; lo hace en consonancia con una de sus preocupaciones, que se hace más explícita en el libro de los Hechos de los apóstoles: la universalidad de la misión.

El número setenta y dos corresponde al número de las naciones paganas de las que da noticia el capítulo décimo del libro del Génesis, en donde se agrupan los pueblos que nacieron, después del diluvio, de los hijos de Noé, a partir de los cuales «se dispersaron los pueblos por la tierra después del diluvio» (Gn 10, 32).

Si el anuncio del evangelio debe llegar a todos los pueblo, es imposible que puedan realizarlo sólo los doce apóstoles; la misión será llevada a cabo por otros discípulos, que estarán siempre en comunión con las directivas de los doce.

La vocación para la misión es amplia. En la Iglesia primitiva, muchos miembros de las pequeñas comunidades que no pertenecían al grupo de los doce, estaban involucrados en la misión universal.

Segunda indicación: el testimonio es la mediación

La experiencia de Jesús y de la comunidad van de la mano en el envío misionero. Es Jesús quien designa a los misioneros y los envía; los discípulos no se auto designan, son llamados y enviados; pero no irán solos, deben ir de dos en dos.

Se subraya así la dimensión comunitaria y testimonial de la evangelización. Los enviados son elegidos de entre los que siguen a Jesús, proceden de una experiencia en común, están en el camino con el Señor, aprenden de él y desde esta experiencia de comunidad son enviados para dar testimonio.

En el modo de realizar la misión está el mensaje, si van a anunciar la vida fraterna como uno de los valores del Reino, la primera manera de hacerlo es dando testimonio de fraternidad -que implica apoyo mutuo y corrección fraterna-; además, según la usanza de la época, en el juicio en un tribunal se requería por lo menos la declaración de dos testigos para dar por cierta una declaración.

  1. Criterios para realizar la misión

Al enviar a los setenta y dos misioneros Jesús les da algunos criterios; distinguimos tres:

Primer criterio: la oración es la primera actividad apostólica

Leemos en el texto: «La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos

La primera indicación. práctica de Jesús es la oración. «Rueguen». La mirada se dirige al Padre, como siempre lo hace Jesús, porque Él es el dueño de la mies. Dios es la fuente de la misión y el misionero jamás debe olvidarlo; en consecuencia, el misionero es un obrero, al servicio de un campo que no es el suyo, por el que debe consagrar todas sus energía, incluso cuando sienta que la cantidad de trabajo rebasa sus fuerzas y capacidades.

Si doce apóstoles eran insuficientes para la universalidad de la misión, también lo son setenta y dos; la inmensidad de la tarea a realizar es el primer motivo de desaliento; pero la actitud de confianza en Dios y de responsabilidad en el encargo, deben acompañar al misionero en todo momento; por ello debe orar, como les enseño Jesús, porque todo de Dios se ha recibido y a es a ël a quien se ofrece. El primer criterio para la misión es pues la oración como principio básico y fundamental.

Segundo criterio: No perder de vista que siempre habrá dificultades

Dice nuestro texto: «Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos.»

Jesús no engaña a nadie; no promete un mundo idílico sin problemas ni dificultades; con una sola frase describe el ambiente de hostilidad que aguarda a los misioneros. La metáfora de los lobos y corderos no podía ser más elocuente.

Ante las dificultades, los misioneros no pueden responder con agresividad. En el recuerdo de los discípulos está lo que sucedió en Samaria, donde no quisieron recibir a Jesús y los discípulos reaccionaron con agresividad y deseos de venganza.

El discípulo misionero debe estar preparado incluso para el fracaso y consciente de su fragilidad debe tener claro de donde le viene la fortaleza.

Tercer criterio.  La confianza puesta en Dios no en las propias seguridades

Dice nuestro texto: «No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias»

En la misión, los enviados dependen totalmente de Dios, que es quien los protege y sostiene. Son enviados sin ningún equipaje, con la confianza total puesta en la Providencia de Dios que se manifestará en sus necesidades.

Esta austeridad de medios, experiencia de pobreza, es en realidad una experiencia de libertad del corazón, que debe mantenerse no sólo en el camino, sino en la vida diaria, en las casas y en la ciudad entera.

  1. Ámbitos de la misión.

Se describe el comportamiento del misionero en tres ámbitos: camino, casa y ciudad.

Primer ámbito: el camino.

El misionero en camino, ya es es en si evangelizadora; se ha despojado de los recursos que dan seguridad para el viaje; no tiene ambiciones personales; están abandonados a la providencia de Dios, y en ello se parecen a Jesús en camino, confiado totalmente en Dios, anunciando así el gozo de ser Hijo.

Cuando está en el camino, los discípulos misioneros deben atenerse a una indicación: «no se detengan a saludar a nadie por el camino»; ésta se refiere a la detenrse a saludar a los amigos y familiares en conversaciones que se prolonagan indefinidamente conforme a la usanza en el Antiguo Oriente. Sería como una forma de volveer atrás, a las preocupaciones mundanas y perder la concentración en el servicio de la Palabra de Dios. La misión no admite distracciones ni pérdida de tiempo en cosas inútiles.

Segundo ámbito: la casa.

A diferencia del camino, en una casa si hay que detenerse, esto significa quedarse con una familia. El mismo Jesús da testimonio de ello en distintos pasajes del evangelio y por ello precisa el comportamiento que han de observar los misioneros en la evangelización de la casa.

Lo primero que hay que hacer es invocar la bendición sobre quienes viven en esa casa: «Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa». Puesto que es “don”, la bendición salvífica puede ser aceptada o rechazada.

Como es sabido, la respuesta no era idéntica en todos los miembros de la casa, pero era suficiente uno; «si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá». La gente amante de la paz es la personas abierta a la Palabra y a los dones que provienen de Dios. Una persona abierta a la buena noticia del Reino vale la misión entera.

En segundo lugar, el misionero debe insertarse en la vida de la familia: «Quédense en esa casa»; esto, para compartir los distintos momentos de la vida familiar y desde su seno, ponerse al servicio de los demás. La hospitalidad pide el ofrecimiento del hospedaje y la alimentación, que el misionero debe recibir como el trabajador recibe su salario: «coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario»

En tercer lugar,  los misioneros han de evitar andar «de casa en casa»; su permanencia, insertos en la vida de una familia, sigue también la lógica de la levadura; el testimonio, la Palabra, los gestos, permitirán que la Buena Nueva toque la vida de aquella familia hospitalaria; al retirarse los misioneros para continuar la misión, el fermento del evangelio quedó en la familia que los acogió para seguir irradiándose en ausencia de quienes llevaron el anuncio de la Palabra. Podemos ver el testimonio de Pablo en la casa de Lidia (Hech 16,15)

Tercer ámbito: la ciudad.

Se prevén dos escenario: ser acogidos o ser rechazados.

En el caso de ser acogidos, se repite en gran escala lo que se ha dicho sobre la evangelización de la familia. La acogida se expresa en el ofrecimiento de alimentos, que los discípulos deben aceptar: «en cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den»; en la ciudad deben hacer lo mismo que Jesús: predicar la llegada del Reino de Dios y con su autoridad realizar los signos de su advenimiento: «curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’»

En el caso de ser rechazados durante el desempeño de la misión, los setenta y dos reciben una instrucción parecida a la que ya habían recibido los doce: «salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos». Con este gesto se quiere decir: “entre ustedes y nosotros no hay ninguna responsabilidad; asumirán el rigor de las consecuencias negativas de su equivocada decisión”.

La referencia a la ciudad de Sodoma, símbolo de la ciudad pecadora, es aquí un aviso del lamentable destino que le espera a quien se negó conscientemente la salvación sin olvidar que Dios siempre ofrece la vida (cf. Dt. 10, 11b).

  1. El regreso de la misión

Lucas no narra cómo ejercieron los discípulos la misión, pero si ofrece algunos datos fundamentales del regreso: «Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría». El tema de la alegría aparece cuatro veces, dos referida a los discípulos y finamente a Jesús. La alegría debe caracterizar al misionero.

La alegría del misionero es por tres razones: la primera: por la obra de Dios en la historia humana: la destrucción del mal y la derrota del maligno, porque las fuerzas de muerte han sido vencidas; segunda, por haber sido instrumento de esta victoria, Jesús le ha dado su “poder” y por lo tanto poseen un poder más fuerte que el de Satán y tercera: porque «sus nombres están escritos en el cielo». En pocas palabras, deben alegrarse no sólo por lo que han hecho sino porque han recibido el don de la salvación: la comunión con Dios que es la alegría de Jesús

De manera admirable, lo que ha sucedido con los destinatarios de la misión, sucede también con los misioneros; salieron de la intimidad de la comunidad para compartir la obra que Dios había realizado en ellos y vuelve a la comunidad, a nutrir su intimidad, con la obra de Dios en las comunidades evangelizadas.

Los misioneros del Reino. mensajeros de la paz, entran en ambientes difíciles, se sitúan en ellos “como corderos en medio de lobos”, llevando la reconciliación a los caminos, a las casas y a las ciudades. Su anuncio del Reino al mismo tiempo que cura al hombre aniquila el poder del maligno. Ellos no sólo trabajan arduamente sino que también celebran gozosamente en la alegre dulzura de Jesús. Y esta certeza los acompaña siempre

 

[1] F. Oñoro, Jesús formador de misioneros: para ser buenos obreros del Evangelio. Lucas 10, 1-12. 17-20

El vino nuevo se echa en odres nuevos

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disicipulado 2

Tiempo Ordinario

Sábado de la XIII semana

 Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 14-17)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les respondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán.

Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura.

Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres.

El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los discípulos de Juan, que llevaban una vida más austera que la de los discípulos de Jesús, le preguntan directamente sobre esa diferencia: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?». Sabemos que, con la intención de anticipar la llegada del reino, el ayuno ocupaba un lugar preeminente en la piedad de los fariseos, y también en la de los discípulos de Juan.

Los fariseos lo interrogan simplemente para juzgarlo, para hacerle caer en una encerrona y desacreditarlo. Los discípulos de Juan preguntan para comprender. Nunca debemos avergonzarnos de pedir ayuda a Jesús. El maestro responde con la imagen de la llegada del novio y compara a los discípulos con los amigos del novio que participaban en la boda y la preparaban.

A su paso, efectivamente, Jesús creaba un clima nuevo, de alegría, de fiesta, justo como la que se hace en una boda. Con Jesús había llegado el verdadero «esposo», o mejor dicho, el Salvador de los hombres. Por eso hacían fiesta los discípulos y los pobres, los enfermos y los pecadores. Todos se sentían liberados de la esclavitud del mal. Podían estar alegres. No obstante, advierte Jesús, vendrán momentos difíciles. Vendrán para él, y en estas palabras ya había un indicio de los días de la pasión. También vendrán para los discípulos y para las comunidades. ¿Cómo no pensar en las innumerables persecuciones que se abaten todavía hoy sobre los discípulos de Jesús?

Durante los periodos difíciles, los discípulos «ayunarán», añade Jesús. Pero mientras no llegue aquel «esposo», hay que vestirse de fiesta y beber el vino de la misericordia; eso dará fuerza también para los momentos difíciles. Los odres viejos de los que habla Jesús son los anquilosados esquemas mentales y religiosos de siempre. El amor evangélico requiere corazones nuevos, es decir, libres de esquemas y prejuicios naturales, para acoger el mismo amor de Dios.

La resistencia a la novedad de la Palabra de Dios significa cerrarse al Espíritu para aferrarse a tradiciones que muchas veces son caducas, y que, como mucho, se escudan en lo que se ha hecho siempre y en lo que se ha pensado siempre. El Evangelio del amor nos libra de cerrarnos y limitarnos y nos hace vivir en los amplios horizontes de Dios.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 271-272.

Mateo… se levantó y lo siguió

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Tiempo Ordinario
Viernes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 9-13)

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Mientras camina, Jesús ve a Mateo, un publicano, un recaudador de impuestos que trabaja para el gobernador de la región y para los romanos. Los publicanos eran tildados de deshonestos y tenían fama de aprovecharse de la gente. Se les consideraba impuros porque manipulaban dinero y tenían negocios sucios. Equiparados a ladrones y usureros, eran personas a evitar.

Jesús se acerca y empieza a hablar con él. Cuando terminan de hablar le hace incluso una invitación: «Sígueme». Mateo, a diferencia de muchos hombres que se consideraban religiosos y puros, se pone en pie de inmediato y sigue a Jesús sin dudarlo. Él, que era un pecador, se convierte en un ejemplo de cómo seguir al Señor. Y aún más: con el Evangelio que lleva su nombre se ha convertido en guía para muchos.

También nosotros seguimos a este antiguo publicano y pecador que nos lleva a conocer el amor del Señor Jesús. Mateo invita rápidamente a Jesús a un banquete. Toman parte también en el banquete sus amigos. Es un banquete extraño, ya que los comensales son publicanos y pecadores. Algunos fariseos, escandalizados por aquella escena, dicen a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?».

Jesús interviene directamente en la polémica con un proverbio irrefutable por su claridad: «No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos». Para él nunca hay en la tierra una división maniquea entre buenos y malos, entre justos y pecadores. Jesús solo quiere explicar cuál es su misión: él ha venido para ayudar y para curar, para liberar y para salvar. Para seguir y acoger a Jesús y su Evangelio es necesario sentir una herida, sentirse necesitado, abrir el corazón. Por eso, dirigiéndose directamente a los fariseos, añade: «Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios». E invita a todo el mundo a ser como él: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Y, acercándose aún más a cada uno de nosotros, añade: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Por eso no es difícil sentir que tenemos al Señor a nuestro lado. Solo tenemos que admitir, ante Él, que somos necesitados, que no somos tan fuertes como por desgracia muy a menudo queremos aparentar.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 270-271.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres

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curación paralitico

Tiempo Ordinario

Jueves de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús subió de nuevo a la barca, pasó a la otra orilla del lago y llegó a Cafarnaúm, su ciudad.

En esto, trajeron a donde él estaba a un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados”.

Al oír esto, algunos escribas pensaron: “Este hombre está blasfemando”. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: “¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil: decir ‘Se te perdonan tus pecados’, o decir ‘Levántate y anda’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, —le dijo entonces al paralítico—: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.

El se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se llenó de temor y glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús parece que va de una orilla a la otra para ayudar a quien lo necesita. Cuando vuelve a Cafarnaúm le llevan a un paralítico postrado en una camilla, y lo ponen en el centro. Es un centro no solo físico, sino también de atención, de interés, de preocupación por aquel enfermo más que por ellos mismos.

De alguna manera, el amor de aquellos amigos es el inicio del milagro. El evangelista escribe que Jesús, al ver su fe, decide intervenir. Eso indica la fuerza que tiene la oración por los enfermos. Aquel paralítico, sin duda, se quería curar, pero en este caso se indica claramente cuál es el motivo de su curación: la fe de aquellos amigos.

La Iglesia, toda comunidad cristiana, debe reconocerse como amiga de los enfermos y debe estar dispuesta a presentarlos ante el Señor. Jesús no dejará de responder a la oración que le hacemos. Quizás no lo hará como pensamos, pero habrá una curación. No solo cura el cuerpo, sino también el corazón. Jesús le dice al paralítico unas palabras que nadie ha dicho jamás: «Tus pecados te son perdonados».

Jesús no quiere insinuar que la enfermedad del paralítico se deba a sus pecados. Más bien quiere mostrar algo mucho más importante: su poder se extiende incluso sobre los pecados y los elimina. La curación llega también al corazón. Y llegados a este punto, comprensiblemente, la escena se transforma en un debate teológico.

Los escribas presentes al oír aquellas palabras, piensan mal de Jesús, aunque no lo dicen. Pero Jesús, que ve en el interior del corazón, los desenmascara y enseña hasta dónde llega su misericordia: «Levántate -le dice al paralítico-, toma tu camilla y vete a tu casa». El Señor ha hecho en aquel enfermo un milagro doble: lo ha perdonado de sus pecados y lo ha curado de la parálisis. Ha venido entre los hombres alguien que cura el cuerpo y el corazón.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 269-270.

Súplica y gratitud

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leproso agradecido.jpg Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (17, 11-19)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea.

Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!” Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios?

¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Al entrar en un pueblo, salen al encuentro de Jesús diez leprosos. Es la segunda vez que Lucas narra la curación de la lepra. Esta vez, a diferencia de la anterior, los leprosos se paran a una distancia y gritan su necesidad de curación. Es un grito similar al que proviene de muchas tierras, cercanas y lejanas, para invocar ayuda y apoyo. Pero por desgracia muchas veces nadie escucha ese grito. Y podemos relacionarlo también con la oración común que los cristianos elevan a Dios por ellos y por el mundo.

Efectivamente, hay como una sintonía entre el grito de los pobres y la oración de la Iglesia. En ambos casos el pueblo de los pobres y el de los discípulos están unidos para invocar un mundo de justicia y de paz, de fraternidad y de amor. El grito de aquellos diez leprosos es una exhortación a reforzar y hacer más audaz nuestra oración.

Jesús, como el Padre que está en el cielo, no es sordo a la oración de los pobres. Apenas oye su grito, Jesús los mira, fija en ellos sus ojos y les ordena que vayan a presentarse a los sacerdotes. Durante el trayecto los diez quedan curados de la lepra. Pero solo uno de ellos vuelve atrás a dar gracias al Señor; es un samaritano, un extranjero, uno que tiene una fe distinta de la de los judíos. Una vez más el evangelista presenta a un extranjero como discípulos ejemplar. Este, al verse curado, siente la necesidad de dar gracias, de manifestar todo su agradecimiento a quien lo había curado.

Jesús siente alegría por aquel samaritano y tristeza por todos los demás. Sí, también el Señor necesita que le den las gracias. No porque lo necesite, sino porque es saludable para nosotros entender que se lo debemos todo al Señor: lo que somos, lo que hemos recibido, todo viene de Dios. Y dichosos seremos nosotros si, como aquel leproso, sabemos volver a los pies del Señor y darle gracias por todos los regalos que nos ha dado. · Al leproso samaritano se le curó no solo el cuerpo sino también el corazón. Los otros nueve quedaron curados en el cuerpo, pero su corazón continuaba enfermo, incapaz de mostrar agradecimiento. Es la oración de acción de gracias que nunca debe apagarse en la boca del discípulo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 416.

Hemos hecho lo que teníamos que hacer

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Jesus enseña 3 Tiempo Ordinario

Martes de la XXXII semana

Textos

Del evangelio según san Lucas (17, 7-10)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación? Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Señor entabla un diálogo íntimo con sus discípulos, y quiere repetirlo con cada uno de nosotros. Él conoce a los suyos uno por uno, los llamó a seguirle y vive con ellos. Sabe que es fácil que dejen espacio al orgullo en su corazón y que se tengan a sí mismos en gran consideración, o bien que se crean buenos y protagonistas de sus acciones. Por eso les exhorta a confrontarse con los siervos. Estos, a diferencia del amo, no son los primeros de la casa sino los que sirven.

Nadie de nosotros es amo de su propia vida; solo el Señor lo es. Cada uno recibimos la vida no solo para que la gocemos, sino para gastarla para el bien de todos. Sin merecerlo hemos recibido mucho: salud, bienestar, paz, inteligencia, amor; fe. De todos esos bienes no somos amos, sino custodios y administradores.

También Jesús se presentó como el que sirve, no como el que debe ser servido. Y en la última cena lo demostró asumiendo el papel del esclavo que lava los pies a su señor. El discípulo siguiendo este ejemplo de Jesús, está llamado a servir a la Iglesia, la comunidad de hermanos en la fe que se ha convertido en su nueva familia.

La Iglesia, la comunidad de la que todos formamos parte es un regalo que recibimos y que estamos llamados a amar, cuidar y servir. Este servicio de amor es lo que Jesús confió a sus discípulos. Y ese servicio es nuestra verdadera recompensa. Vivir con ese espíritu de servicio libra del egoísmo, del ansia de acumular bienes y satisfacciones para uno mismo. También la Iglesia entera debe concebirse como sierva del amor por el mundo entero.

La Iglesia, la comunidad de los creyentes, no vive para ella misma para ser perfecta y envidiada, sino para que todos puedan descubrir el amor de Jesús que vino para salvar a todos. Los discípulos saben que lo han recibido todo y que a Él lo deben devolver todo. Eso es lo que significa ser siervos inútiles. Ser «inútiles» no es excusa para caer en la pereza o la falsa humildad.

El Señor nos ha elegido y confiado una tarea que estamos llamados a cumplir no para realizamos a nosotros mismos sino para servir a su sueño de amor por el mundo, sabiendo que todo lo recibimos de él y sin él somos realmente «inútiles», es decir, personas sin fuerza.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 415.

¡Tengan, pues, cuidado!

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Jesus enseña 2Tiempo Ordinario

Lunes de la XXXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (17, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No es posible evitar que existan ocasiones de pecado, pero ¡ay de aquel que las provoca! Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino sujeta al cuello, que ser ocasión de pecado para la gente sencilla. Tengan, pues, cuidado.

Si tu hermano te ofende, trata de corregirlo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”. Los apóstoles dijeron entonces al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús advierte a los discípulos para que no sean motivo de escándalo, es decir, que no sean piedra que hace tropezar. Considera que el escándalo es tan grande que afirma que sería mejor, para quien lo procura, que lo echaran al mar con una piedra al cuello. Y tal vez el primer escándalo que deben evitar los discípulos es el de contradecir con su vida el Evangelio.

Si nuestros comportamientos están lejos del Evangelio e incluso van contra el Evangelio, no solo traicionamos al Señor, sino que además nos convertimos en cómplices del príncipe de este mundo porque fomentamos una vida triste y violenta. Por eso pide a los discípulos: «Tengan, pues, cuidado».

El apóstol Pablo, consciente de ese peligro, advertía también a los ancianos de Éfeso diciendo: «Tengan cuidado de ustedes y de toda la comunidad» (Hch 20, 28). Tener cuidado de uno mismo, del comportamiento que cada uno tiene, de la fidelidad al Evangelio es una tarea primordial para cada discípulo y aún más para los que tienen responsabilidades pastorales.

Jesús añade que la disponibilidad por perdonar también forma parte de la sabiduría. Además, cada uno de nosotros conoce bien su fragilidad y facilidad en caer en pecado. Jesús nos da expresamente la fuerza de perdonar. La capacidad de perdonar no es espontánea. Es más, el perdón hoy es algo raro. Y por desgracia la venganza tiene mucho más espacio en la vida de cada día. Es urgente que la misericordia y el perdón se apliquen con profusión ante la facilidad con la que se afirma el pecado. Perdonar «siete veces», como pide Jesús, significa que hay que perdonar siempre. Evidentemente, no se trata de mostrarse condescendiente con el pecado.

Jesús exige siempre el arrepentimiento por la culpa cometida y el consiguiente cambio de vida. Pero nunca debe faltar la disponibilidad a la misericordia. La misericordia es signo de la presencia de Dios entre los hombres. A este respecto los discípulos comprenden que la misericordia no nace de ellos, comprenden que tienen fuertemente arraigado en ellos el instinto de permanecer en el odio o al menos en la indiferencia. Por eso le piden al Señor: «Auméntanos la fe».

Jesús -sorprendiéndonos tal vez también a nosotros – contesta diciendo que de fe basta una pequeña medida, la medida de un grano de mostaza. Esa pequeña fe, esa pequeña confianza en Dios, es capaz de hacer milagros. Pidámosla al Señor y seremos capaces de arrancar las hierbas amargas del corazón de los hombres y tiraras al fondo del mar.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 413-414.