Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

El Espíritu Santo les recordará todo cuanto yo les he dicho

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espíritu santo

VI Domingo de Pascua – Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 23-29)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras.

La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.

La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’.

Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con el sexto domingo entramos en la recta final del tiempo pascual que culmina, después de la celebración de la Ascención del Señor que se celebrá el próximo domingo, con la solemnidad de Pentecostés.

los textos del evangelio que hemos leído los domingos de este tiempo pascual nos han ayudado a entender que la experiencia de Jesús resucitado nos lleva a la madurez en la fe y nos capacita a ser testigos del Señor cumpliendo con el mandamiento nuevo; todo esto es posible gracias a que Dios mismo pone su morada en nosotros y nos da su Espíritu para que podamos permanecer firmes y fieles testigos de su amor.

El contexto

El texto del evangelio que se proclama este domingo forma parte del discurso de despedida de Jesús, en el contexto de la Última Cena. Jesús anuncia su regreso al Padre y los discípulos se angustian, se llenan de miedo; Jesús ha llegado a ser el punto de referencia de sus vidas; parece que con su partida concluyen abruptamente tres años de seguimiento y que se cancela el futuro anhelado; un sentimiento de temor les invade al verse desprotegidos, sin orientación y huérfanos del amor que los congregó y los sostuvo.

Jesús les pide ubicarse en otra perspectiva: «Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre», para ello, sus palabras adquieren el tono del consuelo, para que sus discípulos «no pierdan la paz ni se acobarden.». Jesús tiene un punto de vista propio sobre su partida y quiere que sus discípulos comprendan su nueva situación ofrecièndoles claves muy precisas y razones para no sentirse abandonados.

Con sus palabras Jesús lleva gradualmente a su comunidad a pasar de la tristeza a la alegría, pues la Pascua no es el final trágico de una historia, sino una presencia suya, novedosa, profunda, y siempre actual, en la vida de todo discípulo.

La Pascua significa una nueva, más profunda y más intensa presencia del Señor en la vida de cada discípulo. Experimentar esta presencia del Resucitado en la propia vida implica captar las formas concretas como el Señor sigue conduciendo a sus discípulos en su seguimiento. A ello responde el evangelio de este domingo, que podemos considerar en dos partes: la primera, el fundamento del seguimiento de Jesús que es amarlo y obedecer su Palabra y, la segunda, ¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?.

Primera parte:

El fundamento del seguimiento de Jesús: Amarlo y obedecer su Palabra.

El fundamento del discípulado es el amor a Jesús. La forma concreta de este amor es: acoger su persona, con todo lo que Él ha revelado de si mismo y tomar en serio sus enseñanzas, poniéndolas en práctica. El amor es compromiso: «El que me ama, cumplirá mi palabra», dice el Señor.

El discípulo sigue a Jesus a lo largo de su vida escuchando el Evangelio y arraigándolo en su corazón. Su amor, en sintonía con el camino del Evangelio, redundará en gran alegría.

El discipulado es una vida caracterizada por el dinamismo del amor. La observancia de los mandamientos de Jesús por amor, es el mejor testimonio; pues transforma a sus discípulos en imitadores suyos, porque así es como Él se comporta con el Padre: «si  cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10).

El amor del discípulo a Jesús lo incorpora en el dinamismo de un amor más grande que el suyo; no es sólo el amor de Jesús sino también el amor del Padre: «…mi Padre lo amará».

Afirmada la experiencia fundamental que sostendrá al discípulo cuando Jesús haya partido, el Señor hace una serie de revelaciones que hacen concreta la participación en el amor del Padre y del Hijo.

Segunda Parte:

¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?

A partir del amor de los discípulos por su Maestro, incorporados en la circularidad del amor del Padre y del Hijo, Jesús hace cinco revelaciones en forma de promesa: El Padre y el Hijo harán su morada en ellos; el Espíritu Santo los asistirá; Dios les ofrecerá su paz y les compartirá su alegría, para que crezcan en su fe. Veamos cada una de las promesas.

  1. Somos morada de Dios

En el evangelio de hoy leemos: «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada

Jesús cambia la forma de entender la relacion del hombre con Dios y con Él. En el Antiguo Testamento, a Dios se le concebía como una realidad exterior y distante al hombre. La relaciòn con Dios se establecia a través de mediaciones, entre ellas sobresalían el Templo y la Ley. Dios se manfiestaba en el ámbito de lo sagrado y el mundo quedaba en el ámbito de lo profano. El hombre para relacionarse con Dios debía sustraerse del mundo. Se podría decir, de alguna manera, que para relacionarse con Dios, el hombre tenía que reunciar a su mundo, a si mismo, para entrar en el mundo de Dios y vivir en su presencia.

Jesús nos enseña que la comunión con el Padre y el Hijo nos transforma en morada de Dios. Con ello cambia el modo de relación entre Dios y nosotros. La comunidad y cada persona se convierten en templo en el que Dios habita; la realidad humana se transforma en santuario de Dios. No hay ya ámbitos exclusivos en los que Dios se manfiieste fuera del hombre mismo.

Dios Padre no es un Dios lejano, se acerca al hombre y vive con él, haciendo comunión con el ser humano, objeto de su amor. Buscar a Dios no exige ir a buscarlo a ningun lugar, sino dejarse encontrar por Él, descubrir y aceptar su presencia en una relación de amorosa intimidad, como la que hay entre un padre con su hijo.

Por otra parte, Jesús nos hizo saber una y otra vez que Ël no vivía en soledad, que Dios esaban con Él. De esta experiencia, Jesús hace partícipes a sus discípulos; no estarán solos, Dios estará con ellos. «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada.» Quien ama a Jesús no está sólo, no está perdido, ni abandonado a su propia suerte, Jesús y el Padre están a su lado.

En los momentos de soledad, cuando se viven pérdidas o separaciones, es importante tomar conciencia de que Jesús y el Padre con nosotros, que no nos djan abandonados ni desprotegidos. Vivir esta compañía y gustarla es parte importante de la experiencia discípular.

Esta experiencia de ser morada de Dios anticipa el futuro, los discípulos podemos vivir el cielo en la tierra. La comunión con Dios a la que estamos llamados no es una realidad futura, es una realidad presente, dinámica, que crece cada día hasta el día en que el Señor lleve a plenitud su promesa: «volveré y los llevaré conmigo» (Jn 14,3).

  1. Contamos con la asistencia del Espíritu Santo

En el evangelio de hoy leemos: «Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho». Con estas palabras, Jesús recuerda una vez más que, al partir Él, enviaría al Espíritu Santo.

Profundicemos lo que nos dice ahora. En el Espíritu Santo tendremos quien nos una vez que Jesús haya partido; el Espíritu es enviado del Padre y viene a enseñarnos y recordarnos todo lo que Jesús hizo y nos dijo.  Con el don del Espíritu comprendemos que no estamos solos, que contamos con una ayuda eficaz. No nos esforzamos por comprender la Palabra de Jesús solamente con nuestras fuerzas, sino que el Espíritu nos asiste, nos ayuda.

Esta asistencia del Espíritu Santo es un don del Padre, a quien Jesús imploró que nos diera quien nos consolara, nos asistiera y estuviera con nosotros para siempre. (Cf. Juan 14, 16).

El Espíritu Santo nos entrega la totalidad del Evangelio, que tiene profunda unidad; tiene la misión de enseñarnos a comprender, a apropiarnos y a vivir la Palabra de Jesús. No viene a enseñarnos cosas nuevas; con Jesús la revelación de Dios llegó a su plenitud. Su acción está referida a lo que Jesús ya dijo, recordándolo, profundizándolo e incorporándolo a la propia vida; en otras palabras, nos ayuda a que Jesús, el Verbo de Dios, se encarne en nuestra vida y en nuestra historia.

La asistencia del Espíritu Santo es vital para el discipulado, sin ella no sería posible el seguimiento de Jesús; el Espíritu Santo nos educa interiormente para que podamos seguir con mayor fidelidad al Señor, conducir mejor nuestro proyecto de vida y adquirir todo lo necesario para permanecer en la comunión con el Padre y con el Hijo. El Espíritu Santo nos introduce en la vida de Dios, meta del camino de Jesús y de toda nuestra vida.

  1. Dios nos ofrece su paz

En el evangelio de hoy leemos: «La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo.» Al igual que la promesa anterior, Jesús reitera lo que ya ha dicho y dirá después. Del texto que leemos podemos detenernos a considerar tres características de la paz que Jesús nos da: su origen su fundamento y su consecuencia.

El origen de la paz es Jesús mismo; Él da a sus discípulos «su» paz, es decir, la seguridad y la protección que solamente pueden venir de Él.

Esta paz se fundamenta en los dos anuncios hechos por Jesús: el Padre y el Hijo habitarán en nosotros y el Espíritu Santo nos guía. La paz brota en la vida del bautizado, de quien vive sumergido en Dios y orienta su existencia por el camino del Evangelio.

Como dice reiteradamente la Sagrada Escritura: Si Dios está de nuestra parte, ¿a quién hemos de temer?  La comunión con Dios arranca de raíz las preocupaciones, los miedos y las inseguridades en la experiencia de la fe.

Quien vive en la presencia de Dios y de su Hijo Jesucristo y camina todos los días con la asistencia del Espíritu Santo, enfrenta la vida con paz. Las dificultades de la vida cotidiana, que causa desasosiego y perturbación, no encuentran al discípulo desvalido; las realidades de la vida no pueden sofocarlo en la angustia y el temor, por ello Jesús dice: «No pierdan la paz ni se acobarden».

  1. Dios nos da el don de la alegría

En el evangelio de hoy leemos: «Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo

Con el don de la “alegría” sucede como con el don de la paz: la mayor alegría que hay es la del amor, cuyo fundamento último es la unión perfecta del Padre y el Hijo.

Jesús nos hizo saber que con su muerte, volvia a la casa del Padre, alcanzando así la plenitud del gozo, pues para ël no hay mayor alegría que la perfecta comunión con el Padre.

Los discípulos deberían estar contentos porque Jesús llega a la plenitud; pero el Señor invita a los suyos a alegrarse no sólo por Él, sino por ellos mismos; el hecho de que Jesús alcance la meta es para los discípulos una garantía de que también ellos la alcanzarán: los primeros beneficiados de la plenitud de Jesús son sus discípulos, pues Él los acogerá en su misma plenitud: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde uo esté, estén también ustedes” (Jn, 14, 3).

  1. El crecimiento en la fe

En el evangelio de hoy leemos: «Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean

Jesús ha hablado abiertamente a sus discípulos, con toda transparencia, con mucho amor. Quiere que sus discípulos reflexionen, pero sobre todo quiere que crezcan en su fe.

Todo lo que el Señor ha revelado a los suyos no es para ahondar su angustia, por el contrario, ha sido para que fortalezcan su fe en Él.

Conclusión.

Como a los discípulos en el cenáculo, la tristeza puede invadirnos cuando sentimos a Jesús ausente, como si se hubiera despedido de nuestra vida, sobreviene además la tentación de querer verlo para creer; olvidamos que él mismo dijo: «dichosos los que creen sin haber visto».

Jesús nos enseña que no hay lugar para la tristeza; con su resurrección ha alcanzado la plenitud, ha vuelto al Padre, pero eso no significa que nos haya abandonado, o que nos haya dejado solos; está presente entre nosotros y la tarea de nuestra fe es descubrirlo.

La celebración de la Pascua nos permite confirmarnos en la fe en el Señor resucitado, en la presencia de Dios en nuestra vida; en la asistencia del Espíritu que nos guía para que nos mantengamos en el camino de Jesús, para que vivamos la paz en medio de las dificultades de la vida ordinaria, para que la comuniòn con Dios sea fuente de nuestra alegría y de fortalecimiento de nuestra fe.

 

 

[1] F. Oñoro, Despedida, Si, pero no abandono ¡No estamos huérfanos, Lectio Divina Juan 14, 23-29, CEBIPAL/CELAM F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 162-166.

El siervo no es superior a su señor

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jesús y los discípulosV Sábado de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (15, 18-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo.

Acuérdense de lo que les dije: ‘El siervo no es superior a su señor’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La perícopa contiene una advertencia de Jesús dirigida a sus discípulos sobre el odio y el rechazo del mundo que tendrán enfrente. Si la nota distintiva de la comunidad cristiana es el amor, ahora el Maestro presenta a los suyos lo que caracteriza al mundo que les rechaza: el odio. El Señor advierte y explica ese odio del mundo y emite un juicio sobre el mismo.

El odio del mundo hacia la comunidad cristiana es consecuencia lógica de una opción de vida: los seguidores del Evangelio no pertenecen al mundo, y éste no puede aceptar a quien se opone a sus principios y opciones. Los creyentes, en virtud de su opción de vida a favor de Cristo, son considerados como extraños y enemigos. Su vida es una continua acusación contra las obras perversas del mundo y un reproche elocuente contra los malvados. Por eso es odiado y rechazado el hombre de fe.

Pero ¿cómo se manifiesta el odio del mundo contra los discípulos? Mediante las persecuciones que han de padecer los creyentes por el nombre de Cristo. No son en verdad estas pruebas las que deben desanimar a los discípulos ni en su camino de fe ni en su misión de evangelización. También su Señor experimentó la incomprensión y el rechazo hasta la muerte. Es más, la persecución y el sufrimiento son una de las condiciones de la gloria que toda la comunidad cristiana debe compartir con su Salvador. La suerte de los discípulos es idéntica a la de Cristo: si éste ha sido perseguido, también lo serán sus discípulos; si éste fue escuchado, también lo serán los suyos.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 316-317.

Ya no los llamo siervos… los llamo amigos

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 V Viernes de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (15, 12-17)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Las relaciones entre Jesús y los discípulos asumen una intensidad particular en esta breve perícopa, donde se afronta el tema del mandamiento del amor fraterno: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado».

Los mandamientos que debe observar la comunidad mesiánica están compendiados en el amor fraterno. Este precepto del Señor glorifica al Padre. Supone vivir como verdaderos discípulos y dar como fruto el testimonio. Ahora bien, la calidad y la norma del amor al hermano son una sola: el amor que Jesús tiene por los suyos, un amor que ha llegado a su cima en la cruz.

La cruz es el ejemplo de la entrega de Jesús hasta el extremo por sus discípulos: ha entregado su propia vida por aquellos a los que ama. Lo que desea, a cambio, de los suyos es la fidelidad al mismo mandamiento siguiendo su ejemplo. La riqueza del amor que une a Jesús con los suyos, y a los discípulos entre ellos es, en consecuencia, total y de una gran calidad.

El modelo del amor de Jesús por sus discípulos no tiene que ver solamente con el sacrificio de su vida, sino que contiene también otras prerrogativas: es relación de intimidad entre amigos y don gratuito. El signo mayor de la amistad entre dos amigos consiste en revelarse los secretos de sus corazones. El amor de amistad, del que nos habla Jesús, no se impone; es respuesta de adhesión en el seno de la fidelidad. El Maestro, al hacer partícipes a sus discípulos de los secretos de su vida, ha hecho madurar en ellos el seguimiento, les ha hecho comprender que la amistad es un don gratuito que procede de lo alto.

La verdadera amistad se sitúa en el orden de la salvación. Jesús ya no es para ellos el señor, sino el Padre y el confidente, y ellos ya no son siervos, sino amigos. Convertirse en discípulo de Jesús es don, gracia, elección y certeza de que nuestras peticiones dirigidas al Padre en nombre de Jesús serán escuchadas.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 309-310.

Permanezcan en mi amor

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discipulos Jueves V de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 9-11)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

¿Cuál es el fundamento del amor de Jesús por los suyos? El texto responde a esta pregunta. Todo tiene su origen en el amor que hay entre el Padre y el Hijo. A esta comunión hemos de reconducir todas las iniciativas que Dios ha realizado en su designio de salvación para la humanidad: «Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a vosotros. Permanezcan en mi amor».

Ahora bien, el amor que Jesús alimenta por los suyos requiere una pronta y generosa respuesta. Ésta se verifica en la observancia de los mandamientos de Jesús, en la permanencia en su amor, y tiene como modelo su ejemplo de vida en la obediencia radical al Padre hasta el sacrificio.

Las palabras de Jesús siguen una lógica sencilla: el Padre ha amado al Hijo, y éste, al venir a los hombres, ha permanecido unido con él en el amor por medio de la actitud constante de un «sí» generoso y obediente al Padre.

Lo mismo ha de tener lugar en la relación entre Jesús y los discípulos. Éstos han sido llamados a practicar, con fidelidad, lo que Jesús ha realizado a lo largo de su vida. Su respuesta debe ser el testimonio sincero del amor de Jesús por los suyos, permaneciendo profundamente unidos en su amor.

El Señor pide a los suyos no tanto que le amen como que se dejen amar y acepten el amor que desde el Padre, a través de Jesús, desciende sobre ellos. Les pide que le amen dejándole a él la iniciativa, sin poner obstáculos a su venida. Les pide que acojan su don, que es plenitud de vida. Para permanecer en su amor es preciso cumplir una condición: observar los mandamientos según el modelo que tienen en Jesús.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 302-303.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos

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vidMiércoles V de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Palabra de Dios subraya la necesidad de «permanecer» en Jesús, un tema especialmente querido para Juan. En su primera carta escribe: «Quien guarda sus mandamientos mora en Dios y Dios en él»; Y en la parábola de la vid y de los sarmientos, los términos «permanecer» y «morar» son el corazón.

Isaías, en el admirable «canto de la viña», describe la desilusión de Dios con Israel, su viña que había cuidado, plantado, cavado, defendido, pero de la que solo ha obtenido frutos amargos. Sin embargo, en las palabras de Jesús hay un cambio bastante singular. La vid ya no es Israel sino él mismo: «Yo soy la vid verdadera». Nadie lo había dicho nunca antes.

Para entender completamente estas palabras, es necesario situarlas en el contexto de la última cena, cuando Jesús las pronunció. Jesús se identifica con la vid, especificando que es la «verdadera» vid, obviamente para diferenciarse de la «falsa»; y añade: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos». Los discípulos están unidos al Maestro y forman parte integrante de la vid: no hay vid sin sarmientos y viceversa. Es un vínculo que va mucho más allá de nuestros altibajos psicológicos y nuestra condición buena o mala.

El Evangelio continúa: «Todo sarmiento que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto». Sí, precisamente quienes «dan fruto» conocen también el momento de la poda. Son aquellos cortes que, de vez en cuando, precisamente como sucede en la vida natural, es necesario realizar para que podamos estar «sin mancha». El texto del evangelio no significa que Dios mande dolores y sufrimientos a sus hijos mejores para ponerles a prueba o purificarles. El Señor no tiene necesidad de intervenir con los sufrimientos para mejorar a sus hijos.

La vida espiritual es siempre un itinerario o, si se quiere, un crecimiento. No hay ninguna edad en la vida que no exija cambios y correcciones, exactamente, podas. Estos cortes, a veces también muy dolorosos, purifican nuestra vida y hacen correr con mayor frescura la savia del amor del Señor. Jesús repite seis veces: «Permanezcan en mi». Es la condición para dar fruto, para no secarse y por tanto ser cortados y quemados.

Quizá aquella tarde los discípulos no entendieron. Jesús indicaba un camino para quedarse con él: se permanece en él si «sus palabras permanecen en nosotros», como Jesús mismo subraya. Es el camino que emprendió María, su madre, la cual «guardaba todas estas cosas Y las meditaba en su corazón». Es el camino que escogió María, la hermana de Lázaro, que se quedaba a los pies de Jesús para escucharle. Es el camino· seguido por cada discípulo.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 194-195

No pierdan la paz ni se acobarden

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Martes de la V semana de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (14, 27-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden.

Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje, con el que concluye el primer coloquio de Jesús con los suyos, es un fragmento compuesto, y contiene palabras de despedida y de consuelo por parte del Maestro, que deja su comunidad y vuelve al Padre.

Jesús, al despedirse de los suyos, les desea la «paz», el shalom, que es el conjunto de los bienes mesiánicos, un don que viene de Dios y que Jesús posee. El motivo del consuelo debe prevalecer sobre el temor y la inquietud: él, Jesús, es la paz.

Por eso añade Jesús una exhortación a la alegría. Aunque estén tristes por el alejamiento y el temor de quedarse solos, la separación de los discípulos respecto a Jesús es el paso hacia un bien mejor. Jesús va al Padre porque «el Padre es más» que él, es la plenitud de su gloria.

Ahora bien, la vuelta del Hijo al Padre está unida de manera inseparable al escándalo de la cruz. Jesús, con las predicciones que les ha hecho sobre su próxima muerte, no sólo pretende sostener la fe de los discípulos en el momento de la pasión, sino que quiere mostrar que los hechos que van a tener lugar forman parte del proyecto de Dios. En consecuencia, los suyos no deberán desanimarse: la fe será su fuerza y su único consuelo.

El tiempo terreno del Maestro está ahora a punto de concluir, le quedan pocos momentos para conversar aún con sus discípulos, «porque se acerca el príncipe de este mundo». Aunque se acerca Satanás, no tiene ningún poder sobre Jesús. Éste no tiene pecado y Satanás no tiene posibilidad de atacarle. La vida de Jesús está bajo el signo de la voluntad del Padre y se entrega libremente a la muerte en la cruz para que el hombre conozca la verdad.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 291-292.

El que me ama, cumplirá mi palabra

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Jesús y discípulos

Lunes V de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 21-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

Entonces le dijo Judas (no el Iscariote): “Señor, ¿por qué razón a nosotros sí te nos vas a manifestar y al mundo no?” Le respondió Jesús: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada.

El que no me ama no cumplirá mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió.

Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio que hemos escuchado prosigue el discurso de despedida de Jesús a los discípulos. Él está a punto de dejarles, pero el amor que tiene por ellos no termina. Les dice: «El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama». El Evangelio, que encierra el amor de Jesús corno en un cofre, no propone una de las muchas ideologías que de vez en cuando guían los comportamientos de los hombres. El Evangelio contiene el amor mismo de Jesús.

De hecho, este amor no es solo el motivo de la observancia de los mandamientos, sino la sustancia misma de los mandamientos. Ser cristianos no significa pertenecer a una civilización o a una cultura, a un club o a cualquier organización humana por mérito que tenga. El Evangelio pide unir la propia vida a Jesús.

Ya el Antiguo Testamento lo mencionaba en lo referente al tema de la sabiduría: «La sabiduría es radiante e inmarcesible. Se deja ver fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. (…) El amor es la observancia de sus leyes» (6, 12.18). Jesús sigue diciendo que el amor atrae también el corazón del Padre que está en los cielos y que él mismo se manifestará a quien le ama. Es la experiencia espiritual que cada creyente está llamado a vivir.

El apóstol Judas, uno de los doce, apodado Tadeo, le pide que se manifieste a todos y de modo llamativo. ¡Jesús no responde directamente a la pregunta de Judas, sino que aprovecha la oportunidad para aclarar qué significa verle después de la resurrección: el amor empuja a poner en práctica el Evangelio y el discípulo se convierte en la morada de Jesús y el Padre: «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada».

Si el amor falta, el Evangelio será una palabra muda y los hombres se encontrarán solos consigo mismos, alejados de Dios y a merced de las fuerzas malvadas y violentas del mal. Jesús advierte a los discípulos de este peligro y les promete el Espíritu Consolador. Será el Padre mismo quien lo derrame en sus corazones.

El Espíritu les acompañará a lo largo de la historia, enseñándoles todo y recordándoles las palabras de Jesús, que son la herencia preciosa para transmitir de generación en generación. A través de la acción del Espíritu, que nos ayuda a comprender el Evangelio cada vez con más profundidad, el Señor sigue estando presente en medio de nosotros y trabajando por el bien de la humanidad.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 195-196

Por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos

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Domingo V de Pascua

Textos

† Del santo Evangelio según san Juan (13, 31-33. 34-35)

Cuando Judas salió del cenáculo, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.

Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El quinto domingo de pascua, nos permite profundizar en la experiencia de Jesús resucitado de los llamados por el Señor «dichosos los que creen sin haber visto». En efecto, toca a nuestra generación manifestar, con la vida, la victoria de Cristo sobre el poder de la muerte, no como un slogan sino como una experiencia existencial que da sentido a nuestra vida.

Cristo resucitado se hace visible, se manifiesta en una comunidad que vive su mandamiento «aménse los unos a los otros, como yo los he amado», que es el distintivo del discipulado.

Esta es la afirmación central del mensaje de este domingo que se adereza con la contemplación del impulso misionero de Pablo y Bernabé y el horizonte de esperanza que desepeja la lectura del apocalipisis. Nosotros consideraremos sólo el mensaje del evangelio.

El contexto y la estructura

Las primeras palabras del texto que consideramos nos sitúan en el dinamismo de la pascua de Jesús: «Cuando Judas salió del cenáculo….»; ya se nos había dicho que: «era de noche».

El contraste entre la luz y la oscuridad se establece en nuestro texto en los dos que dejan el grupo.

  • Judas salió del cenáculo para alejarse definitivamente de Jesús y se pierde en las tinieblas al ponerse al servicio del poder del mal, encarnado en quienes odian al Maestro.
  • Jesús también se va, de hecho, se está despidiendo, pero su partida no conduce a la oscuridad, por el contrario, manifiesta el fulgor de la gloria, de la que en un texto breve como el que leemos, encontramos cinco menciones.

En el esplendor de esta luz se revela el amor extraordinario e incondicional de Dios por los hombres, una luz que brillará también en la vida de los discípulos cuando sean capaces de amarse con la profundidad y la fidelidad con que lo hizo Jesús crucificado.

El texto que leemos se estructura en dos partes. La primera se refiere a la persona de Jesús y al revelación de la gloria; se habla de la gloria como revelación del misterio de Dios, de la gloria de Jesús y de la gloria del Padre. La segunda, proyecta esta revelación en el estilo de vida de los discípulos; parte del hecho de la separación, se centra en el mandamiento nuevo del amor que será un distintivo de los discípulos y por el que se revelará la presencia del resucitado.

Primera Parte: La revelación de la gloria de Dios.

En la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el verbo glorificar significa hacer visible a alguien en el luminoso esplendor de su verdadera realidad; es hacer evidente, hacer visible, sacar a la luz, la verdad más profundo del otro.

A lo largo de su ministerio, Jesús siempre acentuó su relación con el Padre; describía la relación Padre-Hijo en términos de uno que envía y otro que es enviado; las palabras y las obras del Hijo provienen del Padre y ponen en evidencia la relación estrecha que hay entre los dos. Esto se aplica ahora a la Pasión y Muerte de Jesús; la Cruz no es separación ni abandono de parte del Padre, sino todo lo contrario: es la revelación de cuán hondamente Dios está en la vida de Jesús.

Decir que el Hijo glorifica al Padre y que el Padre glorifica al Hijo, indica que el uno revela al otro en la más asombrosa claridad. En el don de su propia vida y en sus consecuencias salvíficas el Padre y el Hijo han llevado a culmen su misión y le han revelado al mundo el esplendor de su relación recíproca y de su relación con la humanidad.

En el momento más oscuro, el de la muerte de Jesús en la Cruz, la luz del amor del Padre y del Hijo y de los dos por el mundo hace radiante el acontecimento.

Jesús es glorificado en el momento de la entrega de su vida; se abandona sin resistencias en el Padre en el momento de su muerte; así manifiesta el profundo amor que le tiene a Él y a nosotros: «Habiendo  amado  a  los  suyos  que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo»

Jesús deja su propia vida en manos de Dios y la entrega por nosotros: así se glorifica a Dios. Mediante esta acción del Hijo, Dios se revela como un papá que merece toda nuestra confianza; no habrá otra forma de entrar en un relación corretcta con él sino a través del abandono total, con absoluta confianza.

Todo esto lo descubrimos a través de la entrega de Jesús: el don de su vida revela el infinito amor de Dios por el mundo. Es Dios dándose a sí mismo.

En el momento de su muerte, el Hijo de Dios encarnado es acogido por el Padre en su misma vida divina, como dice Jesús «en la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo existiese».

EL amor del Padre por el Hijo también se revela en la Cruz. La exaltación de la Cruz nos hace ver una revelación sobre Dios. En ella, además de conocer cuánto ama el Padre al Hijo, vemos también cuán eficaz para salvarnos es esta entrega de amor.

En la exaltación del crucificado Dios se vacía de amor en la humanidad; de su pecho traspasado por la lanza, mana el don del espíritu, fuerza de vida eterna.

Segunda parte:

El amor de los discípulos revela el amor del Padre y del Hijo.

La salida de Judas del cenáculo cambia el panorma de la comunidad de discípulos; se hace evidente la partida de Jesús dejando solos a los discípulos, ante el anuncio de esta partida, «todavía estaré un poco con ustedes», se turbaron de tristeza.

Las palabras de Jesús son de consuelo, habla con ternura, termina la comunión terrena con el grupo de amigos que lo dejaron todo para seguirlo; comienza un nuevo tipo de relación entre el Maestro y los discípulos.

El mandamiento nuevo

Jesús da a sus discípulos el mandamiento del amor: «que se amen los unos a los otros, como yo los he amado»; es la manera concreta como Jesús continuará en medio de su comunidad y, al mismo tiempo, los discípulos serán identificados como tales.

Los discípulos, personalmente y en grupo han sido tratados por Jesús en forma amorosa; ahora su vida debe orientarse por ese mismo amor. La experiencia del amor de Jesús que alcanza su cumbre en la Cruz envuelve completamente la vida de los discípulos. La vida en el amor es la luz de los discípulos.

La novedad del mandamiento está en la experiencia de base: no se trata de un concepto abstracto o de algo genérico, sino que Jesús mismo es la referencia: «como yo los he amado», El comportamiento y las actitudes de Jesús dan los límites y el estilo del amor; por eso, su mandamiento es novedoso, porque sólo los discípulos han experimentado su amor y por que sólo el amor de Jesús, que revela el amor del Padre, se manifiesta plenamente en la Cruz.

Jesús dirá a sus discípulos que el amor de cada uno de ellos por los demás, debe representar la intensidad y la grandeza del amor de Jesús crucificado. El molde del amor de Jesús es la Cruz. No se trata sólo de amar, sino de amar a la manera de Jesús; esto significa, aceptar al otro aún en su pecado; es un amor que ayuda efectivamente, que transforma, un amor que se despoja de si mismo para buscar el bien del otro, como lo hizo Jesús.

De esta forma se revelará que Jesús está vivo y presente en medio de sus discípulos. Cada uno de los discípulos, en su forma de amar, hará presente a Jesús. La característica más importante de Jesús es el amor a su Padre Dios y al prójimo; la presencia del Resucitado se verificará precisamente en el amor de los discípulos, que alimentados del manantial inagotable del amor del Padre, se transformarán en fuentes de amor para su prójimo, al estilo de Jesús.

El amor de los discípulos revela la presencia del Resucitado.

El amor del Padre y del Hijo, capacitan a los discípulos para hacer presente en el mundo la fuerza de este amor. Jesús no nos pide nada que no nos haya dado antes, nos ofrece la experiencia de su amor, creando entre Él, nootros y los que nos rodean, una nueva dinámica relacional.

Acoger el amor de Jesús para recibirlo y ofrecerlo, es participar de su glorificación: el amor de los discípulos manifiesta el amor de Jesús; así el amor fraterno y misericordioso de los discípulos, a titulo personal y en comunidad, adquiere un rasgo sacramental constitutivo del discipulado; los distingue como discípulos al manifestar en su amor el amor del Padre y del Hijo.

La comunidad de los discípulos permanecerá como una lámpara siempre radiante ante el mundo. El amor recíproco al interior de ella y proyectado fuera de ella, será el reflejo de la relación que tiene con Jesús. La vida de la Iglesia se convierte así en un anuncio vivo de la presencia del Resucitado en el mundo.

 

[1] Oñoro F., En qué se conoce a un discípulo de Jesús, el amor a la manera del crucificado Juan 13, 31-35;; CEBIPAL/CELAM;  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 158-161.

Yo soy el camino, la verdad y la vida

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Camino

IV Viernes de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones.

Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.

Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.

Nadie va al Padre si no es por mí”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, después de haber dado a los Apóstoles el mandamiento del amor les dice que les dejará y los discípulos, al oírle hablar así, se entristecen. Jesús sigue hablándoles con palabras de consuelo: « No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones … Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo».

Jesús es el primero que desea que los lazos de amistad no se rompan, sino que duren eternamente, tanto que añade: «para que donde yo esté, estén también ustedes». No les abandona, quiere que estén con él para siempre. El va delante para preparar a cada uno de nosotros un lugar en la casa grande del Padre.

Con estas palabras, Jesús nos abre una pequeña ventana hacia nuestro futuro. ¡Cuántas veces nos hemos interrogado sobre la vida después de la muerte y sobre qué les ha sucedido a los amigos ya fallecidos, a aquellos a quienes hemos amado y por quienes quizá hemos trabajado y sufrido! El Evangelio no nos deja sin una respuesta para estas preguntas. Al contrario, casi queriendo hacemos tocar con la mano la consolación, nos habla del más allá como de una casa amplia, espaciosa, habitada por nuestros amigos, los cercanos y los lejanos.

Un camino seguro nos conduce hasta ellos y hasta ese lugar, es Jesús mismo. De hecho, es en el vínculo con él donde está la garantía de que nada de nuestra vida se pierde: ningún pensamiento, ningún gesto de cariño es vano, sino que todo se recoge y se conserva como un tesoro precioso e iluminado por la luz del anuncio de la victoria de la vida sobre la muerte que hemos recibido en Pascua. Jesús parece convencido de que los discípulos han comprendido la verdad sobre lo que hay después de la muerte, hasta el punto de decir: «Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy».

En realidad no era así, como tampoco es así para nosotros hoy. Tomás, en nombre de todos, pregunta cuál es el camino, y Jesús, una vez más, se expresa con claridad: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Permanecer unidos a él es la garantía para recorrer el camino adecuado para llegar hasta el Padre que está en los cielos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 191-192.

El siervo no es más importante que su amo

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Jesús lava los pies

IV Jueves de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 16-20)

En aquel tiempo, después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: “Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán  dichosos.

No lo digo por todos ustedes, porque yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado. Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy.

Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio que hemos escuchado nos lleva al interior del cenáculo. Jesús acaba de lavar los pies a los discípulos. Quería ofrecer a los discípulos una enseñanza que mostrara hasta dónde llegaba su amor por ellos. La intención del maestro era evidente, quería que este tipo de amor reinara entre sus discípulos de entonces y de siempre.

Inclinarse para lavarse los pies los unos a los otros debe ser el atributo más alto de quien quiera hacerse discípulo suyo. Jesús les dice con solemnidad: «el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía». Se llama a los discípulos de Jesús a comportarse siempre según la lógica de lavarse los pies los unos a los otros. Podríamos decir que era el modo más evidente para mostrar concretamente cómo amar a los demás.

Es en este empeño por donar la propia vida por los demás donde se esconde la alegría de los creyentes: «Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán  dichosos». La frase que el apóstol Pablo dirige a los ancianos de Éfeso confirma esta perspectiva: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir».

Es la presentación de un cristianismo que encuentra su alegría en amar a los demás, en gastar la propia vida por el Evangelio. No es que esto no cueste esfuerzo ni comporte sacrificios, pero la comunicación del Evangelio del amor mutuo proporciona una alegría aún más grande, porque nos hace participar del gran diseño de amor de Dios para el mundo.

Jesús conociendo la debilidad de los discípulos, les advierte de las dificultades que llegarán. En ese momento tendrán que resistir las insidias del mal que quiere arrebatarles de las manos buenas del Maestro. Es decisivo permanecer unidos al Señor Jesús de cualquier forma; el problema no es no tener pecado, sino volver poner en Jesús nuestra esperanza, también la de dejarnos perdonar cuando nos alejamos de él.

El evangelista parece sugerir la solemnidad de la epifanía de Jesús: « Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy». La fórmula «Yo Soy» evoca la voz que Moisés escuchó desde la zarza ardiente; en efecto, al escuchar a Jesús, escuchamos al Padre mismo que está en los cielos. El que acoge a Jesús como Señor, acoge también al Padre que está en los cielos. (Paglia, p. 190-191)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 190-191.

Yo he venido al mundo como luz

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jesús luz

IV Miércoles de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (12, 44-50)

En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna.

Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La perícopa constituye el epílogo de la vida pública: es el último fragmento del «libro de los signos» de Juan. El propio Jesús dirige una clara y definitiva llamada a todos los discípulos para que orienten su propia vida en lo esencial con una adhesión convencida y vital a su divina Palabra. Estas palabras son válidas y actuales para cualquier tiempo de la Iglesia.

Antes que nada, recuerda Cristo que el objeto de la fe reposa en el Padre, que ha enviado a su propio Hijo al mundo. Entre el Padre y el Hijo hay una vida de comunión y de unidad, por lo que «el que crea» en el Hijo cree en el Padre, y «el que ve» al Hijo ve al Padre. Existe una plena identidad entre el «creer» en Jesús y el «ver» a Jesús, entre el «creer» en el Padre y el «ver» al Padre.

Para el evangelista, nos encontramos frente a un ver sobrenatural que experimenta el que acoge la Palabra del Hijo de Dios y la vive. Cristo, es decir, la plena revelación de Dios, es el «rostro» de Dios hecho visible. Quien se adhiere a él reconoce y acepta el amor del Padre.

Desde el Padre y el Hijo, pasa Juan, a continuación, a considerar «el mundo» en el que viven los hombres. Quien tiene fe en Jesús entra en la vida y en la luz. Ahora bien, la necesidad de creer en el Hijo y en su misión está motivada por el hecho de que él es «la luz del mundo».

Quien acoge la luz de la vida escapa de las tinieblas de la muerte, de la incomprensión y del pecado, y se salva a sí mismo de la situación de ceguera en la que con frecuencia se encuentra el hombre. En efecto, el verdadero discípulo es el que cree, guarda en su corazón y pone en práctica las palabras de Jesús. Por el contrario, el que no cree ni vive las exigencias del Evangelio incurre en el juicio de condena y, el último día, será cribado por la misma Palabra de vida que no ha acogido.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 233-234.

A ustedes los llamo amigos

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discípulos 2

14 de mayo

San Matías, Apóstol

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 9-17)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo.

Permanezcan en mi amor.

Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena.

Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos.

Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando.

Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre.

Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La perícopa evangélica prosigue y profundiza el tema del amor. Jesús, prosiguiendo con la analogía de la vid y los sarmientos, añade matices siempre nuevos para hacer comprender cuál es la relación que le une al Padre y a los hombres. La expresión «permanece en él» se explica ahora en el sentido de «permanecer en su amor», es decir, en esa circulación de caridad, de pura donación, que es la vida trinitaria en sí misma y en su apertura al hombre.

A Jesús, como bien atestiguan sus parábolas, no le gusta el lenguaje abstracto. Si habla, es para ofrecer palabras que son «espíritu y vida » y, por consiguiente, tienen que poder ser comprendidas y vividas por todos.

Permanecer en su amor es así sinónimo de «observar sus mandamientos». Una vez más es la vida trinitaria el modelo que se propone al hombre: Jesús permanece en la caridad del Padre y es una sola cosa con él porque acoge, ama y realiza plenamente su voluntad. Como dice el himno cristológico de Filipenses 2, «se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó…». Esta unión de voluntades, con la seguridad de que el designio del Padre es el verdadero bien, es la alegría del Hijo, y él, al pedir la observancia de sus mandamientos, no hace otra cosa que invitar al discípulo a participar de su misma alegría.

Su mandamiento es el amor recíproco, hasta estar dispuesto a ofrecer la vida por los demás. Ese amor es el que hace caer todas las barreras, hace «prójimo» a todo hombre, hace nacer una amistad que sabe compartir las cosas más importantes. Su realización perfecta se encuentra en Jesús, que, antes de morir, dice a sus discípulos: «Ya no los llamo siervos, sino amigos», aunque sabe que muy pronto le dejarían solo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 331-332.

Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará

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Yo soy la puertaLunes IV semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (10, 1-10)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas.

A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado.

Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir.

Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En esta página del Evangelio Jesús se propone como el «buen pastor» que recoge a las ovejas dispersas y las guía por el camino de Dios. Aunque la imagen sea antigua, su verdad es más actual que nunca. Los hombres y las mujeres viven una condición de dispersión y de soledad que quizá nunca haya sido tan intensa como hoy.

El impulso hacia la disgregación es más fuerte que el que lleva hacia la solidaridad: individuos y pueblos sienten sus intereses por encima de todo y de todos. Crecen cada vez más las distancias y los conflictos. El sueño de la igualdad se considera incluso peligroso. Hasta se exalta como un valor el hecho de no tener que depender de nadie y no dejarse influenciar ni condicionar nunca por nadie.

En este clima crecen y se multiplican los «ladrones» y los «salteadores», es decir, los que roban la vida de los demás para obtener una ganancia personal. Incluso la vida humana se convierte en una mercancía para vender y robar. La dictadura del mercado no perdona a nadie, y los más débiles son los más castigados y de los que más se abusa. La globalización, que ha acercado a los pueblos, no les ha hecho hermanos.

Se necesita un «buen pastor» que conozca a las ovejas y las salve, una a una, conduciéndolas a todas a los pastos para que se alimenten lo suficiente. En cambio, son demasiados los «ladrones» y los «salteadores» que siguen robando la vida de los demás, sobre todo de los más pequeños, los ancianos y los indefensos. Muchos corremos el riesgo de convertimos en sus cómplices, de hecho, cada vez que nos encerramos en nuestro egocentrismo, no solo somos nosotros mismos su presa, sino que nos convertimos en cómplices de sus robos.

No es casualidad que el papa Francisco haya condenado la globalización de la indiferencia y la ausencia de llanto por el que muere abandonado. San Ambrosio señalaba con razón: «¡Cuántos señores acaban por tener aquellos que rechazan al único Señor!». Jesús, buen pastor, nos reúne de la dispersión para guiamos hacia un destino común y, si es necesario, va a buscar personalmente a quien se ha perdido para llevarle de nuevo al redil.

Para hacer esto no teme tener que pasar, si es necesario, por la muerte, seguro de que el Padre devuelve la vida a quien la gasta con generosidad por los demás. Es el milagro de la Pascua. Jesús resucitado es la puerta que se ha abierto para que nosotros entremos en la vida que no acaba. Jesús no solo no nos roba la vida, sino que nos la da en abundancia, multiplicada para la eternidad.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 186-187.

Mis ovejas escuchan mi voz

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buen pastor.jpg IV Domingo de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (10, 27-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi padre.

El Padre y yo somos uno”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de habernos presentado tres testimonios de encuentros con Jesús resucitado, la liturgia pascual da un giro, para que como discípulos podamos contarnos entre los dichosos por creer sin haber visto. El cuarto domingo contemplamos al Buen Pastor, icono de la madurez cristiana, el quinto domingo, el mandamiento del amor, distintivo de la vida pascual del discípulo y el sexto domingo, la promesa del Espíritu Santo, asistencia divina que Jesús ofrece para vivir en el mundo como testigos de su resurrección.

Cada año, el cuarto domingo de Pascua, el evangelio pone ante nosotros la imagen del Buen Pastor, con la que Jesús se describió a si mismo, y que nos hace entenderlo como presencia de Dios en medio de su pueblo, para congregarlo, alimentarlo y defenderlo, en una palabra, para darle vida. La invitación de Jesús a identificarnos con Él nos hace entender que la estutura que el discípulo está llamado a alcanza es precisamente la del Buen Pastor, hombres y mujeres con capacidad de intimidad con Dios a partir de la escucha de su Palabra, con capacidad de entregar la vida para dar y defender la vida de quienes les son confiados.

El contexto

La catequesis del Buen Pastor, la encontramos en el evangelio de Juan, capítulo 10, versículos del 1 al 18. Después de la catequesIs y de las reacciones del auditorio el evangelista nos sitúa en Jerusalén, en medio de la fiesta de la Dedicación del Templo. Se presenta a Jesús paseándose por el pórtico de Salomón y a un grupo de judíos en torno suyo que le exige una respuesta clara y abierta acerca de su identidad; quieren saber si  Él es o no el Mesías (=el Cristo).

Jesús no les da un si, ni un no; les responde con un discurso que excede las expectativas que tienen sus interlocutores. Jesús aborda una vez más el tema del Buen Pastor, describiendo la calidad de sus relaciones y el contenido de ellas; habla del qué, del por qué y del para qué de una relación; habla de todo lo que alguien puede y debe hacer por otro para ofrecerle bienestar y calidad de vida.

La imagen del Buen Pastor es perfecta para hablar de la relación entre Jesús y nosotros. Quien quiera saber en definitiva quién es Él, cuál es su realidad más profunda, debe contemplar sus actitudes y acciones de Pastor. La imagen nos ayuda a comprender la estatura moral que se espera de un discípulo de Jesús, llamado a alacanzar la plena madurez en Cristo (Ef 4, 13).

El texto

Jesús se deja conocer

Pero no se describe a si mismo con una definición abstracta, sino de forma concreta, con acciones que se pueden verificar, por ello remite a las obras del Padre, que en definitiva son las que dan testimonio de Él. Si observamos las acciones de Jesús, podemos descubrir el sentido de su presencia en el mundo y que todo lo que hace y dice tiene una fuente: la relación de intimidad que hay entre Él y el Padre Dios.

En el texto que contemplamos, Jesús deja conocer su identidad a través de los verbos que articulan el discurso. 1. Conocer; 2. Dar -vida-; 3. No dejar arrebatar -proteger, dar seguridad en el peligro- y 4. Ser uno -comunión de vida, proyecto y acción-; todos estos verbos se pueden sintetizar en el verbo amar, sobre el que volveremos la próxima semana al meditar el mandamiento del amor.

Estos verbos nos permiten conocer el tipo de relación que Jesús quiere establecer con nosotros y lo que podemos esperar de encontrarnos con él. Lo que Jesús hace por nosotros, nos intruduce en la dinámica de la fe, que también se especifica en tres verbos que encontramos hoy en el texto que contemplamos: 1. Escuchar la voz de Jesús; 2. Seguir la dirección del Pastor; 3. Ser don del Padre a Jesús.

Estos siete verbos, los cuatro que describen la identidad de Jesús y los tres que especifican la dinámica de la fe, entrañan toques de ternura, y pueden ser visualizados mediante la relación de un pastor con sus ovejas. Para saber quién es Cristo para mi es necesario dejarlo hablar y escuchar atentamemte su enseñanza; en lo que nos dice, nos muestra quién es él verdaderamente y como está presente en nuestra vida y que podemos esperar de Él con certeza.

La relación de Jesús y sus discípulos

Las palabras de Jesús que contemplamos este domingo, con el trasfondo del pastoreo de las ovejas, se centran en la descripción de su relación con todas las personas, que han entrado en la dinámica de la fe y han puesto su confianza en Él.

Las tres características de la relación con Jesús son:

– Escuchar – seguir. «mis ovejas escuchan mi voz… y ellas me siguen». Las dos acciones que caracterizan a un discípulo de Jesús son: escucha y seguimiento; mediante la obediencia de la Palabra.

Jesús se refiere a su ovejas; emplea el posesivo «mis ovejas» y deja conocer el estilo de su liderazgo. Vive su misión gratuita y sin condiciones; dispuesto a ofrecer la vida y a afrontar la muerte; a exponerse en primera persona para salvar a los que le pertenecen porque el Padre se los ha dado.

– Conocer – Dar. El rebaño del Pastor, no está formado por una masa de individuos; Jesús nos identifica, conoce nuestra historia, nuestras dificultades, nuestros defectos y nuestra personalidad. Nos conoce y nos acepta como somos, y así, desde la verdad de nuestro ser establece con nosotros una relación de intimidad, como la que el Hijo tiene con el Padre, relación que nos ofrece la vida eterna.

Jesús está siempre cercano a sus ovejas, con premura, con atención, con paciencia, con delicadeza, con dedicación hasta el don total de sí mismo desde la Cruz, para que los suyos, los que el Padre le ha dado, tengan vida.

– No perecerán – nadie las arrebatará. Nadie que entre en una relación de intimidad con Jesús, irá a la perdición ni será arrebatado de la mano de Jesús, porque Él es el Buen Pastor. Quien ama no quiere que el amor termine, el amor pide eternidad, en esta perspectiva, la relación de intimidad con Jesús en la dinámica del amor, nunca expoine nuestra vida, por el contrario, da vida y seguridad.

Amor recíproco. En esta relación, 1. la iniciativa es de Jesús; el ha hablado y obrado primero; 2. La relación se entabla desde la atracción, mediante el llamado, nadie fuerza a amar o a actuar contra la propia voluntad; 3. Jesús busca a todos, incluso a quienes le cierran las puertas y a sus enemigos. Es un amor que nos sobrepasa; sin embargo este amor no se activa si no hay reconocimiento y amor recíproco. Por eso es importante la respuesta personal, que implica la vida y la saca de la pasividad.

Entramos en comunión  con el Buen Pastor en la medida que lo escuchamos y lo seguimos; para que sea verdaderamente nuestro Pastor tenemos que dejarlo que nos guíe, que nos indique la dirección, el camino recto y dejar que este horizonte purifique nuestras motivaciones y deseos, para alcanzar la plenitud, la realización de nuestro ser que proviene de nuestra comunión eterna con él.

Amor para siempre

Las palabras de Jesús, sobre el Buen Pastor, enfocan nuestra mirada hacia el futuro; los verbos en el texto progresan en esta dinámica hasta afirmar que a las ovejas de Jesús «nadie las arrebatará» de su mano. Con ello, Jesús nos asegura que sólo Él puede prometernos: la vida eterna, la defensa de todo mal y la comunión con Dios que no puede destruirse.

El don de una vida eterna. Quienes se aman se cuidan, mientras viven; cuando la persona amada muere, es imposible hacer algo por ella. La relación con Jesús es distinta: para él no existe el límite de la muerte; el cuidado del Buen Pastor por sus ovejas supera la barrera del tiempo; de hecho la finalidad última del buen Pastor es darnos vida eterna.

La defensa de todo mal. La protección del buen Pastor nos da seguridad; en sus manos, nuestra vida está segura; su protección es más fuerte que todas las fuerzas del mal. Si Jesún nos protege no podemos perdernos; nada puede vencerlo. Jesús es el Cristo, su vida están en función de la nuestra; juega un papel decisivo para el sentido de nuestra vida y para el logro de nuestra realización personal.

Jesús nos conoce, nos ama y hace por nosotros lo que nadie podría hacer; sólo nos pide purificar nuestro concepto de Él; no es un mesías de bienes terrenos; ni un Mesías de esplendor y poder; es el Pastor que nos invita a vivir una relaciòn intensa, profunda y estable con Él.

Nadie le arrebatará nada de la mano del Padre.

Jesús nunca se presenta como una persona solitaria, al contrario: se muestra siempre como una persona amada que es capaz de amar; Jesús siempre está generando y animando relaciones. Si miramos con atención el evangelio notaremos enseguida que Jesús aparece continuamente inquieto por hablarnos de su relación con el Padre y por demostrarnos  todo  el  obrar  eficiente,  salvífico  y  vivificante  que  proviene  de  esta relación. El amor fundante entre el Padre y el Hijo se concreta en obras vivificantes por la humanidad.

Jesús y Dios Padre son uno en sus intenciones y en su acción. Por lo tanto el amor de Jesús y sus discípulos está sustentado por esta indestructible unidad. Jesús le anuncia esta Buena  Nueva  a  sus  discípulos  con  el  símbolo  de  la  mano que  acoge, sostiene y protege. Así es la mano potente y tierna del Padre Creador. Nuestra amistad con Jesús se beneficia del amor poderoso de Jesús con el Padre. De esta forma el pastoreo de Jesús tiene garantía: podemos confiar en Él porque bajo su dirección lograremos la meta de nuestra vida. El futuro de nuestra vida no es distinto del futuro de nuestro amor.

Conclusión

Además del mensaje extraordinario que nos estimula a entender, a apreciar y a cultivar nuestra relación con Jesús; encontramos una pista para interpretarnos a nosotros mismos en términos de madurez cristiana,

Así como maduramos como personas, el discípulo está llamado a madurar en su vida de fe; estos procesos no se implican, pero si se potencian. Una persona puede madurar en su cuerpo, en su inteligencia, en su capacidad de relacionarse y en términos de madurez cristiana no alcanza la mayoría de edad, porque sólo oído hablar de Cristo pero no lo conoce; no lo conoce porque no lo escucha, porque no lo sigue, porque no vive con él una relación de intimidad que le lleve a la intimidad con Dios, fuente de la vida.

Quien ha madurado en la fe, se acerca a la estatura de Cristo, porque aprende de Él a vivir como hijo de Dios y a ser, como Él. Es capaz de congregar, de convocar, de reunir, porque su palabra, digna de confianza, es escuchada; es capaz de alimentar a los demás, nutriéndolos con su propia vida, estableciendo relaciones de intimidad, porque sabe conocer a las personas y les permite que le conozcan, porque sabe desgastarse cada día para que las personas que le son confiadas, tengan vida; es capaz de cuidar, proteger y defender, a los suyos, olvidándose de sí mismo y enfrentando el mal que amenaza la unidad, el amor y la vida.

Estamos llamados, en todas nuestras relaciones, a inspirar seguridad y confianza. De esta forma tejeremos la anhelada comunión, la unidad (como la del Padre y el Hijo), que colma de sentido cada segundo de nuestro tiempo, que es capaz de vencer el mal que amenaza y acaba con las relaciones más bellas, que es capaz traspasar las barreras del muerte y prolongar el amor indefinidamente en la eternidad.

 

[1] F. Oñoro, La solidez de la Iglesia reposa segura sobre la fuerza de su Pastor. Lectio Divina de Juan 10, 27-30, CELAM/CEBIPAL.

Mis palabras son Espíritu y Vida

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espíritu y vida 2 

Sábado de la III semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (6, 60-69)

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús dijeron al oír sus palabras: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?” Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”.

(En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar). Después añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿ a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Concluye el gran «discurso del pan» que Jesús está haciendo en la sinagoga de Cafarnaún. Todo el texto evangélico nos dice una verdad fundamental: Jesús «es» el pan y no sólo «tiene» el pan, como la gente pensaba tras ver el milagro de la multiplicación de los panes.

Esta afirmación de Jesús como «el pan de vida» la sienten como excesiva incluso los discípulos, los cuales se dicen unos a otros: «Este modo de hablar es intolerable». Ellos, en aquellas palabras, comprenden que «comer la carne y beber la sangre de Jesús» significa, como así es, acoger un amor tan grande que implique toda su vida.

No logran aceptar un amor tan grande y comprometedor. Prefieren estar libres de cualquier atadura. Es una tentación que en este tiempo parece afirmarse cada vez más ampliamente. Se prefiere estar solos consigo mismos. Entonces, si esta es la perspectiva que se afirma, ¿cómo es posible aceptar un vínculo como el que Jesús nos pide de formar parte de su propia carne?

Entonces es mejor abandonar a Jesús. Quizá aquellos discípulos habrían aceptado unirse a un Dios cercano, pero que no entrara profundamente en sus vidas. En otras palabras, amigos, pero de lejos; discípulos, pero hasta un cierto punto. Sin embargo, para Jesús la amistad es radical y determinante de la totalidad de la existencia. Este es el Evangelio que vino a comunicar a los hombres: la radicalidad de un amor que lleva a dar la vida por los demás, sin ponerse ningún límite, ni siquiera el de la muerte.

Este tipo de amor, los autores del Nuevo Testamento lo llaman «ágape», es más fuerte incluso que la muerte. Jesús no puede renunciar a comunicar este Evangelio de amor y a los discípulos, que se escandalizaban por estas palabras, les dice que se escandalizarían más si le vieran «subir adonde estaba antes». Jesús sabe bien que solo con los ojos de la fe es posible reconocerle y acogerle y les reafirma así que, sin la humildad de dejarse ayudar, es imposible comprender su Palabra.

Jesús, dolorido por el abandono de muchos discípulos, se dirige a los «Doce» y les pregunta: «¿También ustedes quieren dejarme?». Es uno de los momentos más dramáticos de la vida de Jesús. No podía renegar de su evangelio, incluso a costa de quedarse solo. El amor evangélico o es exclusivo, sin limitación alguna, o no lo es. Pedro, que tal vez vio los ojos de Jesús apasionados pero también inmóviles, se deja tocar el corazón y, tomando la palabra, dice a Jesús: «Señor, ¿ a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». No dice «a donde» vamos a ir, sino «a quién» vamos a ir. El Señor Jesús es verdaderamente el único salvador nuestro.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 184-185.

El que cree en mí, tiene vida eterna

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Pan de Vida 3 Jueves de la III semana de pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (6, 44-51)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios.

Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.

Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida.

Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Las anteriores revelaciones de Jesús sobre su origen divino -«Yo soy el pan de vida» y «Yo he bajado del cielo» – habían provocado el disentimiento y la protesta entre la muchedumbre, que murmura y se vuelve hostil. Resulta demasiado duro superar el obstáculo del origen humano de Cristo y reconocerlo como Dios. Jesús evita entonces una inútil discusión con los judíos y les ayuda a reflexionar sobre la dureza de su corazón, enunciando las condiciones necesarias para creer en él.

La primera es ser atraídos por el Padre, don y manifestación del amor de Dios por la humanidad. Nadie puede ir a Jesús si no es atraído por el Padre. La segunda condición es la docilidad a Dios. Los hombres deben darse cuenta de la acción salvífica de Dios respecto al mundo. La tercera condición es escuchar al Padre. De la enseñanza interior del Padre y de la vida de Jesús es de donde brota la fe obediente del creyente en la Palabra del Padre y del Hijo.

Escuchar a Jesús significa ser enseñados por el Padre mismo. Con la venida de Jesús queda abierta la salvación a todo el mundo; ahora bien, la condición esencial que se requiere es dejarse atraer por él, escuchando con docilidad la Palabra de vida. Aquí es donde el evangelista precisa la relación entre la fe y la vida eterna, principio que resume toda regla para acceder a Jesús.

Sólo el hombre que vive en comunión con Jesús se realiza y se abre a una vida duradera y feliz. Sólo «quien come » de Jesús -que es el pan de la vida- no muere; pues da la inmortalidad a quien se alimenta de él, a quien, en la fe, interioriza su Palabra y asimila su vida.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 175-176.

Señor, danos siempre de ese pan

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pan de vida Pascua

Martes de la III semana

Textos 

† Del evangelio según san Juan (6, 30-35)

En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús: “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo”.

Jesús les respondió: “Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo.

Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”. Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”.

Jesús les contestó: “Yo soy el pan de la vida.

El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?». Jesús  había reprendido a sus discípulos por buscar solo su propia satisfacción. A su pregunta Jesús no responde con una multiplicidad de cosas que hacer, como afirman los fariseos, sino indicando una sola cosa necesaria: creer en el enviado de Dios.

Sin embargo, la multitud insiste, quiere conseguir un signo aún más extraordinario que acredite a Jesús como enviado de Dios. Quizá querían que Jesús resolviera el problema del alimento no solo para las cinco mil personas que se habían beneficiado del milagro, sino para todo el pueblo de Israel como había sucedido con el maná.

El recuerdo del maná permanecía muy vivo en la tradición de Israel. Con la venida del Mesías todos esperaban la repetición de este milagro. En cualquier caso, aparece también el egocentrismo de la multitud y la poca confianza en Jesús, no quieren arriesgar nada. Ante su insistencia, Jesús responde que no fue Moisés quien dio el pan venido del cielo, sino «es mi Padre el que les  da el verdadero pan venido del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo».

Jesús, al usar las palabras «pan verdadero», interpreta el maná como imagen del nuevo pan que el Mesías traería en el futuro. Era él mismo el nuevo pan, «el pan de Dios» que baja del cielo, pero la dureza del corazón y de la mente de quienes le, escuchan no permite acoger en profundidad las palabras de Jesús. Siguen interpretándolas a partir de ellos mismos, de sus necesidades, de su instinto. No entienden lo que Jesús quiere decir realmente.

Nos sucede también lo mismo a nosotros cuando no profundizamos en las palabras evangélicas porque las escuchamos queriendo reducirlas a nuestro horizonte, sin comprender que nos impulsan a ir más allá. Es necesaria una lectura «espiritual» de la Biblia, una lectura realizada en la oración y en la disponibilidad del corazón.

La Sagrada Escritura debe escucharse con la ayuda del Espíritu y en la comunión con los demás hermanos. Sin la oración, nos arriesgamos a tener delante nuestro, no al Señor que nos habla, sino a nosotros mismos. Sin la comunidad de los hermanos, nuestro «yo» nos impide el diálogo amplio para el que se escribió la Biblia.

En este punto, la petición de la multitud es correcta: «Señor, danos siempre de ese pan». Pero Jesús no se echa atrás y, con una claridad incluso más obvia, afirma solemnemente: «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed». Es una afirmación solemne y típica en el Evangelio de Juan. Con esta expresión Jesús muestra su origen divino.

Al hojear las páginas del cuarto Evangelio, vemos que Jesús utiliza muchas imágenes concretas para hacemos comprender la grandeza de su amor por nosotros: Él es el pan verdadero, la vida verdadera, la verdad, la luz, la puerta, el buen pastor, la vid verdadera, el agua viva … es la resurrección.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 179-180.

No trabajen por ese alimento que se acaba

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Jesús y sus discípulos 3

Lunes de la III semana de pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (6, 22-29)

Después de la multiplicación de los panes, cuando Jesús dio de comer a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el lago. Al día siguiente, la multitud, que estaba en la otra orilla del lago, se dio cuenta de que allí no había más que una sola barca y de que Jesús no se había embarcado con sus discípulos, sino que éstos habían partido solos. En eso llegaron otras barcas desde Tiberíades al lugar donde la multitud había comido el pan.

Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm para buscar a Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste acá?” Jesús les contestó: “Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse. No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello”.

Ellos le dijeron: “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?” Respondió Jesús: “La obra de Dios consiste en que crean en aquel a quien él ha enviado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de la multiplicación de los panes, la multitud, que se había quedado en la otra orilla del mar, viendo que ya no estaban con ellos ni Jesús ni los discípulos, subió abordo de otras barcas venidas desde Tiberíades -situada cerca del lugar donde habían comido el pan milagrosamente multiplicado- y se dirigió a Cafanaum para buscar a Jesús. Le encontraron «a la orilla del mar» señala el evangelista.

En efecto, Jesús no estaba donde ellos le buscaban. No era el «rey» que ellos deseaban para satisfacer sus aspiraciones, por legítimas y comprensibles que estas fueran. La búsqueda del Señor requiere ir más allá de uno mismo y de las propias costumbres, incluso las religiosas. Aquella multitud debía ir más allá, mucho más allá-verdaderamente «a la otra orilla del mar»- de lo que pensaban.

No habían comprendido el sentido profundo de la multiplicación de los panes, de hecho, cuando llegan hasta Jesús, resentidos como si les hubiera abandonado, le preguntan: «¿Cuándo has llegado aquí?», y Jesús responde desenmascarando la comprensión egocéntrica del milagro de los panes. No habían comprendido el «signo», es decir, el significado espiritual de aquel milagro que Jesús había realizado.

En realidad, los milagros no eran solo la manifestación del poder de Jesús; eran más bien «signos» que indicaban el nuevo reino que él había venido a instaurar en la tierra. Aquellos signos pedían la conversión del corazón a quienes los recibían y los veían, o sea, la elección de estar con Jesús, de seguirle y participar con él en la obra de transformación del mundo que aquellos «signos» ya indicaban.

Jesús, como el buen pastor que conduce a su rebaño explica a aquella muchedumbre el sentido del milagro al que habían asistido: «no trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre ». El pan que viene del cielo es Jesús mismo, él es el Reino, la justicia, el amor sin límites que el Padre ha dado a los hombres.

En el Evangelio apócrifo de Tomás se lee una sentencia que fue pronunciada por Jesús: «Quien está cerca de mí está cerca del fuego, y quien está lejos de mí está lejos del Reino». Acoger este don con todo el corazón y hacer de él el alimento cotidiano es la «obra» que el creyente está llamado a realizar. No es un sentimiento vago, sino una verdadera «obra», que exige elección, decisión, compromiso, trabajo, cansancio y sobre todo implicación apasionada y total; y por tanto una gran alegría.

Nadie puede delegar esta «obra» en otros. Convertirse en discípulos de Jesús significa dejar que el Evangelio modele nuestra vida, nuestra mente, nuestro corazón, hasta transformamos en hombres y mujeres espirituales. Mientras escuchamos la Palabra de Dios y nos comprometemos a seguirla, vemos que se aclaran nuestros ojos y Jesús se nos presenta como el verdadero pan bajado del cielo que nos alimenta el corazón y nos sostiene en la vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 177-179.

Muchachos, ¿han pescado algo?

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Tercera aparición  III Domingo de Pascua – Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Juan (21, 1-19)

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo) , Natanael (el de Caná de Galilea) , los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: ‘”Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan.

Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres?”, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de almorzar le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” El le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.

Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”. Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”.

Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este capítulo enlaza con el relato evangélico precedente, de modo parecido a como los Hechos de los Apóstoles continúan el evangelio de Lucas, aunque su extensión sea notablemente menor.

El cuarto evangelista, después de haber hablado de Jesús que confiere la misión a sus discípulos, presenta, en clave simbólica, un episodio paradigmático de la misión, con objeto de señalar cuáles son las condiciones para el fruto de ésta, y lo que significa Jesús en ella.

Si, en el capítulo 20, Jesús resucitado aparece como centro de la vida interna de la comunidad y punto de origen de la misión, aquí, en el capítulo 21, aparece como presente en el trabajo, en la misión misma.

Podemos distinguir claramente en el capítulo dos secciones y un colofón. La primera nos presenta la misión evangelizadora de la comunidad y la presencia de Jesús en ella. La segunda resuelve el problema de Pedro y aborda los temas de la misión, el seguimiento y la libertad profética. El colofón cierra la obra entera de Juan.

En la primera sección Jesús se manifiesta por tercera vez a los discípulos. Pedro, Tomás, Natanael, los hijos de Zebedeo y los otros dos discípulos aquella noche, en la que habían vuelto al oficio de pescadores de peces y ya no de hombres, «no pescaron nada». Ya Jesús les había dicho: «Separados de mí no pueden hacer nada»; mientras todo parecía terminar de manera frustrante, Jesús sale a su encuentro; y con él la noche terminaba y comenzaba un nuevo día.

Les ve y les pregunta si tienen peces para comer. Aquellos siete confiesan su pobreza y su impotencia. No tienen siquiera los cinco panes y los dos peces que presentaron a Jesús en la primera multiplicación de los panes. Jesús, a quien no han reconocido aún, les invitó a buscar en otra parte: «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces». Es la invitación que Jesús les había hecho al comienzo de su amistad en aquel lago y aquel día la pesca fue milagrosa.

Precisamente ha sido esta experiencia extraordinaria la que ha abierto los ojos al discípulo que Jesús amaba, que exclama: «Es el Señor». Simón Pedro, en este momento, comprende toda su indignidad, se pone enseguida el vestido y va nadando hacia Jesús. En cambio, los otros vienen detrás con la barca arrastrando la red llena de peces. Nadie se atrevía a preguntarle nada. Se quedaron sin palabras, como cuando uno se ve superado por el amor y la ternura

En la segunda sección la pregunta de Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que estos?». Jesús interpela a Pedro sobre el amor. No le recuerda la traición. El amor cubre un gran número de pecados; y Pedro enseguida respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Es una respuesta más verdadera que la que había dado aquel jueves por la noche en el cenáculo cuando dijo a Jesús: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte»; y Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas»; sé responsable de los hombres y de las mujeres que te confío. ¿Precisamente Pedro, que había mostrado no estar en condición de permanecer fiel, tenía que ser el responsable? ¿Precisamente él? Sí, porque ahora Pedro acoge el amor que Jesús mismo le entrega; y en el amor uno se vuelve capaz de hablar, de dar testimonio, de cuidar de los demás.

Detengámonos en algunas claves para una mejor comprensión del texto que contemplamos, sin perder de vista que  el texto que leemos, nos ofrece un proceso de renovación pascual, que bien podemos apropiarnos.

  1. El escenario y la situación de los discípulos.

El punto de partida es importante, se describe la situación. Notemos estos detalles:

  • Se trata de la “tercera manifestación del Resucitado”. ¿Por qué es necesaria repetición?
  • La aparición ocurre ‘al amanecer’; y a diferencia de las mujeres y de Pedro y el discípulo amado, no encontrarán una tumba vacía, sino a Jesús en persona.

Su peculiaridad consiste en que retrata una ‘crisis’. Sólo quedan siete discípulos que después de la experiencia del calvario se encuentran en la situación inicial del discipulado: están pescando, lo han intentado toda la noche, pero su esfuerzo parece ser inútil, pues no tienen resultados.

  1. Detalles de la primera parte: el encuentro con el Resucitado

La tercera manifestación de Jesús se distingue por cuatro detalles que se articular en la relación palabras-gestos.

  • La iniciativa proviene de Jesús: Él habla primero y los interpela sacando a la luz su situación; les da una instrucción; los invita a comer con él.
  • Ellos lo identifican. El discípulo amado es quien lo identifica a partir de su palabra y su efecto en la pesca abundante: ‘¡Es el Señor!’. La certeza de que es Jesús les acompaña en silencio durante el desayuno en la playa.
  • La red llena de peces ha sido interpretada simbólicamente en la patrística sea por el número de peces sea por el hecho de que no se rompe.
  • En el desayuno son significativas las palabras de Jesús: ‘Traigan…’ y ‘vengan a comer’. Jesús ya tiene preparado el pan y el pez, y sin embargo les pide poner de lo que tienen.

 

  1. Detalles de la segunda parte: la triple confesión de amor.

Ahora, a la orilla del lago, Jesús y Simón Pedro continúan junto a la fogata; la escena se enfoca sólo en ellos. La fogata nos recuerda la escena de las negaciones. Cinco aspectos emergen en el diálogo:

  • Jesús lo interroga llamándolo ‘Simón, hijo de Juan’, su nombre antes de la vocación.
  • Lo que se indaga es ‘su amor’. El lenguaje de las raíces profundas de la vida coincide con el lenguaje religioso. En la triple pregunta hay un juego de palabras

a) ¿Me amas?         – Te quiero

b) ¿Me amas?         – Te quiero

c) ¿Me quieres?      – Te quiero

       Notemos la variante:

*  El ‘amar’ (griego: ‘agapaō’) connota un acto de elección, un entregarse totalmente a otro por su bien. Es el amor-donación. Aquí implica: ‘¿Todavía estás dispuesto a dar tu vida por mí?’.

* El “querer” (griego: ‘fileō’) connota el amor como sentimiento de afecto, describiendo el vínculo profundo que se genera entre las dos personas, esto es, la amistad. Aquí se podría entender: ‘¿Quieres ser mi amigo?’.

  • La triple pregunta establece un comparativo: ‘Mas que éstos’ -al líder se le pide un amor mayor que los otros-. En la respuesta Pedro no confiesa su amor a partir de la comparación con los otros, sino que se remite al conocimiento de Jesús: ‘tú sabes… tú sabes… tú lo sabes todo… tu sabes’.
  • En el encargo pastoral, Jesús se remite a la imagen del Buen Pastor. En el huerto de Getsemaní, Pedro demostró su amor por Jesús tomando la iniciativa -más que los otros- y con la espada del odio a los enemigos. En cambio, Jesús demostró su amor salvándole la vida a los suyos: ‘Así se cumplió lo que él mismo había dicho: No he perdido a ninguno de los que me diste’. El amor del pastor da la vida por las ovejas.
  • En el triple encargo hay otro juego de palabras con los verbos del pastoreo: “Apacentar” (en griego, boskō) a mis corderos. Connota lo que el Pastor le ofrece como nutrición a su rebaño. En Juan este alimento es la Palabra que es Jesús, el “Verbo”. En la segunda ocasión cambia el verbo “apacentar” por “cuidar” (en griego, poimainō) de mis ovejas, que connota una responsabilidad directiva: orientar, vigilar y defender preventivamente de los peligros que vendrán.

Estas dos acciones -alimentar y cuidar- son las hacen crecer a la comunidad congregándola en la unidad.

  1. Detalles de la conclusión: La madurez de Pedro y su destino

Todo apunta al imperativo final: ‘¡Sígueme!’. La forma propia del seguimiento de Jesús, teniendo como paradigma la Pascua, esto es, el amor ‘hasta el extremo’, el don de la vida en el servicio y exponiéndose por los que les son confiados, amando a los demás con el amor que Jesús nos ha tenido.

  • La contraposición entre las dos etapas -juventud y madurez- está determinada por el antes y el después de la Pascua. Pedro ya no actuará por heroísmo personal, su verdadero liderazgo proviene del ser conducido por Jesús en un camino contrario a sus intereses y pretensiones personales.
  • Estamos ante palabras de Jesús que se cumplieron históricamente. Pedro pasó por el martirio, el dolor y la muerte misma, y así realizó su camino completo con Jesús compartiendo su destino de ‘gloria’.

Tenemos una imagen de la adultez en el discipulado -el “anciano” que está en condiciones de dirigir la comunidad- como fruto de la Pascua. Es como si Jesús le dijera: ‘Tú darás tu vida por mí, no combatiendo a mis enemigos, sino mediante el servicio a mi comunidad. Por eso tu vida y tu muerte no está en tus manos, sino en las mías. Este martirio es una glorificación, lo mismo que mi pascua era para la gloria’.

 

[1] F.Oñoro, Lectio Juan 21,1-19. Palabra vivificante.  V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 175-176.; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 145-151.

Muéstranos al Padre y eso nos basta

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Santos Felipe y Santiago, Apóstoles 4 de mayo

Santos Felipe y Santiago, Apóstoles

(En México)

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 6-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: Muéstranos al Padre? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras.

Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago.

Santiago es recordado por la tradición como el hijo de Alfeo, el que al inicio de la misión de los apóstoles no quiso que se impusiera a los convertidos del paganismo la reglas de la observancia de la ley y de la tradición judía.

Felipe es recordado en el Evangelio de Juan como el que pone preguntas al Señor: su propio límite ante las multitudes que hay que saciar, a continuación la pregunta de aquellos griegos que quieren ver a Jesús, y al final la petición, durante la última cena, de poder ver al Padre. Es una pregunta profunda que revela el deseo del hombre de encontrar a Dios. Pero Felipe no se da cuenta de que el Señor está sentado a su lado. «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?». Se puede estar junto al Señor sin reconocerlo.

La pregunta de Felipe se encuentra también con nuestra vida. La pregunta de conocer al Padre se convierte en la de conocer a Jesús, creer en su palabra y en sus obras. Y no se trata de «conocer» de forma intelectual, sino de acoger en el corazón, amar, vivir con Jesús.

Quien ve a Jesús ve al Padre, es decir, sabe reconocer los rasgos de un amor más grande. Dios, a quien nadie puede ver, se hace visible y lo hace con los gestos fraternos del Señor sentado a la mesa con los suyos, que se había inclinado para lavar sus pies. Dice Jesús que quien cree en él hará sus obras «y hará mayores aún». Esto puede asombrar, pero en realidad es el signo de que el amor de Dios no se pone límites, y crece con la fe y la oración de los discípulos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 173-174.

El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos

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 Jueves de la II semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (3, 31-36)

El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.

El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje evangélico vuelve a proponer la centralidad de la fe en Jesús para el creyente. De aquí la invitación a alzar la mirada de las cosas de la tierra, de las costumbres arraigadas, de las convicciones previsibles, incluso religiosas, para poder contemplar a Jesús.

El evangelista nos anima a dirigir la mirada hacia Jesús: él «viene de lo alto, del cielo» y «está por encima de todos». Jesús es la verdadera esperanza para nosotros y para el mundo. Ha bajado del cielo para estar junto a nosotros y comunicamos la vida que vive de modo único con el Padre del cielo. Jesús ha venido a la tierra para revelar el misterio mismo de Dios que de otro modo habría permanecido impenetrable. Por ello, él no ha venido para afirmarse a sí mismo ni para presentar proyectos personales por realizar, como en general sucede para cada uno de nosotros. Jesús ha bajado del cielo para comunicar a los hombres «las palabras de Dios» y para dar «el Espíritu sin medida».

De esta convicción es de donde vienen el honor y la devoción que debemos tener por las Escrituras: estas contienen «las palabras de Dios». Cada día se nos llama a escucharlas Y a meditarlas hasta hacerlas nuestras. La Biblia es para nosotros no un libro cualquiera, sino el cofre que contiene los pensamientos mismos de Dios. Por esto debemos abrirlo, saborearlo página tras página dejándonos guiar por el «Espíritu» que se nos ha dado «sin medida» también para esto.

No es posible entender el sentido profundo de las Escrituras sin la ayuda del Espíritu. Este se nos ha dado abundantemente, «sin medida» para que nos dejemos conducir en la escucha y en la interpretación de las Escrituras. Más allá del significado literal de las palabras bíblicas hay uno más profundo, espiritual, que nos ayuda a unir las palabras de la Biblia y lo que estamos viviendo.

La vinculación entre la Biblia y la historia, entre las palabras bíblicas que escuchamos y nuestra vida en lo concreto de la existencia es obra del Espíritu. Por esto la escucha ele las Escrituras se realiza en un clima de oración: necesitamos el Espíritu de Dios para comprender la Palabra de Dios.

La escucha continuada de las Escrituras, en un clima de oración, lleva nuestros corazones a cambiar, a convertirse en instrumentos en las manos de Dios para hacer que nuestro mundo se impregne más del amor del Señor. El evangelista escribe: «El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano». Es la fuerza para cambiar el mundo, para derrotar al mal y hacer crecer el bien, que el Señor ha vivido en primer lugar y que concede también a quienes creen en él. (Paglia, p. 172-173)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 172-173.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo

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tanto-amo-dios-al-mundoMiércoles de la II semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (3,16-21)

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran.

En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna». En esta frase de Jesús a Nicodemo está la síntesis del evangelio de Juan. Jesús es el don del Padre a la humanidad, un don que brota de un amor sin límites.

Tan grande es el deseo de Dios para que los hombres no se pierdan en la espiral del mal, que envía a su propio hijo para que sean liberados y salvados. El envío del Hijo a la tierra por parte del Padre y el amor del Hijo por nosotros que llega hasta la muerte en cruz, muestran que el amor es don, es servicio, es disponibilidad para entregarse por completo por los demás.

En este sentido Jesús explica a Nicodemo el motivo de su encarnación: «Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Jesús no quiere la condena del mundo, sino que ha venido precisamente para lo contrario, es decir, para salvar a los hombres del mal y de toda esclavitud, y el camino que se realiza para que esto suceda es el del amor: el amor de Dios por nosotros es, en consecuencia, la respuesta del hombre para acoger dicho amor.

Esta es la fe. El creyente es el que acoge a Jesús como el enviado del Padre para salvamos del mal y por tanto ya está salvado. La fe, y por tanto la salvación, consiste en acoger el amor, desmesurado y gratuito, de Jesús. Quien rechaza dicho amor es juzgado, no por Jesús sino por su propio rechazo porque se sustrae a la fuerza del amor que libera de la espiral del mal, rechaza la luz del amor de Dios para permanecer en la oscuridad del amor por sí mismo; y, por desgracia demasiado a menudo, los hombres prefieren la oscuridad de la vida violenta y cruel a la vida del amor, de la justicia, de la fraternidad.

Las obras del mal aumentan la oscuridad dentro de los corazones de los hombres y en la vida entre la gente; y hay como una espiral diabólica que nos hace prisioneros. El que acoge la luz verdadera, que es Jesús y su Evangelio, es iluminado o envuelto en la luz del Evangelio; y cumplir las obras en Dios, significa vivir con el amor sin límites de Dios. Es el amor que necesitamos nosotros y el mundo. A los cristianos, en el comienzo de este nuevo milenio, les corresponde la fascinante y ardua tarea de globalizar el amor recibido del Señor. Él nos hace «hijos de la resurrección» y testigos de la eficacia liberadora de este amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 171-172.

Tienen que renacer de lo alto

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Jesús con Nicodemo

Lunes de la II semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (3, 1-8)

Había un fariseo llamado Nicodemo, hombre principal entre los judíos, que fue de noche a ver a Jesús y le dijo: “Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer las señales milagrosas que tú haces, si Dios no está con él”.

Jesús le contestó: “Yo te aseguro que quien no renace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo le preguntó: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su madre y volver a nacer?” Le respondió Jesús: “Yo te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios.

Lo que nace de la carne, es carne; lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tienen que renacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El encuentro de Jesús con Nicodemo contiene el primer discurso del ministerio público del Señor y tiene una gran importancia en Juan. El tema fundamental es el camino de la fe. El evangelista lo presenta a través de un personaje, representante del judaísmo, que, en realidad, por ser un verdadero israelita, cree sólo en los signos milagros y, en virtud de esta débil fe, le resulta difícil elevarse para acoger la revelación del amor que propone Jesús.

Estamos frente a la doctrina de Jesús sobre el misterio del «nuevo nacimiento», sobre la fe en el Hijo unigénito de Dios y sobre la salvación o la condena del hombre que recibe o rechaza la Palabra de Jesús.

La composición del fragmento se fija primero en la ambientación del coloquio  y, a continuación, presenta el diálogo sobre el misterio del «nuevo nacimiento». El itinerario de fe de Nicodemo empieza en su disponibilidad, que llega incluso a captar algunas consecuencias a partir de los signos realizados por Jesús. Con todo, anda todavía muy lejos de captar su significado interior y el misterio de la persona de Cristo.

Jesús, con una primera y una segunda revelaciones, desbarata la lógica humana del fariseo y lo introduce en el misterio del Reino de Dios, que está presente y obra en su persona: «El que no nazca de lo alto … Si no nace del agua y del Espíritu… ». Se trata de un nacimiento del Espíritu que sólo Dios puede poner en marcha en el corazón del hombre con la fe en la persona de Jesús.

Para entrar en el Reino hacen falta dos cosas: el agua, esto es, el bautismo, y el Espíritu que permite hacer brotar la fe en el creyente. Nicodemo, para pasar de la fe endeble a la fe adulta, debe aprender antes a ser humilde ante el misterio, a hacerse pequeño ante el único Maestro, que es Jesús.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 92-93.

¡Hemos visto al Señor!

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Aparición Resucitado Juan II Pascua Domingo II de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (20, 19-31)

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.

Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes.

Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo.

A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”.

Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.

Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo.

Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”.

Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro.

Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje [1]

Este domingo completamos la octava de Pascua, nos encontramos en el mismo día de la resurrección y por tanto nos ubicamos en su mensaje que nos invita a vernos implicados en el ‘paso’ de la oscuridad a la luz, de la tristeza a la alegría y del legalismo a la misericordia.

El texto del evangelio que leemos hoy está tomado de san Juan, es un relato que nos dice cómo se vive la experiencia pascua. La aparición de Jesús resucitado a la comunidad nos abre a distintos itinerarios interiores que nos permiten experimentar, en primera persona, la pascua de Jesús: el paso del miedo a la alegría; del oír al experimentar; del ver al creer; del recibir al dar y de creer al testimoniar.

Al atardecer del día de la resurrección

El texto nos ubica en el culmen del domingo de la resurrección, “al atardecer”; Jesús resucitado personalmente viene al encuentro de sus discípulos; es el “primer día de la semana”.

El evangelista describe magistralmente el estado anímico de la comunidad de amigos de Jesús: “estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos”. Simbólicamente los discípulos están sepultados, su sepulcro es el miedo, tienen poca luz y en su ánimo impera la tristeza.

En esa circunstancia se les manifiesta dos veces Jesús resucitado; es la primera vez que lo hace con la comunidad; los encuentros personales son importantes, sin embargo el testimonio personal tropieza con la incredulidad; en cambio, el testimonio del grupo es irrefutable y crea un ambiente que cultiva y recrea la experiencia del encuentro. La comunidad es propicia e irrenunciable para hacer el camino de la pascua.

El primer encuentro

Jesús se presentó “en medio de ellos”, los saludó diciéndoles “la paz esté con ustedes” y les ofreció una señal: “les mostró las manos y el costado” que les permitía identificarlo con el crucificado. La respuesta no se hizo esperar: “los discípulos se alegraron de ver al Señor”. Los dos grandes dones de este primer encuentro son: la paz y la alegría; y las dos grandes tareas: la misión pascual y el perdón y la reconciliación.

El don de la paz

Tres veces en este texto el Señor insiste en la paz. Ya les había hablado de ello, cuando se despidió: “mi paz les dejo, mi paz les doy; no como la da el mundo. No se turbe su corazón ni se acobarde”.

Jesús resucitado deja entender cómo el amor y la misericordia de Dios es capaz de ponernos por encima de cualquier resentimiento; vivir la pascua de Jesús tiene un efecto reconciliador, es la pascua del resentimiento a la paz interior.

¿Qué resentimientos tenían los discípulos? Los mismos que podía haber tenido Jesús: con ellos mismos -todos lo abandonaron, uno de ellos lo había entregado y otro lo había negado- y con quienes, valiéndose de un juicio injusto, lo habían crucificado. Jesús irradiando paz, los saludó, y mostrando las llagas de las manos y el costado les enseñó que en su amor no hay cabida para el resentimiento.

Las llagas se volvieron signo de vida; fuente de luz, símbolo del amor; las llagas recordaban a los discípulos el sufrimiento de la cruz, pero sobre todo, el motivo del sufrimiento: la vida nueva, el don del Espíritu, el amor, la fidelidad a la misión, el perdón, la confianza en Dios, la obediencia filial, etc.

Los discípulos pudieron reconocer en Jesús al “Buen Pastor” que no huye cuando ve venir al lobo, sino que lo enfrenta arriesgando su vida por ellas y aprendieron la gran lección del significado salvífico del sufrimiento. El dolor y sufrimiento del discípulo testigo de la resurrección no causará resentimiento, sino será fuente de bendición y de paz.

El don de la alegría

El efecto del encuentro con Jesús resucitado y del don de la paz fue la alegría: “Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.” Es el gozo pleno de quien se siente amado; en la pascua los discípulos hacen la experiencia del amor sin límites del Señor.

En un mundo que infunde miedo, no olvidemos que estaban encerrados “por miedo a los judíos”, ellos cuentan con quien es capaz de vencer al mundo, por ello, los discípulos del Señor no pueden vivir encerrados, ni con miedo ante el mundo y sus desafíos, deben ubicarse en el mundo, con confianza en la fidelidad de Dios, llenos de paz y alegría y como portadores de estos mismos dones pascuales.

Primera tarea: la misión pascual

La misión de los discípulos es ser testigos de la pascua de Jesús mediante el perdón y la reconciliación. La alegría de la pascua no es un don para uno mismo, tiene que irradiarse; a partir de un nuevo saludo de paz, Jesús les comparte su propia misión, vida y poder para perdonar los pecados.

La repetición del saludo de la paz es significativa; el segundo saludo está asociado al don de la misión. Los apóstoles en la misión tendrán necesidad de esa seguridad y confianza que provienen del Señor, pues no serán ajenos al odio y al rechazo que experimentó Jesús; él mismo se los advirtió: “el mundo los odiará, pero yo he vencido al mundo”.

Jesús asocia a los discípulos a la misión que el Padre le encomendó: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Los discípulos tienen la misión de dar a conocer a Jesús, para que quien lo conozca, a través de Él entre en comunión con el Padre. Para ello, los provee con el don de su Espíritu Santo.

Jesús, al exhalar su último aliento en la cruz, ya había efundido sobre ellos su Espíritu; ahora se los comunica con un soplo que recuerda el de la primera creación, por el cual Dios comunicó a la humanidad su aliento vital.

Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es así el principio de la vida nueva que debe ser anunciada y comunicada a todo hombre; la pascua es una nueva creación, quien la vive, es creatura nueva y se recrea una y otra vez, y por el mandamiento nuevo del amor se renueva incesantemente.

Segunda tarea: el perdón y la reconciliación

Jesús envía a sus discípulos con la plenitud del poder para perdonar los pecados. El perdón está asociado con la experiencia del Espíritu que purifica los pecados y en el cual se nace de nuevo, “de lo alto”.

Los apóstoles tienen también el poder para “retener” los pecados. Cuando el testimonio acerca de Jesucristo sea acogido con fe, ellos deberán perdonar los pecados; pero, cuando el anuncio sea rechazado, los deben “retener”; esto no significa una condena inapelable, sino ante todo un renovado llamado a la conversión.

El perdón que se da y se ofrece, sana el corazón, sana las relaciones y sienta las bases para la reconciliación, para comenzar de nuevo, para emprender, con la frescura de la primera vez, la experiencia de comunión con Dios y de comunión fraterna, con fidelidad y amor

El segundo encuentro

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos” El domingo comienza a configurarse como Día del Señor, comienza a asociarse con la fe pascual. El evangelista anota que en esta ocasión “Tomás estaba con ellos”, a diferencia del encuentro anterior en que se encontraba ausente. Tomás no creyó en el testimonio de la comunidad, condicionó su fe al ver y tocar, a la experiencia sensible: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

En esta circunstancia, Jesús se presenta nuevamente en medio de la comunidad: toma la iniciativa;, sabe lo que Tomás ha dicho, viene a su encuentro y se le anticipa invitándolo a ver y tocar sus llagas, tal y como el quería; de esta manera, lo saca de su aislamiento, quiere que nadie quede excluido del gozo pascual. Todos son testigos de cómo el Señor conduce a Tomás a la fe.

El Señor le entrega a todos nuevamente el don de la paz; Tomás, el que no quería creer, también lo recibe y brota de sus labios una confesión de fe, que nadie antes había hecho: “¡Señor mío y Dios mío!”, dando con ello un salto cualitativo en la experiencia de su fe pascual.

Reconoce a Jesús como Señor, cuyo poder vivificante salva y cuya soberanía todo lo renueva; lo reconoce como Dios mismo que se acerca altodo hombre mediante su encarnación y comparte el don de su vida. El Señorío de Jesús es el Señorío de Dios, quien lo reconoce como Dios y Señor, puede abandonar totalmente la vida en sus manos y experimentar la fidelidad de Dios que es grande y su misericordia que es infinita.

Felices los que creen sin haber visto

El Señor aprovecha la ocasión para dar una lección a los incrédulos: le dice a Tomás, “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”, con esta advertencia, el evangelista hace un guiño a quienes muchos años después leemos el relato y a quienes lo leerán en el futuro.

La experiencia de los que vieron al Señor fue impulso para que otros participaran de la fe pascual. El Resucitado se dejará conocer ya no será mediante apariciones directas sino a través del testimonio de los discípulos, dado y sostenido con la fuerza y sabiduría del Espíritu Santo.

Al final el evangelista resume la finalidad de la obra de Jesús y muestra cuál es el camino de acceso a la fe para todos aquellos que no lo vemos como lo vieron Tomás y sus compañeros y ofrece su evangelio como una nueva mediación que permanece –junto con la voz viva de la Iglesia- para seguir conduciendo a muchos en el camino de la fe pascual, para que lleguemos a fe personal que proclama y manifiesta que “Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” y de ello, en comunión fraterna demos testimonio en el mundo.

 

  1. F. Oñoro, La alegría de la fe en medio de la comunidad pascual. Juan 20, 19-31. CEBIPAL/CELAM.

 

 

 

Se apareció Jesús a los Once

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Aparición a los once

Sábado de la Octava de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Marcos (16, 9-15)

Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Ella fue a llevar la noticia a los discípulos, los cuales estaban llorando, agobiados por la tristeza; pero cuando la oyeron decir que estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después de esto, se apareció en otra forma a dos discípulos, que iban de camino hacia una aldea. También ellos fueron a anunciarlo a los demás; pero tampoco a ellos les creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no les habían creído a los que lo habían visto resucitado. Jesús les dijo entonces: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La liturgia de la Iglesia nos anuncia una vez más la aparición de Jesús resucitado a María Magdalena, según la narración del evangelista Marcos.

María Magdalena, a quien Jesús había liberado de siete demonios, también para el segundo evangelista es la «primera» anunciadora de la resurrección. Ella, «que ha amado mucho» y que por ello mucho le ha sido perdonado, recibe el privilegio de ser la primera discípula del Resucitado y la primera a quien se confía la tarea de anunciar a los discípulos el Evangelio de la resurrección. Los apóstoles no la creen; son aún esclavos de la mentalidad de este mundo y sobre todo de su olvido.

No es suficiente estar «tristes y llorosos» para amar a Jesús; es decir, no es suficiente con nuestros sentimientos personales, nuestros pensamientos, nuestras consideraciones, lo que cuenta es escuchar a otro que habla en nombre de Jesús. La humildad, que es la puerta para acceder a la fe, exige escucha, o sea, estar atentos a algo que no es nuestro y que viene de lo Alto. He aquí la voz de una mujer que ha visto al Señor resucitado. Jesús, desde el primer momento de la resurrección, se sirve de la debilidad de esta mujer para confundir la presunción de los discípulos. La tradición bizantina, con una gran sabiduría espiritual, llama a María Magdalena «apóstol de los apóstoles».

Luego el evangelista retoma, aunque en pocas líneas, el encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaús y reitera que aún no se había aparecido a los apóstoles, es decir, a quienes había puesto al frente de su Iglesia. Una vez más los apóstoles no quieren creer a los dos discípulos que narran lo que les había sucedido. El evangelista parece querer subrayar la dificultad en creer en la resurrección desde el comienzo de la Iglesia, desde el primer día y por parte de los apóstoles, de aquellos sobre quienes se debe fundar la Iglesia. Pero las dificultades y la incredulidad de los apóstoles para creer en la resurrección, no pueden frenar la prisa por anunciar a todos la victoria de Jesús sobre la muerte.

Aquí hay una mujer y dos discípulos anónimos que sin tardar van enseguida a comunicar lo que han visto y oído. Esta página del Evangelio nos sugiere que a cada discípulo individualmente se le confía la tarea de comunicar la resurrección de Jesús, su victoria sobre el mal y sobre la muerte. No es casualidad que los primeros anunciadores del Evangelio de Pascua no hayan sido los apóstoles sino una mujer y dos discípulos anónimos.

La conclusión de la narración abre la mirada sobre la Iglesia entera (sobre los Once a quienes Jesús reprende por su incredulidad, y también sobre los demás discípulos) enviada a comunicar el Evangelio de la Pascua hasta los confines del mundo para que cada criatura sea abrazada por su fuerza liberadora. (Paglia, p. 166-167)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 166-167

La paz esté con ustedes

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manos llagas 

Jueves de la Octava de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Lucas (24, 35-48)

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.

Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.

Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios y el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de esto”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio nos lleva al final del día de Pascua. Los dos discípulos de Emaús acaban de llegar al cenáculo para contar a los discípulos «lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan».

Los apóstoles, aún dominados por el miedo, seguían encerrados en el cenáculo, para ellos un lugar ciertamente lleno de recuerdos, pero que corría el riesgo de convertirse en un refugio cerrado. Es un miedo que todos conocemos bien: ¡cuántas veces, de hecho, cerramos las puertas del corazón, las de la casa, del grupo, de la comunidad, de la familia, para permanecer tranquilos o por temor de perder algo!

Pero el Resucitado continúa estando entre nosotros, es más, se coloca en el centro, no a un lado como una persona más, como una palabra entre tantas otras. Entra y se coloca en medio, como la Palabra que salva. Las primeras palabras de Jesús resucitado son el saludo de paz: «La paz esté con ustedes». Los discípulos, miedosos, creen que es un fantasma. Habían escuchado a las mujeres decirles que habían encontrado a Jesús vivo. Pero la distancia que habían puesto entre ellos y Jesús ya durante los días de la pasión había ofuscado hasta tal punto su mente y endurecido tan fuertemente su corazón, que no lograban ir más allá de sus miedos.

El evangelista parece sugerir que la incredulidad se apodera siempre de los creyentes cada vez que se alejan de Jesús y se dejan dominar por los miedos por sí mismos. Jesús, que se coloca en medio, les dice enseguida: «La paz esté con ustedes». Es la primera palabra del Resucitado, sí, el primer fruto de la resurrección es la paz. Ciertamente no es la paz de la propia tranquilidad sino la que nace del amor por los demás. La paz de la Pascua no bloquea, sino que empuja con fuerza a salir de uno mismo para ir al encuentro de los demás.

La paz pascual es una energía nueva de amor que colma el mundo. La Pascua, aunque sea vivida por un pequeño grupo, incluso al comienzo por algunas mujeres, es para todos, es para el mundo. A los apóstoles esto les parece imposible. Jesús está definitivamente muerto, han matado su palabra para siempre. No creen lo que él mismo les había dicho en otras ocasiones, que después de su muerte resucitaría. Se llenan de miedo al verle, piensan que se les ha aparecido un fantasma. Jesús les reprende amorosamente: «¿No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan?», y les repite lo que tantas veces les había dicho en el pasado: le darían muerte pero él resucitaría. ¡Cuántas veces tampoco nosotros creemos las palabras de Jesús! Pensamos a menudo que son veleidosas, igual que un fantasma.

El Evangelio crea una realidad nueva, una comunidad nueva, real, hecha de personas que antes estaban dispersas y llenas de miedo, y que tras escucharlo se vuelven a encontrar juntas en una nueva fraternidad. Es lo que ocurre ese día cuando Jesús se pone a comer con ellos, continúa la vida de antes de la Pascua. Aquella comida les volvía a unir con Jesús. Ahora aprendían que siempre estaría con ellos. Es lo que nos sucede también a nosotros, y a los discípulos de todos los tiempos, cada vez que estamos alrededor del altar del Señor para partir su mismo cuerpo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 163.

Vio y creyó…

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Domingo de la Resurrección del Señor

Textos 

† Del evangelio según san Juan (20, 1-9 )

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro.

Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro.

Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hemos llegado a la Pascua tras haber seguido a Jesús en sus últimos días de vida. El Evangelio de Pascua parte precisamente desde este límite extremo, desde la noche oscura. El evangelista Juan escribe que «todavía estaba oscuro» cuando fue al sepulcro. Estaba oscuro también dentro del corazón de aquella mujer. La oscuridad de la tristeza y del miedo.

Con el corazón triste, María fue al sepulcro. Apenas llega ve que la piedra de la entrada, una losa pesada como toda muerte y toda separación, ha sido apartada. Corre de inmediato hacia Pedro y Juan: «¡Se han llevado del sepulcro al Señor!» y añade: «No sabemos dónde le han puesto». La tristeza de María por la pérdida del Señor, aunque sea solo de su cuerpo muerto, es una bofetada a nuestra frialdad y a nuestro olvido de Jesús, incluso vivo. Solo con sus sentimientos en el corazón es posible encontrar al Señor resucitado.

Son ella y su desesperación los que hacen moverse a Pedro y al otro discípulo que Jesús amaba. «Corren» hacia el sepulcro vacío. Es una carrera que expresa bien el ansia de todo discípulo, de toda comunidad, que busca al Señor. Quizá también nosotros debamos reemprender la carrera. La Pascua también es prisa. Llegó a la tumba en primer lugar el discípulo del amor, Juan: el amor hace correr más rápido y hace esperar a la fe de Pedro que le seguía.

Pedro entró primero y observó un orden perfecto: las vendas estaban en su sitio como si se hubiera sacado de ellas el cuerpo de Jesús, y el sudario estaba «plegado en un lugar aparte». No había habido ni manipulación ni robo: era como si Jesús se hubiera liberado solo. No tuvo que deshacer las vendas, como hizo con Lázaro.

También el otro discípulo entró y «vio» la misma escena: «Vio y creyó», dice el Evangelio. Habían visto los signos de la resurrección y se dejaron tocar el corazón. «Hasta entonces –continúa el evangelista- no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos».

Esta es a menudo nuestra vida: una vida sin resurrección y sin Pascua, resignada ante los grandes dolores y los dramas de los hombres. La Pascua ha llegado y el sepulcro se ha abierto. El Señor ha vencido a la muerte y vive para siempre. Ya no podemos mantenernos cerrados como si no hubiéramos recibido el Evangelio de la resurrección.

El Evangelio es resurrección, es renacer a una vida nueva. Y tenemos que gritarlo a los cuatro vientos, comunicarlo a los corazones para que se abran al Señor. ¡Por tanto, esta Pascua no puede pasar en vano! Nuestra vida ha sido unida a Jesús resucitado y participa de su victoria sobre la muerte y el mal. Junto al resucitado entrará en nuestros corazones el mundo entero con sus esperanzas y sus dolores, como él manifiesta a los discípulos las heridas presentes aún en su cuerpo, para que podamos cooperar con él en el nacimiento de un cielo nuevo y una tierra nueva, donde no hay ni luto ni lágrima, ni muerte ni tristeza, porque Dios será todo en todos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 159-160.

Inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

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Crucificado Viernes Santo de la Pasión del Señor

Textos

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según San Juan (18, 1-19,42)

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Mensaje[1]

La Santa Liturgia del Viernes Santo comienza con el celebrante postrado en el suelo. Es un signo: imitar a Jesús postrado en tierra por la angustia en el Huerto de los Olivos. ¿Cómo permanecer insensibles ante un amor tan grande que llega hasta la muerte con tal de no abandonarnos?

Jesús no quiere morir: «Padre mío, si es posible que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú». Jesús sabe bien cuál es la voluntad de Dios: «Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite el último día». La voluntad de Dios es evitar que el mal nos engulla, que la muerte nos arrastre. Jesús no la evita, la carga sobre sí para que no nos aplaste; no quiere perdemos. Ninguno de sus discípulos, de ayer o de hoy, debe sucumbir a la muerte.

Por eso la pasión continúa. Continúa en los numerosos huertos de los olivos de este mundo donde sigue la guerra y donde se hacinan millones de refugiados. Continúa allí donde hay gente postrada por la angustia; continúa en los enfermos abandonados en su agonía; continúa allí donde se suda sangre por el dolor y la desesperación.

La pasión según san Juan comienza precisamente en el Huerto de los Olivos, y las palabras que Jesús dirige a los guardias expresan bien su decisión de no perder a ninguno. Cuando llegan los guardias es Jesús quien va a su encuentro: «¿A quién buscan?». A su respuesta: «A Jesús el Nazareno», contesta: «Si me buscan a mí, dejen marchar a éstos». No quiere que los suyos sean golpeados; al contrario, quiere salvarlos, preservarlos de todo mal.

¿De dónde nace la oposición contra él? Del hecho de que era demasiado misericordioso, de su amor por todos, incluso por sus enemigos. Frecuenta demasiado a los pecadores y publicanos, y además perdona a todos, incluso con facilidad. Para él habría bastado con quedarse en Nazaret, bastaba con que hubiera pensado un poco más en sí mismo y un poco menos en los demás y ciertamente no habría acabado en la cruz. Pedro hace esto: sigue un poco al Señor, luego vuelve sobre sus pasos, pero ante una portera niega incluso conocerle. Por el contrario, Jesús no reniega ni del Evangelio, ni de Pedro, ni de los demás. Sin embargo, en un cierto momento habría bastado muy poco para salvarse. Pilatos está convencido de su inocencia, y le pide sólo alguna aclaración. Pero Jesús calla. «¿A mí no me hablas? -le pregunta- ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Pedro habla y se salva; Jesús calla porque no quiere perder a ninguno de los que le han sido confiados y es crucificado.

También nosotros estamos entre los que el Padre ha confiado a sus manos. Él ha tomado sobre sí nuestro pecado, nuestras cruces, para que todos fuéramos liberados. En el corazón de la Liturgia del Viernes Santo la cruz entra solemnemente, todos se arrodillan y la besan. La cruz ya no es una maldición, sino Evangelio, fuente de una vida nueva: «Se entregó por nosotros a fin de rescatamos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo», escribe el apóstol Pablo.

Sobre esa cruz ha sido derrotada la ley del amor por uno mismo. Esta ley ha sido destruida por aquel que ha vivido por los demás hasta morir en la cruz. Jesús ha arrancado de los hombres el miedo a servir, el miedo a no vivir sólo para uno mismo. Con la cruz hemos sido liberados de la esclavitud de nuestro yo, para extender las manos y el corazón hasta los confines de la tierra.

No es casualidad que la Liturgia del Viernes Santo esté marcada de modo muy particular por una larga oración universal; es como alargar los brazos de la cruz hasta los confines de la tierra para hacer sentir a todos el calor y la ternura del amor de Dios que todo lo supera, todo lo cubre, todo lo perdona, todo lo salva.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 154.

Los amó hasta el extremo

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jesus_lava_piesJueves Santo de la Cena del Señor

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.

Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”.

Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy.

Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros.

Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer» dice Jesús a sus discípulos al inicio de su última cena, antes de morir. En realidad para Jesús éste es un deseo de siempre, y también aquella noche quiere estar con sus amigos, los de entonces y los de hoy, incluidos nosotros.

Se puso a la mesa con los Doce, tomó el pan y lo repartió diciendo: «Este es mi cuerpo, partido por ustedes». Hizo lo mismo con la copa de vino: «Esta es mi sangre, derramada por ustedes». Son las mismas palabras que repetiremos dentro de poco en el altar, y entonces será el mismo Señor el que nos invitará a cada uno de nosotros a alimentamos del pan y del vino consagrados. Se convierte en alimento para nosotros, para hacerse carne de nuestra carne.

Aquel pan y aquel vino son el alimento bajado del cielo para nosotros, peregrinos por los caminos de este mundo. Hacen que seamos más similares a Jesús, nos ayudan a vivir como él vivía, hacen surgir en nosotros sentimientos de bondad, de servicio, de cariño, de ternura, de amor y de perdón. Los mismos sentimientos que lo llevan a lavar los pies de los discípulos, como un siervo.

Estando ya avanzada la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y se ciñó una toalla; luego toma agua, se arrodilla delante de los discípulos y les lavó los pies. Incluso a Judas, que va a traicionarle. Jesús lo sabe, pero se arrodilla igualmente ante él y le lava los pies. Pedro, apenas ve llegar a Jesús reacciona de inmediato: «Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?». Para Jesús la dignidad no consiste en quedarse de pie sino en amar a los discípulos hasta el final, en arrodillarse a sus pies.

Es su última lección en vida: «Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”».

El mundo enseña a ponerse en pie, y exhorta a todos a mantenerse así, haciendo incluso que los demás se dobleguen ante nosotros. El Evangelio del Jueves Santo exhorta a los discípulos a inclinarse y lavarse los pies los unos a los otros. Es un mandamiento nuevo y es un gran don que recibimos esta noche.

En la Santa Liturgia de esta tarde el lavatorio de los pies es un signo, una indicación del camino que hay que seguir: lavarnos los pies los unos a los otros, empezando por los más débiles, por los enfermos, por los más indefensos.

El Jueves Santo nos enseña cómo vivir y por dónde empezar a vivir: la vida verdadera no es la de estar de pie, firmes en nuestro orgullo; la vida según el Evangelio es inclinarse hacia los hermanos y las hermanas, empezando por los más débiles. Es un camino que viene del cielo, y aun así, es el camino más humano, pues todos necesitamos amistad, cariño, comprensión, acogida y ayuda. Todos necesitamos a alguien que se incline ante nosotros como también nosotros necesitamos inclinarnos ante los hermanos y las hermanas.

El Jueves Santo es realmente un día humano, el día del amor de Jesús que desciende hasta abajo, hasta los pide sus amigos. Y todos son sus amigos, incluso aquel que está a punto de traicionarlo. Por parte de Jesús nadie es enemigo, para él todo amor. Lavar los pies no es sólo un gesto, es un modo de vivir. Al finalizar la cena, Jesús va hacia el Huerto de los Olivos. Allí se arrodilla de nuevo, e incluso se tiende en el suelo y suda sangre a causa del dolor y la angustia.

Dejémonos atrapar al menos un poco por este hombre que nos ama con un amor jamás visto en la tierra. Y mientras estamos ante el sepulcro, transmitámosle nuestra amistad. Hoy, más que nosotros, quien necesita compañía es el Señor. Escuchemos su súplica: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quédense aquí y velen conmigo». Inclinémonos ante él y no le escatimemos el consuelo de nuestra cercanía. Señor, en esta hora, no te daremos el beso de Judas, sino que como pobres pecadores nos inclinamos a tus pies e, imitando a la Magdalena continuamos besándolos con cariño.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 152-154.

Mi hora está ya cerca

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monedas traicion

 Miércoles de Semana Santa

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (26, 14-25)

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata.

Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.

El primer día de la fiesta de los panes Azimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” El respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ ”. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.

Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” El respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme.

Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo, Maestro?” Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El relato de la traición de Judas suscita siempre dolor y desconcierto. Judas llega a vender a su Maestro por treinta denarios, el precio del rescate de un esclavo. ¡Cuánta amargura en las palabras iniciales del Evangelio que hemos escuchado hoy: «Uno de los doce»! Sí, uno de sus amigos íntimos, uno de los que Jesús había elegido, había amado, se había preocupado por él, le había defendido de los adversarios. Y ahora es precisamente él quien lo vende.

Judas se había dejado seducir por las riquezas, distanciándose así del Maestro hasta el punto de concebir y llevar a cabo la traición. Jesús lo había dicho: «No se puede servir a Dios y al dinero». Judas acabó prefiriendo lo segundo. Sin embargo la conclusión de esta aventura fue muy distinta a como Judas la había imaginado. Quizá su angustia comenzó precisamente con la preocupación de encontrar el momento y el modo de «entregar a Jesús».

El momento estaba por llegar: coincidiría con la Pascua, el tiempo en que se inmola el cordero en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto. Jesús sabía bien lo que le esperaba esa Pascua, tanto que dice: «Mi hora está ya cerca». Pidió a los discípulos que preparasen la cena pascual, la cena del cordero, mostrando así que no era Judas quien lo «entregaba» a los sacerdotes, sino que él mismo se «entregaba» a la muerte por amor a los hombres.

Jesús podría haber huido de Jerusalén y retirarse a un lugar desierto. Pero no lo hizo, se quedó en Jerusalén y decidió celebrar la cena en la que los judíos recuerdan la decisión de Dios de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Mientras los discípulos están a la mesa, Jesús rompe la atmósfera alegre con la que normalmente se celebra este evento, y habla abiertamente de la traición que está a punto de consumarse contra él. La anuncia pero no le pone obstáculos.

La petición de amor de aquella tarde continúa resonando en los oídos de todo discípulo, y de todo hombre: la pasión de Jesús no ha terminado; y esa necesidad de amor llega sobre todo de los pobres, los débiles, los que están solos, los condenados, de todos aquellos cuya vida es atormentada por el mal. Todos debemos estar atentos para alejar de nosotros ese instinto de traición escondido en el corazón de cada uno. Incluso Judas, esa tarde, para esconder su intención de los demás, se atrevió a decir: «¿Acaso soy yo, Maestro?».

Interroguémonos sobre nuestras traiciones, no para dejarnos abrumar por ellas sino para unimos aún más a Jesús, que continúa cargando con los pecados del mundo, y también los nuestros.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 151-152.

Uno de ustedes me va a entregar

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Anuncio de la traición Martes de Semana Santa

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 21-33. 36-38)

En aquel tiempo, cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: “Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar”. Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha.

Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: “¿De quién lo dice?” Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?” Le contestó Jesús: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar”. Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dijo entonces a Judas: “Lo que tienes que hacer, hazlo pronto”.

Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.

Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente.

Era de noche. Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará. Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes.

Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden ir’ ”. Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿a dónde vas?” Jesús le respondió: “A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde”. Pedro replicó: “Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti”.

Jesús le contestó: “¿Conque darás tu vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús sabe bien que su «hora», la de la muerte y la resurrección, se está acercando. Su corazón está desbordado de sentimientos y también de contradicciones: no quiere morir pero tampoco quiere huir. En todo caso ha llegado la hora de su «partida» de este mundo al Padre. El está a punto de dejar este mundo, pero ese pequeño grupo de discípulos que ha reunido, cuidado, amado, enseñado, ¿continuará estando unido? Jesús sabe que Judas está a punto de traicionarle.

A este discípulo no le importa que el Maestro se haya inclinado ante el para lavarle los pies. Con sus pies lavados, tocados y quizá hasta besados por Jesús, está a punto de salir e ir a traicionarlo. Con una tristeza indescriptible en el corazón les dice a todos: «uno de ustedes me va a entregar». Son palabras que desconciertan a todos: no basta con estar físicamente junto a Jesús, lo que cuenta es la cercanía del corazón y acoger su plan de salvación. También nosotros podemos vivir en la comunidad de los discípulos, seguir los ritmos de la vida de los creyentes, pero sin la adhesión del corazón a su Palabra, sin la práctica concreta del amor por los más pobres, sin la comunión con los hermanos, sin la adhesión a su proyecto para un mundo de paz y justicia, nuestro corazón poco a poco se alejará, nuestra mente se obnubilará y ya no comprenderemos su sueño de amor.

Cuanto más se nubla el rostro de Jesús más crece nuestro «yo». Lo que era amor por Jesús se convierte en culto por nosotros mismos y nuestras cosas, y se vuelve algo natural caer en la traición. Es en el corazón donde se libra la batalla entre el bien y el mal, entre el amor y la desconfianza, y no hay compromiso posible. Así le sucede a Judas. En estos días, más que pedirnos que le sirvamos Jesús nos pide estar junto a él, acompañarlo, no dejarlo solo. Si acaso, nos exhorta a estar atentos, a no caer en la banalidad. Intenta hacérselo entender a los discípulos, pero ellos, empezando por Pedro, no lo entienden. Están demasiado prisioneros de sí mismos como para dejarse tocar el corazón por aquellas palabras.

En un corazón que no escucha es donde nace la traición. Si dejamos a un lado las palabras del Evangelio prevalecen nuestras palabras, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, y nos volvemos capaces hasta de malvender a Jesús. Todos debemos vigilar. Como Pedro y los discípulos, que se quedaron con él aquella tarde profesándole fidelidad hasta la muerte: bastaron unos pocos días para que le abandonen primero, y luego lo traicionen también ellos. No debemos confiar en nosotros mismos, sino confiarnos cada día al amor y la protección del Señor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 150-151.

Le ungió a Jesús los pies… y se los enjugó

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Unción de Betania Lunes de Semana Santa

Textos

† Del evangelio según san Juan (12, 1-11)

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.

Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.

María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.

Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?” Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.

Entonces dijo Jesús: “Déjala.

Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán”.

Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El lunes de la Semana Santa, el Evangelio de Juan abre el relato de la Pasión con la cena en Betania, en casa de Marta, María y Lázaro, una familia muy querida por Jesús. En esos días de dura lucha con los fariseos y los sacerdotes la casa de esos amigos se había convertido para él en un lugar de reposo y distensión. Faltaban sólo seis días para la Pascua, y Jesús se encontraba nuevamente cenando con ellos. Estaba también Lázaro, a quien Jesús había devuelto hacia poco la vida.

En un cierto momento de la cena María se levanta, se acerca a Jesús, se arrodilla a sus pies, los unge con un ungüento y después los seca con sus cabellos. La casa se llena de perfume. El gesto puede ser un signo de afectuosa gratitud por el don de la vida hecho a su hermano. En cualquier caso es un gesto lleno de amor que perfuma con el olor de la gratuidad. María no calcula en absoluto el «derroche»; para ella cuenta el amor por ese profeta que le había devuelto a su hermano, y que amaba su casa tan tiernamente.

No piensa lo mismo Judas: para él aquel gesto tan lleno de amor es en realidad un derroche inútil. En realidad el evangelista señala que no le interesaban los pobres sino el dinero, o mejor dicho, su propio beneficio. La avidez por poseer para sí mismo le había cegado. Jesús responde inmediatamente a Judas y dice: «Déjala». Quiere que María continúe su gesto de amor; el ungüento anticipaba el óleo con el que su cuerpo sería ungido antes de su sepultura. Y añade Jesús:« Porque pobres siempre tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis». En efecto, dentro de poco empezaría su «vía crucis», hasta la muerte.

María es la única de entre todos ellos que había comprendido que Jesús iba a ser condenado a muerte, y por eso necesitaba un cariño y una cercanía especiales, como requiere todo moribundo. Esta mujer. que se había dejado arrastrar por el amor de Jesús, nos enseña cómo estar Junto a este extraordinario Maestro en estos días y como, estar cerca de los débiles y los enfermos a lo largo de todos sus días.

En especial Junto a los ancianos, sobre todo cuando su cuerpo se debilita y necesita cuidados, incluso con «ungüentos». En ese gesto tan tierno y lleno de amor, hecho a base de gestos simples y concretos, se simboliza el camino de la salvación: estando junto a los pobres, los débiles, los ancianos, estamos junto al mismo Jesús. Es en este sentido que Jesús dice: «a los pobres los tendrán siempre con ustedes». Ellos podrían decirnos cuánto necesitan el ungüento de la amistad y del cariño. Dichosos nosotros -y ellos- si tenemos la ternura y la audacia de María.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 149-150.

Bendito el rey que viene en nombre del Señor

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domingo-de-ramos-hermosaDomingo de Ramos

Textos

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (19, 28-40)

En aquel tiempo, Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino de Jerusalén, y al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al caserío que está frente a ustedes.

Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: ‘El Señor lo necesita’”.

Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho. Mientras desataban el burro, los dueños les preguntaron: “¿Por qué lo desamarran?” Ellos contestaron: “El Señor lo necesita”. Se llevaron, pues, el burro, le echaron encima los mantos e hicieron que Jesús montara en él.

Conforme iba avanzando, la gente tapizaba el camino con sus mantos, y cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. El les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”. Palabra del Señor.

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas  

 

Audio del texto de la entrada en Jerusalén
Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el Domingo de Ramos o de la Pasión del Señor, escuchamos dos textos del evangelio. El primero corresponde a la entrada de Jesús en el templo según la versión de Lucas y después, ya en la celebración eucarística, la Pasión según san Lucas.

La entrada de Jesús en Jerusalén.

Lo peculiar del relato lucano al narrar la entrada de Jesús en Jerusalén es la insistencia sobre la oración. “…cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. El les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”.

La entrada de Jesús a Jerusalén se realiza en medio de la celebración festiva de “la multitud de discípulos” y se caracteriza por la alegría, por la expresión en voz alta de alabanzas a Dios.

La oración de los discípulos resume lo que ha visto en el camino compartido con Jesús; es un testimonio del Reino que han visto acontecer en el ministerio de Jesús: “se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto”.

Es una oración que aclama al Mesías, mediante dos expresiones: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!”. La primera, es una cita del salmo 118,26, conocida en la liturgia del Templo de Jerusalén; es la aclamación con la que se recibían a los gozosos peregrinos en el momento de su ingreso al templo. Los discípulos añaden la expresión “al Rey”, que no está en el texto original con lo que identifican a Jesús con el Reino que ha sido el núcleo de su mensaje. La segunda, “Paz en el cielo…” retoma el canto de los ángeles en la noche de navidad, es una alabanza que se refiere dos veces a las alturas, es un grito de gratitud a Dios por la venida del Rey-Mesías; si en la noche de navidad la exclamación era de los ángeles en el cielo, ahora son los discípulos en la tierra, como indicando el final de un ciclo o el cumplimiento de una misión. También aquí los discípulos añaden algo novedoso; en el anuncio de los ángeles la exclamación era “paz en la tierra”; ahora los discípulos exclaman “paz en el cielo”, expresión que tiene el sabor a un reconocimiento que la paz de Jesucristo ha venido del cielo, pues de Dios proviene el don de la paz.

El entusiasmo de los judíos escandaliza a los fariseos que reaccionan negativamente y piden a Jesús que reprenda a sus discípulos. Es lógica la reacción, pues los discípulos están aclamando a Jesús como el Mesías enviado por Dios, algo que ellos no aceptaban; además, los fariseos se incomodan pues la aclamación de los discípulos les parece extravagante.

La Pasión según san Lucas

Para una lectura orante de la Pasión según san Lucas 22,1 a 23,56, ayuda considerar o contemplar los 16 cuadros que van ordenando la narración, sin perder de vista lo que es propio del relato lucano.

  1. El complot contra Jesús (estos versículos se omiten en el texto litúrgico)

El relato de la Pasión comienza con un preludio que nos inserta enseguida en el drama. Satán vuelve al ataque y se activan las fuerzas hostiles que tienen interés en la muerte de Jesús.

  1. La última pascua

Después de los preparativos por parte de los discípulos para el banquete, se prosigue con la celebración pascual misma. Lucas destaca el ritual de la cena pascual judía a lo largo de la cual el cabeza de familia hace circular varias copas. Hace un signo sobre el pan, el cual permanece como “memoria mía”.  En las palabras de Jesús sobre la copa se cumple la profecía de Jeremías que anuncia la nueva alianza. (cf. Jer 31, 31.33-34)

  1. El testamento de Jesús

A partir  del gesto de infidelidad de un miembro de la comunidad, Jesús da las consignas para el comportamiento de la comunidad cristiana que permanece fiel a Él. Desea que el poder no se ejerza a la manera de los paganos, no desde el pedestal de quien se siente “bienhechor”, sino según su estilo que es el servicio; desea que los discípulos compartan la plenitud del Reino, lo que exige perseverar con el Maestro en las pruebas; en contraste con la infidelidad del discípulo, Jesús da testimonio de su propia fidelidad: “yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca”. Puesto que Satán no permanece inactivo y conociendo la debilidad de su discípulo, Jesús anuncia las sacudidas que va a sufrir Pedro, antes de su caída. Los discípulos vivirán dentro de poco la misión y enfrentarán la hostilidad del mundo un evangelizarán en medio de un mundo de violencia; ante ello, el Señor les da consignas: tienen que prepararse ante los tiempos difíciles.

  1. La oración en el monte de los olivos

Oscurece  cuando Jesús y sus discípulos se dirigen hacia el monte de los Olivos; allí la angustia de Jesús orante hace contrapunto al momento de violencia que viene con el arresto. Lucas destaca que Jesús ora y hace orar conforme a la enseñanza que le había dado a los discípulos. Retoma dos peticiones del Padre Nuestro. Al comienzo y al final del episodio, Jesús le pide a sus discípulos que oren de manera que no caer en la tentación. Al Padre le dice: “que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Dios acoge su oración y le envía un ángel para que lo reconforte. Lo mismo que Dios ya había hecho con el profeta Elías.

  1. El beso del traidor

No se describe quien forma la tropa que acude a arrestar a Jesús; la atención está puesta en el traidor, uno de los doce y la actitud de Jesús que en esa circunstancia da testimonio de lo que había enseñado a sus discípulos al exhortarlos a amar a los enemigos. El comportamiento de Jesús es modelo para los cristianos y contrasta con el de Judas y el de los discípulos que reaccionan con violencia.

  1. La caída de Pedro.

En el patio de la casa del sumo sacerdote, en presencia de Jesús, Pedro niega ser discípulo; pertenecer a la comunidad y haber hecho con él el camino desde Galilea, las tres formas de vinculación con Jesús. La mirada del Señor y el recuerdo de sus palabras tendrán como efecto la conversión de Pedro.

  1. El rostro cubierto.

Los captores, golpean a Jesús y se burlan de él. Al contrario de Pedro, ellos no afrontan la mirada de Jesús: cubren su rostro pidiéndole que juegue con ellos para burlarse de él.

  1. Jesús ante el Sanedrín

La mañana del viernes comienza con un primer interrogatorio ante la máxima autoridad judía. La revelación se hace en dos momentos. En primer lugar, Jesús deja entender que Él es mucho más que un Rey- Mesías temporal. A partir de la misteriosa figura del Hijo del hombre que viene entre las nubes del cielo, en segundo lugar, hace entender que Él es el Hijo de Dios. Ante el Sanedrín finalmente no se realiza un proceso judicial: no hay testigos ni acusaciones ni sentencia.

  1. Jesús ante Pilatos

Delante de Pilatos si hay proceso judicial. La acusación se basa en motivos políticos “Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación y oponiéndose a que se pague tributo al César y diciendo que él es el Mesías rey”. Pilatos afirma por primera vez que Jesús es inocente: “No encuentro ninguna culpa en este hombre”.

  1. De Pilatos a Herodes

En lugar de asumir su responsabilidad y tratar a Jesús como a alguien de su jurisdicción y de hacerle justicia, Herodes se comporta de forma indigna. Al final–de manera involuntaria- u le rinde un homenaje revistiéndolo con un manto real.

  1. De Herodes a Pilatos

Pilatos afirma por segunda vez que Jesús es inocente, esta vez coincidiendo con la opinión de Herodes. Con todo, hace flagelar a Jesús con intención de soltarlo después. Pero esto no satisface a los jefes ni al pueblo, que interviene aquí por primera vez. Una ironía trágica aparece en el texto: aquellos que habían acusado a Jesús de subversión son los mismos que solicitan la liberación de un verdadero subversivo, pidiendo la muerte del inocente. Después de afirmar por tercera vez que Jesús es inocente, Pilatos termina cediendo ante la presión popular. Para Lucas, los principales responsables de la muerte de Jesús son los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo. Se destaca la ausencia de los fariseos. Según el testimonio de Lucas, ellos no son enemigos mortales de Jesús.

  1. Jesús carga la cruz

La narración alcanza su vértice dramático durante el camino de la Cruz. Llevando la cruz detrás de Jesús, Simón de Cirene se convierte en modelo del discípulo que toma la cruz. El pueblo también sigue a Jesús, contemplándolo a su paso. Se destacan la actitud de las mujeres y las palabras que Jesús les dirige a ellas. En términos proféticos Jesús anuncia la caída de Jerusalén.

  1. Una muerte ejemplar

Hasta el fin de su vida, Jesús pone en práctica lo que ha enseñado: el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas. Mientras es crucificado dice: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

  1. La muerte de un rey

Los jefes de los judíos, los soldados romanos y uno de los malhechores desafían a Jesús para que se salve a sí mismo. Jesús no lo hace. Él es “salvador”, pero no ejerce su poder para provecho propio. Por decisión personal, introduce en el paraíso a un pobre hombre que pone su confianza en Él. La salvación no será solamente al final de los tiempos, cuando vuelva. Jesús, desde la cruz, anuncia el “hoy” de la salvación.

  1. La muerte del Hijo

Las últimas palabras de Jesús en la cruz son una oración expresada en un grito de confianza. Si bien están inspiradas en el Salmo 31,6, ellas evocan sus primeras palabras en el Templo de Jerusalén, cuando cumplió sus doce años. Jesús llama a Dios “Padre” suyo y en sus manos deposita toda su vida, en Él concluye su camino y a Él le entrega su causa.

  1. Después de la muerte de Jesús

Comienza una serie de reacciones frente a la muerte heroica de Jesús. Notamos la alusión continua al “ver” al crucificado: El centurión romano, ve y da testimonio, la muerte de Jesús es una injusticia, es el inocente ajusticiado, tal como lo había profetizado Isaías en los cánticos del Siervo de Yahvé; el pueblo “ve” y comienza a convertirse, reconociendo su culpabilidad; los amigos que lo acompañaron desde Galilea, ven, pero desde lejos.

Sigue la sepultura. No todos los miembros del Sanedrín eran sus enemigos. José de Arimatea, llamado bueno y justo, le tribute homenaje y le da digna sepultura

Las mujeres “ven” todo hasta el ultimo instante. Su fidelidad rebase la de los varones discípulos. Ellas, las testigos de la sepultura de Jesús, serán igualmente las primeras testigos de la resurrección.

La “visión” del Resucitado no se puede desconectar de la “visión” del crucificado. Es así como la contemplación de las actitudes de Jesús en su Pasión y Crucifixión en esta narración que se desencadena sin pausa –que se escucha con la respiración contenida por la emoción- es el preludio de la “conversión” pascual que está a punto de suceder. Tal como lo hace sentir Lucas, el final es tranquilo y lleno de suspenso: una extraña calma que interroga el corazón. La serenidad orante del final abre las puertas a una gran expectativa… que tendrá respuesta.

 

[1] F. Oñoro. La entrada a Jerusalén y el itinerario de la Pasión en Lucas (Lucas 22-23), CEBIPAL/CELAM.

Tomaron la decisión de matarlo

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Caifás

Cuaresma

Sábado de la V semana

Textos 

† Del evangelio según san Juan (11, 45-56)

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver que Jesús había resucitado a Lázaro, creyeron en él. Pero algunos de entre ellos fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron al sanedrín y decían: “¿Qué será bueno hacer? Ese hombre está haciendo muchos prodigios. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él, van a venir los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación”.

Pero uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: “Ustedes no saben nada. No comprenden que conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca”. Sin embargo, esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios, que estaban dispersos. Por lo tanto, desde aquel día tomaron la decisión de matarlo.

Por esta razón, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la ciudad de Efraín, en la región contigua al desierto y allí se quedó con sus discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos y muchos de las regiones circunvecinas llegaron a Jerusalén antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús en el templo y se decían unos a otros: “¿Qué pasará? ¿No irá a venir para la fiesta?”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje evangélico que sigue inmediatamente a la resurrección de Lázaro quiere prepararnos para la celebración de la santa semana de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Los sumos sacerdotes han comprendido que el milagro de la resurrección de Lázaro era un acontecimiento tan extraordinario que podía hacer crecer de manera imparable un movimiento de adhesión a Jesús. Y entonces sería fácil que el poder que tenían sobre la gente se hiciera pedazos. Se repetía de forma análoga lo que sucedió ya en el momento del nacimiento de Jesús, cuando Herodes trató de matar al Niño temiendo que pudiera disputarle el trono. Y también esta vez se decide matar a Jesús.

Caifás, en plena asamblea, toma la palabra y dice con solemnidad: «Conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación». Él no sabía que estaba interpretando el significado más profundo y verdadero de Jesús, único salvador del mundo. En efecto, la muerte de Jesús habría abatido los muros que dividían a los pueblos, y la historia habría tomado un nuevo rumbo, el de la unidad entre las naciones. En aquella asamblea se tomó por tanto la decisión solemne de matar al joven profeta.

Jesús, una vez más, se retira y va a Efraín con sus discípulos. Es el tiempo de la oración y de la reflexión. Era necesario crecer en la comunión, reforzar los vínculos de amistad y fraternidad, y para los discípulos, crecer en la fe hacia aquel Maestro.

Jesús sabía bien en qué medida era necesario, sobre todo en aquel momento, recoger y reforzar su fe. Yo pienso que gastó no pocas energías en adiestrarles y exhortarles para que permanecieran firmes en el camino del amor, venciendo temores, cerrazón y miedos.

Jesús trataba de esconderse para evitar que la multitud, que había aprendido a reconocerlo, se reuniese. Pero el deseo que tantos tenían de verlo, de hablar con él, de tocarlo, era tan grande que muchos de los peregrinos llegados a Jerusalén para la Pascua se acercaban al templo para verle. Este deseo de las multitudes de ver a Jesús es una invitación también para nosotros en estos días, para que no nos separemos de este maestro que «todo lo ha hecho bien». (Paglia, p. 145-146)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 145-146.

Cogieron piedras para apedrearlo

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jesús y el escriba

Cuaresma

Viernes de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (10, 31-42)

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: “He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?” Le contestaron los judíos: “No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios”. Jesús les replicó: “¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: ‘Soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean.

Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre”. Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.

Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: “Juan no hizo ninguna señal prodigiosa; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad”.

Y muchos creyeron en él allí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Ante la afirmación de Jesús: «Yo y el Padre somos uno», explota la rabia de sus interlocutores, que intentan lapidarlo. Es la segunda vez que ocurre según el evangelista Juan. Los que le escuchaban habían entendido perfectamente el alcance de las palabras pronunciadas por Jesús: para ellos eran una blasfemia. Jesús debía ser castigado con la lapidación.

Esta vez, en lugar de desaparecer de su vista, responde con la calma de quien sabe que está haciendo la voluntad del Padre. «He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?». Ellos responden que su reacción no nace de ninguna acción incorrecta de Jesús, sino de su pretensión de presentarse como Dios. Muy distinta era la reacción de los pobres y los débiles que Jesús encontraba y ayudaba. Ellos comprendían que un amor tan grande y tan fuerte sólo puede venir de Dios.

Es cierto que si nos ponemos ante los signos extraordinarios realizados por Jesús y ante sus palabras con una actitud de orgullo y frialdad no veremos la realidad tal como es. Podríamos decir que los, fariseos permanecían cegados por el fuerte brillo de ese amor. Este es el sentido de la acusación a Jesús: «Tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios».

La fe nos muestra que Jesús es ciertamente verdadero hombre, pero también verdadero Dios. Es el misterio que el Evangelio nos revela: Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Este misterio custodiado y transmitido por los discípulos de todo tiempo, de generación en generación, se aplica a la propia Iglesia, que es a la vez obra del hombre y obra de Dios. Ella misma es un misterio de amor. El apóstol Pablo la define como «cuerpo de Cristo»: a través de la Iglesia, sus sacramentos, la predicación del Evangelio, todos nosotros entramos en relación con Dios. En ese sentido, la Iglesia es la obra de Cristo, más aún, su «cuerpo» que continúa en el tiempo.

La comunidad cristiana es el sacramento, es decir, el signo de la presencia de Jesús es la historia. Estas afirmaciones no sólo no detienen a sus adversarios, sino que les incitan a apresar a Jesús. Pero él escapa. El evangelista Juan subraya que no son los enemigos los que capturan a Jesús, sino que es Jesús mismo quien, cuando llega la hora, se entrega a ellos. Y lo hacer por amor. De momento se aleja, retirándose al lugar en que Juan bautizaba, donde muchos continuaron acudiendo a él para escuchar su palabra de salvación, y se dejaban tocar el corazón. (Paglia, p. 144-145)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 144-145.

La verdad los hará libres

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Jesús con judios 3Cuaresma

Miércoles de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (8, 31-42)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los que habían creído en él: “Si se mantienen fieles a mi palabra, serán verdaderos discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres”. Ellos replicaron: “Somos hijos de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: ‘Serán libres’?” Jesús les contestó: “Yo les aseguro que todo el que peca es un esclavo y el esclavo no se queda en la casa para siempre; el hijo sí se queda para siempre.

Si el Hijo les da la libertad, serán realmente libres. Ya sé que son hijos de Abraham; sin embargo, tratan de matarme, porque no aceptan mis palabras. Yo hablo de lo que he visto en casa de mi Padre: ustedes hacen lo que han oído en casa de su padre”.

Ellos le respondieron: “Nuestro padre es Abraham”. Jesús les dijo: “Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham. Pero tratan de matarme a mí, porque les he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Ustedes hacen las obras de su padre”.

Le respondieron: “Nosotros no somos hijos de prostitución. No tenemos más padre que a Dios”. Jesús les dijo entonces: “Si Dios fuera su Padre me amarían a mí, porque yo salí de Dios y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino enviado por él”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Esta página evangélica se sitúa en el contexto de la tensión que se había creado entre la primera comunidad cristiana y el judaísmo. Los primeros cristianos fueron sometidos a una dura prueba por la hostilidad de los judíos, que reivindicaban la tradición de la ley mosaica. El evangelista Juan recuerda a los discípulos de Jesús que «permanezcan» en su Palabra: no sólo que la escuchen sino que la habiten como si fuera su propia casa; en definitiva, que la pongan en práctica como la palabra más familiar de su vida.

La palabra recibida y escuchada con fidelidad es la verdadera casa que el cristiano está llamado a habitar: su vida debe estar como envuelta, sostenida, fermentada por el Evangelio. La libertad cristiana consiste en escuchar y seguir la palabra evangélica, que es un yugo dulce que nos libera de las duras cadenas del formalismo de la ley y del egoísmo.

La libertad no nace de la ley, y ni siquiera de la pertenencia, aunque sea a la «estirpe de Abraham».. La libertad cristiana no es la disolución de todo vínculo para poder hacer lo que uno quiere. Esto es egoísmo, o esclavitud de las modas del mundo y las seducciones del mal. Hay siempre una presunción en el esclavo, la de negar su esclavitud, porque pone a salvo de las responsabilidades y del cansancio de buscar siempre la dirección hacia la que encaminarse, y también de formar parte de un «nosotros», de ese pueblo que Jesús ha venido a reunir en la tierra.

«La verdad os hará libres», dice Jesús. Y la verdad es Jesús mismo. Es la adhesión a él -una adhesión permanente- la que libera frente al pecado. No basta considerarse «hijo de Abrahán» para serlo de verdad, subraya Jesús: la verdadera filiación, la que convierte en amigo y familiar de Dios, surge del «hacer las obras del Padre». Jesús insiste: «Si son hijos de Abraham, hagan las obras de Abraham». No sólo querían matar a Jesús -cosa que a Abraham ni se le hubiera pasado por la cabeza-, sino que realizó la obra más alta para un creyente: obedecer la palabra del Señor y confiarle toda su vida, como escribe la Carta a los Hebreos: «Por la fe, Abraham… obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 142-143.

Cuando hayan levantado al Hijo del Hombre

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jesús con los judios 2

Cuaresma

Martes de la V semana

Textos

 † Del evangelio según san Juan (8, 21-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir”. Dijeron entonces los judíos: “¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’?” Pero Jesús añadió: “Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”.

Los judíos le preguntaron: “Entonces ¿quién eres tú?” Jesús les respondió: “Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar.

El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo”. Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.

Jesús prosiguió: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada”.

Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de Juan nos sitúa una vez más en el templo, donde Jesús continúa su última y decisiva confrontación con sus adversarios. Quienes le escuchan se obstinan en no acoger el testimonio de su origen divino, porque si lo reconocieran como enviado de Dios deberían acoger su predicación y cambiar su corazón y toda su vida.

Para permanecer firmes en sus posiciones y evitar cualquier cambio, no aceptan la predicación de Jesús, sino que la tergiversan. Es lo que nos sucede también a nosotros cuando no queremos escuchar con disposición de corazón el Evangelio, que nos pide dejar el mal y seguir el camino del amor por Jesús y por los demás. Hacemos de todo para justificamos a nosotros mismos y nuestras decisiones. Cuando Jesús afirmó que adonde él iba ellos no podían ir, sus oyentes llegaron a pensar que tenía intención de suicidarse. En realidad Jesús se movía en un plano muy distinto.

Miraba a lo alto hacia el Padre del cual había recibido una misión universal que abrazaba a todos los hombres. Jesús les dice: « +Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo».

Jesús ha descendido hasta lo mas bajo de los hombres para llevarlos a lo más alto, hacia el cielo de Dios. Hay una distancia abismal entre el modo normal de razonar de los hombres y la visión que Dios tiene del mundo Y de toda la humanidad. El sueño de Dios para el mundo aparecerá claro en el momento culminante de la vida de Jesús: su muerte en cruz. Los que le crucificaron la considerarán su victoria, pero en realidad sobre aquella cruz será derrotado ese primado del egoísmo que arrastra al mundo hacia abajo, y se ensalzará el amor de Dios que salva a todos los hombres.

Mientras nosotros tratamos por todos los medios de salvamos a nosotros mismos, Jesús dedica su vida entera a salvamos a nosotros, llegando incluso a subir a la cruz. Por eso les dice a todos, aunque todavía no puedan comprenderlo: «Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy». Sí, en el momento de la muerte aparecerá con claridad quién es Jesús y el porqué de su encamación. El primero en comprenderlo fue el centurión romano que estaba a los pies de la cruz, el cual, viendo cómo se había comportado Jesús hasta el último aliento, dijo: «Verdaderamente este hombre era el hijo de Dios». También algunos de los que estaban presentes en el templo, escuchándole hablar, creyeron en él. Si para ellos fue suficiente aquel discurso, ¿por qué nosotros dudamos a pesar de las muchas veces que se nos anuncia el Evangelio?

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 141-142.

Ustedes juzgan por las apariencias

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Cuaresma

Lunes de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (8, 12-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en la oscuridad y tendrá la luz de la vida”. Los fariseos le dijeron a Jesús: “Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es válido”. Jesús les respondió: “Aunque yo mismo dé testimonio en mi favor, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y a dónde voy; en cambio, ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy. Ustedes juzgan por las apariencias. Yo no juzgo a nadie; pero si alguna vez juzgo, mi juicio es válido, porque yo no estoy solo: el Padre, que me ha enviado, está conmigo. Y en la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo doy testimonio de mí mismo y también el Padre, que me ha enviado, da testimonio sobre mí”. Entonces le preguntaron:” ¿Dónde está tu Padre? “Jesús les contestó:” Ustedes no me conocen a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre”. Estas palabras las pronunció junto al cepo de las limosnas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora. Palabra del Señor

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje (1)

La presente dialéctica entre Jesús y los fariseos tiene lugar en el atrio del templo llamado “de las mujeres”, donde se encuentra el arca de las “ofrendas”. Allí, durante la fiesta de las Tiendas se encendían enormes hachones capaces de iluminar toda la ciudad de Jerusalén. Jesús se inspira en esta realidad para revelar que él es la verdadera “luz del mundo”, que los hombres deben seguir para tener vida.

Los oponentes objetan la verdad de sus palabras o su origen divino y su intimidad con el Padre. Jesús responde sencillamente remitiéndoles a la ley invocada por ellos: ¿se necesitan dos testimonios para probar la verdad de una afirmación? Pues bien, sus palabras son convalidadas por el Padre que le ha enviado.

Pero ellos, que pretenden erigirse como jueces, juzgan “con criterios mundanos” (v. 15) y, por consiguiente, incapaces de conocer quién es él en verdad, porque ni siquiera conocen al Padre. (Zevini (3), p. 338-339)

1. Zevini et.al. Lectio Divina. T. 3, pop. 338-339

Tampoco yo te condeno…

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Jesús y la mujer adultera.jpg

Cuaresma

Domingo de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”.

Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En la misma lógica de la conversión y de la reconciliación a la que nos ha invitado la Palabra de Dios durante esta cuaresma, este domingo, profundizamos en una de las más bellas expresiones de la misericordia: el perdón.

Nos apartamos del evangelio de san Lucas para dar paso a un pasaje del evangelio de Juan que tiene un claro sabor lucano, pues encaja perfectamente en los grandes temas que Lucas desarrolla en su obra y es más afín al estilo y lenguaje de este evangelista que al de Juan.

Se trata del episodio de la mujer sorprendida en adulterio. Es una escena dramática, la mujer no es una víctima inocente y tampoco lo era su cómplice que no aparece por ningún lado; sus acusadores son implacables, se han erigido en jueces y sumariamente quieren aplicar la ley que la condena a muerte; someten el caso a Jesús, que delante de ellos manifiesta el amor misericordioso de Dios y su perdón, experiencia que penetra en lo más íntimo del corazón.

En el fondo hay otro juicio, el que ya han hecho de Jesús y que quieren justificar con una evidencia; el caso que le presentan esconde una trampa, cualquiera que  fuera su respuesta le crearía dificultades; si era condenatoria, sería contradecir su enseñanza; si era absolutoria, sería ir contra la ley. Quieren ponerlo a prueba para justificar la condena de muerte que ya habían hecho sobre él.

Jesús aprovecha la ocasión para dar una magnífica enseñanza sobre el dinamismo del perdón: reconocer el pecado, ser perdonado y perdonar a los demás y lo mismo para quien pretende erigirse como juez: no tiene autoridad para juzgar quien tiene motivos para ser juzgado; sólo quien perdona puede ser perdonado por Dios.

El contexto

Jesús ha pasado toda la noche en oración; de madrugada va al templo en donde «la multitud se le acercaba» buscando su enseñanza. Jesús está en la ciudad santa como maestro, «sentado entre ellos, les enseñaba».

El dato no es de menor importancia. Nos ubica en un escenario que por un lado deja ver que es mucha la gente que reconoce la autoridad de Jesús y al mismo tiempo nos hace entender el significado de aquella escena: todos los ojos están puestos en él, un fracaso podría desautorizarlo definitivamente.

La situación es peligrosa, quienes buscan pretextos para acusarlo, podrían aprovechar cualquier titubeo o imprecisión para emboscarlo en una trampa jurídica, desacreditarlo y llevarlo a juicio. Jesús mismo había dicho que no venía abolir la ley sino a darle plenitud ¿cómo lo hará en este caso?

El juicio de la mujer pecadora

Comienza en drama: «los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio»; el hecho es indudable, nadie dice que se trata de una acusación falsa; más adelante se alude a la flagrancia; lo que llama la atención es que sólo sea acusada la mujer; la ley, en el libro del levítico (20,10) señala que en caso de adulterio, debían morir «tanto el adúltero como la adúltera».

Jesús es abordado y, como maestro, se le presenta el caso para que dé el veredicto; quienes acusan a la mujer: «esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio» presentan el hecho, recuerdan lo que manda la Ley «Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres» pero omiten la referencia al varón; y le piden su veredicto: «¿Tú que dices?».

El juicio velado a Jesús

El evangelista dice que «le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo»; esta nota ayuda a entender que hay otro problema de fondo y es el juicio que los acusadores de la mujer ya han hecho sobre Jesús a quien quieren eliminar y sólo buscan la forma legal de hacerlo, para ello le ponen una trampa.

Si Jesús aprueba el comportamiento de los acusadores, se pondría en contraposición con su propia manera de actuar que era cercana y misericordiosa con los pecadores y aparecería a los ojos de la multitud como un falso maestro.

Si, por el contrario, Jesús no aprueba lo que hacen quienes acusan a la mujer, estaría desconociendo una ley que era muy clara y desestimando un hecho flagrante, dando así motivos también para ser acusado de ser un falso maestro que aparta a la gente del cumplimiento de la Ley y al ser nocivo para el pueblo, tendría que ser quitado de en medio.

La respuesta de Jesús

Jesús responde con un gesto y con una frase. El gesto es silencioso; «se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo». Se toma su tiempo, lo hace dos veces; la segunda después de pronunciarse, establece un lapso de silencio con el que manifiesta su calma y dominio de la situación y propicio como para que los asistentes tuvieran tiempo de reflexionar el caso a la luz de lo que él mismo les había enseñado.

Los acusadores de la mujer «insistían en su pregunta», dando evidencia de que se habían impacientado y, como para impedirle tiempo de reflexión, lo presionaron pidiéndole una respuesta. Jesús se levantó y les dijo: «aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra».

Con esta frase, Jesús adapta la norma bíblica contenido en el libro del Deuteronomio (17,7) que establece que para condenar a una persona a muerte, se requieren dos o tres los testigos del delito y que sean ellos quienes inicien la ejecución; con ello la ley previene de condenas injustas y de testimonios en falso y hace responsable de la muerte de un transgresor de la ley a quienes son testigos del delito.

Con sus palabras Jesús hizo que los acusadores de la mujer cayeran en la cuenta de que habían considerado el delito y lo habían confrontado con la Ley, pero no habían considerado su autoridad moral para acusar y condenar pues no habían tenido en cuenta sus propios pecados. En el juicio que hacen no pueden presentarse como si fueran intachables y nunca hubieran cometido una falsa; ellos también necesitan de la paciencia, de la misericordia y del perdón de Dios.

Después de pronunciar esta frase «se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo», dejándoles tiempo para la reflexión.

Puestos contra su propia historia, los acusadores y la multitud «comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos»; con su actitud, reconocieron que ninguno estaba libre de culpa; todos se fueron yendo «hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.»

El perdón de Jesús

Jesús se dirige entonces a la mujer acusada de adulterio y establece con ella un diálogo delicado, en su voz no hay reproche ni tono de condena. Le hace dos preguntas y hace dos afirmaciones.

Las preguntas, «dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?» , hacen evidente lo que ha sucedido: los acusadores se han ido y ninguno la ha condenado. Ante ello, Jesús afirma: «Tampoco yo te condeno», liberándola así de la pena de muerte; «Vete y ya no vuelvas a pecar», palabras con las que Jesús absuleve y abre la vida de la mujer a un nuevo horizonte, el comienzo de una nueva historia; el perdón le permite renacer.

Jesús no aprueba el pecado, ni lo relativiza como si no hubiera pasado nada, no niega la verdad de los hechos, los confronta con la misericordia de Dios que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva y por ello, dirigiéndose a la mujer le habla enérgicamente pidiéndole no alejarse de Dios que es el Señor de la vida.

La misericordia de Dios es para todos. Los acusadores tuvieron la oportunidad de reconocerse necesitados del perdón de Dios y de comprender que no debían actuar con presunción de perfección y sin misericordia.

La misericordia salvó la vida de la mujer de dos maneras: de la pena de muerte y de una vida condenada a llevar sobre si el lastre del pecado, al ofrecerle el perdón de Dios que renueva el corazón y lo fortalece para no volver a pecar.

Juzgar y perdonar

Esta escena de perdón de la mujer sorprendida en flagrante adulterio, pone de relieve el contraste que hay entre nuestros juicios sobre los demás, que suelen ser muy exigentes y los que hacemos sobre nosotros mismos, que suelen ser indulgentes. Hay también un gran contraste entre el modo de juzgar del sistema social, que es implacable y el modo de juzgar de Dios que es misericordioso.

Dios no condena al pecador, lo acoge para que se rehabilite. Todos podemos vernos en la imagen de la mujer adúltera, necesitados de ser acogidos, de ser perdonados, de tener una nueva oportunidad.

La misericordia no niega la verdad. A las cosas se les llama por su nombre, sin matices ni eufemismos. El proceso de renovación interior o de superación de actitudes que nos alejan de Dios y de los hermanos requiere confrontar la propia vida con la verdad; sin maximizar o minimizar lo hechos, renunciando a complicidades que esconden las propias faltas y reconociendo la propia fragilidad y los propios errores; sólo así se puede comenzar de nuevo.

Hay muchos tipos de faltas. Jesús no se presenta obsesionado con esta falta de adulterio como si se presentan los acusadores; llama pecado a la falta y le dice a la mujer que no vuelva a pecar; en ningún lugar Jesús señala que las faltas en materia sexual sean más graves que las que se cometen en otros ámbitos de la vida; más aún,  si lo vemos hablando con más dureza sobre la hipocresía y la injusticia de los fuertes y poderosos y tratar con indulgencia a los que los intérpretes de la ley calificaban como pecadores y malditos. Las faltas, faltas son y su gravedad tiene que ver con la materia de la falta y la decisión de incurrir en ella implicando la voluntad, la conciencia y libertad.

Por ello, es muy difícil juzgar sobre las faltas de los demás, pues sólo podemos juzgar lo que vemos y no lo que no vemos. Resulta fácil lanzar piedras, juzgar y acusar a los demás. Jesús nos invita a no enjuiciar ni condenar fríamente a los demás, desde la supuesta objetividad de hechos que esconde la interpretación subjetiva que nosotros hemos hecho de los mismos. Jesús nos enseña a comprender las faltas de los demás desde la conducta personal; antes de arrojar piedras, hemos juzgar nuestro propio pecado. Lo que muchas personas necesitan no es la condena sino a alguien que les ayude y les ofrezca la posibilidad de rehabilitarse; un corazón misericordioso y una mano amiga que ayude a levantarse.

Corresponde a cada persona confrontar su vida con el amor de Dios y con esta luz, reconocer las propias faltas, experimentar el arrepentimiento y dolor por haberlas cometido y acogerse a la misericordia de Dios; es un proceso que cristaliza en la experiencia sacramental de la reconciliación; acudimos a este sacramento, para reconocer con vergüenza y dolor las propias culpas poniéndolas delante de la misericordia de Dios y escuchar junto con las palabras de la absolución el imperativo de Jesús: vete y no vuelvas a pecar.

 

[1] Fi. Oñoro, El perdón de la pecadora y el pecado de los acusadores. Juan 8, 1-11, CEBIPAL; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 101-104.

¿Acaso el Mesías va a venir de Galilea?

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Jesús en el Templo 2 

Cuaresma

Sábado de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (7, 40-53)

En aquel tiempo, algunos de los que habían escuchado a Jesús comenzaron a decir: “Este es verdaderamente el profeta”.

Otros afirmaban: “Este es el Mesías”.

Otros, en cambio, decían: “¿Acaso el Mesías va a venir de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá de la familia de David, y de Belén, el pueblo de David?” Así surgió entre la gente una división por causa de Jesús.

Algunos querían apoderarse de él, pero nadie le puso la mano encima.

Los guardias del templo, que habían sido enviados para apresar a Jesús, volvieron a donde estaban los sumos sacerdotes y los fariseos, y éstos les dijeron: “¿Por qué no lo han traído?” Ellos respondieron: “Nadie ha hablado nunca como ese hombre”. Los fariseos les replicaron: “¿Acaso también ustedes se han dejado embaucar por él? ¿Acaso ha creído en él alguno de los jefes o de los fariseos? La chusma ésa, que no entiende la ley, está maldita”.

Nicodemo, aquel que había ido en otro tiempo a ver a Jesús, y que era fariseo, les dijo: “¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin oírlo primero y sin averiguar lo que ha hecho?” Ellos le replicaron: “¿También tú eres galileo? Estudia las Escrituras y verás que de Galilea no ha salido ningún profeta”. Y después de esto, cada uno de ellos se fue a su propia casa. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El contexto en el que nos sitúa el pasaje evangélico que se ha proclamado sigue siendo el templo de Jerusalén, y concretamente durante la fiesta de las Tiendas.

Jesús participa en una discusión con sus opositores acerca de su misión. En este episodio el evangelista nos refiere las diferentes reacciones de la gente a las palabras de Jesús. Algunos se quedan admirados y lo reconocen como profeta, otros incluso como el Mesías. En cualquier caso comienza una discusión entre ellos.

En efecto, el Evangelio suscita siempre una división entre los que lo acogen y los que no; a veces esa discrepancia se suscita incluso en el corazón de cada uno de nosotros, cuando sentimos la fascinación de esas palabras, o cuando las rechazamos por pereza, por orgullo o porque nos cuestan demasiado.

Aquel día en el templo se suscitó un debate de este tipo precisamente, pero su palabra tenía tanta autoridad que nadie se atrevió a ponerle la mano encima. Estaban también los guardias, que deberían haberlo arrestado, pero después de escucharle no tuvieron coraje. Y a los reproches de los fariseos por no haberlo arrestado contestaron con una franqueza que irritó a estos todavía más: «Nadie ha hablado nunca como ese hombre».

La palabra de Dios es fuerte; ciertamente es una fuerza «débil», y sin embargo más fuerte que las armas de los hombres. Su fuerza es la de presentar un amor que no conoce límites, que enseña a amar a los demás antes que a uno mismo. Una voz como ésta ciertamente jamás se había escuchado; nadie había enseñado que los verdaderos bienaventurados son los pobres, los no violentos, los humildes, los trabajadores por la paz y la justicia.

Todo el Evangelio está marcado por este amor. Entre los fariseos, tan solo Nicodemo -que habla mantenido una larga entrevista con Jesús- puso objeciones a la ceguera de sus compañeros. Ellos le reprendieron también a él: no se rinden ni siquiera ante la evidencia. Tan sólo en la escucha continua de su Palabra, como hizo precisamente Nicodemo, es posible abrir los ojos y el corazón a este extraordinario Maestro.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 137.

¿No es éste al que quieren matar?

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Cuaresma

Viernes de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (7, 1-2. 10. 25-30)

En aquel tiempo, Jesús recorría Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba ya la fiesta de los judíos, llamada de los Campamentos.

Cuando los parientes de Jesús habían llegado ya a Jerusalén para la fiesta, llegó también él, pero sin que la gente se diera cuenta, como de incógnito. Algunos, que eran de Jerusalén, se decían: “¿No es éste al que quieren matar? Miren cómo habla libremente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde viene éste; en cambio, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde viene”.

Jesús, por su parte, mientras enseñaba en el templo, exclamó: “Conque me conocen a mí y saben de dónde vengo. Pues bien, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; y a él ustedes no lo conocen. Pero yo sí lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado”. Trataron entonces de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se encuentra en Galilea, y no quiere ir a Jerusalén para no caer en manos de los fariseos, convertidos en enemigos peligrosos. Siente que todavía no ha llegado su hora. Sin embargo, al acercarse la fiesta de las Tiendas decide ir al templo con sus hermanos para evitar publicidad. Pero mientras está en Jerusalén probablemente es reconocido, y en seguida se abre un debate sobre él entre la gente.

Ya era algo sabido que las autoridades del pueblo querían matarle para impedir que siguiera predicando. Y, dado que seguía todavía en libertad, con cierta ironía la gente se preguntaba si los fariseos no habrían reconocido que él fuese el Cristo. Sin embargo añaden, mostrando así su incredulidad, que los orígenes de Jesús se conocen mientras que del Cristo -según las tradiciones de la época- no se sabe de dónde viene.

En este punto Jesús vuelve a enseñar públicamente en el templo y desenmascara la incredulidad de la mayoría, respondiendo a todos que él sabe bien de dónde viene y que conoce quién le ha enviado entre los hombres. Quien le escucha y lo sigue se pone en el camino de la salvación, que es precisamente conocer al Padre que lo ha enviado y acoger su plan de salvación para el mundo.

El «conocimiento» del que habla Jesús está estrechamente ligado al suyo: es un conocimiento que significa adhesión, obediencia, disponibilidad para cumplir enteramente la voluntad del Padre, es decir, sentir como propia la tarea de llevar la salvación a todos los hombres. Este Evangelio, esta tarea extraordinaria y cautivadora, es rechazado también por los que lo escuchan, quienes al igual que sus jefes tratan de detenerle.

Es una historia que se repite todavía hoy en el mundo, y en la que a veces nosotros mismos estamos implicados. Incluso nosotros somos a veces cómplices de quien quiere «ponerle las manos encima» al Evangelio, es decir, bloquear su fuerza de cambio, o de herirlo con nuestras reiteradas traiciones, o de encarcelarlo en la red de las costumbres, los ritos, las mezquindades. Pero nadie consiguió detener a Jesús.

El evangelista Juan subraya muy claramente que los perseguidores no eliminan a Jesús, no tienen la fuerza para ello. En realidad será Jesús mismo quien se entregará a los perseguidores para que lo lleven hasta la cruz. Él es quien da la vida por nosotros, se muestra como el sacramento del amor sin límites del Padre por todos los hombres.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 135-136.

He venido en nombre de mi Padre

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jesús con los judios

Cuaresma

Jueves de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (5, 31-47)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Si yo diera testimonio de mí, mi testimonio no tendría valor; otro es el que da testimonio de mí y yo bien sé que ese testimonio que da de mí es válido.

Ustedes enviaron mensajeros a Juan el Bautista y él dio testimonio de la verdad. No es que yo quiera apoyarme en el testimonio de un hombre.

Si digo esto es para que ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse un instante con su luz. Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre.

El Padre, que me envió, ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque no le creen al que él ha enviado.

Ustedes estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí.

¡Y ustedes no quieren venir a mí para tener vida! Yo no busco la gloria que viene de los hombres; es que los conozco y sé que el amor de Dios no está en ellos.

Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me han recibido. Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían. ¿Cómo va a ser posible que crean ustedes, que aspiran a recibir gloria los unos de los otros y no buscan la gloria que sólo viene de Dios? No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre; ya hay alguien que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí.

Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el pasaje evangélico que acabamos de escuchar, Jesús se defiende apelando directamente al testimonio del Padre que está en los cielos y que obra en él. Estaba la indicación del Bautista que obviamente tenía su fuerza: él, dice Jesús, «era la lámpara que ardía y brillaba», aunque pocos se habían dejado iluminar por su luz. Y añade, para reforzar su defensa de forma categórica: el testimonio de las obras, que demuestran que el reino de Dios ha venido en medio de nosotros. En efecto, Jesús no ha venido al mundo simplemente para proclamar una doctrina sino para cambiar el mundo, para liberarlo de la esclavitud del pecado y del mal.

El Evangelio, con los milagros de cambio que obra en la vida de las personas, muestra la fuerza transformadora, de liberación del mal, y la presencia de la acción de Dios. Las «obras» de las que habla Jesús son: la conversión de los corazones y las transformaciones que ocurren en la vida concreta, las obras de la misericordia que liberan a muchos de la esclavitud. Sin embargo los fariseos, a pesar de ver estas obras y de escuchar la predicación, no quieren creer que Jesús sea el enviado de Dios. Su corazón está endurecido por el orgullo y su mente ofuscada por prácticas rituales que han ahogado la misericordia y el amor. Dice Jesús: «Ustedes nunca han escuchado su voz».

La fe es precisamente acoger en el corazón palabra de Dios y hacerla propia. Pero esto requiere la humildad de quien sabe escuchar al Señor, y la disponibilidad para dejarse guiar por esa palabra que viene de lo alto y que transforma el corazón de quien la acoge. La escucha y la disponibilidad para dejarse guiar son el primer paso -si se puede decir así- de la fe, porque contienen ya un destello del mismo Dios.

Jesús vino al mundo para revelar el rostro de Dios de forma clara. Jesús es el exégeta de Dios, el único capaz de explicárnosle, y todo el que lee las Sagradas Escrituras con disponibilidad y las escucha con fidelidad, y sinceridad, llega a conocer el extraordinario misterio de liberación que el amor de Dios obra en todos. Por eso Jesús. exhorta a quienes le escuchan a no endurecer su corazón como hicieron los judíos los tiempos de Moisés, a no enorgullecerse de sí mismos ni de sus prácticas.

Al contrario, es necesario dejarse tocar el corazón por la Palabra de Dios y por las obras de amor que brotan de ella. Jesús, a pesar de la incredulidad que domina a quienes le escuchan, no les acusa ante el Padre; él ha venido para abrir los ojos y los corazones de todos. Es lo que sucede a quien abre y lee las Santas Escrituras con disponibilidad y humildad: en ellas es Jesús mismo el que viene a nuestro encuentro para que podamos comprender el amor sin límites del Padre y nos conmovamos.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 134-135.

Le rogó que fuera a curar a su hijo

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Lunes de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (4, 43-54)

En aquel tiempo, Jesús salió de Samaria y se fue a Galilea.

Jesús mismo había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia patria. Cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que él había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían estado allí.

Volvió entonces a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Al oír éste que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo.

Jesús le dijo: “Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen”.

Pero el funcionario del rey insistió: “Señor, ven antes de que mi muchachito muera”. Jesús le contestó: “Vete, tu hijo ya está sano”.

Aquel hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano.

El les preguntó a qué hora había empezado la mejoría.

Le contestaron: “Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre”.

El padre reconoció que a esa misma hora Jesús le había dicho: ‘Tu hijo ya está sano’, y creyó con todos los de su casa.

Esta fue la segunda señal milagrosa que hizo Jesús al volver de Judea a Galilea. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy se abre la cuarta semana de Cuaresma, cambia el enfoque de las lecturas; de la invitación a la conversión y la insistencia en el perdón, la reconciliación y la misericordia, pasamos a contemplar a a Jesús como Señor de la vida.

El Evangelio de Juan, que desde hoy nos acompañará hasta el final de la Cuaresma, presenta a Jesús que acaba de regresar a Galilea, a su región, a pesar de haber dicho que nadie es profeta en su patria, En realidad el evangelista amplia el sentido de la narración extendiéndolo a toda la humanidad: Jesús no ha venido sólo para los judíos sino para todos los hombres, de cualquier cultura, pueblo o credo.

La fe no se apoya sobre privilegios humanos o características terrenas, sino sólo sobre la adhesión del corazón a Jesús y a su Evangelio. Es lo que ocurre con este oficial de Cafarnaúm. Él, un funcionario del rey Herodes Antipas, tiene a un hijo enfermo, y piensa que Jesús puede curarlo. Va donde está Jesús y le pide que vaya a su casa porque el hijo estaba a punto de morir. Jesús parece resistirse a la oración de este padre, y como enfadado responde: «Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen». Sin embargo el funcionario insiste, y Jesús, ante la insistencia replica inmediatamente: «Vete, tu hijo ya está sano». Para ese hombre bastó esta palabra de Jesús y se puso en camino hacia su casa. Y el evangelista señala: «Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano».

Fue un milagro a distancia que se debe a la fe de ese funcionario, que se nos presenta como un verdadero creyente. No era judío, y ni siquiera frecuentaba la sinagoga, pero creyó sin titubeos la palabra de Jesús. Por esta fe le fue devuelto el hijo curado. Acogiendo en el corazón esta fe continuemos nuestro camino hacia la Pascua, y experimentamos en nosotros mismo la fuerza de curación del Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 131-132.

¿Cómo es Dios?

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Cuaresma

Domingo de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (15, 1-3. 11-32)

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo.

Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre.

Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo.

Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba.

Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El domingo pasado la Palabra nos conminó a hacer el camino de conversión poniéndonos en el horizonte de nuestra propia muerte. La oportunidad de re-nacer se nos presenta ahora y hay que aprovecharla, cuando concluya la vida no la tendremos más. El camino de la conversión implica la voluntad del hombre, su decisión para poner de su parte lo necesario para ser mejor hijo de Dios y mejor hermano.

Este domingo el evangelio, en el horizonte lucano de este ciclo, nos da una razón poderosa para no desfallecer en el camino de conversión, Dios también recorre el camino, pero lo hace en sentido inverso, viene a encontrarnos como padre misericordioso que nos acoge, nos dignifica, nos da toda su confianza y se alegra inmensamente porque volvemos a casa.

La página que contemplamos, una de las más bellas de la literatura universal es la parábola del padre misericordioso, popularmente conocida como del hijo pródigo. La finalidad de la parábola es mostrarnos el carácter, la grandeza y las características de la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos; de esta manera comprenderemos por qué Jesús «recibe a los pecadores y come con ellos», actitud misericordiosa que escandalizó a la gente piadosa de su tiempo.

Los sentimientos que tiene este padre protagonista de la historia -respeto, generosidad, paciencia, esperanza, ternura, alegría desbordante por la recuperación del hijo, capacidad infinita de perdón, etc.- son la mejor imagen de los sentimientos de Dios.

El contexto

La forma como Jesús se relacionaba con los publicanos y pecadores era mal vista por los  los escribas y fariseos, que preferían mantener distancia para no “contaminarse” con las personas de mala reputación y las miraban con desprecio; Jesús, en cambio, iba al encuentro de ellas, les anunciaba la misericordia de Dios que se acercaba a ellos sin pudor, dispuesto a perdonarlos y a acogerlos de nuevo en la comunión con él. Jesús era al mismo tiempo el mensajero y el instrumento de esta misericordia y por ello era objeto de críticas severas.

Jesús responde a estas críticas con tres parábolas, llamadas de la misericordia, -de la oveja perdida, de la moneda perdida, del hijo perdido- para justificar su cercanía con los más indeseables. Y su justificación consiste en mostrar que Dios busca, se acerca y es misericordioso con esa gente, y que por eso mismo lo es también él. En estas parábolas, el evangelio  nos muestra, al mismo tiempo, el rostro de Dios y el rostro de Jesús, cuál es el proceder de Dios y por qué Jesús está, se dirige, acoge, comparte y come con quienes lo hace.

La parábola fue dicha, sin duda, a personas que se parecen al hermano mayor, es decir, a personas que se escandalizan por el comportamiento de Jesús y por el mensaje del evangelio.

El texto

La parábola tiene dos partes: la primera narra la historia de la conversión del hijo menor; la segunda, la historia de la resistencia del hijo mayor para compartir la alegría y la misericordia del papá. De principio a fin de la parábola, aparece el papá, que es el punto de referencia y verdadero protagonista de toda la historia.

Al considerar la parábola como un todo, el punto culminante de la misma es la disputa del hijo mayor con el padre. Éste, molesto por la vuelta de su hermano, no entiende la alegría del padre y se niega a participar en la fiesta. ¡He aquí un hijo que nunca ha obrado mal en su vida, pero que todavía no conoce ni entiende a su padre!

La historia del hijo menor

La trama se desarrolla en cinco pasos que recorren el camino de ida y vuelta del hijo menor. En el primero, la decisión de marcharse de casa y de pedir la herencia a su padre, sin importarle el agravio que esto significaba; en el segundo, se describe la penuria en la extrema lejanía después de haber despilfarrado sus bienes y de llevar una vida disoluta; en el tercero, la toma de conciencia de la situación y la decisión de volver; en el cuarto, el encuentro con el Padre y en el quinto, la celebración por que este hijo «estaba muerto y ha vuelto a la vida».

La historia del hijo mayor

La parábola presenta el contraste entre la alegría del padre y la renuencia del hijo mayor que «se enojó y no quería entrar».

En esta parte se entretejen dos diálogos, el que tiene el hijo mayor con los criados, que cuando esta llegando a casa le dan razón de lo que sucede y el diálogo con el padre que sale a buscarlo para pedirle insistentemente que entre a la casa, escucha el argumento de su enojo y finalmente le responde exponiéndole sus motivos.

Con el hijo mayor se identifican los que ante Dios se sienten cumplidores, se creen buenos y justos; se siente merecedores del Reino y no están dispuestos a compartirlo con quienes no se han esforzado como ellos, han llevado una vida imperfecta y han cometido errores.

Es una actitud tristemente frecuente entre muchas personas. La parábola rechaza de plano semejante actitud. Lo que el padre piensa y hace es otra cosa. Para él lo más importante es que ante un hijo o/y hermano recuperado hay que hacer fiesta y alegrarse. Éste es el mensaje central de la parábola.

La convergencia de las dos historias

Las dos partes tienen dos puntos de convergencia; el primero la invitación a la fiesta. Ante el regreso del hijo menor, el padre exclama «comamos y hagamos una fiesta» y ante el malestar del hijo mayor, el padre exclama: «era necesario hacer fiesta y regocijarnos». El segundo punto de convergencia es el motivo, que el padre presenta con las mismas palabras ante los dos hijos: ˜«porque este hijo mío [hermano tuyo] estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado».

En el motivo de la fiesta, la parábola nos hace entender el misterio de la reconciliación como experiencia pascual, como paso de la muerte a la vida, como acción salvífica de Dios en el hombre.

El comportamiento del Padre

El comportamiento del Padre, transversal a toda la parábola, nos describe una enternecedora catequesis sobre la misericordia.

Ante el hijo arrepentido que regresa, el padre «lo vio», «se enterneció profundamente» y «corrió hacia él» para encontrarlo. Su hijo, aunque se fue de casa, nunca se ha salido de su corazón; y si un día se vio agraviado por su conducta insolente, ver su humillación y sufrimiento fue suficiente para acogerlo de nuevo con profunda emoción.

Esta emoción va acompañada de seis gestos de amor, gestos de misericordia que rehacen la vida desecha del hijo pecador.

  1. Le echó «los brazos al cuello», rompe todas las barreras, no espera explicaciones, no le exige que se purifique, no toma distancia, se acerca y lo acoge entre sus brazos.
  2. «Lo cubrió de besos»; el beso es la expresión del perdón paterno, que en este caso es ofrecido antes de la confesión del arrepentimiento del hijo.
  3. Lo visitó con «la túnica más rica» con ello le restituyó su dignidad de hijo, confirmándolo en sus antiguos privilegios; su pasado, a quedado atrás junto con su vestido viejo.
  4. Mandó que le pusiera «un anillo en el dedo» y que le calzaran «sandalias en los pies», con ello le restituye la confianza y la entera libertad; el anillo era una insignia real para sellar los negocios y las sandalias eran privilegio de los hombres libres.
  5. Mandó matar «el becerro gordo»; dispone del animal que se alimentaba con más cuidado y se reservaba para alguna celebración importante en la casa.
  6. Y dijo «Comamos y hagamos una fiesta»; ¿el motivo?, el valor de la vida de su hijo.

La alegría del padre se confronta en este punto con la actitud del hijo mayor que se refleja en sus palabras

  1. «‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo!’» El problema no es simplemente “estar” con el padre sino de qué manera se está.
  2. «Sin desobedecer jamás una orden tuya» Este hijo mide su relación con su padre a partir del cumplimiento de la norma;
  3. «Tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos», su expectativa es la de una retribución proporcional a su esfuerzo; al final de cuenta lo que reciba no será un don, sino mérito suyo.

La relación entre el padre y el hijo menor, se mide por el amor, en el cual lo que importa no es lo que le pueda dar al otro sino el hecho de ser “hijo”. Sale a flote el gran valor de la relación y su verdadero fundamento. Lo que le dolía al padre no eran los bienes perdidos sino haber perdido a su hijo.

El hijo menor admite que ha pecado; su pecado más que haber llevado una vida disoluta, es haber abandonado la casa, haber rechazado ser hijo. Al pedir la herencia, declaró la muerte de su padre, la disolución del vínculo padre-hijo, por eso dice «‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti».

La vida disoluta es el resultado de una vida concentrada en si mismo, que excluye la relación con el padre, que es principio de vida. El perdón se reconstruye todos los aspectos de esta relación y esto es lo que importa. En primer lugar un hijo que redescubre el amor paterno y se goza en ello porque resurge con una nueva fuerza de vida. El hijo mayor, aún en casa, seguira viviendo como un extraño. En segundo lugar el redescubrimiento de la condición de hijo, lleva a recuperar la fraternidad. Por eso el padre corrige a su hijo mayor que se refiere a su hermano llamándolo «ese hijo tuyo», llamándolo  «este hermano tuyo».

Los caminos de reconciliación con el hermano deben partir del encuentro en el corazón del Padre.

 

[1] F. Oñoro, La increible misericordia de un Padre con su hijo que vuelve a casa, Lucas 15, 1-3.11-32, CEBIPAL:  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 95-100.

Apiádate de mí, que soy un pecador…

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fariseo y publicanoCuaresma

Sábado de la III semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (18, 9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por buenos y despreciaban a los demás: “Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’.

El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’.

Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

A menudo Jesús habla a sus discípulos de la importancia de la oración y les da ejemplo; si repasamos los evangelios, descubriremos a Jesús que con frecuencia está en oración; habla de ello a menudo exhortando a perseverar en la oración y a tener fe en Dios, que siempre escucha y responde.

La parábola de hoy condena la presunción de quien va al templo para la oración y se cree justo. Es indispensable la humildad para rezar al Padre que está en los cielos. En realidad es fácil presentarnos al Señor con la actitud de ese fariseo que presume de ser justo. Es más difícil considerarnos pecadores y necesitados de perdón y misericordia.

Jesús, con esta parábola, nos advierte que el orgullo y la presunción empujan a tener más fe en uno mismo que en Dios, y además a juzgar con dureza y desprecio a los demás. De hecho el fariseo, lleno de si mismo, sube al templo para elogiarse ante Dios. El publicano, al contrario que el fariseo, a pesar de tener una buena posición – además de ser temido por la gente a causa de su oficio-, se siente en cambio necesitado de ayuda y misericordia. Por ello sube al templo, no para reivindicar derechos sino para pedir ayuda. En este caso se parece más al mendigo que pide perdón que al rico que quiere mostrar su bondad. Jesús afirma con claridad que este último es perdonado porque no confía en sí mismo ni en sus obras, sus bienes o su reputación, sino sólo en Dios. Por el contrario, el fariseo, lleno de sí y satisfecho de sus obras, se vuelve con las manos vacías. ¡Cuántas veces en la vida nos comportamos como el fariseo!

Pensemos en lo que nos cuesta reconocer nuestros pecados; sin embargo, somos maestros en juzgar mal a los demás. La paradoja evangélica es evidente: todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido. El salmista canta: «Quien es pobre busca al Señor». Aprendamos la humildad, que es el camino del encuentro con Dios, en lugar de ensalzarnos sobre los demás y erigirnos en jueces despectivos, creyéndonos mejores. El publicano nos indica el modo de presentarnos ante Dios: reconocer que somos pecadores y vamos a él para invocar misericordia y perdón.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 128-129.

Todo reino dividido, perece…

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Cuaresma

Jueves de la III semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús expulsó a un demonio, que era mudo. Apenas salió el demonio, habló el mudo y la multitud quedó maravillada.

Pero algunos decían: “Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de, los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.

Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa.

Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios,eso significa que ha llega do a ustedes el Reino de Dios.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo desparrama”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús dificultades a causa de su predicación. Él no dejaba de luchar contra el mal que esclaviza a los hombres. Un día, escribe Lucas, Jesús expulsaba un espíritu mudo de un hombre al que hacía incapaz de comunicarse con los demás.

El diablo es verdaderamente -como indica el significado literal del término- el espíritu de la división, el que separa los unos de los otros. Es el príncipe de la soledad que continúa todavía hoy esclavizando a los hombres, creando barreras entre unos y otros. Es el inspirador de la imposibilidad de comunicación entre las personas, los pueblos y las naciones. Su presencia constante da razón de la increíble frecuencia de las tensiones y los conflictos en nuestra sociedad. Él, el príncipe del mal no deja de trabajar para que la enemistad se extienda por todas partes.

Los discípulos están llamados a estar atentos y vigilantes para no ser cómplices de este infierno que genera conflictos y guerras. Las acusaciones vertidas contra Jesús llegan hasta un punto increíble. Sin embargo el mal no se resigna: es verdaderamente descarado, y sigue actuando incluso cuando su obra destructora se hace evidente. Sólo el Señor hace el bien Y difunde del amor, y por eso Jesús es el más fuerte, el que puede guardar la casa de la que habla el Evangelio. Y la casa es el corazón de cada uno de nosotros, que es puesto a prueba por las tentaciones. Pero también la propia comunidad cristiana puede ser la casa constantemente hostigada por las fuerzas del mal. Sólo quien confía en el Señor, sólo quien escucha su palabra con fidelidad, puede derrotar el poder del mal y recoger, para sí y para todos, frutos de amor y esperanza.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 126-127.

La plenitud de la ley y los profetas…

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ley

Cuaresma

Miércoles de la III semana

Textos

 

† Del evangelio según san Mateo (5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.

Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, como se muestra en el pasaje evangélico de Mateo, es muy consciente de la importancia de la Ley, y afirma con claridad: « No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud». El evangelista, probablemente inmerso en una polémica con algunos cristianos que ponían en segundo plano la Ley hebrea, refiere la afirmación de Jesús de no haber venido a abolir sino a dar cumplimiento a las Escrituras, desde Abrahán y Moisés hasta los Profetas. Esto significa que en cada página de la Escritura, incluso en cada «i»), hay una referencia a Jesus.

La historia que narra el amor de Dios por su pueblo encuentra su culminación en Jesús. Por ello Jesús se convierte, para la comunidad cristiana, en la clave para la interpretación de todas las páginas del Antiguo Testamento. Y es en este sentido que los cristianos afirman que el cumplimiento de la Ley es el amor evangélico, ese amor sin límites de Dios por nosotros que ha llevado a Jesús hasta la cruz. Se puede incluso decir que el que ama cumple la Ley del Señor.

La Biblia, por tanto, debe ser escuchada página a página, porque cada una de ellas contiene un momento de la historia de este extraordinario amor de Dios por los hombres. Cada página debe ser meditada y custodiada con esmero y devoción. Debemos, desear que surja una verdadera devoción por este santo Libro que contiene la Palabra de Dios; así como existe la devoción a la Eucaristía, debería también afirmarse esta otra devoción hacia las Santas Escrituras.

Es bonito que el papa Francisco exhorte a toda Iglesia diocesana a establecer un domingo para celebrar la «fiesta de la Biblia». Y podemos recordar también el ejemplo de san Francisco, que exhortaba a los hermanos a recoger siempre los pedazos de papel caídos al suelo (en aquella época se trataba de códices en los que era fácil que hubiera transcripciones de pasajes bíblicos) porque podían contener palabras evangélicas. El discípulo, siguiendo al Maestro, debe también acoger en su corazón toda palabra de las Santas Escrituras y llevarla a cumplimiento en la vida de cada día. (Paglia, p. 125-126)

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 125-126.

Si mi hermano me ofende

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perdonar

Cuaresma

Martes de la III semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (18, 21-35)

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” Entonces les dijo Jesús: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Pedro se acerca a Jesús y le pregunta cuántas veces debe perdonar. Para mostrar su generosidad hace una oferta: siete veces. Es una pregunta que quiere superar el instintivo y comprensible «ojo por ojo y diente por diente». En definitiva, Pedro está dispuesto a soportar las ofensas más de cuanto se le pide, pero pone un límite que Jesús suprime con su respuesta.

El perdón, en realidad, es como el amor, sin límites ni fronteras, y Jesús impone a Pedro y a los discípulos que se dispongan a un perdón ilimitado: «No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete», es decir, siempre. Sólo de ese modo se desactiva el mecanismo que regenera continuamente el pecado, la división y la venganza entre los hombres.

Jesús, viendo la perplejidad de Pedro, le ayuda a entender la exigencia de un perdón ilimitado valiéndose de una parábola que habla de un rey que hace cuentas con sus siervos. Uno de ellos tiene una deuda imposible de pagar: diez mil talentos (equivalentes a miles de millones de pesos). El siervo prometió algo irrealizable y suplicó al rey paciencia. La magnanimidad del rey lo llevó a cancelar completamente la deuda. Podemos imaginar la alegría de aquel siervo.

Paradójicamente este siervo absuelto de su deuda no aprendió la lección de misericordia que tuvo el rey con él; cuando a su vez encontró a un compañero que tenía una pequeñísima deuda con él, no tuvo paciencia, no escuchó su súplica de clemencia y lo metió a la cárcel. La conclusión para él es dramática: enterado el rey de la dureza de su corazón, lo castigó con dureza,

Quien se deja guiar por la dureza del corazón se verá castigado por esa misma dureza. Jesús, con esta parábola, nos recuerda nuestra condición de deudores ante Dios, y nos invita a dar gracias al Señor por su gran misericordia que todo lo perdona. Vigilémonos a nosotros mismos y tratemos de imitar la misericordia de Dios. Es frecuente que seamos indulgentes con nosotros mismos y exigentes, e inflexibles ante las demandas de los demás. Por eso en la oración del Padrenuestro Jesús nos hace decir: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». La parábola que hemos escuchado nos hace comprender la gravedad de esta petición nuestra. Convirtamos nuestro corazón al Señor y acojamos su misericordia.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 124-125.

Si no se arrepienten…

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Higuera esteril Cuaresma

Domingo de la III semana 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 1-9)

En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.

Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.

Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Ha transcurrido ya la etapa inicial de la cuaresma; caracterizada por la contemplación de dos relatos evangélicos: el de las tentaciones de Jesús en el desierto y el de la Transfiguración del Señor;  el primero nos ha permitido tomar conciencia de cuán frágiles somos para mantenernos fieles en nuestra vocación de hijos de Dios; el segundo, nos ha dado el consuelo del Señor que nos invita a “subir al monte” de la oración, para ver la vida con la mirada de Dios y confirmarnos en el cumplimiento de su voluntad.

Despejado el camino de la cuaresma, a partir de hoy comenzamos una serie de tres domingos que nos ubican en la escuela en la que se aprende a ser discípulo: la escuela del perdón; recorreremos tres itinerarios en los que paulatinamente aparecerá, cada vez con mayor claridad, el rostro misericordioso de Jesús.

Este tercer domingo de cuaresma recorremos el itinerario de conversión, que tiene la finalidad de despertar las conciencias adormecidas y acomodadas en su estilo de vida. La conversión cristiana es una conversión en la historia: se realiza en la vida cotidiana y se concreta en hechos; es una cuestión de responsabilidad y cada uno está llamado a asumir la parte que le corresponde. Hoy descubrimos que Dios no sólo nos pide la conversión, nos ayuda a que ella sea posible.

El contexto

La comprensión de la primer escena del pasaje que leemos, se requiere la consideración del clima que imperaba en torno a Jesús; sus hechos y sus palabras habían provocado  entusiasmo en unos y conflicto en otros; Jesús es consciente de ello  y por eso en el pasaje que precede a nuestro texto dice: «¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división

Descubrir a Dios en los acontecimientos

La primera escena de nuestro relato comienza con una noticia que le llevan a Jesús: «algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios.» El informe tiene el sabor de una advertencia de parte de quienes se sentían incómodos con su predicación y testimonio de vida, el mensaje oculto sería: ustedes también son galileos y perecerán de la misma manera; parecería que los informantes comparten el punto de vista de quienes consideran a Jesús y a los suyos como pecadores, por actuar en el margen o fuera de la ley; la respuesta de Jesús es elocuente: «“¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.»

Enseguida, Jesús pone en evidencia a sus informantes, que han querido advertirle que tenga cuidado, y los interpela directamente: «Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.»

De esta manera a quienes le habían advertido del castigo que Pilato había infligido a unos galileos, Jesús les recuerda, como ciudadanos de Jerusalén que son, la muerte accidental de unos paisanos, misma que ellos consideraban, con la manera de juzgar de la época, un castigo de Dios. Sus informadores no son menos culpables que aquella pobre gente que ellos inculpaban sin motivo. Entre los judíos era común creer que las desgracias personales eran castigos de Dios por los castigos cometidos; esta mentalidad favorecía a quienes se encontraban en bonanza, porque en contrapunto calificaban su bienestar como bendición de Dios.

Jesús no se queda en los acontecimientos en sí, descubre dentro de ellos la voz de Dios que advierte a cada uno la inseguridad de su propio destino. Las personas que murieron por la represión de Pilatos y los que murieron en la tragedia de Siloé no eran más pecadores que las demás personas de su generación; entonces, no hay nadie exento de la conversión, todos la necesitamos. Jesús aprovecha los dos acontecimientos trágicos para que sus discípulos comprendan que tales desgracias son ajenas a la voluntad de Dios y que en manera alguna indican que las víctimas hayan sido pecadores. Al mismo les invita a leer la historia desde otra perspectiva, desde la óptica de Dios; los acontecimientos históricos no son un castigo de Dios, pero si pueden ser interpretados como una interpelación personal, como una invitación a la conversión; mientras tengamos vida todos necesitamos cambiar para recibir el Reino de Dios que ya está presente.

Jesús deja claro que las calamidades individuales no indican responsabilidades personales, sino que son “signos”, es decir, señales del juicio divino que espera a una humanidad pecadora; también deja claro que las desgracias, en principio, no están asociadas a un castigo por parte de Dios por un pecado; se trata más bien de lo contrario: es el pecado general el responsable del mal que hay en el mundo. Hay que sacar las lecciones que la vida nos da continuamente, sea de los hechos trágicos que acontecen día con día, sea de las calamidades naturales. En medio de ellas siempre podremos encontrar al Dios de la vida que continuamente nos está invitando a vivir.

Aprovechar el tiempo de la misericordia

El mensaje de la parábola de la higuera, es muy sencillo: quien no se arrepienta, será derribado y perecerá, como la higuera estéril; es lo que acontece en un sembradío, todo árbol que no sirve, que simplemente ocupa espacio, es abatido.

El viñador tiene esperanza en la higuera, a pesar de que ha constatado su esterilidad: «durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado», él cree poder cambiar la situación, ayudándole a que se vuelva fecunda, para que no de un fruto casual, sino permanente.

La oportunidad de un año más, que el viñador pide para la higuera, evoca su misericordia, que se hace concreta en el servicio que se le presta a la higuera para que genere vida: «voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono.» De la higuera se espera una respuesta y de ésta, depende su vida en adelante. Se trata de una oportunidad que se debe aprovechar; llegará el día en que ya no sea posible hacer nada.

Jesús interpela así a toda persona y comunidad que está siempre dejando “para mañana” la conversión, que posterga el esfuerzo por superar los hábitos dañinos o cambiar las conductas equivocadas. El retraso de la conversión nos coloca en una situación peligrosa. El Señor nos da tiempo, nos tiene paciencia, hace todo lo que puede, para que nosotros, como la higuera, dejemos de ser estériles y comencemos a dar fruto.

En la parábola hay un constante llamado a la vida que está siempre amenazada por razones que provienen de la maldad humana, por accidentes o catástrofes naturales; también hay una amenaza para la vida en quien se obstina renunciando a ella, limitándose a sobrevivir, haciéndose daño, haciendo daño a los demás y apartándose del amor de Dios.

La conversión no es simplemente para “no perecer”, sino para que, por la obra de Jesús, la fuerza escondida del Reino mueva nuestra vida hacia su plenitud, desarrollando todas las potencialidades, para con ellas hacer el bien, como Dios lo hace con nosotros.

A pesar de la invitación urgente a convertimos y a dar fruto, vivimos todavía el tiempo de la paciencia y misericordia de Dios. La parábola de la higuera estéril pone de manifiesto que cambiar o no cambiar no es un juego de palabras. Es un problema de vida o muerte. Ante el Reino de Dios hay que decidirse. Y se nos habla de urgencia, porque el tiempo pasa y estamos en la encrucijada.

Consideremos dos últimos detalles de la parábola de la higuera: El poder de la intercesión y la paciencia de Dios. Ante la sentencia definitiva del dueño del viñedo que ordenó cortar la higuera que no daba fruto, el viñador que se desgastaba por dar vida a los árboles del huerto, intercedió pidiendo una oportunidad para la higuera seguro que con sus cuidados daría fruto; entremos en la dinámica de la paciencia de Dios, a ellos nos exhorta Jesús; en las situaciones desesperantes y que parecen insolubles, aprendamos a interceder pidiendo a Dios una oportunidad y tengamos paciencia con las personas que viven junto a nosotros, no las condenemos, démosles siempre una oportunidad y comprometámonos con ellas.

 

 

[1] F. Oñoro, Reaccionemos y cambiemos de vida. Lucas 13, 1-9. CEBIPAL, F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 91-94.; V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 395-396.