Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te quedan perdonados

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Tiempo Ordinario

Viernes de la I Semana

Textos

Del evangelio según san Marcos (2, 1-12)

Cuando Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras él enseñaba su doctrina, le quisiéron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Algunos escribas que estaban allí sentados comenzaron a pensar: “¿Por qué habla éste así? Eso es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” Conociendo Jesús lo que estaban pensando, les dijo: “¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’ o decirle: ‘Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados -le dijo al paralítico-: Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”.

El hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje [1]

Después de algunos días en los que había ido a diversas aldeas de la región para predicar el Evangelio, Jesús regresa de nuevo a Cafarnaúm y acude a la casa de Pedro. Como de costumbre, muchos acuden para llamar a aquella puerta y se repite ese clima de euforia y de fiesta que se creaba en todos lados alrededor de Jesús. 

El ánimo de la gente que acudía se llenaba cada vez más de esperanza, y en los rostros se veía crecer el deseo de estar bien, de tener una vida más serena, un futuro menos angustiado. Eran ya muchos los que creían que finalmente había llegado el tiempo en que habían llegado la paz y la concordia.

También para un paralítico había esperanza de curación. Algunos amigos le llevaron donde Jesús, estos, llegados a la puerta, no consiguieron entrar debido a la multitud. Sin resignarse en absoluto, subieron al tejado de la casa con el paralítico y lo descolgaron en la habitación donde estaba Jesús. Es sorprendente el amor de estos amigos hacia aquel enfermo. No sólo no se resignan ante las dificultades que encuentran sino que inventan lo imposible con tal de ayudarlo.

La insistencia del amor que aquellos cuatro amigos sienten por el paralítico y la confianza que tienen en la fuerza sanadora de aquel joven profeta, son los dos pilares que nos introducen en el milagro que está a punto de suceder. En cuanto Jesús ve a ese enfermo lo cura de una forma todavía mayor a la que todos se esperaban. No sólo le hace levantarse de su camilla sino que también le perdona los pecados.

Aquel paralítico se levanta tanto en el cuerpo como en el corazón. Ha sanado de forma plena. Como todos, también aquel enfermo necesitaba ser curado en el corazón y no sólo en el cuerpo. Es el sentido de la misión evangelizadora de Jesús: todos necesitan convertir su corazón al Evangelio. El Evangelio del amor debe anunciarse también a los pobres y a los débiles, para que a su vez puedan comunicarlo a los demás. Con este milagro Jesús muestra que la salvación no sólo pertenece a los pobres, sino que es desde la cercanía a ellos desde donde comienza el nuevo reino que ha venido a inaugurar.

[1] Cf. V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 59-60.

Lo tocó y le dijo: ¡Sí quiero: sana!

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Tiempo Ordinario

Jueves de la I semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (1, 40-45)

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”. Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partesPalabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La predicación de Jesús en Galilea duró varias semanas y, durante este periodo, realizó varios milagros, entre ellos este que se refiere a un enfermo de lepra. Como es sabido, quienes habían contraído la lepra estaban condenados a vivir marginados de su familia, de la población y de la comunidad de fe. Lo único a lo que podían aspirar era a recibir alguna limosna.

El hombre enfermo del evangelio, escuchando lo que Jesús hacía, no se resignó a su condición; quería curarse a toda costa; y, superando las prescripciones que le impedían entrar en un lugar habitado, llegó ante Jesús. Por lo demás, ¿a quién más podía acudir sino a este joven profeta que no hacía distinción entre personas y ayudaba a todos, especialmente al pobre y al enfermo? Todos, por temor al contagio, lo evadían; Jesús, en cambio, lo vio y lo acogió.

Cuando llegó ante Jesús, aquel leproso se arrodilló e invocó la curación: «Si quieres, puedes curarme», le dijo. El evangelista advierte que Jesús, al verle, se compadeció; escuchó la oración y le dijo: «quiero, queda limpio» y tocó con su mano a aquel enfermo que según la ley no podía ser tocado por nadie. Los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, concuerdan al referir este gesto; casi podía decirse que el contacto físico con Jesús curó al enfermo de lepra, devolviéndole la dignidad a su cuerpo y el derecho de habitar con todos sin volver a ser discriminado.

Jesús, quizá para impedir que fuera perseguido porque había violado la prescripción, le advirtió que no dijera nada y le exhortó a presentarse a los sacerdotes y ofrecer cuanto estaba prescrito; El mismo asumió la prescripción legal de no entrar a la ciudad, por haberlo tocado. Pero aquel hombre, lleno de alegría, no se contuvo de divulgar la noticia, y comunicó a todo el que encontraba la alegría desbordante que sentía.

El milagro narrado por Marcos nos pide a todos, en las comunidades cristianas de hoy, estar atentos al grito de los pobres, como lo estaba Jesús, y «obrar» también nosotros junto a Jesús los milagros que devuelven la dignidad y aumentan la alegría de los enfermos y de los pobres.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 59.

Salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la I Semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (1, 29-39)

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. El se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. El les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio describe la intensa actividad de Jesús en Cafarnaúm en el transcurso de una jornada. Jesús no está solo, no es un predicador solitario: eligió comunicar el Evangelio del reino junto a sus discípulos. Con ellos forma ya una singular familia, basada no en los lazos de sangre sino en la adhesión a él y en el amor fraterno. En las escenas que describe este texto, vemos a Jesús en la intimidad de la vida familiar de los discípulos; en medio de la multitud y la intimidad con Dios.

En la intimidad de una familia. Jesús visita la casa de Pedro en Cafarnaúm. En seguida le hicieron saber que la anciana suegra de Pedro estaba enferma, con fiebre. Jesús se le acerca, la toma de la mano y la levanta de su postración, curándola. La curación de la anciana suegra de Pedro es una lección que hay que aprender con atención. Nos hace pensar en los ancianos y en los enfermos de nuestra familia y de nuestras comunidades que lo que más sufren es el abandono y la soledad, particularmente cuando, postrados, nadie se les acerca, los toca y quedan excluidos de la vida doméstica. El discípulo ha de llevar a Jesús a su propia familia; no es fácil, pero basta que en la intimidad de la vida familiar, se le haga saber la necesidad imperante, Él solícito se acercará, tocará y levantará.

En medio de la multitud. El evangelista describe además una escena conmovedora; fuera de la intimidad de la vida familiar de los discípulos Jesús se encuentra en medio de una multitud: «le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta». Es la descripción de una humanidad herida que busca con afán el remedio a sus sufrimientos; en medio de ellos, Jesús «curó a muchos», escribe Marcos; no dice que curó a todos, sino a muchos, subrayando la tarea que queda a los discípulos de todos los tiempos. El discípulo no vive encerrado en casa; en la vida ordinaria encuentra el dolor de la humanidad, no puede permanecer indiferente; del evangelio aprende a acercar a Jesús a quienes sufren y a atender sus necesidades.

La intimidad con Dios. Pasadas la tarde y la noche, de madrugada, Jesús se levanta y va a un lugar apartado para orar. Jesús comienza la jornada con la oración en un lugar apartado, íntimo, lejos de la multitud y de la confusión. Es en el silencio donde encuentra a su Padre que está en los cielos. Para Jesús la oración no es sólo el inicio temporal de la jornada, sino su fundamento. 

Así es para los discípulos. Cuando estos dirigen la mente y su corazón a Dios en la oración, comienza el tiempo nuevo anunciado por el Evangelio. Estar delante del Señor en oración, como hijos que lo esperan todo de Él, significa comenzar una nueva forma de vivir: no hacer la propia voluntad sino la del Padre: y el Padre quiere que todos los hombres se salven; por esto, a los discípulos que querían que permaneciera en la región, Jesús les responde que es necesario ensanchar el corazón y superar el límite de cualquier frontera. Jesús no se queda bloqueado en los lugares habituales, El va a donde hay necesidad. Y en cada lugar por donde pasa crea un clima nuevo, de fiesta, sobre todo entre los pobres; incluso los leprosos acuden a él y son curados. Es el milagro de un nuevo mundo que comienza.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 57-58.