Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

El Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre…

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VI Domingo de Pascua

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 23-29)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras.

La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.

La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’.

Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con el sexto domingo entramos en la recta final del tiempo pascual que culmina, después de la celebración de la Ascención del Señor que se celebrá el próximo domingo, con la solemnidad de Pentecostés.

Los textos del evangelio que hemos leído los domingos de este tiempo pascual nos han ayudado a entender que la experiencia de Jesús resucitado nos lleva a la madurez en la fe y nos capacita a ser testigos del Señor cumpliendo con el mandamiento nuevo; todo esto es posible gracias a que Dios mismo pone su morada en nosotros y nos da su Espíritu para que podamos permanecer firmes y fieles testigos de su amor.

El contexto

El texto del evangelio que se proclama este domingo forma parte del discurso de despedida de Jesús, en el contexto de la Última Cena. Jesús anuncia su regreso al Padre y los discípulos se angustian, se llenan de miedo; Jesús ha llegado a ser el punto de referencia de sus vidas; parece que con su partida concluyen abruptamente tres años de seguimiento y que se cancela el futuro anhelado; un sentimiento de temor les invade al verse desprotegidos, sin orientación y huérfanos del amor que los congregó y los sostuvo.

Jesús les pide ubicarse en otra perspectiva: «Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre», para ello, sus palabras adquieren el tono del consuelo, para que sus discípulos «no pierdan la paz ni se acobarden.». Jesús tiene un punto de vista propio sobre su partida y quiere que sus discípulos comprendan su nueva situación ofrecièndoles claves muy precisas y razones para no sentirse abandonados.

Con sus palabras Jesús lleva gradualmente a su comunidad a pasar de la tristeza a la alegría, pues la Pascua no es el final trágico de una historia, sino una presencia suya, novedosa, profunda, y siempre actual, en la vida de todo discípulo.

La Pascua significa una nueva, más profunda y más intensa presencia del Señor en la vida de cada discípulo. Experimentar esta presencia del Resucitado en la propia vida implica captar las formas concretas como el Señor sigue conduciendo a sus discípulos en su seguimiento. A ello responde el evangelio de este domingo, que podemos considerar en dos partes: la primera, el fundamento del seguimiento de Jesús que es amarlo y obedecer su Palabra y, la segunda, ¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?.

Primera parte:

El fundamento del seguimiento de Jesús: Amarlo y obedecer su Palabra.

El fundamento del discípulado es el amor a Jesús. La forma concreta de este amor es: acoger su persona, con todo lo que Él ha revelado de si mismo y tomar en serio sus enseñanzas, poniéndolas en práctica. El amor es compromiso: «El que me ama, cumplirá mi palabra», dice el Señor.

El discípulo sigue a Jesus a lo largo de su vida escuchando el Evangelio y arraigándolo en su corazón. Su amor, en sintonía con el camino del Evangelio, redundará en gran alegría.

El discipulado es una vida caracterizada por el dinamismo del amor. La observancia de los mandamientos de Jesús por amor, es el mejor testimonio; pues transforma a sus discípulos en imitadores suyos, porque así es como Él se comporta con el Padre: «si  cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10).

El amor del discípulo a Jesús lo incorpora en el dinamismo de un amor más grande que el suyo; no es sólo el amor de Jesús sino también el amor del Padre: «…mi Padre lo amará».

Afirmada la experiencia fundamental que sostendrá al discípulo cuando Jesús haya partido, el Señor hace una serie de revelaciones que hacen concreta la participación en el amor del Padre y del Hijo.

Segunda Parte:

¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?

A partir del amor de los discípulos por su Maestro, incorporados en la circularidad del amor del Padre y del Hijo, Jesús hace cinco revelaciones en forma de promesa: El Padre y el Hijo harán su morada en ellos; el Espíritu Santo los asistirá; Dios les ofrecerá su paz y les compartirá su alegría, para que crezcan en su fe. Veamos cada una de las promesas.

  1. Somos morada de Dios

En el evangelio de hoy leemos: «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada

Jesús cambia la forma de entender la relacion del hombre con Dios y con Él. En el Antiguo Testamento, a Dios se le concebía como una realidad exterior y distante al hombre. La relaciòn con Dios se establecia a través de mediaciones, entre ellas sobresalían el Templo y la Ley. Dios se manfiestaba en el ámbito de lo sagrado y el mundo quedaba en el ámbito de lo profano. El hombre para relacionarse con Dios debía sustraerse del mundo. Se podría decir, de alguna manera, que para relacionarse con Dios, el hombre tenía que reunciar a su mundo, a si mismo, para entrar en el mundo de Dios y vivir en su presencia.

Jesús nos enseña que la comunión con el Padre y el Hijo nos transforma en morada de Dios. Con ello cambia el modo de relación entre Dios y nosotros. La comunidad y cada persona se convierten en templo en el que Dios habita; la realidad humana se transforma en santuario de Dios. No hay ya ámbitos exclusivos en los que Dios se manfiieste fuera del hombre mismo.

Dios Padre no es un Dios lejano, se acerca al hombre y vive con él, haciendo comunión con el ser humano, objeto de su amor. Buscar a Dios no exige ir a buscarlo a ningun lugar, sino dejarse encontrar por Él, descubrir y aceptar su presencia en una relación de amorosa intimidad, como la que hay entre un padre con su hijo.

Por otra parte, Jesús nos hizo saber una y otra vez que Ël no vivía en soledad, que Dios esaban con Él. De esta experiencia, Jesús hace partícipes a sus discípulos; no estarán solos, Dios estará con ellos. «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada.» Quien ama a Jesús no está sólo, no está perdido, ni abandonado a su propia suerte, Jesús y el Padre están a su lado.

En los momentos de soledad, cuando se viven pérdidas o separaciones, es importante tomar conciencia de que Jesús y el Padre con nosotros, que no nos djan abandonados ni desprotegidos. Vivir esta compañía y gustarla es parte importante de la experiencia discípular.

Esta experiencia de ser morada de Dios anticipa el futuro, los discípulos podemos vivir el cielo en la tierra. La comunión con Dios a la que estamos llamados no es una realidad futura, es una realidad presente, dinámica, que crece cada día hasta el día en que el Señor lleve a plenitud su promesa: «volveré y los llevaré conmigo» (Jn 14,3).

  1. Contamos con la asistencia del Espíritu Santo

En el evangelio de hoy leemos: «Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho». Con estas palabras, Jesús recuerda una vez más que, al partir Él, enviaría al Espíritu Santo.

Profundicemos lo que nos dice ahora. En el Espíritu Santo tendremos quien nos una vez que Jesús haya partido; el Espíritu es enviado del Padre y viene a enseñarnos y recordarnos todo lo que Jesús hizo y nos dijo.  Con el don del Espíritu comprendemos que no estamos solos, que contamos con una ayuda eficaz. No nos esforzamos por comprender la Palabra de Jesús solamente con nuestras fuerzas, sino que el Espíritu nos asiste, nos ayuda.

Esta asistencia del Espíritu Santo es un don del Padre, a quien Jesús imploró que nos diera quien nos consolara, nos asistiera y estuviera con nosotros para siempre. (Cf. Juan 14, 16).

El Espíritu Santo nos entrega la totalidad del Evangelio, que tiene profunda unidad; tiene la misión de enseñarnos a comprender, a apropiarnos y a vivir la Palabra de Jesús. No viene a enseñarnos cosas nuevas; con Jesús la revelación de Dios llegó a su plenitud. Su acción está referida a lo que Jesús ya dijo, recordándolo, profundizándolo e incorporándolo a la propia vida; en otras palabras, nos ayuda a que Jesús, el Verbo de Dios, se encarne en nuestra vida y en nuestra historia.

La asistencia del Espíritu Santo es vital para el discipulado, sin ella no sería posible el seguimiento de Jesús; el Espíritu Santo nos educa interiormente para que podamos seguir con mayor fidelidad al Señor, conducir mejor nuestro proyecto de vida y adquirir todo lo necesario para permanecer en la comunión con el Padre y con el Hijo. El Espíritu Santo nos introduce en la vida de Dios, meta del camino de Jesús y de toda nuestra vida.

  1. Dios nos ofrece su paz

En el evangelio de hoy leemos: «La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo.» Al igual que la promesa anterior, Jesús reitera lo que ya ha dicho y dirá después. Del texto que leemos podemos detenernos a considerar tres características de la paz que Jesús nos da: su origen su fundamento y su consecuencia.

El origen de la paz es Jesús mismo; Él da a sus discípulos «su» paz, es decir, la seguridad y la protección que solamente pueden venir de Él.

Esta paz se fundamenta en los dos anuncios hechos por Jesús: el Padre y el Hijo habitarán en nosotros y el Espíritu Santo nos guía. La paz brota en la vida del bautizado, de quien vive sumergido en Dios y orienta su existencia por el camino del Evangelio.

Como dice reiteradamente la Sagrada Escritura: Si Dios está de nuestra parte, ¿a quién hemos de temer?  La comunión con Dios arranca de raíz las preocupaciones, los miedos y las inseguridades en la experiencia de la fe.

Quien vive en la presencia de Dios y de su Hijo Jesucristo y camina todos los días con la asistencia del Espíritu Santo, enfrenta la vida con paz. Las dificultades de la vida cotidiana, que causa desasosiego y perturbación, no encuentran al discípulo desvalido; las realidades de la vida no pueden sofocarlo en la angustia y el temor, por ello Jesús dice: «No pierdan la paz ni se acobarden».

  1. Dios nos da el don de la alegría

En el evangelio de hoy leemos: «Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo

Con el don de la “alegría” sucede como con el don de la paz: la mayor alegría que hay es la del amor, cuyo fundamento último es la unión perfecta del Padre y el Hijo.

Jesús nos hizo saber que con su muerte, volvia a la casa del Padre, alcanzando así la plenitud del gozo, pues para ël no hay mayor alegría que la perfecta comunión con el Padre.

Los discípulos deberían estar contentos porque Jesús llega a la plenitud; pero el Señor invita a los suyos a alegrarse no sólo por Él, sino por ellos mismos; el hecho de que Jesús alcance la meta es para los discípulos una garantía de que también ellos la alcanzarán: los primeros beneficiados de la plenitud de Jesús son sus discípulos, pues Él los acogerá en su misma plenitud: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde uo esté, estén también ustedes” (Jn, 14, 3).

  1. El crecimiento en la fe

En el evangelio de hoy leemos: «Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean

Jesús ha hablado abiertamente a sus discípulos, con toda transparencia, con mucho amor. Quiere que sus discípulos reflexionen, pero sobre todo quiere que crezcan en su fe.

Todo lo que el Señor ha revelado a los suyos no es para ahondar su angustia, por el contrario, ha sido para que fortalezcan su fe en Él.

Conclusión.

Como a los discípulos en el cenáculo, la tristeza puede invadirnos cuando sentimos a Jesús ausente, como si se hubiera despedido de nuestra vida, sobreviene además la tentación de querer verlo para creer; olvidamos que él mismo dijo: «dichosos los que creen sin haber visto».

Jesús nos enseña que no hay lugar para la tristeza; con su resurrección ha alcanzado la plenitud, ha vuelto al Padre, pero eso no significa que nos haya abandonado, o que nos haya dejado solos; está presente entre nosotros y la tarea de nuestra fe es descubrirlo.

La celebración de la Pascua nos permite confirmarnos en la fe en el Señor resucitado, en la presencia de Dios en nuestra vida; en la asistencia del Espíritu que nos guía para que nos mantengamos en el camino de Jesús, para que vivamos la paz en medio de las dificultades de la vida ordinaria, para que la comuniòn con Dios sea fuente de nuestra alegría y de fortalecimiento de nuestra fe.

[1] F. Oñoro, Despedida, Si, pero no abandono ¡No estamos huérfanos, Lectio Divina Juan 14, 23-29, CEBIPAL/CELAM F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 162-166.

El siervo no es superior a su señor

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jesús y los discípulos

V Sábado de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (15, 18-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo.

Acuérdense de lo que les dije: ‘El siervo no es superior a su señor’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La perícopa contiene una advertencia de Jesús dirigida a sus discípulos sobre el odio y el rechazo del mundo que tendrán enfrente. Si la nota distintiva de la comunidad cristiana es el amor, ahora el Maestro presenta a los suyos lo que caracteriza al mundo que les rechaza: el odio. El Señor advierte y explica ese odio del mundo y emite un juicio sobre el mismo.

El odio del mundo hacia la comunidad cristiana es consecuencia lógica de una opción de vida: los seguidores del Evangelio no pertenecen al mundo, y éste no puede aceptar a quien se opone a sus principios y opciones. Los creyentes, en virtud de su opción de vida a favor de Cristo, son considerados como extraños y enemigos. Su vida es una continua acusación contra las obras perversas del mundo y un reproche elocuente contra los malvados. Por eso es odiado y rechazado el hombre de fe.

Pero ¿cómo se manifiesta el odio del mundo contra los discípulos? Mediante las persecuciones que han de padecer los creyentes por el nombre de Cristo. No son en verdad estas pruebas las que deben desanimar a los discípulos ni en su camino de fe ni en su misión de evangelización. También su Señor experimentó la incomprensión y el rechazo hasta la muerte. Es más, la persecución y el sufrimiento son una de las condiciones de la gloria que toda la comunidad cristiana debe compartir con su Salvador. La suerte de los discípulos es idéntica a la de Cristo: si éste ha sido perseguido, también lo serán sus discípulos; si éste fue escuchado, también lo serán los suyos.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 316-317.

A ustedes los llamo amigos

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jesus-y-sus-discipulos

 V Viernes de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (15, 12-17)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Las relaciones entre Jesús y los discípulos asumen una intensidad particular en esta breve perícopa, donde se afronta el tema del mandamiento del amor fraterno: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado».

Los mandamientos que debe observar la comunidad mesiánica están compendiados en el amor fraterno. Este precepto del Señor glorifica al Padre. Supone vivir como verdaderos discípulos y dar como fruto el testimonio. Ahora bien, la calidad y la norma del amor al hermano son una sola: el amor que Jesús tiene por los suyos, un amor que ha llegado a su cima en la cruz.

La cruz es el ejemplo de la entrega de Jesús hasta el extremo por sus discípulos: ha entregado su propia vida por aquellos a los que ama. Lo que desea, a cambio, de los suyos es la fidelidad al mismo mandamiento siguiendo su ejemplo. La riqueza del amor que une a Jesús con los suyos, y a los discípulos entre ellos es, en consecuencia, total y de una gran calidad.

El modelo del amor de Jesús por sus discípulos no tiene que ver solamente con el sacrificio de su vida, sino que contiene también otras prerrogativas: es relación de intimidad entre amigos y don gratuito. El signo mayor de la amistad entre dos amigos consiste en revelarse los secretos de sus corazones. El amor de amistad, del que nos habla Jesús, no se impone; es respuesta de adhesión en el seno de la fidelidad. El Maestro, al hacer partícipes a sus discípulos de los secretos de su vida, ha hecho madurar en ellos el seguimiento, les ha hecho comprender que la amistad es un don gratuito que procede de lo alto.

La verdadera amistad se sitúa en el orden de la salvación. Jesús ya no es para ellos el señor, sino el Padre y el confidente, y ellos ya no son siervos, sino amigos. Convertirse en discípulo de Jesús es don, gracia, elección y certeza de que nuestras peticiones dirigidas al Padre en nombre de Jesús serán escuchadas.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 309-310.