Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham.

Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él. Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí.

Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’. Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males.

Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’. Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’.

Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo, el evangelio nos presenta la parábola del rico y el pobre Lázaro, en ella se concreta la enseñanza de Jesús sobe el uso inteligente de los bienes terrenales que centró nuestra atención el domingo pasado.

Jesús instruye a sus discípulos para que vivan el momento presente caracterizado por la novedad del Reino. La enseñanza de la parábola que consideramos nos advierte dónde, cómo aparece y cómo se nos da el reino de Dios, haciéndonos entender que no es una realidad del ‘más allá’ sino que la historia comienza ‘aquí y ahora’.

Quienes viven en la opulencia, sordos al mensaje de Dios y cerrados a ver las necesidades del prójimo, no pueden esperar nada de Dios ni tener vida. El reino de Dios que Él anuncia e inaugura exige, a los que tienen, un compartir urgente. Éste es el momento; aquí y ahora nos estamos jugando nuestra suerte.

Elementos contextuales de la parábola

La interpretación del texto que leemos nos exige situarlo en su contexto. Hagámoslo cuidadosamente, considerando distintos elementos contextuales nos daremos cuenta cómo éstos apuntalan el mensaje que la parábola nos comunica.

El contexto del evangelio de san Lucas. El tema que trata la parábola, ya había sido presentado en el capítulo primero, en el hermoso cántico que conocemos como el Magnificat, en el que María exclama «a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos» (1,53); en el sermón de la llanura escuchamos a Jesús decir: «dichosos los pobres… ay de ustedes los ricos» (6,20.24) y en la parábola del rico insensato: «así le sucede a quien atesora para sí, en lugar de hacerse rico a los ojos de Dios» (12,21).

La sección del evangelio de Lucas en la que se encuentra la parábola está dominada por una idea clave: la irrupción del reino de Dios que pide una decisión radical y urgente de conversión. Hay que estar atentos a sus signos aquí y ahora. La cuestión del dinero, de la riqueza y la acumulación de bienes es uno de los aspectos criticados por Jesús en forma reiterativa como algo contrapuesto al querer de Dios.

El contexto inmediato de la parábola es la enseñanza de Jesús sobre el uso de la riqueza: «Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo.», que leímos el domingo pasado. Con la parábola Jesús hace concreta su enseñanza, pues ilustra, en forma totalmente comprensible lo que significa la fe desvinculada de la vida.

El auditorio son los fariseos, que reaccionaron mal al escuchar la enseñanza que acabamos de recordar: «estaban oyendo todo esto los fariseos que eran amigos del dinero y se burlaban de Jesús» (16,14).

Jesús es un excelente pedagogo; advierte que los fariseos lo oían y se burlaban; hace entonces un nuevo esfuerzo adaptando la enseñanza a su modo de entender las cosas; a sus categorías religiosas y narra una historia de acuerdo a las creencias judías de la época sobre el más allá; por ello habla de dos sitios separados por una sima inmensa que no puede cruzarse: arriba, el seno de Abraham, que era la meta y esperanza de todo judío piadoso después de la muerte; abajo, el abismo y los tormentos.

Tomando en cuenta la genialidad de este recurso pedagógico, conviene advertir que la intención inmediata de la parábola no es ilustrar cómo es el cielo y cómo es el infierno, ni el tipo de penas o alegrías que en ellos se viven.

Lo que es claro es que ambos protagonsitas de la parábola, Lázaro y el rico, mueren. Pero mientras el pobre Lázaro es conducido por los ángeles al seno de Abraham y sentado a la mesa, símbolo de una vida que continúa en plenitud y abundancia, del rico se dice que «lo enterraron» o sea, que su vida no continúa, que está en el lugar de la muerte.

Los personajes: El rico y Lázaro no son personas ajenas, sus vidas están de alguna manera interrelacionadas, vinculadas; uno es pobre porque el otro es rico y viceversa. La pobreza que describe la parábola no es algo abtracto ni ambiguo, no da pie a ningún tipo de idealización o de espiritualización: el pobre tiene nombre, está cercano y es visible al rico.

Éste es el único caso en que el personaje de una parábola es designado con nombre propio: es el nombre del pobre, que suele ser anónimo en la historia; en cambio, el rico, que suele llevar apellidos prestigiosos, no tiene nombre en la parábola. El nombre Lázaro tiene un significado: procede del hebreo, es una abreviación de ‟el„āzār, que significa «aquél a quien Dios ayuda”.

El significado anotado apunta a la misericordia de Dios que piensa prioritariamente en el pobre. Lázaro parece encajar en el perfil del israelita piadoso descrito por el Salmo 16: sin tierra, sin posesiones, sin herencia, sólo Dios es su herencia (v.5).

Leída la historia de estos dos hombres desde la perspectiva del Reino, se describe la inversión descrita por el Magnificat y que ya hemos citado: aquellos que socialmente son los más importantes son anónimos ante Dios;  y quienes son considerados insignificantes y sin nombre son los que tienen valor para Dios.

En la parábola se distinguen dos partes, como dos cuadros, uno que se desarrolla en el a tierra y otro en el cielo.

El rico y el pobre en su existencia terrena

La primera parte de la parábola cuenta la historia terrena de un rico y un pobre. El rico parece describir a quienes escuchando a Jesús acerca del uso de las riquezas, se burlaban de él por ser amantes del dinero. El relato describe la situación del rico y del pobre, haciendo una contraposición extrema que merece ser leída con atención.

El rico: vestía lujosamente y vivía de fiesta.

Al describir al rico, Jesús no se refiere a ninguno en particular, cualquiera de los oyentes puede ponerse en su lugar. Se trata de un hombre que tiene abundantes recursos económicos que le permiten darse un estilo de vida suntuoso. Vestía lujosamente, el lino y la púrpura son característicos de las ocasiones solemnes y el lujo que este hombre se daba no era ocasional era algo habitual.

Además de vestir con lujo, el hombre rico celebraba todos los días fiestas espléndidas; es tal la abundancia de recursos que posee que se puede dar el lujo de ofrecer todos los días grandes banquetes que suponen grandes gastos. Quedan en el silencio los datos acerca de su trabajo y sobre el origen de su riqueza.

El pobre: vivía olvidado, abandonado a su suerte.

El pobre, como hemos dicho, tiene nombre y su nombre un elocuente significado; habitualmente «yacía a la entrada» de la casa del rico, un lugar propicio para pedir limosna; su salud está sumamente deteriorada; su cuerpo lleno de llagas, pestilente, razón por la que seguramente lo tenían distante para evitar el espectáculo que pudiera arruinar el disfrute de los comensales.

La pobreza es extrema, pues la pasaba «ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico». En los banquetes de la época, la comida se servía por turnos, primero a los varones adultos, luego a las mujeres, esenguda a los niños y las sobras correspondían a la servidumbre que a su vez dejaban los últimos desperdicios para los mendigos y los perros. Por lo que dice la parábola, Lázaro no alcanzaba ni siquiera los migajones con los que los invitados solían limpiarse las manos y que después eran arrojados a los perros. El trato que se da a Lázaro es peor que el que se da a los perros.

El extremo de la descripción de la pobreza de Lázaro, señala que «hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas» con lo que empeoraban sus heridas y quedaba impuro; al dolor físico se añade el dolor moral.

El contraste: la escandalosa indiferencia

El contraste en la descripción de las personas ilustra la indiferencia lacerante del rico hacia el pobre. Del rico se describe su avaricia, es incapaz de compartir, piensa sólo en si mismo, se aísla, se mantiene a distancia y no hace nada por ayudar al que mendiga. Sabe que Lázaro está allí, mas adelante la parábola da noticia de ello, pero no lo ve, ni lo escucha, esta ensimismado en sus lujos y en su abundancia.

El rico y el pobre en su existencia después de la muerte

El rico y el pobre, comparten la humanidad; si en la vida grandes contrastes los distanciaron, el hecho de la muerte los devuelve a la realidad; ambos pasan por ella, pero la suerte de cada uno, después de la muerte, es distinto.

«Murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham» En el momento decisivo de la existencia, Dios se ocupa de Lázaro haciendo que sus ángeles lo conduzcan al seno de Abraham. Del rico sólo se dice que «fue sepultado», no hay cortejo, no hay compañía, ni lujo, ni riqueza, sólo un final definitivo y sin proyección.

Después de la muerte la parábola concentra su atención en la suerte del rico, quien toma la palabra para interpelar a Abraham. Se le describe «en medio de tormentos»; el evangelio ya había anunciado que la situación se invertiría: el que en la vida gozó de una vida lujosa y espléndida, no ha llevado nada consigo y no tiene nada para mitigar su cruel destino. Su humillación es grande, «vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él», de nuevo la situación invertida, antes era Lázaro el que veía a lo lejos la abundancia del rico, ahora este contempla a Lázaro participando de la plenitud de la vida.

En esa dolorosa situación, el rico sin perder el talante que quien tiene el dominio y mando, hace dos peticiones a Abraham: una gota de agua para mitigar el tormento y un mensaje para advertir a sus familiares.

Una gota de agua para mitigar el tormento

Es una petición a gritos: « Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí…» e implorando compasión hizo una petición: «manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas

El rico se atiene a su condición de israelita, apela a la paternidad espiritual de Abraham sobre Israel, confiado en ello hace su petición; sin embargo, ya el Bautista había anunciado que no bastaba ser israelita para tener méritos delante de Dios, que era necesaria la conversión personal.

Llama la atención que pide lo que no tuvo con Lázaro en vida. Clama un mínimo de misericordia en medio de una gran necesidad: «una gota de agua» pero pretende todavía poner a Lázaro a su servicio: «Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’»

Es grande la ironía. En vida no vió al mendigo que yacía a la puerte de su casa; ahora resulta que sabe su nombre y que quiere que se ocupe de sus necesidades; entonces, se negó a verlo y sabiendo de él no hizo absolutamente nada por él, por aliviar su necesidad.

La respuesta es la esperada: «Abraham le contestó: «Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos.» El rico recibió posesiones para hacer el bien y no lo hizo; gozó de la vida pero no compartió su gozo; su destino es ahora el descrito en el sermón de la llanura:«ay de ustedes los ricos, por yan han recibido su consuelo». Dios no se olvidó de la suerte del pobre, que en su carencia del único que podía esperar algo era de Dios, padre de los pobres.

El tiempo terrenal debe vivirse con seriedad; es cuando se deben asumir opciones de vida y no esperar a cuando todo sea irreversible. Quien muere ya no puedo optar, ni decidir: «entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.»

Nadie condenó al hombre rico, se le había advertido que la pertenencia al Reino exigía fraternidad y solidaridad, se nego a vivirlas, él mismo se excluyó.

Una advertencia para los familiares

En el final de la parábola es el rico quien hace la aplicación: es urgente advertir a los que viven, para que no corran la misma suerte: «Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos».

Se reafirma la enseñanza que se había dado en la parábola del administrador astuto: ubicarse en la perspectiva del futuro, ayuda a tomar las decisiones del presente. El hombre rico que está en medio de tormentos, pretende que sus familiares se ubiquen virtualmente en el tiempo futuro para que cambien su presente; por ello quiere prevenirlos para que no corran la misma suerte que él.

Nuevamente pretende mandar a Lázaro, siendo que no tiene ninguna potestad sobre él. Quiere que vaya a advertirles que su estilo de vida los conducirá al lugar del tormento. El rico pretende un hecho milagroso, la aparición de un muerto; sin embargo, como en el mismo evangelio se ha demostrado, ni con los milagros de Jesús muchos estuvieron dispuestos a convertirse; tampoco la resurrección de Lázaro logró la conversión de las autoridades judías (Juan 12, 10).

Los familiares del rico no están desamparados, por eso la respuesta del Padre Abraham es lógica: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». La ley sigue siendo válida y junto con la enseñanza de los profetas, se proclama cada sábado en la sinagoga, con todo su potencial de mover a la conversión.

Pero el rico sabe por experiencia personal que, al igual que sucedió con él, su familia no toma en serio la Palabra de Dios, por eso quiere algo extraordinario, contundente, e insiste en el milagro: «No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán»

Ante esta insistencia, la frase final es contundente: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto»

Abraham aparece inflexible. La petición es denegada y se le recuerda al rico el por qué: los milagros no convencerán a aquellos corazones endurecidos moralmente y sin arrepentimiento. No se persuade quien no quiere ser persuadido.

Conclusión

El evangelio de este domingo tiene un anuncio esperanzador para los pobres: Dios asume su causa y les hace justicia y a los ricos les hace un llamado a la conversión

A la conversión se llega recorriendo el camino de la escucha de la Palabra y del ver al prójimo como hermano, asistiéndolo en sus necesidades. El rico no vió a Lazaro en la puerta de su casa; lo cegó su riqueza, su comodidad, su ensimismamiento; perdió la capacidad de apreciar el mundo real. Tampoco fue capaz de escuchar la Palabra, era suficiente con hacer caso a Moisés y a los Profetas, pero endiosado en si mismo, fue incapaz de escucharlo.

Al discípulo de Jesús, para reconocer y cumplir la voluntad de Dios le basta leer y comprender la Sagrada Escritura que nos habla del amor de Dios que se hace concreto en el amor al prójimo; de nada le sirve proclamar su fe en Jesús resucitado, si no es capaz de servirlo en el prójimo en quien el ha querido identificarse: el pobre y el necesitado.

Cuando Lucas redacta su evangelio el peligro fariseo sigue latente en su comunidad. Es el problema de siempre: dinero, poder, acumulación … El abismo que se abre entre los miembros de una comunidad que comparte y otra que lo cifra todo en la observancia ritual y minuciosa de lo que está mandado es inmenso: por más que quiera, nadie puede cruzar de aquí para allá, ni de allí para acá. Es el abismo que existe entre la vida y la no vida, entre quien está seguro de sí mismo y quien asume el riesgo de poner su propia existencia al servicio de los hermanos.

La situación descrita por el evangelio sigue aconteciendo entre nosotros; es la trágica situación que se repite de generación en generación en la historia de la humanidad. Con fina pedagogía Jesús nos hace entender que uno de los obstáculos más graves para que en la comunidad de discípulos se viva una auténtica fraternidad es el afán de poder y de poseer bienes que fácilmente se apodera de cualquiera.

La enseñanza se dirige directamente a nuestro estilo de vida. Quien no conoce la necesidad vive la vida como diversión, fiesta, espléndido banquete, continuo descanso y afán consumista, como si la seguridad económica le ofreciera todo lo necesario para ser feliz: bienestar, tranquilidad, felicidad. Sin embargo, la experiencia demuestra que ese disfrute despreocupado deshumaniza profundamente la rico y lo vuelve ciego, superficial e inconscientemente cruel. Mientras el pobre o necesitado se hunde en la miseria o en su dolor, experimentando la indigencia humana, el rico vive engañado en su mundo de privilegio olvidando su condición de hombre y de hermano.

La ceguera de quien vive harto de si mismo y de sus bienes le impide ver a los necesitados, le hace incapaz de comprender sus angustias, sus miedos, su impotencia; los ve sin verlos, porque los asimila al paisaje, se habitúa a ellos haciéndose insensible, nada lo mueve ni lo conmueve.

Este domingo el evangelio plantea un serio desafío para quien quiere vivir con autenticidad su fe en Jesucristo. Quienes son incapaces de descubrir su responsabilidad ante los hermanos sumidos en la necesidad, no harán caso, ni se convertirán aunque resucite un muerto. Se podrá recitar con precisión la profesión de fe que proclama que Jesús «al tercer día resucitó de entre los muertos» sin ser capaces de traducir a la vida lo que esta verdad de la fe significa.

[1] F. Oñoro,El rico avaro y el pobre Lázaro: Justicia y misericordia en el discípulado de Jesús. Lucas 16, 19-31. CEB IPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 320-324.

… tenían miedo de preguntarle acerca de este asunto

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XXV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 43-45)

En aquel tiempo, como todos comentaban, admirados, los prodigios que Jesús hacía, éste dijo a sus discípulos: “Presten mucha atención a lo que les voy a decir: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”.

Pero ellos no entendieron estas palabras, pues un velo les ocultaba su sentido y se las volvía incomprensibles. Y tenían miedo de preguntarle acerca de este asunto. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El evangelio de hoy nos habla del segundo anuncio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. 

Los discípulos no entendieron la palabra sobre la cruz, porque no son capaces de entender ni di aceptar a un Mesías que se hace siervo de los hermanos. Ellos siguen soñando con un mesías glorioso.

Hay un contraste muy grande: Por un lado la gente vibra y admira todo lo que Jesús hace y dice. Jesús representa todo lo que la gente sueña, cree y espera. Por otro lado, la afirmación de Jesús que será entregado en manos de los hombres; la opinión de las autoridades sobre Jesús es totalmente contraria a la opinión de la gente.

Los discípulos lo escuchaban, pero no entendían las palabras sobre la cruz. Pero con todo, no piden aclaraciones. ¡Tienen miedo en dejar aflorar su ignorancia!

Los discípulos de Jesús no eran capaces de aceptar la figura de un Mesías siervo y menos aún, derrotado. Esperaban un Mesías vencedor al estilo del mundo y no un Mesías que salva entregando su vida para dar vida.

El título de Hijo del Hombre aparece con gran frecuencia en los evangelios. Al presentarse a los discípulos como Hijo del Hombre, Jesús asume como suya esta misión que es la misión de todo el Pueblo de Dios. Y es como si les dijera a ellos y a todos nosotros: “¡Vengan conmigo! Esta misión no es sólo mía, sino que es de todos nosotros. ¡Vamos juntos a realizar la misión que Dios nos ha entregado, a realizar el Reino, humano y humanizador, que él soñó!” 

La misión del Hijo del Hombre, esto es, del pueblo de Dios, consiste en realizar el Reino de Dios como un reino humano. Reino que no persigue la vida, ¡sino que la promueve! Humaniza a las personas. Todo aquello que deshumaniza a las personas aleja de Dios. Fue lo que Jesús condenó, colocando el bien de la persona humana como prioridad encima de las leyes, encima del sábado.

Por causa de esta afirmación fue declarado reo de muerte por las autoridades. El mismo sabía de esto, pues había dicho: “El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate de muchos”.

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”

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Tiempo Ordinario

Viernes de la XXV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 18-22)

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los antiguos profetas, que ha resucitado”.

El les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. Entonces Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.

Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El capítulo 9 de Lucas gira en torno a la cuestión de la identidad de Jesús y el texto que leemos hoy, tomado de los versículos 18-22,  da luz clara al respecto.

Los relatos de la reacción de Herodes frente a la identidad de Jesús y de la multiplicación de los panes, nos abren las puertas para un momento grandioso en el evangelio: la confesión de fe de Pedro y el primer anuncio de la pasión por parte de Jesús.

Lucas no nos dice en qué lugar se realizó la confesión de fe, más bien se preocupa por decirnos que el ambiente en la cual se realizó fue de oración.

Lucas presenta a Jesús orando precisamente en los momentos más importantes de su ministerio; esto significa que los acontecimientos están insertos dentro del querer del Padre, 

Descubrir la identidad de Jesús no es de ninguna manera algo secundario, es fundamental para el proceso que viene conduciendo el evangelio y que culminará en el relato de los peregrinos de Emaús, cuando los discípulos captarán a fondo el sentido de las palabras, las obras y la muerte del Señor.

Jesús retoma el camino recorrido para ver qué es lo que han entendido acerca de él; no lo hace en medio del bullicio de la gente, sino lejos, en momento de retiro y de silencio. Un espacio así nos invita a pensar y a hacer síntesis de lo que estamos viviendo.

El interrogatorio tiene dos preguntas: primero, qué dice la gente  y segundo, qué dicen los discípulos acerca de la identidad de Jesús.

Los discípulos han vivido junto a la gente la mayor parte de los acontecimientos que ha narrado el evangelio: las curaciones, los exorcismos, las enseñanzas, y por lo tanto, a la par de la gente, han podido hacerse una idea del Maestro. La opinión popular, según la cual Jesús podría ser Juan Bautista o uno de los profetas resucitados, ya había presentada. El mismo Herodes había descartado la primera posibilidad. Sólo quedaba la segunda, la del “profeta” escatológico; pero había que especificarla.

La pregunta dirigida a los discípulos, los que han estado con el Maestro desde el principio del ministerio y que no han faltado a ningún acto importante de la revelación de Jesús, invita a dar el paso que no ha dado la gente: reconocer la absoluta singularidad de su persona. 

Pedro dice que Jesús es “el Mesías de Dios”. Pedro capta la novedad de Jesús, una novedad que está en sintonía con la larga espera del pueblo de Israel: el  Mesías. El “Cristo” ha llegado y no hay que esperar más, en él está todo. Dios está obrando en medio de nosotros.

Pero a Pedro todavía le falta otra novedad por comprender: que el destino de gloria del Mesías llega por la vía de su sufrimiento, que es por medio de la oscuridad de la Cruz que se vislumbrará la extraordinaria grandeza, la gloria y el poderío de su Maestro.

La respuesta personal sobre la identidad de Jesús es decisiva en el camino del discipulado; la de Pedro es nuestro modelo; respuesta precisa pero existencialmente imperfecta, sólo el camino de la Cruz la llevará a plenitud.