Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Llegado el tiempo de la cosecha

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viñadores asesinosCuaresma

Viernes de la II semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro, y a otro más lo apedrearon.

Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora díganme: Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?” Ellos le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

Entonces Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular.

Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable? Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Al oír estas palabras, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús las decía por ellos y quisieron aprehenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud, pues era tenido por un profeta. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Para los que escuchaban esta parábola en tiempos de Jesús estaba claro que la viña representaba al pueblo de Israel y el dueño era Dios, que la cuidaba con increíble amor.

La parábola llega a su culminación cuando llega el tiempo de los frutos y el dueño manda a los siervos a recogerlos. La reacción de los viñadores es violenta: apenas llegan los siervos los apresan, a uno lo golpean, a otro lo matan y a otro lo lapidan. El dueño, desconcertado por esta violenta reacción, envía a otros, pero también ellos sufren la misma suerte.

Es una síntesis trágica de la recurrente historia de la oposición violenta a los «siervos» de Dios, a los hombres de las «palabra», a los justos y honestos de todo tiempo y lugar, por parte de los que quieren servirse sólo a sí mismos y acumular riquezas en su propio beneficio.

Pero el Señor –y aquí está el verdadero rayo de esperanza que salva la historia- no pierde nunca la paciencia. «Finalmente» dice Jesús, el dueño envía al hijo. Piensa para sí: «A mi hijo le respetarán». Pero la ira de los viñadores explota con más ferocidad: lo agarran, lo sacan «fuerza de la viña» y lo matan. Estas palabras describen a la perfección el rechazo a acoger a Jesús por parte no sólo de cada persona, sino del conjunto de la ciudad y de sus habitantes.

Jesús, nacido fuera de la ciudad de Belén, muere fuera de Jerusalén. Jesús, lúcida y valientemente, denuncia esta infidelidad que culmina con el rechazo y el asesinato del último y definitivo enviado de Dios. Él espera los «frutos de la viña» pero se le paga con la muerte de sus siervos primero, y al final la de su propio hijo.

Pero Dios no se resigna: de ese hijo nacen nuevos viñadores, que cuidarán la viña y darán nuevos frutos. Los nuevos viñadores se convierten en un nuevo pueblo. Su vínculo, sin embargo, no viene dado por la pertenencia a la sangre o por vínculos exteriores, aunque sean «religiosos», sino por la adhesión al amor del Padre.

El evangelista continúa diciéndonos que nadie puede reivindicar derechos de propiedad: todo es don del amor gratuito de Dios. El nuevo pueblo de Dios se ve cualificado por los «frutos» del Evangelio, es decir, de la fe que genera las obras de la justicia y la misericordia. En otras palabras, los frutos coinciden con la fidelidad al amor de Dios y a su Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 119-120.

Lázaro, yacía a la entrada de su casa

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Pobre-Lazaro.jpgCuaresma

Jueves de la II semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico.

Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham.

Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí.

Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’.

Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’.

Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham.

Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’.

Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La página del Evangelio del pobre Lázaro es una de las más conocidas, en parte porque continúa describiendo una de las situaciones más comunes en la vida de las sociedades. El hombre rico que banquetea opíparamente no ha quedado relegado al pasado, ni tampoco Lázaro es una figura que haya desaparecido. Dos personas, dos situaciones: abajo Lázaro, con los ojos atentos a la mesa del rico en espera de que alguna migaja se caiga de ella y llegue hasta él; arriba el rico continúa banqueteando como si Lázaro no existiera. Ni siquiera lo ve.

Hoy existen pueblos de pobres que están a la puerta de los ricos en espera de las migajas. Ciertamente el rico de la parábola ha perdido el rostro además del nombre. Dios, en cambio, escoge estar de parte de Lázaro, lo llama por su nombre, como se hace con los amigos; descartado por los hombres es su predilecto y elegido para participar en el banquete del cielo.

Para el Señor, y por tanto para sus discípulos, la distancia entre el rico y Lázaro es un escándalo inaceptable al que no se puede encontrar justificación alguna. Ese gran abismo marca la suerte triste que le tocará al rico, de la que por desgracia se da cuenta tarde, cuando ya es imposible superarlo. Y sin embargo bastaba con un poco de atención durante su vida. Pero ahora la situación se ha invertido por completo.

En este punto el rico pide que al menos se advierta a sus hermanos, pero no sabe que para colmar ese abismo no hacen falta grandes esfuerzos, basta abrir las Escrituras. Si él lo hubiera hecho habría abierto no sólo los ojos del cuerpo sino los del corazón. Es lo que se nos pide a nosotros, especialmente en este tiempo de Cuaresma.

La Palabra de Dios toca nuestro corazón y lo empuja a la misericordia hacia tantos Lázaro que viven en nuestras ciudades. Evitemos que el abismo entre pobres y ricos continúe profundizándose y ensanchándose. Si escuchamos la Palabra de Dios y no a nosotros mismos veremos crecer la compasión hacia los más pobres, escucharemos su grito, veremos su necesidad y seremos capaces de ofrecerles mucha más que las migajas. Sabremos ofrecerles hasta un poco de amor, de amistad, de compañía. Podríamos decir, en términos evangélicos, que no solo de pan viven los pobres sino también de amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 118-119

El que quiera ser grande sea el servidor…

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Jesús enseña.jpg Cuaresma

Miércoles de la II semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (20, 17-28)

En aquel tiempo, mientras iba de camino a Jerusalén, Jesús llamó aparte a los Doce y les dijo: “Ya vamos camino de Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día, resucitará”.

Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición.

El le preguntó: “¿Qué deseas?” Ella respondió: “Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino”.

Pero Jesús replicó: “No saben ustedes lo que piden.

¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?” Ellos contestaron: “Sí podemos”.

Y él les dijo: “Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado”.

Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.

Que no sea así entre ustedes.

El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se está acercando a Jerusalén, y por tercera vez, ahora de forma más extensa que las anteriores, confia a sus discípulos lo que le espera: el drama de la muerte, aunque añade también la resurrección.

Los discípulos, como a menudo nos sucede también a nosotros, no le escuchan , o piensan que exagera, como de costumbre. El evangelista narra que los discípulos, ante el drama que Jesús les comunica, tienen la cabeza en otra parte. Jesús está pensando con gran preocupación en lo que le ocurrirá en Jerusalén, y ellos en cambio se preocupan por el puesto que van a ocupar o que van a pedir. Jesús va hacia la cruz, y ellos piensan en «tronos de gloria».

Es cierto que la escena la inicia la madre de los hijos de Zebedeo, pero en ella estamos representados todos nosotros : la preocupación por uno mismo, por el futuro, por la propia colocación. Y en el fondo todos estamos convencidos de que eso no es algo tan equivocado. Pero el problema está en el hecho de que la concentración en uno mismo a menudo es tan profunda que nos vuelve ciegos y sordos ante el drama de quien está sufriendo realmente.

En Jesús angustiado , que pide consuelo, vemos también a todos los que hoy están condenados a la pobreza y la injusticia. El riesgo es que incluso nosotros, como esa madre y esos discípulos, estemos preocupados sólo por nosotros mismos. Jesús les dice: «No saben ustedes lo que piden». Cuando se pide sólo para uno mismo significa ser ciego, es decir, no saber qué es lo que se necesita pedir. Y Jesús, con gran paciencia, vuelve a enseñar a esos discípulos para que aprendan el camino que deben seguir, y por tanto las cosas que deben pedir.

Como un buen maestro Jesús parece incluso aceptar su ambición, pero le da la vuelta: «El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo». Es el camino contrario al que propone el mundo, al que nosotros buscamos instintivamente. Jesús, con su propia vida, nos muestra la alternativa respecto al estilo de vida del mundo y a los sentimientos egocéntricos que todos sentimos: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos». Se lo pide a sí mismo y a todo el que quiere seguirlo: es el camino hacia la Pascua de resurrección, que pasa sin embargo por la cruz.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 117-118.

Era un hombre justo

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San José .jpg San José, esposo de la Virgen María

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (1, 16.18-21.24)

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejar la en secreto.
Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.
Cuando José despertó de quel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.
Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Iglesia celebra en este día la fiesta de san José, el esposo de María. Descendiente de la casa de David, recibe la misión de incorporar a Jesús a la descendencia davídica. José conecta con la tradición de los patriarcas, que a menudo habían recibido en sueños la revelación de Dios. Además, hace recorrer al pequeño Jesús el camino del éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida, insertándolo de este modo plenamente en la historia de Israel para hacerle heredero de las promesas.

Hombre del silencio, José supo discernir día tras día la voluntad de Dios y obedeció. Una antigua leyenda asegura que murió en una gran paz que le daba Jesús, y por ello en la tradición occidental se comenzó pronto a invocarlo para recibir el don de una buena muerte. Las Iglesias de Oriente lo recuerdan junto a David y a Santiago, el hermano del Señor en los días después de Navidad. Su figura, ligada a la infancia de Jesús, nos recuerda la actitud indispensable de la escucha que debe tener todo creyente, sobre todo en esos momentos en los que parece que prevalecen las dificultades. El pasaje evangélico de Mateo nos narra cómo José se ve involucrado en el misterio del nacimiento de Jesús. El evangelista parece querer subrayar lo irregular de ese nacimiento: habla de José y del drama, grave por partida doble, que está viviendo. Como marido traicionado debería celebrar un divorcio oficial, lo que dejaría a María como esposa infiel, y por tanto seria rechazada y marginada por sus parientes y todos los habitantes del pueblo.

Obviamente también María pensó en estas cosas al escuchar el anuncio del ángel, y a pesar de todo obedeció. José, por su parte, había decidido repudiar a su joven esposa pero en secreto. Era un gesto de justicia delicada se podría decir que misericordiosa. Y sin embargo aquel hombre justo, más delicado que la ley, obrando así habría actuado contra la justicia más profunda de Dios. En efecto, hay un más allá de Dios que él ángel le revela. José lo escucha y comprende lo que está sucediendo a su alrededor y en su interior, convirtiéndose así en discípulo del Evangelio.

Y el ángel continuó: «Le pondrás por nombre Jesús». José debe reconocer y decir quién es ese hijo. Por esta razón es la imagen del creyente que sabe escuchar y tomar consigo a Jesús. Si escuchamos el Evangelio, también nosotros seremos capaces de acoger a Jesús como el amigo de nuestros días, de toda nuestra vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 139-140.

Misericordiosos como el Padre

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misericordesCuaresma

Lunes de la II semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (6, 36-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica.

Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Al proclamar la necesidad de amar a los enemigos, Jesús sacude los cimientos de la cultura egocéntrica de nuestro mundo. El sábado pasado lo meditamos a partir del pasaje paralelo de Mateo. El evangelista Lucas prosigue el discurso de Jesús: «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». Jesús pone a la misericordia una medida que no puede ser más alta, la misma del Padre. Sí, los discípulos de Jesús están llamados a ser misericordiosos como el Padre. Es un ideal alto como el cielo, y sin embargo es lo que el Señor nos pide a nosotros, discípulos suyos.

Ser misericordioso como Dios significa amar como Él. Y hay una gran necesidad de misericordia en este tiempo nuestro. El papa Francisco dedicó todo un año a que aprendiéramos el sentido profundo de la misericordia, justo para responder a la demasiada dureza, frialdad, individualismo, indiferencia hacia los demás, sobre todo hacia los pobres que existe en el mundo.

La misericordia no es un sentimiento vago y abstracto, es una fuerza que cambia los corazones y la historia, como la cambió Jesús que, lleno de misericordia, pasaba por los pueblos y las ciudades de su tiempo llevando la alegría, la curación y la liberación del poder del maligno. Y nos exhorta a nosotros a hacer lo mismo.

Desde la misericordia brota también el mandato de perdonar y no juzgar. Si nos comportamos así también nosotros seremos perdonados y no condenados. Es una exhortación cuando menos oportuna, ya que solemos comportarnos de forma muy distinta: somos buenos con nosotros mismos y duros y exigentes con los demás. En otra parte el Evangelio aclara esto con un ejemplo: tenemos una gran habilidad para ver la paja en el ojo ajeno, y no ver la viga en el nuestro.

Jesús advierte: «Perdonen y serán perdonados. Den y se les dará». Y añade que esto se hará en abundancia. El ejemplo del grano que se echa en el saco con largueza hasta rebosar, hasta que se salga, casi derramándolo, muestra la increíble generosidad de Dios. Él, continúa Jesús, vuelca su misericordia sobre nosotros hasta rebosar. Con esta misma generosidad debemos comportarnos también nosotros con los demás. Son palabras de una gran sabiduría evangélica y también humana.

El Evangelio nos muestra el camino para recibir el amor de Dios de manera sobreabundante: «con la misma medida con que midan, serán medidos». No escatimemos el amor; el Señor hará mucho más, se conmoverá hasta tal punto que nos envolverá con su amor sobreabundante.

 

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 114-115.

Su rostro cambió de aspecto

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Transfiguracion Cuaresma

Domingo de la II semana 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes.

De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo.

De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[[1]

El domingo pasado, decíamos que el relato de las tentaciones es el pórtico para iniciar el camino cuaresmal; este domingo podríamos decir que la escena de la transfiguración es el telón de fondo; presenta el horizonte del itinerario y nos ayuda a concentrar nuestra mirada en Jesús el Hijo amado, el elegido, a quien Dios nos invita a escuchar.

El relato retoma un punto que quedó en suspenso el domingo pasado; recordemos que en la última tentación, ubicada en Jerusalén, el tentador se jugo el todo por el todo poniendo a prueba a la fidelidad de Jesús como Hijo de Dios; con la fuerza de la Palabra, Jesús conminó al enemigo malo a no poner a prueba a Dios y el diablo, concluidas las tentaciones, se retiró esperando la hora.Ahora, en la escena de la transfiguración, encontramos de nuevo la referencia a Jerusalén y a la hora de Jesús: «De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.». Jerusalén es el destino del camino de Jesús, allí vivirá la hora definitiva, será probado nuevamente en su fidelidad como Hijo de Dios.

El contexto

Para introducirnos en la contemplación de la escena de la transfiguración, tomemos en cuenta el contexto del relato.

En el capítulo 8 del evangelio de Lucas, una vez que Pedro ha reconocido a Jesús como Mesías; Él comienza a introducir a sus discípulos en la comprensión del misterio de su persona, anunciándoles su pasión muerte y resurrección; les dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día».

Cuando leemos el evangelio caemos en la cuenta que las palabras y las obras de Jesús, con las que anunciaba el Reino de Dios, fueron aceptadas por algunas y rechazadas por otros. Quienes las rechazaron, comenzaron a hostigarlo, le hacían preguntas capciosas, lo provocaban, lo espiaban y buscaban motivos para acusarlo. Jesús no era ingenuo, sabía lo que sucedía y cada una de estas insidias eran para Él una tentación, una prueba; por eso, en el evangelio de Lucas, en los momentos decisivos de su misión, lo vemos haciendo oración, experiencia en la que se fortalecía para seguir en el camino de entrega amorosa con la que anunciaba y manifestaba la cercanía de Dios.

En este contexto entendemos el anuncio de la pasión que hacía a los discípulos; los veía tan entusiasmados que percibía la ilusión que tenían de un Mesías como muchos lo esperaban: glorioso, poderoso, guerrero, justiciero; Jesús no los engaña, les advierte que la fidelidad al Reino va en otra dirección, que ser testigos del Reino exige dar testimonio de la fidelidad de Dios con la entrega de la propia vida.

Además de anunciarles su pasión, en un segundo momento, Jesús implica también a sus discípulos, diciéndoles «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». Los discípulos no pusieron resistencia ante este primer anuncio de la pasión; el evangelista nos deja saber por qué: “Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto» (Cf. Lc 9, 45: 18,34). La oscuridad de los discípulos ante el misterio de la Cruz no era porque tuvieran una resistencia interior, sino porque no alcanzaban a comprender lo que significaba; Jesús los llevará por un camino gradual de comprensión.

El relato de la transfiguración conecta directamente con la confesión de Pedro y con el primer anuncio de la pasión; es una forma distinta de anuncia lo mismo, que nos revela el significado del misterio pascual de Jesús y la forma como se implican los discípulos que le siguen; se trata de una revelación más profunda del cómo y por qué el camino del sufrimiento conduce a la gloria de la pascua.

El texto

Nos encontramos ante un relato de teofanía, es decir, de manifestación divina; en el que el ver y el oír ocupan un lugar central. Se distinguen cuatro partes: La primera presenta la circunstancia: Jesús sube al monte a orar con tres discípulos. La segunda presenta la visión de la gloria de Jesús y de los profetas sufrientes. La tercera presenta la audición del querer del Padre que habla desde la nube. La cuarta, la conclusión: Jesús queda sólo y los discípulos callan.

Este relato lo encontramos en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas; en cada evangelista tiene detalles particulares que ayudan a leer el respectivo relato de manera novedosa. Lucas hace notar que Jesús subió a la montaña «para hacer oración»; habla de la gloria de Moisés y de Elías: «aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor»; indica el tema de conversación de estos personajes con Jesús: «hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén»; advierte que los discípulos  estaban rendidos de sueño» y que «despertándose, vieron la gloria de Jesús»; señala que sólo Pedro tomó la Palabra cuando Moisés y Elías se marcharon y que llamó a Jesús con sumo respeto diciéndole «Maestro»; narra que en la nube, Jesús recibe el calificativo de «Hijo elegido» y destaca al final del relato que los discípulos «guardaron silencio».

Escuchar a Jesús

La parte central del relato se concentra en lo que los discípulos vieron y oyeron en la experiencia de la transfiguración.

La transfiguración acontece en un contexto de oración. Es una experiencia de comunicación intensa de Jesús con su Padre. No conocemos las palabras sino el efecto transformador que tiene en él. El relato no reporta ninguna palabra de Jesús, pero la mirada no se parata en ningún instante de su persona; en los discípulos, con quienes pueden identificarse quienes leen el relato, predomina una actitud de atención a cada detalle.

El cambio externo que se produce en Jesús no pretende anticipar y confirmar su futura gloria de resucitado, como a veces se insiste. Si así fuera alimentaría el mesianismo equivocado de los discípulos y presentaría la pasión y muerte de Jesús como una representación con un final feliz anticipado.

En esta experiencia que contemplamos junto al relato de las tentaciones, Jesús es confirmado en su identidad y misión: el camino que ha elegido, su estilo de vida y mensaje es lo que Dios quiere. Hay dos elementos que lo corroboran Moisés y Elías que conversan con Él y la voz que sale de la nube.

En las Escrituras, Moisés y Elías no son como el común de los mortales ambos son personajes decisivos dentro de la historia del pueblo de Dios; tuvieron en común que, obeciendo a Dios, fueron servidores del pueblo de Dios y el cumplimento de esta misión les costó mucho sufrimiento; de manera que en el diálogo con Jesús en el relato de su transfiguración ellos son testigos de lo que vivieron en carne propia como profetas rechazados, con una misión que casí les costó la vida; además, Moisé y Eías fueron servidores de los caminos e Dios en medio de la testarudez de un pueblo que en más de una ocasión se puso contra ellos; pero su sufrimiento valió la pena; su testimonio es modelo de la gloria que resplandece desde el dolor que se vive en función de los demás, al servicio de la obra salvífica de Dios en el mundo. Moisés y Elías al lado de Jesús, que está a punto de comenzar el camino decisivo, ellos mismos ahora “rodeados de esplendor”, dan testimonio de que efectivamente por ese camino se llega a la plenitud de la vida.

Más tarde, al final del evangelio, Lucas nos dirá que Todo lo que ha sucedido en el camino y en la Pascua de Jesús fue el cumplimiento de lo que “está escrito en la Ley y en los Profetas” (Lc 24,44), es decir en la Escritura. Moisés y Elías representan la “Ley y los Profetas”.

Desde la nube que cubrió a la montaña Dios dejó oir su voz. La formación de la nube que “los cubrió con su sombra” evoca la divina presencia que llenó con su gloria la tienda del encuentro; la misma gloria de Yahveh que cubrió la santa montaña y en la cual entró Moisés. La nube nos indica dos cosas: Primera: no hay necesidad de la tienda que Pedro quiere hacer, porque Dios mismo es quien la hace al cubrir con la nube la montaña. Segunda: es el Padre, en última instancia, quien conduce a la gloria y quien invita ahora a los discípulos a entrar también en ella. Recordemos que la transfiguración de Jesús es obra de Él.

El elemento central de la manifestación de Dios: « De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”» Los términos nos recuerdan la escena del bautismo de Jesús; pero notemos que ahora estas palabras no están dirigidas a Jesús sino a los discípulos indicándoles: eue Jesús es el “Hijo”, el “Elegido” -título característico del Mesías- y que  a Jesús hay que “escucharlo”.  El imperativo “¡; escúchenlo!” queda resonando en los oídos como la lección más importante del evento de la transfiguración para los discípulos espectadores.

Los discípulos al sentirse envueltos por la nube se asustan; pero es ahí donde son aleccionados sobre lo que se resisten a aceptar: la manera como Jesús realizará su voación mesiánica. Dios confirma, delante de sus discípulos, en su identidad y misión y revela a los discípulos que ése, cuya enseñanza no aceptan o comprenden, cuyos gestos les inquietan, es el Hijo, el Elegido, el Mesúas, quien tiene razón y a quien hay que escuchar.

La transfiguración desvela el sentido profundo de los acontecimientos, pero no dispensa a los discípulos de vivir la realidad en su dureza y ambigüedad. Aunque Pedro deseaba la contrario, la visión termina muy pronto y deja a todos frente a la realidad cotidiana. Es preciso que los discípulo afronten el mensaje y el camino de Jesús.

Ante la fragilidad que experimentamos en las tentaciones, cuando somos probados en nuestra fidelidad de hijos de Dios y discípulos de Jesús; ante la resistencia a tomar la cruz y seguir a Jesús, que se experimenta en las incomprensiones y en el sufrimiento que son consecuencias de amar entregando la vida y de ser testigos de la verdad y la justicia, la oración y la escucha de la Palabra nos ayudan a interpretar nuestra historia y nos confirman en las opciones que hemos hecho cuando estas corresponden a la voluntad de Dios; sin embargo, no debemos olvidar que las experiencias espirituales noo son para separarnos de la realidad, sino para ayudarnos a discernir y afrontar la historia en toda su profundidad, para ayudarnos a seeguir a Jesús y como discípulos suyos, entregar la vida siendo testigos del Reino de Dios.

 

 

 

 

 

[1] F. Oñoro, La Transfiguración de Jesús: con la mirada puesta en la meta del camino y a la escucha del Maestro. Lucas 9,28b-36. CEBIPAL; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 87-90

Amar a los enemigos

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sermon-de-la-montania-webCuaresma

Sábado de la I semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 43-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.

Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.

Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Sean, pues, perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Para hablar sobre la «justicia» de Dios, que es tan distinta de la de los hombres, Jesús recuerda la antigua ley del talión, que regulaba la venganza para que no fuese desmedida. En efecto, aquella disposición mosaica cumplía una función equilibradora en una sociedad en la que se podía llegar a matar por cualquier motivo. Sin embargo, Jesús quiere superarla, y afirma que no sólo se debe abolir la venganza, sino que estamos llamados a amar a nuestros enemigos y a rezar por ellos.  Esto parece ajeno al sentir común de nuestra sociedad, donde cuesta incluso amar a los amigos. A pesar de todo es en esta perspectiva que Jesús delinea el comportamiento de los cristianos.

Seremos reconocidos como discípulos no sólo por cómo nos amamos entre nosotros -y por tanto no por una vida egoísta enfocada sólo a defendernos a nosotros mismos, a menudo sin o contra los demás- sino también por cómo amemos a nuestros enemigos. Con frecuencia los cristianos se comportan igual que los paganos, los que no siguen el Evangelio: aman a quienes les corresponden, saludan a los que los saludan, se preocupan sólo de los que les devuelven los favores. Pero entonces la vida cristiana se empobrece, y los cristianos dejan de ser sal de la tierra y luz del mundo.

El mandato de Jesús se contrapone a la vida que habitualmente llevamos, y de hecho viene introducido por la expresión «pues yo os digo». La afirmación contracorriente de Jesús se basa en el amor mismo de Dios Padre, el cual «hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos». En cambio nosotros nos hemos acostumbrado a dividir el mundo en buenos y malos, en justos e injustos, comportándonos en consecuencia: favorablemente hacia los primeros y con desprecio hacia los segundos. E

El amor de Dios es universal, no hace acepción de personas: el Padre que está en los cielos quiere que todos sean sus hijos, sin excepción. Y nosotros seremos hijos de este Padre obedeciendo el mandato que Jesús nos ha dado: sólo una vida en el amor nos hace hijos de Dios. Hay por tanto una gran sabiduría en las difíciles palabras de este pasaje evangélico. Jesús lo sabe bien, y pide a sus discípulos amar incluso a los enemigos. Podríamos añadir que si nos cuesta amarlos, al menos recemos por ellos. Si a veces es difícil vencer la enemistad – sucede sobre todo cuando dura mucho tiempo- al menos recemos por nuestros enemigos, nuestros opositores, y los que nos persiguen. La oración cumplirá el milagro de la conversión de los corazones al amor y por tanto el de la reconciliación.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 111-112

Ve primero a reconciliarte…

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reconciliación Cuaresma

Viernes de la I semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 20-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.

Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda.

Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel.

Te aseguro que no saldrás de ahí hasta que hayas pagado el último centavo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje de Mateo hay que situarlo en el contexto del Sermón de la montaña. Jesús acaba de decir que ha venido a completar la ley y no a abolirla. Esto significa que Jesús no se aparta de la ley, sino que capta en ella el pensamiento profundo de Dios, su corazón. La justicia de la que habla Jesús, por tanto, no consiste en un igualitarismo exterior, por otra parte imposible, sino en la realización del amor sin límites de Dios, que se acerca a cada uno según sus necesidades.

Por ello, Jesús advierte con severidad: «si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos». Ser bueno como los fariseos -quiere decir Jesús- vale tanto como no serlo en absoluto, y lo explica con palabras que nadie se ha atrevido a decir antes que él, y que nadie ha escuchado sino del Evangelio. Jesús no propone una nueva casuística o una nueva praxis jurídica, sino una forma nueva de entender las relaciones entre los hombres. Llega al corazón del odio, que lleva a la eliminación del adversario. De hecho el odio comienza por pequeñas cosas como la rabia, que con frecuencia marca nuestra convivencia, y por palabras que parecen inocuas, como llamar imbécil o renegado al otro.

Jesús afirma que sólo el amor cumple la ley, y que sólo en el amor es posible ir más allá de la enemistad. Es necesario, pues, pasar de un precepto en negativo (no encolerizarse, no llamar imbécil, no matar) al positivo de la amistad entre nosotros. El amor es la fuerza nueva que Jesús ha venido a donar a los hombres, llegando a decir que el ejercicio del amor tiene un valor tan alto que su falta obliga a interrumpir incluso el acto supremo del culto. La «misericordia» vale más que el «sacrificio»; el culto, como relación con Dios, no puede prescindir de una relación de amor con los hombres, y es el amor el que debe dirigir nuestras acciones. Por ello Jesús, cuando hay conflictos, aconseja ponerse de acuerdo antes que ir a los tribunales. No se trata sólo de la conveniencia de no acabar en prisión, sino de practicar un estilo fraterno. De esta forma no sólo se supera la pura observancia legal sino que se crea ese modo de vida solidario que hace estable y bella la convivencia entre las personas y los pueblos. (Paglia, p. 110-111)

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 110-111.

Pidan y se les dará

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orar Cuaresma

Jueves de la I semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 7-12)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que toca, se le abre.

¿Hay acaso entre ustedes alguno que le dé una piedra a su hijo, si éste le pide pan? Y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Si ustedes, a pesar de ser malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, con cuanto mayor razón el Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quienes se las pidan.

Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús enseña la necesidad de la oración de petición y declara la certeza de que es escuchada. ¿Se da una contradicción con lo que dijo acerca de que Dios conoce de antemano nuestra necesidades? Ciertamente, no; en la oración no es preciso ser palabrero, porque el Padre “conoce”, pero es necesario asumir la actitud interior del que pide, del que esta dispuesto a acoger, de quien se sabe necesitado, por tanto, de quien sabe ubicarse en la verdad de la propia condición humana.

Dios mismo da al que pide y abre al que llama: de hecho, los verbos usados -“se les dará”, “se les abrirá” en la forma griega hacen referencia a Dios sin pronunciar su nombre. Si a un hijo que pide alimento su padre no le daría cualquier cosa que se le parezca en su aspecto externo pero que en sustancia sea muy diferente, mucho más Dios, el único bueno, el padre más solícito, dará “cosas buenas” a todos los que le piden.

El Padre escucha siempre las súplicas de sus hijos y da lo que realmente es mejor al que lo invoca. El último versículo recuerda un dicho rabínico: “Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. En esto está toda la ley, el resto sólo es una explicación”. Jesús lo relata en forma positiva, y esto es mucho más exigente: no se trata de un “no hacer”, sino de algo concreto que nos exige estar siempre atentos por el bien de los demás; por esta razón, cambia completamente la vida del que lo toma en serio, le lleva a la verdadera conversión: descentrarse de nosotros mismos para que nuestro centro sean los demás.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – J.L. Monge García, Lectio divina para cada día del año. 3., 92.

La señal que se les dará…

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jesus-y-la-multitud-2 Cuaresma

Miércoles de la I semana

Textos

 † Del evangelio según san Lucas (11, 29-32)

En aquel tiempo, la multitud se apiñaba alrededor de Jesús y éste comenzó a decirles: “La gente de este tiempo es una gente perversa. Pide una señal, pero no se le dará más señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo.

Cuando sean juzgados los hombres de este tiempo, la reina del sur se levantará el día del juicio para condenarlos, porque ella vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.

Cuando sea juzgada la gente de este tiempo, los hombres de Nínive se levantarán el día del juicio para condenarla, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el evangelio el personaje central es Jesús: él es “más que Salomón” y  “más que Jonás”. La inmensa dignidad de Jesús que emerge en contraluz con estos dos personajes  consiste en la grandeza de su Palabra, la cual es superior a la predicación profética de Jonás y a la sabiduría de Salomón.

En el texto que leemos la mención del profeta Jonás se  hace al comienzo y al final de nuestro pasaje, quedando en  el centro la mención del rey Salomón. La relevancia del profeta Jonás se explica por la frase: “Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo”.  ¿Y cual fue la señal de Jonás para los ninivitas? Pues nada distinto de su  predicación: los ninivitas “se convirtieron por la predicación de Jonás”.  Por otra parte, sus oyentes eran extranjeros y, a pesar de eso estuvieron bien  dispuestos y fueron capaces de dar el paso de la conversión. Ellos -desde el rey  hasta el último de los súbditos- dejaron todos sus oficios para dedicarse a la  penitencia pregonada por Jonás.

Esto se ilustra mejor con el ejemplo de una reina quien, dejando un reino entero y  todas sus dignidades, viajó desde su lejana nación en busca del hombre  más sabio del que se había escuchado: el rey Salomón. Ella ella “vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón”. La buena disposición de la Reina para escuchar y la prontitud para la conversión que manifestaron los ninivitas para tomarse en serio la predicación de la penitencia, contrasta fuertemente con la actitud de “la gente de este tiempo”; son lo israelitas, sus propios paisanos, los de casa, quienes se presentan como los más duros de corazón para tomar en serio a Jesús y su mensaje. Por eso la Reina “se levantará el día del juicio para condenarlos” y los ninivitas harán lo mismo; pues son un pueblo  que busca “señales”,  es decir, milagros que los convenzan.

De hecho es más fácil pedir milagros que nos deslumbren y nos eviten el esfuerzo  del creer, que abrirnos al encuentro personal con una persona que nos exige y que  con su presencia y su palabra nos cambia la vida. Y la verdad sea dicha: ese es el  verdadero milagro, el hay que pedir.

El evangelio de hoy nos invita a que cedamos en esa dureza de corazón que nos  mantiene presos de otras cosas que consideramos importantes, pero que en  realidad no  son realmente fundamentales, para ponernos a escuchar a Jesús. No tendremos  que hacer el largo viaje de la Reina de Sabá ni Jonás tendrá que ir a llevarnos el  mensaje a ciudades lejanas: a Jesús lo tenemos “aquí”. La predicación de Jesús resuena primero de viva voz, pero su máxima palabra, la  que está a punto de pregonar será su estar silencioso de brazos abiertos en la cruz  llamándonos a hacer la correcciones que sean necesarias y a darle un nuevo  impulso a nuestra vida en el gozo de su amor.

 

[1] Tomado fundamentalmente de: Oñoro, Fidel. Pistas para la Lectio Divina, Lc 11, 29-32. CEBIPAL.

Cuando oren digan… Padre nuestro

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Jesús haciendo oración Cuaresma

Martes de la I semana

Textos

 † Del evangelio según san Mateo (6, 7-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.

Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el evangelio Jesús nos advierte que la oración no consiste en multiplicar las palabras como si contase su número sino pronunciarlas con el corazón. En el Padre Nuestro nos el modelo de oración que llega inmediatamente al corazón de Dios. Nadie sino él nos la podría haber enseñado; sólo él, que es el Hijo amado, que conoce al Padre en profundidad, podía enseñarnos esas palabras que marcan la vida de los cristianos de todo tiempo y lugar.

Jesús, amando a los discípulos con un amor sin límites, nos enseña la oración más elevada, la que Dios no puede dejar de escuchar. Esto se comprende desde la primera palabra: «abbá» (papá). Con esta simple palabra -la que los niños pequeños dirigen a su padre-Jesús lleva a cabo una verdadera revolución religiosa respecto a la tradición judía, que llevaba a no pronunciar ni siquiera el nombre santo de Dios. Jesús, con este comienzo, nos introduce en su misma intimidad con el Padre. No «rebaja» a Dios a nuestro nivel, sino que más bien somos nosotros los elevados al cielo, hasta el corazón mismo del Padre «que está en los cielos», hasta tal punto de llamarle «papá».

El Padre, a pesar de permanecer «en lo alto de los cielos», es también aquel que nos ama desde siempre y que quiere nuestra salvación y la del mundo entero. Por ello es decisivo que Jesús nos haga pedir el cumplimiento de la voluntad del Padre. Y la voluntad de Dios es que ninguno se pierda. Éste el sentido de la invocación «venga a nosotros tu reino»: es el tiempo en el que se reconocerá finalmente la santidad de Dios, y todos los hombres viviremos en la justicia y la paz, en todo lugar, en la tierra y en el cielo.

En la segunda parte de la oración Jesús nos hace pedir al Padre que proteja nuestra vida de cada día: le pedimos el pan, el del cuerpo y el del corazón. Y después nos hace atrevemos a una petición que en realidad es muy exigente: «Perdóna nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden». Son palabras difíciles y a primera vista nada realistas: ¿cómo aceptar que el perdón humano sea modelo del divino? En realidad Jesús nos ayuda a expresar en la oración una sabiduría extraordinaria, y lo entendemos en los versículos siguientes: «Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas».

Este lenguaje resulta incomprensible para una sociedad como es a menudo la nuestra, en la que el perdón es raro -si no algo completamente olvidado-, y el rencor es una mala hierba que no conseguimos erradicar. Quizá precisamente por esto tenemos una mayor necesidad de aprender a rezar con el «Padre nuestro». Es la oración que salva porque nos hace descubrir la fraternidad universal cuando nos dirigimos a Dios y lo invocamos como Padre de todos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 107-108.

Tuve hambre… y me diste de comer…

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Predicando juicio final Cuaresma

Lunes de la I Semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (25, 31-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’.

Los justos le contestarán entonces: ‘ Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’ Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’.

Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron’.

Entonces ellos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’ Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo’. Entonces irán estos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este primer lunes de cuaresma abre con el texto evangélico que nos presenta la escena grandiosa del juicio final. El rey, está sentado en el trono «con todos sus ángeles»; ante él, como en un inmenso escenario, se encuentran reunidas «todas las naciones». Sólo hay una división entre ellos, la relación que cada uno ha tenido con el Hijo del hombre presente en cada pobre. El juez mismo, de hecho, se presenta como el que tiene sed, hambre, el desnudo, el extranjero, el enfermo, el encarcelado; «porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber».

El diálogo entre el Rey y los interlocutores de los dos grupos enfoca este aspecto desconcertante: el juez glorioso del final de los tiempos, que todos los interlocutores reconocen como «Señor», tenía el rostro de ese mendigo que pedía limosna por las aceras de nuestra ciudad, de ese anciano abandonado en el hospital para enfermos crónicos, de esos extranjeros que llaman a nuestras puertas y que a menudo se ven rechazados, de los encarcelados que apenas reciben visitas.

La repetición de las seis situaciones de pobreza, con la correspondiente lista de la ayuda prestada o denegada, tal vez quiere indicar la frecuente repetición de esas situaciones en la vida de cada día por todo el mundo. Este Evangelio nos viene a decir que el encuentro decisivo entre el hombre y Dios no tiene lugar en un marco de gestos heroicos y extraordinarios, sino en nuestros encuentros de todos los días, en el ofrecer ayuda a quien la necesita, dar de comer y de beber a quien tiene hambre y sed, en el acoger y proteger a quien está abandonado.

La identificación de Jesús con los pobres -los llama incluso sus hermanos – no depende de sus cualidades morales o espirituales; Jesús no se identifica sólo con los pobres buenos y honestos. Los pobres son pobres, sin mas, y como tales en ellos encontramos al Señor. Se trata de una identidad objetiva: ellos representan al Señor porque son pobres pequeños, débiles. Porque Jesús mismo se ha hecho pobre y débil. Es aquí, por las calles del mundo, que tiene lugar el juicio final, y los pobres serán realmente nuestros abogados.

Es bueno preguntarse si tanto nosotros como nuestras comunidades vivimos esta dimensión cotidiana de la caridad: si estamos de su parte, o por el contrario, estamos del lado de aquellos a los que su presencia les resulta un fastidio. El papa Francisco, plenamente consciente de que todos seremos juzgados en relación a esto, nos recuerda una extraordinaria verdad: «Toquemos la carne de Jesús tocando la carne de los pobres». Es una de las verdades más hermosas y revolucionarias del Evangelio, que nosotros los cristianos estamos llamados a vivir y a testimoniar. (Paglia, p. 105-106)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 105-106.

Si eres el Hijo de Dios….

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tentador.jpgCuaresma

Domingo I – Ciclo C 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto, donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por el demonio.

No comió nada en aquellos días, y cuando se completaron, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contestó: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.

Después lo llevó el diablo a un monte elevado y en un instante le hizo ver todos los reinos de la tierra y le dijo: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras”. Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras”. Pero Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.

Concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora. Palabra del Señor. 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Entramos en el camino cuaresmal cruzando el pórtico que nos ofrece el relato evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año, -ciclo C- leemos el texto del evangelista san Lucas, que acentúa el tema de  “la hora de Jesús” referido al misterio pascual y de “Jerusalén”, como meta del camino de Jesús, donde vivirá su Pascua.

El tema central del texto que leemos es la “tentación”. Tentar es poner a prueba la fidelidad. El tentador es el “diablo” el opositor del plan de Dios que  se incuba de muchas formas en el corazón de hombre y, desde allí, en las relaciones humanas para hacer desgraciada la vida; por eso, la victoria sobre él es el signo de la llegada del Reino de Dios.

El relato subraya no tanto que Jesús haya tenido tentaciones, sino que las venció: «concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él» y esta es la Buena Noticia. El diablo es vencido, no tiene la última palabra; la victoria de Jesús es nuestra victoria; los discípulos de Jesús pasarán también por la prueba de la fidelidad a merced del mismo diablo que los perturbará para que se desconozcan como hijos de Dios. El ejemplo de Jesús, la forma como enfrenta la prueba es, para el discípulo, escuela de fidelidad.

Aunque las tentaciones concluyeron, el evangelio advierte que «el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora». La victoria final se dará en la Pasión, por ello, la experiencia de las tentaciones pide fijar, desde el principio, la mirada en el misterio de la Cruz y en el camino que hay que recorrer para participar de la victoria pascual. Poner la mirada en el misterio de la cruz, se traduce en: fidelidad en el amor y en la entrega de la vida; constancia en salir de si mismo y de superar el encierro en el propio ego; la capacidad de renunciar a ser el centro de todas las cosas, a decir la última palabra, a imponer la propia voluntad, a instrumentalizar a las personas. Todo ello significa abnegación y ante una persona que se niega a si misma, para dar lugar a Dios en su corazón, el diablo es vencido cuando prueba la fidelidad.

Fijémonos en algunos detalles de nuestro texto para profundizar.

1 . “Conducido por el mismo Espíritu..:”

Lucas nos presenta a Jesús como el ungido por el Espíritu de Dios; desde el anuncio de su nacimiento el Ángel dijo a María que el Espíritu Santo descendería sobre ella; en la escena de su Bautismo, el evangelista relata que el Espíritu Santo descendió sobre él; de manera que el el poder de Dios está dentro de él y es quien obra continuamente a través de El; por eso, Jesús puede dar a conocer a Dios, hacer sus obras, hacer su voluntad.

Jesús, desde la Cruz, entrega a los discípulos su Espíritu; se los comunica soplando sobre ellos cuando se les aparece resucitado y el día de Pentecostés lo reciben plenamente para ir por el mundo a ser testigos del amor misericordioso de Dios. En esta misión vivirán pruebas a su fidelidad al Señor y al evangelio; se verán tentados en su capacidad de amar y entregar la vida; sin embargo, el Espíritu que los conduce los sostendrá.

También a nosotros el Señor nos da su Espíritu, lo recibimos lo recibimos sacramentalmente en el bautismo y confirmación; es este Espíritu el que nos guía en las experiencias de desierto, como la cuaresma, para que descubriendo las pruebas que el diablo pone a nuestra fidelidad, seamos capaces de vencer la tentación. La certeza de que el Espíritu nos conduce, nos hace enfrentar con serenidad nuestras tentaciones y la realidad de nuestro propio pecado, no para instalarnos en ellas, sino todo lo contrario, para renovar nuestra fidelidad en el amor.

2. “…se internó en el desierto.”

La referencia al desierto en Lucas tiene el valor de un espacio de preparación para el ejercicio del ministerio encomendado por Dios.

El desierto es el espacio geográfico-espiritual donde madura el líder que tendrá que enfrentar después duras pruebas. Moisés y Elías, Juan el Bautista y Jesús, vivieron períodos de maduración en el desierto. También el pueblo de Israel, vivió durante el éxodo cuarenta años en el desierto, período de prueba y tentación del que no salió bien librado.

Lo vivido en el desierto por Jesús es lo mismo que Él, y después sus discípulos, vivirán en la misión. La experiencia del desierto es el comienzo mismo de la misión y en ella se condensa simbólicamente la vida y la misión de los discípulos de Jesús que, en la precariedad experimentarán la providencia de Dios; en la debilidad, la fortaleza del Espíritu y en la tentación, la victoria de Dios.

3. “…donde permaneció durante cuarenta días.”

El número cuarenta es simbólico en la Biblia, significa el tiempo propicio, el tiempo necesario; este símbolo está a la base de nuestra cuaresma, no sólo del nombre, sino de su significado.

Lucas nos invita a recorrer los pasos del éxodo como modelo de tiempo de formación personal y comunitaria. Los pasos del líder serán también los del pueblo. Las pruebas de Jesús son también las pruebas de sus discípulos misioneros y las de todo aquel que configura su vida en él. El evangelio sintetiza la vida del bautizado como el recorrer, ungidos por el Espíritu, el camino de la vida que no está exento de tentaciones y dificultades.

La Cuaresma es pues experiencia de desierto, de purificación, de madurez espiritual; tiempo propicio para hacer las cuentas consigo mismo frente a Dios; tiempo necesario para tomar conciencia de las propias tentaciones, para caer en la cuenta de que nuestra fidelidad no es indefectible y de reconocer -con dolor y valentía- las decisiones, palabras, pensamientos y acciones, conscientes, libres y voluntarias, que nos han alejado de Dios, que han hecho daño a nuestros hermanos y nos han dañado a nosotros mismos.

4. “… y fue tentado por el demonio.”

Así como Adán y Eva, en el paraíso terrenal, fueron tentados por la insidia de la serpiente “el más astuto de los animales” y cayeron, Jesús fue tentado por el diablo en el desierto y salió victorioso. Nos contemplamos pues en el icono que retrata los orígenes de la humanidad probada en su fidelidad a Dios. El discípulo, probado también en su fidelidad, como Adán y Eva y como Jesús, tiene la posibilidad de caer en la tentación como aquellos, o de vencerla, como Jesús, aprendiendo de él a decir NO al tentador y SI al proyecto de Dios. Para lograrlo requerirá del discernimiento que enseña la Palabra de Dios.

El Evangelio que meditamos nos enseña a descubrir los terrenos y las rutas de las tentaciones y cómo vencerlas.

Los terrenos de la tentación

El tentador aprovecha la situación de fragilidad; cuando Jesús “sintió hambre” hizo su aparición para cuestionar su identidad más profunda: “Si eres Hijo de Dios”; orillando con ello a la confusión, como diciendo: si Dios fuera tu padre, no tendrías por qué sufrir.

Descubrimos así el sentido de la tentación: poner a prueba la identidad de Jesús como Hijo de Dios, de la que depende la obediencia a su proyecto de salvación y el cumplimiento de la tarea mesiánica, para hacer prevalecer los proyectos humanos, construidos a partir del egoísmo, dejando de lado toda auto trascendencia -hacia Dios y hacia los hermanos- generadora de justicia y fraternidad.

Este es también para nosotros el terreno de la tentación y el diablo prueba nuestra fidelidad en los momentos de fragilidad, cuando pasamos por dificultades, vivimos momentos de sufrimiento o de dolor, llevándonos a la pregunta ¿dónde esta ese Dios a quien llamas Padre? ¿si Dios es tu Padre, porque sufres? Con esta prueba, el diablo provoca en nosotros confusión, para que desconfiemos de Dios, renunciemos a obedecer sus mandamientos, nos constituyamos en dioses de nosotros mismos y como consecuencia veamos a los demás no con ojos de fraternidad sino de rivalidad.

Jesús nos enseñó en el Padre Nuestro a decir: “No nos dejes caer en la tentación”. No perdamos de vista que se refiere a esta tentación, la que nos hace dudar de Dios, de que nosotros somos sus hijos, de que nos ama con amor misericordioso, de que nos perdona, nos cuida y nos salva. Jesús inserta a quienes le siguen en la experiencia de Dios Padre en quien hay que poner la confianza y la seguridad y les da, junto con el don del Espíritu, el poder de liberación de las insidias del enemigo y del poder del mal que atormenta al hombre.

La tentación es una realidad en la vida de todo creyente. Se presenta cada vez que surge la pregunta ¿vale la pena vivir según Dios? ¿no habrá mejores propuestas?; la tentación se presenta en los momentos en que la relación con Dios como Padre se debilita, y esto puede suceder en experiencias de precariedad física, anímica o espiritual; cuando se pierde la esperanza y se cae en la desesperación o cuando se asume la difundida mentalidad que hace creer que es mejor vivir poco tiempo disfrutando, que mucho tiempo padeciendo.

Preguntas claves para saber que en que grado está presente está la tentación en tu vida podrían ser: ¿qué tan sólida es tu relación con Dios como Padre? ¿cómo le expresas tu amor y obediencia de hijo? ¿al servicio de qué y de quién desgastas tu vida? ¿Al servicio de quien están tu persona, tiempo, capacidades, recursos? ¿Las relaciones con las personas con las que convives las estableces en clave de fraternidad o de rivalidad?

Las rutas de la tentación

Vale la pena notar, meditando con mayor detenimiento el texto que consideramos, de dónde provienen las tentaciones. Cada una de las tres pruebas por las que pasa Jesús nos da una pista para comprender nuestras propias pruebas

La primera tentación recorre la ruta de las necesidades vitales. El símbolo es el alimento, que es necesario para la subsistencia; su carencia causa desasosiego, angustia y origina muchas dificultades. Jesús afirma, citando el Deuteronomio, que “No sólo de pan vive el hombre”. La satisfacción de las necesidades vitales es necesaria para subsistir, pero no aseguran la vida.

La vida del hombre no puede reducirse a solucionar las necesidades inmediatas; esto lo entendemos bien cuando entendemos la diferencia entre “vivir para trabajar” y “trabajar para vivir”.  El hombre está llamado a vivir con plenitud y la sabiduría para alcanzarla está en saber apoyarse -como Jesús lo hizo- en un Dios que es Padre, que como tal es bueno; siempre fiel y que  nunca abandona a sus hijos en sus necesidades.

La segunda tentación recorre la ruta de la necesidad de tener status o poder. Quien tiene solucionado el problema de la satisfacción de las necesidades vitales está expuesto a la tentación de pensar que la realización de la vida está en tener una posición de superioridad respecto a los demás, posición que le de poder y gloria.

La búsqueda del poder y la gloria contradicen el señorío de Dios, que es Padre y a todos nos hace hermanos ubicándonos en una relación de igualdad y de servicio, no de dominación y sometimiento. Esta tentación se presenta cuando el discípulo pierde de vista que el Reino de Dios tiene un valor preeminente sobre cualquier otro valor y que para poseerlo no tiene que competir con nadie, pues es un don que el Padre da a quienes se reconocen pobres. Por ello, el discípulo debe estar vigilante a que en su corazón no se infiltren otros intereses y mantener una relación justa con las personas y con las cosas y aprender a tener un lugar en la comunidad por el camino del compartir y del servicio y por este mismo camino aspirar a participar de la gloria de Dios.

La tercera tentación recorre la ruta del endiosamiento; que se manifiesta en el afán de querer controlarlo todo, incluso a Dios. A la raíz de esta tentación no está la carencia para satisfacer necesidades vitales, ni el deseo de tener poder y gloria, sino una relación equivocada con Dios que se apoya en una visión falsa de Él. Las anteriores tentaciones han insistido en el señorío de Dios que es Padre bueno; pero se puede llegar a querer manipular la bondad de Dios, poniendo a prueba la veracidad de su Palabra mediante peticiones que violan las leyes de la naturaleza.

En el relato de Lucas, el tentador pide a Jesús, tratando de confundirlo con un el texto del Salmo 91, que se ponga en peligro para ver si es cierto que Dios manda a sus ángeles a protegerlo; la edición moderna sería la de quien sin el menor esfuerzo de su parte pretendiera que Dios de solución a todos sus problemas. El discípulo no debe olvidar que la confianza en Dios y asumir las responsabilidades de la vida van de la mano.

Que el escenario de la última prueba haya sido Jerusalén no es casual; justamente allí, Jesús será llevado al patíbulo y necesitará la protección de Dios; allí Jesús enseñará con su gesto de abandono lo que es la confianza en Dios Padre, la manera concreta de vencer la última tentación

¿Cómo vence Jesús las tentaciones?

Jesús es nuestro modelo de vida; de él que nos viene la fuerza para la lucha contra las tentaciones que nos presenta el diablo para confundirnos en nuestra identidad de hijos de Dios. Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre, no para pedir ser eximidos de la tentación sino para suplicar no caer en ella, es decir, el poder vencerla. En las respuestas de Jesús al diablo, está la clave de la victoria.

“Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. La primera tentación Jesús la vence poniendo la mirada en la necesidad fundamental. Nos enseña a alargar nuestros horizontes y no limitarnos a sobrevivir sino a buscar la vida plena.

“Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. Jesús nos enseña que la tentación de buscar el poder y la gloria, se vence postrándose en adoración, actitud orante que libera de la esclavitud de los ídolos y permite dar a cada cosa su justo lugar en la vida; la relación con los demás no se establece en clave de poder o prestigio sino de cooperación y servicio. Dios es el único que da la vida y la paz.

“Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Con esta respuesta, Jesús evoca la fórmula de la alianza con Dios: “ustedes serán mi pueblo y yo sere su Dios”; el reconocimiento de Dios en la vida, implica la renuncia a querer controlarlo todo y poner la voluntad de Dios bajo el dominio de la propia voluntad. El conocimiento de Dios a través de su Palabra y de su Hijo Jesucristo es el camino para crecer en la confianza y abandonarse a Él en la prueba definitiva.

Conclusión

En el relato de las tentaciones encontramos los puntos fundamentales del camino cuaresmal.

En esta experiencia de desierto, aprendamos de Jesús que, en el combate contra el adversario, responde con tranquilidad, pero también con contundencia, claridad y decisión. Ante el diablo, Jesús no expresa miedo ni impaciencia; actúa así porque está seguro de que Dios es Padre y no lo abandona.

En el bautismo hacemos promesas; renunciamos a Satanás y proclamamos nuestra fe en Dios que es Padre. La cuaresma nos enseña a vivir con autenticidad como hijos de Dios. Jesús sostuvo su cuaresma con la oración, tratando de captar en todo instante cuál era el querer de la Padre e implorando siempre la fuerza de Dios para sostener su “sí” en la hora de la tentación ¿Qué nos corresponde hacer a nosotros?

 

 

[1] Cf. Oñoro Fidel, Jesús y el demonio combaten en el desierto: Lucas 4,1-13, Centro Bíblico Pastoral para América Latina, 2007.

La invitación a un pecador…

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llamada de Mateo

Cuaresma

Sábado después de Ceniza

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (5, 27-32)

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano, llamado Leví (Mateo), sentado en su despacho de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”.

El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

Leví ofreció en su casa un gran banquete en honor de Jesús, y estaban a la mesa, con ellos, un gran número de publicanos y otras personas. Los fariseos y los escribas criticaban por eso a los discípulos, diciéndoles: “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” Jesús les respondió: “No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús va caminando por la calle cuando se encuentra con un publicano de nombre Leví. Como a los demás publicanos, a él también se le considera un pecador público, y por tanto podríamos decir que no apto para el Evangelio: Pero para Jesús no hay nadie que no sea apto para el Evangelio, ni siquiera el más grande de los pecadores. De hecho, en cuanto lo ve lo llama, y aquel publicano se levanta inmediatamente -como hicieron los discípulos que le precedieron-, deja el despacho de impuestos y comienza a seguir a Jesús.

Lo que cuenta para los discípulos no es el punto en el que uno se encuentra, sino la disponibilidad para escuchar la llamada y seguirla. Leví, en el momento en que se levanta y se convierte en discípulo, ya no es la misma persona de antes. Su corazón es distinto, y lo hace ver: quiere que también sus amigos -publicanos y pecadores a los que todos deberían evitar según las disposiciones farisaicas- encuentren a Jesús como él lo ha encontrado.

En realidad todos los que sienten más que los demás la necesidad de ser amados son los que intuyen la preciosidad del amor del Señor, van a su encuentro y se reúnen en tomo a él. El banquete de fiesta expresa bien la alegría de estar en compañía de Jesús. Verdaderamente ha venido a buscar a los pobres y los pecadores, y ellos se dan cuenta. Hoy el publicano Leví y todos los demás se presentan ante nosotros para que podamos imitar su disponibilidad para reunirse en tomo a Jesús y saborear la alegría de ser salvados.

Esos pecadores en fiesta nos recuerdan, mientras caminamos hacia la Pascua, la urgencia de volver con el corazón a Jesús y de seguirlo escuchando cada día su Palabra. También nosotros, enfermos y pecadores, tenemos necesidad de este tiempo de gracia para volver al Señor con presteza y, sin posponer el tiempo de la conversión, compartir la mesa de la alegría con Jesús y con tantos amigos pobres y pecadores como nosotros que el Señor nos hace encontrar.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 103.

Días vendrán…

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jesús en una casa

Tiempo Ordinario

Viernes después de Ceniza

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 14-15)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les espondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Mientras damos los primeros pasos del camino cuaresmal, la Palabra de Dios nos recuerda que el verdadero camino es interior, el camino del corazón: es el progreso en el amor, en la amistad, en la generosidad. El Evangelio no nos pide simplemente hacer algunas cosas más, aunque sean buenas. Lo que en realidad se nos pide es un cambio más profundo. El ayuno que el Señor quiere es el del propio egoísmo, salir de la concentración sobre uno mismo y los propios problemas para dirigir el corazón hacia Él, y para hacer crecer el amor y la atención hacia los más pobres y débiles.

El Evangelio de Mateo nos habla del ayuno y nos explica su sentido profundo. Los discípulos de Juan, que llevaban una vida más austera que la de los seguidores de Jesús, preguntan el porqué de aquella alegría suya. En efecto, la mera presencia de Jesús entre la gente creaba un clima de fiesta, de esperanza, en definitiva, de extraordinaria alegría, y los discípulos estaban verdaderamente contentos de estar con él y de compartir su vida, gastada en estar con la gente y ayudarla.

El seguimiento de Jesús no es un camino triste basado en las privaciones y la penitencia. Podríamos decir que es exactamente lo contrario. Los discípulos de Juan lo veían y se escandalizaban. Jesús aclara que estar con él es como estar en la fiesta que se hace en las bodas al llegar el novio. Sí, los pobres lo habían comprendido: había llegado a ellos aquel que liberaba del abandono y la desesperación. Jesús advierte sin embargo que la llegada del Reino de Dios el reino del amor y la paz- conlleva inevitablemente la lucha contra el mal, y que, como sucede en toda batalla, no faltarán momentos difíciles. Surgirán opositores que tratarán por todos los medios de abatir a los discípulos que anuncian el Evangelio.

En cualquier caso es necesario vestirse de fiesta y beber el vino de la misericordia: esto hará fuertes y seguros a los discípulos, incluso cuando deban afrontar momentos difíciles y de sufrimiento. Dietrich Bonhoeffer decía que el Evangelio hace a los discípulos no sólo buenos sino también fuertes.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 102.

Si alguno quiere seguirme…

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disicipuladoCuaresma

Jueves después de Ceniza

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 22-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga.

Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará.

En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El episodio del Evangelio de Lucas nos sitúa en el camino de este tiempo cuaresmal. Nos ayuda a reflexiona sobre la responsabilidad personal que tenemos delante nuestro de elegir la senda del bien o la del mal.

Jesús vuelve sobre este tema en el pasaje evangélico: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi, ése la salvará». De forma natural tenemos la tendencia pensar en nosotros mismos, de salvamos de toda dificultad, de todo problema o angustia; pensamos sobre todo en nosotros y en nuestra propia afirmación. Es el instinto malvado del amor desmedido por uno mismo, arraigado en el corazón. Ese instinto, mientras nos empuja a pensar sólo en nosotros, nos lleva también a desinteresamos de los demás, e incluso, a ser hostiles y violentos, sobre todo cuando les percibimos como posibles rivales y enemigos. Pero de este modo todos salimos perdiendo. El amor desordenado a uno mismo lleva inexorablemente a perder la paz e incluso la vida. Por el contrario, el que la gasta para construir un mundo mejor, se gana a sí mismo y también a los demás para la vida. Jesús advierte: «¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?». La sed de ganancias se ha convertido en una fiebre continua que sin embargo nos lleva a la ruina. ¡Cuántas vidas son sacrificadas en el altar de los beneficios! ¡Cuántas familias, cuántas amistades y vínculos se consumen para dar la primacía a las ganancias!

Jesús enseña otro camino, y no con las palabras sino con el ejemplo: él se dirige a Jerusalén para salvamos, por amor, a pesar de que esta elección conlleva sufrimiento e incluso la muerte. Pero «al tercer día» resucitará y comenzará el reino nuevo del amor. Jesús no es un Mesías poderoso y fuerte como querrían los hombres; él ha venido para dar su vida en rescate por todos. Su fuerza es la del amor que no conoce limites. Dirigiéndose a todos los que lo siguen explica las exigencias del seguimiento del Evangelio: alejarse del propio egoísmo, renunciar al amor desordenado  por uno mismo, abandonar las costumbres egocéntricas de siempre y asumir el mismo estilo de vida de Jesús, es decir, no vivir ya para sí mismo sino para el Evangelio y para los pobres. Es el sentido de la exhortación «negarse a sí mismo y tomar la propia cruz». Es el camino de los verdaderos beneficios: quien quiere conservar su vida, es decir, sus propias costumbres y tradiciones egocéntricas , la perderá. Y al contrario: quien se apasiona por el Evangelio y por los pobres recobrará su vida enriquecida y plena.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 100-101

Cuando ayunes, cuando des limosna, cuando hagas oración…

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jesus enseñaCuaresma

Miércoles de Ceniza

Textos

 Del evangelio según san Mateo (6, 1-6.16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.

Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa.

Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Cuaresma, un tiempo cargado de historia, parece vaciarse cada vez más de sentido en un mundo distraído. La Liturgia nos transmite la invitación apasionada de Dios: «Vuélvanse a mí de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto». El profeta Joel, preocupado por la insensibilidad del pueblo de Israel, añade: «enluten su corazón y no sus vestidos. Vuélvanse al Señor Dios nuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia, y se conmueve ante la desgracia.». La Cuaresma es el tiempo oportuno para volver a Dios, y comprender de nuevo el sentido mismo de la vida. El Señor nos espera, y está dispuesto incluso a cambiar su decisión, retractándose del mal con el que amenazaba para salvamos.

La Liturgia sale a nuestro encuentro con el antiguo signo de la ceniza. La ceniza, puesta sobre la cabeza y acompañada de la expresión bíblica «Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás», indica ciertamente penitencia y petición de perdón, pero sobre todo muestra una cosa simple y clara: todos somos polvo, es decir, marcados por la debilidad. El hombre que se yergue y se siente poderoso (y cada uno de nosotros tiene sus propias formas de erguirse y sentirse poderoso), mañana ya no es nada. Todos somos polvo, y la ceniza sobre la cabeza nos lo recuerda. Pero no se nos pone en la cabeza para asustamos, sólo quiere recordarnos que la fragilidad es una dimensión que nos marca profundamente, aunque tratemos continuamente de rehuirla. Hay un sentido liberador en el no tener que fingir siempre ser fuertes, sin mancha ni contradicción. La verdadera fuerza está en ser consciente de la propia debilidad, y en mantener vivo el sentido de humildad y mansedumbre: «Los mansos -afirma Jesús- poseerán en herencia la tierra».

El signo de la ceniza es actual como nunca; es un signo austero, como lo es el tiempo de Cuaresma, que se nos da para ayudamos a vivir mejor y para hacernos comprender lo grande que es el amor de Dios, que ha decidido unirse a gente débil y frágil como nosotros. Y a nosotros nos ha confiado su gran don de la paz para que la vivamos, la custodiemos, la defendamos, la construyamos. En demasiadas partes del mundo se malgasta la paz, mientras crece el sufrimiento de tantos pueblos. Son precisamente el celo y la compasión del Señor los que nos constituyen en «embajadores de Cristo», como escribe Pablo a los Corintios. El Señor ha tomado el polvo que somos para hacernos «embajadores» de paz y de reconciliación.

En este tiempo se nos pide vigilar, para que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, la mentira y la violencia. El ayuno y la oración nos hacen centinelas atentos y vigilantes para que no venza el sueño de la resignación, que nos hace considerar las guerras como inevitables; para que no nos adormezcamos ante el mal que continúa oprimiendo al mundo; para que sea derrotado el sueño del realismo perezoso que hace replegarse sobre uno mismo. En el Evangelio de este día Jesús mismo exhorta a los discípulos a ayunar y a rezar para despojarnos de toda soberbia y arrogancia, y disponernos con la oración a recibir los dones de Dios. Nuestras fuerzas no bastan por sí solas para alejar el mal; necesitamos invocar la ayuda del Señor, el único capaz de dar a los hombres esa paz que ellos mismos no saben darse.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 99-100.

¿Y los que lo hemos dejado todo…?

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doce apóstoles Tiempo Ordinario

Martes de la VIII semana

 Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 28-31)

En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”. Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna. Y muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Se ha desarrollado una situación ante los ojos de Jesús y de sus discípulos: un joven con deseo de seguir a Jesús, se ha alejado entristecido ante la exigencia que le plantea vivir según el evangelio; atrapado por su riqueza no tenía la libertad de dejarlo todo.

En cambio, Pedro y los demás del grupo si lo han dejado todo ypara seguir a Jesús; en síntesis, su respuesta al llamado fue diametralmente opuesta a la del joven rico. Inevitablemente surge para ellos una pregunta ¿qué será de nosotros? que se plantea implícita en una afirmación: « Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte». Jesús capta el mensaje y habla de una recompensa que se distribuye entre el  «el tiempo presente» y el «el mundo futuro». A quienes lo han dejado todo, explicitado con siete realidades que abarcan el mundo del bienestar, de los afectos y de la profesión: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, campos, se les dará cien veces más.

No se trata de matemáticas. Se trata de quedarse si nada para tenerlo todo. Aquí podemos ver una alusión a la vida eclesial de la primera comunidad, donde era fuerte el sentido de pertenencia y los miembros se llamaban «hermanos» entre sí. El añadido «junto con persecuciones»  recuerda que en el tiempo presente no se puede alejar la sombra de la cruz. Se goza, se obtiene, pero de un modo condicionado. El premio definitivo es «en el mundo futuro» y consiste en la «vida eterna». Esa expresión no tiene necesidad de explicaciones o de complementos. Es la vida con Dios, una vida exuberante, que no conoce ocaso.

El último versículo es una sentencia de carácter sapiencial que prevé el vuelco de la situación. Es un aviso para que nadie se considere nunca de los que ya han llegado, y un llamado a la vigilancia, porque el seguimiento es siempre un compromiso de vida.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., p. 375-376.

¿Qué tengo que hacer…?

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joven rico Tiempo Ordinario

Lunes de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 17-27)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”.

Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”.

Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”.

Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del evangelio que consideramos se compone de dos partes: una vocación frustrada por el apego a la riqueza y algunas consideraciones sobre el significado de la riqueza para los discípulos.

El punto de partida entusiasma: un hombre busca el camino para la vida eterna. El hecho de que se dirija a Jesús habla en favor de la confianza que inspiraba el Maestro de Nazaret. Eran muchos los maestros que podían responder con sabiduría a esa pregunta. Aquel hombre speraba algo diferente, algo nuevo. Jesús le orienta hacia Dios y hacia algunos de los preceptos del decálogo -los diez mandamientos-, sobre todo a los relacionados con los deberes hacia el prójimo. El decálogo, expresión de la alianza del pueblo con Dios, sigue siendo, en efecto, el código de referencia esencial, que establece los mínimos que se esperan de una persona que es fiel a Dios; su cumplimiento es capaz de encaminar hacia la vida eterna.

Sin embargo, aquel hombre busca algo más. El decálogo, que ya observa puntualmente desde su juventud, no le basta. Necesita un impulso novedoso: «Ven y sígueme» es la novedad del mensaje. Es la persona de Jesús, el hecho de seguirle, lo que marca la diferencia. Jesús se pone en la línea del decálogo como expresión de la voluntad de Dios y, al mismo tiempo, como punto de partida. Jesús es ese «algo más» buscado. La observancia de una ley queda sustituida por la comunión con una persona, con Jesús, que manifiesta el rostro de Dios y es camino para llegar a Él.

Sin embargo, para seguir a Jesús es preciso abandonar el lastre y los diferentes impedimentos. Jesús había conocido a fondo a aquel hombre, gracias a la mirada amorosa que proyectó sobre él. El seguimiento exige una libertad interior que no tenemos mientras el los bienes materiales ocupen en nuestro corazón el lugar de Dios. El dinero es tirano y, en efecto, aferra al hombre que no consigue liberarse de él. El hombre del evangelio, es rico, su corazón está apegado a su riqueza y esta le impide da un paso que requiere libertad, por eso se aleja entristecido.

Llegados aquí, Jesús lanza una dura consideración sobre la riqueza, cuando se convierte, en impedimento para tener una vida plena. Jesús conoce y denuncia la fuerza seductora del dinero. Los ricos tienen dificultades para acceder a Dios cuando la riqueza lo sustituye y lo idolatran. El dinero confiere poder, y éste, es como una droga adictiva, difícil de dejar. La dificultad de su posición la expresa Jesús con una hipérbole, la conocida imagen del camello que pasa por el ojo de una aguja. «¿Quién podrá salvarse?» es la reacción de pasmo de los discípulos, acostumbrados a pensar que la riqueza era una bendición divina. Jesús responde que la salvación es don de Dios. Y éste es capaz de llevar a cabo lo imposible. Ese don no exonera del esfuerzo por liberarse y mantener el corazón libre del apego a la riqueza.

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 365-367.

Instrucciones para la vida

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Instrucción a los discipulos Tiempo Ordinario

Domingo de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 39-45)

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni un árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos. El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla delo que está lleno el corazón”: Palabra del Señor.”

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo leemos en el evangelio la tercera parte del sermón del llano. Recordemos, en la primera parte leímos las Bienaventuranzas, en la segunda parta, la invitación a ser misericordiosos como el Padre, con un acento particular en el amor a los enemigos, a los que el evangelio invitaba a no juzgar, a no condenar, a perdonar y a hacerles el bien.El discurso continúa ahora, con una enseñanza que instruye al discípulo acerca de las relaciones fraternas en el seno de la comunidad, de manera que desde la actitud básica de la misericordia del Padre, sepa manejar sus impulsos negativos para que con ellos no dañe las relaciones interpersonales ni la vida de la comunidad y por el contrario se sitúe como testigo del Reino

El discipulado, al estilo de Jesús, es comunitario; no hay discípulo sin comunidad. Nótese en el texto que comentamos como se repite la palabra “hermano”; la fraternidad es signo del nuevo pueblo de Dios, germen de la humanidad nueva que Jesús ha venido a crear con su buena nueva de la salvación.

En el seno de la comunidad, el discípulo debe tener una presencia saludable, sus relaciones con los demás no pueden ser tóxicas ni pretenciosas; se ha de esforzar pues a ser un buen hermano, buen amigo, buen compañero de camino, comenzando con los hermanos de su propia comunidad de fe.

Lo primero que tiene que aprender el discípulo es que su único modelo es Jesús. “El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, «será como su maestro»; es decir, adoptará sus mismas actitudes y comportamientos y será formador de otros discípulos. El aprendizaje de estas dos tareas es gradual y en muchos casos muy lento. Por eso hay que dejarse ayudar por Jesús para luego poder ayudar a otros.

  1. Un ciego no es un buen guía

Cuando Jesús utiliza la imagen del “ciego” indica que el discípulo se encuentra en una etapa de aprendizaje en la que está aprendiendo a vivir según el evangelio, con los criterios de vida que inculca el Maestro y mientras no haya alcanzado la madurez para ser testigo del evangelio con su vida, el discípulo será como un ciego que necesita del apoyo y guía de otros.

Por esta razón, quien comienza a caminar en el seguimiento de Jesús debe ser prudente y no precipitarse a la hora de calificar la conducta de los demás. No es raro que quien comienza a recorrer el camino del evangelio capte con facilidad las deficiencias de los demás y quiera opinar sobre todo y sobre todos, asumiendo sin darse cuenta la posición de juez y faltando a la caridad.

La prudencia pide al discípulo, a pesar de su camino con Jesús, considerarse todavía a sí mismo como un ciego, absteniéndose de emitir juicios sobre los demás, pues a él mismo todavía le queda trecho por recorrer en el camino de la conversión. El discípulo pues, debe ser prudente y no asumir el papel de guía si no está preparado para ello y no será él mismo a quien corresponda calificarse, sino la comunidad que reconociendo su madurez se orientará por su testimonio; la imprudencia a este respecto tiene consecuencias que Jesús ejemplifica siguiendo el ejemplo del guía: «caerán los dos en un hoyo».

  1. La viga en el propio ojo es mayor que la brizna del ojo ajeno

La primera tarea del discípulo es seguir trabajándose a sí mismo: discernir y sacar la “viga del propio ojo”; liberarse del propio egoísmo y del afán de aprovecharse de los demás y oprimirles; si el discípulo no practica la autocrítica y elimina de su corazón cuanto en él haya de orgullo, mentira e hipocresía la corrección que pretenda del otro será una farsa. Lo peor que le puede pasar a un discípulo es sentirse bueno y mejor que los demás, esta autopercepción erronea le hará propenso a ser severo en el juicio de la vida de los demás y a coregir a otros lo que en si mismo no corrige; esto es,  volviendo a la imagen del guía ciego, querer conducirles a ciegas.

Jesús enseña a apareciar las cosas, las situaciones y a las personas con objetividad; el consejo del evangelio no está reñido con el jucio crítico que abre a la verdad; denuncia el delito donde lo encunetra y desenmascara la maldad; Jesús no prohibe, por el contrario aconseja, la corrección fraterna; en ambos casos enseña el modo de hacerlo: con humildad y sin juzgar el interior que sólo Dios conoce. El juicio sobre la bondad o maldad de las personas está reservado sólo a Dios. Estos son los criterios del maestro, el discípulo que quiera actuar alejándose de ellos, hace el ridículo.

  1. El árbol se conoce por sus frutos

«El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón» Jesús enseña que la bondad en el decir y en el obrar surge siempre del corazón, de una interioridad sana y honesta; quien tiene torcidas sus intenciones desvirtúa la bondad de sus actos. El texto tiene un hondo sentido psicológico: sólo con actitudes buenas podemos hacer cosas buenas, sólo con actitudes justas podemos dar frutos de justicia.

Quien lleva en su corazón odio y mentira, afán de poder o de lucro, jamás podrá hacer el bien a nadie; no puede buscar ni querer el bien de los demás, porque sólo busca el propio beneficio. «Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.». He aquí una llamada de atención; en el compromiso cristiano, nada se improvisa, cada uno da lo que es y vive, «el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón»

Una vez más en este texto de Lucas, encontramos la dimensión social del evangelio. El ejemplo de los frutos es elocuente. Un árbol no es bueno si es estéril y no produce fruto; ningún árbol da frutos para si mismo; los frutos contienen la semilla que se esparcirá y producirá nuevas plantas y frutos; pero, al mismo tiempo los frutos, apetecibles y sabrosos también sirven como alimento.

La bondad del corazón no es un fin en si misma, es don de Dios y tarea del hombre, libera del encierro del egoísmo, haciéndo salir de si misma a la persona encaminándola para hacer el bien a los demás. El discipulado implica un compromiso por el bien de las personas y de las comunidades; este compromiso es de caridad y de justicia, no por separado, sino en estrecha relación; al mismo tiempo que la caridad lleva a prodigarse amorosamente en la atención de las necesidades de una persona, la justicia entraña el compromiso personal y colectivo para que se transformen las situaciones y estructuras que generaron esas necesidades, de manera que todas las personas puedan vivir con dignidad y como sujetos de su propio desarrollo.

 

 

 

 

 

[1] Cf. F. Oñoro, Pistas para la Lectio Divina, Lucas 6. 39-42, CEBIPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 220-223.

Ser como niño para acoger el Reino.

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Sábado de la VII semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (10, 13-16)

En aquel tiempo, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo.

Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Marcos nos regala escenas ricas en ternura humana, como ésta de los niños. La presencia de niños escuchando a Jesús es un hecho conocido. Con ocasión de la multiplicación de los panes se menciona también la presencia de niños que le seguían desde hacía tiempo, hasta que llega la noche. Cabe pensar que son niños que acompañan a sus padres, dado que la escucha de la Palabra de Jesús es un hecho que corresponde, eminentemente, a los adultos.

Probablemente son los mismos padres los que intentan acercar sus hijos a Jesús «para que los tocara». Su intento queda frustrado por los discípulos, que, al menos así lo pensamos, actúan de buena fe, llevados por el deseo de garantizar al Maestro un poco de tranquilidad, pues los niños, como es sabe, son alborotadores y crean confusión. La reacción de Jesús es fuerte, indignadaº. Por un lado, es una manera vigorosa de desaprobar y, por otro, una invitación a reconsiderar la figura del niño. La sensibilidad judía había producido ya el salmo 131, donde el niño es imagen de aquel que confía y se abandona a Dios. Sin embargo, llegar a establecer el valor del niño colocándolo en el centro del interés o incluso como modelo es un dato que trasciende la mentalidad de la época, que no reconocía al niño personalidad jurídica y lo consideraba como propiedad de la familia y, sobre todo, del padre.

Jesús da un vuelco a valores consolidados, rompe esquema atávicos y acoge a los niños. Este hecho, de una gran riqueza desde el punto de vista humano, se colorea teológicamente con la motivación «porque el Reino de Dios es de los que son como ellos». Jesús los eleva a modelo de vida. ¿Por qué? Porque el niño adolece de la arrogancia que caracteriza al adulto, no pretende actuar por sí solo, dado que siente como urgente e indispensable la presencia de alguien que esté cerca de él y le dé seguridad. Le falta también la aspiración a la preeminencia y a los honores y sobre todo, la inocencia, que le permite confiar sin reservas en las personas, particularmente en su padre y en su madre.

El niño es la personificación del «pobre», a quien está reservada la primera bienaventuranza y a quien se garantiza la posesión del Reino de Dios. El texto concluye con una afirmación certera, solemne, introducida por la fórmula «les aseguro que»: Jesús declara que es preciso estar dotado del ánimo de los niños para tener acceso al Reino de Dios.

El fragmento se cierra con otro gesto de ternura por parte de Jesús: el de abrazar a los niños, porque reconoce y aprecia un valor que los apóstoles difícilmente consiguen percibir aún. No hay que olvidar que para abrazar a un niño es necesario inclinarse, ponerse a su nivel, es gesto es simbólico, con profundo contenido para los evangelizadores de todos los tiempos.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 355-356.

Lo que Dios unió…

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Viernes de la VII semana

 Textos

 + Del evangelio según san Marcos (10, 1-12)

En aquel tiempo, se fue Jesús al territorio de Judea y Transjordania, y de nuevo se le fue acercando la gente; él los estuvo enseñando, como era su costumbre.

Se acercaron también unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?” El les respondió: “¿Qué les prescribió Moisés?” Ellos contestaron: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”.

Jesús les dijo: “Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer.

Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. De modo que ya no son dos, sino una sola cosa.

Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.

Ya en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre el asunto. Jesús les dijo: “Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Para ponerlo a prueba, los fariseos se acercan a Jesús y le hacen una pregunta capciosa: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”. Se le hace una pregunta que no es positiva y, además, de sentido único: el comportamiento del hombre con la mujer, y no viceversa. El problema existe y, por consiguiente, es preciso afrontarlo. Ahora bien, todo problema tiene que ser iluminado a la luz de la Palabra, elemento primordial y fuente para conocer la voluntad de Dios y, en consecuencia, el plan de vida. Jesús se erige en intérprete autorizado de esa voluntad.

Acepta la pregunta y responde con una contrapregunta: “¿Qué les prescribió Moisés?”, en otras palabras: ¿qué dice la ley? Jesús pregunta sobre algo que también ellos consideran obligatorio. La respuesta se aparta de la pregunta porque los fariseos declaran lo que Moisés «permitió». Están desencaminados, no están respondiendo de manera correcta. Jesús explica la razón de la concesión de Moisés, la «dureza de corazón» o «incapacidad para entender», que es la falta de elasticidad a la hora de acoger la voluntad de Dios. El corazón es el centro de la persona, el conjunto armónico formado por la inteligencia, la voluntad y la afectividad. La máquina se ha atascado. La de Moisés fue una norma dada por la dureza de corazón. Por consiguiente, es una norma condicionada, ligada al tiempo y dependiente de una situación particular. No se trata de lo que es obligatorio, sino de lo que está permitido.

Es preciso remontarse a los orígenes, a la pureza primitiva, a la auténtica voluntad divina. Ésta había establecido una distinción entre varón y hembra, en vistas a una comunión plena entre ambos. Esta unidad es expresión de la voluntad divina, nadie está autorizado a deshacerla. Llega perentorio el mandamiento, sin añadidos: «Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre».

La explicación de Jesús, lógica y esencial, no les parece fácil de comprender ni siquiera a los discípulos, que piden explicaciones en privado, una vez en casa. La dificultad se encuentra en el hecho de que es preciso cambiar de mentalidad, invertir la tendencia machista, alimentada por la praxis. Jesús no hace descuentos, no suaviza para nadie las severas exigencias de un amor verdadero. Confirma y clarifica su pensamiento. La ruptura de aquella unidad querida por Dios es adulterio, ruptura grave de una relación nacida para permanecer inoxidable en el tiempo. Jesús, al añadir que el compromiso de fidelidad vale para ambos, hombre y mujer, introduce una paridad de derechos y deberes desconocida en el mundo judío.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 346-347.

Una recompensa, una advertencia

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rostro de JesúsTiempo Ordinario

Jueves de la VII semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (9, 41-50)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.

Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar.

Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

Todos serán salados con fuego.

La sal es cosa buena; pero si pierde su sabor, ¿con qué se lo volverán a dar? Tengan sal en ustedes y tengan paz los unos con los otros”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Se abre este fragmento, cargado de advertencias más una sentencia positiva.

El texto inicia refieriendo un gesto de bondad motivado, es decir no simplemente instintivo o automático. Se trata de una acción modesta, como el ofrecimiento de un vaso de agua, pero se agiganta si pensamos que el contexto son zonas desérticas, en las que el agua es un bien precioso. Lo que cuenta sobre todo es la motivación, exquisitamente teológica: el agua se da «por el hecho de que son de Cristo». Quien así obra piensa en Jesús y ve en el otro a un hermano. Con esta condición, la acción no será olvidada y obtendrá su recompensa. Con ello no se pretende excluir el valor de la bondad natural: el bien siempre es el bien. Lo que aquí se quiere sugerir es el gran valor que lleva anexo una acción rica en motivación interior.

Sigue una serie amenazadora de dichos, catalizados en torno a la expresión «ser ocasión de escándalo», que se repite cuatro veces. El discurso se vuelve duro y sin posibilidad de apelación. Esta severidad explica la gravedad de la situación, que el lector debe percibir con toda su urgencia. El «escándalo» era, originariamente, una piedra de tropiezo que bloqueaba el normal proceder hacia la meta. Más tarde pasó a indicar un obstáculo puesto voluntariamente para impedir el camino del crecimiento y de la fe. El ámbito religioso del escándalo se comprende mediante el añadido «gente sencilla que cree en mí» o bien por el hecho de que la meta es «entrar en la vida» (la eterna, como es obvio). Son los miembros de la comunidad, llamados precisamente «pequeños», los afectados por el escándalo. ¿Quiénes son la «gente sencilla»? Son las personas, dotadas de un corazón libre, que han llevado a cabo una opción de fe. En consecuencia, la amenaza se dirige en particular a aquellos que bloquean la actividad espiritual de cuantos quieren ponerse a seguir a Cristo. La gravedad del escándalo se deja ver en la pena que le espera al culpable, una pena muy grave, pero que debe preferirse a pesar de todo: «sería mejor». La pena consiste en colgarle al cuello una piedra de molino y ser echado al mar.

A continuación, se ponen tres ejemplos -mano, pie y ojo- que son pares. Se parte de la hipótesis de un miembro o de un órgano humano que causa escándalo, después se sugiere privarse de él voluntariamente con una extirpación radical. Por último, se presenta el hecho de que es mejor gozar de la vida, la eterna, privados de ese órgano que poseerlo e ir a la perdición. Esta última se concretiza en la Gehenna, un pequeño valle situado al sur de Jerusalén, imagen popular del infierno a causa de las basuras que ardían allí continuamente. Era una especie de vertedero de basura de la ciudad, donde el fuego incineraba todos los desechos.

En este punto es necesario preguntarse por el significado de las palabras de Jesús. ¿Pide verdaderamente una mutilación cuando una parte del cuerpo es causa de escándalo? Para responder a la pregunta hemos de tener en cuenta tanto el género literario como el comportamiento de Jesús. Como en otros casos, las palabras son fuertes y despiadadas, a fin de indicar la gravedad de la situación. Estamos ante expresiones hiperbólicas, paradójicas, que han de ser comprendidas en su significado y no aceptadas en su sentido literal, porque llevarían a un contrasentido. La petición de Jesús está relacionada con la conversión, y ésta es total, es decir, alcanza todas las dimensiones de la existencia.  La mano o el pie o el ojo que pecan están dirigidos por un cerebro y por una voluntad enfermos. De nada serviría privarse de un miembro sin intervenir sobre las causas. La conversión tiene que ver con todo el hombre y no con una de sus partes. Marcos recuerda que la maldad viene del interior del hombre y no del exterior. La conducta de Jesús durante su vida pública refuerza esta interpretación. Jesús nunca le pidió a un pecador que se privara de alguna parte del cuerpo que hubiera sido ocasión de pecado. En definitiva, nos encontramos frente a unas palabras fuertes que deben ser comprendidas y acogidas con toda su severidad, sin someterse a una interpretación literal que estaría en contradicción tanto como el texto como con el comportamiento de Jesús.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 335-337.

Si no está contra ti está contigo

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IslBGTiempo Ordinario

Miércoles de la VII semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (9, 38-40)

En aquel tiempo, Juan le dijo a Jesús: “Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”.

Pero Jesús le respondió: “No se lo prohibían, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí.

Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estamos en la segunda parte del evangelio de Marcos, después de la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo. Ahora Jesús se encuentra más concentrado en la formación de los Doce, aunque no se olvida de instruir a las muchedumbres. Los discípulos, se sentían privilegados. Juan se erige en portavoz. Está preocupado porque alguien, que no pertenecía al grupo de los discípulos, realiza exorcismos «en nombre de Jesús»: es decir, con su autoridad.

La escena recuerda un caso conocido en el Antiguo Testamento, descrito en el libro de los Números ( (cf. 11,26-29). Dos hombres que habían sido convocados para ir a la tienda del encuentro y recibir el espíritu de profecía por medio de Moisés, no asistieron. A pesar de ello, el espíritu descendió también sobre ellos y empezaron a profetizar. Esto alarmó a alguno, que se apresuró a informar a Moisés. Josué le pidió expresamente a este último que impidiera esta profecía, aparentemente ilíicta. La respuesta de Moisés manifiesta su amplitud de miras: «¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!».

Del mismo modo, Juan quería prohibir a uno que ejerciera de exorcista «como no es de los nuestros, se lo prohibimos». Juan concebía el seguimiento como un privilegio antes que como un servicio, lo pensaba en términos de «exclusividad» antes que en términos de universalidad. Le faltaba la «amplitud de miras» suficiente para superar la estrechez de su experiencia. Le faltaba sobre todo una apertura misionera, una sensibilidad altruista, porque estaba empeñado en defender más que en difundir lo que era y lo que tenía.

Jesús no le reprende, sino que le corrige amablemente usando un argumento de sentido común. Realizar un exorcismo significa poseer la fuerza de Cristo  para vencer a Satanás. Quien usa esa fuerza está, necesariamente, en comunión con Cristo. Por consiguiente, no puede ser enemigo suyo. El texto concluye aludiendo un dicho sapiencial: si alguien no es enemigo tuyo, es amigo tuyo. Jesús se revela así como un maestro del buen sentido, abierto a la diversidad, que no es oposición, sino expresión de un sano pluralismo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 325-326.

El primero sea el servidor de todos

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Jesús con niño en brazaos Tiempo Ordinario

Martes de la VII semana

Textos

†Del evangelio según san Marcos (9, 30-37)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos.

Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará”. Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutían por el camino?” Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante.

Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús y los discípulos «atravesaban Galilea». Estas palabras del Evangelio de Marcos nos introducen en el viaje que Jesús acaba de empezar y que lo lleva desde Galilea hacia Jerusalén. El viaje que el Señor lleva a cabo junto a los discípulos es el símbolo del camino de la vida, del itinerario del crecimiento espiritual.

Por el camino, Jesús habla con los discípulos. Pero esta vez no se muestra como el maestro, sino como el amigo que abre su corazón a sus amigos más íntimos. Jesús, confía a los discípulos los pensamientos que agitan su corazón. Y les dice: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte». Es la segunda vez que les habla de ello. La primera vez Pedro, que había intentado disuadir a Jesús de su camino, es ásperamente reprendido. Jesús siente la necesidad de sincerarse de nuevo. Evidentemente le oprime una gran angustia. Es la misma que sentirá en el huerto de Getsemaní y que le hará sudar sangre. No obstante, una vez más, ninguno de los discípulos comprende el corazón y los pensamientos de Jesús.

Al llegar a casa, Jesús les pregunta acerca de lo que discutían por el camino. Pero «ellos callaron», dice el evangelista. El silencio es el signo de la vergüenza por lo que habían estado discutiendo. Y hacían bien en sentir vergüenza. La vergüenza es el primer paso de la conversión; en el discípulo, nace de reconocerse distante de Jesús y del Evangelio.  Cuando no sentimos vergüenza, cuando atenuamos la conciencia del mal que hacemos, nos excluimos del perdón. El verdadero drama de nuestra vida se produce cuando no hay nadie que nos pregunta, como hizo Jesús con los discípulos: «¿De qué discutían por el camino?». Sin esta palabra somos prisioneros de nosotros mismos y de nuestras míseras seguridades.

Escribe el evangelista: «Entonces se sentó, llamó a los Doce» y se puso a explicarles una vez más el Evangelio. Es una escena emblemática, un icono, para toda comunidad cristiana. Cada uno de nosotros, cada comunidad debe reunirse, y con frecuencia, alrededor del Evangelio para escuchar las enseñanzas del Señor, para dejarse corregir y para llenar el corazón y la mente de los sentimientos y de los pensamientos de Jesús. «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Jesús no se opone a que los discípulos busquen una primacía, pero invierte el sentido de dicha primacía: el primero es el que sirve, no el que manda. Y para que entiendan bien lo que quiere decir, toma a un niño, lo abraza y lo pone en medio del grupo de los discípulos; es un centro no solo físico, sino de atención, de preocupación, de corazón. Aquel niño debe estar en el centro de las preocupaciones de las comunidades cristianas. Y explica por qué: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe». En los pequeños, en los indefensos, en los débiles, en los pobres, en los enfermos, en aquellos que la sociedad rechaza y aleja, en ellos está presente Jesús; es más, está presente el propio Padre.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 355-357.

Un caso doloroso y difícil

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Tiempo Ordinario

Lunes de la VII semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (9, 14-29)

En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte y llegó al sitio donde estaban sus discípulos, vio que mucha gente los rodeaba y que algunos escribas discutían con ellos. Cuando la gente vio a Jesús, se impresionó mucho y corrió a saludarlo.

El les preguntó: “¿De qué están discutiendo?” De entre la gente, uno le contestó: “Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu que no lo deja hablar; cada vez que se apodera de él, lo tira al suelo y el muchacho echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. Les he pedido a tus discípulos que lo expulsen, pero no han podido”.

Jesús les contestó: “¡Gente incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho”. Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, se puso a retorcer al muchacho; lo derribó por tierra y lo revolcó, haciéndolo echar espumarajos. Jesús le preguntó al padre: “¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?” Contestó el padre: “Desde pequeño y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él. Por eso, si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos”. Jesús le replicó: “¿Qué quiere decir eso de ‘si puedes’? Todo es posible para el que tiene fe”.

Entonces el padre del muchacho exclamó entre lágrimas: “Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta”. Jesús, al ver que la gente acudía corriendo, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: “Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Sal de él y no vuelvas a entrar en él”.

Entre gritos y convulsiones violentas salió el espíritu. El muchacho se quedó como muerto, de modo que la mayoría decía que estaba muerto. Pero Jesús lo tomó de la mano, lo levantó y el muchacho se puso de pie. Al entrar en una casa con sus discípulos, éstos le preguntaron a Jesús en privado: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?” El les respondió: “Esta clase de demonios no sale sino a fuerza de oración y de ayuno”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Contemplamos un caso doloroso y difícil; todas las personas implicadas en la escena sufren: un joven gravemente enfermo, un padre angustiado por su hijo, los discípulos que no son capaces de poner remedio a pesar de su intervención, Jesús que se lamenta de la falta de fe. Es un caso «difícil», los discípulos «no han podido» y constatan, con amargura, el fracaso de su intento. De manera implícita, declaran la existencia de una fuerza maligna que ellos no son capaces de superar. Han sido derrotados por el mal.

En esta situación compleja brillan dos luces, una un tanto débil y la otra muy luminosa: son el padre del enfermo y Jesús. El padre demuestra todo su amor paterno, no deja por hace nada que esté a su alcance; no se resigna, tras el fracaso de los discípulos, al ver a su hijo presa de las convulsiones, rígido como un tronco, echando espumarajos y caído en el suelo, recurre directamente al Maestro. Esta decisión denota la confianza que pone en Jesús; le acredita un poder superior al de los discípulos. Con ello ya deja irradiar un primer y tenue rayo de luz que procede de su fe. De sus palabras brota un segundo rayo, más intenso. Se presenta con la humildad del que pide algo: «si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos » y con la conciencia de su propio límite exclama: «¡Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta!». En sus palabras no hay resentimiento contra los discípulos, que se han mostrado incapaces, sino sólo la amarga constatación de que su fuerza no iguala m mucho menos es superior a la de los ocultos adversarios.

Jesús acepta la súplica y transforma aquel destello de esperanza en el fuego de una certeza: «Todo es posible para el que tiene fe». La fe es un abandono en Dios, aceptar estar en sus manos de Padre. Si estamos con él, entonces nos volvemos fuertes, hasta el punto de poder superar al demonio: Llegaremos a ser los más fuertes, porque compartiremos el mismo poder de Dios, el que Jesús activa en favor del muchacho enfermo cuando se dirige de una manera imperiosa al espíritu del mal, al que increpó diciendo: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Sal de él y no vuelvas a entrar en él».

Jesús pasa del tono severidad con el maligno a al gesto de ternura con el que estaba enfermo: « lo tomó de la mano, lo levantó y el muchacho se puso de pie». Ahora es un joven resucitado a una nueva vida, gracias a la acción de Jesús y a la plegaria de intercesión y rica en fe de su padre. (Zevini, p. 306-307)

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., p. 306-307.

Amor a los enemigos ¿es posible?

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Jesús y sus discípulos 2 Tiempo Ordinario

Domingo de la VII semana

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (6, 27-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario? Lo mismo hacen los pecadores. Si prestan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después. Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos y los ingratos. Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo seguimos leyendo el sermón de la llanura del evangelio de San Lucas con el que el nuevo pueblo de Dios comienza a ser instruido en los criterios de vida del Reino de Dios.

En el anuncio de las bienaventuranzas que leímos el domingo pasado, Jesús retomó lo que ya había dicho en la sinagoga de Nazareth, cuando se apropió el texto de Isaías y se presentó como el Ungido de Dios, enviado para anunciar a los pobres la Nuena Nueva y a todos el año de gracia del Señor.

En coherencia con ese texto, Jesús anunció en las Bienaventuranzas la felicidad del Reino a quienes estaban en situación de desventaja: pobres, hambrientos, dolientes y pereseguidos e hizo cuatro advertencias proféticas a quienes, hartos de sí mismos, creían estar en mejor posición: los ricos, los satisfechos, los que rien y los que reciben halagos. El mensaje de Jesús significa salvación para todos ellos.

La última de las bienaventuranzas habla de situaciones conflictivas. Jesús mismo las vivía; recordemos que en Nazaret sus paisanos se lo llevaron a la orilla de un barranco con la intención de despeñarlo; el anuncio del Reino no sólo causó entusiasmo y admiración, también provocó enojo en quienes vieron amenazada su posición con el anuncio de un Dios Rey, defensor de los pobres y garante de la justicia.

De manera que si Jesús tuvo enemigos por ese motivo, también sus discípulos los tendrán; por ello dice: «dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre».  ¿Cómo vivirán los discípulos de Jesús estas adversidades? Es la parte siguiente del sermón de la llanura y que consideramos este domingo.

Una necesaria toma de conciencia

Con el anuncio de las bienaventuranzas, los discípulos han comprendido que el seguimiento de Jesús pide un nuevo estilo de vida, cuyo centro está en la acción de Dios, quien con su señorío los conduce progresivamente hacia la plenitud de vida, identificándolos con Él. De aquí se desprende un nuevo proyecto de vida cimentado en los valores del Reino, que tienen correspondencia con la forma como Dios manifiesta su amor a la humanidad; estos valores se contraponen con los que viven los hombres, que satisfechos de si mismos, optan por vivir sin Dios excluyéndolo de sus vidas o dándole un lugar marginal en su existencia. Los valores del Reino se aprenden en el camino con Jesús.

En el texto que leemos hoy, Jesús va delineando lo que distingue al discípulo, en contraste con las actitudes de quien no se ha convertido, y que se resume en la frase «sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». El texto pone en evidencia el comportamiento de los que viven lejos de Dios y desglosa en qué consiste vivir con el prójimo la misericordia que Dios ha tenido con quien se deja amar por Él.

¿Cómo reaccionar ante las agresiones?

Imitando a Dios Padre, quien “es bueno hasta con los malos y los ingratos”. Y esto no es fácil. El discípulo no es insensible, es de carne y hueso, es tremendamente humano y le duelen las agresiones, es frágil y vulnerable. El discípulo vive en el mundo, no en una burbuja de cristal; tiene que tratar diariamente con su familia, sus amigos, vecinos y compañeros de trabajo y  aprender a vivir todas sus relaciones interpersonales, familiares, sociales y comunitarias desde la óptica del Reino, incluso en las situaciones conflictivas. Precisamente, en las relaciones, en el trato que damos a los demás, y en la forma como nos ubicamos en los conflictos es donde se reconoce que se ha optado por el reino de Dios.

El amor es lo que caracteriza el comportamiento del discípulo en la forma como se relaciona con sus semejantes; este amor se entiende no como una experiencia sensual sino como el firme propósito de hacer el bien; este propósito incluye la totalidad de la persona, su inteligencia, sentimientos y voluntad, le hace salir de si misma para compartir con otros el amor salvífico que Dios le ha manifestado.

El propósito de hacer el bien siempre y a todos, implica deponer el sentimiento de desquite, revertir los sentimientos negativos y las agresiones de los otros en impulsos de amor, pero, ¡¿cómo?!

Observemos la fuerza del imperativo «amen a sus enemigos». La enemistad se establece con quien nos odia -nos hace mal-, maldice -nos desea el mal-, y difama -habla mal de nosotros-; ante el dinamismo negativo de la enemistad, Jesús pide a sus discípulos situarse en otro nivel y responder al odio con bondad, a la maldición con bendición y a la difamación con oración. Ante la enemistad, el discípulo no permanece pasivo, va al encuentro del otro para hacer por él todo lo bueno que sea posible y, con ello, abrir un horizonte salvífico a su existencia.

Quien ha optado por vivir sin Dios o darle un lugar marginal en su vida tendrá un comportamiento diferente, marcado por la ley del intercambio, incapaz de dar si no recibe: ama sólo si es amados; hace el bien sólo si con ello es beneficiado; presta si tiene la certeza que se le pagará. El discípulo en cambio se orienta por la ley del don: hace el bien sin esperar recompensa, porque es hijo de Dios, y su Padre «es bueno hasta con los malos y los ingratos».

El secreto del discípulo: la misericordia de Dios Padre

El secreto de esta manera de ser está en que un discípulo, se ha reconocido como hijo amado de Dios y con su vida amnifiesta el amor que ha recibido: «sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». Los imperativos anteriores no se puede vivir sino a partir de este imperativo básico.

Entonces, la raíz de una vida conforme a los valores del Reino está en que, como Jesús, somos hijos amados de Dios; por ello el discípulo busca parecerse a Jesús y Jesús es como su Padre. Esto es el fundamento de todo.

Ser misericordioso como Dios se reconoce en la bondad de corazón de quien no le pone límites al amor, que no se vuelve mezquino ni se encoge a la hora de hacer algo por quien no se lo merece. En el texto que leemos, cuatro imperativos abren el horizonte del amor misericordioso y nos hacen entender cómo nos ama Dios, cómo nos ama Jesucristo y cómo han de amar los hijos de Dios: no juzgar, no condenar, perdonar y dar.

Los dos primeros imperativos: no juzgar y no condenar, descubren que la misericordia nos pide frenar un impulso negativo; los otros dos: perdonar y dar, señalan un impulso que nos hace salir de nosotros mismos para acoger y ofrecer lo que el otro, en su fragilidad personal, está necesitando.

Cuando falta el amor misericordioso comienzan los juicios y se dictan sentencias definitivas poniendo fin a las relaciones; cuando la misericordia está viva en el corazón, se perdona y no se duda en hacer de la vida un don; así lo hizo Jesús en la Cruz: perdonó y entregó su vida.

Si no se ha madurado en el amor es difícil ejercer la misericordia renunciar a juzgar, calificar a las personas, etiquetarlas; renunciar a condenarlas haciéndoles sufrir nuestra indiferencia o maltrato. No puede amar quien no se sabe amado, y este es el don que Dios nos ofrece sin mérito nuestro; nos ama, así como somos, con nuestros límites y fragilidades, no nos juzga, no nos condena, nos perdona y se entrega a nosotros, amándonos hasta el extremo de darnos a su Hijo Jesucristo. Sabernos amados de Dios es la clave para poder amar con un amor como el suyo.

 

[1] Cf. Oñoro Fidel, Pistas para la Lectio. Divina.(Lucas 6, 27-38), CEBIPAL-CELAM.

Se transfiguró

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transfiguración Tiempo Ordinario

Sábado de la VI semana

 Textos

 + Del evangelio según san Marcos (9, 2-13)

En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados.

Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”. En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de “resucitar de entre los muertos”.

Le preguntaron a Jesús: “¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?” El les contestó: “Si fuera cierto que Elías tiene que venir primero y tiene que poner todo en orden, entonces ¿cómo es que está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Por lo demás, yo les aseguro que Elías ha venido ya y lo trataron a su antojo, como estaba escrito de él”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El relato de la transfiguración de Jesús que nos ofrece Marcos presenta una gran variedad de contenidos y de alusiones simbólicas: el monte alto, el rostro brillante, la conversación con Elías y con Moisés, las tiendas, la nube que hace sombra, la voz del cielo. Casi todos estos elementos remiten al Éxodo y a la experiencia mosaica. El «monte alto», por ejemplo, alude al monte y a la teofanía del Sinaí.

Marcos se limita a decir que «sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador», y conviene en lo esencial; a saber, que Jesús «se transfiguró», cambió de aspecto, y esto puede ser puesto también en relación con la piel del rostro de Moisés, que se ponía radiante después de cada encuentro con Dios.

La conversación con Elías y Moisés nos remite, además de a los representantes de los profetas y de la Ley, a los dos únicos personajes bíblicos que tuvieron experiencia de una teofanía en el Horeb. Todas estas alusiones al Éxodo nos dan a entender que la experiencia de Jesús ha sido releída, reinterpretada, a la luz de las Escrituras, según el principio fijado por el mismo Jesús, que se muestra conversando con Elías y Moisés.

En el momento preciso en que Jesús revela a los discípulos su destino de Mesías sufriente y crucificado, recibe de lo alto, del Padre, una confirmación singular de su vocación y de su misión. Justamente su obediencia a la voluntad de Dios es lo que transfigura su humanidad y la vuelve transparente al esplendor de la gloria.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 298.

Cátedra de San Pedro, Apóstol

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lacatedradepedroint 

22 de febrero

La Cátedra de San Pedro

 Textos

+ Del evangelio según san Mateo (16, 13-19)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La fiesta de hoy de la cátedra de Pedro recuerda una antigua tradición que sitúa precisamente en el 22 de febrero el comienzo del episcopado de Pedro en Roma. La Liturgia nos invita a conmemorar y a celebrar el «ministerio de Pedro». Por un lado se subraya el fundamento apostólico de la Iglesia de Roma, y por otra el servicio de presidencia en la caridad, ese carisma único que continúa vivo en los sucesores de Pedro.

El Evangelio de este día, con los tres símbolos que evoca -la roca, las llaves y el atar-desatar -, muestra que el carisma de Pedro es un ministerio para la entera construcción de los elegidos de Dios. Sabemos bien lo saludable que es para la Iglesia este ministerio de la unidad que el obispo de Roma está llamado a ejercer. Y hoy lo es todavía más. En un mundo globalizado, con presiones tan fuertes hacia la autorreferencialidad y la fragmentación, el papa representa un tesoro único a custodiar proteger y mostrar. No en las formas poderosas de este mundo sino como servicio de amor a todos, y especialmente a los pobres.

El primado de Pedro, de hecho, no nace de la «carne y de la sangre» no es una cuestión de cualidades personales y humanas; es un don del Espíritu de Dios a su Iglesia, como queda claro a partir del texto evangélico. El testimonio del papa Francisco es especialmente elocuente en este tiempo de desorientación e incertidumbre.

La roca la indica Jesús cuando reúne a los discípulos en un lugar apartado. Les pregunta lo que la gente piensa de él, no por curiosidad, que podría incluso ser legítima, sino por ayudar a los discípulos a comprender que él era el enviado de Dios. Jesús sabía bien lo viva que estaba la espera del Mesías, aunque entendido como un hombre fuerte, un líder político y militar que liberaría al pueblo de la esclavitud de los romanos. Sin embargo ésta era una expectativa ajena a su misión, encaminada por el contrario a la liberación radical de la esclavitud del pecado y del mal.

Tras las primeras respuestas Jesús va directo al corazón de los discípulos: «Yustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Necesita que estén en sintonía con él, que compartan con él un «sentimiento común». Pedro toma la palabra por todos y confiesa su fe, recibiendo la bienaventuranza. Pedro, y con él aquel modesto grupo de discípulos, forma parte de esos «pequeños» a los que el Padre revela las cosas escondidas desde la creación del mundo. Y Simón, hombre como los demás, hecho de «carne y hueso», en el encuentro con Jesús recibe una nueva vocación, una nueva tarea, un nuevo compromiso, un nuevo nombre: ser «piedra», es, decir, sostén para tantos otros, con el poder de atar nuevas amistades y de desatar tantos lazos de esclavitud.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 109-110.

¿Quién dice la gente que soy yo?

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Jesús y sus discípulos Tiempo Ordinario

Jueves de la VI semana

Textos

 + Del evangelio según san Marcos (8, 27-33)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”.

Entonces él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.

Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.

Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

¿Quiénes Jesús? Antes o después nos llega a todos el momento de plantearnos esta pregunta. Ahora bien, para responder a ella no es suficiente atenerse a generalidades, a lo que dicen los otros. Ciertamente, la gente dice cosas que tienen ya cierto valor. Dicen que es un profeta; o bien Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, como pensaba Herodes; o bien Elías, el gran profeta cuyo retomo se esperaba para preparar el camino al Mesías; o bien, por último, alguno de los antiguos profetas. Son las mismas respuestas que circulaban antes, que ya eran conocidas, que estaban difundidas, propagadas. Es como si hoy, para responder a la pregunta «¿quién es Jesús?», nos basáramos en lo que dicen los periódicos, las películas, las revistas especializadas: en la práctica, es la respuesta de los medios de comunicación, de la investigación cultural y de la propaganda religiosa.

Todas estas respuestas, ya sean las de los tiempos de Jesús referidas por el evangelio, ya sean las de hoy, transmitidas por los periódicos, la radio, la televisión, se basan en un presupuesto, que es el de la posibilidad de la comparación. Jesús puede ser comparado a Juan el Bautista, a Elías o a cualquier otro profeta, antiguo o moderno. El establecimiento de comparaciones, de parangones entre realidades diferentes, entre identidades diversas, es un medio importante para conocer. Sin embargo, sigue siendo aún una respuesta genérica, impersonal, parcial, a partir de lo que se ha oído decir.

Una vez que sepamos lo que dice la gente sobre Jesús, y tenemos todo el derecho a saberlo, queda por decidir quién es Jesús para mí: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Aquí ya no nos basta la información de los medios de comunicación, no nos basta nuestra cultura, no nos basta con apropiamos de la opinión de los otros. Nos hace falta un acto de fe que es un salto en lo desconocido, sin otro referente para responder que la propia experiencia. «Tú eres el Mesías», responde Pedro y el Mesías es único, no hay otro, aunque fuera el más grande de los profetas. Pedro, con su respuesta, confiesa que, para él, Jesús es único, es incomparable. Ahora bien, ni él mismo sabe bien lo que dice. Aún no se da cuenta de lo que significa esto para Jesús, y la prueba de ello es que inmediatamente después quiere apartarle de su camino mesiánico.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 281-283.

De la ceguera a la mirada de la fe

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curación de un ciego Tiempo Ordinario

Miércoles de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (8, 22-26)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a Betsaida y enseguida le llevaron a Jesús un ciego y le pedían que lo tocara. Tomándolo de la mano, Jesús lo sacó del pueblo, le puso saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: “¿Ves algo?” El ciego, empezando a ver, le dijo: “Veo a la gente, como si fueran árboles que caminan”.

Jesús le volvió a imponer las manos en los ojos y el hombre comenzó a ver perfectamente bien: estaba curado y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a su casa, diciéndole: “Vete a tu casa, y si pasas por el pueblo, no se lo digas a nadie”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La lectura de este pasaje evangélico debe mantenerse todo lo que sea posible dentro del contexto narrativo. Jesús acaba de reprender a los discípulos por su dureza de corazón, porque aún no comprendían la señal del pan: «Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen» (Mc 8,17).

Ahora cura Jesús a un ciego, o sea, cura a los discípulos, nos cura a nosotros, para que veamos. Esta curación marca un giro decisivo en el relato evangélico, entre la incomprensión de los discípulos y la confesión mesiánica de Pedro.

Lo que más impresiona en este relato de curación es su carácter gradual. Por lo general, las curaciones de Jesús son instantáneas, se cumplen de inmediato. Aquí no sucede así. Jesús no se inclina en ninguna otra ocasión como un médico sobre el enfermo, aplicándole remedios graduales hasta la perfecta curación.

Diríase que, para salir al encuentro de nuestra enfermedad, Dios renuncia a su omnipotencia. En todo caso, lo que le apremia es nuestra curación, no la demostración de su poder; la iluminación de la fe es también un proceso gradual que va de la confusión a la certeza; es el camino por el que Jesús acompaña a los discípulos, para que viendo crean.

Una vez más encontramos el secreto mesiánico, típico de Marcos, expresado en la orden que Jesús da al recién curado: «no se lo digas a nadie»; un indicativo más de que la revelación de Dios en Jesucristo no es un despliegue de gloria y poder sino un proceso gradual en el corazón del hombre.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 273-274.

Levadura farisaica

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les dio panTiempo Ordinario

Martes de la VI semana

 Textos

 + Del evangelio según san Marcos (8, 14-21)

En aquel tiempo, cuando los discípulos iban con Jesús en la barca, se dieron cuenta de que se les había olvidado llevar pan; sólo tenían uno. Jesús les hizo esta advertencia: “Fíjense bien y cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”.

Entonces ellos comentaban entre sí: “Es que no tenemos panes”.

Dándose cuenta de ello, Jesús les dijo: “¿Por qué están comentando que no trajeron panes? ¿Todavía no entienden ni acaban de comprender? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil hombres?” Ellos le contestaron: “Doce”. Y añadió: “¿Y cuántos canastos de sobras recogieron cuando repartí siete panes entre cuatro mil?” Le respondieron: “Siete”. Entonces él dijo: “¿Y todavía no acaban de comprender?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista narra una de las muchas travesías del lago que Jesús hacía con los discípulos. En el texto que consideramos Marcos señala que los discípulos habían olvidado llevar pan suficiente para todos. En realidad, cuando nos vemos presos de nosotros mismos y de nuestras disputas y quejas, nos olvidamos de Jesús de lo esencial.

Marcos menciona la discusión que había surgido entre ellos sobre quién era el culpable del olvido. Jesús interviene y aprovecha la ocasión para una nueva enseñanza. Y les reprocha: «¿Por qué están comentando que no trajeron pan? ¿Todavía no entienden ni acaban de compren? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen?». Jesús une directamente ojos, oídos y corazón; lo que se ve y se escucha debe ser interpretado desde el corazón.

Si el corazón está endurecido se pierde la capacidad de ver y de oír. Es necesario tener un corazón abierto, no lleno de uno mismo, ni envenenado por el orgullo y la autosuficiencia. Sólo con un corazón libre podemos comprender lo que acontece en torno al Evangelio. Y después hay que «recordar» las obras y los milagros de Dios para captar la presencia de Jesús en nuestra vida. Los discípulos tenían con ellos al «verdadero» pan, pero no lo habían entendido todavía; confiaban más en sus previsiones que en Jesús; no habían desentrañado el significado de la multiplicación de los panes; Jesús se los recuerda; Él mismo es el «pan» pero, contaminados de fariseismo, las señales no les eran suficientes para descubrir a Dios actuando en medio de ellos; su corazón estaba embotado, sus ojos no veían ni sus oídos escuchaban.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, p. 97-98.

Piden una señal

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no quiere oir Tiempo Ordinario

Lunes de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (8, 11-13)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo. Jesús suspiró profundamente y dijo: “¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal” . Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Marcos nos lleva de la mano en el seguimiento de Jesús, que ha regresado a territorio judío. Allí, paradójicamente, esta vez son los fariseos los que van a su encuentro. Pero a diferencia de los pobres y los débiles que acuden para implorar su compasión, los fariseos «se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo». No tienen buena intención, quieren obstaculizar la acción de Jesús, y desacreditarlo todo lo posible ante la gente. Su preocupación revela en realidad el miedo que tienen de perder su poder. La seguridad de estar en posesión de la verdad volvía ciegos sus ojos y endurecía sus corazones: ven los milagros que realiza Jesús, escuchan sus palabras de misericordia, son testigos del entusiasmo que suscita entre la gente, pero sus ojos no llegan a leer en profundidad lo que Jesús está haciendo. Aun teniendo ojos no ven, teniendo oídos no oyen.

Los signos que realizaba Jesús conducían al «signo» por excelencia, que era Jesús mismo. Pero eso era precisamente lo que los fariseos no veían, o no querían ver. Jesús, señala el evangelista, al escuchar su petición dio «un profundo gemido desde lo íntimo de su ser», como amargado por tanta dureza de corazón. Es precisamente la dureza del corazón la que impide leer en profundidad, espiritualmente, lo que está ocurriendo ante sus ojos. Ellos no aceptaban que un hombre tan bueno pudiera ser el Mesías salvador. Esa predicación y esos milagros que acercaban a los débiles y los pobres a Jesús, alejaban en cambio a los fariseos, que no querían ver la novedad del Evangelio. Sus ojos estaban apagados por sus prácticas y sus observancias, y no eran capaces de captar el sentido de los prodigios que Jesús estaba realizando entre la gente.

Cuando uno se encierra en sus propios horizontes, cuando no se escucha la Palabra de Dios como una novedad para la propia vida; cuando uno no se conmueve ante los pobres y los débiles, es fácil ser como aquellos fariseos que permanecían ciegos ante la luz. Esta página evangélica cuestiona una religiosidad mezquina y avara. Marcos escribe que Jesús, sorprendido por la actitud de aquellos fariseos, «se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta». Es lo que nos pide a nosotros: no perder el tiempo en discusiones estériles y pasar a la otra orilla, la de los pobres y las periferias. Están impacientes por recibir el Evangelio del amor.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, p. 96-97.

Bienaventuranzas

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sermon llanura Tiempo Ordinario

Domingo de la VI semana  – ciclo C

Textos

 + Del evangelio según san Lucas (6, 17. 20-26)

En aquel tiempo, Jesús descendió del monte con sus discípulos y sus apóstoles y se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y de Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón.

Mirando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán.

Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.

Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este domingo la liturgia nos presenta las Bienaventuranzas en la versión del evangelio según san Lucas. La otra versión la encontramos en el evangelio según san Mateo.

La bienaventuranza es una expresión común en la Escritura y se refiere a la felicidad que está reservada al creyente que vive situaciones concretas y asume comportamientos específicos; por ejemplo, en los Salmos se llama dichoso a «quien encuentra alegría en la enseñanza del Señor y la medita día y noche» (1,2), a «quien socorre al indefenso» (41,2) y a «quien actúa con justicia y practica siempre el derecho» (106,3).

Jesús proclamó en su predicación distintas bienaventuranzas: «Dichoso el que no encuentra en mí motivo de escándalo» (Mt 11,6; Lc 7,23), «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,28), «Dichosos aquellos siervos a quienes el Señor encuentre vigilando a su llegada» (Lc 12,37); sin embargo hay dos textos clásicos de Las Bienaventuranzas uno en el evangelio según san Mateo y otro en el de san Lucas,.

Estos dos textos, aunque tienen similitudes tienen también marcadas diferencias. Las bienaventuranzas de Mateo dan inicio al llamado Sermón de la Montaña, las de Lucas, al Sermón de la llanura; Mateo se dirige a una comunidad judía de gente pobre y le interesa presentar a Jesús como el nuevo Moisés y cuando se refiere a la pobreza, pone el acento en la pobreza de espíritu, advirtiendo con ello que hay pobres con corazón de rico y proponiendo la pobreza como estilo de vida por el que se puede optar; por su parte Lucas se dirige a una comunidad mixta, algunos de sus interlocutores provienen del judaísmo y otros provienen de pueblos considerados paganos; además es una comunidad en la que hay contrastes entre ricos y pobres, por ello, al referirse a la pobreza y a la riqueza lo hace en sentido literal, sin matices.

Desde el inicio del evangelio, Lucas se ocupa del contraste y oposición que existe entre la riqueza y la pobreza. En el cántico del Magníficat, en labios de María ya nos había dicho que Dios «derriba a los potentados y enaltece a los humildes, a los hambrientos los sacia y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1, 52-53). Más delante, justo en la escena de la sinagoga de Nazaret que consideramos hace dos domingos, el evangelista presenta a Jesús como el Ungido por el Espíritu y enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos y a todos, el año de gracia del Señor (cf. Mt 4,18)

El año de gracia del Señor, entendido en el contexto de la tradición jubilar del pueblo judío, es una oportunidad para restablecer la armonía con Dios, con el prójimo y con toda la creación; este horizonte de la misión de Jesús nos da una pista importante para interpretar sus bienaventuranzas y las malaventuranzas o ‘ayes’ que caracterizan el texto lucano.

En este mismo sentido, otra pista para la interpretación correcta de este texto evangélico nos la ofrece la lectura del Antiguo Testamento que le sirve como telón de fondo en el contexto litúrgico. EL texto de Jeremías distingue al hombre que pone su confianza en Dios caracterizándolo como un árbol plantado junto al río, del hombre que confía en si mismo, al que caracteriza como un cardo en la estepa que vivirá en la aridez del desierto (cf. Jer 17, 5-8)

En este horizonte religioso “las bienaventuranzas de Lucas desestabilizan la escala de valores que predomina en la sociedad. Jesús aporta una nueva comprensión de la existencia, muy distinta de la que ofrece nuestro mundo. Coloca a los discípulos y nos coloca a todos, ante una alternativa de felicidad/desgracia, invirtiendo los valores de la sociedad.”[1]

¿Quiénes son felices?

Las tres primeras bienaventuranzas de Lucas, son variaciones del mismo tema; un tríptico que declara «felices» a los pobres, a los que «ahora pasan hambre» y a los que «ahora lloran» porque su situación cambiará radicalmente con el advenimiento del Reino, en el que los hombres y mujeres se convierten a Dios y al mismo tiempo que ponen orden en su relación con los bienes de la creación a los que no puede endiosar porque son medios y no fines, ponen también orden en su relación con el prójimo, al estilo de Jesús y como el buen samaritano a quien el mismo Lucas presentará más adelante como modelo de amor al prójimo (Lc 10, 29-37).

Lucas habla de pobres ‘a secas’, sin matices. Con ello hace referencia a las personas que “de una u otra forma sienten que sus vidas están aplastadas y para las cuales el vivir se convierte en una pesada carga, sea por la pobreza material, sea por la indefensión social, sea por la ignorancia e incultura, sea por el desprestigio social o la discriminación en cualquiera de sus formas, sea por su debilidad física o mental.”[2] El mismo Lucas presenta en su evangelio varios ejemplos de estos pobres que representan a la humanidad más necesitada y humillada, la más desprotegida e indefensa, la menos desarrollada y también a la que es perseguida y odiada simplemente por haber puesto su confianza en Jesús y denunciar con su testimonio de vida que una sociedad construida sobre los cimientos de hombres y mujeres hartos de si mismos va a la ruina.

¿Por qué son felices?

Jesús no proclama felices a los pobres por el hecho de serlo, ni tampoco presenta la pobreza como el ideal a vivir. Jesús mismo se rodeo de hambrientos y enfermos para darles de comer y para curarlos. La dicha o felicidad de los pobres radica en el hecho de que para ellos ya ha llegado el reino de Dios; son dichosos porque el Reino les pertenece, porque tienen a Dios por Rey. Jesús no les promete la felicidad, los declara felices.

«Reino de Dios», «Reino de los cielos», «tener a Dios por Rey», no son expresiones que indican el destino del creyente en ultratumba. EL rey, entre los semitas, era la persona que hacía justicia y defendía la causa de los débiles. Tener a Dios por Rey es tenerlo como defensor y protector, como aliado y salvador. El Reino de Dios se dejará sentir en los ambientes humanos en donde haya personas que tengan a Dios por Rey y lo hagan presente como defensor y protector de quienes ponen su esperanza en Él.

El lugar desde donde Jesús proclama las bienaventuranzas en Lucas es un llano, no un monte como en Mateo; simbólicamente Jesús se ubica en el mismo lugar o plano en el que se halla la sociedad construida a partir de falsos valores de riqueza y poder; el Reino se propone así como levadura que se mezcla en la sociedad para hacerla fermentar.

Mientras el Reino de Dios fermenta los grupos humanos, continuará habiendo pobres, hambre, sollozos y persecución, pero la esperanza de que las cosas pueden ser distintas anima a los discípulos de Jesús a vivir con una nueva mentalidad. Los hartos y satisfechos de si mismos que a su vez busquen mantener la injusticia para asegurar su posición privilegiada con sus mismas acciones labran su destrucción.

Las bienaventuranzas no son la recompensa de Dios a quien se ha portado bien y se ha esforzado por llevar una vida ordenada. Son la declaración de que Dios se pone de parte de los pobres, de los hambrientos, de aquéllos a quienes la vida depara penas y llanto, de los que sufren persecución por causa de Jesús y del evangelio; no porque sean mejores o más virtuosos, sino porque la situación inhumana que viven es insoportable para Dios que no soporta la opresión pues es un Dios de vida y justicia, de verdad y misericordia.

Dios no quiere la pobreza; para Jesús la pobreza y la miseria es algo escandaloso que va contra el querer de Dios; sus discípulos deben rechazarla y combatirla y cualquier esfuerzo que se haga es un paso que hace avanzar el Reino de Dios. Un esfuerzo laudable es el que cada quien realiza liberándose del ansía de poseer para llevar una vida más austera. El camino para conseguir la felicidad es inverso al que propone la sociedad de consumo en la que vivimos.

 

 

[1] F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, p. 210.

[2] Ibid. p. 211.

Compasión

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panes y pescados multiplicación Tiempo Ordinario

Sábado de la V semana

Textos

 + Del evangelio según san Marcos (8, 1-10)

En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos”. Sus discípulos le respondieron: “¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?” El les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?” Ellos le contestaron: “Siete”.

Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos, para que los distribuyeran. Y ellos los fueron distribuyendo entre la gente.

Tenían, además, unos cuantos pescados. Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran. La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Segunda multiplicación de los panes

El evangelista Marcos, como Mateo, relata una segunda multiplicación de los panes. A diferencia de la primera, esta tiene lugar en territorio pagano, y el lenguaje que utiliza el evangelista evidencia esta particularidad. También aquí una gran muchedumbre se reúne en tomo a Jesús, y es conmovedora la atención con la que estas personas, a pesar de no pertenecer a la religión judía, escuchan su predicación.

Jesús mismo, conmovido por su escucha atenta, toma la iniciativa para que aquellas personas no regresen a casa sin comer, dado que se había hecho tarde. La «compasión» mueve a Jesús a ocuparse incluso de este detalle de la gente que le escucha. La compasión es un término elegido a propósito por los evangelistas para describir la actitud de Jesús hacia las multitudes abandonadas, los enfermos sin curar, los pobres excluidos.

El término indica el amor entrañable de Jesús, el mismo sentimiento que movió al Buen Samaritano hacia aquel hombre medio muerto abandonado al borde del camino. Jesús comunica a sus discípulos su preocupación por aquella multitud. Pero se enfrenta nuevamente a su mezquindad. Los discípulos hacen caso de su «sensatez», y le responden que no es posible alimentar a tanta gente en un desierto. Jesús ya les había dicho: «Todo es posible para quien cree» y parecen no recordar el milagro de la multiplicación anterior.

Jesús toma de nuevo la iniciativa y les pregunta: «¿Cuántos panes tienen?»; «Siete», le responden, como desafiándole. Hace que se los traigan, los toma en sus manos y se los da a los discípulos para que los distribuyan. Jesús les hace participar en el milagro; de hecho los panes se multiplican justo mientras los discípulos los distribuyen. Jesús necesita de los discípulos, de nosotros, para que continúe repitiéndose el milagro de la multiplicación de un alimento que alcance para todos.

El hecho de que ocurra una segunda vez en territorio pagano indica que el pan debe ser multiplicado en todo tiempo y en todo lugar. Por todas partes hay necesidad de pan, de amor, de ayuda, de sostén; los discípulos están llamados a llevarlo, multiplicarlo y distribuirlo, siempre. Cada uno dará lo que tenga, aunque sea poco; lo importante es no guardarlo todo para uno mismo, pues de otro modo no sucederá nunca ningún milagro. (Paglia, p. 93-94)

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 93-94.

Oir y hablar

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sordo y tartamudoTiempo Ordinario

Viernes de la V semana

Textos 

+ Del evangelio según san Marcos (7, 31-37)

En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos.

El lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “¡Effetá!” (que quiere decir “¡Ábrete!”). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús continúa comunicando el Evangelio en territorio pagano, por donde su paso sigue creando ese clima nuevo de esperanza experimentado sobre todo por los enfermos y los pobres, igual que ocurría en Galilea. Algunos paganos, a los que había llegado la fama del joven profeta, le presentan a un hombre sordomudo. Jesús lo lleva consigo a un lugar aparte, lejos de la multitud.

El Evangelio continúa subrayando que la curación, del cuerpo o del alma, ocurre siempre a través de una relación directa y personal con Jesús; es necesario mirarle a los ojos, escuchar su palabra, aunque sea sólo una; como lo pidió el centurión que dijo a Jesús: «basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano».

También en este caso, después de haberlo tocado con sus manos, como para subrayar hasta qué punto es concreta la relación, y tras dirigir al cielo su oración, dice tan sólo una palabra a ese sordomudo: «¡Ábrete!». Y él se cura de su aislamiento: comienza a escuchar y a hablar.

«Ábrete» nos dice Jesús también a nosotros, que tan a menudo estamos sordos y mudos: sordos a la Palabra del Señor y al grito de los pobres, y por tanto también mudos en la oración y en las respuestas a dar a los que nos piden ayuda y apoyo. Tenemos necesidad de escuchar y de rezar para poder cumplir la misión evangelizadora que el Señor nos confía.

El estupor de la multitud ante el amor de Jesús que cura, es inmediato y contagioso. Jesús querría que callasen, pero ¿cómo es posible quedarse mudo ante el Evangelio que salva? Si abrimos los oídos al Evangelio, y si vemos con los ojos las maravillas que realiza, también nosotros diremos como aquella multitud: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 92-93.

Mas allá de las fronteras

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sirofenicia

Tiempo Ordinario

Jueves de la V semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (7, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.

Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: “Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. La mujer le replicó: “Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

Entonces Jesús le contestó: “Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija”. Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Terminada la polémica de Jesús con los fariseos sobre la pureza y los ritos de purificación, el texto de Marcos nos propone el episodio de la mujer sirofenicia. Jesús vuelve de nuevo a tierra pagana y allí permanece por un tiempo para cumplir con una auténtica y verdadera misión de evangelización.

El evangelista Marcos parece subrayar en los capítulos 7 y 8 la determinación de Jesús de ir más allá de las fronteras del pueblo judío. Saliéndose de los confines de Israel Jesús quiere mostrar de forma directa que el Evangelio no está reservado sólo para algunos pueblos o grupos, o únicamente a determinadas personas. No hay nadie en el mundo que sea ajeno al Evangelio, nadie que no pueda -es más, que no deba- ser tocado por la misericordia del Señor.

El ejemplo de la mujer sirofenicia, tal como lo cuenta el evangelista, parece «obligar» a Jesús a ensanchar los límites de su misión. En este caso es la oración de esta mujer la que doblega el corazón de Jesús: ella insiste en pedir la curación de su hija enferma. Es un ejemplo para todos los creyentes: así se reza. Por otra parte es el mismo Jesús el que ha insistido en más ocasiones sobre la perseverancia en la oración: «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abre» (Le 11, 9-10).

La insistencia de esta pobre mujer nos ayuda a comprender la misericordia y la bondad de Dios: el Señor no sabe resistirse a la oración sincera de sus hijos, ni siquiera de aquellos considerados lejanos de la fe de su pueblo. Esta mujer perseveró en la oración y Jesús la escuchó, yendo mucho más allá de sus peticiones: no le dio sólo las migajas, sino la plenitud de la vida para la hija. Verdaderamente el corazón del Señor es grande y rico en misericordia; a nosotros se nos pide sólo dirigirnos a Él con fe. Dice Jesús al final de la parábola sobre la eficacia de la oración: «Si, pues, ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13).

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 91-92.

Vigilar el corazón

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apostoles-los-doce-jesus-cristo Tiempo Ordinario

Miércoles de la V semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (7, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”.

Cuando entró en una casa para alejarse de la muchedumbre, los discípulos le preguntaron qué quería decir aquella parábola. El les dijo: “¿Ustedes también son incapaces de comprender? ¿No entienden que nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo, porque no entra en su corazón, sino en el vientre y después, sale del cuerpo?” Con estas palabras declaraba limpios todos los alimentos.

Luego agregó: “Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Continúa la discusión sobre la impureza; el tema está ligado aún a la mesa: ¿es lícito tomar toda clase de alimentos o hay algunos que, al ser ingeridos por el hombre, pueden hacerle impuro? La disputa no es, después de todo, tan extravagante como parece, si la referimos a una cultura como la occidental de hoy, tan preocupada por la higiene, tan sensible a las preocupaciones dietéticas.

Jesús le da mayor profundidad al discurso, le da un giro radical: «nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo». El peligro está dentro, no fuera; está en la pureza del corazón, no en la cualidad del alimento.

No sabemos si Jesús se inclina aquí a «declarar puros todos los alimentos», como señala el narrador; es evidente que es una conclusión extraída por el evangelista: De todos modos, tanto si abolió las normas de la pureza alimentaria como si las respetó, el Señor Jesús puso un principio inequívoco: «Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro».

Tenemos que vérnoslas de nuevo con una prioridad. La preocupación principal del hombre debe ser su pureza de sus intenciones, la bondad de su corazón, no la pureza de los alimentos que come. Eso no excluye que alguien pueda abstenerse también de ciertos alimentos por razones completamente respetables, «de conciencia», como enseña Pablo en 1 Cor 8. Quien come de todo no se contamina; quien no come determinados alimentos merece respeto. Pero tanto el uno como el otro deben vigilar sobre todo lo que sale de su corazón.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., p. 223-224.

Corazón lejos de Dios

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jesus-comiendo-con-sus-disicipulos-y-fariseosTiempo Ordinario

Martes de la V semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (7, 1-13)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?” (Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

Jesús les contestó: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres”. Después añadió: “De veras son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre. El que maldiga a su padre o a su madre, morirá.

Pero ustedes dicen: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Todo aquello con que yo te podría ayudar es corbán (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede hacer nada por su padre o por su madre’. Así anulan la palabra de Dios con esa tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje evangélico abre la discusión sobre lo que, es puro e impuro. Es un tema decisivo para la enseñanza de Jesús. Por eso llama a la gente en torno a sí para mostrarles la verdadera dimensión religiosa de la vida, y responde ahora de forma directa a la pregunta que le habían hecho los fariseos sobre por qué los discípulos comían con «manos impuras», es decir, sin lavárselas.

La impureza la causan los actos, palabras o situaciones que alejan al hombre de Dios, que es el «puro», el «santo». Los leprosos, a causa, de su enfermedad eran considerados impuros y por tanto no podían acceder al templo. En el libro del Levítico hay una serie de indicaciones que definen y delimitan la esfera de lo puro y lo impuro, a las cuales es necesario atenerse si se quiere vivir en alianza con Dios (véanse los capítulos 11-15).

La impureza hace al hombre pecador, por esto a los demonios en el Evangelio se les llama «espíritus impuros», ya que representan el alejamiento máximo de Dios. El punto crítico de la impureza, es decir, de todo lo que aleja de Dios, procede del corazón. La batalla central de nuestra vida se combate en el corazón para liberarlo del egoísmo, de los malos instintos y sembrar en él la semilla del amor. De nada sirve observar escrupulosamente la ley si no se forma el corazón para el amor, para el encuentro, para el perdón, el respeto y la misericordia.

Jesús pone en guardia contra la observancia exterior de la ley, que podría incluso llevar a anular la Palabra de Dios. De hecho se puede «honrar a Dios con los labios» mientras el corazón está lejos de Dios. Lo que cuenta es el mandamiento de Dios. Jesús usa el singular, quizá refiriéndose al único y gran mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Cuántas veces confundimos nuestras tradiciones y costumbres con el mandamiento de Dios, impidiéndole actuar en nuestra vida y convertirnos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 89-90.

Cuantos lo tocaban quedaban curados

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tocar su manto.jpgTiempo Ordinario

Lunes de la V semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (6, 53-56)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret. Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos.

A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús ha cruzado a la otra orilla alcanzando a los discípulos, arrastrados por las olas del lago de Galilea. Su presencia, como otras veces, calma el mar y el viento, como calma el corazón de cada uno de nosotros cuando está angustiado y prisionero de sí mismo.

Dice el Evangelio que apenas desembarcaron, «le reconocieron enseguida», y mucha gente se agolpaba en torno suyo llevándole a sus enfermos para que los curase. Todos confiaban en él, en su fuerza curativa: a muchos les bastaba incluso con tocar sólo la orla de su manto para curarse. Jesús no se sustraía a las demandas de la gente, no rechazaba a nadie. Es un estilo que interroga a cada uno de nosotros y a nuestras comunidades. ¿No deberíamos ser nosotros como la orla del manto del Señor, que los pobres y los enfermos pueden alcanzar y tocar con sus manos?

Es necesario que los débiles y los pobres puedan «tocar» fácilmente el «cuerpo de Cristo», que es precisamente la comunidad de los discípulos, y ser sanados y curados. Es más, una Iglesia sin pobres que acuden para ser ayudados, y sin enfermos que reciben consolación, está lejos del Evangelio.

Surge espontánea la pregunta sobre cómo gastamos la fuerza de curación y de salvación que el Señor ha puesto en nuestras manos. ¿No corremos el riesgo de ser unos avaros queriendo conservar lo que hemos recibido y deberíamos distribuir con generosidad a tantos que esperan curación y salvación?

Es cierto que en este tiempo muchos llaman a las puertas de la Iglesia, de la comunidad cristiana, y es urgente responder. Pero es también necesario salir, ir al encuentro de muchos que esperan. Es necesario que el talento de amor que el Señor nos ha donado no lo dejemos enterrado bajo la tierra de nuestro egocentrismo avaro, sino que sepamos multiplicarlo entregándolo

El papa Francisco invita a «tocar las llagas de Jesús tocando las de los pobres». A veces tenemos demasiado miedo, dominados por un falso respeto que nos hace duros  y se hacen raros en nostros los gestos de ternura, de amistad. Ciertamente hay una necesidad increíble de ternura, de compañía, de escucha, de acompañamiento. Dejemos que los demás lleguen a nosotros, que ocupen incluso nuestro tiempo, para que a través nuestro puedan encontrar la fuerza del amor de Jesús, que cura y salva.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 88-89..

Pescador de hombres   

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Pesca milagrosa Tiempo Ordinario

Domingo de la V semana – Ciclo C

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (5, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”. Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos.

Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido.

Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”: Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Los textos de Lucas que leímos los dos domingos anteriores nos presentaron el inicio del ministerio de Jesús en Nazaret; en la Sinagoga, Jesús leyó la Palabra de Dios escrita en el profeta Isaías y anunció el cumplimiento, en su persona, de las promesas de Dios. Quienes escucharon a Jesús no aceptaron el anuncio de un Dios distinto al que ellos concebían y lo rechazaron, al grado de querer despeñarlo desde una barranca. A pesar del rechazo radical, Jesús permanece fiel a su misión de anunciar la Buena Nueva del Reino en Cafarnaúm y en las sinagogas de Judea.

En el texto de este domingo, Lucas narra el inicio de la misión de Jesús en Galilea. El primer paso es el llamado de Simón Pedro y sus compañeros para ser sus  colaboradores en la misión. Fijémonos en algunos detalles.

El primer detalle del relato que hay que considerar es que todo parte de la iniciativa de Jesús: es él quien ve dos barcas, escoge la de Simón y sube a ella; pide a Simón que se aleje de tierra para poder hacerse escuchar; enseña a la multitud; ordena a Simón remar mar adentro; provoca una pesca milagrosa; hace una promesa Simón que tiene como respuesta el seguimiento de Simón y de algunos de sus compañeros.

Un segundo detalle es el contraste en la actitud de la gente que escucha a Jesús con la actitud de quienes lo habán escuchado en la sinagoga. La gente “se agolpaba sobre él”, tenía, como solemos decir, hambre de la Palabra de Dios. Entonces, Jesús ve las dos barcas, sube a la de Simón y le pide que tome un poco de distancia para hacerse oír por la multitud. Se entiende que Simón escucha la predicación de Jesús.

Jesús pide a Simón remar mar adentro y echar las redes al mar. A la palabra de Jesús corresponde la palabra de Simón, que seguro de sí mismo, pues es conocedor del oficio y además ha intentado pescar toda la noche, sabe la dificultad de pescar a aquella hora y de hacerlo con éxito: «hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada». Simón estaba cansado, no lo había comprendido todo, pero las enseñanzas de Jesús lo habían impresionado fuertemente. Y obedeció. Obedecer no comporta siempre comprender completamente; obedecer requiere confianza.

Ante la pesca abundante, Simón pasa de la afirmación de si mismo a la afirmación de Dios; había llamado a Jesús tratándolo como «Maestro»; al darse cuenta de que se encuentra ante un prodigio, ahora se dirige a Jesús llamándolo «Señor», título que se reserva a Dios y le dice: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!»

A este respecto, recordemos la enseñanza de Benedicto XVI: «el encuentro auténtico con Dios lleva al hombre a reconocer su pobreza e insuficiencia, sus limitaciones y su pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida del hombre y lo llama a seguirlo. La humildad de la que dan testimonio Isaías, Pedro y Pablo invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propias limitaciones, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y seguir “dejándolo todo” por él con alegría. De hecho, Dios no mira lo que es importante para el hombre: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1S 16, 7), y a los hombres pobres y débiles, pero con fe en él, los vuelve apóstoles y heraldos intrépidos de la salvación.»[1]

Simón ha creído en la Palabra de Jesús y confiado en esa Palabra se arriesga a una empresa que desde el punto de vista humano, es descabellada. Simón lo hace con una declaración de confianza en el poder de la Palabra de Jesús: «confiado en tu palabra, echaré las redes.» El poder de la Palabra de Jesús se constata inmediatamente: «cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían

Simón y sus compañeros admiten que la eficacia de la pesca no proviene solamente de sus fuerzas; sin el “Señor”, su trabajo habría sido infructuoso; escuchando su Palabra y haciendo su voluntad, ellos se convierten en servidores eficaces del Reino de Dios.

Ante Jesús, reconocido como Señor, Simón se reconoce como un pobre pecador, reconociendo así su indignidad. El encuentro con Jesús lleva a Simón a descubrir su propia verdad. Un excelente ejemplo que ayuda a entender lo que es el camino camino penitencial como itinerario de confrontación de la propia verdad con la luz de la Palabra del Señor.

Jesús no hará caso de la solicitud de Simón de de “apartarse”, más bien hará lo contrario, invitándoles a asociarse a su misión: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»

El símbolo con el que Jesús describe la misión es muy importante; podemos hacer una triple consideración: la primera nos remite a Jeremías que en el capìtulo 16 de su libro dice al pueblo disperso después del exilio «yo mandaré muchos pescadores, que los pescarán», con lo que se delinea la misión apostólica en término de congregar al pueblo, formar comunidad. La segunda, nos lleva a la acción de “sacar del agua”, que al mismo tiempo tiene connotación bautismal y de rescate del poder el maligno. La tercera nos lleva al sentido de la pesca, pues aunque en la práctica pescar significa matar al pez para ser comido y con ello dar vida, Lucas cambia el término y el que utiliza indica “sacar con vida”, lo que nos hace pensar en recibir la vida, para entregarla, como Jesús, y con ello dar vida a los demás.

El relato concluye presentando a Simón y a sus compañeros, llevando a tierra las barcas, dejándolo todo y siguiendo a Jesús. En el seguimiento de Jesús el desprendimiento y la confianza en el Señor serán fundamentales. Ser discípulo significa ir detrás del Señor, desde Galilea a Jerusalén y finalmente hasta Dios. El discipulado toma forma de camino, de viaje, de itinerario, que hay que recorrer, en compañía, siguiendo a aquél cuya Palabra ha cautivado, movido al desprendimiento y suscitado una gran confianza.

 

 

[1] Benedicto XVI, Angelus del 7 de febrero de 2010.

Vengan conmigo

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vengan conmigo.jpg Tiempo Ordinario

Sábado de la IV semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (6, 30-34)

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Entonces él les dijo: “Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían, que no les dejaban tiempo ni para comer. Jesús y sus apóstoles se dirigieron en una barca hacia un lugar apartado y tranquilo.

La gente los vio irse y los reconoció; entonces de todos los poblados fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los apóstoles vuelven con Jesús después de la misión y le cuentan lo que han hecho y lo que han enseñado a la gente que encontraban. Es una hermosa imagen que ilustra la familiaridad de los apóstoles con Jesús, y el gusto de poder contarle al Maestro todo lo que les había sucedido. La misión es fuente de alegría: cuando se acepta salir de uno mismo e ir al encuentro de los demás, especialmente los pobres, los necesitaods y quienes sufren, con el firme propósito de hacerles el bien. Sin embargo, esta alegría debe consolidarse.

La fuerza de la palabra de Jesús, que cambia, que cura y salva del mal, necesita momentos vividos en compañía de Jesús; de otro modo corre el riesgo de quedarse en un entusiasmo pasajero. Nos exaltamos, y después nos deprimimos o nos desanimamos. Por esto Jesús no se contenta con que las cosas hayan ido bien, y dice a los discípulos: «Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco». Ese reposo es el reposo de la escucha y de la oración.

«Vengan conmigo» es la invitación cotidiana de Jesús a estar con él. Estar con Jesús es la primera tarea de quien es llamado a ser su discípulo. Toda iniciativa, aunque sea admirable, si no tiene su fundamento en la escucha y la oración no llevará consigo la fuerza que viene del estar con Jesús. Por ello es necesario preguntamos cuánto tiempo de nuestras jornadas pasamos con el Señor, rezando, en la meditación de la Palabra de Dios ante la Eucaristía o en la oración común.

La Iglesia nos ofrece muchos modos de «estar con Jesús», y no podemos decir que nos falta tiempo, porque para nosotros y para nuestras cosas siempre encontramos tiempo. Sólo aquellos que están con Jesús tendrán el pan necesario para dar de comer a la multitud de necesitados de nuestro mundo; de otro modo permanecerán impotentes y sin respuestas.

 

 

 

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, p. 85-86.

Un hombre recto y santo

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muerte de juan el bautista Tiempo Ordinario

Viernes de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (6, 14-29)

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido tanto, llegó a oídos del rey Herodes el rumor de que Juan el Bautista había resucitado y sus poderes actuaban en Jesús. Otros decían que era Elías; y otros, que era un profeta, comparable a los antiguos. Pero Herodes insistía: “Es Juan, a quien yo le corté la cabeza, y que ha resucitado”.

Herodes había mandado apresar a Juan y lo había metido y encadenado en la cárcel. Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía: “No te está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano”. Por eso Herodes lo mandó encarcelar. Herodías sentía por ello gran rencor contra Juan y quería quitarle la vida; pero no sabía cómo, porque Herodes miraba con respeto a Juan, pues sabía que era un hombre recto y santo, y lo tenía custodiado. Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo. La ocasión llegó cuando Herodes dio un banquete a su corte, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea, con motivo de su cumpleaños. La hija de Herodías bailó durante la fiesta y su baile les gustó mucho a Herodes y a sus invitados. El rey le dijo entonces a la joven: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”. Y le juró varias veces: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella fue a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?” Su madre le contestó: “La cabeza de Juan el Bautista”. Volvió ella inmediatamente junto al rey y le dijo: “Quiero que me des ahora mismo, en una charola, la cabeza de Juan el Bautista”.

El rey se puso muy triste, pero debido a su juramento y a los convidados, no quiso desairar a la joven, y enseguida mandó a un verdugo que trajera la cabeza de Juan. El verdugo fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una charola, se la entregó a la joven y ella se la entregó a su madre. Al enterarse de esto, los discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La fama de Jesús se extendió y llegó a oídos de Herodes. La gente decía que los poderes de Juan el Bautista, a quien Herodes mandó matar, actuaban en Jesús. El evangelio nos relata las circunstancias del martirio del Bautista. Con su muerte acaba la vida del último profeta del Antiguo Testamento, quien, como bisagra entre los dos Testamentos, preparó el camino para la venida del Señor; Juan, como un nuevo Elías, denunció el endiosamiento de los poderosos. Murió como siervo sufriente porque el rey, que «sabía que era un hombre recto y santo», en lugar de hacer caso a su conciencia procedió de acuerdo a su conveniencia.

Éste es el único pasaje del evangelio de Marcos cuyo protagonista directo no es Jesús. El relato del martirio de Juan no tiene otra finalidad que ser la prefiguración puntual de la suerte de Jesús, a quien los Hechos de los apóstoles refieren los mismos atributos de rectitud y santidad. Tanto el Bautista como el Mesías mueren por «voluntad» de poderosos perplejos e indecisos. Más aún, puede decirse que Herodes, infiel a Dios por haber tomado como esposa, contra la ley, a la mujer de su hermano, es un rey adúltero: personificación del pecado de todo el pueblo que ha traicionado a su Señor y Esposo para ir detrás de los ídolos. Así pues, Juan muere como Jesús, el justo por los injustos, pero ésta será asimismo la suerte a la que están llamados los discípulos a quienes el Maestro envía a predicar la conversión.

«La oportunidad se presentó» Paradójica coincidencia la de una extraña fiesta para una vida que, en realidad, es muerte y de una muerte que es un himno a la vida verdadera, una vida que va más allá de la dimensión temporal, por que es capaz de sacrificarse a sí misma por amor a la Verdad.

También el desenlace del banquete resulta grotesco, dado que acaba ofreciendo a los invitados -campeones en riqueza, orgullo, poder, lujuria etc.- una macabra bandeja con una cabeza cortada bajo la responsabilidad de una atractiva muchacha. Esto nos hace pensar en muchas pasiones humanas que parece imposible dejar de satisfacer.

«Sus discípulos fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura»; lo mismo ocurrirá con Jesús, sepultado como semilla en la tierra. de la que, no obstante, resucitará para convertirse en pan fragante ofrecido en la mesa de sus discípulos, pan para una vida que no muere.

 

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 74-75.

De dos en dos

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dos en dos Tiempo Ordinario

Jueves de la IV semana

Textos

 

+ Del evangelio según San Marcos (6, 7-13)

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce, los envió de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus inmundos. Les mandó que no llevaran nada para el camino: ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica.

Y les dijo: “Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar.

Si en alguna parte no los reciben ni los escuchan, al abandonar ese lugar, sacúdanse el polvo de los pies, como una advertencia para ellos”. Los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento. Expulsaban a los demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio describe la primera misión de los Doce. Jesús los llama y los manda, de dos en dos, por las aldeas vecinas. El evangelista nos refiere la primera lección de Jesús a sus discípulos sobre la misión. Les exhorta a no vivir para si mismos y a no encerrarse en los propios pequeños horizontes, sino a ir al encuentro de las personas, allí donde estén, para anunciarles el Evangelio y para curar sus enfermedades.

Es una misión que no tiene fronteras y que pide a los discípulos ir siempre más allá hasta alcanzar los confines de los corazones y las fronteras más lejanas. Es significativo que el evangelista Marcos al igual que Mateo y Lucas, sitúe en los primeros momentos de la vida publica de Jesús el envío misionero. A menudo se piensa que antes de hablar a los demás de Jesús, de ir a comunicar la alegría de la vida cristiana, se debe crecer, entender todo, estar preparado. Si Jesús hubiera esperado a que los discípulos estuviesen preparados, ¿los habría mandado en misión alguna vez, visto que lo abandonarían justo al final de su vida terrenal? La vida cristiana es misión siempre. Cada comunidad es, por naturaleza y siempre, misionera, so pena de volverse árida e incluso de extinguirse.

La comunidad cristiana y cada discípulo deben sentir la urgencia de la misión. Es necesario en un mundo entristecido y a menudo violento, que vuelva a resonar la palabra evangélica. Es la única que tiene la fuerza para derrotar el mal. No hay que tener miedo: la fuerza de los discípulos de Jesús, el único equipaje que deben llevar consigo, es el Evangelio; la única túnica con la que vestirse es la misericordia, el único bastón sobre el que apoyarse la caridad. Además Jesús no nos envía nunca solos: san Gregorio Magno señala que Jesús les mandó de dos en dos precisamente para que el amor recíproco fuese la primera predicación. Jesús exhorta a los suyos a quedarse con aquellos que les acogen, para ayudarles a crecer en el conocimiento del Evangelio. Es cierto, el éxito no está siempre garantizado y Jesús les dice que será grave la responsabilidad de aquellos que rechacen el amor del Señor. Pero los discípulos no deben dejar de comunicarlo y de ayudar a todos a acogerlo en sus corazones.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 83-84.

Amor para todos

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jesc3basenlasinagoga

Tiempo Ordinario

IV Domingo  – Ciclo C

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (4, 21-30)

En aquel tiempo, después de que Jesús leyó en la sinagoga un pasaje del libro de Isaías, dijo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?” Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra.

Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, que era de Siria”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este Domingo continuamos la contemplación de la escena que consideramos la semana pasada. Jesús está en la sinagoga de Nazaret, ha leído la lectura y para sorpresa de todos, al comentarla, se la ha apropió. Hoy contemplamos las reacciones.

La luz de la Palabra

Quienes escuchan a Jesús se maravillan, «le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios», pero inmediatamente se activó en ellos el deseo de tener en exclusiva los beneficios de que el Ungido del Señor fuera un paisano, el hijo de José.

Jesús no es ingenuo. Sabe que sus paisanos al reconocerlo como hijo de José escondían una intención manipuladora «Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm».  Por ello  pone al descubierto este dinamismo posesivo de sus paisanos que es contrario al plan de Dios.

Dios no envió a los profetas a hacer favores o servicios a sus familiares y amigos y para que les quedara claro les recuerda el testimonio de dos profetas muy queridos para el pueblo de Israel: Elías y Eliseo.

Elías, que vivió en un tiempo en el que el cielo estuvo cerrado tres años y seis meses, y en el que se produjo una tremenda carestía, cuando tuvo necesidad de sustento no fue enviado a una mujer israelita, sino a una viuda de un país pagano, Sarepta de Sidón. Y obtuvo de Dios un gran milagro para esta viuda.

En el caso de Eliseo, el testimonio se refiere a lo que aconteció con Naamán el Sirio. Este jefe del ejército del rey de Aram, había contraído la lepra y fue enviado por el rey de Siria al rey de Israel. Cuando Eliseo tuvo conocimiento le hizo bañar siete veces en el río Jordán y Naamán quedó curado de la lepra.

Jesús pretende que sus paisanos renuncien a una actitud posesiva y abran sus corazones a la dimensión universal del plan de Dios. No pueden vivir pretendiendo que la bondad de Dios sea sólo para ellos, esperando sólo recibir sus beneficios y negándose no sólo a compartir sino también a hacer algo por los demás. Sin embargo, no aceptan sus enseñanzas; al verse desenmascarados se indignan contra Jesús y quieren destruirlo: «Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo»

Cuando la tendencia posesiva en una persona se ve contrariada, ésta se transforma en odio y en agresividad. Una amor posesivo contrariado fácilmente se vuelve agresivo, destructivo e incluso criminal.

Jesús no cayó en su juego. No se dejó intimidar, ni coaccionar. Mantuvo su libertad y su decisión de permanecer en la misión para la que había recibido la unción del Espíritu: llevar a todos la buena nueva del amor misericordioso de Dios en las circunstancias concretas de la vida. Por ello «pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí».

Ilumina nuestra vida

A la luz de este evangelio podemos revisar las tendencias posesivas de nuestro amor. Nuestras inseguridades nos hacen aferrarnos a las personas que nos significan seguridad, que nos dan estabilidad, que nos brindan protección o alguna satisfacción. Cuando estas inseguridades se activan y se experimenta la amenaza de que aquello que creemos que es sólo nuestro será también para los demás la agresividad es la primera reacción.

Todo tipo de amor puede convertirse en posesivo. Comenzando por el amor materno. Cuando esto sucede es el mayor obstáculo para la educación de los hijos y en la vida de estos cuando son adultos.

Es necesario abrir el corazón, aprender a no ser envidiosos ni celosos, a tener una actitud que corresponda al plan de Dios. Dios es amor, un amor generoso hasta el extremos, que se entrega sin cálculos, sin cansancio. Y nuestro amor ha de ser como el de Dios, por ello nos ha hechos hijos suyos y nos ha dado su Espíritu.

Este domingo tenemos la posibilidad de enriquecer esta reflexión con el texto paulino de la segunda lectura, el conocido himno del amor que dice precisamente que el amor autentico no tiene envida, sino que es generoso y se alegra con el bien hecho a otros.

Dar testimonio

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Tiempo Ordinario

Jueves de la III semana

Textos

 † Del evangelio según san Marcos (4, 21-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque si algo está escondido, es para que se descubra; y si algo se ha ocultado, es para que salga a la luz.

El que tenga oídos para oír, que oiga”. Siguió hablándoles y les dijo: “Pongan atención a lo que están oyendo.

La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes, y con creces. Al que tiene, se le dará; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los breves versículos que componen el pasaje de hoy contienen algunas sentencias que completan e iluminan el mensaje central ofrecido por la parábola de la semilla y del sembrador. Se subraya, en particular, la necesidad de convertirse en anunciadores fieles e incansables de la Palabra recibida: todo don se convierte en una tarea.

Una comparación tomada de la vida ordinaria sirve para introducir la enseñanza que Jesús quiere proporcionar a sus colaboradores más allegados. «¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama?» La pregunta es tan sencilla que hasta un niño podría contestarla sin dificultad; la dimensión testimonial del encuentro con Cristo salta a la vista.

El Señor Jesús descubre a sus discípulos el secreto del Reino de los Dios y los hace portadores de la Buena Noticia, son como lámparas; el amor misericordioso de Dios ilumina sus corazones y desde allí se irradia; no pueden permanecer escondidos, tienen que dar testimonio, iluminar a otros, guiarles hacia la Luz verdadera.

Se vuelve, apremiante, la invitación a la escucha y al testimonio. Quien  quiera conservar para sí la riqueza y la novedad del Reino terminará perdiéndolo; el Reino implica la comunión y la misión; no puede ser poseído egoístamente por nadie, quien lo pretenda la exclusividad se queda sin nada.

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9. p. 135.

Sembrar

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sembrador Tiempo Ordinario

Miércoles de la III semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (4, 1-20)

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago, y se reunió una muchedumbre tan grande, que Jesús tuvo que subir en una barca; ahí se sentó, mientras la gente estaba en tierra, junto a la orilla. Les estuvo enseñando muchas cosas con parábolas y les decía: “Escuchen. Salió el sembrador a sembrar.

Cuando iba sembrando, unos granos cayeron en la vereda; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, donde apenas había tierra; como la tierra no era profunda, las plantas brotaron enseguida; pero cuando salió el sol, se quemaron, y por falta de raíz, se secaron. Otros granos cayeron entre espinas; las espinas crecieron, ahogaron las plantas y no las dejaron madurar. Finalmente, los otros granos cayeron en tierra buena; las plantas fueron brotando y creciendo y produjeron el treinta, el sesenta o el ciento por uno”.

Y añadió Jesús: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Cuando se quedaron solos, sus acompañantes y los Doce le preguntaron qué quería decir la parábola. Entonces Jesús les dijo: “A ustedes se les ha confiado el secreto del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera, todo les queda oscuro; así, por más que miren, no verán; por más que oigan, no entenderán; a menos que se arrepientan y sean perdonados”.

Y les dijo a continuación: “Si no entienden esta parábola, ¿cómo van a comprender todas las demás? ‘El sembrador’ siembra la palabra.

‘Los granos de la vereda’ son aquellos en quienes se siembra la palabra, pero cuando la acaban de escuchar, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.

‘Los que reciben la semilla en terreno pedregoso’, son los que, al escuchar la palabra, de momento la reciben con alegría; pero no tienen raíces, son inconstantes, y en cuanto surge un problema o una contrariedad por causa de la palabra, se dan por vencidos.

‘Los que reciben la semilla entre espinas’ son los que escuchan la palabra; pero por las preocupaciones de esta vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás, que los invade, ahogan la palabra y la hacen estéril.

Por fin, ‘los que reciben la semilla en tierra buena’ son aquellos que escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha: unos, de treinta; otros, de sesenta; y otros, de ciento por uno”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se ha alejado de Cafarnaún y está a orillas del lago, donde ya no hay más espacio para acoger a las personas que vienen a escucharlo. Mucha gente se reúne alrededor de él y Jesús «otra vez se puso a enseñar». Era natural que después de los rumores y calumnias que se habían esparcido sobre la identidad de Jesús los discípulos se vieran confundidos y desafiados en su intención de seguir a Jesús.

La respuesta la tendrán en la enseñanza de Jesús acerca de qué y cómo proceden las cosas en el Reino de Dios. En el capítulo cuarto Marcos recoge varias parábolas. Es una forma típica con la que Jesús hablaba a las multitudes. Se trataba de un lenguaje concreto, ligado a la vida ordinaria. Todos podían comprenderlo, pero era indispensable estar atentos, es decir, escuchar con interés para captar en profundidad sus imágenes.

La primera parábola que Jesús narra se encuentra entre las más conocidas e importantes del Evangelio. Hay una razón para ello que Jesús hace explícita desde el principio: «Escuchen». La escucha es decisiva cuando se está delante de Jesús; el anuncio del Reino es para todos, aunque no todos lo acojan de la misma manera; el mensajero persevera en su tarea porque al igual que el sembrador su esperanza esta puesta en la semilla que cae en tierra buena y da mucho fruto.

La famosa parábola del sembrador, Jesús la considera tan importante que dice a sus discípulos que si no la comprenden no podrán comprender las demás. En efecto, a diferencia de otras veces, Jesús explica la parábola. Jesús habla de la siembra de la Palabra de Dios en el corazón de los hombres. Lo que impresiona sobre todo en esta narración es la perseverancia del sembrador que esparce la semilla en todos lados y en gran cantidad, a sabiendas de que caerá en diversos tipos de terreno, algunos duros y poco acogedores.

Los diferentes campos pueden representar diferentes categorías de personas o los diferentes momentos y las diferentes formas con que escuchamos el Evangelio. El evangelizador debe superar la tentación totalitaria y renunciar a la pretensión de que todos acepten por igual la novedad del evangelio y conformen su vida a él; la sabiduría del sembrador le enseña a anunciar la Palabra a todos, sabiendo de antemano que algunos la acogerán y otros la rechazarán.

Así como el sembrador no se desanima por la semilla que no da fruto y sigue sembrando, el evangelizador no debe desanimarse por los que rechazan el Reino y se oponen a la Palabra, y sigue evangelizando; la esperanza esta puesta en la eficacia de la Palabra, que como la semilla, cuando cae un terreno propicio, da fruto en distintas proporciones.

Si pensamos en los diferente momentos y formas en que escuchamos el evangelio, pensemos en cómo a veces nuestro corazón es como el camino, duro e impenetrable, la Palabra de Dios es predicada sin cesar pero nosotros no dejamos que atraviese nuestro corazón, y para nosotros todo sigue como siempre; otras veces nuestro corazón está como sobrepasado por las preocupaciones por nosotros mismos y, aunque escuchemos el Evangelio, nuestras preocupaciones lo ahogan como los abrojos ahogan la tierra; otras veces estamos más atentos, dispuestos a acoger la Palabra de Dios, entonces vienen los frutos de amor, de bien, de misericordia y solidaridad.

Hay que escuchar el Evangelio con el corazón abierto, disponible, atento. De esa manera es semejante a un terreno arado y preparado para acoger la semilla. Y la semilla es siempre algo pequeño, como el Evangelio, y necesita disponibilidad. Jesús sigue sembrándolo hoy. Y con generosidad. Dichosos nosotros si lo acogemos y lo hacemos crecer. Los frutos son preciosos para nosotros y para el mundo.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 73-74.

La familia de Jesús

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madre y hermanos Tiempo Ordinario

Martes de la III semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 31-35)

En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”.

El les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Marcos sigue mostrándonos a Jesús rodeado de una gran multitud. Mientras está hablando llegan sus parientes con María. El evangelista no dice el motivo de su visita, pero no es difícil imaginar que quizá estaban preocupados por las exageraciones que Jesús mostraba o también porque habían sabido que los fariseos lo estaban vigilando, hasta el punto de mandar a algunos desde Jerusalén. Querían hablar con él. Cansados quizá por el viaje -venían de Nazaret- no esperaron a que Jesús terminara de hablar y mandaron a alguien a anunciarle su llegada. La aglomeración era mucha Y ellos se quedaron «fuera». Este no es un mero detalle espacial. Aquellos familiares estaban «fuera», es decir, no estaban entre los que escuchaban a Jesús.

Ya podemos deducir de esta notación que no son los lazos de sangre ni los vínculos de una costumbre ritual los que llevan a ser verdaderos familiares de Jesús. Sólo los que están dentro de la casa, los que escuchan la Palabra de Dios, integran la nueva familia que Jesús ha venido a formar. A quien le dice que fuera de la casa estaban su madre y sus hermanos Jesús indica quién forma parte de su nueva familia, de la Iglesia: los que escuchan el Evangelio.

De esta escucha nace la comunidad cristiana y, por tanto, esta se edifica sobre la Palabra de Dios. El Evangelio es la roca que sostiene toda comunidad y la Iglesia entera. Y tal comunidad -hay que notarlo- no es una asociación cualquiera. Tiene los rasgos de «familia». La Iglesia debe vivir como una familia, es decir, con esos lazos que por eso se llaman «familiares»: filiación y fraternidad. Los miembros deben vivir con Dios relación de hijos, llamándole “abbá”  como Jesús nos invita a hacerlo y relaciones fraternidad  con Jesús mismo y con los demás hermanos y hermanas. No somos familia de Dios porque observemos algunos ritos o practiquemos alguna que otra obra buena. Las relaciones de los discípulos de Jesús  tienen los rasgos de las relaciones de familiaridad: gratuidad, servicio, fraternidad, acompañamiento, paciencia, solidaridad, etc.  Ser discípulos requiere la escucha atenta y disponible de las palabras de Jesús y la implicación de nuestra vida con él.

Para formar parte del grupo de los cristianos, para ser discípulos, no basta con sentir la relación con Jesús como aquellos «parientes» la sentían. Cada día debemos «entrar» en la comunidad y escuchar el Evangelio como se nos predica. ¡No se es discípulo de una vez por todas! Cada día necesitamos estar junto a Jesús y escuchar su palabra. Si vivimos así, Jesús dirigirá sus ojos llenos de amor también sobre nosotros y le escucharemos decir: «Estos son mi madre y mis hermanos». Es la bienaventuranza de ser sus discípulos, no por nuestros méritos especiales sino sólo porque escuchamos su Palabra y tratamos de ponerla en práctica.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 72-73.