Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Y por nuestra causa fue crucificado… y resucitó al tercer día

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Portada Folleto Semana Santa

Guía para las celebraciones de Semana Santa 2020

 

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Lo que tienes que hacer, hazlo pronto

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judas 

Martes de Semana Santa

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 21-33. 36-38)

En aquel tiempo, cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: “Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar”. Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha.

Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: “¿De quién lo dice?” Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?” Le contestó Jesús: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar”. Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dijo entonces a Judas: “Lo que tienes que hacer, hazlo pronto”.

Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.

Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente.

Era de noche. Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará. Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes.

Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden ir’ ”. Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿a dónde vas?” Jesús le respondió: “A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde”. Pedro replicó: “Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti”.

Jesús le contestó: “¿Conque darás tu vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús sabe bien que su «hora», la de la muerte y resurrección, se está acercando. Su corazón está desbordado de sentimientos y también de contradicciones: no quiere morir pero tampoco quiere huir. En todo caso ha llegado la hora de su «partida» de este mundo al Padre. ¿Qué será de ese pequeño grupo de discípulos que ha reunido, cuidado, amado y enseñado? ¿seguirán estando juntos?

Jesús sabe que Judas está a punto de traicionarle. A este discípulo poco le ha importado que Jesús se haya inclinado para lavarle los pies. Sin embargo, con sus pies lavados, tocados y quizá hasta besados por Jesús, Judas está a punto de salir a negociar la traición.

Con una tristeza indescriptible en el corazón les dice a los apóstoles: «Uno de ustedes me entregará». El desconcierto se apodera de todos. En efecto, no basta con estar fisicamente junto a Jesús, lo que cuenta es la cercanía del corazón y la participación en su diseño de salvación.

También nosotros podemos vivir en la comunidad de los discípulos, seguir sus ritmos de vida, pero si no está la adhesión del corazón a su Palabra, ya no comprenderemos su sueño de amor. Mientras se aparta nuestra mirada sobre Jesús, crece cada vez más la atención hacia nosotros mismos y nuestras cosas. De este modo se cae en la traición.

Es en el corazón donde se libra la batalla entre el bien y el mal, entre el amor y la desconfianza, y no hay compromiso posible. Es la enseñanza que nos llega de lo que le sucede a Judas. En estos días, más que pedirnos que le sirvamos, Jesús nos pide estar junto a él, acompañarle, no dejarle solo. Si acaso, nos exhorta a estar atentos, a no caer en la banalidad.

Intenta hacérselo entender a los discípulos, pero ellos, empezando por Pedro, no lo entienden. Son demasiados prisioneros de sí mismos para dejarse tocar el corazón por las palabras de Jesús. Si dejamos de escuchar el Evangelio, acaban por prevalecer nuestras palabras, nuestros pensamientos y nuestros sentimientos. Nos hacemos capaces de traicionar a Jesús.

Todos debemos vigilar, como Pedro y los demás discípulos que se quedan con él aquella tarde y le profesan fidelidad hasta la muerte. Pocos días antes le abandonaron y luego renegaron de él. No debemos confiar en nosotros mismos, sino confiamos cada día al amor y la protección del Señor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 153-154.

¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?

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Unción de BetaniaLunes de Semana Santa

Textos

† Del evangelio según san Juan (12, 1-11)

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.

Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.

María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.

Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?” Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.

Entonces dijo Jesús: “Déjala.

Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán”.

Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de Juan abre el relato de la Pasión con la narración de la cena en Betania, en casa de Marta, María y Lázaro, una familia muy querida por Jesús. En estos días de dura lucha con los fariseos y los sacerdotes, la casa de esos amigos se había convierte para él en un lugar de reposo y de distensión.

Al igual que para nosotros, faltan tan solo seis días para la Pascua, y Jesús se encuentra nuevamente cenando con ellos. Está también Lázaro, a quien Jesús ha devuelto la vida hace poco. En un cierto momento de la cena, María se levanta, se acerca a Jesús, se arrodilla a sus pies, los unge con un ungüento y luego los seca con sus cabellos. La casa se llena de perfume. Es un gesto de amor que perfuma de forma gratuita.

María no calcula en absoluto el eventual «derroche». Para ella cuenta el amor de ese profeta que le ha devuelto a su hermano, y que ama su casa con tanta ternura. El pensamiento de Judas es muy distinto: para él aquel gesto tan lleno de amor es un derroche inútil. La avidez le ciega.

Jesús responde inmediatamente a Judas y le dice: «Déjala». Quiere que María continúe su gesto de amor: aquel ungüento anticipa el óleo con el que su cuerpo será ungido antes de la sepultura. En efecto, dentro de poco empieza su «vía crucis», hasta la muerte. De entre todos ellos solo María ha comprendido que Jesús va a ser condenado a muerte, y por eso necesita un cariño y una cercanía especiales. Esta mujer, que se deja arrastrar por el amor de Jesús, nos enseña cómo estar junto a él en estos días, y cómo estar junto a los débiles y los enfermos a lo largo de todos sus días, especialmente junto a los ancianos, sobre todo cuando su cuerpo se debilita y necesita cuidados con ternura.

En ese gesto tan tierno y lleno de amor, un amor que se construye también a base de gestos simples y concretos, se simboliza el camino de la salvación: estando junto a los pobres, los débiles, los ancianos, estamos junto al mismo Jesús. Es en este sentido que Jesús dice: «a los pobres los tendrán siempre con ustedes».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 152-153.

¿Quién es éste?”… este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea

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entrada triunfal a jerusalén

Domingo de Ramos

Textos

† Del evangelio según san Mateo(21, 1-11)

Cuando se aproximaban ya a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, envió Jesús a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrada una burra y un burrito con ella; desátenlos y tráiganmelos.

Si alguien les pregunta algo, díganle que el Señor los necesita y enseguida los devolverá”.

Esto sucedió para que se cumplieran las palabras del profeta: Díganle a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron lo que Jesús les había encargado y trajeron consigo la burra y el burrito.

Luego pusieron sobre ellos sus mantos y Jesús se sentó encima.

La gente, muy numerosa, extendía sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían a su paso.

Los que iban delante de él y los que lo seguían gritaban: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!” Al entrar Jesús en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió.

Unos decían: “¿Quién es éste?” Y la gente respondía: “Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. Palabra del Señor.

  

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo Según san Mateo (26, 14—27, 66)

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:

“¿Cuánto me dan si les entregó a Jesús?”

Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.

El primer día de la fiesta de los panes Azimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:

“¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”

El respondió:

†. “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ ”.

Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.

Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo:

†. “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”.

Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno:

“¿Acaso soy yo, Señor?”

El respondió:

†. “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”.

Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:

“¿Acaso soy yo, Maestro?”

Jesús le respondió:

†. “Tú lo has dicho”.

Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

†. “Tomen y coman. Este es mi Cuerpo”.

Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo:

†.“Bebantodosdeella,porqueéstaesmiSangre,Sangredelanuevaalianza,queseráderramadapor todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en quebebaconustedeselvinonuevoenelReinodemiPadre”.

Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:

†. “Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea”.

Entonces Pedro le replicó:

“Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”.

Jesús le dijo:

†. “Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces”.

Pedro le replicó:

“Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”.

Y lo mismo dijeron todos los discípulos.

Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos:

†. “Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá”.

Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo:

†. “Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo”.

Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo:

†. “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú”.

Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

†. “¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.

Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo:

†. “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.

Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo:

†. “Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar”. Echaron mano a Jesús y lo aprehendieron

Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal:

“Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo”.

Al instante se acercó a Jesús y le dijo:

“¡Buenas noches, Maestro!”

Y lo besó. Jesús le dijo:

†. “Amigo, ¿es esto a lo que has venido?”

Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron. Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús:

†. “Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá.“Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?”

Enseguida dijo Jesús a aquella chusma:

†. “¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas”.

Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron:

“Este dijo: ‘Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’ ”.

Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo:

“¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?”

Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo:

“Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”.

Jesús le respondió:

†. “Tú lo has dicho. Además, puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.

Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo:

†. “Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal:

“Aquel a quien yo le dé un beso, ése es.Aprehéndanlo”.

Al instante se acercó a Jesús y le dijo:

“¡Buenas noches, Maestro!”

Y lo besó. Jesús le dijo:

†. “Amigo, ¿es esto a lo que has venido?”

Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron. Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús:

†. Yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo”.

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:

“¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia.

¿Qué les parece?”

Ellos respondieron:

“Es reo de muerte”.

Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo:

“Adivina quién es el que te ha pegado”.

Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo:

“Tú también estabas con Jesús, el galileo”.

Pero él lo negó ante todos, diciendo:

“No sé de qué me estás hablando”.

Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban ahí:

“También ése andaba con Jesús, el nazareno”.

El de nuevo lo negó con juramento:

“No conozco a ese hombre”.

Poco después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron:

“No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata”.

Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: ‘Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces’. Y saliendo de ahí se soltó a llorar amargamente. Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron. Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:

“Pequé, entregando la sangre de un inocente”.

Ellos dijeron:

“¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú”.

Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.

Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron:

“No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre”.

Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar ahí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”. Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor.

Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó:

“¿Eres tú el rey de los judíos?”

Jesús respondió:

†. “Tú lo has dicho”.

Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato:

“¿No oyes todo lo que dicen contra ti?”

Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos:

“¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?”

Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia. Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle:

“No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.

Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó:

“¿A cuál de los dos quieren que les suelte?”,

Ellos respondieron:

“A Barrabás”.

Pilato les dijo:

“¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?”

Respondieron todos:

“Crucifícalo”.

Pilato preguntó:

“Pero, ¿qué mal ha hecho?”

Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza:

“¡Crucifícalo!”

Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo:

“Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”.

Todo el pueblo respondió:

“¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”

Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón.

Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha, y arrodillándose ante él, se burlaban diciendo:

“¡Viva el rey de los judíos!”,

y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ‘Este es Jesús, el rey de los judíos’. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole:

“Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”.

También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo:

“Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ ”.

Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz:

†. “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”,

que quiere decir:

†. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

“Está llamando a Elías”.

Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron:

“Déjalo.Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”.

Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa.

Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron:

“Verdaderamente éste era hijo de Dios”.

Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban ahí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro. Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron:

“Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’, porque esta última impostura sería peor que la primera”.

Pilato les dijo:

“Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran”.

Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron ahí la guardia. Palabra del Señor.

 

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Mensaje[1]

La pasión de Jesús es paradójicamente -en la narración de Mateo- la pasión del Hijo del hombre, del Señor de la gloria, del Juez universal destinado a dar cumplimiento a la historia de la humanidad.

El evangelista refleja esta contradicción en una narración de intensa dramaticidad, manifestada en los detalles propios de su evangelio, por ejemplo, la desesperación y el suicidio de Judas y en la tensión continua entre poder y mansedumbre.

El que podría haber recurrido a más de doce legiones de ángeles para librarse de las manos de los hombres se deja capturar inerme; calla ante los “grandes” sin utilizar manifestaciones sobrenaturales. Su muerte rubrica el paso a una condición totalmente nueva desde el punto de vista religioso, humano y cósmico; sin embargo, Jesús no es un superhombre.

Mateo subraya particularmente su soledad en Getsemaní, la humildad de su oración al Padre y su confesión a los discípulos, a los que confía no sólo su tristeza mortal, sino también la debilidad de su carne.

De acuerdo con la perspectiva de su evangelio, Mateo, más que los otros evangelistas, insiste en el cumplimiento de las Escrituras -explícitamente o por medio de citas- para indicar que la pasión entra de lleno en el plan salvífico de Dios.

A pesar de todo, el pueblo elegido no lo ha comprendido y se hace culpable de la sangre del Inocente, esa sangre que sanciona “la nueva y eterna alianza”, la única que puede redimir de todo pecado. (Zevini (3), p. 387-388)

 

[1]G.Zevini– P.G.Cabra– J.L.Monge García, Lectio divina para cada día del año. 3., III, 387-388.