Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Ella se levantó enseguida y se puso a servirles

0

curación suegra

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (4, 38-44)

En aquel tiempo, Jesús salió de la sinagoga y entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Jesús, de pie junto a ella, mandó con energía a la fiebre, y la fiebre desapareció.

Ella se levantó enseguida y se puso a servirles.

Al meterse el sol, todos los que tenían enfermos se los llevaron a Jesús y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los fue curando de sus enfermedades.

De muchos de ellos salían también demonios que gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!” Pero él les ordenaba enérgicamente que se callaran, porque sabían que él era el Mesías.

Al día siguiente se fue a un lugar solitario y la gente lo andaba buscando. Cuando lo encontraron, quisieron retenerlo, para que no se alejara de ellos; pero él les dijo: “También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades, pues para eso he sido enviado”. Y se fue a predicar en las sinagogas de Judea. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús entró a la casa de Simón. Allí le presentaron de inmediato a la suegra del apóstol, que yacía en la cama, aquejada de una enfermedad. El Maestro se inclinó sobre ella y conminó a la fiebre para que la abandonara. La fiebre, escribe el evangelista, la dejó y la anciana, de inmediato, se puso a servirles. En ella vemos a los muchos ancianos que hoy se ven envueltos por la indiferencia y la maldad, y que se ven obligados a permanecer presos de la enfermedad. La vejez no es una naufragio, no es una derrota. Si es acogida y recibe ayuda, puede ser un tiempo de nueva vitalidad. Solo hay que pensar en el tiempo para la oración, que puede ser una vocación nueva por descubrir en los últimos años de la vida.

El evangelista nos hace suponer que Jesús se quedó en aquella casa hasta el final del día, y luego indica que todos los que tenían enfermos los llevaron delante de la puerta de aquella casa. La casa de Simçón, que ya era también casa de Jesús, se había convertido en un punto de referencia para la gente de aquella ciudad, para llevar a los débiles, a los pobres y a los enfermos. Todos iban a llamar a aquella puerta, con la certeza de que iban a ser escuchados. Pero allí donde se produce, la comunidad cristiana revive la misma alegría de los discípulos al ver a hombres y mujeres curados por la fuerza del Evangelio del amor.

Los milagros se producen de muchos modos, y no solo en el cuerpo. En los Evangelios, aunque solo se describen treinta y cinco, a menudo se habla de «milagros, prodigios y señales» realizados por Jesús. Eran la demostración visible de la llegada entre nosotros del Reino de los Cielos, el nuevo mundo que inauguraba Jesús, donde reinaba el amor, la justicia, la paz, la felicidad y el bienestar para todos. Jesús entrega este poder de hacer milagros y de edificar un mundo nuevo a los discípulos de todos los tiempos. También a nosotros.

Lucas nos dice de dónde proviene la fuerza para hacer milagros y transformar el mundo: «Al hacerse de día salió y se fue a un lugar solitario» para rezar. De ahí provenía la fuerza de Jesús. Es una gran enseñanza para cada uno de nosotros. Dirigir al alba del día nuestra oración al Señor significa orientar el día y recibir de Dios la fuerza para testimoniar su amor. Jesús nos llevará con él a comunicar el Evangelio por todo el mundo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 336-337.

El Reino de los cielos se parece a…

0
santa rosa de lima30 de agosto

Santa Rosa de Lima, Virgen

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (13, 44-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Las dos parábolas gemelas -la del tesoro – la de la perla- ponen de manifiesto el valor absoluto del Remo de Dios anunciado por Jesús, por el que vale la pena vender cualquier otra cosa. En la primera se habla de un campesino que, al encontrar un tesoro y querer hacerlo suyo, compra con alegría el campo, aun a costa de vender todo lo que tiene. Sabe muy bien, en efecto, que, según la ley judía, quien compra un terreno se vuelve dueño del suelo y del subsuelo. La segunda parábola tiene como protagonista a un mercader de perlas, que, al encontrar una de gran belleza y rara, vende todo lo que tiene y la compra, porque sabe muy bien que no hay nada de más valor que esa perla.

La enseñanza de Jesús es iluminadora y fundamental: el Reino de Dios y todo lo que éste comporta exige una entrega completa e incondicionada a su causa. Este Reino, en efecto, no es algo, sino alguien; es haber encontrado a la persona de Jesús. Por eso hay que optar por él con la prontitud y la alegría del que ha comprendido el valor del Reino de Dios. Y la alegría es tan profunda y tan sentida que hace posible vender cualquier otro bien, con tal de alcanzar el fin deseado, esto es, la posesión de tal tesoro y de tal perla, frente a los cuales cualquier otra cosa pierde valor y no resulta excesivo ningún esfuerzo.

Más allá de esta finalidad, las parábolas nos presentan la exigencia de radicalismo en la opinión por el Reino de Dios. Es preciso eliminar cualquier otro compromiso, si queremos alcanzar el amor como don de un Dios que nos ama en la comunión con él. Al hombre le compete la correspondencia y la disponibilidad frente a la iniciativa de Dios Padre.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., X, 421.

Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio

0
martirio bautista Tiempo Ordinario

El martirio de San Juan Bautista

Textos

† Del evangelio según san Marcos (6, 17-29)

En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.

Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto.

La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados.  El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo doy.»  Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»

Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?» La madre le contestó: «La cabeza de Juan, el Bautista.»  Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.» 

El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.

Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

La Iglesia, desde tiempos antiguos, recuerda no solo el nacimiento del Bautista sino también el día de su muerte a manos de Herodes, que prefirió escuchar el capricho de una mujer de mal corazón antes que la voz de su conciencia que había sido interpelada por la palabra dura pero verdadera del profeta, el último, el mayor de los profetas, el que prepara la llegada del Mesías.

El Bautista había predicado la justicia y la conversión del corazón. Y había entrado en el alma del rey. Por el contrario, Herodías se sentía cada vez más contrariada por la predicación del profeta y lo detestaba. Herodes por desgracia no continuó escuchando la palabra del profeta y aunque sentía temor, este no le hizo convertirse. Es la experiencia amarga del rechazo de la predicación que lleva inevitablemente a endurecer el corazón. Herodes, a pesar suyo, se dejó llevar por los acontecimientos, aunque fueran solo de naturaleza caprichosa, y se convirtió en homicida ordenando la decapitación del Bautista.

Distinto era el comportamiento de aquellos que iban al Jordán para escuchar al Bautista: reconocían que eran pecadores y que necesitaban perdón, cambio y salvación. El testimonio de Juan -sucede lo mismo cada vez que se predica el Evangelio- prepara el corazón de quien escucha para acoger al Señor. Sucedió también con algunos de sus discípulos, que, tras haberle oído hablar de Jesús, se pusieron a seguirlo.

No escuchar la voz del profeta, no reparar en sus palabras que exhortan o que corrigen, significa decapitar aquella palabra dejando sin eficacia su apremiante invitación a acoger al Señor. No vayamos a buscar al desierto una caña agitada por el. viento, es decir, una de las tantas imágenes que miramos sin entender; tampoco busquemos a un hombre envuelto en elegantes vestidos, porque estos hombres están en los palacios de los reyes, como todas las seguridades del bienestar. Dejemos que nos interrogue aquel que nos hace ver al Señor presente en el mundo, porque es el hombre de la espera. Solo aquel que sabe esperar, solo aquel que despierta de su sueño reconoce la salvación presente.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 329.

Ay de ustedes… por fuera parecen justos por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.

0

hipocrita

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (23, 27-32)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre! Así también ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque les construyen sepulcros a los profetas y adornan las tumbas de los justos, y dicen: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, nosotros no habríamos sido cómplices de ellos en el asesinato de los profetas’! Con esto ustedes están reconociendo que son hijos de los asesinos de los profetas.

¡Terminen, pues, de hacer lo que sus padres comenzaron!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Los sepulcros de los que habla el evangelio de hoy eran en realidad los llamados «osarios», o sea, los lugares donde se guardaban los restos mortales de los difuntos aproximadamente un año después de haber sido enterrados; en esas «moradas» el hombre había perdido ya por completo sus propios rasgos: era sólo un montoncito de huesos, sin forma.

La imagen recuerda de manera poderosa la visión de los «huesos secos» del profeta Ezequiel, con la diferencia de que aquí los restos mortales están ocultos a la vista por la blancura de la cal de los sepulcros. Del mismo modo, el aspecto imponente de los monumentos levantados a los profetas intenta ocultar las injusticias y las abominaciones realizadas contra ellos por los antepasados.

Sepulcros para esconder, monumentos para no recordar, para desviar la atención de algo que, sin embargo, puede ser aún Palabra poderosa de Dios que llama a la conversión, la palabra de los profetas.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 179.

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas!

0
fariseos 2 Tiempo Ordinario

Lunes de la XXI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (23, 13-22)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque les cierran a los hombres el Reino de los cielos! Ni entran ustedes ni dejan pasar a los que quieren entrar.

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mar y tierra para ganar un adepto y cuando lo consiguen, lo hacen todavía más digno de condenación que ustedes mismos! ¡Ay de ustedes, guías ciegos, que enseñan que jurar por el templo no obliga, pero que jurar por el oro del templo, sí obliga! ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro o el templo, que santifica al oro? También enseñan ustedes que jurar por el altar no obliga, pero que jurar por la ofrenda que está sobre él, sí obliga. ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o el altar, que santifica a la ofrenda? Quien jura, pues, por el altar, jura por él y por todo lo que está sobre él. Quien jura por el templo, jura por él y por aquel que lo habita. Y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por aquel que está sentado en él”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Este Evangelio es una advertencia severa para los fariseos de entonces y de hoy. Jesús habla con dureza a los fariseos para ayudarlos a comprender su situación y la realidad de su vida. La advertencia a los fariseos ayuda también a los discípulos, que muchas veces sentían admiración por ellos.

«Ay de ustedes» no es una amenaza, sino un intento de hacer comprender las consecuencias de su actitud. Jesús es muy distinto de los maestros de su tiempo y de todos los tiempos, que amonestaban, juzgaban y condenaban con rigor e intransigencia, maestros que se fijan en la brizna y cargan a los otros con pesos insoportables mientras que ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para ayudarles a llevarlo. ¡Certifican el pecado con sus sentencias, pero no ayudan a cambiar!

Los fariseos de ayer y de hoy aman la ley, no al hombre. «Ay de ustedes» es el intento extremo de Jesús por advertir a quien desconfía, se cierra y piensa que el mal está fuera de él. Deberíamos tomar en serio estas afirmaciones tan claras de Jesús y sobre todo verlas como un intento de ayudamos a ser nuevamente nosotros mismos. Y también debemos ayudarle a tocar el corazón de quien se cree ya justo y tiene la conciencia tranquila porque tiene las manos limpias, aunque, como los sepulcros blancos por fuera, esconde la muerte en su interior.

Jesús no se cansa de hablar a quienes se creen justos para liberarlos de la cárcel de la hipocresía, que les lleva a pensar que lo hacen todo bien. Jesús reprende como un hermano, un amigo, y no como un maestro que asigna tareas o examina a un alumno. Quiere liberamos del mal con su amor fuerte y apasionado.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 327.

¿Es verdad que son pocos los que se salvan?

0

puerta estrecha 2 

Tiempo Ordinario

Domingo de la XXI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 22-30)

En aquel tiempo, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén. Alguien le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” Jesús le respondió: “Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’ Pero él les responderá: ‘No sé quiénes son ustedes’.

Entonces le dirán con insistencia: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él replicará: ‘Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal’. Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes se vean echados fuera.

Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios. Pues los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Este domingo, nos encontramos con otra enseñanza de Jesús que confronta nuestra vida cristiana poniéndola a contraluz con su destino último: la salvación o la felicidad eterna.

Nos encontramos con un texto cuyo mensaje es duro por la exigencia que plantea y que pide una lectura profunda, pues si lo leemos superficialmente arriesgamos no hacerlo en su verdadera perspectiva y deformar su mensaje. Una lectura «ligera» de la exhortación de Jesús a pasar por la puerta estrecha podría llevar al rigorismo, a la rigidez en lugar de orientarnos a la verdadera libertad de los hijos de Dios.

La pregunta que se le plantea a Jesús es tan antigua como nueva; querer saber si son muchos o pocos los que se salvan más que una curiosidad, busca afirmar un estilo de vida; unos defienden que son pocos y promueven un rigorismo inhumano en la relación con Dios y un estilo de vida rígido y desabrido, concentrado en la perfección personal, con un trato con Dios aparentemente reverencial pero que más bien es lejano y un trato prejuicioso con el prójimo, al que se ve como un pecador y un potencial peligro para la propia salvación; otros dicen que son muchos los que se salvan para justificar una vida disipada, permisiva, centrada en la satisfacción personal, ciega y sorda a la voz de Dios y a las necesidades de los hermanos.

El mensaje de nuestro texto es tan sencillo como exigente: no basta ser hijo de Abraham para salvarse, es necesario acoger el mensaje del Reino y convertirse. La conversión no es algo teórico que se acepta con la cabeza sin repecutir en el comportamiento diario. La conversión es una decisión que trastoca los criterios que orientan nuestra vida, pide una conducta nueva y un modo nuevo de relacionarnos con Dios, con la personas, con las cosas y con la creación entera.

Jesús va de camino

Leemos en nuestro texto: «En aquel tiempo, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén». Jesús sigue su camino, tiene claro a dónde va y aprovecha y durante el transcurso de su peregrinación va formando a sus discípulos.

Como hemos visto hasta ahora, en el camino, diferentes personajes plantean a Jesús preguntas y requerimientos a los que no vacila en contestar, en ningún caso deja de responder, su mensaje es siempre coherente y no se detiene si lo que tiene que decir resulta incómodo. No quiere engañar a nadie con falsas ilusiones.

Una pregunta

Un desconocido le plantea una de las preguntas más debatidas en la época: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan

Para entender la pregunta hagamos dos consideraciones:

Primera. El personaje anónimo conoce a Jesús o ha oído hablar suficientemente de Él y de su enseñanza. El evangelio de Lucas desde las primeras páginas presenta a Jesús como Salvador y, en su ministerio, Él mismo ha planteado las exigencias del Reino que han hecho pensar a algunos que la salvación es algo complicado.

La pregunta formulada plantea indirectamente el tema del éxito de la misión de Jesús medido en términos cuantitativos: ¿cuántos son los que se van a salvar? De fondo está la inquietud: ¿cuántos llegarán a la meta, cuántos perseverarán con Él en el camino?

Segunda. Recordemos además, que en el imaginario religioso judío, existía la idea de un «resto» de salvados en medio de todo un pueblo pecador. Esto hacía decir a algunos que serían pocos los que se salvarían, contrastando con otros que afirmaban que todo israelita por el hecho de serlo tendría parte en el mundo futuro.

Jesús no desprecia la pregunta que se le formula, pero no la aborda como es formulada, no se detiene a dar cantidades ni fórmulas para calcularlas; esto nos indica que cada persona tiene, de alguna forma u otra, que preguntarse por la salvación, sin descuidar el enfoque de la cuestión.

Jesús aprovecha la idea central de la pregunta y lleva a sus oyentes a situarse en un nivel de comprensión más profundo. No da cifras ni aproximaciones, a lo más dice un «muchos tratarán de entrar y no podrán», pero no como una sentencia definitiva sino como una advertencia para estar pendientes y que esto no suceda.

Jesús se distancia del mundo de especulación y se concentra en lo que es necesario para salvarse, diciendo implícitamente que todo el que quiera podrá ser salvado, siempre y cuando oriente su vida en esa dirección: obrar según la justicia, o lo que es lo mismo, configurar la propia vida en la de Jesús.

Para explicar esto, Jesús se vale de dos imágenes, la de la puerta estrecha y la de la puerta cerrada y mediante una proverbio hacer la aplicación de la enseñanza.

La puerta estrecha

Leemos en nuestro texto: «Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán»

La imagen de la «puerta estrecha» es una figura. Sería una torpeza quedarnos con la inquietud de calcular su anchura; tampoco que sea una puerta con obstáculos para entrar por ella; mucho menos que haya que usar la violencia para entrar por la fuerza imponiéndose sobre otros que al mismo tiempo pretenden entrar. Lo que la imagen nos quiere decir es muy simple: que hay que esforzarse, que los buenos propósitos no son suficientes, que hay algo que «hacer» antes para poder entrar.

Hemos aprendido de Jesús que una persona no se salva con sus propios esfuerzos, pues nadie se salva a si mismo; todos somos salvados por Dios, pero la salvación no se logra sin nuestra participación; no sirve la pasividad. Dios quiere salvarnos, pero su voluntad no pasa por encima de nuestra libertad y responsabilidad.

La idea de fondo del verbo «esforzarse» se refiere al esfuerzo intenso que concentra todas las energías de una persona en función de un objetivo. Es como el esfuerzo que hace un deportista para ganar la competencia. Aplicado a la imagen de la puerta estrecha se refiere a la manera como se entra, que requiere canalizar las mejores energías para vivir conforme a las exigencias del Reino no deseando otra cosa que alcanzar la comunión con Dios, superando los obstáculos y distinguiendo lo que es prioritario de lo que es secundario.

Jesús advierte que «muchos tratarán de entrar y no podrán»; se le había preguntado si eran pocos los que alcanzarían la salvación y por respuesta dice que «muchos» no lo lograrán. En principio nadie es excluido de la salvación universal, ¿por qué dice Jesús que muchos no podrán entrar? Se trata de una manera de decir que mucha gente que no quiera entrar ahora, muy probablemente querrá hacerlo más tarde, pero entonces ya no lo logrará. Esto se ilustra con otra imagen.

La puerta cerrada

Leemos en nuestro texto: «cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta» El esfuerzo al que se ha referido hasta ahora Jesús, debe ser oportuno, a tiempo, pues un día, con nuestra muerte, la puerta se cerrarrá y ya no será posible hacer nada. No disponemos del tiempo de una manera indefinida.

Es Dios quien cierra la puerta, no nosotros. La hora de la muerte se escapa de nuestro control. De ahí que haya que estar siempre preparados.

Jesús describe con dramatismo la solicitud fuera de tiempo para entrar: «se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’». Ya no es tiempo de tocar la puerta. Con esto se indica la seriedad del tiempo presente; no tenemos soberanía sobre el tiempo; no conviene aplazar la conversión, desde el principio hay que comenzar a vivir el itinerario que nos lleva a Dios. Es una mala decisión dejar para el tiempo de la vejez la preocupación por la salvación.

La respuesta del Señor a la solicitud extemporánea: «No sé quiénes son ustedes’» se repite dos veces. Es una expresión que se utilizaba en el veredicto de excomunión israelita; con ella se declaraba la desvinculación de la comunidad y la ruptura de toda comunión personal con quien era desconocido.

Para participar en la comunión con Dios se exige la identificación con Él; por eso, no basta comer y beber con el Señor, no basta escuchar su predicación si ello no lleva a la conversión: «Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal...»; estas palabras excluyentes indican que no sólo no hay comunión externa, sino que no hay comunión de vida con Dios; el que hace el mal desprecia la voluntad de Dios, no se compromete con la justicia del Reino, no comparte el estilo de vida de Jesús ni pone en práctica sus enseñanzas.

¿Por qué si Dios es bueno, esa voz tajante de rechazo? Porque Dios no comparte nuestras injusticias. Si una persona no quiere vivir en comunión con la voluntad de Dios, como puede querer aspirar a vivir la comunión definitiva de vida con Él. Dios no excluye a nadie, cada uno es quien se auto excluye. La comunión con Dios comienza a partir de la comunión con su querer. Una persona que lo rechaza se excluye a si misma de la salvación. La salvación consiste en la comunión eterna con Él que es la fuente y la plenitud de la vida.

«Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes se vean echados fuera.» Los excluidos de la salvación, verán lo que pasa en la sala del banquete, que es el símbolo del Reino definitivo. Se contraponen dos escenas: el llanto amargo de los excluidos y la comunión festiva de los salvados.

Los rechazados sumidos en la más intensa soledad lloran de manera inconsolable la ocasión perdida y la humillación. El «rechinar de dientes» describe la rabia amarga, consigo mismos.

La vida eterna es presentada como una fiesta comunitaria con el Señor en el Reino de Dios. La imagen de la mesa compartida destaca la profunda intimidad con Dios y la participación de su vida. No sólo con Dios, sino también con los demás. La comunión con Dios y los demás es plenitud de alegría y fiesta. La salvación es el máximo de la felicidad.

Los que quedaron fuera de bamquete repasarán con su mirada a los comensales, la comunidad de los salvados y distinguirán a tres grupos de personajes: a los patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob; a los profetas y a gente proveniente de los cuatro puntos cardinales, es decir, de todas las naciones de la tierra.

Aprendemos así que la plenitud y riqueza de nuestra vida humana consiste también en la plentud y profundidad de nuestras relaciones con las demás personas. Con la muerte, las relaciones humanas no se acaban sino que alcanzan su máximo nivel de profundidad.

Hay un detalle más. La linea de continuidad que hay en la historia de la salvación que comienza con Abraham y que se extiende a partir de Jesús, a todos los pueblos de la tierra; todos los que entran en el Reino inaugurado en Jesús se hacen miembros del pueblo elegido y éste se hace uno solo, a través de la Alianza con Dios, con todos los pueblos de la tierra, pues todos: «participarán en el banquete del Reino de Dios».

Un proverbio para aplicar la enseñanza

Nuestro texto concluye con un proverbio con el que Jesús hace la aplicación de la parábola: «los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos».

Este proverbio se entiende observando quienes están sentados en el banquete del Reino. Los primeros, el pueblo de Israel, y los últimos, los demás pueblos de la tierra, pasan todos por la misma puerta: la exigencia es la misma para todos. En el intercambio de lugares vemos una crítica para los primeros, que pertenecieron al pueblo de Abraham y de los profetas y un anuncio de esperanza para los últimos, los que tardíamente recibieron y acogieron la novedad del Reino.

Los últimos no excluyeron a los primeros; estos, se hicieron últimos, quedando al nivel de los que antes no conocían a Dios, cuando prefirieron vivir en sintonía con su querer y desconocieron la voluntad de Dios. Ante Jesús cada uno se hace “primero” o “último” según su decisión.

Los que se convirtieron y renunciaron a «hacer el mal» y se decidieron a ser agentes de justicia, saben que su identificación con Jesús les abrió las puertas del Reino, sin necesidad de que primero fueran miembros del pueblo elegido.

Conclusión

Jesús quiere ganar nuestro corazón, pero no lo hace a costa de diluir el mensaje del Reino que al mismo tiempo que gratuito es exigente; Jesús jamás tratara de agradarnos para tener nuestra adhesión; su amor le hace decirnos siempre la verdad, aunque estas lleguen a incomodarnos porque confrontan nuestro estilo de vida.

El mensaje de este domingo no podemos pensarlo dirigido a quienes quieren hacerse diciípulos de Jesús o a quienes apenas lo conocen; más bien se dirige a quienes ya entraron en contacto con él, que lo conocen y se han relacionado con él a través de la predicación y los sacramentos, diciéndoles que la salvación no está asegurada por el hecho de ser israelita o por llevar el título de cristiano. No basta con haber pertenecido al pueblo de Dios por la circuncisión, ni con ser cristiano por el bautismo; tampoco basta con haber enseñado o hablado, si la palabra no ha ido acompañada de un testimonio coherente y no se han tenido entrañas de misericordia.

Muchos cristianos vivimos dentro de la Iglesia convencidos de que éste es el camino seguro que lleva a la salvación, sin tener conciencia de la necesidad que tenemos de entrar por la puerta estrecha de la conversión personal. Ni la Iglesia, ni la comunidad, ni la práctica de unas obligaciones religiosas son un salvoconducto. Por eso, nos debe hacer pensar la frase de Jesús: «los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos»

La salvación de Dios es un don, nos corresponde apropiárnoslo mediante el esfuerzo por vivir según la justicia de Dios que es el camino para llegar a la plenitud de la alegría. No podemos conformarnos con conocer muchas cosas acerca de Jesús y no vivir según la voluntad de Dios, sería arriesgarnos a no llegar a la meta, a exponernos al fracaso y a la desesperación.

El esfuerzo por entrar por la puerta estrecha no significa el rigorismo estrecho y agobiante que roba la alegría de la vida cristiana; si significa la radicalidad de la conversión, de cambiar la orientación del corazón y del esfuerzo por vivir una vida nueva en la que el primer lugar lo tenga Dios y el prójimo.

 

[1] : Oñoro. El camino de la salvación, la mesa abierta para todos. CEBIPAL/CELAM;  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 295-297.

Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez

0
bartolome24 de agosto

San Bartolomé, Apóstol

Textos

† Del evangelio según san Juan (1, 45-51)

En aquel tiempo, Felipe se encontró con Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y también los profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José”.

Natanael replicó: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?” Felipe le contestó: “Ven y lo verás”.  Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”.

Respondió Natanael: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy la Iglesia celebra al apóstol san Bartolomé. Era originario de Caná de Galilea y el cuarto evangelio lo identifica con el nombre de Natanael que significa Dios ha dado.

Su amigo Felipe lo llama y lo lleva donde Jesús, que al verlo dice de él: « Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez». Pero el encuentro con el joven profeta de Nazaret -como ya había pasado con Andrés y Felipe- es decisivo para Natanael. Decide cambiar de vida. Deja su casa y a sus familiares y se pone a seguir a Jesús que lo llamará a formar parte de los Doce.

Después del día de Pentecostés, Bartolomé fue a predicar el Evangelio a India y Armenia, según la tradición, donde le arrancaron la piel y murió mártir. Su cuerpo reposa en la Basílica romana de San Bartolomé de la Isla, santuario de los Nuevos Mártires del siglo XX.

El Evangelio de hoy narra su encuentro con Jesús. Felipe, que ya conocía al joven profeta de Nazaret, le explica a Natanael la extraordinaria fuerza de este joven profeta. Natanael plantea objeciones desde el prejuicio y el realismo de quien ya no espera nada bueno de la vida: «¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?». Felipe no intenta aclarar o resolver la duda de Natanael, sino que lo invita a conocer a Jesús. La fe no es fruto de razonamientos sino de conocer personalmente a Jesús. Y mientras Natanael se acerca, oye que Jesús dice palabras buenas sobre él. Y el joven profeta de Nazaret le hace comprender que lo amaba incluso desde antes de conocerle: «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera».

Jesús ilumina el corazón de aquel hombre justo, que siente que el Señor le conoce profundamente y dice: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel». Y Jesús, ante esta confesión de fe, le promete que verá cosas mucho mayores.

Los ángeles que «suben y bajan sobre el Hijo del hombre», el antiguo sueño de Jacob, son el sueño de Jesús para sus discípulos, y recuerdan a Natanael-Bartolomé y a los discípulos de todos los tiempos que el sueño de Dios para la humanidad no ha terminado. Cada vez que dejamos que la palabra del Evangelio toque nuestro corazón vuelven a abrirse los cielos sobre este mundo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 323-324.

¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?

0
jesus en el templo Tiempo Ordinario

Viernes de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (22, 34-40)

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él.

Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús se encuentra todavía en el templo. La confrontación con los fariseos se vuelve cada vez más áspera. El contexto del evangelio de hoy está marcado por la voluntad de los fariseos de tender una trampa más a Jesús para obligarle a tomar posición frente a un tema religioso, como ya intentaron hacer con la cuestión del tributo al César y, posteriormente, los saduceos con el problema de la resurrección de los muertos.

Señala Mateo que los fariseos se habían reunido para decidir el argumento; el que interviene es, por consiguiente, su portavoz. El objeto de la pregunta está tomado de un debate que era de actualidad en las escuelas rabínicas: ¿cuál es, entre todos, el primero de los mandamientos? Quieren conocer la opinión del nuevo maestro sobre cuál es el principio que inspira la ley. Nada más simple y correcto, a primera vista.

La respuesta de Jesús está montada sobre dos citas: una tomada del Deuteronomio (6,5) y otra del Levítico (19, 18). Esos dos textos constituían el corazón de la espiritualidad del pueblo de Israel. El primero, el mandamiento del amor total a Dios, estaba escrito en las jambas de las puertas, bordado en las mangas, y era recitado por la mañana y por la noche, para que estuviera siempre presente en el ánimo del creyente, como celebración continua de la alianza. El auditorio no podía dejar de estar de acuerdo.

La novedad que aporta Jesús se encuentra en el vínculo entre el amor a Dios ·y el amor al prójimo, a los que declara inseparables y de igual importancia. Por otra parte, está la relación del mandamiento del amor con toda la revelación bíblica de la voluntad de Dios con su pueblo; los dos mandamientos constituyen el punto de apoyo, el centro de donde brota todo lo demás, el que ilumina, purifica y transforma todo.

Una ley tiene valor si está penetrada por el amor. Las buenas obras tienen valor en la medida en que son obras de amor a Dios y al prójimo. Eso es lo que proclamaban los profetas cuando llamaban a la conversión del corazón. Jesús lo puede afirmar porque «conoce al Padre» . Él no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento; por consiguiente, es su intérprete autorizado y el realizador de la ley de vida expresada en la voluntad del Padre. Lo mostrará en su entrega en la cruz. El conflicto se convierte, una vez más, en lugar de revelación y en acontecimiento formativo para los suyos.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 145-146.

Muchos son los llamados y pocos los escogidos

0
banquete de boda Tiempo Ordinario

Jueves de la XX semana

 Textos

† Del evangelio según san Mateo (22, 1-14)

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.

Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.

Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.

Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’ Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Atenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la ‘desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El Señor continúa enseñando mediante parábolas. Y habla de un rey que celebra el banquete de bodas de su hijo. Es la invitación a la salvación que el Señor continúa haciendo a todos los pueblos y a cada persona. Por desgracia muchos hoy rechazan esta invitación. Pero el rey no se resigna; tanto desea nuestra salvación que continúa llamando a la puerta de nuestro corazón. De hecho, envía a nuevos siervos, es decir, continúa haciendo resonar la predicación evangélica.

La invitación de los siervos del rey recibe el rechazo por respuesta. Entonces el rey, indignado, envía al ejército para exterminar a aquellos asesinos y destruir sus bienes. En realidad la atención excesiva por nuestros bienes nos sitúa en una competición en ocasiones tan despiadada que nos lleva a la destrucción recíproca.

Pero el rey no se rinde y envía de nuevo a sus siervos a llamar a cuantos encuentren para invitarlos al banquete de bodas. Ese es el sentido de la universalidad de la invitación evangélica: todos los hombres, todos los pueblos están llamados a recibir la salvación. Pero esta vez la invitación es acogida y la sala se llena de comensales.

El Evangelio dice que se invitó a buenos y malos. Parece como si a Dios no le interese cómo somos; lo que quiere es que estemos ahí. En aquella sala están todos. Si nos guiamos por otras páginas del Evangelio, más bien se diría que los pobres y los pecadores, las prostitutas y los publicanos, preceden a los justos a la hora de entrar.

En cualquier caso, quien llega es acogido. A primera vista en aquella sala no se puede distinguir a los santos de los pecadores, a los puros de los impuros. Y el rey, que lee lo que tenemos en el corazón, percibe si llevamos o no «el traje de boda», o sea, el vestido de la misericordia. Es un vestido que todos debemos ponernos, para recordar que la misericordia cubre un gran número de pecados. La falta de amor y de misericordia hacen que la vida sea ya ahora un infierno. Por el contrario, el amor y la misericordia abren las puertas del cielo ya en esta tierra.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 322-323.

¿Qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?

0
joven rico 2.jpg Tiempo Ordinario

Lunes de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (19, 16-22)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un joven y le preguntó: “Maestro, ¿qué cosas buenas tengo que hacer para conseguir la vida eterna?” Le respondió Jesús: “¿Por qué me preguntas a mí acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno: Dios.

Pero, si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos”.

El replicó: “¿Cuáles?” Jesús le dijo: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, ama a tu prójimo como a ti mismo.

Le dijo entonces el joven: “Todo eso lo he cumplido desde mi niñez, ¿qué más me falta?” Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme”.

Al oír estas palabras, el joven se fue entristecido, porque era muy rico. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

La pregunta sobre cómo alcanzar la vida eterna nos la hacemos todos en algún momento de la vida. Jesús, como si quisiera evitar todo equívoco, dice que solo Dios es bueno, no nosotros. Tal vez quiere ayudarle a entender a quien le pregunta que ha encontrado realmente al único bueno y que todo lo bueno viene de Dios.

Aquel joven contesta diciendo que nunca ha dejado de observar los mandamientos. Quizás siente una cierta inquietud, pero no sabe salir de las reglas. Comprende que las reglas no son suficientes, tal vez busca otras o quiere solo tranquilizar su conciencia. En realidad la vida eterna no la podemos obtener con nuestros méritos.

La vida eterna es elegir a Jesús por encima de cualquier otra cosa, por encima incluso de mí mismo y de mis riquezas. Jesús no replica añadiendo un undécimo mandamiento; solo dice: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos. Luego sígueme». Es la propuesta de un ideal elevado: «Si quieres ser perfecto».

La perfección es para todos y está al alcance de cada uno de nosotros porque se alcanza por el corazón. El corazón es perfecto cuando ama y se deja amar. Solo el amor puede permitir una decisión tan radical, la misma del mercader que encuentra una perla o de aquel que encuentra un tesoro escondido en un campo y rebosante de alegría vende todo lo que tiene para comprar aquel campo.

El creyente perfecto es el que ama como un niño, el que confía y deja que le amen, como uno de los pequeños a los que abrazaba Jesús. Si alguien ama a Dios por encima de todas las cosas, es lógico que reparta sus riquezas entre los pobres.

San Francisco es el ejemplo de un hombre perfecto, joven rico que no se avergüenza de devolvérselo todo a su padre para amar al Padre del cielo y para poseerlo todo porque es pobre de todo. El reino empieza en su alegría, en aquella alegría franciscana que es fruto de un amor pleno por el Señor y, por tanto, por los hermanos y los pobres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 319-320.

He venido a traer fuego a la tierra

0

fuego

Tiempo Ordinario

Domingo de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 49-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra iY cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega! ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.

Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Este domingo llegamos al final de una serie de instrucciones de Jesús para los discípulos y que el evangelista Lucas insertó catequéticamente en la sección de la subida destino a Jerusalén.

El contexto

Si queremos comprender el texto que consideramos no podemos perder de vista dos cosas:

La primera: El Reino de Dios es la idea central transversal. El reino de Dios no es una cosa cualquiera; es lo más importante de todo, y ante él hay que decidirse; no se puede perder el tiempo en consideraciones y excusas, pues ya está presente. O se toma o se deja.

La segunda: Fijar la vista en Jesús y verlo entregado, de lleno y con pasión, al anuncio de la buena noticia; desde esta perspectiva se entienden mucho mejor sus palabras: «He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!»

Todo el capítulo doce del evangelio de Lucas está lleno de consejos y advertencias a los discípulos. Jesús prosigue su camino a Jerusalén y las resistencias a su misión se hacen más agresivas. Prevé el desenlace y previene a sus seguidores.

Hasta ahora, -recordemos el mensaje de los domingos anteriores- los discípulos han sido instruidos sobre cómo superar “la codicia” que suscita comportamientos hipócritas, a los que Jesús llamó «la levadura de los fariseos».

Se abre ahora una instrucción que tiene la intención de que los discípulos pongan los pies en la tierra y aprendan a ubicarse con los criterios del Reino en las situaciones de conflicto, el telón de fondo de esta enseñanza no puede ser otro que el de la Pasión de Jesús y sus consecuencias.

El texto

El texto que leemos está escrito en términos paradójicos, el evangelista utiliza la paradoja como medio para acercarnos a una realidad compleja controvertida; recordemos que esta figura retórica consiste en la utilización de expresiones que envuelven una contradicción y que lo que afirma parece contrario a la lógica; ejemplo de paradojas son: preparar la paz con la guerra o caminar despacio cuando se va deprisa.

Entre destinatarios del evangelio los hay de origen pagano y de origen judío; viven su fe en medio de la violencia de las persecuciones y de las tensiones internas de la comunidad, comenzando por las que se viven en el seno de la propia familia.

El evangelista presenta a Jesús hablando a sus discípulos de su propia vocación, proyectando inmediatamente su experiencia personal sobre sus seguidores: el destino del discípulo está profundamente unido al del Maestro. El sentido de la vida de Jesús determina el sentido de la vida de sus discípulos.

Dos imágenes

Leemos en nuestro texto: «He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega

Jesús percibe su misión y su destino a partir de dos imágenes contrapuestas: fuego y agua.

Fuego

Jesús compara su venida a la tierra como un fuego que se expande a toda velocidad por un campo semiárido. Probablemente se está refiriendo a un fuego purificador de la humanidad y que es símbolo del juicio de Dios, como aquel fuego que el profeta Elías hizo caer sobre el monte Carmelo que debía llevar al auditorio a elegir entre Baal o Yahvé (ver 1 Reyes 18,21).

Jesús simboliza su mensaje con la imagen del fuego; con ello indica que la proclamación del Reino, con palabras y obras, coloca a sus discípulos y a todas las personas ante su propia verdad profunda, invitándoles a  un cambio radical; el fuego es símbolo del Espíritu que separa el bien del mal, la verdad de la mentira, que acrisola lo bueno y pone al descubierto la escoria de las personas y de la sociedad.

Agua

Jesús será sumergido en las aguas profundas -un bautismo- de la muerte. De esta forma se refiere a su pasión. Cuando Él dice «¡y cómo me angustio mientras llega!», no está diciendo que se quiera morir rápido, sino que su mayor deseo en la vida es llevar a cabo el destino que el Padre le asignó.

Jesús se vio alcanzado por el movimiento espiritual que provocó, y él mismo fue la primera víctima de la fidelidad a su mensaje. Conmueve verle expresar los sentimientos que le embargan ante la misión recibida y ante las consecuencias que ésta tiene sobre su persona. Vemos a un Jesús ardoroso y combativo y, a la vez, angustiado e impaciente ante lo que prevé se le avecina.

¿Dónde quedó el mensaje de la paz?

Leemos en nuestro texto: «¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división.» De manera directa, Jesús proyecta sobre los discípulos las consecuencias de la misión que Él mismo vivirá.

Jesús es mensajero de la paz, pero no de una paz superficial y formal que esconde turbulencias subterráneas, sino de una paz profunda y definitiva. La paz que proclama no es la simple ausencia de conflictos sino la armonía relacional con Dios, con la creación y con las personas y que implica justicia y respeto a los derechos de los más indefensos.

El discípulo también está llamado a ser mensajero de paz, quedó claro en las instrucciones para la misión que ya leímos, sin embargo, no puede perder de perspectiva que su identificación con el Señor hará que su situación personal sea más bien la del conflicto. El conflicto de incomprensión entre aquellos que ya viven la vida nueva y los que todavía no han dado el paso de conversión. Como su Maestro, ellos serán “signo de contradicción”.

Proclamar la paz del Reino encuentra la oposición de quienes se benefician de un orden social injusto. El egoísmo rechaza la fraternidad y niega la condición de hijas e hijos de Dios de todas las personas. Jesús recuerda a sus discípulos que su mensaje es de paz, y que precisamente por ello, sufrirá el «bautismo de fuego», será sumergido en el dolor y en la muerte. Esto no es buscado sino aceptado, es el precio que debe pagar y ello le angustia desde ahora.

La paz es fruto del amor, resultado de una comunión auténtica que elimina las causas de la división y el maltrato entre las personas. Señalar las razones de la falta de fraternidad y de justicia les parecerá a algunos querer provocar divisiones. Hay quienes, en efecto prefieren no ver de dónde vienen los males, porque eso cuestionaría sus privilegios. Jesús es consciente de que su anuncio del reino desvela una realidad en la que, desgraciadamente, las divisiones están ya presentes. Busca eliminarlas yendo a su causa: la falta de amor concreto y comprometido.

Una nueva visión de las situaciones de conflicto

Existe una concepción de la fe cristiana en la que se habla mucho de las dulces y pacificadoras palabras de Jesús; en la que se piensa que su mensaje es contrario al conflicto; en la que el mismo Jesús es presentado siempre envuelto en un halo de bondad. Y así hay cristianos que sueñan ingenuamente con un mundo idílico en el que puedan ir de la mano opresores conscientes y oprimidos sin esperanza, vividores empedernidos y víctimas inocentes.

Sin embargo, el mensaje de Jesús no da pie para ello. Los versículos que consideramos este domingo nos hablan de un Jesús que crea división con sus hechos y sus palabras. Su mensaje es como una espada tajante que se introduce hasta en lo que la sociedad considera más sagrado: en la familia. Pone a todos en tensión, provoca a los bien pensantes y rompe falsas unidades y paces porque anuncia y trae un cambio de situación. Por eso, Jesús suscita, al mismo tiempo, simpatías profundas y movimientos de viva oposición, y esto tanto entre los ricos como entre los pobres

El reino de Dios no viene sin oposición. No sería así, si fuera sólo para el otro mundo, si fuera sólo cuestión de ideas y sentimientos, si fuera sólo algo personal y privado. Pero el reino de Dios tiene que ver con esta sociedad, con sus estructuras de opresión e injusticia, con la riqueza y la pobreza, con la paz y la guerra, con el hambre y el confort, con la vida y la muerte. Por eso, anunciarlo y construirlo provoca conflicto y división. Unos a favor y otros en contra.

Esto ya lo experimentaron los primeros cristianos. El texto que leemos no es sólo un anuncio. Cuando se escribió, ellos ya habían sufrido la división, incluso entre los seres más queridos. La división se hizo pronto persecución en muchas comunidades. Hoy, nosotros, rara vez padecemos divisiones, menos aún persecuciones. Hemos hecho del evangelio un libro de ética personal y nos esforzamos por llegar a todo mal que bien. Justificamos nuestra actitud, nuestra situación, nuestras decisiones. Nos hemos hecho más cautos, más «sabios» … no queremos sorpresas inoportunas. Lo del reino de Dios y sus divisiones y conflictos lo olvidamos hace tiempo. Somos más prudentes …

 

[1] F. Oñoro, El Bautismo de Fuego de Jesús, Lectio Divina Lucas 12,49-53, CELAM/CEBIPAL F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 291-293.

Dejen que los niños se acerquen a mí

0

jesus y los niños

Tiempo Ordinario

Sábado de la XIX semana

 Textos

† Del evangelio según san Mateo (19, 13-15)

En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesus para que les impusiera las manos y orase por ellos.

Los discípulos regañaron a la gente; pero Jesús les dijo: “Dejen a los niños y no les impidan que se acerquen a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los cielos”. Después les impuso las manos y continuó su camino. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Es una imagen hermosa y tierna, la de Jesús rodeado de niños. Los discípulos, que ya habían visto cómo llevaban hasta Jesús a largas colas de enfermos, no entienden lo que pasa e intentan alejarlos. Evidentemente consideran que aquella afluencia, sin duda un tanto confusa, de niños que van hacia Jesús es una molestia. Pero Jesús los detiene; es más, les reprocha que griten a los niños: «Dejen a los niños y no les impidan que se acerquen a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los cielos».

«Después les impuso las manos», es como decir que les protege, al igual que protege y ayuda a todos los débiles e indefensos. Vienen a la memoria los millones de niños abandonados, que mueren de hambre, o los que mueren por la guerra, o los que son explotados y sufren por la violencia. Estos niños a menudo están solos y abandonados sin nadie que se ocupe de ellos y los proteja. Por desgracia a veces también sufren agresiones en el cuerpo y en la mente a manos de quienes deberían amarles y protegerles.

Para Jesús, son niños a los que hay que amar, proteger y ayudar a crecer con gran esmero. Jesús no quiere que los discípulos echen a nadie, que sean como los hombres del mundo, fuertes con los débiles y cobardes con los poderosos.

En los niños hay que ver un ejemplo a tener en cuenta con atención porque «de los que son como ellos es el Reino de los cielos». Los adultos deben aprender de los niños aquella simplicidad y obertura de alma que se necesitan para acoger el Reino de los Cielos, el mensaje evangélico.

Es una invitación para que todos nosotros acojamos con disponibilidad el Evangelio y nos inclinemos con mayor generosidad sobre muchos niños, para que crezcan no en la escuela de la violencia y del amor solo por uno mismo, sino en la escuela del Evangelio del amor. El camino de los niños es el de la humildad, la simplicidad, el de dejar que te ayuden, el de depender del padre, el de confiar en la madre. Pongamos siempre primero a quien necesita protección y amor, para ser como niños.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 317-318.

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre

0
jesus-con-fariseos-hablan.jpgTiempo Ordinario

Viernes de la XIX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (19, 3-12)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y para ponerle una trampa, le preguntaron: “¿Le esta permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?” Jesús les respondió: “¿No han leído que el Creador, desde un principio los hizo hombre y mujer, y dijo: ‘Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, para unirse a su mujer, y serán los dos una sola cosa?’ De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

Pero ellos replicaron: “Entonces ¿por qué ordenó Moisés que el esposo le diera a la mujer un acta de separación, cuando se divorcia de ella?” Jesús les contestó: “Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así. Y yo les declaro que quienquiera que se divorcie de su esposa, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la divorciada, también comete adulterio”.

Entonces le dijeron sus discípulos: “Si ésa es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse”, Pero Jesús les dijo: “No todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido.

Pues hay hombres que, desde su nacimiento, son incapaces para el matrimonio; otros han sido mutilados por los hombres, y hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Empieza la misión de Jesús en Judea, donde se quedará hasta el fin de sus días. Una muchedumbre lo sigue y él, como siempre, continúa enseñando y curando a los enfermos que le llevan. Su obra, que ya había encontrado obstáculos en Galilea, encuentra ahora una oposición aún más fuerte.

El espíritu del mal no ceja en su firme contraposición al Evangelio. Los fariseos se hacen instrumento de esta y le plantean una cuestión sobre el «repudio» de la esposa: le preguntan si es lícito repudiarla «por un motivo cualquiera», como considera alguno. En aquella época el tema era motivo de debate. Jesús, sin embargo, no entra directamente en la cuestión y prefiere recordar la voluntad original de Dios sobre la unión entre el hombre y la mujer: la familia debe basarse en el amor indisoluble.

Y si luego Moisés permitió el divorcio, lo hizo por la torpeza humana y espiritual de los judíos de su tiempo. Jesús no solo no acepta las interpretaciones de sus rabinos, sino que condena incluso la práctica del divorcio que los fariseos secundaban a una escala más o menos amplia.

Jesús reafirma la primacía del amor en las relaciones humanas y, por tanto, también entre el hombre y la mujer que se unen en matrimonio. Su amor es indisoluble. La irrevocabilidad parecía ya entonces una pesada carga. Hoy lo parece aún más en un clima cultural en el que toda perspectiva de estabilidad parece imposible.

Pero Jesús continúa, y habla de la continencia que se elige para el reino de los cielos: hay quien se hace eunuco «por el Reino de los Cielos». La decisión de no casarse para dedicarse por completo a Dios no desacredita el matrimonio, pero sí destaca la radicalidad de dicha dedicación.

Es un modo de decir que algunos deciden mostrar incluso con su propia existencia que solo Dios basta. Es una decisión que manifiesta una de las dimensiones espirituales de la Iglesia: no se liga a nadie más que a Jesús, únicamente. En ese sentido el celibato por el Señor tiene un valor extraordinario no porque demuestre la capacidad de sacrificarse, sino porque manifiesta la opción radical por el Señor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 316-317.

Dichosa tú, que has creído…

0

Asunción

15 de agosto

Asunción de la Santísima Virgen María

 Textos

† Del evangelio según san Lucas (1, 39-56)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel.

En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.

Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno.

Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

Entonces dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede.

Santo es su nombre y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen.

Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre”.

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

En pleno mes de agosto la Iglesia de Oriente y la de Occidente celebran conjuntamente la fiesta de la asunción de María al cielo. San Teodoro el Estudita, sorprendido frente a esta verdad, se preguntaba: «¿Con qué palabras explicaré tu misterio? A mi mente le cuesta … es un misterio insólito y sublime, que transciende todas nuestras ideas». Y añadía: «La que se convirtió en madre al dar a luz sigue siendo virgen incorrupta, porque era Dios el engendrado. Así, en tu dormición vital, diferenciándote de todos los demás, solo tú con pleno derecho revistes la gloria de la persona completa de alma y cuerpo». Y terminaba diciendo: «Te dormiste, sí, pero no para morir; fuiste asumida, pero no dejas de proteger al género humano».

La fiesta de hoy recuerda al último tramo de aquel viaje que María empezó inmediatamente después del saludo del ángel. Hemos escuchado en el Evangelio según Lucas que «En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea». En aquellos días María corría de Galilea hacia una pequeña ciudad cerca de Jerusalén, para ir a encontrar a su prima Isabel. Hoy la vemos correr hacia la montaña de la Jerusalén celestial para encontrarse, finalmente, con el rostro del Padre y de su Hijo.

Hay que decir que María, en el viaje de su vida, jamás se separó de su Hijo. La vimos con el pequeño Jesús huyendo a Egipto, luego llevándolo, siendo él adolescente, a Jerusalén, y durante treinta años en Nazaret cada día lo contemplaba guardando todo en su corazón. Luego lo siguió cuando abandonó Galilea para predicar en ciudades y pueblos. Estuvo con él hasta los pies de la cruz.

Hoy la vemos llegando a la montaña de Dios, «vestida del sol, con la luna bajo sus pies y tocada con una corona de doce estrellas» (Ap 12, 1), y entrando en el cielo, en la celeste Jerusalén. Fue la primera de los creyentes que acogió la Palabra de Dios, es la primera que es acogida en el cielo. Fue la primera que tomó en brazos a Jesús cuando este todavía era un niño, ahora es la primera que es tomada de los brazos del Hijo para ser acogida en el cielo.

Ella, humilde muchacha de un pueblo perdido de la periferia del Imperio, al acoger el Evangelio se convirtió en la primera ciudadana del cielo, acogida por Dios al lado del trono del Hijo. Realmente, el Señor derriba a los potentados de sus tronos y exalta a los humildes. Es un gran misterio y hoy celebramos. Es el misterio de María, pero también es el misterio de todos nosotros, el misterio de la historia, pues por el camino de la asunción que abrió María se encaminan también los pasos de todos aquellos que unen su vida al Hijo, del mismo modo que lo hizo María.

Si al inicio de la historia, Adán y Eva fueron derrotados por el maligno, en la plenitud de los tiempos, Jesús y María, el nuevo Adán y la nueva Eva, derrotan definitivamente al enemigo. Sí, con la victoria de Jesús sobre el Mal, también cae derrotada la Muerte interior y física. Y se cruzan en el horizonte de la historia la resurrección del Hijo y la Asunción de la Madre. Escribe el apóstol Pablo: «Porque, así como por un hombre vino la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo».

La Asunción de María al cielo con el cuerpo nos habla de nuestro futuro: también nosotros estaremos con el cuerpo al lado del Señor. Con la fiesta de hoy se podría decir que empieza la victoria plena de la resurrección; empiezan el cielo nuevo y la tierra nueva que anuncia el Apocalipsis. Y la celestial Jerusalén empieza a poblarse y a vivir su vida de paz, de justicia y de amor.

El Magníficat de María puede ser nuestro canto, el canto de la humanidad entera que ve cómo el Señor se inclina ante todos los hombres y mujeres, humildes criaturas, y los asume consigo en el cielo. Hoy, junto a la humilde mujer de Galilea, sentimos de un modo especialmente festivo el Magníficat de todas aquellas mujeres sin nombre, aquellas mujeres a las que nadie recuerda, las pobres mujeres oprimidas por el peso de la vida y del drama de la violencia, que finalmente se sienten abrazadas por manos cariñosas y fuertes que las elevan y las llevan al cielo.

Hoy, el Señor ha derribado a los potentados de sus tronos y ha exaltado a las mujeres humildes y desconocidas, ha despedido a los ricos y fuertes con las manos vacías y ha colmado de bienes a las mujeres hambrientas de pan y de amor, de amistad y de ternura.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 313-315.

Si tu hermano comete un pecado…

0
corrección Tiempo Ordinario

Miércoles de la XIX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (18, 15-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano.

Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos.

Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.

Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Estamos leyendo el discurso de la comunidad de san Mateo que trata de cuestiones referentes a la comunidad de los discípulos de Jesús. Tras las instrucciones encaminadas a acoger el Reino como los niños y a la conversión -ésta es la condición para entrar en la familia de Jesús y vivir según sus enseñanzas- y el discurso sobre la salvación de todos, encontramos algunas enseñanzas esenciales y progresivas.

La primera tiene que ver con la corrección fraterna en la comunidad de Jesús, un momento importante en una comunidad de pecadores para llegar a la conversión. Se trata de una actitud que manifiesta el cuidado que los hermanos y las hermanas de la familia de Jesús deben tener los unos de los otros en un clima de amor verdadero, exento de hipocresía y que llega incluso a la corrección fraterna.

Aparecen tres momentos progresivos de gran finura psicológica: la corrección en privado, la corrección en compañía de un testigo, a fin de reforzar la autoridad de la corrección con la presencia de un hermano, y, por último, el recurso a la asamblea.

El límite final es la expulsión de la persona indigna de la comunión como un remedio medicinal extremo, casi para provocar -en la soledad y en la lejanía- la nostalgia del retorno a la comunión fraterna.

La segunda enseñanza refuerza la conciencia de una comunidad en la que la autoridad del amor de Cristo se transmite a los responsables. Con las palabras clásicas, de indudable sabor semítico, «atar» y «desatar» indica Jesús el poder que transmite a los suyos. Por último, Jesús habla de la oración en común, una oración que será escuchada por el Padre si se hace en su nombre, en unión con Él y en Él. A esta oración unánime y unida le garantiza Jesús su presencia y la eficacia de su intercesión celestial.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 75-76.

¿Acaso tu maestro no paga el impuesto?

0
jesus-y-los-recaudadoresTiempo Ordinario

Lunes de la XIX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (17, 22-27)

En aquel tiempo, se hallaba Jesús con sus discípulos en Galilea y les dijo: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo van a matar, pero al tercer día va a resucitar”. Al oír esto, los discípulos se llenaron de tristeza.

Cuando llegaron a Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los recaudadores del impuesto para el templo y le dijeron: “¿Acaso tu maestro no paga el impuesto?” El les respondió: “Sí lo paga”.

Al entrar Pedro en la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: “¿Qué te parece, Simón? ¿A quiénes les cobran impuestos los reyes de la tierra, a los hijos o a los extraños?” Pedro le respondió: “A los extraños”. Entonces Jesús le dijo: “Por lo tanto, los hijos están exentos.

Pero para no darles motivo de escándalo, ve al lago y echa el anzuelo, saca el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda.

Tómala y paga por mí y por ti”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús, por segunda vez, les dice a los discípulos lo que le espera en Jerusalén: será entregado en manos de los jefes del pueblo, le matarán pero luego resucitará. Y una vez más los discípulos se muestran consternados. Les cuesta aceptar la idea de un Mesías sufriente aunque la profecía contenga también el anuncio de la resurrección.

Es la misma dificultad que nosotros conocemos bien. ¡Cuántas veces escuchamos solo lo que queremos sin dejar que la Palabra que se nos anuncia nos implique!

Cuando entraron en Cafarnaún, algunos recaudadores de impuestos se acercaron a Pedro y le preguntaron si Jesús iba a pagar el tributo establecido para el Templo. No se trata del tributo al César, sino del tributo que todo israelita debía dar al templo para su funcionamiento.

Aunque Jesús es «más grande que el templo», no evita aquella obligación y ordena a Pedro que, de la boca del pez que pescará, coja la moneda que deberá dar en el templo. Jesús no quiere provocar ningún escándalo no pagando. Ha venido para edificar, y no para escandalizar a la gente. Por eso actúa de manera distinta a lo que cabría esperar en él. En esta línea, ante la afirmación de los Corintios que decían: «todo es lícito», el apóstol Pablo contesta: sí, «mas no todo edifica. Que nadie procure su propio interés, sino el de los demás» (1 Cor 10, 23-24).

La primera preocupación de Jesús sigue siendo reunir y custodiar a la gente que el Padre le ha confiado. Y por eso procura alejar todo lo que puede provocar escándalos inútiles. Se trata de una sabiduría que requiere una gran disciplina interior sobre todo por parte de aquellos que tienen responsabilidades pastorales. Hay que eliminar el instinto a actuar impulsivamente y sin reflexionar El Señor nos muestra que la verdadera sabiduría es construir el templo espiritual que es la comunidad cristiana.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 311-312.

Si el grano de trigo… no muere, queda infecundo

0

Lorenzo10 de agosto

San Lorenzo, Diácono y Mártir

Textos

 † Del evangelio según san Juan (12, 24-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy, 10 de agosto, celebramos a San Lorenzo mártir, que murió como testigo de Cristo en Roma en el año 258 d.C. en tiempos del emperador Valeriano; en su testimonio encontramos un ejemplo concreto de la vivencia del evangelio: un hombre libre frente a su sociedad.

Los testigos de su persecución cuentan que cuando las autoridades imperiales lo presionaron para que entregara los supuestos tesoros de la Iglesia que estarían bajo su responsabilidad, san Lorenzo extendió la mano hacia un grupo de pobres y mendigos que estaban cerca y dijo: “He aquí los tesoros de la Iglesia”.

El testimonio de Lorenzo nos motiva y la Palabra de Dios, hoy en el evangelio de Juan, nos ofrece razones para que demos el paso valiente de Jesús al tomar la cruz, esto es, de dar la vida con generosidad y amor.

Las palabras de Jesús nos dan la clave interpretativa del misterio de la pasión en tres frases contundentes. Comienza con una comparación, de allí se extrae la aplicación para la vida y finalmente se indica que todo ello se vive junto con Jesús.

  1. Como el grano de trigo.

Si nosotros somos de los que pensamos que es absurdo perder algo en la vida, nos viene bien la comparación del grano de trigo: “si muere, producirá mucho fruto”. Según esta lógica para ganar hay que perder.

Por cierto, nadie dice que la muerte de la semilla, al plantarla en lo frío y oscuro de la tierra, para que luego brote el árbol, sea un absurdo.

Jesús enseña que la muerte es un paso “necesario” y que de ninguna manera es un absurdo si la miramos no desde el ángulo de la pérdida sino de la ganancia.  Lo que hay que mirar es la vida que brota y que se hace visible en su máximo esplendor.

  1. Entregar la vida para ganar la vida

La paradoja del grano de trigo que para dar vida en el árbol muere a sí misma en cuanto semilla, se constata en la vida de un discípulo de Jesús.

El seguimiento de Jesús exige renuncias para optar por el camino de la vida. Esto se comprende mejor dentro del horizonte indiscutible de todo el evangelio que es la Cruz. El reconocimiento, el aplauso del mundo, las imágenes de felicidad que hoy se ponen a nuestro alcance, tienen su gratificación, “sus ganancias”, pero en realidad dan en nada porque no dan la vida en plenitud. La verdadera realización está en el salir de sí mismo, en no vivir para sí, siguiendo el camino de servicio de Jesús.

  1. Estar con Jesús dónde él está por mí

Todo lo anterior se hace posible en el marco de una relación profunda con Jesús y una relación de “servicio” a él en los hermanos.

Como dice Jesús, esta relación tiene un presupuesto, el “seguimiento”, y tiene una consecuencia, “el Padre lo honrará”, es decir, lo reconocerá como su hijo en la gloria.

En el centro de este versículo aparece la idea central de toda esta experiencia de Jesús: estoy llamado a estar con Jesús allí donde él está por mí, o sea, en la cruz, envueltos en esa única vivencia de amor en la entrega a lo demás para que todos tengan vida. Ahí está el sentido, el valor y la verdadera realización de nuestra vida.

 

 

[1] F. Oñoro, Dar vida con la fuerza de la Cruz, Lectio Divina: Juan 12, 24-26:, CEBIPAL/CELAM

 

El que quiera venir conmigo…

0
tomar la cruz2 Tiempo Ordinario

Viernes de la XVIII semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (16, 24-28)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.

Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañia de sus ángeles, y entones dará a cada uno lo que merecen sus obras.

Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús quiere presentar con claridad a todos los discípulos el camino por el que deben seguirlo: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga». Son palabras que parecen duras, y lo son, pero Jesús mismo fue el primero que las vivió. Y ahora las propone a los discípulos, que no deben hacer más que seguir el camino del Maestro que cargó la cruz -que no es suya sino de todos, y esa es la diferencia- antes que ellos porque de la cruz viene la salvación.

Jesús no se deja atrapar por nuestras incertidumbres, sino que nos pide que las venzamos confiando en él. La propuesta que hace Jesús a los discípulos parece paradójica para una mentalidad egocéntrica. En realidad expresa una sabiduría profunda que revela la frase que viene a continuación: «el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.».

Creemos que la salvamos guardando, buscando recompensas, reconocimientos y honores. Jesús nos advierte de que gastar nuestras energías, nuestro tiempo, nuestras fuerzas solo para salvarnos o, como se suele decir, para realizarnos, nos lleva en realidad a perdemos, es decir, a una vida triste y a menudo desgraciada.

Solo si vivimos para el Señor, si dedicamos nuestra vida a amar a todo el mundo, sin límites, como hizo precisamente Jesús, entonces disfrutaremos de la alegría de la vida. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si no somos amados ni somos capaces de amar? Eso es lo que explicará el apóstol Pablo en el himno a la caridad, diciendo que sin esta, es decir, sin el amor, de nada sirve hacer cosas extraordinarias, aunque sean generosas.

Solo el amor no termina y solo el Señor nos salva. Así, al igual que el amor, tampoco la vida eterna se puede comprar. Solo la podemos recibir del Señor, quien, a su debido tiempo, «dará a cada uno según sus obras». Jesús habla de un retomo inminente. El cristiano vive siempre esperando atentamente para reconocer en el presente los muchos signos de la presencia de Jesús y de su reino entre nosotros.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 308.

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

0
discípulos 2Tiempo Ordinario

Jueves de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 13-23)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

A partir de entonces, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”.

Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús lleva a los discípulos hacia Cesarea de Filipo, a la frontera septentrional de la Palestina de entonces, donde la población era pagana. Jesús tal vez tenía la intención de estar un poco a solas con los discípulos.

Toda comunidad necesita momentos como este para conocer más y amar más al Señor. Y ahora Jesús interroga a los discípulos sobre lo que dice la gente acerca de él. Se decían de Jesús las cosas más variadas: en la corte de Herodes algunos pensaban que era Juan Bautista resucitado, otros creían que era Elías, mientras que otros decían que era Jeremías, quien según una creencia de la época debía recuperar del monte Nebo el arca y los objetos sagrados escondidos durante el exilio.

Jesús, tras haber oído aquellas respuestas, pregunta a los discípulos: «Y vosotros ¿quién dicen que soy yo?». Jesús necesita que los discípulos estén en sintonía con él, que compartan su sentir, que conozcan su verdadera identidad. Pedro toma la palabra y, contestando por todos, confiesa su fe en Él como Mesías.

Pedro, y con él todo el modesto grupo de discípulos, forma parte de aquellos «pequeños» a los que el Padre revela las cosas ocultas desde la creación del mundo. Y Simón, hombre como todos, hecho de «carne y sangre», con Jesús recibe una nueva vocación, una nueva tarea, un nuevo cometido: ser piedra, es decir, sostén para muchos, con el poder de atar nuevas amistades y de desatar las abundantes ataduras de esclavitud que impiden seguir el Evangelio.

La respuesta que Pedro da en nombre de todos reconforta a Jesús, que puede abrirles su corazón y decirles cual será el final que le espera en Jerusalén: el Mesías no es un poderoso, sino un débil que hasta será asesinado. Pedro no entiende lo que está diciendo Jesús; piensa que está desvariando. Movido por su instinto, y ya no por la fe que antes le ha hecho hablar, quiere alejar a Jesús de su misión y del camino hacia Jerusalén. En realidad, es él quien tiene que recorrer todavía un largo trecho en el camino de la comprensión del Señor, al igual que cada uno de nosotros. Y Jesús le dice: «¡Quítate de mi vista, Satanás!», como si quisiera decirle que se pusiera a seguir de nuevo el Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 307.

Mujer, ¡qué grande es tu fe!

0
jesus y mujer Tiempo Ordinario

Miércoles de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (15, 21-28)

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí.

Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”.

Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.

El les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” El le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.

Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos” Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.

Y en aquel mismo instante quedó curada su hija. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús, escribe Mateo, desde la región de Galilea «se retiró» hacia la región de Tiro y de Sidón (el actual Líbano), antiguas ciudades fenicias, marineras y mercantiles, ricas y prósperas, pero también marcadas por egoísmos e injusticias sobre todo hacia los pobres.

Entonces aparece una mujer «cananea». Es una pagana. Seguro que ha oído hablar bien de Jesús y no quiere perder la oportunidad de pedirle ayuda para su hija «endemoniada». A pesar de la actitud distante de Jesús, ella no desiste en su intento de gritar para pedir ayuda. Su insistencia provoca la intervención de los discípulos. Ellos querrían que Jesús la echara: «Despídela», le sugieren. Pero Jesús contesta diciendo que su misión se limita a Israel.

Aquella mujer, que en absoluto se resigna, sigue pidiendo con palabras esenciales pero duras, tan duras como el drama de su hija: «¡Señor, socórreme!». Y Jesús contesta con una inaudita dureza: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Con el apelativo de «perros», en la tradición bíblica, tomada de los textos judíos, se hace referencia a los adversarios, a los pecadores y a los pueblos paganos idólatras.

La mujer aprovecha literalmente la expresión de Jesús y le dice: «Sí, Señor -repuso ella-. Pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». También los perros, los excluidos se contentarían con las migas, si se las tirasen. Aquella mujer pagana osa resistir a Jesús; en un cierto modo entabla una lucha con él. Se podría decir que su confianza en aquel profeta es más grande que la resistencia del mismo profeta. Y por eso Jesús responde finalmente con una expresión inusitada en los evangelios: esto es una «gran fe», y no «poca fe». Ante una fe como esta ni siquiera Dios puede resistirse.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 306.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto

0

Transfiguración 2 

6 de agosto

Transfiguración del Señor

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías.

Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El Evangelio de este día nos presenta a Jesús que sube al monte con los tres discípulos más cercanos a él: Pedro, Santiago y Juan. También nosotros hemos sido conducidos hoy a un lugar alto, más alto que el lugar al que nos mantienen atados nuestras costumbres egoístas y mezquinas.

La liturgia del domingo no es un precepto ni el cumplimiento de un rito, es ser arrancados de nuestro «yo» y llevados más alto. El Evangelio escribe: los «tomó consigo», es como decir que los arrancó de sí mismos para vincularlos a su vida, a su vocación, a su misión, a su camino.

Aquel día les llevó a lo alto, al monte, para rezar. No se nos ha dado a conocer la profundidad y la fuerza de los sentimientos de Jesús en esos momentos, pero la descripción de la transfiguración nos hace «ver», o al menos intuir, lo que Jesús sentía.

Escribe el evangelista que « Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto, y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes». Fue tal el cambió que tuvo lugar en Jesús que se reflejó incluso en los vestidos.

La oración de aquel día, además de con el Padre, se convirtió en un coloquio con Moisés y Elías sobre «la muerte que le esperaba en Jerusalén». Quizá Jesús, como en un rápido sumario, vio toda su historia, intuyendo también el trágico final.

Los discípulos estaban allí a su lado, oprimidos por el sueño. Hicieron todo lo posible para no dormirse: se mantuvieron despiertos y vieron la gloria de Dios, comprendieron quién era Jesús y qué relación tenía con el Padre. Verdaderamente valía la pena seguir fijando la atención en aquel rostro tan diferente de las caras de los hombres.

De la boca de Pedro salió una expresión de gratitud y estupor: «Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías». Quizá desvariaba, pero estaba maravillado por aquella visión.

Una nube envolvió a los tres discípulos y se asustaron. Al momento se oyó una voz desde el cielo: «Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo». En la nube y en los momentos de miedo se oye una voz con claridad: el Evangelio, que indica en quién podemos poner nuestra esperanza.

Al abrir los ojos, los tres sólo vieron a Jesús. Sí, sólo Jesús, maestro de vida que puede salvamos. Fue sin duda una experiencia increíble para aquellos tres discípulos; pero será también la nuestra si nos dejamos llevar por Jesús, que nos saca de nuestro egoísmo y nos atrae a su vida.

Participaremos en realidades y sentimientos más grandes, y gustaremos una manera distinta de vivir. Nuestra vida y nuestro corazón se transfigurarán, nos pareceremos más a Jesús. Pablo se lo recuerda a los filipenses: el Señor Jesús «transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso». La transfiguración es la ruptura del límite, es contemplar la bondad del Señor, sus vastos horizontes, la profundidad de las exigencias del Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 122-123

Denles ustedes de comer

0
cinco panes Tiempo Ordinario

Lunes de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (14, 13-21)

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario.

Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.

Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer.

Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan.

Denles ustedes de comer”.

Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. El les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto.

Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.

Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El fragmento evangélico presenta a Jesús en medio del trabajo cotidiano de su ministerio: entre la soledad del desierto y la presencia en medio de las muchedumbres; entre el diálogo con el Padre, en el desierto, y el ministerio de la evangelización.

Mateo subraya asimismo el aspecto subjetivo de la experiencia de Jesús, su compasión, que se hace efectiva a través de la manifestación concreta de una salvación que sale al encuentro de los deseos de quienes le siguen y esperan un milagro de él. Jesús, médico del cuerpo y del espíritu, cura a los enfermos.

En medio del desierto, o bien en algún lugar solitario, fuera de los pueblos y de las ciudades, se presenta un problema humano, muy concreto: dar de comer a la muchedumbre de gente que le sigue. Enviarlos a sus casas es la respuesta obvia de los discípulos. Darles de comer es la respuesta del corazón de Cristo.

Ésa es también la respuesta de su omnipotencia de Mesías. Cinco panes y dos peces, sólo para comenzar, constituyen la base para un insólito milagro de multiplicación de los alimentos, un milagro destinado a saciar a una muchedumbre de más de cinco mil personas.

Aparece aquí todo el sabor de una comida sagrada, de una comunión viva con Jesús, el Mesías, y, a través de él, con el Dios de la creación y de la vida. La acción de Jesús, típica de la tradición judía de la comida sagrada, que es reconocimiento del don de Dios, es litúrgica y eucarística: toma con sus manos los panes y los peces; pronuncia la bendición u oración de acción de gracias; parte los panes y los distribuye a los discípulos, que aprenden de Jesús el gesto del reparto. Una acción simbólica, un hecho real de largo alcance.

Una acción que tiene que ver con nuestra eucaristía diaria, pan partido y multiplicado en todo el mundo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 9-10.

¡Insensato! Esta misma noche vas a morir

0
dineroTiempo Ordinario

Domingo de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 13-21)

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?” Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Los últimos domingos, en el camino hacia Jerusalén, Jesús enseñó a quienes los seguían cuales son las tres características distintivas de sus verdaderos discípulos: la misericordia, la escucha y la oración. Integrar estas características exige un estilo de vida que acaba por definirse cuando se quiere saber cuál es el sentido de la vida o qué se tiene qué hacer para alcanzar la propia felicidad.

Uno de los aspectos de la vida que el seguimiento de Jesús exige definir de manera concorde a su enseñanza y testimonio es el de la relación con los bienes que pueden ser de ayuda o terminar siendo un serio obstáculo para amar al estilo de Jesús.

El ideal del  discípulo de Jesús es vivir liberado de toda ambición presente, esto le pide ser capaz de administrar los bienes de los que dispone sin dejarse aprisionar por los encantos del dinero, y vivir con la mira puesta en lo fundamental que es la felicidad, no momentánea sino para siempre. En este sentido, la libertad de corazón es un indicador de la madurez del discípulo.

Además, el discípulo debe saber centrar su vida y tomar sabias decisiones para alcanzar sus ideales y dar el mejor cauce a sus energías. Esta sabiduría, deriva de un estilo de vida responsable, coherente con su vocación a la vida en plenitud.

Esto nos lo explica san Lucas, al presentarnos la escena que contemplamos este domingo, en la que Jesús como maestro de vida, a partir de una disputa entre hermanos por una herencia, propone una enseñanza sobre el sentido de la vida que incluye una manera de relacionarse con los bienes concorde con la fe en un Dios creador y Padre.

Para leer, interpretar y apropiarnos el texto que leemos este domingo, necesitamos situarlo en su contexto, descubrir con claridad el problema que plantea y destacar las líneas principales de la enseñanza de Jesús.

El Contexto

El contexto lo conocemos si nos preguntamos a quién se dirige la enseñanza, en qué momento y cómo aparece un nuevo tema.

La enseñanza se dirige a una multitud y a los discípulos; esto lo sabemos porque el  capítulo 12 en el que se encuentra nuestro texto comienza diciendo: «entre tanto, la gente se aglomeraba por millares, hasta no poder caminar»; sin embargo, la enseñanza no pierde de vista a los discípulos: «entonces Jesús, dirigiéndose principalmente a sus discípulos, les dijo…»

Los versículos precedentes a nuestro texto nos dicen que la enseñanza de Jesús en ese momento se centraba en los peligros que acechan la vida del discípulo, que existen tanto dentro de la comunidad como fuera de ella y que si no se toman en cuenta y se tienen las debidas precauciones acaban paralizando el seguimiento. Un peligro interno a la comunidad es la levadura de los fariseos, la contagiosa hipocresía que esconde el verdadero yo, oculta las intenciones y corrompe los mejores propósitos; Jesús hace ver que la verdadera naturaleza del hombre no puede permanecer escondida sino que con el tiempo se manifiesta. Un peligro externo son las persecuciones, que pueden paralizar por el miedo y la desesperación; el temor a ellas se supera con la confesión de Jesús delante de todo el mundo y siempre, con confianza absoluta en el Padre y con la ayuda del Espíritu Santo.

El discípulo debe aprender a distinguir qué es a lo que verdaderamente debe temer y no es precisamente la pérdida de la vida terrena sino la pérdida definitiva de la vida, lo que mata el alma; precisamente Jesús estaba enseñando esto cuando es interrumpido por alguien «de entre la gente» que le presenta una cuestión ordinaria de la vida familiar: el reparto de la herencia.

Jesús retoma inmediatamente la palabra y abre una tercera línea de exposición sobre lo que realmente constituye un peligro para la vida del discípulo: el apego a las cosas terrenas, o mejor dicho, la avidez por poseer cosas materiales. El discípulo que vive apegado a sus bienes, en realidad no lo ha dejado todo para seguir al Señor, el Reino no es todavía su “tesoro” por el cuál es capaz de deshacerse de todo para apropiárselo.

Si bien la enseñanza se dirige principalmente a los discípulos, el hecho de que se haga en medio de una multitud y que quien la propicia permanezca en el anonimato, nos permite pensar que nos encontramos ante una enseñanza es de interés común para todo el mundo, pues lleva a hablar, independientemente de lo que se crea, de lo que es fundamental a toda persona que vive sobre la tierra: el sentido de la vida

El problema que se plantea

Leemos en nuestro texto: «…hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.»

El caso que se presenta pertenece a la vida familiar cotidiana. Un personaje anónimo, se acerca, y, llamándolo Maestro, pide la intervención de Jesús; de esta manera le pide que intervenga como experto, como “rabí” que conoce los pormenores de la ley judía.

El ámbito de la disputa es la familia, se trata de la controversia con un hermano; este personaje anónimo da una orden a Jesús: «dile a mi hermano»; el tono recuerda el de Marta, que dijo a Jesús: «…dile a mi hermana que me ayude». Quien se presenta ante Jesús sabe lo que quiere, y así se lo indica a Jesús, «dile… que reparta conmigo la herencia». Una lectura superficial nos hace pensar que estamos ante la víctima del despojo hereditario a manos de un hermano abusivo. ¿se trata en realidad de esto? Profundicemos.

Se trata de un hombre cuyo hermano mayor se niega a darle la parte de la herencia paterna que le corresponde. La primera impresión es que se trata de una injusticia. En el evangelio de Lucas conocemos casos terribles de apropiación indebida de la herencia, recordemos que en parábolas, Jesús refirió el caso de un hijo que pidió a su padre anticipar la herencia y el asesinato del hijo del dueño de un viñedo para quedarse con su herencia.

Pero hay otra posibilidad, que cambia el planteamiento: podría ser que la intención del hermano mayor fuera positiva, en concordancia con las costumbres del lugar y de la época, y que  él –en cuanto responsable de la casa- se moviera por el ideal de la familia israelita: que era vivir juntos, para conservar intacta en la heredad. Recordemos el salmo 133, que alaba que los hermanos vivan juntos. En este caso, la queja del hermano menor que viene ante Jesús estaría motivada por la intención de separar su parte de la herencia para vivir independientemente, es decir, distanciarse del compartir familiar.

Para dirimir estos casos, que representaban verdaderos problemas jurídicos, se acostumbraba acudir a los rabinos, que, como abogados del pueblo, tenía que clarificar el asunto, emitiendo su dictamen de acuerdo a lo que la Ley mandaba. (se puede ver Números 27, 1-11 y Deuteronomio 21, 15-16).

La respuesta de Jesús la leemos en nuestro texto: «Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”». En ella encontramos un eco de la respuesta que recibió Moisés cuando. quiso ser intermediario en el pleito entre un israelita y un egipcio agresor: «¿quien te puso como jefe y juez entre nosotros?»; la respuesta a la pregunta es implícita, por el contexto, sabemos que nadie puso a Jesús como árbitro de este tipo de asuntos.

Tal parece que Jesús no quiere clasificarse en la categoría de un “rabí” que lo haría dirimir los diferendos con una palabra autorizada; por lo que sigue, entendemos que Jesús se sitúa frente al problema de la justicia, en una perspectiva distinta, más profunda, que lo coloca más allá de ser dictaminador de casos particulares.

Jesús se coloca en otro nivel para abordar el problema y al mismo tiempo que descubre las intenciones escondidas del hermano menor que parece moverse por avaricia, permite vislumbrar cuál es el valor del Reino que debe tenerse como horizonte decisivo en este tipo de situaciones, como criterio definitivo para orientar no sólo la resolución de un caso sino la vida toda.

La enseñanza de Jesús.

El punto de partida de la enseñanza de Jesús es la codicia del hermano menor que reclama la herencia. La pedagogía de Jesús es admirable: primero establece un principio de vida, después ilustra con un ejemplo y concluye con una aplicación para la vida.

1. Un principio de vida

En el discurso a la multitud que lo rodeaba, Jesús había advertido a los discípulos del peligro que les representaba la hipocresía como actitud de vida para esconder el verdadero yo, para camuflar las intenciones y ocultar los verdaderos propósitos. En este mismo tenor, aprovechando la circunstancia, advierte a los discípulos sobre el peligro de la avaricia para su perseverancia en el camino del Reino. Leemos en nuestro texto: «Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea». Con intuición pedagógica, al señalar el principio Jesús indica qué hacer y por qué hacerlo.

¿Que hacer?: Evitar toda clase de avaricia. Es una exhortación que invita a la vigilancia, a examinar las propias actitudes, motivaciones y las intenciones del corazón. Recordemos que san Marcos nos dice que la avaricia sale del corazón del hombre (Mc 7,22). Jesús se refiere a «todo tipo de avaricia» refiriéndose a las múltiples expresiones del ˝deseo de tener siempre más”, que busca encontrar placer en el “llenarse de cosas” que desata la espiral de un deseo compulsivo consumista, que estimula el afán de competencia motivado por la envida y despierta el placer de exhibir lo que se tiene con el fin de conseguir la admiración y la envidia de los demás. A estos dinamismos que implican estímulos exteriores que afectan el interior de la persona, se agregan los que proceden del corazón: la tacañería, la falta de generosidad y la avaricia, que ciegan la mirada ante la necesidad del prójimo.

¿Por qué hacerlo? ¿Por qué hay que vigilar y tener cuidado de purificar el corazón en este punto concreto?  porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea». La vida no depende de lo que se tiene en “propiedad”; es terriblemente peligroso que el corazón quede prisionero de las cosas, porque cuando esto sucede las relaciones se basan en las cosas y se pierde de vista a las personas, que son valor fundamental e irremplazable y por el otro se entiende a Dios, que es el ‘Otro’ por excelencia y a los otros, los demás, los cercanos y lejanos, pero que pueden ser prójimo. Que centra su vida en lo que tiene, vive para adquirir, comprar, conseguir, nunca está satisfecho, siempre quiere más y acaba por apropiarse de lo que por derecho pertenece a otros, despojándolos. Por eso la avaricia es peligrosa, porque lleva a colocar ingenuamente los sueños de su vida, sus mejores ideales, sus grandes metas y toda la energía de la vida en cosas equivocadas e ignorar lo que realmente importa. Pensando lograr un gran éxito, quien es avaro o codicioso, cosecha en realidad un gran fracaso.

Jesús hace énfasis en «la abundancia» y con ello profundiza su respuesta; precisamente en la abundancia se revela la libertad del corazón. Para hacerlo entender, cuenta la parábola de un hombre que llega a nadar en abundancia pero que no sabe aprovechar la mejor oportunidad de su vida y se hunde irremediablemente en el sin sentido de la existencia.

2. Un ejemplo: la parábola del rico insensato

Dice nuestro texto: «les propuso esta parábola: «Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar…» Jesús no se limita a poner un ejemplo, con la parábola se mete en el pensamiento, en la lógica, de la gente que se cierra a la trascendencia -a Dios y al prójimo- precisamente por que vive en medio de gran abundancia; desde allí llama a la conversión.

El punto de partida es un hecho no previsto: la siembra tuvo un gran rendimiento, por lo que el dueño «obtuvo una gran cosecha», a ellos sigue la previsión del propietario: «¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo» Notemos la cadena de pronombres posesivos en primera persona que indican la conciencia que tiene este hombre de ser propietario, absoluto y autónomo, que  no tiene en cuenta a nadie, pues para él sólo existe su yo y lo suyo, y desconoce, el “tú”, el “nosotros”, y lo “nuestro”. Todo gira en torno a suyo, está preocupado por encontrar la solución, qué hacer, para además de conservar lo que ya tenía, mantener la prosperidad que se le presentaba por la abundante cosecha. En pocas palabras: el hacer del rico va en la dirección opuesta a la enseñanza de Jesús. Su avaricia para reunir y disfrutar la cosecha se deja ver en el aislamiento a que él mismo se somete.

«Ya se lo que voy a hacer» La avaricia despertó en él el propósito de una serie de dinamismos que lo tienen sólo a él como sujeto: almacenar, descansar y disfrutar.

Para almacenar, el rico habla de derribar, construir, y guardar, todo ello para asegurar la estabilidad de la riqueza: aquel hombre quería: «guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo». El dinamismo del descanso tiene como punto de partida la jactancia: «Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años…»; con ello los esfuerzos llegan a su fin, pues se siente asegurado por el resto de su vida que bien se merece un descanso. Para disfrutar, el rico habla de descansar, comer, beber y darse a la buena vida; es un dinamismo expansivo, el disfrute de los bienes, se busca el goce egoísta de la vida, como una auto-recompensa por todos sus esfuerzos.

De fondo se revela una manera de entender la vida: como no hay nada más allá de ella, lo mejor es dedicarse a disfrutar el tiempo presente y para ello es necesario acumular la mayor cantidad de recursos para invertirlos después en la felicidad. A quienes piensan así se dirige uno de los ‘ayes’ de Jesús, que escuchamos en san Lucas después de las bienaventuranzas: «¡Ay de ustedes los ricos! porque ya recibieron su consuelo»

Dios interviene. En el mundo ideal de este hombre rico, Dios había quedado fuera; no obstante Él entra y se oyen sus palabras: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?» La irrupción de Dios en la historia tira por tierra la fantasía de aquel hombre rico. Su monólogo se interrumpe con una palabra que viene de fuera y que invita a un verdadero diálogo. Delante de Dios no es posible vivir ensimismado, es necesario responderle.

Dios se dirige a este hombre afortunado llamándolo «necio»; él se creía inteligente, tenía casi totalizado un proyecto de vida; no obstante es presentado como insensato, falto de inteligencia, estúpido. Este rico necio no ha entendido que por mucho que posea no tiene la propiedad de su vida y ésta, cuando menos lo espere le será reclamada; la vida proviene de Dios y a Dios vuelve. Este rico necio, que actuaba como un gran empresario, no previó en sus cálculos la posibilidad de perderlo todo repentinamente y mucho menos previó el destino de sus bienes: «¿Para quién serán todos tus bienes?» Este hombre no sólo no obtuvo los recursos para un futuro sostenible, sino que tampoco previó a dónde iría a parar su fortuna: no había pensado en sus herederos.

La aplicación de la parábola

Al terminar la parábola, Jesús dice a su intelocutor, a la multitud y a los discípulos: «Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios».

Jesús aplica la parábola diciendo que no sólo no hay que ser avaro y «amontonar riquezas para sí mismo», sino que hay que crecer en las cosas de Dios, lo que es valioso a sus ojos.

Hay un matiz en los verbos de esta última frase que no debemos dejar pasar por alto. El primero se refiere a «amontonar» y se refiere a acumular; el segundo «hacerse rico» no se refiere siempre a las cosas, equivale más bien a «prosperar», crecer hacia Dios, al servicio de Dios, de la manera como quiere Dios, atendiendo a los valores del Reino. mirando a Dios como fin, como la plenitud de todo bien y de toda felicidad. El rico de la parábola no se preocupó por lo primero y descuidó lo segundo, lo que realmente importaba.

El hombre que no es rico en la presencia de Dios es por tanto pobre, no importa la cuantía de sus bienes materiales; amontonar riquezas, puede empobrecer a una persona ante las cosas que realmente son importantes y que le dan sentido a la existencia. La vida es un don, y sólo Aquél que nos la dio puede decirnos dónde está su sentido y de qué manera ella alcanza su plenitud.

Quien hace planes para la vida y piensa sólo en sus necesidades y exigencias materiales, sacando a Dios y al prójimo, ya dio el primer paso equivocado: será como un muerto en vida, aislado en su egoísmo.

Conclusión

El discípulo de Jesús está llamado a ser feliz. Su pensamiento y acción no se dejan llevar por la mentalidad de una sociedad consumista; su proyecto de vida no queda incrustado en el estrecho horizonte del disfrute de la vida terrena.

Un discípulo de Jesús sabe donde tiene puesto su corazón; promueve la calidad de vida para si y para su prójimo; sabe descansar sin acomodarse; su corazón es profundamente libre y no se aferra a las cosas, porque las motivaciones de su corazón son de largo alcance; sólo la vida que se orienta a Dios y al prójimo tiene sentido y trascendencia.

Un discípulo de Jesús vigila su corazón, para no perder la libertad; sabe caminar, sufrir alegrarse, con la mira puesta en Dios de quien todo procede y a quien todo se dirige y así vive sencillamente feliz.

 

[1] F. Oñoro, La lamentable ilusión del rico. Lectio Divina. Lucas 12, 13-21. CEBIPAL/CELAM

Creían que Juan era un profeta.

0
HerodesTiempo Ordinario

Sábado de la XVII semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (14, 1-12)

En aquel tiempo, el rey Herodes oyó lo que contaban de Jesús y les dijo a sus cortesanos: “Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas”.

Herodes había apresado a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, pues Juan le decía a Herodes que no le estaba permitido tenerla por mujer. Y aunque quería quitarle la vida, le tenía miedo a la gente, porque creían que Juan era un profeta.

Pero llegó el cumpleaños de Herodes, y la hija de Herodías bailó delante de todos y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que le pidiera. Ella, aconsejada por su madre, le dijo: “Dame, sobre esta bandeja, la cabeza de Juan el Bautista”.

El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por no quedar mal con los invitados, ordenó que se la dieran; y entonces mandó degollar a Juan en la cárcel. Trajeron, pues, la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.

Después vinieron los discípulos de Juan, recogieron el cuerpo, lo sepultaron, y luego fueron a avisarle a Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El tetrarca Herodes del que habla este Evangelio forma parte de la misma dinastía que la familia real de los Evangelios de la infancia. Una vez más, el Herodes de turno tiene miedo de perder su poder. Su predecesor tuvo miedo de la noticia que le comunicaron los Magos y que confirmaban las Escrituras. En efecto, la Palabra de Dios no deja nunca las cosas como están, pide a todos un cambio en su vida, en sus actitudes, en los pensamientos de su corazón.

El Herodes de la infancia de Jesús, para conservar su poder, ordenó aquella cruel masacre de niños inocentes. La defensa de uno mismo lleva fácilmente a eliminar a aquel que cree ser el adversario. Por eso Jesús pide que extirpemos de raíz todos los pensamientos malos: si los dejamos crecer, tienden a la eliminación del otro.

También este Herodes se ha dejado engullir por el torbellino de la violencia. Sin duda se sentía interpelado por la claridad de la palabra de Juan que le reprendía a causa de su mal comportamiento. Por eso Herodes lo encarceló, y pensó que de ese modo ya no oiría su voz. No obstante, no quería matarlo. Pero la insistencia de su hija y su propio orgullo lo llevaron a realizar un gesto que no quería hacer. Y ordena decapitar al profeta.

Podríamos decir que un capricho fue suficiente para acallar la palabra profética que ayudaba y aliviaba a muchos. Pero ¿no pasa todavía lo mismo aún hoy cuando dejamos que nuestros caprichos nos sorprendan y dejamos de escuchar?

La muerte del Bautista sonó muy amarga para Jesús. Era una advertencia también para él si continuaba por el camino de la profecía. Pero Jesús no se detuvo, aunque continuar predicando el amor lo llevaría hasta la cruz. Es el camino del testimonio hasta el final. Los millones de mártires del siglo XX son un ejemplo de testimonio evangélico que tenemos que guardar con atención y con admiración. (Paglia, p. 301-302)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 301-302.

La incredulidad de la gente de Nazaret

0

jesus en la sinagoga.jpg

Tiempo Ordinario

Viernes de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 54-58)

En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: “¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?” Y se negaban a creer en él.

Entonces, Jesús les dijo: “Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa”. Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús vuelve a Nazaret, a su «patria», entre los «suyos». Los habitantes de Nazaret conocían bien a Jesús: lo habían visto crecer, habían jugado con él, habían estado con él en la sinagoga. Ahora vuelve a estar entre ellos.

Jesús no se presenta como otro hombre, no asume otras apariencias. Continúa siendo el mismo, pero con una sabiduría que los suyos no logran entender y que les escandaliza. La reacción de los habitantes de Nazaret -reacción del miedo, de la costumbre, del conformismo, de la superficialidad- es profundamente triste: cada cual es lo que es, nadie puede cambiar de verdad; si siempre somos iguales, ¡es inútil soñar!

Pueden cambiar algunos rasgos, las apariencias, pero al final ¡uno es siempre igual! La consecuencia es que nunca se puede hacer nada, no vale la pena. Es la sabiduría resignada y realista de este mundo: la gente cree saberlo todo, pero no conoce el amor, el corazón, la vida.

Estamos informados de todo lo que pasa en el mundo; tenemos noticias en directo, pero no entendemos con el corazón, sabemos amar poco y al final todo es igual a lo poco que ya conocemos.

Los que de verdad conocen a Jesús son los pobres, los pecadores, aquellos que confían en él, que necesitan ser amados, que no hacen de la desconfianza la verdad, que no se creen justos. Los pequeños -y todos estamos llamados a volvemos pequeños- comprenden quién es Jesús. ¡Cuántas veces somos como los habitantes de Nazaret! ¡Es nuestro corazón, el que es siempre igual, no Jesús! ¡Al Señor no se le conoce de una vez por todas! Si lo escuchamos con el corazón nos revelará, en las distintas épocas de nuestra vida, el misterio siempre nuevo de su amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 300-301.

El reino… se parece a la red de los pescadores

0

red

Tiempo Ordinario

Jueves de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 47-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.

¿Han entendido todo esto?” Ellos le contestaron: “Sí”.

Entonces él les dijo: “Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.

Y cuando acabó de decir estas parábolas, Jesús se marchó de allí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús continúa hablando en parábolas y anunciando que está a punto de llegar el momento en el que el amor de Dios reinará sobre la vida de los hombres y será derrotada la violencia del mal. Todo eso, sin embargo, aunque empieza por iniciativa de Dios, no sucede sin la participación de los hombres.

Jesús utiliza en su parábola la imagen de la red de pesca. Suele ser una red muy grande que se cala en semicírculo en el agua y se arrastra hasta la playa. Esta red, dice Jesús, atrapa una gran cantidad de peces. Jesús quiere subrayar que el reino de Dios es grande, es para todos los hombres, sin distinción alguna.

«Cuando está llena -dice Jesús-, la sacan a la orilla». La red tiene que estar llena antes de arrastrarla hasta la orilla. En este comentario destaca también la generosidad y la grandeza del amor de Jesús. También en la parábola del sembrador la semilla se esparce por doquier, sin elegir un terreno. ¡Qué diferencia con nuestras limitadas, egocéntricas, perezosas y avaras medidas! El reino del Señor quiere abrazar a todos.

Es una invitación que se dirige también a nosotros para que generosamente tiremos la red, para que generosamente intentemos de todos modos comunicar el Evangelio hasta los extremos de la tierra. Cuando la red está llena de peces, la llevan a la orilla, donde hacen la selección, el juicio: los peces buenos son separados de los malos. Pasará lo mismo entre ovejas y cabras, como explica Mateo en el juicio universal. Los justos son los que han amado.

La distinción entre buenos y malos estará precisamente en la atención al prójimo. El Señor tiene un juicio de amor, que nos ayuda a decidir no dejar perder un amor tan grande. Jesús, al final, pregunta a los discípulos si lo han entendido. Quiere que sus palabras entren en el corazón. Y Jesús dice a los discípulos que si comprenden el sentido del Reino de los Cielos se convierten en doctores de la nueva ley, es decir, adquieren la sabiduría que viene del Evangelio pero también saben valorar las «cosas antiguas», es decir, lo que recibimos de la sabiduría simplemente humana.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 299-300

El tesoro y la perla

0

tesoro

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XVII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 44-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Las dos parábolas muestran la decisión del campesino, primero, y del mercader, después, de vender todo lo que tienen para apostarlo todo por el tesoro que han descubierto.

En la primera se habla de un campesino que casualmente lo encuentra en el campo en el que está trabajando. Como el campo no es suyo debe comprarlo si quiere apropiarse del tesoro. De ahí la decisión de arriesgar todos sus bienes para no dejar pasar aquella ocasión realmente excepcional.

El protagonista de la segunda parábola es un rico traficante de piedras preciosas que, como experto que es, ha detectado en el bazar una perla de gran valor. También él decide apostarlo todo por aquella perla, hasta el punto de que vende todas las demás

Ante el tesoro la decisión es clara y firme. Hay que vender todo cuanto se tiene para comprarlo. Hay que tener una inteligencia y una astucia mercantil no indiferente, como demuestra la secuencia de acciones de los dos compradores: encontrar y esconder, vender y comprar. Lo que venden es poco en comparación con lo que compran.

El «Reino de los Cielos» vale ese sacrificio y la venta de cosas de menos valor. El mensaje evangélico es clarísimo: no hay nada que valga tanto como el reino de Dios, y por él se puede dejar todo. Es una decisión inteligente, además de conveniente. El problema es comprender la alegría y la plenitud de vida que se nos presenta «inesperadamente», como inesperadamente se presentaron a aquel campesino y a aquel mercante que hoy nos indican con eficacia el camino que hay que seguir.

Muchas veces nosotros pensamos que el Evangelio impone una renuncia, un sacrificio, que nos pide algo duro y poco personal. Pero en realidad es exactamente lo contrario: es encontrar en nuestra vida, por la providencia de Dios, la cosa más valiosa, por la que con alegría y de prisa vamos a vender todo lo que tenemos. Esa es la alegría del «sígueme» de Jesús, el tesoro más precioso, que nos trae una vida plena y que nos da todo cuanto necesitamos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 298-299.

Explícanos la parábola de la cizaña

0
espigadores.jpgTiempo Ordinario

Martes de la XVII semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (13, 36-43)

En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a su casa.

Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo”.

Jesús les contestó: “El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del demonio; el enemigo que la siembra es el demonio; el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados, y los arrojen en el horno encendido.

Allí será el llanto y la desesperación.

Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Los discípulos le piden a Jesús que les explique la parábola de la cizaña. Hay momentos de intimidad entre Jesús y los discípulos en los que es más fácil pedir y sincerarse. Podemos comparar estos momentos a los que toda comunidad vive cuando se reúne para la oración común. Jesús está presente allí donde se reúnen dos o tres en su nombre. Escuchar en común la Palabra de Dios tiene un valor y una gracia particulares, que provienen de su presencia.

Jesús, tras reunir a los discípulos, les explica la parábola casi palabra a palabra, imagen a imagen, para que no quede nada oscuro. Es aquella relación de amistad que destaca sobre todo Juan cuando, por ejemplo, Jesús dice a los discípulos: «No los llamo ya siervos … porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer» (Jn 15, 15).

La amistad con Jesús permite entrar de manera profunda en el sentido del Evangelio. Él mismo explica a los discípulos que la semilla buena y la cizaña crecen juntas. No hay campos separados, como en una división maniquea: los buenos a un lado y los malos, al otro. La cizaña, el mal, está presente en el mundo y en el corazón de los creyentes, así como en la misma comunidad de discípulos.

El bien y el mal viven en todos los pueblos, en todas las culturas, en todas las comunidades, en todos los corazones. Y mientras que a lo largo de la historia hay el momento de la paciencia, cuando llegue el fin de la historia habrá la siega, el tiempo del juicio y de la separación. En el corazón del Señor siempre hay esperanza de que la cizaña se pueda transformar en trigo, y todos somos responsables de eso.

Es necesario que los creyentes se comprometan a cambiar aquella cizaña que hay en ellos, y a transformar la que hay en el corazón de los demás.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 297-298.

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro

0
Marta.jpg 29 de julio

Santa Marta

Textos

† Del evangelio según san Juan (11, 19-27)

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»  Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»  Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»  Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»  Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» Palabra del Señor

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

En este relato es Jesús mismo quien se manifiesta claramente diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida”.  Estos dos términos, desde la perspectiva del evangelio constituyen una misma realidad.

Marta es quien provoca esta declaración de Jesús y también la primera en admitirla con fe: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Su confesión de fe está completamente acorde con el propósito de evangelio de Juan.

Su confesión es la proclamación de que en Jesús está la vida, una vida que está a punto de manifestarse en la resurrección de su hermano Lázaro, pero sobre todo una vida que se le comunica en la intensa amistad.

Marta entra en escena como una discípula que, movida por la fe, está convencida de que su plegaria será escuchada por Jesús: «sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

La resurrección y la vida expresan el sentido último de la misión de Jesús: comunicar plenamente a los hombres la vida.

La comunión con Jesús garantiza esta vida aquí y más allá de la muerte. Marta no necesitará que Jesús vuelva a su casa el día de su muerte a resucitarla también a ella, porque ella precisamente ha comprendido que desde este momento por su fe en Jesús ya comenzó la resurrección: «el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

Vale la pena que reconstruyamos ahora por nuestra cuenta el camino de la fe que realiza Marta en el pasaje que leemos hoy y dejemos que impregne también el nuestro.

 

 

[1] F. Oñoro. La resurrección de Marta. “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” Lectio Divina de Juan 11, 19-27. CEBIPAL/CELAM

 

Marta.jpg

Trigo y cizaña

0

trigo

Tiempo Ordinario

Sábado de la XVI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (13, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre: “El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó.

Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña.

Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: ‘Señor, ¿qué no sembraste buena semilla en tu campo?

¿De dónde, pues, salió esta cizaña?’ El amo les respondió: ‘De seguro lo hizo un enemigo mío’.

Ellos le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él les contestó: ‘No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y, cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla; y luego almacenen el trigo en mi granero’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El propietario del campo de la parábola tiene un comportamiento totalmente singular. Se da cuenta de que un enemigo ha sembrado cizaña allí donde él había sembrado semilla buena. No obstante, cuando los siervos le refieren lo sucedido, él les impide cortar la hierba desde el inicio. ¿Por qué aquel propietario frena el celo de los que, al fin y al cabo, solo quieren defender su hacienda? Esta pregunta nos hace entrar en el misterio abismal del amor de Dios, que es más grande que nuestras lógicas.

Podríamos decir que con esta parábola empieza la historia de la tolerancia cristiana, porque corta de raíz la hierba mala -esta sí, realmente mala- del maniqueísmo, de toda distinción entre buenos y malos, entre justos e injustos. Contiene no solo la invitación a una tolerancia ilimitada, sino incluso al respeto por el enemigo, incluso si se trata de un enemigo no solo personal sino de la causa más justa y más santa, de Dios, de la justicia, de la nación o de la libertad.

Sigue siendo un misterio aquel enemigo que, mientras todos dormían, siembra entre el trigo la división, la hierba inútil y ahoga la buena. Es el misterio del mal al que no hay que responder con otro mal, sino con la fuerza de la esperanza, protegiendo el trigo. También es un desafío a vigilar con mayor atención para no dormirnos mientras continúan sembrando cizaña.

La decisión del propietario, tan alejada de nuestra lógica y de nuestros comportamientos, sienta las bases de una cultura de la paz. Hoy, mientras proliferan trágicos conflictos, esta parábola evangélica es una invitación al encuentro y al diálogo. Dicha actitud no es signo de debilidad ni de cesión, pues no se trata de tolerar el mal sino de no matar a los pecadores. El Señor concede a todos los hombres la posibilidad de bajar hasta lo más profundo de su corazón para encontrar la huella de Dios y de su justicia y cambiar de vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 294-295.

Santiago, hijo de Zebedeo

0
Santiago-el-Mayor-El-Greco 25 de julio

Santiago, Apóstol

Textos

† Del evangelio según san Mateo (20, 20-28)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición.

El le preguntó: “¿Qué deseas?” Ella respondió: “Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino”. Pero Jesús replicó: “No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?”.

Ellos contestaron: “Sí podemos”.

Y él les dijo: “Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado”.

Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús había conocido a Santiago a orillas del mar de Galilea y lo había llamado a seguirle, junto a su hermano Juan. Santiago llamado el «mayor», para distinguirlo del otro Santiago, empezó su camino de discípulo cuando respondió de inmediato a la invitación de Jesús a seguirlo.

Como todos los demás, no siempre comprendió el plan de amor del Señor para su vida y también él, como los demás, se dejó vencer por la tentación de pedir un lugar, un papel. En realidad, ser discípulo requiere ante todo escuchar al Maestro y no procurarse un lugar. Por desgracia es muy fácil caer en la tentación de ser maestro de uno mismo. Y a veces pasa de manera sutil, cuando intentamos realizarnos a nosotros mismos, como se suele decir.

¡Para realizarnos a nosotros mismos tenemos que salir de nosotros mismos, y no ponemos en el centro u ocupar los primeros puestos! El discípulo escucha ante todo al maestro para hacerse similar a él y para recibir de él la misión que debe llevar a cabo.

Ser discípulo requiere estar siempre con atención cerca del Señor, escuchar continuamente la Palabra de Dios. En ese sentido, no se puede ser discípulo de una vez por todas. Hay que decidir cada día escuchar la Palabra y seguirla. El episodio que narra Mateo pone de manifiesto la dificultad que tenemos cada uno de nosotros para seguir al Señor.

La madre de aquellos dos hijos no hizo nada ingenuo al pedir un lugar para ellos a la diestra de Jesús. Y la reacción celosa de los demás no se hace esperar. Jesús, con paciencia, corrige y continúa hablando con todos ellos.

El encuentro con Jesús resucitado y la acogida del Espíritu Santo en su corazón hicieron de Santiago un testigo del Evangelio hasta derramar su sangre. Según la tradición fue el primer apóstol que sufrió el martirio. Aquel día Santiago probó el mismo cáliz que bebió Jesús. Su vida se había igualado a la del Maestro: la había gastado para los demás. Es lo que le había pedido su Señor. Y obedeciendo hasta el final, Santiago llevó a cabo la misión que Jesús le había encomendado.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 291-292.

Salió un sembrador a sembrar

0
sembrador Tiempo Ordinario

Miércoles de la XVI semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (13, 1-9)

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla.

Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo: “Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron.

Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Todo el capítulo 13 de Mateo está consagrado a la enseñanza de las parábolas de Jesús y a la explicación de algunas de ellas. En total aparecen siete parábolas sobre el tema del Reino, recogidas por el evangelista en este capítulo. Tienen como escenario -más que sugestivo- el lago de Genesaret y la barca desde donde habla Jesús. De ahí que, por lo general, estas parábolas reciban unas veces el nombre de «parábolas del lago» y otras el de «parábolas del Reino». Mateo pretende mostrar con estas palabras la fuerza misteriosa del Reino de Dios, que, a través de muchos obstáculos, vence al mal arraigado en el mundo.

La primera de estas parábolas es la del sembrador. Bajo las sencillas apariencias de una descripción de la siembra, circunstancia conocida por todos, la parábola brinda una gran enseñanza, comprensible en buena parte para todos, en virtud de la magistral plasticidad del relato.

En primer lugar, están el sembrador (que presenta al mismo Jesús) y la semilla (la Palabra de Dios). Vienen, a continuación, las diferentes clases de tierra, con sus obstáculos, y las diferentes vicisitudes que encuentra la semilla en su crecimiento. En función de las dificultades con que se encuentre, la semilla se desarrollará o no, e incluso llegará a secarse y morir.

El último cuadro de este crescendo en la «carrera de obstáculos» nos muestra la «tierra buena», que se abre de manera generosa para recibir la semilla. Aparece asimismo un detalle tomado de la experiencia cotidiana de la cosecha: en la misma tierra buena se produce una cantidad diferente de fruto, pues algunas espigas dan el ciento por uno, otras el sesenta, otras el treinta. En la parábola, todo está en función de un solo resultado: el crecimiento de la semilla.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., X, 373-374.

Estos son mi madre y mis hermanos

0
mi madre y mis hermanosTiempo Ordinario

Martes de la XVI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 46-50)

En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo entonces a Jesús: “Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo”.

Pero él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Estamos ante un episodio que narran todos los evangelios sinópticos -Marcos, Mateo y Lucas-. Jesús está hablando a la gente cuando llegan su madre y sus hermanos e intentan verse con él. Pero la gente que lo rodea impide que sus parientes se le acerquen. El Evangelista destaca que los parientes están «fuera», es decir, no están entre aquellos que le escuchan. No es una notación espacial sino más bien de disponibilidad a escuchar.

Lo mismo le sucede a todo aquel que se siente tan «pariente» de Jesús, es decir, miembro de la institución, que ya no siente la necesidad de escuchar la Palabra de Dios, que ya no siente la necesidad de ser ayudado. A quien le dice que fuera están su madre y sus hermanos que le esperan, Jesús le contesta diciendo que su madre y sus parientes son los que le escuchan, o sea, los que están «dentro» para escuchar la predicación del Evangelio.

Para un mundo, como el judío, que consideraba las relaciones de sangre como un factor determinante para determinar la pertenencia religiosa, este reconocimiento de los familiares era realmente desconcertante. Jesús, en realidad, quería mostrar claramente a su nueva familia, que está formada por sus discípulos, por aquellos que le siguen, por aquellos que confían en él.

El vínculo de la sangre y del clan, el vínculo de nación o de patria, los vínculos de cultura o de raza, no tienen ninguna trascendencia para el reino de Dios. Y no solo eso sino que a veces hacen que nos cerremos a los demás en lugar de abrirnos. La Palabra de Dios purifica esas relaciones para que sean fraternas y no sean motivo de cerrazón y de lucha. La Palabra de Dios purifica las relaciones «naturales» y crea otras nuevas mediante la obra del Espíritu que se infunde en los corazones.

Escuchando la Palabra de Dios nace una nueva familia, mucho mayor y firme que la natural. Sus lazos no se basan en nosotros sino en la Palabra de Dios. La comunidad cristiana, para los que están solos, los abandonados, los afligidos, los perseguidos, es muchas veces la única familia que acoge y protege, y está llamada a ser para todos ejemplo de vida fraterna.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 290-291.

María Magdalena, apóstol de la esperanza

0

María Magdalena.jpg

22 de Julio

Santa María Magdalena

Textos

† Del evangelio según san Juan (20, 1-2. 11-18)

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.

Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer,

¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabbuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre.

Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’”.

María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy encontramos a aquella que, según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús resucitado: María Magdalena. Había terminado hacía poco el descanso del sábado. En el día de la Pasión no hubo tiempo para completar los ritos fúnebres; por esto, en esa alba llena de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús con los ungüentos perfumados. La primera en llegar es ella: María Magdalena, una de los discípulos que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente. En su recorrido hacia el sepulcro se refleja la fidelidad de tantas mujeres que son devotas durante años a los caminos de los cementerios o las criptas fúnebres, en recuerdo de alguien que ya no está. Las uniones más auténticas no se rompen ni siquiera con la muerte: hay quien continúa queriendo, aunque la persona amada se haya ido para siempre.

El Evangelio describe a la Magdalena destacando enseguida que no era una mujer de entusiasmos fáciles. De hecho, después de la primera visita al sepulcro, ella vuelve decepcionada al lugar donde los discípulos se escondían; cuenta que la piedra fue movida de la entrada al sepulcro, y su primera hipótesis es la más sencilla que se puede formular: alguien ha robado el cuerpo de Jesús. Así el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino un robo que alguien desconocido ha perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía.

Después los Evangelios cuentan un segundo viaje de Magdalena hacia el sepulcro de Jesús. ¡Era cabezota! Fue, volvió… ¡porque no se convencía! Esta vez su paso es lento, muy pesado. María sufre doblemente: ante todo por la muerte de Jesús, y después por la inexplicable desaparición de su cuerpo.

Es mientras ella se arrodilla cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, que Dios la sorprende de la forma más inesperada. El evangelista Juan subraya cuánto es persistente su ceguera: no se da cuenta de la presencia de dos ángeles que le preguntan, y tampoco sospecha viendo al hombre a sus espaldas, que ella pensaba que era el guardián del jardín. Y sin embargo descubre el acontecimiento más asombroso de la historia humana cuando finalmente es llamada por su nombre: «¡María!».

¡Qué bonito es pensar que la primera aparición del Resucitado —según los Evangelios— sucedió de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. Es una ley que encontramos esculpida en muchas páginas del Evangelio. En torno a Jesús hay muchas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, está sobre todo Dios que se preocupa por nuestra vida, que la quiere revivir, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros Dios nos llama por el propio nombre: nos conoce por el nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros experimenta esto.

Y Jesús la llama, «¡María!»: la revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de cada hombre y mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vacío. Los Evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús no es una alegría dada con cuentagotas, sino una cascada que abarca toda la vida. La existencia cristiana no está tejida con felicidad suave, sino de olas que cubren todo. Intentad pensar también vosotros, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en su corazón, que hay un Dios cercano a nosotros que nos llama por nuestro nombre y nos dice: “¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!”. Esto es bonito.

Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que en él perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios —me permito la palabra— es un soñador: sueña la transformación del mundo, y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.

María quisiera abrazar a su Señor, pero Él está ya orientado al Padre celeste, mientras que ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así esa mujer, que antes de encontrar a Jesús estaba a merced del maligno, ahora se ha convertido en apóstol de la nueva y más grande esperanza. Su intercesión nos ayude a vivir también a nosotros esta experiencia: en la hora del llanto y del abandono, escuchar a Jesús Resucitado que nos llama por nuestro nombre, y con el corazón lleno de alegría ir y anunciar: «¡He visto al Señor!» . ¡He cambiado de vida porque he visto al Señor! Ahora soy distinto que antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Esta es nuestra fuerza y esta es nuestra esperanza.

[1] Francisco, María Magdalena, apóstol de la esperanza, catequesis en la Audiencia General. 17 de mayo de 2017

 

María, se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra

0
marta y mariaTiempo Ordinario

Domingo de la XVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 38-42)

En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.

El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria.

María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Este Domingo, consideramos la segunda nota distintiva de los discípulos misioneros de Jesús que nos presenta san Lucas. La primera es la misericorida, el evangelio nos habló de ella el domingo pasado; la tercera es la oración y tendremos ocasión de considerarla el próximo domingo.

Antes de adentrarnos en los elementos que nos ayuden a una mejor comprensión de este texto bíblico es conveniente hacer una anotación.

Anotación

La intepretación de los textos bíblicos evoluciona con el paso del tiempo, es profundizada por los estudios de la sagrada escritura, que con nuevos descubrimientos arquelógicos o filológicos, llevan a nuevos planteamientos exegéticos y estos, a su vez piden renovar la interpretación de los textos. También la lectura que hacemos los creyentes a lo largo de la historia vierte sobre los textos categorías propias de cada contexto histórico que influyen en la inteligencia que logramos tener de los mismos.

El texto que leemos este domingo ha sido suceptible también de interpretaciones que hoy tendríamos que ser cuidadosos de proponer pues parcializan o deforman el mensaje; por eso, tan solo escuchar su proclamación del evangelio pensamos en dos formas distintas y excluyentes de vivir el compromiso cristiano, uno marcado por la oración y la contempación y el otro por el dinamismo del compromiso apostólico. Lo delicado sobreviene cuando se hace una valoración de estos estilos de vida e interpretando las palabras del evangelio «María escogió la mejor parte» se contraponen, definiendo que que la dedicación a las cosas espirituales es superior respecto al compromiso apostólico o misionero.

La lectura atenta del texto, pero sobre todo, el testimonio de Jesús, nos hace entender que no es la intención del Señor ni del evangelista definir dos estilos de vida cristiana, contrapuestos ni superior uno respecto del otro. La oración y la misión son distintivos escenciales de la vocación cristiana y confluyen en cada persona que es llamada y se decide a recorrer con Jesús el camino a Jerusalén. Nos encontramos pues ante un texto que de manera extraordinaria nos hace entender que el cristiano es discípulo misionero o no puede considerarse tal.

El texto

Contemplamos la visita de Jesús a la casa de Marta y de María y la distinta hospitalidad que estas hermanas le ofrecieron. No es seguro que se trate de las hermanas de Lázaro, pues estás vivían en Betania, que se localiza en Judea como nos dice el evangelio de Juan. En el texto que leemos, no se indica el lugar, pero por el itinerario que sigue Jesús en su camino a Jerusalén, sabemos que pasará por Betania sólo al final de su largo viaje.

El caso es que Jesús sigue su camino a Jerusalén, y al pasar por un poblado se detuvo en la casa de estas dos hermanas que eran conocidas suyas.

La hospitalidad: una actitud sacramental

Leemos en nuestro texto que «una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa». El nombre significa: “señora de la casa”, indica a una mujer cabeza de hogar, que tiene la autoridad de la casa. A Jesús se le dispensa la acogida de un huésped. La llegada del visitante altera el ritmo doméstico: se despliegan distintas energías para atenderle. Distinguimos dos modalidades en la hospitalidad, la de María y la de Marta.

La hospitalidad de María. La hermana de Marta dedica su tiempo a la persona de Jesús, «se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra»; la imagen recuerda la posición de un discípulo con relación a su maestro; indica el interés por aprender recibiendo con docilidad la “Palabra”. En Lucas escuchar la “Palabra” indica la predicación y se refiere a la formación del discípulo. Es notorio que Jesús anime a una mujer a aprender. Los maestros de la ley juzgaban qe no correspondía a las mujeres profundizar en las enseñanzas de laley de Dios. Sin embargo, María con la complacencia de Jesús rompe esa norma, como reclamando su derecho a ser discípula, a conocer directamente de los labios de Jesús la buena nueva.

Con sus gestos y palabras, Jesús libera a la mujer de una concepción que la mantiene en una situación de segundo plano, confinándola a los quehaceres propios de una ama de casa; Jesús ve las cosas de manera distinta, en otro texto del mismo evangelista, se nos dice al hablar de los discípulos de Jesús que «lo acompañaban los doce y algunas mujeres» (8,2). Así, sin confrontarse con nadie, al permitir a María asumirse como discípula, presentó a la mujer una alternativa de igualdad, que todavía hoy, es una lección de profundas enseñanzas para la sociedad civil y para la Iglesia.

La hospitalidad de Marta. La anfitriona, en contraste con su hermana, «se afanaba en diversos quehaceres». Estaba afanada, atareada; así se describe a Marta, absorta en los oficios de la casa, concentrada en su deber de ama de casa. El texto parece indicar que Marta también quería escuchar a Jesús pero «los diversos quehaceres» de la hospitalidad se lo impedían. Los quehaceres son las tareas que son propias del servicio de la casa para la acogida del huésped, sobre todo el servicio de la mesa; en Lucas describen, de fondo, el servicio eclesial, que genera un gran desgaste en quienes se dedican a hacer el bien a los demás.

Marta es el prototipo de la persona atareada que siempre tiene mil cosas que hacer; que vive atrapada en sus tareas; que se desvive por atender, que se siente segura y en posesión de la verdad, pero es esclava de su propio estilo de vida, cerrado a la novedad y carente de alegría; tiene en casa a Jesús, que  anuncia una Buena Nueva, de bienaventuranza y alegría, pero ensimismada, afanada en sus quehaceres, no es capaz de descubrir la novedad que significa para su vida el camino del evangelio.

La hospitalidad: una actitud que tiene valor sacramental. Es un signo que hace visible la experiencia que ha tenido de Dios el hombre o la mujer que son hospitalarios, no consiste sólo en ofrecer hospedaje y alimentos, sino sobe todo en acoger al otro como hermano, prestar atención a su persona, a su historia, a sus necesidades, para ello es necesario escuchar, conversar, intercambiar opiniones, ayudarse y establecer lazos de auténtica amistad; cuando. esto sucede, la hospitalidad es en sí misma buena noticia, testimonio del evangelio.

Sin embargo, poco a poco los espacios donde vivimos se van convirtiendo en lugares inhóspitos; a las personas desconocidas no se les dispensa un trato humano, mucho menos fraterno; es cierto que el clima es de inseguridad, pero eso no justifica ver en cualquier persona ajena a nuestro pequeño mundo un potencial delincuente. Habría que cambiar las estrategias, y no caer en la tentación de hacer de nuestra casa un bunker inaccesible, madriguera donde reina el miedo sino una espacio confiable, seguro, donde lo menos que se hace es dispensar un sonrisa a quien pase por sus cercanías. El evangelio de este domingo se presenta como símbolo y paradigma de la hospitalidad cristiana.

El diálogo de Marta con Jesús

Marta protesta porque Maria la «ha dejado sola con todo el quehacer»; este reclamo suscita un diálogo entre Marta y Jesús, que al mismo tiempo que resuelve la crisis, ofrece una enseñanza central. Marta ha perdido la paciencia, pide la intervencion de Jesús para que haga a María colaborar con ella. Se dirige a Jesús como “Señor”, lo reconoce como Maestro.

Le hace una reclamación en forma de pregunta «¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer?». El «no te ha dado cuenta» tiene una connotación de despecho, de quien reclama para si una mayor consideración, como si dijera ¿yo no te importo?

En seguida le da una orden: «dile que me ayude»; Marta le dice a Jesús que es lo que tiene que hacer, le indica indirectamente qué es lo que debe enseñar a su hermana María. Marta quiere honrar a Jesús, pero no lo deja ser su Maestro, por el contrario le indica con autoridad que intervenga, le dice incluso cómo, para resolver las situación.

Jesús responde; en su respuesta no fijamos en tres detalles. El primero: la llama por su nombre: «Marta, Marta»; la repetición del nombre indica que le habla con cariño, pero también con firmeza; la interpela desde el fondo de su identidad. Con sus palabras Jesús corregirá con suavidad la buena voluntad de Marta orientando el desgaste de sus energías en la dirección correcta.

El segundo: le hace caer en cuenta de su situación: «muchas cosas te preocupan y te inquietan». La referencia a la preocupación, describe un estado de ansiedad, de agitación interna que corta la respiración; esta actitud no corresponde a un discípulo que tiene experiencia de la providencia del Padre. Se trata de una situación de división interna, en la cual la atención de las tareas inmediatas para sobrevivir desvían el corazón de lo esencial: Dios Providente. La referencia a la inquietud, reafirma lo anterior, describe el nerviosismo externo, causado por la presión que somete al estrés y lleva a la tribulación, ésta se refleja finalmente en una actitud de fastidio.

El tercero; le da una lección: «… una sola es necesaria». No quiere decir que lo que Marta hacía no fuera importante, pero si señala que todo debe estar dentro de una jerarquía de valores.

La enseñanza de Jesús.

La situación en que se encuentra y el diálogo con Marta, ofrece a Jesús la oportunidad de enseñar cinco cosas importantes para quienes caminan con él.

  1. La tensión que vive Marta la debe enfocar de otra manera ¿qué es lo necesario? Marta debe pensar en lo que ella necesita no en las necesidades de Jesús; Él no vino a que le ofrecieran un banquete, vino a ser su Maestro, a prestar el servicio de la enseñanza y ella necesita de la “Palabra” del Maestro.
  2. Marta no se preguntó primero que era lo que quería Jesús. También a nosotros, muchas cosas nos preocupan y nos inquietan y nos desgastamos haciendo muchas cosas por los demás, pero pocas veces nos preguntamos qué es lo que los demás necesitan, cuáles son sus necesidades más profundas; si nos detenemos en esto, descubriremos que lo que las personas a las que servimos necesitan es que les prestemos atención, que les mostremos interés, que les demos tiempo de calidad.
  3. María «escogió la mejor parte», Marta no se la puede quitar, María entendió lo que dice el Salmo 16 “Señor, tú eres mi alegría y mi herencia“.
  4. El servicio y la escucha no se contraponen. La escucha de la Palabra llevaría a María a actuar. Recordemos que el mismo evangelio más delante dirá: «dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica», y lo que dijo Jesús al doctor de la ley del domingo pasado: «vete y haz tú lo mismo»; y viceversa, el servicio de Marta será no lo que ella considere que debe hacer, sino la respuesta obediente a lo que el Señor quiere que haga. La escucha de la Palabra libera de la rigidez de quien cree tener el control de todas las cosas; la Palabra libera el corazón de la ansiedad.
  5. «Una sola [cosa] es necesaria». Jesús quiere educar a sus discípulos en la unidad de vida; ésta es signo de madurez y de consistencia personal. Las acciones, las actividades, los compromisos por causa de Jesús brotan de una única fuente: la Palabra, escuchada con reverencia, pone nuestra vida en sintonía con la de Jesús y orienta nuestros pasos por su camino que conduce a la plenitud de la vida en el Reino del Padre. Unificando la escucha de la Palabra y el servicio, el discípulo cumple un requisito fundamental: la dedicación total al Señor.

Conclusión

Necesitamos tiempos de calidad para el diálogo profundo con Dios, con nosotros mismos y con los hermanos. Necesitamos tiempos de calidad para poner la vida en orden, para reposar el corazón y reflexionar. Necesitamos tiempos de calidad para orar.

La parábola del Buen Samaritano nos enseñó que el amor se hace servicio a los hermanos;

¡Qué importante es servir! Nuestra vocación es el servicio pero también es la comunión con Dios; de ésta brota el servicio.

El evangelio no nos describe dos estilos de vida o dos vocaciones; la vida discipular tiene un doble ritmo: concentra y descentra; dicho con palabras del evangelio, el discípulo misionero tiene las manos de Marta y el corazón de María.

 

[1] F. Oñoro, A la escucha del Maestro; como discípulos sentados a sus pies. Lucas 10, 38-42, CELAM/CEBIPAL.  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 270-273.

Miren a mi siervo… en quien tengo mis complacencias

0
siervoTiempo Ordinario

Sábado de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 14-21)

En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él. Al saberlo, Jesús se retiró de ahí. Muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos y les mandó enérgicamente que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías: Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. No gritará ni clamará, no hará oír su voz en las plazas, no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea, hasta que haga triunfar la justicia sobre la tierra; y en él pondrán todas las naciones su esperanza. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús acaba de curar en la sinagoga-en sábado- a un hombre con la mano paralizada. Los fariseos ya no tienen ninguna duda y se reúnen para preparar un plan que lleve a la muerte de Jesús. Quieren hacerlo callar a toda costa. Jesús se da cuenta y se aleja retirándose a un lugar apartado. No es para estar tranquilo. Tan es así, que cura a todos los enfermos que le llevan. Pero no quiere hacerse ver.

No ha venido entre los hombres para que le alaben y le admiren, como a veces los discípulos están tentados de hacer, siguiendo, en esto, la actitud de los fariseos. Y con una larga cita de Isaías se presenta como «siervo», un siervo bueno, humilde, manso; no como un hombre fuerte o un poderoso al estilo de los poderosos de este mundo.

La verdadera identidad de Jesús y, por consiguiente, del cristiano es la que evitan los hombres, porque la consideran no adecuada, condenada al fracaso. Con todo, el más grande se hace siervo, porque solo así la vida de los hombres tiene sentido y futuro. Solo aprendiendo a dar, a pensar en los demás, a no tener miedo de amar encontramos nuestro yo.

Jesús, de hecho no emprende acciones políticas o empresas económicas para salvar al mundo del mal. Su compromiso es mucho más profundo: hay que arrancar desde lo más profundo, desde sus raíces que se clavan en el corazón de los hombres. Por eso afirma que «no gritará ni clamará», y que «no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea». Solo haciéndonos siervos amamos al otro. Ese es el camino de la humildad.

El camino del servicio nos hace útiles, nos hace mejores, fortalece nuestras debilidades, nos hace descubrir siempre lo que hay de hermoso en nuestro prójimo. Por eso el camino del Siervo es el mismo camino de Dios, el de rebajarse por un amor que llega incluso a lavar los pies, a morir para salvar a los demás.

Es el camino que Jesús indica a los discípulos de todos los tiempos. Es el camino que llega hasta el corazón, para cambiarlo, para curarlo, para sanarlo. El mundo empieza a cambiar cuando el corazón empieza a cambiar. La Iglesia y los cristianos están llamados a trabajar teniendo eso en cuenta.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 287.

Si ustedes comprendieran…  no condenarían…

0

sábado 

Tiempo Ordinario

Viernes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 1-8)

Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.

El les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes? ¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.

Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Los fariseos no pierden la ocasión para pensar mal de Jesús y de sus discípulos y acusarlo. Podríamos identificar el fariseísmo con la actitud de quien tiene miedo del mal pero lo busca en los demás y no en sí mismo. El fariseo piensa que se salva acusando a los demás, viendo la brizna pero continuando siendo incapaz de quitarse la viga de su ojo. Juzga pero no ama; observa pero no ayuda.

No es de extrañar que el fariseo sea indiferente a la petición de perdón y de curación de quien sufre. Le reprochan a Jesús que deje a sus discípulos recoger algunas espigas durante el camino en sábado. El maestro responde con dos ejemplos que demuestran la mezquindad y la ceguera de su corazón. Y sobre todo afirma, con las palabras de Oseas, la grandeza del corazón de Dios: «Misericordia quiero, que no sacrificio»).

El Señor no quiere una observancia fría y exterior de las normas, sino el corazón del creyente. Eso no significa que haya que despreciar las normas. Pero por encima de toda norma está la compasión, que es un don que debemos pedir a Dios porque no proviene de nuestro carácter ni de nuestras cualidades, sino de Dios.

Y en realidad, dicha dimensión, está presente desde siempre en la revelación bíblica. En algunos comentarios hebreos, por ejemplo, leemos: «el Sábado se les ha dado a vosotros, y no ustedes al sábado». Y algún comentarista explica que los rabinos sabían que la religiosidad exagerada podía poner en peligro el cumplimiento de la esencia de la ley: «No hay nada más importante, según la Torá, que salvar la vida humana … Incluso cuando no hay más que una remota probabilidad de que una vida esté en juego, se pueden descuidar las prohibiciones de la ley».

El Sábado muestra la presencia cariñosa de Dios en la historia de los hombres. El Señor Jesús es el rostro cariñoso de Dios. Por eso repite que quiere misericordia, no sacrificio. Jesús no viola la ley, sino que la cumple con el amor. Dios no da una norma, sino una palabra de amor para hacer plena la vida de los hombres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 286.

Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

0
Jesús Tiempo Ordinario

Miércoles de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 25-27)

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Este pasaje evangélico reproduce una oración que Jesús le hace al Padre: « Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla ». Jesús bendice al Padre y le da gracias porque ha dado a conocer el Evangelio del Reino a la «gente sencilla», que también se podría traducir por «pequeños».

Tiene ante sí a aquel pequeño grupo de hombres y mujeres que lo siguen. Entre ellos no hay muchos poderosos ni inteligentes; son mayoritariamente pescadores, empleados de bajo nivel y, en cualquier caso, personas de clase no alta. Si algún personaje de relieve se acerca a Jesús -como por ejemplo el sabio Nicodemo-, oye de boca de Jesús que debe «volver a nacer», volver a ser «pequeño», porque si no lo hace no podrá entrar en el Reino del Cielo.

El reino, efectivamente, es solo para los «pequeños». Es «pequeño» quien reconoce sus límites y su fragilidad, quien siente que necesita a Dios, lo busca y le confía su vida. El texto evangélico, sin embargo, no pretende despreciar a los «sabios e inteligentes» sino más bien advertir a aquellos que piensan como los escribas y los fariseos, es decir, los engreídos, los que están tan llenos de sí mismos que no necesitan a nadie, ni siquiera a Dios.

El sentimiento de autosuficiencia no solo aleja de Dios sino que fácilmente se traduce en desprecio por los demás. El discípulo, por el contrario, sabe que todo lo debe a Dios y a Jesús que nos lo ha revelado. Nosotros difícilmente sentimos que somos los sabios y los inteligentes de los que habla Jesús. Lo somos en la práctica: sabios de nuestras costumbres, de los juicios que ya ni nos inmutan; inteligentes hasta el punto de no escuchar a nadie y de creer que podemos prescindir de los demás.

La fe es ante todo el abandono confiado de los pobres, que no lo entienden todo pero se sienten fuertes porque se sienten amados y obedecen la Palabra de Jesús. Los pequeños no son en absoluto los que no comprenden o los que «se lo creen todo». Únicamente la confianza permite ver aquello que de otro modo resulta invisible. Todos podemos llegar a ser pequeños si seguimos el camino de la humildad, un camino que nos hace realmente grandes.

El Señor nos ha elegido para que, a pesar de nuestra pobreza, podamos participar en el gran sueño de Dios por el mundo, que no es otro que reunir a. todos los pueblos alrededor de Él para que vivan en la alabanza al Señor y en paz entre ellos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 283-284.

¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!

0
Ay de ti corazainTiempo Ordinario

Martes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 20-24)

En aquel tiempo, Jesús se puso a reprender a las ciudades que habían visto sus numerosos milagros, por no haberse arrepentido. Les decía: “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza.

Pero yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que para ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo, porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros que en ti se han hecho, quizá estaría en pie hasta el día de hoy. Pero yo te digo que será menos riguroso el día del juicio para Sodoma que para ti”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El amor apasionado de Jesús se convierte en reproche. Jesús ama y por eso ayuda a todos a ver su pecado. Reprende a su generación porque se había negado a acoger el plan salvador del Bautista y ahora rechaza también el mensaje de Jesús.

Así, Jesús se dirige a dos ciudades de Galilea que están cerca de Cafarnaún Y las increpa duramente: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!». Les reprocha que hayan rechazado su predicación a pesar de los milagros que ha hecho entre ellos. Los habitantes de ambas ciudades se han empecinado en no acoger el Evangelio y no convertirse.

Jesús recuerda dos antiguas ciudades paganas, Tiro y Sidón, que sin duda habrían hecho penitencia si hubieran visto los milagros hechos en Corazín y Betsaida. Es un grito de desánimo de Jesús, que ve cómo caen en saco roto años de predicación y de acción cariñosa con todos. La falta de acogida también es un misterio.

La autosuficiencia y el orgullo cierran el corazón y la mente. De ahí el severísimo juicio de Jesús. Y Jesús recrimina también a Cafarnaúm, donde moraba con sus discípulos: «¡Serás precipitada en el abismo!». Parece que Jesús no se refiere solo a los habitantes, sino a la ciudad misma. En efecto, hay un vínculo entre la ciudad y sus habitantes. Podríamos decir que la vida social es el resultado de la calidad de la vida de sus habitantes. Si hay desinterés por la vida social y cada uno solo va a  lo suyo, la ciudad se hunde.

Los cristianos tienen una responsabilidad por la ciudad en la que viven. Deben ser el alma de la ciudad para ayudar a quienes la habitan a vivir en paz y armonía.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 283.

El que busque su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la encontrará.

0

Tomar la cruz

Tiempo Ordinario

Lunes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 34—11, 1)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra.

He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús pide a los discípulos un amor radical. Si dejamos que nos amen podemos comprender esa petición de Jesús, que de lo contrario parece exagerada. Él es el primero que ama a los suyos más que a su propia vida. Para Jesús, solo amándole a Él más que a nadie podemos aprender a amar a todo el mundo. Solo quien tiene este amor es «digno» del Señor. Hasta tres veces en pocas líneas se repite: «ser digno de mí». Pero ¿quién puede afirmar ser digno de acoger al Señor?

Basta una mirada realista a nuestra vida para darnos cuenta de nuestra pequeñez y nuestro pecado. Ser discípulo de Jesús no es fácil ni inmediato, y no se logra por nacimiento o tradición. Uno es cristiano solo porque lo decide. Los discípulos de Jesús están llamados a amarlo por encima de cualquier otra cosa. Solo así encuentran el sentido de la vida. Por eso Jesús puede decir: «El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará». Es una de las frases más reproducidas en los evangelios (hasta seis veces).

El discípulo «encuentra» su vida -en la resurrección- cuando la «pierde», es decir, cuando la entrega hasta el último día de su existencia, para anunciar el Evangelio. Es justo lo contrario de la concepción del mundo, según la cual la felicidad consiste en guardar para uno mismo la vida, el tiempo, las riquezas y los intereses. El discípulo, por el contrario, halla su felicidad cuando vive para los demás y no solo para sí.

Es una verdad humana: solo el amor que damos es nuestro. Estamos en la conclusión de este «manual» de los discípulos en misión, así se podría definir el capítulo 10 de Mateo, y Jesús expone algunas consideraciones sobre cómo les reciben. Y dice: «quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado ».

La dignidad del discípulo proviene de identificarse con el Maestro, pues no lleva su propia palabra sino la de Dios. Jesús también les llama «pequeños». La única riqueza del discípulo es el Evangelio, y frente al Evangelio también él es pequeño. El discípulo depende totalmente del Evangelio. Esta es la riqueza que debemos conservar; esta es la riqueza que debemos transmitir.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 282.

¿Y quién es mi prójimo?

0
buen samaritano.jpgTiempo Ordinario

Domingo de la XV semana

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 25-37)

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Seguimos caminando con Jesús hacia Jerusalén, los últimos dos domingos, como en un díptico contemplamos por un lado, las actitudes fundamentales requeridas para ser sus discípulos y que se podrían sintetizar en libertad afectiva, libertad ante los bienes y libertad ante la propia historia; por otro lado, en el envío de los setenta y dos discípulos apreciamos el horizonte universal de la misión, la importancia del testimonio, los criterios para realizar la misión y los ámbitos en los que ésta se despliega y el regreso a la intimidad de la comunidad para retroalimentar a los hermanos compartiendo con ellos la obra de Dios.

Este domingo, continuamos con el tema de la misión; el evangelista nos lleva ahora a considerar tres distintivos de quien camina con Jesús: la misericordia, la escucha y la oración. Hoy consideramos el primero: el discípulo misionero se distingue por el amor al estilo de Jesús.

El texto

Para hacernos entender lo que significa la práctica de la misericordia, Lucas nos presenta una de las parábolas más impresionantes y conocidos de su evangelio: la del Buen Samaritano; es un relato que cuestiona si nuestro amor es egoísta o es un amor como el de Dios.

El marco del relato es el diálogo entre Jesús y un experto en la Ley. Distinguimos tres partes: el diálogo inicial con el doctor de la ley sobre el mandamiento principal; la parábola del buen samaritano y el diálogo conclusivo con el doctor de la ley.

I. El diálogo inicial con el doctor de la ley

El diálogo inicia con una pregunta mal intencionada, formulada para poner a prueba a Jesús: «¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» El interés del sabio que hace la pregunta es práctico; como experto él sabe que la vida eterna es un don de Dios, que exige un compromiso, por eso insiste en saber: «¿qué debo hacer…»

La pregunta es provocativa; más allá de los intereses de la vida ordinaria, quien la formula sabe que la vida no termina con la muerte y que la existencia está destinada a una vida eterna; se descubre en el fondo un sentido de responsabilidad: la vida no puede vivirse como venga sin más, cada persona es responsable de orientarla.

En este horizonte entendemos la respuesta de Jesús. Si una persona ha descubierto a Dios en la vida, pero no siente ninguna responsabilidad con los dones con los que ha sido bendecida, se vuelve indiferente ante los demás, vive sólo para sí, es incapaz de compartir y de ayudar.

Jesús responde con una pregunta certera, centrando a su interlocutor en el querer de Dios: «¿qué está escrito en la Ley?» El doctor de la ley responde con toda lógica: la responsabilidad con Dios esta unida a la responsabilidad con el prójimo. No se puede amar a uno y despreciar al otro: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo».

Hasta aquí los interlocutores, Jesús y el doctor de la Ley están de acuerdo: el punto de partida para la comunión de vida con Dios en la eternidad se encuentra en el presente: amar a Dios y amar al prójimo es tan necesario como suficiente: «Haz esto y vivirás»

Pero… surge una cuestión «¿quién es mi prójimo?» La pregunta tiene una connotación práctica; plantea la cuestión de los límites, ¿hasta dónde se ha de llegar?; dicho de otra manera ¿a quiénes se ha de amar como a uno mismo?

No olvidemos que en el tiempo de Jesús el sentido de pertenencia a la familia, al clan y a la nación era muy  fuerte y las tensiones con quienes no formaban parte de estos grupos no eran insignificantes. Para ilustrar lo anterior, recordemos que los samaritanos no quisieron recibir a Jesús con sus discípulos porque sabían que eran judíos y que se dirigían a Jerusalén.

II. La Parábola del buen samaritano

El relato lo podemos dividir en tres partes: la primera, presenta la situación; un hombre queda medio muerto en el camino víctima de violencia; la segunda, dos caminantes, vinculados con el culto del Templo, pasan de largo y la tercera, la ayuda se recibe de quien menos se espera, de un enemigo.

  1. La situación: un hombre queda medio muerte en el camino, víctima de la violencia.

El relato nos ubica de entrada en el marco geográfico: «un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó». Se trata de una ruta que une dos ciudades importantes; paso preciso de peregrinos que iban o regresaban de Jerusalén. Es un camino que atraviesa el desierto, peligroso no sólo porque el ambiente natural hostil sino por la inseguridad; no era raro que aparecieran delincuentes que, aprovechándose de la geografía inhóspita, asaltaban las caravanas o a los viajeros solitarios.

Leemos en nuestro texto que este hombre «cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto». Con pocas palabras se describen tres acentos del drama terrible de este caminante: 1. lo robaron, literalmente sería ‘lo desnudaron¨; 2. lo vejaron, fue brutalmente golpeado al grado de quedar «medio muerto» y 3. lo dejaron, abandonándolo en descampado, en medio del desierto, sin posibilidad de auxilio, prácticamente condenado a muerte.

Se describe así la situación de una persona en una situación extrema de fragilidad, que depende totalmente de la ayuda de quien, pasando por ahí, fuera capaz de compadecerse; sin embargo, quien intente ayudar a este hombre, arriesga su vida pues se expone al mismo peligro y cualquier tipo de ayuda exige modificar el proyecto de su viaje.

  1. Dos caminantes, vinculados con el culto del Templo, pasan de largo

La oportunidad de ayuda se presentó en dos ocasiones, pero la actitud de los caminantes hizo evidente lo difícil de la situación del hombre herido y la dificultad para superar los prejuicios culturales y religiosos. Leemos en nuestro texto: «sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante».

El relato destaca el verbo «ver», uno y otro, el sacerdote y el levita, vieron, se dieron cuenta de las implicaciones de la situación y optaron por no alterar su ruta, por no exponerse, por no salir de su zona de confort y por ello, rodeando la situación, pasaron de largo.

El primero en negar la ayuda fue un «sacerdote»; con probabilidad se trataba de alguien que después de prestar su oficio sacerdotal en el Templo regresaba a casa. Jericó era una ciudad en la que había muchas casas de sacerdotes.

El segundo en negar la ayuda, fue un «levita»; pertenecía a una categoría sacerdotal inferior; era miembro de una elite prestigiosa en la sociedad judía de la época que era responsable del esplendor de la liturgia y de la vigilancia del Templo; los levitas eran muy respetados.

¿Por qué pasaron de largo? Se podrían dar muchas explicaciones, por ejemplo: 1. pudieron haber pensado que el hombre estuviera ya muerto y al ser hombres del culto del Templo, quedarían inhabilitados al incurrir en impureza por  tocar un cadáver; 2. No quisieron detenerse para no exponerse a ser asaltados; 3. Vieron la gravedad de la situación y las implicaciones que la ayuda tenía para su economía… etc…

El caso es que por la razón que haya sido, al pasar de largo estos dos hombres, cuya vida estaba marcada por el culto a Dios fueron incapaces de un acto de amor al prójimo; seguramente encontraron excusas e hicieron buenos razonamientos para tranquilizar sus conciencias; su propia seguridad, la realización de los planes que tenían, la pureza ritual necesaria para el culto, fueron más fuertes que la compasión por un hombre agonizante y abandonado a su suerte en el camino. En este caso, su conducta práctica puso al descubierto la disociación entre el amor a Dios, el amor al prójimo y el amor a sí mismos.

  1. La ayuda se recibe de quien menos se espera, de un enemigo

El drama llega a su punto culminante cuando aparece el tercer personaje; el solo enunciado de su origen, crispa los nervios de los oyentes. Leemos en nuestro texto: «un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él

Las relaciones entre los judíos y los samaritanos no era buenas, las razones se enraizaban en la historia y sus diferencias tenían que ver, entre otras cosas, con el culto a Dios, sobre el que tenían conceptos y pretensiones radicalmente distintas. Recordemos el diálogo de Jesús con la samaritana.

El samaritano también «vio» la situación, seguramente la razonó, pero fue capaz de ir más allá, además de ver, «se compadeció», es decir, se puso en la situación del hombre herido, hizo suyo su sufrimiento y actuó dispensándole la atención y cuidado que le hubiera gustado recibir, él o para los suyos, en situación semejante.

En el evangelio la compasión no se identifica con la lástima; se trata de una experiencia interior, un removerse las entrañas hasta lo más profundo, liberando un dinamismo, que en el caso que contemplamos se concretó en una sucesión de gestos que lo implicaron directamente, pues el dolor del hombre moribundo llegó hasta su propio corazón.

Leemos en nuestro texto: «se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’

Basta poner cuidado en los verbos, para darnos cuenta del dinamismo que se desplegó desde el interior del samaritano en favor del hombre herido. A diferencia del sacerdote y el levita que pasaron de largo, se acercó; los tocó, curando y vendando sus heridas con aceite y vino; no lo abandonó, lo llevó consigo, montándolo en su cabalgadura y lo trasladó a una posada en donde personalmente cuidó de él; se hizo cargo de los gastos, incluyendo los necesario para su completa rehabilitación, mostrándose disponible para seguir respondiendo por él.

Notemos que la ayuda que ofrece el samaritano tiene dos finalidades; la primera, es inmediata, asistir al hombre herido en la emergencia, en el peligro de muerte; en esta situación el herido es completamente dependiente, no puede hacer nada por si mismo; la segunda es rehabilitarlo, es apostar por su recuperación total, que se alcanzará cuando sea capaz de hacerse cargo de su propia vida. Un detalle que no debe pasar por alto, es la relación interpersonal, que se expresa de diversas maneras: cercanía, contacto, curación, cuidado y responsabilidad; llama la atención también la intención de volver a verlo con la disponibilidad de seguirle tendiendo la mano si fuera el caso.

Concluye la parábola, pero no en el diálogo con el doctor de la ley.

III. Diálogo conclusivo con el doctor de la ley

El diálogo de Jesús con el doctor de la ley había quedado en suspenso; la pregunta «quién es mi prójimo» requería una respuesta precisa que determinara a quién se debe amar y con quienes no se tiene esa obligación.

A partir de la parábola, Jesús retoma la conversación con el doctor de la ley, para llegar a la conclusión práctica que él buscaba. Leemos en el texto: «¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”

La respuesta del doctor de la ley lleva a una primera conclusión: el prójimo no forma una categoría de personas definida por los lazos de la sangre o de la nacionalidad; prójimo es el que se acerca, el que se aproxima. El samaritano no se preguntó si el hombre herido era su prójimo o no, si entraba en la categoría de personas a las que debía dispensar su amor; él vio su situación, se compadeció, se acercó a él haciéndose así prójimo suyo.

Una segunda conclusión a la que llega el doctor de la ley es que el amor a Dios y el amor al prójimo no pueden desarticularse en la vida práctica; que el amor que Dios nos tiene es misericordioso y que de la misma calidad debe ser nuestro amor a los demás; que no puede se puede restringir el amor a quienes “lo merecen” por ser de los nuestros.

El doctor de la ley, aprendió, como tercera conclusión, que la misericordia no tiene límites, que está por encima de la enemistad; que el amor misericordioso supone ver y compadecerse; tomar la iniciativa y acercarse; entender la realidad, pero además, sentirla, hasta apropiarse el sufrimiento ajeno; desplegar desde el interior del corazón todos los gestos necesarios para asistir a quien sufre cuando no puede valerse por si mismo hasta que se rehabilite y pueda hacerse dueño de su vida.

Jesús apreció la respuesta del doctor de la ley y más allá de la mala intención de la pregunta inicial descubrió una preocupación sincera, por ello sin más concluye el diálogo diciéndole: «anda y haz tú lo mismo».

Conclusión

En nuestros días, como en los tiempos de Jesús, hay muchas personas que yacen «a la orilla del camino» porque son víctimas de la violencia; no sólo de la violencia criminal, sino también de la violencia familiar y social, de la violencia estructural, enraizada en redes de corrupción, en ambientes de desigualdad, y legitimada por los intereses de gente ávida y voraz que, en distintos ámbitos, desprecia la vida, lucra con ella y la destroza cuando no le es útil.

En pueblos y comunidades de fe cristiana escuchar la parábola del buen samaritano es un llamado a la conciencia. Si seguimos a Jesús, no podemos pasar de largo, sino detenernos y como el samaritano bondadoso, ver y sentir, permitiendo al Espíritu que se despliegue en nosotros el dinamismo necesario para asistir a quienes la violencia ha dejado inhábiles para valerse por si mismos, para impulsar su rehabilitación y puedan así con toda dignidad ser sujetos de su desarrollo y para participar, como ciudadanos responsables, en la transformación de las condiciones familiares, sociales, culturales, políticas y económicas que causan tanto dolor y sufrimiento.

 

 

[1] F. Oñoro, ¿Cómo hacerse prójimo del necesitado. La praxis de misericordia del Bien Samaritano. Lectio Divina Lucas 10, 25-37. CELAM/CEBIPAL.

El discípulo no es más que el maestro

0
pajarillo Tiempo Ordinario

Sábado de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 24-33)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores! No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús, en la larga exhortación misionera que está dirigiendo a los discípulos, les pide que no se sientan superiores al Maestro. Esa es, en realidad, la tentación de Adán: desafiar a Dios. Nuestra salvación consiste en ser discípulos suyos.

Jesús pide a sus discípulos no temer a los enemigos del Evangelio: «No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Cuando recordaba estas palabras de Jesús, el evangelista Mateo tenía delante de si la experiencia de su comunidad sometida a fuerte oposición. Y quería tranquilizarla.

El Señor no abandona a sus discípulos. Al contrario, todo aquel que gasta su vida por el Evangelio recibe el consuelo del Señor, sobre todo si debe hacer frente a dificultades y pruebas. El Evangelio de la cruz y de la resurrección nunca ha sido fácil y lineal para la comunidad cristiana. Evidentemente debemos preguntarnos qué significa para nosotros la exhortación a no tener miedo, teniendo en cuenta que no vivimos en un tiempo de persecuciones.

Los escenarios de abierta persecución de los cristianos son reales, pero están geográficamente están lejos de nosotros; sin embargo, para los que no son abiertamente perseguidos es fácil que su corazón se debilite; es fácil que no tengan la audacia y la valentía de creer en el Evangelio como fuerza de cambio y de salvación. Un cristianismo que renuncia, que no sabe tener esperanza en un mundo de paz devalúa su fuerza.

A veces pensamos que el Evangelio nos pide llevar una vida hecha solo de renuncias, sin un interés real por nosotros, que termina siendo ineficaz para la sociedad. Pero no es así. El discípulo que sigue el camino del Evangelio no se pierde, Dios lo sostiene: «¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados.».

Esta es la verdadera certeza del cristiano: no ser invulnerable, invencible, sino amado siempre. ¡No hay nada en nuestra vida que se vaya a perder porque todo en ella es amado! Y el amor no deja que se pierda nada: «no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo».

Esta atención cariñosa del Señor se convierte en compañía en la lucha por comunicar el Evangelio hasta los extremos de la tierra. El cristiano no es un conquistador, sino un hombre amado que comunica la buena noticia de la victoria sobre el mal.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 279-280.

Los envío como ovejas entre lobos

0
oveja entre lobosTiempo Ordinario

Viernes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 16-23)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.

Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.

El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús predice persecuciones a sus discípulos. El amor evangélico, aquel amor que es totalmente gratuito y sin reciprocidad alguna, es un estorbo para la obra del príncipe de este mundo, una obra de división. Por eso Jesús dice: «Yo los envío como ovejas entre lobos». Y las ovejas son siempre más débiles que los lobos, y parecen condenadas a perder siempre. Pero ese es precisamente el misterio de la misión de Jesús, que él confió a su Iglesia.

El padre Andrea Santoro, asesinado en Turquía, decía:  «Los cristianos tenemos una ventaja, y es que creemos en un Dios inerme; en un Cristo que nos invita a amar a los enemigos, a servir para ser ‘señores’ de la casa, a ponemos los últimos para ser los primeros, en un evangelio que prohíbe el odio, la ira, el juicio, el dominio; en un Dios que se hace cordero y se deja atacar para dar muerte en él al orgullo y al odio; en un Dios que atrae con el amor y no domina con el poder; y esa es una ventaja que no debemos perder».

Y citaba a san Juan Crisóstomo: Cristo apacienta ovejas, no lobos. Si somos ovejas venceremos; si somos lobos perderemos. A pesar de la humildad y de la simplicidad de las «palomas», los cristianos se oponen, con sus palabras y su conducta, al egoísmo y lo desenmascaran. De ahí nace la persecución y el sufrimiento, el intento de eliminar a los verdaderos testigos de la fe. Nosotros, que vivimos en el tercer milenio, debemos aprender del Evangelio a distinguir cuándo ya no es posible llegar a compromisos con un mundo que quiere ahogar la Palabra de Dios haciendo callar a quien da testimonio de ella.

Ante ciertas injusticias, ante el escándalo del sufrimiento de los más débiles, ante la eliminación de la vida, ante las heridas de un mundo cada vez más dividido entre muchos pobres y pocos ricos, el discípulo, aun sabiendo que encontrará oposición, no puede callar y no anunciar con la vida que es hijo de Dios y no de este mundo. Nos animan y nos consuelan las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «El que persevere hasta el fin, ese se salvará».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 278-279.

Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’

0
pazTiempo Ordinario

Jueves de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 7-15)

En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.

No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan.

Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Después de haber elegido a los doce y de haberles confiado la misión de anunciar la llegada del Reino de Dios, Jesús continúa explicando el contenido del anuncio que deben hacer a aquellos que encuentren. Jesús les dice: «Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios»; y añade que deben hacer llegar la paz a las casas de los hombres.

Es un contenido esencial e inderogable para aquellos discípulos y para la Iglesia de todos los tiempos, así como para todas las comunidades cristianas. Esta debe ser la primera y verdadera preocupación de los discípulos. Jesús les advierte de que no se dejen superar por otras preocupaciones. Y las enumera: Oro, plata, cobre, alforja, dos túnicas, sandalias, bastón. Parecen útiles e incluso necesarias para la misión. Pero en realidad, de manera insidiosa a menudo alejan a los discípulos de la primacía absoluta del Evangelio.

Tenemos que meditar frecuentemente esta página evangélica para comprender el verdadero tesoro que se confía a nuestras manos y que solo en Jesús encontramos nuestra fuerza, y no en nuestras formas organizativas, en nuestras programaciones o en nuestras estrategias. Jesús indica que los discípulos deben llevar la paz a las ciudades, los pueblos y a las casas de los hombres.

Lucas, en el pasaje paralelo, habla del «saludo de la paz» (10, 5). Es un saludo que hoy el mundo necesita especialmente. El mundo todavía está marcado por la violencia y por conflictos que envenenan la vida de mucha gente. A menudo son precisamente nuestras casas, nuestras familias, las que buscan aquella paz que no encuentran y que es fundamental para tener una vida más serena y feliz.

La comunidad cristiana está llamada a ser creadora y portadora de paz en los conflictos que infligen heridas en los pueblos y en las casas de nuestras ciudades. Los discípulos de Jesús en este mundo son como corderos, es decir, como hombres y mujeres débiles, pero pacíficos y pacificadores. Pero su camino no está exento de obstáculos y oposición. El Evangelio nos advierte: «si no los reciben…». La falta de acogida y el rechazo no disminuyen la fuerza y la conciencia de que la única misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio, preparar la paz y llevarla a todo el mundo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 277-278.

Vayan en busca de las ovejas perdidas

0
apóstoles.jpgTiempo Ordinario

Miércoles de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 1-7)

En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos.

Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Los Doce son llamados y reciben la misión evangélica como fruto de la compasión por la muchedumbre, cansada y abatida. Jesús elige a doce, tantos como las tribus de Israel, como si quisiera indicar que nadie debe quedar excluido del anuncio del Evangelio.

El evangelista nos dice el nombre de los doce apóstoles. Hay griegos junto a judíos; hombres provenientes del norte y otros del sur; simples pescadores junto a miembros del partido revolucionario de los zelotas -Simón el Cananeo-, seguidores del Bautista -Santiago y Juan- y publicanos -Mateo-.

Es un grupo heterogéneo en el que el origen territorial y la militancia ideológica quedan en un segundo plano. Lo que importa es la adhesión a Jesús y la obediencia a su Palabra; estas dos dimensiones constituyen su nueva identidad. Todos, como pasa con Simón, reciben un nuevo nombre, es decir, una nueva misión y un nuevo poder.

Desde aquel momento son testigos del Evangelio y reciben el poder de cambiar los corazones, de derrotar el mal, de socorrer a los débiles, de amar a los desesperados y de hacer realidad el reino de Dios. Es un poder real, una fuerza verdadera de cambio, que no viene del dinero, de las bolsas, de las túnicas: es el poder del amor sin límites que viene de las alturas y que Jesús es el primero en mostrar.

Aquella primera misión evangélica es emblemática para todas las generaciones cristianas. También nuestra generación está llamada a encaminarse viviendo al pie de la letra esta página evangélica. En el Evangelio de Mateo el mandato se refiere solo «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Dicho límite responde a una tradición judeocristiana de los primeros años de la Iglesia.

Históricamente la misión de Jesús y de los apóstoles empezó por Israel. Podemos afirmar que esta indicación del Evangelio de Mateo, desde el punto de vista histórico, ha quedado felizmente superada por la misión global y sin límites de la Iglesia, que sin duda corresponde exactamente a la voluntad de salvación universal expresada por la vida de Cristo y de las primeras comunidades cristianas.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 276-277.

Hija, ten confianza; tu fe te ha curado

0
mujer toca el manto.jpgTiempo Ordinario

Lunes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 18-26)

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.

Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”.

Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.

Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Estamos en Cafarnaúm, y uno de los jefes de la sinagoga se postra ante Jesús y le suplica: «Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir». Muy probablemente conoce bien a Jesús porque lo ha visto asistir a la sinagoga y tal vez incluso lo ha invitado alguna vez a tomar la palabra. Sin duda conoce la bondad y la misericordia de este joven profeta. Él es la única esperanza que le queda para recuperar a su hija.

En el jefe de la sinagoga reconocemos el tormento de muchos padres ante la muerte de sus hijos. Su oración contiene muchas oraciones desesperadas por la pérdida prematura de los seres queridos. En aquel hombre hay una fe fuerte: cree que Jesús lo puede hacer todo. Es la fe que nos enseña el Señor cuando afirma que no hay nada imposible para Dios. Devolverle la vida a aquella niña no es más que la anticipación de la Pascua y de la definitiva victoria del Señor sobre la muerte.

Jesús escucha la oración de aquel padre y al llegar a su casa toma a la niña por la mano, la despierta del sueño de la muerte y le devuelve la vida. Confiemos con fe al Señor a aquellos que pierden la vida siendo aún niños o jóvenes y aprendamos del Evangelio a acompañar a quien sufre el dolor de la muerte de sus seres queridos para que crezca la fe consoladora en la Resurrección.

Durante el trayecto una mujer que sufre hemorragias desde hace doce años, piensa que basta con tocar el manto de Jesús para quedar curada. Es una confianza simple que se manifiesta en un gesto aparentemente aún más simple, y además, hecho a escondidas. Jesús se da cuenta, la ve y le dice: «¡Hija, ten confianza; tu fe te ha curado». Mateo resalta que es la palabra de Jesús junto a la fe de aquella pobre mujer lo que lleva a cabo la curación: hace falta una relación personal entre aquella mujer y Jesús, entre nosotros y Jesús.

Debemos preguntarnos: ¿acaso el discípulo, la comunidad cristiana, no es el manto de Jesús para muchos que buscan consuelo y salvación? Jesús busca a la persona que lo ha tocado entre la muchedumbre. También nosotros hemos de saber buscar a quienes se acercan con su historia única y particular y que piden con la esperanza de encontrar alivio a su sufrimiento o necesidad.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 274-275.

Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó

0

 

de dos en dos.jpgTiempo Ordinario

Domingo de la XIV semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (10, 1-12. 17-20)

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’ . Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”.

Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

El les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten.

Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El texto del evangelio que leemos este domingo, lo podemos ver formando un díptico con el del domingo anterior, en el que Jesús insistió en la libertad que requiere el discípulo para seguirlo.

Hoy entendemos el sentido de esta libertad en el envío a la misión y comprendemos la insistencia actual de la Iglesia en que identifiquemos nuestra condición de discípulos con la de misioneros; esta doble condición que es inseparable una de la otra, exige de nosotros, por un parte la libertad para el seguimiento y, por la otra, disponibilidad para la misión; ésta no se realizará con criterios propios, sino con los criterios que Jesús da a quienes envía.

El contexto

El tema de la misión es una de las preocupaciones del evangelista san Lucas. ¿En qué consiste? En la realización del proyecto de salvación que Dios tiene para la humanidad; que fue anunciado por los profetas, realizado por Jesús, en su vida, ministerio y pascua y que se extiende a todos los confines del mundo por medio de la Iglesia, que tiene como misión el anuncio del evangelio.

Hay dos fuerzas que impulsan a Jesús en el cumplimiento de su misión: la pasión por el Reino y su fidelidad al Padre. La pasión por la misión y las actitudes requeridas para realizarla, Jesús las transmite a sus discípulos, que serán sus enviados. Jesús dedica mucho tiempo y esfuerzo a formar a sus discípulos en la misión y para la misión; cuida todos los detalles; y así como hay exigencias para el seguimiento -como vimos el domingo pasado- hay exigencias para la misión.

Jesús educa para la misión en el camino, en el rimo de ir y venir, de salir de la comunidad y volver a ella, de interiorizar y anunciar.

La comprensión del texto que contemplamos nos pide no perder de vista algunos detalles. Primero, Jesús y sus discípulos están de camino, van rumbo a Jerusalén; Jesús había advertido a quienes querían seguirlo la necesidad de dejarlo todo para anunciar el Reino, tarea en la que debían concentrarse totalmente, como el labriego que empuña el arado.

El texto

Para comprender nuestro texto lo dividiremos en cuatro partes. Primera, el envío de un amplio número de misioneros; segunda, criterios para realizar la misión;  tercera, los ámbitos de la misión y cuarta, el regreso de la misión.

  1. El envío de un amplio número de misioneros

Leemos en el pasaje que contemplamos: «Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir

Esta versículo nos da dos indicaciones preciosas para entender la misión impulsada por Jesús y por las primeras comunidades cristianas y que son válidas para leer a contraluz los criterios con los que realizamos hoy la misión de evangelizar.

Primera indicación: la universalidad de la misión

Lucas es el único evangelista que menciona la misión de los setenta y dos; lo hace en consonancia con una de sus preocupaciones, que se hace más explícita en el libro de los Hechos de los apóstoles: la universalidad de la misión.

El número setenta y dos corresponde al número de las naciones paganas de las que da noticia el capítulo décimo del libro del Génesis, en donde se agrupan los pueblos que nacieron, después del diluvio, de los hijos de Noé, a partir de los cuales «se dispersaron los pueblos por la tierra después del diluvio» (Gn 10, 32).

Si el anuncio del evangelio debe llegar a todos los pueblo, es imposible que puedan realizarlo sólo los doce apóstoles; la misión será llevada a cabo por otros discípulos, que estarán siempre en comunión con las directivas de los doce.

La vocación para la misión es amplia. En la Iglesia primitiva, muchos miembros de las pequeñas comunidades que no pertenecían al grupo de los doce, estaban involucrados en la misión universal.

Segunda indicación: el testimonio es la mediación

La experiencia de Jesús y de la comunidad van de la mano en el envío misionero. Es Jesús quien designa a los misioneros y los envía; los discípulos no se auto designan, son llamados y enviados; pero no irán solos, deben ir de dos en dos.

Se subraya así la dimensión comunitaria y testimonial de la evangelización. Los enviados son elegidos de entre los que siguen a Jesús, proceden de una experiencia en común, están en el camino con el Señor, aprenden de él y desde esta experiencia de comunidad son enviados para dar testimonio.

En el modo de realizar la misión está el mensaje, si van a anunciar la vida fraterna como uno de los valores del Reino, la primera manera de hacerlo es dando testimonio de fraternidad -que implica apoyo mutuo y corrección fraterna-; además, según la usanza de la época, en el juicio en un tribunal se requería por lo menos la declaración de dos testigos para dar por cierta una declaración.

  1. Criterios para realizar la misión

Al enviar a los setenta y dos misioneros Jesús les da algunos criterios; distinguimos tres:

Primer criterio: la oración es la primera actividad apostólica

Leemos en el texto: «La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos

La primera indicación. práctica de Jesús es la oración. «Rueguen». La mirada se dirige al Padre, como siempre lo hace Jesús, porque Él es el dueño de la mies. Dios es la fuente de la misión y el misionero jamás debe olvidarlo; en consecuencia, el misionero es un obrero, al servicio de un campo que no es el suyo, por el que debe consagrar todas sus energía, incluso cuando sienta que la cantidad de trabajo rebasa sus fuerzas y capacidades.

Si doce apóstoles eran insuficientes para la universalidad de la misión, también lo son setenta y dos; la inmensidad de la tarea a realizar es el primer motivo de desaliento; pero la actitud de confianza en Dios y de responsabilidad en el encargo, deben acompañar al misionero en todo momento; por ello debe orar, como les enseño Jesús, porque todo de Dios se ha recibido y a es a ël a quien se ofrece. El primer criterio para la misión es pues la oración como principio básico y fundamental.

Segundo criterio: No perder de vista que siempre habrá dificultades

Dice nuestro texto: «Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos.»

Jesús no engaña a nadie; no promete un mundo idílico sin problemas ni dificultades; con una sola frase describe el ambiente de hostilidad que aguarda a los misioneros. La metáfora de los lobos y corderos no podía ser más elocuente.

Ante las dificultades, los misioneros no pueden responder con agresividad. En el recuerdo de los discípulos está lo que sucedió en Samaria, donde no quisieron recibir a Jesús y los discípulos reaccionaron con agresividad y deseos de venganza.

El discípulo misionero debe estar preparado incluso para el fracaso y consciente de su fragilidad debe tener claro de donde le viene la fortaleza.

Tercer criterio.  La confianza puesta en Dios no en las propias seguridades

Dice nuestro texto: «No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias»

En la misión, los enviados dependen totalmente de Dios, que es quien los protege y sostiene. Son enviados sin ningún equipaje, con la confianza total puesta en la Providencia de Dios que se manifestará en sus necesidades.

Esta austeridad de medios, experiencia de pobreza, es en realidad una experiencia de libertad del corazón, que debe mantenerse no sólo en el camino, sino en la vida diaria, en las casas y en la ciudad entera.

  1. Ámbitos de la misión.

Se describe el comportamiento del misionero en tres ámbitos: camino, casa y ciudad.

Primer ámbito: el camino.

El misionero en camino, ya es es en si evangelizadora; se ha despojado de los recursos que dan seguridad para el viaje; no tiene ambiciones personales; están abandonados a la providencia de Dios, y en ello se parecen a Jesús en camino, confiado totalmente en Dios, anunciando así el gozo de ser Hijo.

Cuando está en el camino, los discípulos misioneros deben atenerse a una indicación: «no se detengan a saludar a nadie por el camino»; ésta se refiere a la detenrse a saludar a los amigos y familiares en conversaciones que se prolonagan indefinidamente conforme a la usanza en el Antiguo Oriente. Sería como una forma de volveer atrás, a las preocupaciones mundanas y perder la concentración en el servicio de la Palabra de Dios. La misión no admite distracciones ni pérdida de tiempo en cosas inútiles.

Segundo ámbito: la casa.

A diferencia del camino, en una casa si hay que detenerse, esto significa quedarse con una familia. El mismo Jesús da testimonio de ello en distintos pasajes del evangelio y por ello precisa el comportamiento que han de observar los misioneros en la evangelización de la casa.

Lo primero que hay que hacer es invocar la bendición sobre quienes viven en esa casa: «Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa». Puesto que es “don”, la bendición salvífica puede ser aceptada o rechazada.

Como es sabido, la respuesta no era idéntica en todos los miembros de la casa, pero era suficiente uno; «si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá». La gente amante de la paz es la personas abierta a la Palabra y a los dones que provienen de Dios. Una persona abierta a la buena noticia del Reino vale la misión entera.

En segundo lugar, el misionero debe insertarse en la vida de la familia: «Quédense en esa casa»; esto, para compartir los distintos momentos de la vida familiar y desde su seno, ponerse al servicio de los demás. La hospitalidad pide el ofrecimiento del hospedaje y la alimentación, que el misionero debe recibir como el trabajador recibe su salario: «coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario»

En tercer lugar,  los misioneros han de evitar andar «de casa en casa»; su permanencia, insertos en la vida de una familia, sigue también la lógica de la levadura; el testimonio, la Palabra, los gestos, permitirán que la Buena Nueva toque la vida de aquella familia hospitalaria; al retirarse los misioneros para continuar la misión, el fermento del evangelio quedó en la familia que los acogió para seguir irradiándose en ausencia de quienes llevaron el anuncio de la Palabra. Podemos ver el testimonio de Pablo en la casa de Lidia (Hech 16,15)

Tercer ámbito: la ciudad.

Se prevén dos escenario: ser acogidos o ser rechazados.

En el caso de ser acogidos, se repite en gran escala lo que se ha dicho sobre la evangelización de la familia. La acogida se expresa en el ofrecimiento de alimentos, que los discípulos deben aceptar: «en cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den»; en la ciudad deben hacer lo mismo que Jesús: predicar la llegada del Reino de Dios y con su autoridad realizar los signos de su advenimiento: «curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’»

En el caso de ser rechazados durante el desempeño de la misión, los setenta y dos reciben una instrucción parecida a la que ya habían recibido los doce: «salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos». Con este gesto se quiere decir: “entre ustedes y nosotros no hay ninguna responsabilidad; asumirán el rigor de las consecuencias negativas de su equivocada decisión”.

La referencia a la ciudad de Sodoma, símbolo de la ciudad pecadora, es aquí un aviso del lamentable destino que le espera a quien se negó conscientemente la salvación sin olvidar que Dios siempre ofrece la vida (cf. Dt. 10, 11b).

  1. El regreso de la misión

Lucas no narra cómo ejercieron los discípulos la misión, pero si ofrece algunos datos fundamentales del regreso: «Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría». El tema de la alegría aparece cuatro veces, dos referida a los discípulos y finamente a Jesús. La alegría debe caracterizar al misionero.

La alegría del misionero es por tres razones: la primera: por la obra de Dios en la historia humana: la destrucción del mal y la derrota del maligno, porque las fuerzas de muerte han sido vencidas; segunda, por haber sido instrumento de esta victoria, Jesús le ha dado su “poder” y por lo tanto poseen un poder más fuerte que el de Satán y tercera: porque «sus nombres están escritos en el cielo». En pocas palabras, deben alegrarse no sólo por lo que han hecho sino porque han recibido el don de la salvación: la comunión con Dios que es la alegría de Jesús

De manera admirable, lo que ha sucedido con los destinatarios de la misión, sucede también con los misioneros; salieron de la intimidad de la comunidad para compartir la obra que Dios había realizado en ellos y vuelve a la comunidad, a nutrir su intimidad, con la obra de Dios en las comunidades evangelizadas.

Los misioneros del Reino. mensajeros de la paz, entran en ambientes difíciles, se sitúan en ellos “como corderos en medio de lobos”, llevando la reconciliación a los caminos, a las casas y a las ciudades. Su anuncio del Reino al mismo tiempo que cura al hombre aniquila el poder del maligno. Ellos no sólo trabajan arduamente sino que también celebran gozosamente en la alegre dulzura de Jesús. Y esta certeza los acompaña siempre

 

[1] F. Oñoro, Jesús formador de misioneros: para ser buenos obreros del Evangelio. Lucas 10, 1-12. 17-20

El vino nuevo se echa en odres nuevos

0

disicipulado 2

Tiempo Ordinario

Sábado de la XIII semana

 Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 14-17)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les respondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán.

Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura.

Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres.

El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Los discípulos de Juan, que llevaban una vida más austera que la de los discípulos de Jesús, le preguntan directamente sobre esa diferencia: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?». Sabemos que, con la intención de anticipar la llegada del reino, el ayuno ocupaba un lugar preeminente en la piedad de los fariseos, y también en la de los discípulos de Juan.

Los fariseos lo interrogan simplemente para juzgarlo, para hacerle caer en una encerrona y desacreditarlo. Los discípulos de Juan preguntan para comprender. Nunca debemos avergonzarnos de pedir ayuda a Jesús. El maestro responde con la imagen de la llegada del novio y compara a los discípulos con los amigos del novio que participaban en la boda y la preparaban.

A su paso, efectivamente, Jesús creaba un clima nuevo, de alegría, de fiesta, justo como la que se hace en una boda. Con Jesús había llegado el verdadero «esposo», o mejor dicho, el Salvador de los hombres. Por eso hacían fiesta los discípulos y los pobres, los enfermos y los pecadores. Todos se sentían liberados de la esclavitud del mal. Podían estar alegres. No obstante, advierte Jesús, vendrán momentos difíciles. Vendrán para él, y en estas palabras ya había un indicio de los días de la pasión. También vendrán para los discípulos y para las comunidades. ¿Cómo no pensar en las innumerables persecuciones que se abaten todavía hoy sobre los discípulos de Jesús?

Durante los periodos difíciles, los discípulos «ayunarán», añade Jesús. Pero mientras no llegue aquel «esposo», hay que vestirse de fiesta y beber el vino de la misericordia; eso dará fuerza también para los momentos difíciles. Los odres viejos de los que habla Jesús son los anquilosados esquemas mentales y religiosos de siempre. El amor evangélico requiere corazones nuevos, es decir, libres de esquemas y prejuicios naturales, para acoger el mismo amor de Dios.

La resistencia a la novedad de la Palabra de Dios significa cerrarse al Espíritu para aferrarse a tradiciones que muchas veces son caducas, y que, como mucho, se escudan en lo que se ha hecho siempre y en lo que se ha pensado siempre. El Evangelio del amor nos libra de cerrarnos y limitarnos y nos hace vivir en los amplios horizontes de Dios.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 271-272.

Mateo… se levantó y lo siguió

0

Vocaciòn de Mateo Caravaggio.jpg 

Tiempo Ordinario
Viernes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 9-13)

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Mientras camina, Jesús ve a Mateo, un publicano, un recaudador de impuestos que trabaja para el gobernador de la región y para los romanos. Los publicanos eran tildados de deshonestos y tenían fama de aprovecharse de la gente. Se les consideraba impuros porque manipulaban dinero y tenían negocios sucios. Equiparados a ladrones y usureros, eran personas a evitar.

Jesús se acerca y empieza a hablar con él. Cuando terminan de hablar le hace incluso una invitación: «Sígueme». Mateo, a diferencia de muchos hombres que se consideraban religiosos y puros, se pone en pie de inmediato y sigue a Jesús sin dudarlo. Él, que era un pecador, se convierte en un ejemplo de cómo seguir al Señor. Y aún más: con el Evangelio que lleva su nombre se ha convertido en guía para muchos.

También nosotros seguimos a este antiguo publicano y pecador que nos lleva a conocer el amor del Señor Jesús. Mateo invita rápidamente a Jesús a un banquete. Toman parte también en el banquete sus amigos. Es un banquete extraño, ya que los comensales son publicanos y pecadores. Algunos fariseos, escandalizados por aquella escena, dicen a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?».

Jesús interviene directamente en la polémica con un proverbio irrefutable por su claridad: «No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos». Para él nunca hay en la tierra una división maniquea entre buenos y malos, entre justos y pecadores. Jesús solo quiere explicar cuál es su misión: él ha venido para ayudar y para curar, para liberar y para salvar. Para seguir y acoger a Jesús y su Evangelio es necesario sentir una herida, sentirse necesitado, abrir el corazón. Por eso, dirigiéndose directamente a los fariseos, añade: «Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios». E invita a todo el mundo a ser como él: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Y, acercándose aún más a cada uno de nosotros, añade: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Por eso no es difícil sentir que tenemos al Señor a nuestro lado. Solo tenemos que admitir, ante Él, que somos necesitados, que no somos tan fuertes como por desgracia muy a menudo queremos aparentar.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 270-271.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres

0
curación paralitico

Tiempo Ordinario

Jueves de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús subió de nuevo a la barca, pasó a la otra orilla del lago y llegó a Cafarnaúm, su ciudad.

En esto, trajeron a donde él estaba a un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados”.

Al oír esto, algunos escribas pensaron: “Este hombre está blasfemando”. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: “¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil: decir ‘Se te perdonan tus pecados’, o decir ‘Levántate y anda’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, —le dijo entonces al paralítico—: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.

El se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se llenó de temor y glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús parece que va de una orilla a la otra para ayudar a quien lo necesita. Cuando vuelve a Cafarnaúm le llevan a un paralítico postrado en una camilla, y lo ponen en el centro. Es un centro no solo físico, sino también de atención, de interés, de preocupación por aquel enfermo más que por ellos mismos.

De alguna manera, el amor de aquellos amigos es el inicio del milagro. El evangelista escribe que Jesús, al ver su fe, decide intervenir. Eso indica la fuerza que tiene la oración por los enfermos. Aquel paralítico, sin duda, se quería curar, pero en este caso se indica claramente cuál es el motivo de su curación: la fe de aquellos amigos.

La Iglesia, toda comunidad cristiana, debe reconocerse como amiga de los enfermos y debe estar dispuesta a presentarlos ante el Señor. Jesús no dejará de responder a la oración que le hacemos. Quizás no lo hará como pensamos, pero habrá una curación. No solo cura el cuerpo, sino también el corazón. Jesús le dice al paralítico unas palabras que nadie ha dicho jamás: «Tus pecados te son perdonados».

Jesús no quiere insinuar que la enfermedad del paralítico se deba a sus pecados. Más bien quiere mostrar algo mucho más importante: su poder se extiende incluso sobre los pecados y los elimina. La curación llega también al corazón. Y llegados a este punto, comprensiblemente, la escena se transforma en un debate teológico.

Los escribas presentes al oír aquellas palabras, piensan mal de Jesús, aunque no lo dicen. Pero Jesús, que ve en el interior del corazón, los desenmascara y enseña hasta dónde llega su misericordia: «Levántate -le dice al paralítico-, toma tu camilla y vete a tu casa». El Señor ha hecho en aquel enfermo un milagro doble: lo ha perdonado de sus pecados y lo ha curado de la parálisis. Ha venido entre los hombres alguien que cura el cuerpo y el corazón.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 269-270.

Dios les hará justicia sin tardar

0
juez injusto y viuda Tiempo Ordinario

Domingo de la XXIX semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (18, 1-8)

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola: “En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario’.

Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando’ ”.

Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

En nuestra lectura del evangelista san Lucas, damos un salto y salimos del capítulo 17 omitiendo la lectura de dieciocho versículos que tratan de la manifestación del Reino de Dios y del regreso del Hijo del Hombre.

Nuestra contemplación se enfoca en los primeros ochos versículos del capítulo 18 y nos presenta la segunda catequesis del ciclo de la oración que iniciamos el domingo pasado. Tomando en cuenta el contexto de los versículos precedentes -que no se leyeron-, contemplamos el tema de la oración desde el enfoque de la segunda venida de Jesús ¿Cómo vive el discípulo el tiempo de espera de la segunda venida? La pregunta tiene sentido, pues el discípulo tendrá que enfrentar muchos problemas que ponen a prueba su fe.

El tema pues que abordamos es el de “la oración perseverante en la hora de la prueba”, abordando directamente el asunto de la impaciencia ante la injusticia. Jesús narra la parábola del “juez corrupto y la viuda insistente” y nos anuncia la justicia cierta y pronta de Dios, que tiene su propio ritmo.

Esta nueva enseñanza sobre la oración se dirige a los discípulos para alentarlos en momentos de desesperación ante la paciencia de Dios.

El contexto espiritual del texto

El domingo pasado aprendimos que la oración de súplica y la de acción de gracias deben integrarse en el corazón orante. Veíamos que la oración de gratitud es difícil y hoy caemos en la cuenta de que la de súplica o intercesión también tiene sus dificultades. La clave nos la da el mismo evangelio que plantea la posibilidad de desfallecer o desalentarse en la vida de oración.

Lo que sucede es que en algún momento se puede llegar a sentir cansancio; en esos momentos el orante se expone a caer en la tentación de dejarla de lado. Este cansancio del orante significa algo más que aburrimiento o fatiga mental, se refiere más bien a perderle sentido a la oración cuando se experimenta el silencio de Dios, cuando no se reciben los favores esperados, cuando se experimenta en la propia vida cierta ausencia de Dios.

Hay además ocasiones en las que la realidad es contraria a lo que la fe espera que suceda, y esto hace dudar de la justicia de Dios; hay cuestionamientos que surgen de experiencias personales de fracaso que ponen en la tentación de sentir el desinterés de Dios y llevan al planteamiento de si vale la pena seguir creyendo en Él y si tiene caso seguir insistiendo en la oración.

Cuando la fe flaquea se siente desconsuelo y la oración se derrumba, porque la oración es el ejercicio e la fe. El término “desfallecer” que encontramos en el evangelio describe el desánimo que paraliza, la desesperación que lleva a abdicar de la fe y el hastío o cansancio que hace sentir repulsión. Todos estos matices del término “desfallecer” apuntan a una misma realidad: la muerte de la vida de oración como consecuencia de una crisis mal llevada.

Jesús viene al encuentro de la crisis del discípulo

Jesús «para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola…» La oración, que es tensión permanente del corazón hacia Dios, debe caracterizar la vida entera del discípulo, en todo instante y no puede derrumbarse. La oración perseverante en tiempos de prueba sostiene la fe de los discípulos que, orantes, aguardan la intervención definitiva de Dios en la historia. En los momentos de dificultad, para mantener la esperanza, es necesrio reforzar la confianza en Dios; para ello, es necesario descubrir su manera de obrar caracteristica que es «hacer justicia» es decir, restaurar el daño que impide a sus hijos vivir conforme a su proyecto de salvación.

El caso del juez corrupto y la viuda insistente

La parábola narra con brevedad la historia de una viuda que fracasa en su intento de conseguir que el juez del pueblo resuelva su caso. Parece ser que el juez tiene preferencias, acepta sobornos y atiende con solicitud a los pudientes, olvidándose de los pobres. Aunque la viuda es una mujer débil, al final, gracias su insistencia, logra su propósito: que el juez le haga justicia.

La primera parte de la parábola presenta al juez, a la viuda y la querella. No es la primera vez que Lucas habla de un juez; en esta ocasión es el protagonista de la parábola. En tiempo de Jesús, no obstante que el sistema jurídico había evolucionado, los asuntos en este ámbito se desahogaban con simplicidad: el juez escuchaba la acusación, intentaba conciliar las partes, exigiendo la reparación del daño a quien resultara responsable.

El juez de nuestra parábola es descrito con crudeza: «no temía a Dios ni respetaba a los hombres», encerrado en su ego, había llegado a prescindir de Dios y del prójimo en su vida; lo que lo mueve es el interés y carece de sentido ético; esto propiciaba que las personas inflyentes gozaran de privilegios que el común de la gente no tenía y fueran capaces de inclinar en su favor la balanza de la justicia.

El otro personaje de la parábola es una viuda, una de las cinco viudas que se mencionan en el evangelio de Lucas. En el mundo bíblico las viudas, junto con los huérfanos, son el símbolo de las personas necesitadas de ayuda; al no contar con la protección del marido, quedaban expuestas a que se aprovecharan de ellas; eran débiles y vulnerables. Por eso, las leyes bíblicas velan por sus derechos.

En nuestra parábola, la viuda representa a un pobre del pueblo, que en su necesidad no tiene otro recurso que el de su palabra abierta, atrevida e insistente; entra en la escena en medio de una audiencia pública, colocándose en la fila que quienes van al juez para exponerle sus problemas.

La viuda recurre al juez para procurar que se le haga justicia: «hazme justicia contra mi adversario»; éste, parece ser una persona que se esta aprovechando de ella, por causas de traspaso de herencia, de reparación de daños que le hicieron, o acreedores del marido difunto que tienen la pretensión de despojarla.  Todo confluye en un abuso frente al cual la viuda declara su indefensión.

La viuda, en su pobreza no tiene los medios para ser obsequiosa con el juez y así conseguir que se interese en su caso; sin embargo, no para de insistir, el único camino que le queda es la persistencia. Por mucho tiempo la petición de la viuda cayó en saco roto y se le daban largas a su asunto. El juez desacató las leyes que  le exigen darle precedencia y «por mucho tiempo, […] no le hizo caso». A esta negativa podría subyacer el temor de enfentarse con el poderoso oponente de la viuda.

Finalmente el juez cede, y hablando consigo mismo hace un raciocinio: si no actúa por una razón válida, atenderá su querella para no ser importunado.

La aplicación de la parábola

Jesús concluye su relato y pasa a una nueva sección del pasaje: «dicho esto, Jesús comentó…» Por lo que ve a la parábola, finalmente el juez decidió hacer justicia; lo que importa ahora ver como se aplica la parábola a la justicia de Dios.

Para hacer la aplicación, el Señor recurre a la antítesis, recurso que pone de relieve la diferencia: el proceder de Dios con los pobres que le claman es completamente opuesto al proceder del juez corrupto y aunque ambos «harán justicia pronto», sus motivaciones son diferentes.

Para afirmar el proceder de Dios, Jesús invita a sus discípulos a poner atención con una actitud analítica: «creen ustedes acaso que…»; plantea una pregunta lógica que confronta el comportamiento del juez con el de Dios: «si así pensaba el juez injusto…. Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar»; Él mismo ofrece una respuesta enfática que afirma la fidelidad del Dios de la Alianza con aquellos que le pertenecen: «les digo que les hará justicia sin tardar» y finalmente plantea una pregunta abierta, con la que invita a sus oyentes a reflexionar sobre su propia fidelidad a Dios: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?»

Afirmada la fidelidad de Dios, el problema recae sobre los discípulos: ¿son capaces de sostenerse fieles en el camino del Señor y comprometidos con la justicia? ¿así lo manifiesta su perseverancia en la oración?

La parábola nos descubre la imagen de un Dios Juez. No significa que se dedica a llevar cuenta de nuestros errores para dictar sentencia en contra nuestra; más bien nos descubre que amor y justicia van de la mano, que no pueden darse uno sin el otro. La imagen de Dios como Juez nos indica que Él “hace justicia”. Precisamente porque nos ama interviene en los factores negativos que hacen de la vida humana una desgracia; además, “hacer justicia” implica el actuar positivo de Dios que restaura la vida del ofendido.Esta dimensión positiva del «hacer justicia» de Dios, está referida a su proyecto creador que tiene como finalidad la vida, el crecimiento y la felicidad del hobre. La justicia de Dios es el nuevo orden de cosas querido por Dios en el cual todos son tomados en consideración y se realiza el plan de salvación con todas sus implicaciones. La “justicia divina” hay que desearla, suplicarla; debe temer a ella quien sea responsable de la ˝injusticia” de someter a los demás a sus propios intereses, lo que es contrario del proyecto de Dios.

En el evangelio la respuesta de Dios es el anuncio y realización del “Reino de Dios” que comenzó a acontecer en el ministerio de Jesús; alcanzó su culmen en su misterio pascual y sigue abarcando los momentos de la historia y a todos los hombres que se abren a él por la fe, que son bautizados en su Santo Espítitu y viven su proyecto en comunidad. El Reino de Dios alcanzará su plenitud hasta la segunda venida de Jesús.

Conclusión

Dios es fiel con los discípulos de su Hijo y les hará justicia; ésta, no es algo inmediato. En esta relación de alianza con Dios hay que atreverse a expresar las necesidades con la confianza de que serán atendidas.

La paciencia de Dios es un signo de su amor. La aparente dilación de Dios para responder a sus discípulos tiene que ver con la expectativa de conversión de los injustos y con la madurez en la fe de sus discípulos. Dios piensa en los justos, pero también en los injustos. El presente es tiempo de evangelización y de compromiso profético.

La paciencia no quita la prontitud: «les hará justicia sin tardar». Dios hará justicia, pero no a la manera del juez que tuvo que ser presionado por ocuparse de la viuda; Él respondera pronto. Ciertamente hay un intervalo de tiempo antes de la intervención final de Dios, en este tiempo se prueba la fidelidad del discípulo.

La parábola del juez corrupto y la viuda insistente, lleva nuestra atención del comportamiento de Dios al comportamiento de los hombres. Dios es fiel al hombre, pero ¿el hombre es fiel a Dios? La mirada se dirige ahora a Jesús, Él es la respuesta de Dios a la justicia que esperan sus discípulos; la fe en Jesús significa aceptarlo a él y a su mensaje.

Lo que se requiere por parte de los discípulos para acoger plenamnte la justicia de Dios es la perseverancia y la fidelidad. Por un lado, su desánimo e inconstancia pone en juego el tiempo final en el que serán reunidos todos los elegidos; por otro, el compromiso al cual los impulsa la fe, -el mensaje de Jesús en el evangelio- los llevará a trabajar para que no haya más viudas tratadas injustamente, ni abandonadas a su suerte.

El evangelio de este domingo nos educa en la oración intensa, en la súplica confiada e insistente. Esta oración es signo de una esperanza viva que nos sostiene en el tiempo que separa nuestro hoy, con el día de nuestro encuentro definitivo con el único que puede colmar plenamente nuestras necesidades. Las pruebas de la vida no son para claudicar en la fe, sino para crecer en ella.

 

 

 

[1] F. Oñoro, La oración perseverante a la hora de la prueba. Lectio Lucas 18,1-8, CEBIPAL/CELAM.

El Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir

0
espíritu santo 3.jpgTiempo Ordinario

Sábado de la XXVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 8-12)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios; pero a aquel que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante los ángeles de Dios.

A todo aquel que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero a aquel que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

Cuando los lleven a las sinagogas y ante los jueces y autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy el Evangelio ahonda en el tema de la fidelidad del discípulo en el momento de la prueba. Jesús empieza diciendo: «Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios; pero a aquel que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante los ángeles de Dios».

A nosotros se nos juzga ya por si estamos unidos o no a Jesús, hasta el punto de decir que nuestra fidelidad hace que Jesús se una a nosotros de manera aún más firme. Quien sigue el Evangelio y persevera en su camino, incluso en los momentos de la prueba, se salva porque el Señor está con él. Pero quien se deja sorprender por el miedo y reniega del Evangelio y de sus hermanos, se destruye solo.

En realidad, Jesús ya lo ha dicho otras veces: «Quien quiera salvar su vida, la perderá». Él conoce nuestra debilidad y sabe que podemos ceder a los halagos de las tentaciones y caer en el pecado. El apóstol Pedro es un ejemplo: en el momento de la pasión de Jesús, primero huyó y luego lo traicionó en la casa del Sumo Sacerdote porque tuvo miedo ante una sierva. El Señor, de todos modos, lo perdonó. Él siempre está dispuesto a perdonar.

En la página evangélica que leemos llega a decir: «A todo aquel que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará». Pero luego continúa: «Pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará».

También el evangelista Marcos cita estas severas palabras y añade: «Es que decían que estaba poseído por un espíritu inmundo». El pecado contra el Espíritu es no reconocer en Jesús la presencia de Dios y también no reconocer en la Iglesia, en la comunidad cristiana, la acción del Espíritu Santo. Si no reconocemos la presencia de Dios en Jesús y en la Iglesia, maldecimos a Dios y nos excluimos del camino de la salvación porque negamos en la práctica la presencia y la acción del Espíritu Santo que el Padre y el Hijo han derramado en la Iglesia.

Las palabras de Jesús son severas para quien traiciona pero son palabras de consuelo para quien persevera. El Señor, que comprende nuestra debilidad, viene siempre a nosotros, sobre todo en los momentos difíciles: «no se preocupen», nos dice, «el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir». La compañía del Señor es nuestra fuerza.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 387-388.

Pónganse en camino

0

apóstoles.jpg 18 de octubre

San Lucas, Evangelista

Textos

† Del evangelio según san Lucas(10, 1-9)

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos.

No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá.

Quédense en esa casa.

Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa.

En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy es la fiesta de San Lucas, y el evangelio nos habla del envío de los setenta y dos discípulos que deben anunciar la Buena Noticia de Dios en los poblados, en las aldeas y en las ciudades de Galilea.

El número setenta y dos simboliza a todos los pueblos de la tierra; hoy somos los discípulos que vivimos después de los Doce. Mediante la misión de los discípulos, Jesús trata de rescatar los valores de la tradición de la gente que estaban siendo encubiertos por el doble cautiverio del dominio romano y de la religión oficial.

Jesús quiere que la comunidad que nace del evangelio sea expresión de la Alianza, una muestra del Reino de Dios. Por esto, insiste en la hospitalidad, en el compartir, en la acogida a los excluidos. Esta insistencia de Jesús se percibe en los consejos que daba a los discípulos cuando los enviaba en misión.

En tiempo de Jesús había diversos otros movimientos religiosos que, al igual que Jesús, trataban de presentar una nueva manera de vivir y convivir, por ejemplo Juan Bautista, los fariseos y otros. Ellos también formaban comunidades de discípulos y tenían a sus misioneros; los de Jesús tendrán características propias.

Jesús envía a los discípulos a los lugares donde el mismo tiene que ir. El discípulo es el portavoz de Jesús. No es el dueño de la Buena Noticia. El los envía de dos en dos. Esto favorece la ayuda mutua, pues la misión no es individual, sino comunitaria. Dos personas representan mejor la comunidad.

La misión no es propia, es obra de Dios, por ello, el misionero debe rezar para que Dios envíe trabajadores a su viña. Todo discípulo debe sentirse responsable de la misión. Por esto tiene que rezar al Padre para que haya continuidad en la misión. Jesús envía a sus discípulos como corderos en medio de lobos. La misión es tarea difícil y peligrosa; el sistema en que los discípulos vivían no era favorable a la organización de la gente en comunidades vivas.

Al diferencia de otros misioneros, los de Jesús no deben llevar nada, ni bolsa, ni sandalias; lo único que deben llevar es el saludo de paz. No deben confiar en sus propias fuerzas o capacidad, sólo en Dios. No saludar a nadie por el camino se les pide para que no pierdan tiempo en cosas que no pertenecen a la misión.

Los discípulos no deben andar de casa en casa, pero sí permanecer en la misma casa. Esto es, deben convivir de forma estable, participar en la vida y en el trabajo de la gente y vivir de lo que reciben en cambio, pues el obrero merece su salario.

Los fariseos, cuando iban en misión, iban prevenidos. Pensaban que no podían confiar en la comida que no siempre era ritualmente “pura”. Por esto llevaban alforja y dinero para poder cuidar de su propia comida. Así, en vez de ayudar a superar las divisiones, las observancias de la ley de pureza, hacían difícil la convivencia y compartir los valores comunitarios.

Los discípulos deben curar enfermedades, curar a los leprosos y expulsar los demonios. Esto significa que deben acoger dentro de la comunidad a los que fueron excluidos. Si cumplen con todas estas exigencias, los discípulos pueden y deben gritar a los cuatro vientos: ¡El Reino ha llegado! Anunciar el Reino implica una nueva manera de vivir y de convivir desde la Buena Noticia del amor de Dios que Jesús nos comunica con su vida y su Palabra.

[1] Cf. O Carm. Lectio Divina, 18 de octubre 2014