Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Si ustedes comprendieran…  no condenarían…

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sábado 

Tiempo Ordinario

Viernes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 1-8)

Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.

El les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes? ¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.

Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los fariseos no pierden la ocasión para pensar mal de Jesús y de sus discípulos y acusarlo. Podríamos identificar el fariseísmo con la actitud de quien tiene miedo del mal pero lo busca en los demás y no en sí mismo. El fariseo piensa que se salva acusando a los demás, viendo la brizna pero continuando siendo incapaz de quitarse la viga de su ojo. Juzga pero no ama; observa pero no ayuda.

No es de extrañar que el fariseo sea indiferente a la petición de perdón y de curación de quien sufre. Le reprochan a Jesús que deje a sus discípulos recoger algunas espigas durante el camino en sábado. El maestro responde con dos ejemplos que demuestran la mezquindad y la ceguera de su corazón. Y sobre todo afirma, con las palabras de Oseas, la grandeza del corazón de Dios: «Misericordia quiero, que no sacrificio»).

El Señor no quiere una observancia fría y exterior de las normas, sino el corazón del creyente. Eso no significa que haya que despreciar las normas. Pero por encima de toda norma está la compasión, que es un don que debemos pedir a Dios porque no proviene de nuestro carácter ni de nuestras cualidades, sino de Dios.

Y en realidad, dicha dimensión, está presente desde siempre en la revelación bíblica. En algunos comentarios hebreos, por ejemplo, leemos: «el Sábado se les ha dado a vosotros, y no ustedes al sábado». Y algún comentarista explica que los rabinos sabían que la religiosidad exagerada podía poner en peligro el cumplimiento de la esencia de la ley: «No hay nada más importante, según la Torá, que salvar la vida humana … Incluso cuando no hay más que una remota probabilidad de que una vida esté en juego, se pueden descuidar las prohibiciones de la ley».

El Sábado muestra la presencia cariñosa de Dios en la historia de los hombres. El Señor Jesús es el rostro cariñoso de Dios. Por eso repite que quiere misericordia, no sacrificio. Jesús no viola la ley, sino que la cumple con el amor. Dios no da una norma, sino una palabra de amor para hacer plena la vida de los hombres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 286.

Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

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Jesús Tiempo Ordinario

Miércoles de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 25-27)

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje evangélico reproduce una oración que Jesús le hace al Padre: « Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla ». Jesús bendice al Padre y le da gracias porque ha dado a conocer el Evangelio del Reino a la «gente sencilla», que también se podría traducir por «pequeños».

Tiene ante sí a aquel pequeño grupo de hombres y mujeres que lo siguen. Entre ellos no hay muchos poderosos ni inteligentes; son mayoritariamente pescadores, empleados de bajo nivel y, en cualquier caso, personas de clase no alta. Si algún personaje de relieve se acerca a Jesús -como por ejemplo el sabio Nicodemo-, oye de boca de Jesús que debe «volver a nacer», volver a ser «pequeño», porque si no lo hace no podrá entrar en el Reino del Cielo.

El reino, efectivamente, es solo para los «pequeños». Es «pequeño» quien reconoce sus límites y su fragilidad, quien siente que necesita a Dios, lo busca y le confía su vida. El texto evangélico, sin embargo, no pretende despreciar a los «sabios e inteligentes» sino más bien advertir a aquellos que piensan como los escribas y los fariseos, es decir, los engreídos, los que están tan llenos de sí mismos que no necesitan a nadie, ni siquiera a Dios.

El sentimiento de autosuficiencia no solo aleja de Dios sino que fácilmente se traduce en desprecio por los demás. El discípulo, por el contrario, sabe que todo lo debe a Dios y a Jesús que nos lo ha revelado. Nosotros difícilmente sentimos que somos los sabios y los inteligentes de los que habla Jesús. Lo somos en la práctica: sabios de nuestras costumbres, de los juicios que ya ni nos inmutan; inteligentes hasta el punto de no escuchar a nadie y de creer que podemos prescindir de los demás.

La fe es ante todo el abandono confiado de los pobres, que no lo entienden todo pero se sienten fuertes porque se sienten amados y obedecen la Palabra de Jesús. Los pequeños no son en absoluto los que no comprenden o los que «se lo creen todo». Únicamente la confianza permite ver aquello que de otro modo resulta invisible. Todos podemos llegar a ser pequeños si seguimos el camino de la humildad, un camino que nos hace realmente grandes.

El Señor nos ha elegido para que, a pesar de nuestra pobreza, podamos participar en el gran sueño de Dios por el mundo, que no es otro que reunir a. todos los pueblos alrededor de Él para que vivan en la alabanza al Señor y en paz entre ellos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 283-284.

¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!

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Ay de ti corazainTiempo Ordinario

Martes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 20-24)

En aquel tiempo, Jesús se puso a reprender a las ciudades que habían visto sus numerosos milagros, por no haberse arrepentido. Les decía: “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza.

Pero yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que para ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo, porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros que en ti se han hecho, quizá estaría en pie hasta el día de hoy. Pero yo te digo que será menos riguroso el día del juicio para Sodoma que para ti”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El amor apasionado de Jesús se convierte en reproche. Jesús ama y por eso ayuda a todos a ver su pecado. Reprende a su generación porque se había negado a acoger el plan salvador del Bautista y ahora rechaza también el mensaje de Jesús.

Así, Jesús se dirige a dos ciudades de Galilea que están cerca de Cafarnaún Y las increpa duramente: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!». Les reprocha que hayan rechazado su predicación a pesar de los milagros que ha hecho entre ellos. Los habitantes de ambas ciudades se han empecinado en no acoger el Evangelio y no convertirse.

Jesús recuerda dos antiguas ciudades paganas, Tiro y Sidón, que sin duda habrían hecho penitencia si hubieran visto los milagros hechos en Corazín y Betsaida. Es un grito de desánimo de Jesús, que ve cómo caen en saco roto años de predicación y de acción cariñosa con todos. La falta de acogida también es un misterio.

La autosuficiencia y el orgullo cierran el corazón y la mente. De ahí el severísimo juicio de Jesús. Y Jesús recrimina también a Cafarnaúm, donde moraba con sus discípulos: «¡Serás precipitada en el abismo!». Parece que Jesús no se refiere solo a los habitantes, sino a la ciudad misma. En efecto, hay un vínculo entre la ciudad y sus habitantes. Podríamos decir que la vida social es el resultado de la calidad de la vida de sus habitantes. Si hay desinterés por la vida social y cada uno solo va a  lo suyo, la ciudad se hunde.

Los cristianos tienen una responsabilidad por la ciudad en la que viven. Deben ser el alma de la ciudad para ayudar a quienes la habitan a vivir en paz y armonía.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 283.

El que busque su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la encontrará.

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Tomar la cruz

Tiempo Ordinario

Lunes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 34—11, 1)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra.

He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús pide a los discípulos un amor radical. Si dejamos que nos amen podemos comprender esa petición de Jesús, que de lo contrario parece exagerada. Él es el primero que ama a los suyos más que a su propia vida. Para Jesús, solo amándole a Él más que a nadie podemos aprender a amar a todo el mundo. Solo quien tiene este amor es «digno» del Señor. Hasta tres veces en pocas líneas se repite: «ser digno de mí». Pero ¿quién puede afirmar ser digno de acoger al Señor?

Basta una mirada realista a nuestra vida para darnos cuenta de nuestra pequeñez y nuestro pecado. Ser discípulo de Jesús no es fácil ni inmediato, y no se logra por nacimiento o tradición. Uno es cristiano solo porque lo decide. Los discípulos de Jesús están llamados a amarlo por encima de cualquier otra cosa. Solo así encuentran el sentido de la vida. Por eso Jesús puede decir: «El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará». Es una de las frases más reproducidas en los evangelios (hasta seis veces).

El discípulo «encuentra» su vida -en la resurrección- cuando la «pierde», es decir, cuando la entrega hasta el último día de su existencia, para anunciar el Evangelio. Es justo lo contrario de la concepción del mundo, según la cual la felicidad consiste en guardar para uno mismo la vida, el tiempo, las riquezas y los intereses. El discípulo, por el contrario, halla su felicidad cuando vive para los demás y no solo para sí.

Es una verdad humana: solo el amor que damos es nuestro. Estamos en la conclusión de este «manual» de los discípulos en misión, así se podría definir el capítulo 10 de Mateo, y Jesús expone algunas consideraciones sobre cómo les reciben. Y dice: «quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado ».

La dignidad del discípulo proviene de identificarse con el Maestro, pues no lleva su propia palabra sino la de Dios. Jesús también les llama «pequeños». La única riqueza del discípulo es el Evangelio, y frente al Evangelio también él es pequeño. El discípulo depende totalmente del Evangelio. Esta es la riqueza que debemos conservar; esta es la riqueza que debemos transmitir.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 282.

¿Y quién es mi prójimo?

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buen samaritano.jpgTiempo Ordinario

Domingo de la XV semana

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 25-37)

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Seguimos caminando con Jesús hacia Jerusalén, los últimos dos domingos, como en un díptico contemplamos por un lado, las actitudes fundamentales requeridas para ser sus discípulos y que se podrían sintetizar en libertad afectiva, libertad ante los bienes y libertad ante la propia historia; por otro lado, en el envío de los setenta y dos discípulos apreciamos el horizonte universal de la misión, la importancia del testimonio, los criterios para realizar la misión y los ámbitos en los que ésta se despliega y el regreso a la intimidad de la comunidad para retroalimentar a los hermanos compartiendo con ellos la obra de Dios.

Este domingo, continuamos con el tema de la misión; el evangelista nos lleva ahora a considerar tres distintivos de quien camina con Jesús: la misericordia, la escucha y la oración. Hoy consideramos el primero: el discípulo misionero se distingue por el amor al estilo de Jesús.

El texto

Para hacernos entender lo que significa la práctica de la misericordia, Lucas nos presenta una de las parábolas más impresionantes y conocidos de su evangelio: la del Buen Samaritano; es un relato que cuestiona si nuestro amor es egoísta o es un amor como el de Dios.

El marco del relato es el diálogo entre Jesús y un experto en la Ley. Distinguimos tres partes: el diálogo inicial con el doctor de la ley sobre el mandamiento principal; la parábola del buen samaritano y el diálogo conclusivo con el doctor de la ley.

I. El diálogo inicial con el doctor de la ley

El diálogo inicia con una pregunta mal intencionada, formulada para poner a prueba a Jesús: «¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» El interés del sabio que hace la pregunta es práctico; como experto él sabe que la vida eterna es un don de Dios, que exige un compromiso, por eso insiste en saber: «¿qué debo hacer…»

La pregunta es provocativa; más allá de los intereses de la vida ordinaria, quien la formula sabe que la vida no termina con la muerte y que la existencia está destinada a una vida eterna; se descubre en el fondo un sentido de responsabilidad: la vida no puede vivirse como venga sin más, cada persona es responsable de orientarla.

En este horizonte entendemos la respuesta de Jesús. Si una persona ha descubierto a Dios en la vida, pero no siente ninguna responsabilidad con los dones con los que ha sido bendecida, se vuelve indiferente ante los demás, vive sólo para sí, es incapaz de compartir y de ayudar.

Jesús responde con una pregunta certera, centrando a su interlocutor en el querer de Dios: «¿qué está escrito en la Ley?» El doctor de la ley responde con toda lógica: la responsabilidad con Dios esta unida a la responsabilidad con el prójimo. No se puede amar a uno y despreciar al otro: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo».

Hasta aquí los interlocutores, Jesús y el doctor de la Ley están de acuerdo: el punto de partida para la comunión de vida con Dios en la eternidad se encuentra en el presente: amar a Dios y amar al prójimo es tan necesario como suficiente: «Haz esto y vivirás»

Pero… surge una cuestión «¿quién es mi prójimo?» La pregunta tiene una connotación práctica; plantea la cuestión de los límites, ¿hasta dónde se ha de llegar?; dicho de otra manera ¿a quiénes se ha de amar como a uno mismo?

No olvidemos que en el tiempo de Jesús el sentido de pertenencia a la familia, al clan y a la nación era muy  fuerte y las tensiones con quienes no formaban parte de estos grupos no eran insignificantes. Para ilustrar lo anterior, recordemos que los samaritanos no quisieron recibir a Jesús con sus discípulos porque sabían que eran judíos y que se dirigían a Jerusalén.

II. La Parábola del buen samaritano

El relato lo podemos dividir en tres partes: la primera, presenta la situación; un hombre queda medio muerto en el camino víctima de violencia; la segunda, dos caminantes, vinculados con el culto del Templo, pasan de largo y la tercera, la ayuda se recibe de quien menos se espera, de un enemigo.

  1. La situación: un hombre queda medio muerte en el camino, víctima de la violencia.

El relato nos ubica de entrada en el marco geográfico: «un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó». Se trata de una ruta que une dos ciudades importantes; paso preciso de peregrinos que iban o regresaban de Jerusalén. Es un camino que atraviesa el desierto, peligroso no sólo porque el ambiente natural hostil sino por la inseguridad; no era raro que aparecieran delincuentes que, aprovechándose de la geografía inhóspita, asaltaban las caravanas o a los viajeros solitarios.

Leemos en nuestro texto que este hombre «cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto». Con pocas palabras se describen tres acentos del drama terrible de este caminante: 1. lo robaron, literalmente sería ‘lo desnudaron¨; 2. lo vejaron, fue brutalmente golpeado al grado de quedar «medio muerto» y 3. lo dejaron, abandonándolo en descampado, en medio del desierto, sin posibilidad de auxilio, prácticamente condenado a muerte.

Se describe así la situación de una persona en una situación extrema de fragilidad, que depende totalmente de la ayuda de quien, pasando por ahí, fuera capaz de compadecerse; sin embargo, quien intente ayudar a este hombre, arriesga su vida pues se expone al mismo peligro y cualquier tipo de ayuda exige modificar el proyecto de su viaje.

  1. Dos caminantes, vinculados con el culto del Templo, pasan de largo

La oportunidad de ayuda se presentó en dos ocasiones, pero la actitud de los caminantes hizo evidente lo difícil de la situación del hombre herido y la dificultad para superar los prejuicios culturales y religiosos. Leemos en nuestro texto: «sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante».

El relato destaca el verbo «ver», uno y otro, el sacerdote y el levita, vieron, se dieron cuenta de las implicaciones de la situación y optaron por no alterar su ruta, por no exponerse, por no salir de su zona de confort y por ello, rodeando la situación, pasaron de largo.

El primero en negar la ayuda fue un «sacerdote»; con probabilidad se trataba de alguien que después de prestar su oficio sacerdotal en el Templo regresaba a casa. Jericó era una ciudad en la que había muchas casas de sacerdotes.

El segundo en negar la ayuda, fue un «levita»; pertenecía a una categoría sacerdotal inferior; era miembro de una elite prestigiosa en la sociedad judía de la época que era responsable del esplendor de la liturgia y de la vigilancia del Templo; los levitas eran muy respetados.

¿Por qué pasaron de largo? Se podrían dar muchas explicaciones, por ejemplo: 1. pudieron haber pensado que el hombre estuviera ya muerto y al ser hombres del culto del Templo, quedarían inhabilitados al incurrir en impureza por  tocar un cadáver; 2. No quisieron detenerse para no exponerse a ser asaltados; 3. Vieron la gravedad de la situación y las implicaciones que la ayuda tenía para su economía… etc…

El caso es que por la razón que haya sido, al pasar de largo estos dos hombres, cuya vida estaba marcada por el culto a Dios fueron incapaces de un acto de amor al prójimo; seguramente encontraron excusas e hicieron buenos razonamientos para tranquilizar sus conciencias; su propia seguridad, la realización de los planes que tenían, la pureza ritual necesaria para el culto, fueron más fuertes que la compasión por un hombre agonizante y abandonado a su suerte en el camino. En este caso, su conducta práctica puso al descubierto la disociación entre el amor a Dios, el amor al prójimo y el amor a sí mismos.

  1. La ayuda se recibe de quien menos se espera, de un enemigo

El drama llega a su punto culminante cuando aparece el tercer personaje; el solo enunciado de su origen, crispa los nervios de los oyentes. Leemos en nuestro texto: «un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él

Las relaciones entre los judíos y los samaritanos no era buenas, las razones se enraizaban en la historia y sus diferencias tenían que ver, entre otras cosas, con el culto a Dios, sobre el que tenían conceptos y pretensiones radicalmente distintas. Recordemos el diálogo de Jesús con la samaritana.

El samaritano también «vio» la situación, seguramente la razonó, pero fue capaz de ir más allá, además de ver, «se compadeció», es decir, se puso en la situación del hombre herido, hizo suyo su sufrimiento y actuó dispensándole la atención y cuidado que le hubiera gustado recibir, él o para los suyos, en situación semejante.

En el evangelio la compasión no se identifica con la lástima; se trata de una experiencia interior, un removerse las entrañas hasta lo más profundo, liberando un dinamismo, que en el caso que contemplamos se concretó en una sucesión de gestos que lo implicaron directamente, pues el dolor del hombre moribundo llegó hasta su propio corazón.

Leemos en nuestro texto: «se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’

Basta poner cuidado en los verbos, para darnos cuenta del dinamismo que se desplegó desde el interior del samaritano en favor del hombre herido. A diferencia del sacerdote y el levita que pasaron de largo, se acercó; los tocó, curando y vendando sus heridas con aceite y vino; no lo abandonó, lo llevó consigo, montándolo en su cabalgadura y lo trasladó a una posada en donde personalmente cuidó de él; se hizo cargo de los gastos, incluyendo los necesario para su completa rehabilitación, mostrándose disponible para seguir respondiendo por él.

Notemos que la ayuda que ofrece el samaritano tiene dos finalidades; la primera, es inmediata, asistir al hombre herido en la emergencia, en el peligro de muerte; en esta situación el herido es completamente dependiente, no puede hacer nada por si mismo; la segunda es rehabilitarlo, es apostar por su recuperación total, que se alcanzará cuando sea capaz de hacerse cargo de su propia vida. Un detalle que no debe pasar por alto, es la relación interpersonal, que se expresa de diversas maneras: cercanía, contacto, curación, cuidado y responsabilidad; llama la atención también la intención de volver a verlo con la disponibilidad de seguirle tendiendo la mano si fuera el caso.

Concluye la parábola, pero no en el diálogo con el doctor de la ley.

III. Diálogo conclusivo con el doctor de la ley

El diálogo de Jesús con el doctor de la ley había quedado en suspenso; la pregunta «quién es mi prójimo» requería una respuesta precisa que determinara a quién se debe amar y con quienes no se tiene esa obligación.

A partir de la parábola, Jesús retoma la conversación con el doctor de la ley, para llegar a la conclusión práctica que él buscaba. Leemos en el texto: «¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”

La respuesta del doctor de la ley lleva a una primera conclusión: el prójimo no forma una categoría de personas definida por los lazos de la sangre o de la nacionalidad; prójimo es el que se acerca, el que se aproxima. El samaritano no se preguntó si el hombre herido era su prójimo o no, si entraba en la categoría de personas a las que debía dispensar su amor; él vio su situación, se compadeció, se acercó a él haciéndose así prójimo suyo.

Una segunda conclusión a la que llega el doctor de la ley es que el amor a Dios y el amor al prójimo no pueden desarticularse en la vida práctica; que el amor que Dios nos tiene es misericordioso y que de la misma calidad debe ser nuestro amor a los demás; que no puede se puede restringir el amor a quienes “lo merecen” por ser de los nuestros.

El doctor de la ley, aprendió, como tercera conclusión, que la misericordia no tiene límites, que está por encima de la enemistad; que el amor misericordioso supone ver y compadecerse; tomar la iniciativa y acercarse; entender la realidad, pero además, sentirla, hasta apropiarse el sufrimiento ajeno; desplegar desde el interior del corazón todos los gestos necesarios para asistir a quien sufre cuando no puede valerse por si mismo hasta que se rehabilite y pueda hacerse dueño de su vida.

Jesús apreció la respuesta del doctor de la ley y más allá de la mala intención de la pregunta inicial descubrió una preocupación sincera, por ello sin más concluye el diálogo diciéndole: «anda y haz tú lo mismo».

Conclusión

En nuestros días, como en los tiempos de Jesús, hay muchas personas que yacen «a la orilla del camino» porque son víctimas de la violencia; no sólo de la violencia criminal, sino también de la violencia familiar y social, de la violencia estructural, enraizada en redes de corrupción, en ambientes de desigualdad, y legitimada por los intereses de gente ávida y voraz que, en distintos ámbitos, desprecia la vida, lucra con ella y la destroza cuando no le es útil.

En pueblos y comunidades de fe cristiana escuchar la parábola del buen samaritano es un llamado a la conciencia. Si seguimos a Jesús, no podemos pasar de largo, sino detenernos y como el samaritano bondadoso, ver y sentir, permitiendo al Espíritu que se despliegue en nosotros el dinamismo necesario para asistir a quienes la violencia ha dejado inhábiles para valerse por si mismos, para impulsar su rehabilitación y puedan así con toda dignidad ser sujetos de su desarrollo y para participar, como ciudadanos responsables, en la transformación de las condiciones familiares, sociales, culturales, políticas y económicas que causan tanto dolor y sufrimiento.

 

 

[1] F. Oñoro, ¿Cómo hacerse prójimo del necesitado. La praxis de misericordia del Bien Samaritano. Lectio Divina Lucas 10, 25-37. CELAM/CEBIPAL.

El discípulo no es más que el maestro

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pajarillo Tiempo Ordinario

Sábado de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 24-33)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores! No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, en la larga exhortación misionera que está dirigiendo a los discípulos, les pide que no se sientan superiores al Maestro. Esa es, en realidad, la tentación de Adán: desafiar a Dios. Nuestra salvación consiste en ser discípulos suyos.

Jesús pide a sus discípulos no temer a los enemigos del Evangelio: «No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Cuando recordaba estas palabras de Jesús, el evangelista Mateo tenía delante de si la experiencia de su comunidad sometida a fuerte oposición. Y quería tranquilizarla.

El Señor no abandona a sus discípulos. Al contrario, todo aquel que gasta su vida por el Evangelio recibe el consuelo del Señor, sobre todo si debe hacer frente a dificultades y pruebas. El Evangelio de la cruz y de la resurrección nunca ha sido fácil y lineal para la comunidad cristiana. Evidentemente debemos preguntarnos qué significa para nosotros la exhortación a no tener miedo, teniendo en cuenta que no vivimos en un tiempo de persecuciones.

Los escenarios de abierta persecución de los cristianos son reales, pero están geográficamente están lejos de nosotros; sin embargo, para los que no son abiertamente perseguidos es fácil que su corazón se debilite; es fácil que no tengan la audacia y la valentía de creer en el Evangelio como fuerza de cambio y de salvación. Un cristianismo que renuncia, que no sabe tener esperanza en un mundo de paz devalúa su fuerza.

A veces pensamos que el Evangelio nos pide llevar una vida hecha solo de renuncias, sin un interés real por nosotros, que termina siendo ineficaz para la sociedad. Pero no es así. El discípulo que sigue el camino del Evangelio no se pierde, Dios lo sostiene: «¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados.».

Esta es la verdadera certeza del cristiano: no ser invulnerable, invencible, sino amado siempre. ¡No hay nada en nuestra vida que se vaya a perder porque todo en ella es amado! Y el amor no deja que se pierda nada: «no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo».

Esta atención cariñosa del Señor se convierte en compañía en la lucha por comunicar el Evangelio hasta los extremos de la tierra. El cristiano no es un conquistador, sino un hombre amado que comunica la buena noticia de la victoria sobre el mal.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 279-280.

Los envío como ovejas entre lobos

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oveja entre lobosTiempo Ordinario

Viernes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 16-23)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.

Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.

El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús predice persecuciones a sus discípulos. El amor evangélico, aquel amor que es totalmente gratuito y sin reciprocidad alguna, es un estorbo para la obra del príncipe de este mundo, una obra de división. Por eso Jesús dice: «Yo los envío como ovejas entre lobos». Y las ovejas son siempre más débiles que los lobos, y parecen condenadas a perder siempre. Pero ese es precisamente el misterio de la misión de Jesús, que él confió a su Iglesia.

El padre Andrea Santoro, asesinado en Turquía, decía:  «Los cristianos tenemos una ventaja, y es que creemos en un Dios inerme; en un Cristo que nos invita a amar a los enemigos, a servir para ser ‘señores’ de la casa, a ponemos los últimos para ser los primeros, en un evangelio que prohíbe el odio, la ira, el juicio, el dominio; en un Dios que se hace cordero y se deja atacar para dar muerte en él al orgullo y al odio; en un Dios que atrae con el amor y no domina con el poder; y esa es una ventaja que no debemos perder».

Y citaba a san Juan Crisóstomo: Cristo apacienta ovejas, no lobos. Si somos ovejas venceremos; si somos lobos perderemos. A pesar de la humildad y de la simplicidad de las «palomas», los cristianos se oponen, con sus palabras y su conducta, al egoísmo y lo desenmascaran. De ahí nace la persecución y el sufrimiento, el intento de eliminar a los verdaderos testigos de la fe. Nosotros, que vivimos en el tercer milenio, debemos aprender del Evangelio a distinguir cuándo ya no es posible llegar a compromisos con un mundo que quiere ahogar la Palabra de Dios haciendo callar a quien da testimonio de ella.

Ante ciertas injusticias, ante el escándalo del sufrimiento de los más débiles, ante la eliminación de la vida, ante las heridas de un mundo cada vez más dividido entre muchos pobres y pocos ricos, el discípulo, aun sabiendo que encontrará oposición, no puede callar y no anunciar con la vida que es hijo de Dios y no de este mundo. Nos animan y nos consuelan las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «El que persevere hasta el fin, ese se salvará».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 278-279.

Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’

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pazTiempo Ordinario

Jueves de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 7-15)

En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente.

No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan.

Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de haber elegido a los doce y de haberles confiado la misión de anunciar la llegada del Reino de Dios, Jesús continúa explicando el contenido del anuncio que deben hacer a aquellos que encuentren. Jesús les dice: «Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios»; y añade que deben hacer llegar la paz a las casas de los hombres.

Es un contenido esencial e inderogable para aquellos discípulos y para la Iglesia de todos los tiempos, así como para todas las comunidades cristianas. Esta debe ser la primera y verdadera preocupación de los discípulos. Jesús les advierte de que no se dejen superar por otras preocupaciones. Y las enumera: Oro, plata, cobre, alforja, dos túnicas, sandalias, bastón. Parecen útiles e incluso necesarias para la misión. Pero en realidad, de manera insidiosa a menudo alejan a los discípulos de la primacía absoluta del Evangelio.

Tenemos que meditar frecuentemente esta página evangélica para comprender el verdadero tesoro que se confía a nuestras manos y que solo en Jesús encontramos nuestra fuerza, y no en nuestras formas organizativas, en nuestras programaciones o en nuestras estrategias. Jesús indica que los discípulos deben llevar la paz a las ciudades, los pueblos y a las casas de los hombres.

Lucas, en el pasaje paralelo, habla del «saludo de la paz» (10, 5). Es un saludo que hoy el mundo necesita especialmente. El mundo todavía está marcado por la violencia y por conflictos que envenenan la vida de mucha gente. A menudo son precisamente nuestras casas, nuestras familias, las que buscan aquella paz que no encuentran y que es fundamental para tener una vida más serena y feliz.

La comunidad cristiana está llamada a ser creadora y portadora de paz en los conflictos que infligen heridas en los pueblos y en las casas de nuestras ciudades. Los discípulos de Jesús en este mundo son como corderos, es decir, como hombres y mujeres débiles, pero pacíficos y pacificadores. Pero su camino no está exento de obstáculos y oposición. El Evangelio nos advierte: «si no los reciben…». La falta de acogida y el rechazo no disminuyen la fuerza y la conciencia de que la única misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio, preparar la paz y llevarla a todo el mundo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 277-278.

Vayan en busca de las ovejas perdidas

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apóstoles.jpgTiempo Ordinario

Miércoles de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 1-7)

En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos.

Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los Doce son llamados y reciben la misión evangélica como fruto de la compasión por la muchedumbre, cansada y abatida. Jesús elige a doce, tantos como las tribus de Israel, como si quisiera indicar que nadie debe quedar excluido del anuncio del Evangelio.

El evangelista nos dice el nombre de los doce apóstoles. Hay griegos junto a judíos; hombres provenientes del norte y otros del sur; simples pescadores junto a miembros del partido revolucionario de los zelotas -Simón el Cananeo-, seguidores del Bautista -Santiago y Juan- y publicanos -Mateo-.

Es un grupo heterogéneo en el que el origen territorial y la militancia ideológica quedan en un segundo plano. Lo que importa es la adhesión a Jesús y la obediencia a su Palabra; estas dos dimensiones constituyen su nueva identidad. Todos, como pasa con Simón, reciben un nuevo nombre, es decir, una nueva misión y un nuevo poder.

Desde aquel momento son testigos del Evangelio y reciben el poder de cambiar los corazones, de derrotar el mal, de socorrer a los débiles, de amar a los desesperados y de hacer realidad el reino de Dios. Es un poder real, una fuerza verdadera de cambio, que no viene del dinero, de las bolsas, de las túnicas: es el poder del amor sin límites que viene de las alturas y que Jesús es el primero en mostrar.

Aquella primera misión evangélica es emblemática para todas las generaciones cristianas. También nuestra generación está llamada a encaminarse viviendo al pie de la letra esta página evangélica. En el Evangelio de Mateo el mandato se refiere solo «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Dicho límite responde a una tradición judeocristiana de los primeros años de la Iglesia.

Históricamente la misión de Jesús y de los apóstoles empezó por Israel. Podemos afirmar que esta indicación del Evangelio de Mateo, desde el punto de vista histórico, ha quedado felizmente superada por la misión global y sin límites de la Iglesia, que sin duda corresponde exactamente a la voluntad de salvación universal expresada por la vida de Cristo y de las primeras comunidades cristianas.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 276-277.

Hija, ten confianza; tu fe te ha curado

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mujer toca el manto.jpgTiempo Ordinario

Lunes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 18-26)

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.

Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”.

Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.

Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estamos en Cafarnaúm, y uno de los jefes de la sinagoga se postra ante Jesús y le suplica: «Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir». Muy probablemente conoce bien a Jesús porque lo ha visto asistir a la sinagoga y tal vez incluso lo ha invitado alguna vez a tomar la palabra. Sin duda conoce la bondad y la misericordia de este joven profeta. Él es la única esperanza que le queda para recuperar a su hija.

En el jefe de la sinagoga reconocemos el tormento de muchos padres ante la muerte de sus hijos. Su oración contiene muchas oraciones desesperadas por la pérdida prematura de los seres queridos. En aquel hombre hay una fe fuerte: cree que Jesús lo puede hacer todo. Es la fe que nos enseña el Señor cuando afirma que no hay nada imposible para Dios. Devolverle la vida a aquella niña no es más que la anticipación de la Pascua y de la definitiva victoria del Señor sobre la muerte.

Jesús escucha la oración de aquel padre y al llegar a su casa toma a la niña por la mano, la despierta del sueño de la muerte y le devuelve la vida. Confiemos con fe al Señor a aquellos que pierden la vida siendo aún niños o jóvenes y aprendamos del Evangelio a acompañar a quien sufre el dolor de la muerte de sus seres queridos para que crezca la fe consoladora en la Resurrección.

Durante el trayecto una mujer que sufre hemorragias desde hace doce años, piensa que basta con tocar el manto de Jesús para quedar curada. Es una confianza simple que se manifiesta en un gesto aparentemente aún más simple, y además, hecho a escondidas. Jesús se da cuenta, la ve y le dice: «¡Hija, ten confianza; tu fe te ha curado». Mateo resalta que es la palabra de Jesús junto a la fe de aquella pobre mujer lo que lleva a cabo la curación: hace falta una relación personal entre aquella mujer y Jesús, entre nosotros y Jesús.

Debemos preguntarnos: ¿acaso el discípulo, la comunidad cristiana, no es el manto de Jesús para muchos que buscan consuelo y salvación? Jesús busca a la persona que lo ha tocado entre la muchedumbre. También nosotros hemos de saber buscar a quienes se acercan con su historia única y particular y que piden con la esperanza de encontrar alivio a su sufrimiento o necesidad.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 274-275.

Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó

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de dos en dos.jpgTiempo Ordinario

Domingo de la XIV semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (10, 1-12. 17-20)

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’ . Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”.

Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

El les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten.

Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del evangelio que leemos este domingo, lo podemos ver formando un díptico con el del domingo anterior, en el que Jesús insistió en la libertad que requiere el discípulo para seguirlo.

Hoy entendemos el sentido de esta libertad en el envío a la misión y comprendemos la insistencia actual de la Iglesia en que identifiquemos nuestra condición de discípulos con la de misioneros; esta doble condición que es inseparable una de la otra, exige de nosotros, por un parte la libertad para el seguimiento y, por la otra, disponibilidad para la misión; ésta no se realizará con criterios propios, sino con los criterios que Jesús da a quienes envía.

El contexto

El tema de la misión es una de las preocupaciones del evangelista san Lucas. ¿En qué consiste? En la realización del proyecto de salvación que Dios tiene para la humanidad; que fue anunciado por los profetas, realizado por Jesús, en su vida, ministerio y pascua y que se extiende a todos los confines del mundo por medio de la Iglesia, que tiene como misión el anuncio del evangelio.

Hay dos fuerzas que impulsan a Jesús en el cumplimiento de su misión: la pasión por el Reino y su fidelidad al Padre. La pasión por la misión y las actitudes requeridas para realizarla, Jesús las transmite a sus discípulos, que serán sus enviados. Jesús dedica mucho tiempo y esfuerzo a formar a sus discípulos en la misión y para la misión; cuida todos los detalles; y así como hay exigencias para el seguimiento -como vimos el domingo pasado- hay exigencias para la misión.

Jesús educa para la misión en el camino, en el rimo de ir y venir, de salir de la comunidad y volver a ella, de interiorizar y anunciar.

La comprensión del texto que contemplamos nos pide no perder de vista algunos detalles. Primero, Jesús y sus discípulos están de camino, van rumbo a Jerusalén; Jesús había advertido a quienes querían seguirlo la necesidad de dejarlo todo para anunciar el Reino, tarea en la que debían concentrarse totalmente, como el labriego que empuña el arado.

El texto

Para comprender nuestro texto lo dividiremos en cuatro partes. Primera, el envío de un amplio número de misioneros; segunda, criterios para realizar la misión;  tercera, los ámbitos de la misión y cuarta, el regreso de la misión.

  1. El envío de un amplio número de misioneros

Leemos en el pasaje que contemplamos: «Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir

Esta versículo nos da dos indicaciones preciosas para entender la misión impulsada por Jesús y por las primeras comunidades cristianas y que son válidas para leer a contraluz los criterios con los que realizamos hoy la misión de evangelizar.

Primera indicación: la universalidad de la misión

Lucas es el único evangelista que menciona la misión de los setenta y dos; lo hace en consonancia con una de sus preocupaciones, que se hace más explícita en el libro de los Hechos de los apóstoles: la universalidad de la misión.

El número setenta y dos corresponde al número de las naciones paganas de las que da noticia el capítulo décimo del libro del Génesis, en donde se agrupan los pueblos que nacieron, después del diluvio, de los hijos de Noé, a partir de los cuales «se dispersaron los pueblos por la tierra después del diluvio» (Gn 10, 32).

Si el anuncio del evangelio debe llegar a todos los pueblo, es imposible que puedan realizarlo sólo los doce apóstoles; la misión será llevada a cabo por otros discípulos, que estarán siempre en comunión con las directivas de los doce.

La vocación para la misión es amplia. En la Iglesia primitiva, muchos miembros de las pequeñas comunidades que no pertenecían al grupo de los doce, estaban involucrados en la misión universal.

Segunda indicación: el testimonio es la mediación

La experiencia de Jesús y de la comunidad van de la mano en el envío misionero. Es Jesús quien designa a los misioneros y los envía; los discípulos no se auto designan, son llamados y enviados; pero no irán solos, deben ir de dos en dos.

Se subraya así la dimensión comunitaria y testimonial de la evangelización. Los enviados son elegidos de entre los que siguen a Jesús, proceden de una experiencia en común, están en el camino con el Señor, aprenden de él y desde esta experiencia de comunidad son enviados para dar testimonio.

En el modo de realizar la misión está el mensaje, si van a anunciar la vida fraterna como uno de los valores del Reino, la primera manera de hacerlo es dando testimonio de fraternidad -que implica apoyo mutuo y corrección fraterna-; además, según la usanza de la época, en el juicio en un tribunal se requería por lo menos la declaración de dos testigos para dar por cierta una declaración.

  1. Criterios para realizar la misión

Al enviar a los setenta y dos misioneros Jesús les da algunos criterios; distinguimos tres:

Primer criterio: la oración es la primera actividad apostólica

Leemos en el texto: «La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos

La primera indicación. práctica de Jesús es la oración. «Rueguen». La mirada se dirige al Padre, como siempre lo hace Jesús, porque Él es el dueño de la mies. Dios es la fuente de la misión y el misionero jamás debe olvidarlo; en consecuencia, el misionero es un obrero, al servicio de un campo que no es el suyo, por el que debe consagrar todas sus energía, incluso cuando sienta que la cantidad de trabajo rebasa sus fuerzas y capacidades.

Si doce apóstoles eran insuficientes para la universalidad de la misión, también lo son setenta y dos; la inmensidad de la tarea a realizar es el primer motivo de desaliento; pero la actitud de confianza en Dios y de responsabilidad en el encargo, deben acompañar al misionero en todo momento; por ello debe orar, como les enseño Jesús, porque todo de Dios se ha recibido y a es a ël a quien se ofrece. El primer criterio para la misión es pues la oración como principio básico y fundamental.

Segundo criterio: No perder de vista que siempre habrá dificultades

Dice nuestro texto: «Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos.»

Jesús no engaña a nadie; no promete un mundo idílico sin problemas ni dificultades; con una sola frase describe el ambiente de hostilidad que aguarda a los misioneros. La metáfora de los lobos y corderos no podía ser más elocuente.

Ante las dificultades, los misioneros no pueden responder con agresividad. En el recuerdo de los discípulos está lo que sucedió en Samaria, donde no quisieron recibir a Jesús y los discípulos reaccionaron con agresividad y deseos de venganza.

El discípulo misionero debe estar preparado incluso para el fracaso y consciente de su fragilidad debe tener claro de donde le viene la fortaleza.

Tercer criterio.  La confianza puesta en Dios no en las propias seguridades

Dice nuestro texto: «No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias»

En la misión, los enviados dependen totalmente de Dios, que es quien los protege y sostiene. Son enviados sin ningún equipaje, con la confianza total puesta en la Providencia de Dios que se manifestará en sus necesidades.

Esta austeridad de medios, experiencia de pobreza, es en realidad una experiencia de libertad del corazón, que debe mantenerse no sólo en el camino, sino en la vida diaria, en las casas y en la ciudad entera.

  1. Ámbitos de la misión.

Se describe el comportamiento del misionero en tres ámbitos: camino, casa y ciudad.

Primer ámbito: el camino.

El misionero en camino, ya es es en si evangelizadora; se ha despojado de los recursos que dan seguridad para el viaje; no tiene ambiciones personales; están abandonados a la providencia de Dios, y en ello se parecen a Jesús en camino, confiado totalmente en Dios, anunciando así el gozo de ser Hijo.

Cuando está en el camino, los discípulos misioneros deben atenerse a una indicación: «no se detengan a saludar a nadie por el camino»; ésta se refiere a la detenrse a saludar a los amigos y familiares en conversaciones que se prolonagan indefinidamente conforme a la usanza en el Antiguo Oriente. Sería como una forma de volveer atrás, a las preocupaciones mundanas y perder la concentración en el servicio de la Palabra de Dios. La misión no admite distracciones ni pérdida de tiempo en cosas inútiles.

Segundo ámbito: la casa.

A diferencia del camino, en una casa si hay que detenerse, esto significa quedarse con una familia. El mismo Jesús da testimonio de ello en distintos pasajes del evangelio y por ello precisa el comportamiento que han de observar los misioneros en la evangelización de la casa.

Lo primero que hay que hacer es invocar la bendición sobre quienes viven en esa casa: «Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa». Puesto que es “don”, la bendición salvífica puede ser aceptada o rechazada.

Como es sabido, la respuesta no era idéntica en todos los miembros de la casa, pero era suficiente uno; «si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá». La gente amante de la paz es la personas abierta a la Palabra y a los dones que provienen de Dios. Una persona abierta a la buena noticia del Reino vale la misión entera.

En segundo lugar, el misionero debe insertarse en la vida de la familia: «Quédense en esa casa»; esto, para compartir los distintos momentos de la vida familiar y desde su seno, ponerse al servicio de los demás. La hospitalidad pide el ofrecimiento del hospedaje y la alimentación, que el misionero debe recibir como el trabajador recibe su salario: «coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario»

En tercer lugar,  los misioneros han de evitar andar «de casa en casa»; su permanencia, insertos en la vida de una familia, sigue también la lógica de la levadura; el testimonio, la Palabra, los gestos, permitirán que la Buena Nueva toque la vida de aquella familia hospitalaria; al retirarse los misioneros para continuar la misión, el fermento del evangelio quedó en la familia que los acogió para seguir irradiándose en ausencia de quienes llevaron el anuncio de la Palabra. Podemos ver el testimonio de Pablo en la casa de Lidia (Hech 16,15)

Tercer ámbito: la ciudad.

Se prevén dos escenario: ser acogidos o ser rechazados.

En el caso de ser acogidos, se repite en gran escala lo que se ha dicho sobre la evangelización de la familia. La acogida se expresa en el ofrecimiento de alimentos, que los discípulos deben aceptar: «en cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den»; en la ciudad deben hacer lo mismo que Jesús: predicar la llegada del Reino de Dios y con su autoridad realizar los signos de su advenimiento: «curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’»

En el caso de ser rechazados durante el desempeño de la misión, los setenta y dos reciben una instrucción parecida a la que ya habían recibido los doce: «salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos». Con este gesto se quiere decir: “entre ustedes y nosotros no hay ninguna responsabilidad; asumirán el rigor de las consecuencias negativas de su equivocada decisión”.

La referencia a la ciudad de Sodoma, símbolo de la ciudad pecadora, es aquí un aviso del lamentable destino que le espera a quien se negó conscientemente la salvación sin olvidar que Dios siempre ofrece la vida (cf. Dt. 10, 11b).

  1. El regreso de la misión

Lucas no narra cómo ejercieron los discípulos la misión, pero si ofrece algunos datos fundamentales del regreso: «Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría». El tema de la alegría aparece cuatro veces, dos referida a los discípulos y finamente a Jesús. La alegría debe caracterizar al misionero.

La alegría del misionero es por tres razones: la primera: por la obra de Dios en la historia humana: la destrucción del mal y la derrota del maligno, porque las fuerzas de muerte han sido vencidas; segunda, por haber sido instrumento de esta victoria, Jesús le ha dado su “poder” y por lo tanto poseen un poder más fuerte que el de Satán y tercera: porque «sus nombres están escritos en el cielo». En pocas palabras, deben alegrarse no sólo por lo que han hecho sino porque han recibido el don de la salvación: la comunión con Dios que es la alegría de Jesús

De manera admirable, lo que ha sucedido con los destinatarios de la misión, sucede también con los misioneros; salieron de la intimidad de la comunidad para compartir la obra que Dios había realizado en ellos y vuelve a la comunidad, a nutrir su intimidad, con la obra de Dios en las comunidades evangelizadas.

Los misioneros del Reino. mensajeros de la paz, entran en ambientes difíciles, se sitúan en ellos “como corderos en medio de lobos”, llevando la reconciliación a los caminos, a las casas y a las ciudades. Su anuncio del Reino al mismo tiempo que cura al hombre aniquila el poder del maligno. Ellos no sólo trabajan arduamente sino que también celebran gozosamente en la alegre dulzura de Jesús. Y esta certeza los acompaña siempre

 

[1] F. Oñoro, Jesús formador de misioneros: para ser buenos obreros del Evangelio. Lucas 10, 1-12. 17-20

El vino nuevo se echa en odres nuevos

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XIII semana

 Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 14-17)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les respondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán.

Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura.

Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres.

El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los discípulos de Juan, que llevaban una vida más austera que la de los discípulos de Jesús, le preguntan directamente sobre esa diferencia: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?». Sabemos que, con la intención de anticipar la llegada del reino, el ayuno ocupaba un lugar preeminente en la piedad de los fariseos, y también en la de los discípulos de Juan.

Los fariseos lo interrogan simplemente para juzgarlo, para hacerle caer en una encerrona y desacreditarlo. Los discípulos de Juan preguntan para comprender. Nunca debemos avergonzarnos de pedir ayuda a Jesús. El maestro responde con la imagen de la llegada del novio y compara a los discípulos con los amigos del novio que participaban en la boda y la preparaban.

A su paso, efectivamente, Jesús creaba un clima nuevo, de alegría, de fiesta, justo como la que se hace en una boda. Con Jesús había llegado el verdadero «esposo», o mejor dicho, el Salvador de los hombres. Por eso hacían fiesta los discípulos y los pobres, los enfermos y los pecadores. Todos se sentían liberados de la esclavitud del mal. Podían estar alegres. No obstante, advierte Jesús, vendrán momentos difíciles. Vendrán para él, y en estas palabras ya había un indicio de los días de la pasión. También vendrán para los discípulos y para las comunidades. ¿Cómo no pensar en las innumerables persecuciones que se abaten todavía hoy sobre los discípulos de Jesús?

Durante los periodos difíciles, los discípulos «ayunarán», añade Jesús. Pero mientras no llegue aquel «esposo», hay que vestirse de fiesta y beber el vino de la misericordia; eso dará fuerza también para los momentos difíciles. Los odres viejos de los que habla Jesús son los anquilosados esquemas mentales y religiosos de siempre. El amor evangélico requiere corazones nuevos, es decir, libres de esquemas y prejuicios naturales, para acoger el mismo amor de Dios.

La resistencia a la novedad de la Palabra de Dios significa cerrarse al Espíritu para aferrarse a tradiciones que muchas veces son caducas, y que, como mucho, se escudan en lo que se ha hecho siempre y en lo que se ha pensado siempre. El Evangelio del amor nos libra de cerrarnos y limitarnos y nos hace vivir en los amplios horizontes de Dios.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 271-272.

Mateo… se levantó y lo siguió

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Tiempo Ordinario
Viernes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 9-13)

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Mientras camina, Jesús ve a Mateo, un publicano, un recaudador de impuestos que trabaja para el gobernador de la región y para los romanos. Los publicanos eran tildados de deshonestos y tenían fama de aprovecharse de la gente. Se les consideraba impuros porque manipulaban dinero y tenían negocios sucios. Equiparados a ladrones y usureros, eran personas a evitar.

Jesús se acerca y empieza a hablar con él. Cuando terminan de hablar le hace incluso una invitación: «Sígueme». Mateo, a diferencia de muchos hombres que se consideraban religiosos y puros, se pone en pie de inmediato y sigue a Jesús sin dudarlo. Él, que era un pecador, se convierte en un ejemplo de cómo seguir al Señor. Y aún más: con el Evangelio que lleva su nombre se ha convertido en guía para muchos.

También nosotros seguimos a este antiguo publicano y pecador que nos lleva a conocer el amor del Señor Jesús. Mateo invita rápidamente a Jesús a un banquete. Toman parte también en el banquete sus amigos. Es un banquete extraño, ya que los comensales son publicanos y pecadores. Algunos fariseos, escandalizados por aquella escena, dicen a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?».

Jesús interviene directamente en la polémica con un proverbio irrefutable por su claridad: «No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos». Para él nunca hay en la tierra una división maniquea entre buenos y malos, entre justos y pecadores. Jesús solo quiere explicar cuál es su misión: él ha venido para ayudar y para curar, para liberar y para salvar. Para seguir y acoger a Jesús y su Evangelio es necesario sentir una herida, sentirse necesitado, abrir el corazón. Por eso, dirigiéndose directamente a los fariseos, añade: «Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios». E invita a todo el mundo a ser como él: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Y, acercándose aún más a cada uno de nosotros, añade: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Por eso no es difícil sentir que tenemos al Señor a nuestro lado. Solo tenemos que admitir, ante Él, que somos necesitados, que no somos tan fuertes como por desgracia muy a menudo queremos aparentar.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 270-271.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres

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curación paralitico

Tiempo Ordinario

Jueves de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 1-8)

En aquel tiempo, Jesús subió de nuevo a la barca, pasó a la otra orilla del lago y llegó a Cafarnaúm, su ciudad.

En esto, trajeron a donde él estaba a un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados”.

Al oír esto, algunos escribas pensaron: “Este hombre está blasfemando”. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: “¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil: decir ‘Se te perdonan tus pecados’, o decir ‘Levántate y anda’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, —le dijo entonces al paralítico—: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.

El se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se llenó de temor y glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús parece que va de una orilla a la otra para ayudar a quien lo necesita. Cuando vuelve a Cafarnaúm le llevan a un paralítico postrado en una camilla, y lo ponen en el centro. Es un centro no solo físico, sino también de atención, de interés, de preocupación por aquel enfermo más que por ellos mismos.

De alguna manera, el amor de aquellos amigos es el inicio del milagro. El evangelista escribe que Jesús, al ver su fe, decide intervenir. Eso indica la fuerza que tiene la oración por los enfermos. Aquel paralítico, sin duda, se quería curar, pero en este caso se indica claramente cuál es el motivo de su curación: la fe de aquellos amigos.

La Iglesia, toda comunidad cristiana, debe reconocerse como amiga de los enfermos y debe estar dispuesta a presentarlos ante el Señor. Jesús no dejará de responder a la oración que le hacemos. Quizás no lo hará como pensamos, pero habrá una curación. No solo cura el cuerpo, sino también el corazón. Jesús le dice al paralítico unas palabras que nadie ha dicho jamás: «Tus pecados te son perdonados».

Jesús no quiere insinuar que la enfermedad del paralítico se deba a sus pecados. Más bien quiere mostrar algo mucho más importante: su poder se extiende incluso sobre los pecados y los elimina. La curación llega también al corazón. Y llegados a este punto, comprensiblemente, la escena se transforma en un debate teológico.

Los escribas presentes al oír aquellas palabras, piensan mal de Jesús, aunque no lo dicen. Pero Jesús, que ve en el interior del corazón, los desenmascara y enseña hasta dónde llega su misericordia: «Levántate -le dice al paralítico-, toma tu camilla y vete a tu casa». El Señor ha hecho en aquel enfermo un milagro doble: lo ha perdonado de sus pecados y lo ha curado de la parálisis. Ha venido entre los hombres alguien que cura el cuerpo y el corazón.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 269-270.

Tomás…  no seas incrédulo, sino creyente

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jesus y tomas

Tiempo Ordinario
3 de julio

Santo Tomás, Apóstol

Textos

† Del evangelio según san Juan (20, 24-29)

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.  Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»  Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.  Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»  Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»  Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»  Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy celebramos la fiesta de san Tomás, llamado el Mellizo. El Evangelio de Juan habla de él varias veces en relación a los grandes misterios de la glorificación de Jesús. Protagoniza generosos episodios, como cuando en el momento de la muerte de Lázaro propone, junto a los demás discípulos, ir con Jesús aunque eso comporte la muerte.

Según la tradición Tomás evangelizó Persia y las costas occidentales de India, donde murió mártir: los cristianos de Malabar lo consideran el fundador de su Iglesia. La tarde de la Pascua Jesús se presenta en medio de los discípulos reunidos en el cenáculo, pero Tomás no está. Es el único que no está. También él tiene el corazón herido por lo sucedido, pero se aleja de los demás.

Tomás no cree en las palabras de los demás discípulos cuando le explican lo sucedido. Para Tomás -y no solo para él- es imposible que de los lugares de muerte pueda nacer la vida; es inconcebible que un crucificado pueda volver a vivir. Es un hombre realista que al final, como pasa a menudo, termina siendo cínico, duro, casi vulgar al referirse a las manos y al costado de Jesús, pero que revela el sufrimiento y la cruel imposibilidad de mantener la esperanza.

Para un hombre cínico la esperanza es una ilusión y el mal, la última palabra sobre la vida. El domingo siguiente Jesús vuelve y les dirige de nuevo un saludo de paz. Luego se dirige a Tomás con las siguientes palabras: «No seas incrédulo sino creyente» y le dice que ponga el dedo en las llagas y la mano en la herida del costado, que eran el motivo de su desconfianza. Entonces el discípulo se arrodilla y profesa su fe: «Señor mío y Dios mío».

No es que Tomás toque el cuerpo herido de Jesús; es más bien que las palabras de Jesús tocan el corazón de Tomás y lo conmueven. En realidad Tomás está presente en cada discípulo, está presente en quien pasa dificultades y tiene dudas, está presente en quien sufre porque no cree, está presente en quien siente dolor porque no puede amar, está presente en aquellos a quienes les cuesta tener esperanza. Pero todo eso de algún modo acerca a la fe. Jesús sigue volviendo, domingo tras domingo, y nos dice: «Dichosos los que no han visto y han creído». Si nos dejamos tocar el corazón, nos bastarán sus palabras para creer. El hombre de fe no es aquel que se convence, sino aquel que confia y cree que es posible lo que no ve.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 267-218.

Señor, ¡sálvanos, que perecemos!

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tempestad.jpg Tiempo Ordinario

Martes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (8, 23-27)

En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos.

De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido.

Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” El les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.

Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento de hoy se abre con una nota que, en su aparente normalidad, encierra un elemento clave para la interpretación de este relato, conocido como milagro de la tempestad calmada. Jesús es el primero en subir a la barca, y sus discípulos les siguen.

El mismo Mateo relee el episodio como figura de la Iglesia, que atraviesa el mar tempestuoso de la historia con la presencia de Jesús, una presencia real, si bien escondida y  silenciosa, aunque no por ello la exime de desconcierto y miedos.

Por otra parte, Mateo no habla propiamente de «tempestad», como sí hace, en cambio, el evangelista Marcos en su relato paralelo; usa el término «seis mós», que tiene un claro sabor apocalíptico: se trata, por consiguiente, de una gran tribulación a través de la cual debe pasar la barca de los discípulos de Jesús. Éstos, aterrorizados, le despiertan gritando: «¡Señor, sálvanos!» (Kyrie, sôson), una invocación casi litúrgica y muy diferente de la referida por Marcos: «Maestro, ¿na te importa que perezcamos?» (4,38).

Hay otro detalle particular que nos ayuda a comprender la perspectiva eclesial de Mateo: Jesús -a diferencia del relato de Marcos y de Lucas-, antes de hacer el milagro, regaña a los discípulos por ser hombres «de poca de fe», o sea, por su fe todavía incierta y vacilante. Sólo entonces es cuando Jesús «Se levantó increpó» a los vientos y al mar, como si fueran seres endemoniados.

El pasaje se cierra con una nota de admiración frente al poder de Jesús, capaz de someter hasta los elementos cósmicos. Él, y sólo él, puede dormir en medio de la tempestad porque reposa en el seno del Padre y se despierta en el poder de Dios, que nos salva no de la muerte, sino en la muerte, despertándonos a una vida nueva, resucitada que durará para siempre.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., X, 347-348.

Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (8, 18-22)

En aquel tiempo, al ver Jesús que la multitud lo rodeaba, les ordenó a sus discípulos que cruzaran el lago hacia la orilla de enfrente.

En ese momento se le acercó un escriba y le dijo: “Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza”.

Otro discípulo le dijo: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre”. Pero Jesús le respondió: “Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Muchas veces leemos en los evangelios que la gente se acerca a Jesús llevando pobres, enfermos y endemoniados para que los cure. Jesús acoge, mira conmovido a la muchedumbre y sabe distinguir en ella las historias de cada uno. Jesús deja que nuestra humanidad se acerque a él, pero para cambiarla. Es un verdadero maestro, un amigo que, precisamente porque nos ama, nos ayuda a ser distintos.

A menudo queremos reducir a Jesús a una de las muchas experiencias que deben aseguramos el bienestar. Se le acerca un escriba que lo llama respetuosamente con el título de «maestro» y le manifiesta su disponibilidad a seguirlo. Tal vez piensa que es suficiente seguirlo a una cierta distancia, aprender algunas nociones y formar parte de un grupo respetable.

Aquel escriba se parece a una semilla que cae allí donde no hay tierra, es decir, donde no hay corazón. Sin raíces la semilla se quema pronto por el sol de las adversidades y se pierde, se convierte en una de tantas ilusiones. Jesús quiere que la semilla dé fruto, contesta diciendo que seguirlo significa vivir como él, es decir, no tener ni casa ni lugar donde reposar, porque la vida es para gastarla para los demás.

Jesús no vino a la tierra para ofrecer garantías y seguridad para los suyos. El cristiano es siempre un misionero, un hombre que sale de sí mismo para encontrar su salvación. El discípulo está llamado a alimentar y cultivar pasión e interés por el mundo y por las necesidades de la Iglesia extendida por toda la tierra.

Con esa misma radicalidad, Jesús le contesta al discípulo que le pide ir a enterrar a su padre antes de seguirlo. La respuesta de Jesús es paradójica. No es alguien despiadado y sin corazón. No se trata, de hecho, de una cuestión de dureza en el comportamiento, sino más bien de la absoluta prioridad de optar por el Señor. Si no lo dejamos todo no comprendemos el amor del Señor. Y solo por amor uno lo deja todo.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 266-267.

Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

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San-Pedro-y-San-pablo 29 de Junio 

Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 13-19)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, columnas fundamentales de la Iglesia, cuyo martirio nos lleva a la contemplación del misterio de la Iglesia.

Una antiquísima tradición asocia a Pedro y a Pablo; por distintos caminos, ambos partieron de Jerusalén y llegaron a Roma, capital del Imperio que en ese momento era la potencia mundial. Se trasladaron a Roma para animar a las comunidades que en ese lugar daban testimonio de Cristo. Allí evangelizaron y sellaron su ministerio apostólico.

Pedro y Pablo son dos tipos distintos.

Pedro caminó con Jesús de Nazaret recorriendo Galilea, lo siguió con generosidad, asumió el liderazgo entre sus compañeros, vivió un proceso de discipulado con momentos álgidos por su carácter obstinado. Acompañó al Maestro hasta el fin, o mejor, casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.

Pablo, a diferencia de Pedro, no caminó con Jesús, ni escuchó sus parábolas, ni compartió́ con él la Cena. Más bien -a pesar de que escuchó hablar de él- lo que hizo fue combatir a los cristianos que propagaban su memoria y afirmaban su resurrección. También él experimentó la misericordia de Jesús Resucitado, que lo llamó en el camino de Damasco transformándolo en infatigable apóstol que abrió muchos y diversos caminos al evangelio y formó muchas de las comunidades que todavía hoy siguen inspirando las nuestras.

El entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”, que es núcleo del evangelio. Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión” (Gál 2,9) pero también como luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio.” (Gál 2,11-14).

La celebración de los santos apóstoles Pedro y pablo no es secundaria. Cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado tomara forma en los nuevos ambientes en los que penetraba el Evangelio. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio.

Pedro dice quién es Jesús

El texto del evangelio que se proclama este día se centra en la persona de Pedro; después de escuchar lo que la gente dice acerca de él, Jesús pregunta a los discípulos ellos que es lo que dicen, es entonces cuando Simón le responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”

En esta confesión de fe, el apóstol articula la doble relación que identifica a Jesús. Primero, su relación con el pueblo; Jesús es el Cristo, el Mesías, el único, el último el definitivo rey y pastor del pueblo, que vino al mundo, enviado por Dios para dar a su pueblo y a la humanidad entera la plenitud de la vida. Segundo, su relación con Dios; Jesús es Hijo: vive una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor.

En la confesión de fe, Simón revela a Dios como “viviente”, con lo que nos dice que se trata del único Dios, el verdadero y real, que es vida en si mismo, que ha creado todo y que tiene el poder de vencer a la muerte.

Jesús dice quién es Pedro

Después de que el apóstol ha hecho la confesión de fe, Jesús, le dirige unas hermosas palabras, que describen su identidad. Primero, Jesús se dirige a él con nombre y apellido: «Simón hijo de Jonás», con ello indica la realidad humana de Simón, su origen y su historia. Segundo. Jesús revela que la confesión de fe, no es obra de la inteligencia de Simón, sino que el Padre quien le ha dado ese conocimiento. Tercero, Jesús le pone un nuevo nombre: “Tú eres Pedro”, indicando que para Simón comienza una nueva vida. Cuarto, Jesús da a Pedro una nueva tarea, una nueva responsabilidad, que se sintetiza en tres símbolos:

El primer símbolo es la Roca. Pedro es la Roca sobre la Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia es presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión del Pedro; éste, por su parte, tendrá la tarea de darle consistencia y firmeza a la comunidad de fe; al ministerio de Pedro, Jesús corresponde dotando a la comunidad de duración perenne y solidez.

El segundo símbolo es el de las llaves. Este símbolo no indica que Pedro sea el portero del cielo, sino el administrador, que representa al dueño de la casa ente los demás y que actúa por delegación suya.

El tercer símbolo es una tarea: atar y desatar: es una imagen que indica la autoridad de su enseñanza. Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús; por ejemplo, en el Sermón de la Montaña Jesús ya ha establecido cuál es el comportamiento necesario para entrar en el cielo (ver 5,20; 7,21). Por esto, aunque su referencia constante es la Palabra de Jesús, la enseñanza de Pedro tiene valor vinculante.

Jesús es el Señor de la Iglesia, es su Pastor, y nunca la abandona, por ello le da una guía con autoridad. Quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular; a Pedro corresponde hacer visible este fundamento y esta piedra, siendo signo de unidad y de comunión entre todos los discípulos que confiesan la misma fe.

 

 

 

[1] F. Oñoro, Un testimonio firmado con la propia sangre. Lectio Divina de Mateo 16, 13-19. CEBIPAL/CELAM:

No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!

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casa sobre la roca

Tiempo Ordinario

Jueves de la XII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 21-29)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.

Aquel día muchos me dirán: ‘¡Señor, Señor!, ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?’ Entonces yo les diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal’.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca.

Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena.

Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.

Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estas palabras cierran el discurso de la montaña, el primer gran discurso de Jesús en el Evangelio de Mateo. Al inicio encontramos una palabra fuerte: será digno del Reino solo aquel que «haga la voluntad del Padre» y no aquel que simplemente invoque el nombre del Señor.

Juan Crisóstomo, estigmatizando la pasividad con la que los cristianos de su tiempo participaban en la liturgia del domingo, porque no les comportaba ningún cambio en su vida, decía: «¿Acaso creen que el fervor espiritual consiste simplemente en venir continuamente a la celebración de la Divina Liturgia? Eso no sirve para nada si no obtenemos algún fruto: si no sacamos ningún partido ¡es mejor que nos quedemos en casa!». Y paradójicamente añadía: «La Iglesia es una tintorería, y si se van siempre sin haber sido teñidos en lo más mínimo, ¿de qué sirve que vengan aquí continuamente?».

Y el significado de la expresión «hacer la voluntad del Padre» se explica varias veces en el Evangelio, como cuando Jesús afirma: «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día». Jesús vino para eso y nosotros estamos llamados a hacer realidad, junto a él, este sueño. Para los discípulos se trata de poner en práctica lo que está escrito en el Evangelio, como el mismo Jesús dice: «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca», mientras que quien «no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena».

El ejemplo continúa: llegó la lluvia, los ríos se desbordaron, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquellas dos casas; son las tormentas de la vida que todos sufrimos. Pues bien, la primera casa, edificada sobre roca, resistió; la otra, edificada sobre arena, se derrumbó. Son dos imágenes eficaces con las que Jesús compara a quienes escuchan el Evangelio con constructores. Es una palabra que se nos da para construir nuestra vida sobre unos cimientos sólidos y estables.

Cada día, pues, el discípulo debe alimentarse de esta palabra para edificar su vida no sobre él mismo, sobre su arrogancia o sobre sus convicciones -que son como la arena, inconsistentes y cambiantes-. La palabra evangélica es la base sobre la que debemos construir nuestra vida. La palabra de Dios tiene la misma autoridad que el Padre. Y Jesús no enseñaba como los demás escribas, sino con autoridad. La autoridad del Padre que está en el cielo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 261.

Por sus frutos los conocerán

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frutosTiempo Ordinario

Miércoles de la XII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 15-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuidado con los falsos profetas, Se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Todo árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos y un árbol malo no puede producir frutos buenos.

Todo árbol que no produce frutos buenos es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conocerán”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús previene del peligro de dejarse atraer por los falsos profetas, es decir, aquellas personas o aquel modo de vivir que parece más fácil e inmediato, pero que en realidad roba la vida como un lobo rapaz. Los lobos, como es sabido, son los enemigos mortales de las ovejas. Pero aquí Jesús añade un matiz: estos lobos no se presentan con su ferocidad, sino que se disfrazan de corderos, es decir, se mezclan con semblantes familiares para poder devorar y destruir con mayor facilidad el rebaño. Sin posibilidad de escapatoria.

Jesús tiene presente el comportamiento de los fariseos y advierte a sus discípulos para que procuren no imitarles. Nosotros podemos hablar de fariseísmo, es decir, una manera exterior de vivir la fe o incluso de amoldarse a la mentalidad del mundo que hace que los cristianos vivan a menudo con una actitud fuertemente individualista. Es un cristianismo en el que la misericordia es rara, en el que el amor es solo para uno mismo, en el que la pasión por cambiar el mundo queda atenuada, en el que la gratuidad hacia los demás queda suplantada por la primacía de los intereses de uno mismo, en el que el sueño de un mundo de justicia y de paz queda bloqueado por la resignación y el pensar solo en uno mismo.

Fácilmente nos dejamos seducir por la resignada vida «normal». Y no debemos olvidar que las tentaciones -todas- se presentan siempre de manera halagüeña y razonable. Por eso atraen fácilmente. Pero ¿cómo podemos desenmascarar a los lobos disfrazados de corderos? Jesús indica un criterio infalible cuando dice: «Por sus frutos los conocerán». Todos aquellos pensamientos y aquellas sugerencias que vuelven mezquino el corazón y la vida, que hacen que la vida no dé frutos buenos para uno mismo y para los demás son falsas profecías.

El ejemplo del árbol que da frutos buenos y del que da frutos malos nos recuerda la unidad entre ser y hacer. El espíritu fariseo prolifera en la división entre estas dos dimensiones. El apóstol Pablo enumera las obras que nacen de aquel que se deja guiar por la «carne»: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, ambición, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, comilonas y cosas semejantes. Y a continuación indica lo que brota del hombre espiritual: amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, humildad y dominio de uno mismo. Y concluye: «Si vivimos por el Espíritu, sigamos también al Espíritu» (Gal 5, 19-26).

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 260-261.

Entren por la puerta estrecha

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puerta estrechaTiempo Ordinario

Martes de la XII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 6. 12-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No den a los perros las cosas santas ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes y los despedacen.

Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas. Entren por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y amplio el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por él. Pero ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que conduce a la vida, y qué pocos son los que lo encuentran!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús nos pide que no banalicemos el Evangelio, que no rebajemos sus esperanzas de cambio, que lo tengamos muy en cuenta para nuestra vida y para la vida de los demás. Por eso, utilizando una imagen muy fuerte, dice que no hay que echar a perder lo que es santo dándolo a los perros o a los puercos.

Realmente el Evangelio contiene un tesoro que no podemos desperdiciar. Lo despreciaríamos si no tuviéramos en cuenta a aquellos que deben recibirlo. Evidentemente no se trata de reservar el Evangelio solo para algunos, y excluir a otros. El Evangelio es para todos. Pero debe ser predicado con sabiduría para que pueda llegar al corazón de quien lo escucha. Por eso hay que cuidar todos los detalles de la predicación evangélica, porque es un tesoro para la salvación.

El evangelista reproduce otro dicho de Jesús: «Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes». Esa es la manera de aplicar toda la ley y los profetas. Es la denominada «regla de oro», presente en casi todas las grandes religiones. Contiene aquella sabiduría que proviene de las alturas y que ha sido puesta en el corazón de todo hombre. Mateo la formula en afirmativo para destacar que no es suficiente abstenerse del mal, sino que es necesario hacer el bien.

Si leemos la «regla de oro» inscribiéndola en la vida de Jesús, adquiere el sabor único de aquel amor por los demás que no tiene límites. Jesús nos dio su amor sin esperar nada a cambio. Podríamos decir que esa es la verdadera puerta estrecha que lleva a la salvación. Jesús advierte que muchos entran por la puerta grande del amor por ellos mismos. La puerta estrecha del amor por los demás abre el camino del amor mutuo. Podríamos decir que es estrecha porque nos acerca unos a otros en el amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 347-348.

Su nombre será Juan

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Juan Bautista24 de junio 

Natividad de San Juan Bautista

Textos

† Del evangelio según san Lucas (1, 57-66. 80)

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.

Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. El pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre” Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.

Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿ Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.

El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Iglesia celebra hoy el nacimiento de Juan el Bautista. Es una fiesta muy antigua. Junto a María, Juan el Bautista es el único santo de quien se recuerda el día de su nacimiento. Ello se debe a que la vida de ambos es inexplicable sin tener a Jesús como referente: nacieron para Jesús; María para ser su madre y Juan para prepararle el camino.

En el iconostasio bizantino están representados junto a la puerta central, que es Cristo. Una por un lado y el otro por el otro lado, con un gesto de la mano invitan a los fieles a dirigir su mirada hacia el Salvador. Juan nació para indicar a los hombres el camino hacia Jesús. Es venerado también en el islam: sus reliquias están en la mezquita de los Omeyas de Damasco.

El evangelista Lucas narra su nacimiento de manera paralela al de Jesús. También sobre él se posó la mirada del Señor. El ángel se aparece a Zacarías mientras lleva a cabo su servicio en el Templo y le anuncia el nacimiento de su hijo. A Zacarías le pareció un anuncio totalmente inverosímil, porque su esposa, Isabel, era de edad avanzada y ya era estéril. El ángel insiste y le sugiere a Zacarías incluso el nombre que deberá poner al niño: le «pondrás por nombre Juan» (que significa: «el Señor es favorable»). Y así fue. En el momento del nacimiento Zacarías recuperó el habla y le dio al niño el nombre de Juan.

El nacimiento de este niño inaugura una nueva vida para los dos ancianos padres, cuando toda esperanza parecía ya haberse desvanecido a causa de la esterilidad de Isabel. Pero ante, aquel hijo es fruto de la palabra del ángel y su nombre es totalmente nuevo: viene al mundo para llevar a los hombres de su tiempo hacia Jesús. Su ejemplo, su testimonio, nos ayuda también a nosotros y a los cristianos de todos los tiempos: todos -como el Bautista – somos fruto del amor de Dios, nadie de nosotros ha nacido por casualidad. Hemos nacido para ser discípulos de Jesús y preparar el corazón de los hombres para que lo acojan como Salvador del mundo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 227-228.

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

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seguimiento

Tiempo Ordinario

Domingo de la XII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (9, 18-24)

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”.

El les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. El les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.

Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo, el XII del tiempo ordinario del cico C, retomamos la lectura contínua del evangelio según san Lucas.

El texto que leemos nos relata la confesión de fe de Pedro  y el anuncio de la pasión; este relato sigue al de la multiplicación de los panes, en la que Jesús dando de comer a una multitud realizó el signo mesiánico por excelencia y al de la inquietud de Herodes que indaga sobre la identidad de Jesús.

El contexto

A diferencia de Mateo, que al narrar esta escena nos dice que los hechos ocurrieron en Cesarea de Filipo, san Lucas no nos dice en qué lugar se realizó la confesión de fe, pero si nos da una indicación: «Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar»; Lucas nos dice así que nos encontramos ante un momento grandioso del evangelio.

Jesús se retira a orar solo, así es presentado en el texto lucano en los momentos más importantes de su ministerio; con ello se indica que lo que sigue es un  acontecimiento que está inserto dentro del querer del Padre. ¿De que se trata? De la identidad de Jesús, algo que en manera alguna es secundario, por el contrario, es fundamental en el proceso que conduce el evangelio y que culminará en la experiencia de los discípulos de Emaús que captan el sentido de las palabras, las obras, la pasión y la muerte del Señor.

Después de la multiplicación de los panes, el pueblo le sigue entusiasmado; flota en el ambiente una gran expectación, se multiplican las opiniones sobre quién es Jesús; más de alguno se pregunta si no será el Mesías, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Probablemente los discípulos también lo cuchicheen entre ellos. Pero las expectativas del pueblo y de los discípulos no coincide con la conciencia que él tiene de sí mismo y de su misión. En la escena flota una atmósfera de tensión y crisis.

EL texto

Tras la oración, Jesús toma la iniciativa. Abre espacio para que sus discípulos se expresen; les formula dos preguntas directas: “¿Quién dice la gente que soy yo?” “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”; ambas plantean la cuestión acerca de la percepción que tienen los lejanos y los cercanos acerca de su identidad.

Los discípulos han vivido junto a la gente entusiasta que busca a Jesús la mayor parte de los acontecimientos que hasta ahora ha narrado el evangelio: las curaciones, la expulsión de demonios, las enseñanzas, y al igual que la muchedumbre, han podido hacerse una idea acerca de quién es el Maestro.

El evangelista ya había tocado el tema, refiriéndose a la opinión popular, según la cual Jesús podría ser Juan Bautista o uno de los profetas resucitado; recordemos la reacción de Herodes que tenía mucha curiosidad acerca de la identidad de Jesús y que descarta la posibilidad de que en él se estuviera manifestando Juan Bautista a quien él mismo mandó matar. Quedaba la posibilidad abierta de que se tratara de alguno de los profetas resucitado, pero habría que comprobarlo.

Por la forma en que responden los discípulos a la primera pregunta se deduce que no comparten las opiniones de la multitud. Entonces Jesús se dirige a ellos, al fin y al cabo han estado con Él desde el principio del ministerio, no han faltado a ningún acto importante en los que se ha dado a conocer; el Maestro ahora quiere que den un paso que no ha dado la multitud, les invita directamente a definirse acerca de su persona.

Acorralados, de alguna manera, los discípulos se expresan en voz de Pedro que contesta “[Tú eres] “El Mesías de Dios”. Acto seguido, Jesús les prohíbe terminantemente decírselo a nadie.

¿Por qué esta reacción tan dura de Jesús que les conmina a guardar silencio igual que a los espíritus que expulsa de los endemoniados?

La confesión de Pedro capta la novedad de Jesús, una novedad que está en sintonía con la larga espera del pueblo de Israel que ansiaba la manifestación del Cristo, del Mesías de Dios; pero detrás de la declaración de Pedro está la concepción que el mismo pueblo de Israel se había forjado del Mesías en la larga espera. un Mesías nacionalista, guerrero, triunfal, político, con fuerza y poder.

En este contexto, de reconocer sin más a Jesús como Mesías se seguía esperar de Él un despliegue de su poder para realizar con su omnipotencia la restauración de la gloria del pueblo de Israel, pero nada de esto coincide con lo que Jesús siente y quiere llevar adelante. La idea de Mesías que tienen los discípulos puede hacer fracasar su misión. Sólo así se entiende la severa reacción ante la respuesta de Pedro.

Jesús se siente llamado a cumplir la voluntad del Padre, a cambiar la historia, dando un sentido nuevo a la liberación que Dios quiere realizar en el hombre; pero lo hará conforme al querer de Dios y no conforme a las expectativas de los hombres. Por ello, inmediatamente después de imponerles silencio acerca de su identidad, les señala el camino de realización de su vocación mesiánica: «Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día».

A Pedro y a los discípulos todavía le falta otra novedad por comprender: que el destino de gloria del Mesías llega por la vía de su sufrimiento, que es por medio de la oscuridad de la Cruz que se vislumbrará la extraordinaria grandeza, la gloria y el poderío de su Maestro.

Después de dejar conocer que es lo que Él espera, cuál es su camino y su misión, Jesús se dirige a todos a los doce y a la muchedumbre, para hacerles saber cómo han de vivir

quienes quieran seguirlo: «Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga» A estas palabras tajantes Jesús añade otras: «el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará».

Con estas palabras Jesús pone la vida, la salvación y la realización de lo que quieran seguirle, en íntima relación con la adhesión a su persona. Esto es una gran novedad.  Ningún rabino habia hecho algo semejante pidiendo a sus seguidores tal renuncia y adhesión; a lo mucho pedían obediencia a su palabra que era interpretación de la de Dios. Jesús pide adhesión y entrega total a su persona; así, el discipulado cristiano no es cuestión de compartir teorías o cumplir normas, sino el seguimiento de una persona, Jesús de Nazaret y la continuidad de su misión conforme a su estilo.

Al igual que los discípulos de ayer, quienes pretendemos serlo hoy compartimos modos de pensar y valores que son propios de la sociedad en que vivimos y que contrastan con el Evangelio. Jesús nos invita, como hizo con los doce y con la muchedumbre, a estar atentos a no desvivirnos por lo que no nos da vida, por ejemplo: por estar en buena opinión de todos; darles gusto, hacer las cosas conforme a las expectativas que otros tienen de nosotros, aparecer como gente exitosa y sin defecto; siguiendo este camino nunca daremos gusto a nadie, al final nos veremos sin energía y frustrados porque de nada sirvió nuestro esfuerzo: nos desgastaremos, se nos ira la vida y nos quedaremos sin nada.

Jesús nos invita a seguir un camino distinto que sí da vida, es el mismo camino que Él recorrió, aceptar el juicio del mundo que puede tildarnos de fracasados por desgastar la vida no en la búsqueda de nosotros mismos sino en hacer el bien a los demás compartiéndoles nuestra vida. La última palabra la tiene Dios que ofrece plenitud de vida a quien está dispuesto a desvivirse, a perderse por la causa del Reino. Dios es fiel a su palabra.

 

[1] F. Oñoo, Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” La confesión de fe. Lectio Divina Lucas 9, 18-22 CEBIPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 245-249.

Busquen primero el Reino de Dios y su justicia

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aves del cielo.jpgTiempo Ordinario

Sábado de la XI semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (6, 24-34)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.

Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán.

¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento? ¿Y por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan.

Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en todo el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe? No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones.

A cada día le bastan sus propios problemas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«No pueden ustedes servir a Dios y al dinero», dice Jesús a sus discípulos. Es una advertencia que vale para todos. Jesús personifica a la riqueza, que se comporta como un señor absoluto que no deja libertad. Es un auténtico dictador aunque no tenga rostro ni, obviamente, alma. Es una dictadura implacable que roba el alma a quien se somete a ella. Y es el origen de los conflictos, los desórdenes, los odios y la guerra que todavía hoy continúan sembrando la amargura en la vida de los hombres.

El Señor es amor que pide al hombre una respuesta libre. Jesús también sabe que si nos unimos a Dios creceremos en amor, en justicia y en el compromiso de luchar por la libertad y el progreso de todos, sin excluir a nadie, empezando por los más pobres. Por eso no es posible servir al mismo tiempo a Dios y a la riqueza, al Evangelio y al dinero. El corazón no puede dividirse.

La pretensión de tener un amor exclusivo por parte del Señor la vive él mismo en las relaciones con los hombres. Él es un Dios celoso, pero no solo para sí mismo; también es celoso por nosotros, no acepta que el mal nos engulla. Por eso, al igual que bajó a liberar a Israel de la esclavitud del faraón, con un amor aún más fuerte ha enviado a su Hijo para liberamos del pecado y de la muerte. Así pues, confiarse a Dios significa ser libre de la esclavitud de las cosas, sabiendo que él no dejará que nos falte nunca nada. Muchas veces se insinúa en nuestra vida el afán por las cosas de la tierra, es decir, por « qué comerán… con qué se vestirán », y llega a dominarnos.

Las dificultades del trabajo, de unos beneficios justos y merecidos no pocas veces se transforman en ansia para nosotros y para quien está cerca de nosotros. El Señor no invita al ocio. «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma», escribe el apóstol Pablo. Pero debemos confiar plenamente que Dios nuestro Señor conoce nuestra vida y desea nuestro bien. Y el bien no significa en absoluto multitud de bienes. El Señor es un verdadero Padre que se ocupa de sus hijos y responde a sus necesidades.

Y si hay mucha gente que no tiene qué comer ni con qué vestirse es porque otros no buscan el reino de Dios y su justicia, sino únicamente su beneficio. La verdadera preocupación de los discípulos, dice Jesús, debe ser la del Reino, es decir, la de comunicar el Evangelio, construir la comunidad y servir a los pobres. El discípulo que busca esta «justicia», que es la justicia del Reino, recibe el apoyo y la defensa del Señor a lo largo de toda su vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 256-257.

Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón

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tesoro Tiempo Ordinario

Viernes de la XI Semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (6, 19-23)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho los destruyen, donde los ladrones perforan las paredes y se los roban.

Más bien acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho los destruyen, ni hay ladrones que perforen las paredes y se los roben; porque donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón.

Tus ojos son la luz de tu cuerpo; de manera que, si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz. Pero si tus ojos están enfermos, todo tu cuerpo tendrá oscuridad.

Y si lo que en ti debería ser luz, no es más que oscuridad, ¡qué negra no será tu propia oscuridad!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La verdadera justicia es tener el corazón y la vida orientados hacia Dios. Es un Evangelio especialmente actual en una sociedad como la nuestra que se ha alejado de Dios pensando que es más libre. En realidad, termina siendo esclava de muchos señores. Es especialmente amarga la esclavitud de las riquezas, de los bienes, de las cosas. Jesús sabe que necesitamos bienes, pero si no tenemos la primacía del amor de Dios, nos convertimos en esclavos de los bienes.

Por eso poco después dirá: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura». Jesús aconseja no amontonar «tesoros en la tierra». Necesitamos liberarnos de la esclavitud de poseer y de consumir que rebajan nuestra vida a la miseria. En nuestro mundo hay como una dictadura del materialismo que nos obliga a sometemos a la ley del consumo y de la acumulación de bienes. La enseñanza del Evangelio es muy clara a ese respecto: quien acumula mucho queda dominado por un gran amor hacia las cosas, obedece a una pasión que secuestra su corazón.

Jesús afirma que nuestro tesoro está allí donde tenemos el corazón; si nuestro corazón está en Dios, nuestro tesoro será su Palabra capaz de  modelar nuestras acciones y nuestros sentimientos, de forjar un estilo de vida, libre del afan de tener y acumular bienes que se destruyen con la herrumbre que corroe. Si el corazón está en las cosas que se corroen, la herrumbre corroe también el corazón, los sentimientos e incluso el mismo sentido de la vida.

Acumular tesoros en el cielo significa amar la Palabra y ponerla en práctica, dejarse guiar por aquel diseño de amor que se nos revela y convertirnos en diligentes y alegres trabajadores suyos. La Palabra de Dios es fuerte y poderosa. Transforma los corazones y la historia de los hombres. Escribe el profeta: «Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra … así será mi palabra, la que salga de mi boca». El cielo, pues, no es solo una meta lejana; el cielo es la vida con el Señor, con los hermanos y con los pobres.

 

Quien gasta su vida según el Evangelio acumula tesoros que quedarán en el cielo; nadie los podrá arrebatar, y darán abundantes frutos de amor y de bondad.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 255.

Comieron todos y se saciaron

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multiplicación de los panes

Jueves posterior a la solemnidad de la Santísima Trinidad

El Cuerpo y la Sangre de Cristo

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 11-17)

En aquel tiempo, Jesús habló del Reino de Dios a la multitud y curó a los enfermos. Cuando caía la tarde, los doce apóstoles se acercaron a decirle: “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar solitario”. El les contestó: “Denles ustedes de comer”. Pero ellos le replicaron: “No tenemos mas que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros mismos a comprar víveres para toda esta gente”

Eran como cinco mil varones.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “hagan que se sienten en grupos como de cincuenta”. Así lo hicieron, y todos se sentaron. Después Jesús tomó en sus manos los cinco panes y los dos pescados, y levantando su mirada al cielo, pronunció sobre ellos una oración de acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos para que ellos los distribuyeran entre la gente.

Comieron todos y se saciaron, y de lo que sobró se llenaron doce canastos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La celebración del “Cuerpo y la Sangre del Señor”, también llamada del “Corpus Christi”, nos sitúa una vez más en el plano de la amistad con Jesús y nos invita a tomar conciencia del hecho que esta amistad tiene una dimensión sacramental que se realiza en el misterio Eucarístico, que Él mismo Jesús instituyó.

Fue Jesús mismo quien dijo de qué manera permanecería en medio de sus discípulos y cómo continuaría la comunión comenzada en el discipulado de los caminos de Galilea, el cual tuvo su culmen en el amor total expresado por el Maestro con los brazos abiertos en la Cruz.

Este año, san Lucas nos ayuda a profundizar en el misterio eucarístico desde su propia perspectiva teológica y catequética. Así vamos comprendiendo poco a poco el fundamento y las implicaciones de la “comunión” con Jesús significada en la Eucaristía, la celebramos agradecidos y nos comprometemos con ella.

La comunidad de Jesús encuentra su identidad en la Eucaristía

La importancia y la centralidad de la celebración Eucarística se percibe claramente en el énfasis que el evangelista Lucas pone en ella: instituida por el mismo Jesús la instituye en la Última Cena y la celebración gozosa de la mesa del pan partido y la copa compartida en un ambiente gozoso por los discípulos de Jesús, es la respuesta a su mandato: “Hagan esto en memoria mía”.

Los primeros discípulos hicieron de la mesa compartida una costumbre con la que se identificarían porque proviene del mismo Jesús. El Maestro, como nos lo muestra el evangelio de Lucas, se reunía con frecuencia con diversas personas para compartir los alimentos. En el oriente las comidas son expresión de convivencia, de paz, de alegría, de confianza mutua y de comunión; en torno a la mesa se tejían y tejen las relaciones comunitarias.

En Lucas, los relatos de la multiplicación de los panes (9,12-17) y de la cena en Emaús (24,28-32), hacen eco a la  Última Cena (22,19-20), en la cual Jesús expresa el sentido último de su misión. No es sino mirar cómo se repiten  los mismos 4 verbos eucarísticos: “tomar” (el pan), “bendecir” (agradecer), “partir” y “dar”.

En torno a estos movimientos se proclama la doble verdad de la Eucaristía: primero, que Jesús está allí presente; Él se identifica con el pan y el vino, haciéndolos su Cuerpo entregado y su Sangre derramada por amor en la Cruz; segundo, que en la comunión con su Cuerpo y con Sangre, Jesús invita a sus discípulos a sellar con Él una nueva Alianza, una nueva manera de ser comunidad a partir de la inmensa y sólida comunión con su Persona y su misión.

En torno al pan partido y compartido Jesús forma su comunidad

El texto que contemplamos es el de la multiplicación de los panes. Los discípulos regresan de la misión; Jesús los lleva aparte a Betsaida, vinculando así esta experiencia a la confesión de fe de Pedro que se describe enseguida.  La gente busca a Jesús y él la recibe hablándoles del Reino y curando a los enfermos.

Los apóstoles, al acabar el día, se plantean dos necesidades generalizadas: la gente que los sigue necesita alimento y hospedaje; la exponen al Señor, señalando su propia precariedad para una solución que alcance para todos, como deslindándose de cualquier compromiso. Jesús les pide que sean ellos quienes resuelvan el problema: “Denles ustedes de comer“. La solución que ofrece Jesús parece imposible, lo que tienen, con dificultad alcanzaría para ellos y en aquella multitud había más de cinco mil hombres.

Jesús se pone al frente de la situación poniendo en primer plano el servicio que prestan los discípulos. Ellos acomodan a la gente: respondiendo así a la necesidad de acogida-alojamiento; y sirven la comida: respondiendo así a la necesidad del alimento del huésped. Los apóstoles –como totalidad de Doce (=comunidad apostólica)- se ponen al servicio del servicio de Jesús.

Los apóstoles obedecen de manera puntual. Dice Jesús: “hagan que se sienten en grupos como de cincuenta”. Los apóstoles obedecen: “Así lo hicieron, y todos se sentaron”. Aunque quien obedece el mandato de Jesús, en última instancia es la gente, vale destacar aquí la acción de los apóstoles. Con el gesto de acomodar, están acogiendo para “formar comunidad”. El número “como de cincuenta” parece querer evitar la masificación y promover la integración. ¡Qué imagen tan bella de comunidad! Que se insista que todo se sentaron, nos hace ver  que la comunidad es un espacio que “incluye” a todos sin excepciones.

Así Jesús hace una muchedumbre anónima, de la masa, un verdadero pueblo, el “pueblo” querido por Dios.

Jesús tomó en sus manos los cinco panes y los dos pescados…”. Jesús sigue siendo el protagonista de la acción. Ahora se comporta como un padre de familia cuando se sienta a la mesa con todos los de su casa: normalmente se coloca a la cabeza de la mesa, da inicio a la cena con una oración y toma la iniciativa en la distribución de los alimentos.

El evangelio no omite ningún detalle esencial sobre la manera como se realiza la cena. Cada uno de los verbos nos recuerda la Última Cena de Jesús con sus discípulos, si bien hay que aclarar que aquí Jesús no pronuncia las palabras que identifican el pan con su Cuerpo.

Llama la atención el gesto de Jesús quien “levantando su mirada al cielo”, lo que se refiere evidentemente a una actitud de oración que ambienta la escena, realiza las acciones solemnes de  “tomar” los panes y los peces –con lo cual se da comienzo oficial a la cena-, “bendecir” -agradecer- a Dios por el alimento, “partir” –que hace pedazos los panes y los peces mientras Jesús esta pensando en alimentar a todos- y  “dar” a los discípulos, de manera que ellos pongan cada uno de los bocados en las manos de la gente.

Este momento cumbre de la escena quiere mostrar la capacidad que Jesús tiene para solucionar las necesidades fundamentales de su pueblo. Recordemos cómo se había dicho que “todos” fueron acogidos en la mesa, y cómo ahora se enfatiza el hecho de que “Comieron todos y se saciaron”.

Por su parte los apóstoles aparecen como aquellos que son capaces –gracias a Jesús- de hacer por el pueblo lo que el pueblo no podría hacer por sí: este es el sentido de su liderazgo en el servicio. El papel jugado por los apóstoles aparece destacado en la frase final, según la cual cada uno de los Doce parece portar una canasta durante la recolección de las sobras.

Al final de texto no se dice qué pasó después con la gente. Pero sí sabemos qué pasó con los discípulos de Jesús: fueron interrogados sobre la identidad de Jesús. La respuesta de Pedro, deja entender que alguien que ofrece el pan de esta manera no puede ser otro que el Mesías. De hecho, no hay que perder de vista que el milagro se realizó ante todo a los ojos de los apóstoles.

El que dio el pan de esta manera –formando un pueblo-comunidad que acoge y le participa a todos el don de la vida- es el mismo que se dio a si mismo en la muerte por muchos y quien continúa presente con sus discípulos cada vez que repiten el gesto de la “Fracción del Pan”.

 

[1] F. Oñoro, La Eucaristía: Jesús amor multiplicado para todos, Lectio de Lucas 9, 11-17. CEBIPAL/CELAM.

Tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará

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Jesús orante 2Tiempo Ordinario

Miércoles de la XI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (6, 1-6. 16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres, para que los vean.

De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.

Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. En cambio, cuando tú des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente.

Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús continúa hablando de la justicia. Con los ejemplos que hemos escuchado los días anteriores Jesús deja claro que hay que vivir la ley antigua con un espíritu nuevo, con un corazón renovado. La fe en el Señor no se mide cumpliendo exteriormente determinadas prácticas, ni tampoco por el consenso que podemos granjeamos entre la gente.

Esta página evangélica quiere que seamos conscientes de que todo cuanto hacemos lo hacemos ante Dios: él mira y guía nuestra vida. Y gracias a su cariñosa vigilancia es el único juez verdadero e imparcial. Todos sabemos por experiencia que es fuerte la tentación de vivir y de hacer nuestras obras «para ser vistos» por los hombres, es decir, para alimentar el orgullo y para vanagloriarse aún más de la consideración de uno mismo. En cualquier caso, el Señor no pide a los discípulos que escondan lo que hay de bueno en su vida. Al contrario, anteriormente los había invitado a ser luz y a no esconder la lámpara «debajo del celemín». Aquí, sin embargo, le habla de una actitud del corazón: la búsqueda ansiosa del consenso de los demás, de la alabanza y de la recompensa humana.

Jesús nos enseña que la única persona que de verdad comprende profundamente nuestra alegría, nuestra misericordia y nuestro ayuno es el Padre. Incluso cuando los hombres no comprenden debemos dirigir al Padre nuestra oración, puesto que de él podemos esperar la única verdadera recompensa.

En este pasaje evangélico, Jesús recuerda tres prácticas religiosas que gozan de alta consideración: la limosna, la oración y el ayuno. Pero lo que quiere subrayar es la invitación a la interioridad que está presente en esas tres prácticas que tienen una importancia fundamental en la vida del creyente.

La limosna implica poner el corazón en los pobres. Hay que acercarse a ellos, interesarse por ellos, amarlos porque en ellos está presente el mismo Cristo. Esta es la espiritualidad de la limosna. Y eso es lo que Dios ve en secreto, es decir, de manera profunda.

La oración no consiste en hacerse ver, sino ante todo en hacer espacio para la Palabra de Dios en el corazón. Esa es la interioridad que ve Dios y en la que se complace.

De manera análoga, el ayuno es aquella lucha interior indispensable para que crezca en nosotros el espacio para acoger al Señor. Entonces pasará lo que escribe el Apocalipsis: «Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). Esta es la recompensa de los discípulos: vivir ya hoy con el Señor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 252-253.

No hagan resistencia al hombre malo

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jesús y sus discípulos 6

Tiempo Ordinario

Lunes de la XI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 38-42)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La ley antigua que prescribía «ojo por ojo, diente por diente» quería regular la venganza para evitar que fuera ilimitada e implacable. Era un intento de alejar cualquier abuso, pero no pretendía erradicar el odio.

Jesús, con sus enseñanzas, va al corazón de la cuestión: quiere eliminar de raíz el instinto de la venganza y cortar de ese modo la imparable espiral de la violencia. Jesús dice que no hay que regular el mal sino erradicarlo. Ese es el único modo de derrotarlo. Y el camino que propone Jesús es el de un amor sobreabundante.

No venceremos al mal con otro mal, aunque esté regulado, sino únicamente con un bien aún más generoso. Con estas afirmaciones Jesús invierte la mentalidad de su tiempo y de hoy, y pide a los discípulos no solo que borren de sus comportamientos la venganza, sino incluso que ofrezcan la otra mejilla. Jesús no quiere fomentar una actitud sumisa ante el mal, sino que propone una nueva manera de concebir la lucha que es contraria a toda cultura de violencia y de muerte.

Lo que Jesús vino a traer a los hombres es un nuevo modo de vivir totalmente centrado en el amor. Y el empeño en liberar a los hombres de la esclavitud del mal es la razón misma de su encarnación. Si alguien se deja guiar por el amor vencerá el mal con el bien, llegará a dar el manto a quien se lo pide, estará dispuesto a recorrer el doble de kilómetros a quien le pide compañía y no volverá la espalda a quien le pide ayuda. Con el amor se corta el mal de cuajo y se abre el camino para una vida digna para todos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 250-251.

El Espíritu los irá guiando hasta la verdad plena

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Trinidad RublevLa Santísima Trinidad

Ciclo C

Textos 

† Del evangelio según san Juan (16, 12-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder.

El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío.

Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo nuestra mirada de fe se detiene en la contemplación del misterio de Dios que Jesucristo nos ha revelado plenamente en su Pascua y a quien nos referimos, conforme la tradición de la Iglesia, como Santísima Trinidad.

Fuimos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y con esta misma invocación solemos iniciar nuestras jornadas y también, invocando a las tres divinas personas, recibimos la bendición de Dios.

Este día proclamamos que Dios no es soledad, que es comunidad de amor, que el Padre ama al Hijo, que el Hijo ama al Padre y que el amor del Padre y del Hijo, es el Espíritu Santo de Dios, que inspira nuestra vida, la renueva, la fortalece, la purifica, para que siempre y en todas partes podamos vivir como hijos de Dios y realizar la misión que Jesucristo nos ha confiado.

Detengamos pues a considerar cómo cambia nuestra vida la confesión de fe en Dios que es “un sólo Dios verdadero en tres personas distintas“.

Lo sabemos, porque el Hijo nos lo reveló

Nuestra confesión de fe en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, no es conclusión de un razonamiento humano, es revelación del mismo Dios por medio de la vida, enseñanza y ministerio de Jesús que alcanzan su plenitud en el misterio pascual.

La pasión, muerte y resurrección del Señor, hace evidente lo que el pueblo del Antiguo Testamento ya presentía; lo que los apóstoles experimentan plenamente en Pentecostés y lo que estos transmiten a las primeras comunidades que, a su vez, lo aceptan y comprenden por el testimonio de sus vidas. Después de la experiencia, vino la formulación de lo vivido y comprendido y se llegó, poco a poco, a la confesión de que Dios es Trinidad Santa.

Jesús había dado muchas pistas. Anticipó que sería el Espíritu de Verdad quien conduciría a los suyos a la verdad completa (Cf. Juan 16,13); bastaría leer los textos del evangelio de Juan meditados durante la pascua, para percatarnos cómo Jesús se presenta cómo el revelador del Padre (14, 9.11), cómo promete a quien le ama que el Padre y el Hijo pondrán en él su morada (14,23); cómo anuncia que el Espíritu Santo enviado por el Padre en nombre de Jesús enseñaría todo a los discípulos (14,26); cómo el amor de Jesús es reflejo del amor con que el Padre lo ha amado (15,9); cómo Jesús pide que la unidad del Padre y del Hijo se proyecte en la unidad de los discípulos (17, 21); cómo Jesús anuncia su regreso al Padre que es también Dios y Padre de los suyos (20,17) y cómo los envía, así como el Padre lo envío a Él, comunicándoles para ello el don del Espíritu Santo (20,21b-22).

Lo que conocemos de Dios es porque Jesús nos lo enseñó y lo que podemos profundizar acerca de este misterio santo es porque el Espíritu Santo interiormente nos conduce. Hoy el texto del evangelio nos lleva nuevamente al Cenáculo, para escuchar con más detenimiento un fragmento de lo que Jesús dijo a sus apóstoles al despedirse de ellos; en este pasaje aparece patente el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El Espíritu Santo perfecciona la fe de los discípulos

El pasaje que leemos inicia con estas palabras «aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender». Jesús, en la intimidad del grupo de discipulos, les dijo todo acerca de Dios, sin embargo, ellos no podían comprenderlo totalmente ni llevarlo a la vida.

Los discípulos no pueden comprender todo lo que implica la relación del Padre y del Hijo. Jesús les compartió todo lo que había oído de su Padre (cf. Jn 15,15), permitiéndoles conocer: las confidencias entre ellos, la obra de ambos en el mundo y el significado para la vida de la revelación del amor y la salvación que vienen de Dios. Era demasiado para poderlo comprender de una vez para siempre.

No se trataba sólo de saber o retener conceptualmente la enseñanza de Jesús sino llevarlo a la vida; esto es precisamente lo que les permitiría una comprensión más plena. Esto es propio del conocimiento que se deriva de la fe. Lo que conocemos por la fe no lo podemos comprender plenamente si no lo vivimos. No hay otro camino.

La dificultad que se presenta es la de nuestra limitada capacidad para entender las enseñanzas de Jesús que, a su vez, deriva de nuestra capacidad limitada para practicarlas. La solución a esta incapacidad es la pedagogía de Jesús que nunca pretendió que los discípulos comprendieran de inmediato cuanto les enseñaba, más bien, favoreció que recorrieran itinerarios, caminos de madurez de la fe, que son posibles por la acción del Espíritu Santo.

Aquí se encierra un secreto importante para el éxito de la evangelización: entenderla y realizarla como un proceso que articula, en distintas etapas, la fe que profesamos con la vivencia de esa misma fe; esto, si bien pide mucha paciencia, resulta muy eficaz, se le apuesta a la calidad del resultado poniendo toda la atención en el proceso.

El Espíritu Santo ayuda a profundizar el misterio de Dios

El texto que leemos hoy nos dice: «cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena». Esta frase tan breve, nos ayuda a entender la obra del Espíritu Santo.

  • En primer lugar, es una obra pedagógica. Si nos fijamos con atención, la expresión «los irá guiando» nos hace entender que la tarea es progresiva; que el Espíritu nos acompaña pacientemente en un proceso que procede gradualmente, es decir, poco a poco.
  • En segundo lugar, es una obra focalizada, que tiene como horizonte la Verdad; se trata de la presencia del amor de Dios en el mundo, llevada a cabo en la vida y ministerio de su Hijo, quien nos dijo de si mismo: «Yo soy la Verdad».
  • En tercer lugar, la obra del Espíritu tiene una finalidad que es «la verdad plena», es decir, la verdad completa, que nos permite una visión global y perfecta de la obra que Dios ha querido llevar a cabo en el mundo, en fidelidad con la Creación y con el pueblo de la alianza.

Esta visión global de la obra de Dios, que nos permite el Espíritu Santo, nos ayuda a encontrar la unidad interior, personal y comunitaria, en medio de la fragmentación de la vida humana y de las situaciones históricas; con ello nos proporciona una fuerza transformadora y orientadora, pues nos permite unificarlo todo en la plenitud de Cristo, que, desde la visión de nuestra fe, es la meta de la historia.

El Espíritu Santo nos guía para centrarlo todo en el Plan de Dios, en la persona de Jesús que es quien lo ha llevado a cabo mediante el movimiento de “bajar del cielo”, es decir, proceder, venir del Padre y “subir al cielo”, volver a Él, consumada su misión salvífica  en el mundo. El Hijo vino del Padre, a traer la luz de su amor a las tinieblas y estructuras egoístas del mundo; volvió al Padre, pasando por la Cruz, para llevarnos a los que caminamos en comunión con Él a la plenitud de la vida en la comunión de amor con Dios.

¿Cómo nos conduce el Espíritu hasta la verdad completa?

El texto que leemos nos dice que el Espíritu: «no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará…»

Lo primero que aprendemos es que el Espíritu hace resonar el mensaje de Jesús, pero no hablará por su cuenta. Lo que caracteriza la obra del Espíritu es su fidelidad en su relación con Jesús. Su actitud es similar a la que tiene Jesús con el Padre, y que el mismo Jesús nos hizo conocer al decirnos «el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo».

Además, el Espíritu Santo «anunciará las cosas que van a suceder»; no debemos entenderlo como revelación del futuro sino de cómo tienen que reaccionar los discípulos ante las visicitudes de la historia. El Espíritu Santo no permite que los vericuetos de la historia desvíen a los discípulos; por el contrario, los lleva a hacer presente y actual la Palabra del Señor en el mundo que les toca vivir; por ello, el Espíritu mantiene sintonía con los discípulos y éstos, deben acogerlo e invocarlo constantemente.

Finalmente, el Espíritu dará gloria a Jesús, «lo glorificará». Esto nos remite a la plenitud de la obra de Cristo en el mundo, llevarnos a la comunión con Dios. Jesús comparte todo con el Padre, y esto, lo comparte con nosotros; la comunidad de amor, es comunión de bienes.

La obra del Espíritu se identifica con el obrar de Jesús. El Espíritu participa de la vida que está en el Padre y el Hijo y lo transmite a los discípulos; gracias a Él podemos adentrarnos y participar del amor del Padre y del Hijo: su estima, valoración, admiración, escucha/obediencia, el estar contentos el uno del otro. El Espíritu recibe de Jesús lo que nos comunica.

Así, la comunidad de los discípulos queda envuelta en la fuerza e intensidad del amor que es propio de Dios. El Espíritu no sólo hace que la Palabra de Jesús resuene en nuestro oídos; sobre todo, hace que resuene en nuestro corazón; su tarea es re-cordar, traer de nuevo al corazón, todo lo que Jesús hizo y dijo para revelarnos el amor misericordioso de Dios.

Conclusión

Somos hijos de Dios que es amor, por ello vivimos inquietos y sedientos de amor y lo que más nos duele es una mala relación. El impulso de salir de nosotros para encontrarnos con los demás y compartirles lo mejor de nosotros mismos lo tenemos en nuestro ADN de bautizados.

Al entrar Jesús en nuestra vida, nos rescata de la soledad y aislamiento; sana nuestra capacidad de comunicarnos, sana nuestras relaciones poniéndolas en la perspectiva del amor que viene de Dios y allí hace converger todo, haciendo brotar en nosotros una nueva capacidad de amar, que tiene su origen en la comunión con Dios que es fuente de vida y de amor.

La obra del Hijo de Dios es darnos la vida eterna de Dios, para que el amor  con el que es amado por el Padre, es decir su Espíritu, esté en nosotros y nosotros en Dios. En Dios no hay lugar para la muerte, por ello, quienes creemos en Él y en Cristo estamos en comunión con él, sabemos que aunque tengamos que pasar por el trauma de la muerte física, viviremos para siempre porque Dios, Trinidad Santa, habita en nosotros.

A la luz de este misterio que contemplamos profundizamos lo que significa estar bautizados -inmersos- en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Como bautizados estamos llamados a vivir dentro del misterio de Dios, que nos sobrepasa, que nos habita, que nos vivifica y nos transforma para que seamos en el mundo imagen fiel de su esencia misma que es el amor.

La comunión con Dios no se realiza en automático ni de manera mágica; supone para nosotros darle a Dios un lugar en nuestra vida:

  • Él es Creador y Padre, lo que nos pide el respeto y cuidado de su obra creador y la atención amorosa a su voluntad para obedecerla con obsequiosa fidelidad;
  • Él es Hijo Redentor, pide de nosotros vivir como redimidos, es decir, amados y libres para amar, haciendo el bien a todos, particularmente a los que sufren y están más necesitados;
  • Él es Espíritu Santificador, que nos mueve interiormente para que nos identifiquemos plenamente con el Hijo y a través de una vida santa, demos honor y gloria a la Trinidad Santa.

 

 

[1] F. Oñoro, Un Dios Amor que nos invita al gozo de su vida en comunidad, Lectio Divina Juan 16, 12-15. CEBIPAL/CELAM.

Digan sí, cuando es sí; y no, cuando es no

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jesus y sus discípulos 5

Tiempo Ordinario

Sábado de la X semana

 Textos 

† Del evangelio según san Mateo (5, 33-37)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.

Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no.

Lo que se diga de más, viene del maligno”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Es la segunda vez que Jesús empieza con la larga expresión: « Han oído ustedes que se dijo a los antiguos», abriendo así una segunda serie de ejemplos que ilustran la verdadera justicia. Se recuerdan dos preceptos del Antiguo Testamento.

El primero es sobre la declaración ante Dios, con la que se le invoca como testigo de la verdad de una afirmación. El precepto decía: «No jurarás en falso». Cuando el hombre se dirige a Dios y lo invoca como testigo, debe ser absolutamente sincero y honesto, pues de lo contrario lleva a cabo una acción injuriosa.

El segundo precepto también hace referencia a las relaciones del hombre con Dios, pero bajo otro aspecto. Cuando se hace una promesa hay que mantenerla. Jesús no niega estos dos preceptos, sino que los profundiza. No basta con evitar el mal.

El discípulo debe tener una intimidad más profunda y personal con Dios, tanto más cuando puede ofender su santidad aunque observe escrupulosamente esos dos preceptos, como hacían los fariseos. Por eso Jesús afirma radicalmente: «No juren de ninguna manera», porque ya el hecho de jurar como lo hacían los fariseos anula el respeto que se debe a Dios, que quiere el corazón y no la simple observancia de los preceptos con un corazón frío y lejano.

Jesús no condena el juramento, sino que afirma que no debe hacerse cuando se inspira en sentimientos de desconfianza. Hay que recuperar la confianza entre los hombres. Hoy, por desgracia, la confianza recíproca está como desapareciendo a causa del crecimiento desorbitado del «yo» de uno mismo. Con cierto humor Jesús advierte que no vale la pena jurar «por tu cabeza», pues no tenemos el poder de hacer volver blanco o negro ni uno solo de nuestros cabellos.

Por otra parte, en cambio, Jesús subraya que el Señor creó al hombre y le dio la dignidad de la palabra. Por eso Jesús dice: «Sea vuestro lenguaje: «Sí, sí», «no, no»: que lo que pasa de aquí viene del Maligno». Nuestras palabras tienen un peso; por eso no deben ser vanas o ambiguas. A través de ellas se muestra nuestro corazón, del mismo modo que pasa con Dios.

El Maligno intenta aumentar su fuerza con la corrupción de las palabras. El discípulo de Jesús debe aprender a decir «sí» a la vida que viene del Evangelio y a oponer un no firme a las propuestas que llevan al mal para él y para los demás. Es importante saber decir «no», es decir, imponerse una disciplina del corazón. Decir «sí» al Señor que llama, y decir «no» a seducciones y propuestas que solo aparentemente dejarían entrever un bien para nuestra vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 247-248.

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos… pero yo les digo

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jesús y sus discípulos 4Tiempo Ordinario

Viernes de la X Semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (5, 27-32)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón.

Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.

Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.

También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este evangelio continúa la enseñanza del discurso de la montaña en el que Jesús cumple la ley antigua. Ahora Jesús enuncia el sexto mandamiento: «No cometerás adulterio». Era esa una disposición que comprometía tanto al marido como a la mujer a no traicionar y, por tanto, a mantener intacto el vínculo conyugal.

Jesús no deroga dicho mandamiento, pero sabe que la mera observancia exterior no es suficiente para garantizar la integridad del matrimonio. Para construir una familia sólida y estable hace falta un corazón, es decir, una participación interior profunda con el otro. Por eso Jesús continúa: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón». Efectivamente, es lo que nace en el corazón, lo que contamina al hombre.

Es indispensable -y no solo en la vida matrimonial- tener lazos que unan profundamente nuestra vida con la de los demás. El amor -que es comprometerse a unirse a los demás- no debe quedar a merced de los sentimientos pasajeros o egocéntricos. Al final de la creación, después de haber creado a Adán, Dios nos presenta ese tipo de amor cuando dice: «No es bueno que el hombre esté solo». Es la afirmación de la primacía de la comunión sobre la soledad. Eso nos lleva a decir que el hombre y la mujer son imagen de Dios, juntos y no cada uno por su cuenta. Jesús, consciente de dicha dimensión, cumple la creación, recuerda la indisolubilidad del vínculo matrimonial, también respecto a la tradición del divorcio, y resalta la vocación original que es la estabilidad del amor entre el hombre y la mujer, así como la de los demás lazos.

Para Jesús, el compromiso por edificar la comunión estable entre los hombres, es la misma razón de vivir. No es bueno que el hombre esté solo, no es bueno que la familia esté sola, no es bueno que una ciudad esté sola, no es bueno que un pueblo esté solo. Es bueno que el mundo entero se construya como una única y variada familia, empezando por la doméstica y llegando hasta la de los pueblos.

El amor que Jesús pide es decidir comprometerse a construir un mundo con los rasgos del amor mismo de Dios. Por eso Jesús no duda en afirmar: « si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo». Y lo mismo para la mano. Cada vez que cedemos al egoísmo contaminamos el amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 246-247.

No he venido a abolir la ley o los profetas, sino a darles plenitud

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ley

Tiempo Ordinario

Miércoles de la X semana

Textos

 

† Del evangelio según san Mateo (5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.

Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús como se muestra en el pasaje evangélico de Mateo, es muy consciente de la importancia de la Ley, y afirma con claridad: «No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud.». El evangelista, probablemente inmerso en una polémica con algunos cristianos que ponían en segundo plano la Ley hebrea, refiere la afirmación de Jesús de no haber venido a abolir sino a dar cumplimiento a las Escrituras, desde Abrahán y Moisés hasta los Profetas.

Esto significa que en cada página de la Escritura, incluso en cada «i» -la letra más pequeña del alfabeto judío-, hay una referencia a Jesus. La historia que narra el amor de Dios por su pueblo encuentra su culminación en Jesús. Por ello Jesús se convierte, para la comumdad cnstiana, en la clave para la interpretación de todas las páginas del Antiguo Testamento. Y es en este sentido que los cristianos afirman que el cumplimiento de la Ley es el amor evangélico, ese amor sin límites de Dios por nosotros que ha llevado a Jesús hasta la cruz.

Se puede incluso decir que el que ama cumple la Ley del Señor. La Biblia, por tanto, debe ser escuchada página a página, porque cada una de ellas contiene un momento de la historia de este extraordinario amor de Dios por los hombres. Cada página debe ser meditada y custodiada con esmero y devoción. Debemos, desear que surja una verdadera devoción por este santo Libro que contiene la Palabra de Dios; así como existe la devoción a la Eucaristía, debería también afirmarse esta otra devoción hacia las Santas Escrituras.

Es bonito que el papa Francisco exhorte a toda Iglesia diocesana a establecer un domingo para celebrar la «fiesta de la Biblia». Y podemos recordar también el ejemplo de san Francisco, que exhortaba a los hermanos a recoger siempre los pedazos de papel caídos al suelo (en aquella época se trataba de códices en los que era fácil que hubiera transcripciones de pasajes bíblicos) porque podían contener palabras evangélicas. El discípulo, siguiendo al Maestro, debe también acoger en su corazón toda palabra de las Santas Escrituras y llevarla a cumplimiento en la vida de cada día.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 125-126.

Ustedes son la sal de la tierra

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Bernabé apóstol.jpg11 de junio 

San Bernabé, Apóstol

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 13-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo.

No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los discípulos, sal y luz de la tierra. Jesús dice a los discípulos que son la sal de la tierra y la luz del mundo. Cada uno de nosotros sabe que es una pobre persona, llena de límites y de defectos. No somos sal y luz por nosotros mismos, sino únicamente cuando estamos unidos a la verdadera sal y a la verdadera luz, que es Jesús.

Sus discípulos, a diferencia de lo que pasa entre los hombres, no están condenados a esconder ante Dios su debilidad y su miseria. Debilidad y miseria no atentan al poder de Dios, no lo borran; en todo caso lo exaltan. El primero que no se avergüenza de nuestra debilidad es precisamente el Señor; su luz no se ve atenuada por nuestras tinieblas. Y -atención- el Evangelio no muestra desprecio alguno por el hombre; el Señor no muestra ningún tipo de antipatía hacia el hombre.

Él lo sabe todo de nosotros. Y nos ama como somos. Evidentemente, quiere que seamos distintos, que crezcamos en el amor y no en el egoísmo. El amor de Dios por nosotros no es sentimentalismo sino energía de cambio y de ayuda, de apoyo y de defensa. Así pues, Jesús añade: «brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos».

Es la invitación que el Señor nos hace también a nosotros en este tiempo para que seamos trabajadores del Evangelio. Somos sal y luz no por méritos propios sino por gracia. El Señor, que nos ha librado de la soledad y de la muerte reuniéndonos en comunión con él y con los hermanos, nos hace participar de su luz y de su vida para que seamos fermento de amor y luz de esperanza para un mundo que muchas veces vive desarraigado y sin futuro.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 244.

Luego dijo al discípulo: «Ahí está tu madre».

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María Pentecostés.jpg Lunes después de Pentecostés

Santa María Virgen, Madre de la Iglesia

Textos

† Lectura del santo Evangelio según San Juan: 19, 25-34

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería,  Jesús dijo a su madre:

«Mujer, ahí está tu hijo».
Luego dijo al discípulo:
«Ahí está tu madre».
Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura, dijo:

«Tengo sed».
Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, probó el vinagre y dijo:
«Todo está cumplido».
E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Entonces los judíos, como era el día de la Preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz.

Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, le traspasó el costado con una lanza, e inmediaamente salió sangre y agua. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Contemplamos a la Madre de Jesús, que junto con otras mujeres, acompaña a Jesús en los últimos momentos de su agonía.

Nos concentramos en la última acción que Jesús realiza antes de su muerte en la Cruz y la hace de tal manera que enseguida el evangelista anotará: «Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término…»

El último gesto de amor de Jesús, quien ha entregado todo, es el don de su propia Madre. Esto se realiza en el bello diálogo en el que une a su madre y al discípulo amado como madre e hijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre.»

En el evangelio de Juan, la madre y el discípulo se caracterizan por el hecho de que nunca son designados por su propio nombre, sino siempre según el tipo de relación que cada uno sostiene con Jesús. Por lo tanto, no es su nombre, sino su relación con Jesús lo que es esencial para ellos.

El evangelio habla de la  «madre de Jesús». La vida y la persona de María son determinadas y caracterizadas por el hecho de ser la madre de Jesús, hay una relación que no sólo es biológica sino afectiva, íntima, insustituible entre ellos.  La relación madre-hijo es única.

De la misma manera el evangelio habla del «discípulo amado». Según la tradición (que viene desde el siglo II dC), se ha pensado que se trata del apóstol, que también sería el evangelista, Juan; su relación con Jesús  es diferente de aquella que es dada biológicamente y de por sí en la maternidad; la del discipulado es una relación construida en la amistad.

Pues bien, Jesús antes de morir quiso que estas dos personas, unidas a él de forma muy estrecha -en cuanto madre y en cuanto discípulo- se pertenecieran la una a la otra. No se trataba de una decisión de ellos, sino del mismo Jesús.

Cuando Jesús se despidió en la cena, preparó a sus adoloridos discípulos para su muerte y al mismo tiempo para lo que vivirían después de su muerte.  Les prometió que no los dejaría huérfanos. Entonces, les prometió la asistencia del Espíritu Santo.

Pero Jesús también pensó en María, a ella no la dejó sola y sin protección.  Por eso le da como hijo al discípulo amado. María entonces puede apoyarse en él, como en su hijo. El discípulo la respetará,  la estimará y se ocupará de ella en las necesidades y en las debilidades de la vejez.

María, por su parte, recibe un nuevo llamado: el de ofrecerle al discípulo amado -imagen de todos lo que pertenecen a Jesús por el discipulado–  todo su amor de madre.  Porque el discípulo amado estaba estrechamente unido a Jesús, ella lo amará como a su hijo Jesús.

Así de intenso es el amor que Jesús quiere que reciban sus discípulos y en esta hora crucial de la Pasión, no podemos dejar de pensar que en el amor de la madre también se experimenta todo el amor  del Crucificado.

Una nueva realidad comienza a partir de las palabras de Jesús en la cruz. Se crea una relación estrecha entre su madre y su discípulo. Ahora viven el uno para el otro, lo que los une a Jesús, los une entre sí. Es el mismo amor contenido en el mandato: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”.

En el amor de María como madre que sufre por toda la humanidad y la Iglesia, está el amor de Jesús hasta el extremo y así es como la Madre de Jesús también se convierte en mediadora de vida.

 

 

[1] F. Oñoro, Pistas para la Lectio Divina Juan 19, 25-27. CEBIPAL/CELAM

 

Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo”

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Domingo de Pentecostés

Textos 

† Del evangelio según san Juan (20, 19-23)

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo llegamos a la conclusión de la Pascua con la Solemnidad de Pentecostés. Celebramos la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre toda la Iglesia.

El Espíritu Santo es el don más grande que hemos recibido del Señor Jesús. Es el Espíritu quien hace nacer la Iglesia a partir de la aceptación y confesión de una misma fe en Jesús nuestro Señor y hace posible en ella la unidad en la diversidad de dones, carismas y ministerios.

El contexto

La escena evangélica que hoy contemplamos ocurre al atardecer del día de Pascua. El anuncio de Magdalena parece no haber encontrado eco en el corazón de los discípulos que, por miedo a los judíos, siguen encerrados en un cuarto con las puertas cerradas.

El primer encuentro de Jesús resucitado con su comunidad tiene dos momentos: en el primero, Jesús se manifiesta a su comunidad como Señor resucitado; en el segundo, Jesús les comparte su misma misión, su propia vida y su propio poder para perdonar pecados.

Jesús se manifiesta como Señor resucitado

Jesús realiza tres acciones: se coloca “en medio de ellos”, les da su paz: «La paz esté con ustedes»; les hace ver las marcas de su crucifixión: «les mostró las manos y el costado». Por su parte los discípulos, reaccionan con alegría: «Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.»

La presencia de Jesús resucitado es para los discípulos una experiencia pascual en primera persona; experimentan el “paso” de la tristeza a la alegría y del miedo, el desánimo y la frustración a la paz. Paz y alegría son los grandes dones del resucitado.

La paz y la alegría

Dos veces insiste en ello el texto que contemplamos. En el discurso de despedida, que recién hemos contemplado las últimas semanas del tiempo pascual,  había prometido a sus discípulos la paz: para superar la turbación y la cobardía les ofrece una paz distinta a la que da el mundo.

La paz que Jesús ofrece no significa para los discípulos que no tendrán dificultades, ya les había dicho: «en el mundo tendrán tribulaciones», significa más bien, seguridad y confianza en medio de ellas, al estilo del mismo Jesús que ya los había exhortado diciéndoles: «Ánimo, yo he vencido al mundo».

Pero la victoria, pasa por la cruz. Jesús muestra a sus discípulos las llagas de la pasión; el crucificado es el resucitado; el condenado a muerte la ha vencido. Las llagas de las manos y del costado, evocan al Buen Pastor, dispuesto a enfrentar al lobo para defender a su rebaño, son el signo del inmenso amor de Jesús por los suyos, por quienes dio la vida. Son las llagas de un Resucitado, por tanto, a los discípulos, no les faltará el amor; del cuerpo glorioso de Jesús manará en forma perenne el don del Espíritu Santo a todo el que se acerque a Él.

La reacción de los discípulos es lógica; es el gozo de quien se sabe amado y esa es la experiencia fundamental de la Pascua, constatar el amor fiel y misericordioso de Dios. La situación ha cambiado, mientras el mundo les infunde miedo, les hace encerrarse, ellos tienen de su parte al que ha vencido al mundo; por tanto, no deben cerrarse ante el mundo y sus desafíos, sino entrar en él llenos de confianza, de paz y alegría, compartiendo con todos los dones pascuales que los han transformado.

Jesús les comparte su misión

El resultado es inmediato: los discípulos se llenan de alegría. El miedo desaparece. Jesús renueva su don de la paz y lo extiende a toda la humanidad a través de la misión de los apóstoles. Los hombres y las mujeres de todos los tiempos están llamados a entrar en la paz de Dios reconciliándose con Él.

Jesús repite el saludo de paz. La paz del resucitado está asociada a la misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Ahora a los discipulos corresponde dar a conocer Jesucristo y al Padre que lo envió; conducir a todos a creer en el Hijo, de manera que a través de Él entren en comunión con el Padre. Con el nuevo saludo de paz, les comparte su propia misión, vida y poder para perdonar pecados.

Para cumplir la misión les infunde su Espíritu

Para cumplir esta misión los llena de su Espíritu Santo . Llama la atención en este relato de efusión del Espíritu la referencia a este “soplo” de Jesús sobre sus discípulos: «Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo…».

Encontramos una alusión al “soplo vital de Dios” (en hebreo: “Ruah”) que actuó en los orígenes, cuando Dios creó el mundo y al hombre (cf. Gén 2,7): el Espíritu que Jesús Resucitado comunica es el principio de una nueva creación y de un nuevo pueblo.

Juan el Bautista ya lo había anunciado al inicio del evangelio: Jesús bautizaría en el Espíritu Santo. Hemos contemplado como Jesús lo infunde sobre todos desde la Cruz, lo desborda en el agua que mana de su costado y ahora, glorificado, lo sopla, como en la primera creación.

El Espíritu Santo principio de vida nueva

Con el Espíritu Santo, Jesús comunica una vida nueva que no pasa, que es pereene porque pone, a quienes lo reciben, en comunión plena con el Padre y el Hijo y les capacita para comprender su obra en el mundo y para ser testigos de ella. Él es el principio de la vida nueva que debe ser anunciada y comunicada a todo hombre.

Esta vida nueva no es posible sin la reconciliación con Dios, sin el perdón de los pecados. Y esta es la misión del nuevo pueblo de Dios: perdonar, tarea imposible si no se ha experimentado en carne propia el perdón, la respuesta amorosa de Dios que a pesar de nuestras infidelidad quiere para nosotros no la destrucción sino la plenitud de vida

Por medio del Espíritu Santo, los apóstoles entran a fondo en la misiòn de Jesús; Él fue presentado por el Bautista como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y así lo realizó en la Cruz, ahora, resucitado, envía a sus discípulos con la plenitud del poder para perdonar o remitir los pecados.

El perdón está asociado con la experiencia del Espíritu que purifica los pecados y en el cual se nace de nuevo “de lo alto”. También tendran el poder de “retener” los pecados, no en el sentido de una condena inapelable, sino en el de un renovado llamado a la conversión. Así es como la obra de Jesús, salvador del mundo, llega a todo hombre, comunicando la paz de Dios a quien lo acepta en su vida.

Por el don del Espíritu se renueva la vida, cuando con su impulso los hombres y las mujeres se convierten a Dios reconociéndose como creaturas; cuando con sus dones vencen la tentación de reemplazar a Dios erigiéndose en ídolos de si mismos y de los demás; cuando con su luz aceptan la verdad de la naturaleza humana con todos sus límites y posibilidades; cuando con su consejo se descubren capaces de renunciar a la violencia y de sofocar en si el deseo de la venganza.

El Espíritu Santo es el amor personal del Padre y del Hijo y amor quiere decir, vida, alegría, felicidad. Es Dios mismo que se entrega a los hombres y a las mujeres y les mueve interiormente para acoger su presencia y abrirse a los hermanos. Es la fuente de la santidad de la Iglesia su obra es salvar, sanar, exhortar, fortalecer, consolar.

El Espíritu Santo, actuando desde nuestro interior

  • Nos ayuda a identificarnos con Jesús, con sus palabras, gestos y acciones.
  • Abre nuestros oídos y corazones para que la Palabra cale hondo en nuestro interior.
  • Nos impulsa a ser mensajeros de la Buena Nueva.
  • Restaura en nosotros la imagen de Dios deteriorada por el pecado.
  • Hace posible que amemos y perdonemos a nuestros hermanos;
  • Nos incorpora al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia,
  • Da a nuestra existencia alegría, paz, verdad, libertad, comunión.
  • Hace fructificar nuestros esfuerzos porque nos precede en todo lo que hacemos.

 

[1] F. Oñoro, Lectio Divina La alegría de la fe en medio de la comunidad pascual, CEBIPAL/CELAM.

Señor, ¿qué va a pasar con éste?

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Jesús Pedro y Juan

Sábado de la VII semana de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (21, 20-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Pedro: “Sígueme”.

Pedro, volviendo la cara, vio que iba detrás de ellos el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre su pecho y le había preguntado: ‘Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?’ Al verlo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¿qué va a pasar con éste?” Jesús le respondió: “Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme”.

Por eso comenzó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no habría de morir.

Pero Jesús no dijo que no moriría, sino: ‘Si yo quiero que permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?’ Ese es el discípulo que atestigua estas cosas y las ha puesto por escrito, y estamos ciertos de que su testimonio es verdadero.

Muchas otras cosas hizo Jesús y creo que, si se relataran una por una, no cabrían en todo el mundo los libros que se escribieran. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El epílogo del evangelio de Juan está relacionado con la misión propia del discípulo amado. El fragmento está formado por dos pequeñas unidades, que también están subdivididas a su vez: predicción sobre el futuro del discípulo amado y segunda conclusión del evangelio. El redactor de este capítulo, a través de una comparación entre Pedro y el otro discípulo, pretende identificar de manera inequívoca al «discípulo a quien Jesús amaba».

La pregunta que Pedro plantea, a continuación, a Jesús sobre la suerte del discípulo amado recibe de parte del Maestro una respuesta que no deja lugar a equívocos, en la que afirma la libertad soberana de Dios respecto a cada hombre.

Pero quizás sea posible proyectar alguna luz sobre estos misteriosos versículos intentando poner de manifiesto cierto fondo histórico del tiempo en el que el autor los escribió. El texto no estuvo provocado realmente por las discusiones que tuvieron lugar en la Iglesia de los orígenes entre los discípulos de Pedro y los del discípulo amado sobre el «poder primacial» del primero. Más bien fue introducido por el redactor del capítulo para demostrar, sobre una base histórica, dos cosas: a) que carecía de fundamento la opinión difundida de que el discípulo amado no había muerto; b) que esa muerte, una vez acaecida, tenía la misma importancia para el Señor que el martirio sufrido por el apóstol Pedro.

Por último, los versículos finales subrayan una cosa simple, pero verdadera: la revelación de Jesús, ligada al ministerio de su persona, es algo tan grande y profundo que escapa al alcance del hombre.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 447-448.

Señor, tú sabes que te quiero

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Viernes de la VII semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (21, 15-19)

En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” El le contesto: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.

Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.

Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.

Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.

Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”.

Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría’de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La perícopa está totalmente centrada en la figura de Simón Pedro. El evangelista, con dos pequeños fragmentos discursivos, especifica cuál es el papel del apóstol en la comunidad eclesial: ha sido llamado para desempeñar el ministerio de pastor y para dar testimonio con el martirio. De ahí que el Señor, antes de confiar a Pedro el encargo pastoral de la Iglesia, le exija una confesión de amor. Ésa es la condición indispensable para poder ejercer una función de guía espiritual. Y el Señor requiere el amor de Pedro tres veces con un ritmo creciente.

La insistencia de Jesús en el amor ha de ser leída como condición para establecer la relación de intimidad filial que Pedro debe mantener con el Señor. Antes que en cualquier dote humana, el ministerio pastoral de Pedro se basa en una confiada comunión interior y no en un puesto de prestigio o de poder: una intimidad que no puede ser apreciada con medidas humanas, sino que es reconocida por el Señor mismo, que escruta el corazón. Y- el Hijo de Dios, que conoce bien el ánimo del apóstol, le responde confiándole la misión de apacentar a su rebaño: «Apacienta mis ovejas».

Al ministerio pastoral le sigue después el testimonio del martirio. También Pedro debe refrendar su amor a Jesús con la entrega de su vida. El fragmento concluye con algunas palabras redactadas por el autor sobre el tema del seguimiento. La misión de la Iglesia y de todos sus discípulos es siempre la del seguimiento de Jesús, único modelo de vida. (Zevini (4), p. 440-441)

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 440-441.

Que sean uno, como tú y yo somos uno

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jesús orante.jpgJueves de la VII semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (17, 20-26)

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.

Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En la tercera parte de su «oración sacerdotal » dilata Jesús el horizonte. Antes había invocado al Padre por sí mismo y por la comunidad de los discípulos. Ahora su oración se extiende en favor de todos los futuros creyentes. Tras una invocación general, siguen dos partes bien distintas: la oración por la unidad y la oración por la salvación.

Jesús, después de haber presentado a las personas por las que pretende orar, le pide al Padre el don de la unidad en la fe y en el amor para todos los creyentes. Esta unidad tiene su origen y está calificada por «lo mismo que», es decir, por la copresencia del Padre y del Hijo, por la vida de unión profunda entre ellos, fundamento y modelo de la comunidad de los creyentes.

En este ambiente vital, todos se hacen «uno » en la medida en que acogen a Jesús y creen en su Palabra. Este alto ideal, inspirado en la vida de unión entre las personas divinas, encierra para la comunidad cristiana una vigorosa llamada a la fe y es signo luminoso de la misma misión de Jesús. La unidad entre Jesús y la comunidad cristiana se representa así como una inhabitación: «Yo en ellos y tú en mí». En Cristo se realiza, por tanto, el perfeccionamiento hacia la unidad.

A continuación, Jesús manifiesta los últimos deseos en los que asocia a los discípulos los creyentes de todas las épocas de la historia, y para los cuales pide el cumplimiento de la promesa ya hecha a los discípulos.

En la petición final, Jesús vuelve al tema de la gloria, recupera el de la misión, es decir, el tema de hacer conocer al Padre, y concluye pidiendo que todos sean admitidos en la intimidad del misterio, donde existe desde siempre la comunión de vida en el amor entre el Padre y el Hijo. La unidad con el Padre, fuente del amor, tiene lugar, no obstante, en el creyente por medio de la presencia interior del Espíritu de Jesús.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 433-434.

Santifícalos en la verdad

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Miércoles de la VII semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (17, 11-19)

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.

Cuando estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me diste; yo velaba por ellos y ninguno de ellos se perdió, excepto el que tenía que perderse, para que se cumpliera la Escritura.

Pero ahora voy a ti, y mientras estoy aún en el mundo, digo estas cosas para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos.

Yo les he entregado tu palabra y el mundo los odia, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo.

No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad.

Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo.

Yo me santifico a mí mismo por ellos, para que también ellos sean santificados en la verdad”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento incluye la segunda parte de la «oración sacerdotal» de intercesión que Jesús, como Hijo, dirige al Padre. Tiene como objeto la custodia de la comunidad de los discípulos, que permanecen en el mundo.

El texto se divide en dos partes: al comienzo se desarrolla el tema del contraste entre los discípulos y el mundo; a continuación se habla de la santificación de éstos en la verdad. Si, por una parte, emerge la oposición entre los creyentes y el mundo, por otra se manifiesta con vigor el amor del Padre en Jesús, que ora para que los suyos sean custodiados en la fe.

En el primer fragmento pasa revista Jesús a varios temas de manera sucesiva: la unidad de los suyos, su custodia a excepción «del que tenía que perderse», la preservación del maligno y del odio del mundo.

En el segundo fragmento, Jesús, después de haber pedido al Padre que defienda a los suyos del maligno y después de haber subrayado en negativo su no pertenencia al mundo pide en positivo la santificación de los discípulos: «santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad.».

Le ruega así al Padre, al que ha llamado «santo», que haga también santos en la verdad a los que le pertenecen. Los discípulos tienen la tarea de prolongar en el mundo la misma misión de Jesús. Ahora bien, éstos, expuestos al poder del maligno, necesitan, para cumplir su misión, no sólo la protección del Padre, sino también la obra santificadora de Jesús.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 426-427.

Te pido por ellos

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Martes de la VII semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (17, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.

Ya te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera.

He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.

Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos.

Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La primera parte de la llamada «oración sacerdotal» está compuesta por dos fragmentos unidos entre sí por el tema de la entrega de todos los hombres a Jesús por parte del Padre. El primer fragmento se centra en la petición de la gloria por parte del Hijo. Estamos en el momento más solemne del coloquio entre Jesús y los discípulos. Jesús es consciente de que su misión está llegando a su término, y, con el gesto típico del orante -levantar los ojos al cielo, es decir, al lugar simbólico de la morada de Dios-, da comienzo a su oración.

Lo primero que pide es que su misión llegue a su culminación definitiva con su propia glorificación. Pero esa glorificación la pide sólo para glorificar al Padre. Jesús ha recibido todo el poder del Padre, que ha puesto todas las cosas en sus manos, hasta el poder de dar la vida eterna a los que el Padre le ha confiado. Y la vida eterna consiste en esto: en conocer al único Dios verdadero y a aquel que ha sido enviado por él a los hombres, el Hijo.

Como es natural, no se trata de la vida eterna entendida como contemplación de Dios, sino de la vida que se adquiere a través de la fe. Ésta es participación en la vida íntima del Padre y del Hijo.

De este modo, al término de su misión de revelador, profesa Jesús que ha glorificado al Padre en la tierra, cumpliendo en su totalidad la misión que le había confiado el Padre. Jesús no quiere la gloria como recompensa, sino sólo llegar a la plenitud de la revelación con su libre aceptación de la muerte en la cruz. A continuación, piensa Jesús en sus discípulos, a quienes ha manifestado el designio del Padre. Éstos han respondido con la fe y así glorificarán al Hijo acogiendo la Palabra y practicándola en el amor.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 419-420.

Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí.

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Lunes de la VII semana de pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (16, 29-33)

En aquel tiempo, los discípulos le dijeron a Jesús: “Ahora sí nos estás hablando claro y no en parábolas. Ahora sí estamos convencidos de que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has venido de Dios”.

Les contestó Jesús: “¿De veras creen? Pues miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo.

Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento comienza con algunas palabras entusiastas de los discípulos de Jesús: « Ahora sí nos estás hablando claro y no en parábolas». Piensan los discípulos que las palabras del Señor sobre su misión son ahora comprensibles, pero olvidan que les había dicho que la nueva era comenzaría después de la resurrección y que la comprensión de sus palabras tendría como maestro interior al Espíritu Santo.

Creen tener ahora en sus manos el secreto de la persona de Jesús y poseer una fe adulta en Dios. Jesús tendrá que hacerles constatar, por el contrario, que su fe tiene que ser reforzada aún, porque es demasiado incompleta para hacer frente a las pruebas que les esperan. Son palabras que esconden una gran amargura: el Nazareno predice el abandono por parte de sus amigos. Éstos se escandalizarán por la suerte humillante que sufrirá su Maestro.

Con todo, Jesús nunca está solo. Vive siempre en unidad con el Padre. Por eso termina el coloquio con los suyos pronunciando palabras llenas de esperanza y de confianza: «Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo». Jesús ha vencido al mundo desarmándolo con el amor. Ha elegido lo que cuenta a los ojos de Dios y perdura en la vida, no lo efímero. Y este mensaje es el que deja a sus discípulos como «testamento espiritual».

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 412-413.

Ustedes son testigos de esto

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La Ascensión del Señor

Textos

† Del evangelio según san Lucas (24, 46-53)

En aquel tiempo, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió.

Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”.

Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo celebramos la Ascensión de Jesús. La obra de Jesús en el mundo llega a su culmen; la obra que comenzó en el corazón de Dios Padre, encuentra en Él su realización definitiva.

De modo popular y sencillo, en las primeras páginas de la Biblia, se afirma que la morada de Dios está en lo alto, en el cielo, y que la de los hombres es la tierra. Por eso Dios «baja» del cielo y «sube» a dicha morada.

Jesús, con su Ascensión al cielo, confirma que su vida, que no siempre comprendemos ni aceptamos, obedece al proyecto de Dios, quien da la razón a Jesús; ratifica su vida, su camino histórico y sus opciones.

Por su parte, los discípulos ante el regreso de Jesús al Padre, tienen una doble tentación: volver la pasado o quedarse contemplando el cielo, fugándose de la realidad. Tendrán que superar estas tentaciones para enfrentar la misión que les confía Jesús: ser testigos de su muerte y resurrección, anunciándola. en su nombre, a todas las naciones.

Sin embargo, el proceso de fe de los discípulos es muy lento; en la escena paralela a la que contemplamos hoy, que se encuentra en el libro de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos preguntan a Jesús: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» (1,6); siguen pensando en un Mesías triunfal y político. No ven ni conciben otra forma de salvación y liberación. Son duros de cabeza y Jesús lo sabe, la realización de la misión supera sus fuerzas, por ello, les asegura el don del Espíritu Santo pero antes les hace testigos de su regreso al Padre.

El contexto

Con el pasaje que contemplamos concluye el gran día pascual. Desde la mañana de la Resurrección, Jesús, al encontrarse con sus discípulos, fue dejando claros los elementos esenciales del mensaje pascual: El Crucificado no está entre los muertos, ha resucitado, se apareció a Simón y a los demás discípulos, que lo reconocieron en la fracción del pan.

En distintas experiencias, Jesús fue convenciendo a sus discípulos de la realidad de su resurrección y los preparó para su misión futura. Ahora, en el momento de la despedida, con palabras y con el gesto de la bendición, se retoma todo lo esencial. Los últimos instantes son inolvidables.

Jesús ya no estará presente en medio de sus discípulos en forma visible sino que continuará haciéndose presente en sus caminos; se hará presente en sus cenas, su voz se hará sentir en la interpretación de las Santas Escrituras que en Él han alcanzado la plenitud. Pero de todas maneras el Maestro sigue su camino hacia el cielo.

Para apropiarnos mejor el contenido de este pasaje, nos ayuda distinguir cuatro partes: la entrega a los discípulos del mensaje -kerigma- del que son portadores y testigos; la promesa del Padre, la exaltación de Jesús al cielo y el epílogo.

Entrega a los discípulos del mensaje del que son portadores y testigos

Se trata del kerigma, es el núcleo de la predicación cristiana en los tiempos apostólicos; es un mensaje que tiene la fuerza suficiente para transformar todo y a todos, es anunciado por personas que así lo han experimentado.

El mensaje es este: «Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto» Veamos cinco elementos de este mensaje.

Se anuncia la muerte y resurrección de Jesús. Los discípulos son constituidos mensajeros de un acontecimiento del que han sido testigos y que se propone como camino que todo hombre puede recorrer haciendo el itinerario de la conversión.

El mensaje no se proclamará en nombre propio, sino en nombre de Jesús, a partir de todo lo que se manifestó a través de su obra y de todo su camino hasta la Cruz y la Resurrección.

Se anuncia también la eficacia del perdón. En el camino que lleva a los hombres a Dios, se hace sentir, sobre el pecado del hombre, el poder de la muerte y resurrección de Jesús, que le alcanzan el perdón.

El anuncio del mensaje es universal; desde Jerusalén irradia para todas las naciones. Mediante el perdón de los pecados, Jesús atrae a todos los hombres a la comunión con Dios y a generar –desde la Alianza con Él- el proyecto de fraternidad y solidaridad que le da una nueva orientación al mundo. Comenzando por Jerusalén todos son atraídos para este proyecto comunitario. Nadie podrá ser excluido del anuncio.

Los discípulos no son sólo mensajeros, ante todo son testigos. La credibilidad del mensaje requiere de testigos; por eso Jesús Resucitado constituye a sus discípulos, en testigos cualificados. Precisamente en el encuentro con Él y su regreso a los cielos se completa la serie de acontecimientos que deben testificar.

El mensaje cristiano no se fundamenta en especulaciones, en ideas u opiniones personales, sino en acontecimientos históricamente documentados y en las instrucciones que dio el mismo Jesús, las cuales quedaron grabadas en la memoria de las primeras comunidades.

El testimonio solamente puede provenir de quien ha hecho el camino con Jesús y de quién habiendo comprendido su obra, también puso su mirada en su destino. Se trata de testigos que han abierto los ojos y han visto en medio de la oscuridad de la Cruz el camino que conduce a la gloria del Padre. Los evangelizadores serán, entonces, ante todo testigos: testigos dignos de confianza y auténticos servidores de la Palabra. Su testimonio tendrá que llegar hasta los confines del mundo.

La promesa del Padre

 Retoma Jesús algo que ya había dicho a sus discípulos al despedirse de ellos en la última Cena: la promesa del Padre: «Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto».

Aunque el texto no refiere explícitamente que se trate del Espíritu Santo, no hay razón para pensar lo contrario. Tampoco sabemos cuando se hizo esta promesa; en un pasaje de Lucas tenemos la promesa que hizo Jesús a sus discípulos de que el Espíritu los asistiría en los momentos de dificultad en la misión (cf. Lc 12,12).

El punto central en esta parte del texto es que los discípulos no estarán en capacidad de llevar adelante la misión, la inmensa tarea de la evangelización que hace presente el “perdón”, si no «reciben la fuerza de lo alto», así como sucedió con Jesús. Este “poder” es la fuerza del Espíritu Santo que ungió a Jesús y lo impulsó en el combate con Satán y en su misión de misericordia.

El Espíritu Santo fortalecerá y habilitará a los evangelizadores para que anuncien con valentía, convicción y fidelidad la obra de la muerte y resurrección de Jesús, en la cual se alcanza el perdón de los pecados. El Espíritu “dota” de fuerza y “sostiene” la valentía y la convicción con que se da el testimonio.

La exaltación de Jesús al cielo

Antes de volver al Padre, Jesús realiza dos acciones sobre sus discípulos. «Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo.»

La referencia «salió con ellos» se relaciona con la acción de Dios con su pueblo conduciéndolo en el éxodo; al mismo tiempo, con este gesto se sintetiza el camino del evangelio. La mención de Betania nos remite a la gran celebración de los discípulos en el contexto de la entrada triunfal en Jerusalén, donde fue el punto de partida de la procesión que aclamó a Jesús como Rey y Señor.

La última acción de Jesús sobre los suyos es la bendición; un gesto con sabor litúrgico. Jesús se despide con los brazos en alto en actitud de bendecir. Es la última imagen del Maestro, que queda impresa en el alma de los testigos oculares del Evangelio. Jesús sintetiza toda su obra, todo lo que quiso hacer por sus discípulos y por la humanidad, en una «bendición». Así sella el gran “amén” de su obra en el mundo. La bendición de Jesús permanecerá con los discípulos, los animará a lo largo de sus vidas y los sostendrá en todos sus trabajos.

Finalmente, Jesús se separa de sus discípulos. Lucas describe la manera como se da la partida de Jesús: es “llevado” o “conducido” hacia el cielo. Lucas no se entretiene en formular conceptualmente el acontecimiento como lo hará la tradición del nuevo testamento; comparte junto a los discípulos se coloca del lado de los discípulos y así describe un último rasgo de su relación con Jesús: ellos lo ven hasta el último instante y son testigos de su obra completa coronada por su “Señorío” en el cielo.

El epílogo

El relato de la Ascensión concluye con la primera alabanza que se dirige directamente a Jesús por parte de su comunidad: «Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios.»

Es la conclusión de nuestro pasaje y al mismo tiempo de todo el evangelio.  Cuando Jesús desaparece de la vista de los discípulos, la última mirada del destinatario del evangelio se concentra en los discípulos. Sus reacciones tienen también sabor litúrgico: lo adoraron, regresaron a Jerusalén y permanecían en el templo en alabanza a Dios.

Nótese que los discípulos no se van para sus casas sino para el Templo, que no están tristes ni nostálgicos, a Jesús lo adoran, al Padre lo alaban y ellos están llenos de gozo; la alegría de los discípulos tiene como marco la adoración y la alabanza y la comunión fraterna.

Somos así invitados a reconocer en nuestra vida la grandeza de la misericordia de Dios, experimentada a través del Resucitado, y participar gozosamente en la alabanza apostólica. Esta actitud de alabanza y gratitud debe permanecer de aquí en adelante en nuestra vida.

 

[1] F. Oñoro, Jesús sube al cielo bendiciendo a sus discípulos. Lectio Lucas 24, 46-53, CEBIPAL/CELAM. F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 167-170.

Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa

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discípulos 3Sábado de la VI semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (16, 23-28)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.

Les he dicho estas cosas en parábolas; pero se acerca la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que les hablaré del Padre abiertamente. En aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que rogaré por ustedes al Padre, pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre. Yo salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento subraya el tema de la oración. La nueva era predicha por el Señor a los suyos consistirá en la comprensión de la relación recíproca que existe entre el Padre y el Hijo y en la manifestación de Jesús con el don de la oración eficaz, porque él es el único camino para la oración dirigida a Dios.

Los discípulos no estaban acostumbrados a orar en el nombre de Jesús. Ahora, sin embargo, por medio del Espíritu Santo enviado por el Padre, se ha inaugurado un tiempo nuevo en el que se pueden dirigir al Padre en el nombre de Jesús, porque su Señor, en virtud de su paso al Padre, se ha convertido en el verdadero mediador entre Dios y el hombre.

En consecuencia, Jesús, prosiguiendo el diálogo con sus discípulos, realiza una constatación sobre el pasado y, a continuación, proyecta una mirada sobre el futuro.

Por lo que se refiere al pasado, que abarca toda su vida terrena, afirma que se ha servido de palabras y de imágenes que encerraban un significado profundo que ellos nos comprendían con frecuencia.

Por lo que se refiere al futuro, desde el acontecimiento de la pascua en adelante, sus palabras dejarán de tener velos y llegarán al fondo de sus corazones. En efecto, con la venida del Espíritu después de la pascua se inicia la nueva era en la que Jesús hablará abiertamente y todos podrán comprender la verdad sobre el Padre y lo que él pretende hacer conocer a los hombres.

En la oración es donde los discípulos conocerán la íntima relación que existe entre Jesús y el Padre, y la de éstos con ellos. A continuación serán escuchados, porque existirá un entendimiento perfecto en el amor y en la fe con Cristo, con el que serán casi una sola cosa. Más aún, serán escuchados porque son amados por el mismo Padre a causa de su fe en el misterio de la encarnación del Hijo. La Palabra de Jesús es una palabra de vida que merece ser custodiada en el corazón.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 382-383.

María se encaminó presurosa

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visitacion La Visitación de la Virgen María

Textos

† Del evangelio según san Lucas (1, 39-56)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

Entonces dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre”.

María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelio de hoy nos coloca ante dos cánticos inspirados que provienen respectivamente de dos mujeres, Isabel y María.

El cántico de Isabel

En sus palabras de felicitación, Isabel deja entender que hay una gloria de María que podemos ver con nuestros ojos sobre la tierra: Ella es la “Bendita entre todas las mujeres”, es la “Madre del Señor”, es la mujer “feliz”.  Y esta gloria brotó de la obra de Dios acogida en la buena tierra de su fe: “¡Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor!” (1,45).

María alcanza esta “bienaventuranza” por el camino doloroso de la fe sostenida por la Palabra, así llega a la meta cierta que Isabel llama la “felicidad”, la plenitud de vida en el Señor.

Pero si es grande la gloria de María sobre la tierra, mayor es su gloria en el cielo. Como se ve en el texto, María no se quedó con la felicitación sino que enseguida la orientó hacia la alabanza de Dios. Por eso elevemos la mirada junto con María para cantar su Magníficat.

El Cántico de María

María acoge la bendición y la bienaventuranza que provienen de Isabel, no en su ego sino en el terreno fecundo de su corazón orante e improvisa un canto festivo, de alabanza, de exultación a Aquel que en ella ha hecho cosas verdaderamente maravillosas, cosas grandes.

En la medida en que se desarrolla su oración vemos cómo se va expresando la conciencia que tiene de la “gloria” que la habita y, al interior de su experiencia personal, de la gloria de Dios que quiere habitar a toda la humanidad. María hace de su cántico una escuela de alabanza y de compromiso en la cual también nosotros redescubrimos nuestra  sublime vocación.

Alabar y agradecer junto con María

Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador

María ama a Dios con un amor grande y lo “glorifica”, es decir, quisiera que fuera reconocida y proclamada con la mayor intensidad posible su grandeza, porque Dios la ha llenado de su gracia y se ha inclinado hacia su humildad.

Lo hace “exultando de alegría”, esto es, cantando, danzando, alabando a Dios con todas sus fuerzas como su Señor y Salvador; canta en nombre de la humanidad con la voz de sus humildes que comprendieron que el “temor” agencia siempre la “misericordia” divina por por los caminos del pueblo en el cual Dios hace justicia.

El Magníficat es un cántico personal y al mismo tiempo es universal, cósmico. Es el cántico de todos los salvados que han creído en el cumplimiento de las promesas de Dios, o mejor, es el himno de todos los que se reconocen hijos del Padre.

 Profetizar el mundo nuevo junto con María

Qué fuertes se sienten hoy las palabras: “Exaltó a los humildes”.

La felicidad de María no es algo que se reserva para sí misma, es el preludio del gozo de la humanidad entera que se descubre transformada por la misericordia de Dios.

María ora a la manera de los grandes profetas, sólo que no lo hace con verbos en futuro sino en pasado: es tan grande su certeza en la misericordia de Dios que se expresa como si ya todo hubiera sucedido. Como los grandes profetas ella infunde esperanza portando en su corazón orante el mundo nuevo que se inaugura en la persona de Jesús.

Sorprende ver que no ignora los sufrimientos de la historia. De hecho, a ella le tocó vivir algunos de los días más oscuros y más negros de la historia humana. Con todo, con su finura espiritual tomó conciencia que aún en aquellos días Dios estaba muy cerca del sufrimiento de su pueblo, que le importaban nuestros dolores, que entraba bien dentro de nuestras llagas para confortarnos y para hacer de cada momento doloroso una posibilidad para ejercitar la solidaridad y el amor, para sacar del mal bien, para hacer de la cruz una resurrección.

Por eso, hay que leer la historia no solo desde su lado oscuro sino también desde su reverso, allí donde está oculto Dios, para que descubramos todos los gestos de amor que no tienen publicidad, a los que no se les hace prensa ni televisión, todos los gestos de amor de Dios y también de personas maravillosas que viven en este mundo que ante los desafíos de la vida irradian lo mejor que llevan dentro, su amor, su bondad, su deseo de construir la paz en todas las cosas.

 

[1] F. Oñoro. Lectio Divina Lucas 1. 39-56, CEBIPAL/CELAM.

Su tristeza se transformará en alegría

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discipulos 2

Jueves de la VI semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (16, 16-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Dentro de poco tiempo ya no me verán; y dentro de otro poco me volverán a ver”. Algunos de sus discípulos se preguntaban unos a otros: “¿Qué querrá decir con eso de que: ‘Dentro de poco tiempo ya no me verán, y dentro de otro poco me volverán a ver’, y con eso de que: ‘Me voy al Padre’?” Y se decían: “¿Qué significa ese ‘un poco’? No entendemos lo que quiere decir”.

Jesús comprendió que querían preguntarle algo y les dijo: “Están confundidos porque les he dicho: ‘Dentro de poco tiempo ya no me verán y dentro de otro poco me volverán a ver’. Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús consuela a los suyos de la tristeza por su partida. Les asegura que esa tristeza durará poco: «Dentro de poco tiempo ya no me verán; y dentro de otro poco me volverán a ver». ¿Qué significan estas enigmáticas afirmaciones de Jesús? Se refiere a los dos tiempos a los que Jesús está a punto de dar cumplimiento. El primero se refiere a su vida terrena, que está a punto de acabar; el segundo se refiere a su vida gloriosa, inaugurada con la resurrección. Su retorno posterior no se limita a las apariciones pascuales, sino que se prolonga en el corazón de los creyentes mediante su presencia en ellos.

Las palabras del Maestro no son comprendidas por los discípulos, que se plantean varias preguntas. Jesús, que conoce a los suyos por dentro y los acontecimientos que les esperan, intenta remover, a partir de las preguntas que le plantean, su tristeza, infundiéndoles la confianza en él con una nueva revelación : «su tristeza se transformará en alegría».

La comunidad cristiana tendrá que hacer frente a todo un cúmulo de pruebas. Especialmente cuando le sea arrebatado el Esposo. Con su muerte, experimentará el llanto, la aflicción y el desconcierto, mientras que el mundo se sentirá alegre pensando que ha extirpado el mal. Estos momentos serán, para la comunidad, momentos de duda, de oscuridad y de silencio de Dios. Pero la historia se tomará su revancha y, cuando esto llegue, la comunidad de los discípulos experimentará el gozo. Jesús no habla de sus sufrimientos -y tenía motivos para ello-, sino que piensa en los suyos más que en él, como el buen pastor en su rebaño.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 368-369.

Cuando venga el Espíritu de verdad…

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trinidad

Miércoles VI de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (16, 12-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder.

El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío.

Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio que hemos escuchado reproduce algunas de las palabras que Jesús dijo a los discípulos durante la última cena. ¡Cuántas cosas tenía que decirles antes de dejarlos! Y no le quedaba mucho tiempo. Y encima los discípulos no eran capaces de comprenderlas cabalmente.

Con todo, los tranquilizó: «cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder».

El Espíritu llevará a los discípulos hasta el corazón de Dios, el mundo de Dios, la vida de Dios, que es una vida de comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Dios de Jesús (¿cuántos cristianos creen realmente en este Dios?) no es no es una ente individual, aunque poderoso y majestuoso.

El Dios de Jesús es una «familia» de tres personas; y se podría decir que su unidad es fruto del amor que los une. Podríamos decir que se quieren tanto que son una sola cosa. Esta increíble «familia» entró en la historia de los hombres para llamarlos a todos a formar parte de ella. ¡Sí!

Todos son llamados a formar parte de esta singularísima «familia de Dios». Al principio y al final de la historia encontramos esta comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu. El horizonte trinitario nos abraza a todos, no excluye a nadie. Por eso decimos que el «amor» es el mismo nombre de Dios y es la verdad profunda de la creación. Dicho horizonte «trinitario» es el desafio más apremiante al que debe hacer frente hoy la Iglesia, todas las Iglesias; más aún: todas las religiones y todos los hombres. Es el desafio de vivir el amor con todos, con los hombres y las mujeres, con todos los pueblos de la tierra. Sabiendo que donde hay amor, allí está Dios.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 219.

Me voy ya al que me envió

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paloma esp sto

Martes de la VI semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (16, 5-11)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Me voy ya al que me envió y ninguno de ustedes me pregunta: ‘¿A dónde vas?’ Es que su corazón se ha llenado de tristeza porque les he dicho estas cosas. Sin embargo, es cierto lo que les digo: les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Consolador; en cambio, si me voy, yo se lo enviaré.

Y cuando él venga, establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque ellos no han creído en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me verán ustedes; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El tema fundamental que nos propone el evangelista es el Espíritu Santo, testigo de Jesús y acusador del mundo. Los versículos introductorios recogen el tema de la tristeza de los discípulos. Jesús ha hablado de las persecuciones que deberán padecer los suyos, y éstos se sienten turbados frente a esos acontecimientos. Los discípulos, atemorizados por el inminente futuro de sufrimiento que les espera, son incapaces de confiarse al que es el único que puede hacerles superar toda tristeza y angustia.

Por eso les reprocha Jesús el hecho de que ninguno le pregunte qué significa su partida al Padre y su próxima pasión y muerte, de las que ya les ha hablado otras veces. Si hubieran comprendido el sentido de su misión de sufrimiento redentor, se habrían tranquilizado con el pensamiento de que su «ascenso» al Padre tendría como consecuencia la venida del Espíritu, quien reforzará su convicción en torno a la victoria de su fe y les dará la comprensión plena de la verdad del Evangelio.

¿Cuál será, entonces, la tarea del Espíritu? Dar testimonio contra el mundo, que está en pecado por haber rechazado a Cristo. Él, como abogado en un proceso, revelará a los creyentes, a lo largo del desarrollo de la historia, el error del mundo. Lo pondrá en situación de acusado por su pecado de incredulidad. Probará al mundo la justicia de Cristo. Demostrará que el juicio de condena contra Jesús es inconsistente; más aún: que se ha resuelto con la condena para siempre del «que tiraniza a este mundo», sobre el que ha triunfado Cristo con su muerte-exaltación.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 354-355.

El Espíritu de verdad… dará testimonio de mí

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espíritu santo 2Lunes de la VI semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (15, 26-16, 4)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo.

Les he hablado de estas cosas para que su fe no tropiece. Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo, cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios. Esto lo harán, porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí.

Les he hablado de estas cosas para que, cuando llegue la hora de su cumplimiento, recuerden que ya se lo había predicho yo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, después de haber advertido a los suyos del odio y de las persecuciones por parte del mundo, pretende ahora tranquilizarles diciéndoles que su fiel testimonio, en las duras pruebas que sufrirán por parte de los tribunales del mundo, será apoyado por el testimonio del Espíritu de la verdad, que él mismo les enviará desde el Padre. Más aún, las contradicciones serán el lugar donde se manifieste con poder la acción del Espíritu Santo, que hablará por ellos.

¿Cuál es el contexto del testimonio del Espíritu? El odio del mundo. En este clima de oposición es en el que tendrán que dar testimonio de Cristo los discípulos. Él, sin embargo, una vez glorificado, enviará al Paráclito en unidad con el Padre. El Espíritu «dará testimonio» en favor suyo.

A este testimonio interior del Paráclito se añade el exterior de los discípulos, banco de prueba para la fe cristiana: «Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo, cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios». Estas predicciones del Maestro a los suyos, realizadas con acentos de contenido sufrimiento, revelan la verdad de los acontecimientos que vivirán en breve los discípulos.

Lo subraya para que éstos, a continuación, durante las pruebas, puedan acordarse de cuanto les dijo el Maestro y no tengan que sucumbir así al escándalo, y continúen confiando en él. Los enemigos de la Iglesia pueden pensar que están de parte del justo y tener también a Dios de su parte; pero, como no han visto la verdad de la luz del Padre, reflejada en la persona de Jesús, no han conocido el verdadero rostro del Padre.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 347-348.

El Espíritu Santo les recordará todo cuanto yo les he dicho

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espíritu santo

VI Domingo de Pascua – Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 23-29)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras.

La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.

La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’.

Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con el sexto domingo entramos en la recta final del tiempo pascual que culmina, después de la celebración de la Ascención del Señor que se celebrá el próximo domingo, con la solemnidad de Pentecostés.

los textos del evangelio que hemos leído los domingos de este tiempo pascual nos han ayudado a entender que la experiencia de Jesús resucitado nos lleva a la madurez en la fe y nos capacita a ser testigos del Señor cumpliendo con el mandamiento nuevo; todo esto es posible gracias a que Dios mismo pone su morada en nosotros y nos da su Espíritu para que podamos permanecer firmes y fieles testigos de su amor.

El contexto

El texto del evangelio que se proclama este domingo forma parte del discurso de despedida de Jesús, en el contexto de la Última Cena. Jesús anuncia su regreso al Padre y los discípulos se angustian, se llenan de miedo; Jesús ha llegado a ser el punto de referencia de sus vidas; parece que con su partida concluyen abruptamente tres años de seguimiento y que se cancela el futuro anhelado; un sentimiento de temor les invade al verse desprotegidos, sin orientación y huérfanos del amor que los congregó y los sostuvo.

Jesús les pide ubicarse en otra perspectiva: «Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre», para ello, sus palabras adquieren el tono del consuelo, para que sus discípulos «no pierdan la paz ni se acobarden.». Jesús tiene un punto de vista propio sobre su partida y quiere que sus discípulos comprendan su nueva situación ofrecièndoles claves muy precisas y razones para no sentirse abandonados.

Con sus palabras Jesús lleva gradualmente a su comunidad a pasar de la tristeza a la alegría, pues la Pascua no es el final trágico de una historia, sino una presencia suya, novedosa, profunda, y siempre actual, en la vida de todo discípulo.

La Pascua significa una nueva, más profunda y más intensa presencia del Señor en la vida de cada discípulo. Experimentar esta presencia del Resucitado en la propia vida implica captar las formas concretas como el Señor sigue conduciendo a sus discípulos en su seguimiento. A ello responde el evangelio de este domingo, que podemos considerar en dos partes: la primera, el fundamento del seguimiento de Jesús que es amarlo y obedecer su Palabra y, la segunda, ¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?.

Primera parte:

El fundamento del seguimiento de Jesús: Amarlo y obedecer su Palabra.

El fundamento del discípulado es el amor a Jesús. La forma concreta de este amor es: acoger su persona, con todo lo que Él ha revelado de si mismo y tomar en serio sus enseñanzas, poniéndolas en práctica. El amor es compromiso: «El que me ama, cumplirá mi palabra», dice el Señor.

El discípulo sigue a Jesus a lo largo de su vida escuchando el Evangelio y arraigándolo en su corazón. Su amor, en sintonía con el camino del Evangelio, redundará en gran alegría.

El discipulado es una vida caracterizada por el dinamismo del amor. La observancia de los mandamientos de Jesús por amor, es el mejor testimonio; pues transforma a sus discípulos en imitadores suyos, porque así es como Él se comporta con el Padre: «si  cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10).

El amor del discípulo a Jesús lo incorpora en el dinamismo de un amor más grande que el suyo; no es sólo el amor de Jesús sino también el amor del Padre: «…mi Padre lo amará».

Afirmada la experiencia fundamental que sostendrá al discípulo cuando Jesús haya partido, el Señor hace una serie de revelaciones que hacen concreta la participación en el amor del Padre y del Hijo.

Segunda Parte:

¿Cómo participa el discípulo en el amor del Padre y del Hijo?

A partir del amor de los discípulos por su Maestro, incorporados en la circularidad del amor del Padre y del Hijo, Jesús hace cinco revelaciones en forma de promesa: El Padre y el Hijo harán su morada en ellos; el Espíritu Santo los asistirá; Dios les ofrecerá su paz y les compartirá su alegría, para que crezcan en su fe. Veamos cada una de las promesas.

  1. Somos morada de Dios

En el evangelio de hoy leemos: «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada

Jesús cambia la forma de entender la relacion del hombre con Dios y con Él. En el Antiguo Testamento, a Dios se le concebía como una realidad exterior y distante al hombre. La relaciòn con Dios se establecia a través de mediaciones, entre ellas sobresalían el Templo y la Ley. Dios se manfiestaba en el ámbito de lo sagrado y el mundo quedaba en el ámbito de lo profano. El hombre para relacionarse con Dios debía sustraerse del mundo. Se podría decir, de alguna manera, que para relacionarse con Dios, el hombre tenía que reunciar a su mundo, a si mismo, para entrar en el mundo de Dios y vivir en su presencia.

Jesús nos enseña que la comunión con el Padre y el Hijo nos transforma en morada de Dios. Con ello cambia el modo de relación entre Dios y nosotros. La comunidad y cada persona se convierten en templo en el que Dios habita; la realidad humana se transforma en santuario de Dios. No hay ya ámbitos exclusivos en los que Dios se manfiieste fuera del hombre mismo.

Dios Padre no es un Dios lejano, se acerca al hombre y vive con él, haciendo comunión con el ser humano, objeto de su amor. Buscar a Dios no exige ir a buscarlo a ningun lugar, sino dejarse encontrar por Él, descubrir y aceptar su presencia en una relación de amorosa intimidad, como la que hay entre un padre con su hijo.

Por otra parte, Jesús nos hizo saber una y otra vez que Ël no vivía en soledad, que Dios esaban con Él. De esta experiencia, Jesús hace partícipes a sus discípulos; no estarán solos, Dios estará con ellos. «El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada.» Quien ama a Jesús no está sólo, no está perdido, ni abandonado a su propia suerte, Jesús y el Padre están a su lado.

En los momentos de soledad, cuando se viven pérdidas o separaciones, es importante tomar conciencia de que Jesús y el Padre con nosotros, que no nos djan abandonados ni desprotegidos. Vivir esta compañía y gustarla es parte importante de la experiencia discípular.

Esta experiencia de ser morada de Dios anticipa el futuro, los discípulos podemos vivir el cielo en la tierra. La comunión con Dios a la que estamos llamados no es una realidad futura, es una realidad presente, dinámica, que crece cada día hasta el día en que el Señor lleve a plenitud su promesa: «volveré y los llevaré conmigo» (Jn 14,3).

  1. Contamos con la asistencia del Espíritu Santo

En el evangelio de hoy leemos: «Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará, todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho». Con estas palabras, Jesús recuerda una vez más que, al partir Él, enviaría al Espíritu Santo.

Profundicemos lo que nos dice ahora. En el Espíritu Santo tendremos quien nos una vez que Jesús haya partido; el Espíritu es enviado del Padre y viene a enseñarnos y recordarnos todo lo que Jesús hizo y nos dijo.  Con el don del Espíritu comprendemos que no estamos solos, que contamos con una ayuda eficaz. No nos esforzamos por comprender la Palabra de Jesús solamente con nuestras fuerzas, sino que el Espíritu nos asiste, nos ayuda.

Esta asistencia del Espíritu Santo es un don del Padre, a quien Jesús imploró que nos diera quien nos consolara, nos asistiera y estuviera con nosotros para siempre. (Cf. Juan 14, 16).

El Espíritu Santo nos entrega la totalidad del Evangelio, que tiene profunda unidad; tiene la misión de enseñarnos a comprender, a apropiarnos y a vivir la Palabra de Jesús. No viene a enseñarnos cosas nuevas; con Jesús la revelación de Dios llegó a su plenitud. Su acción está referida a lo que Jesús ya dijo, recordándolo, profundizándolo e incorporándolo a la propia vida; en otras palabras, nos ayuda a que Jesús, el Verbo de Dios, se encarne en nuestra vida y en nuestra historia.

La asistencia del Espíritu Santo es vital para el discipulado, sin ella no sería posible el seguimiento de Jesús; el Espíritu Santo nos educa interiormente para que podamos seguir con mayor fidelidad al Señor, conducir mejor nuestro proyecto de vida y adquirir todo lo necesario para permanecer en la comunión con el Padre y con el Hijo. El Espíritu Santo nos introduce en la vida de Dios, meta del camino de Jesús y de toda nuestra vida.

  1. Dios nos ofrece su paz

En el evangelio de hoy leemos: «La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo.» Al igual que la promesa anterior, Jesús reitera lo que ya ha dicho y dirá después. Del texto que leemos podemos detenernos a considerar tres características de la paz que Jesús nos da: su origen su fundamento y su consecuencia.

El origen de la paz es Jesús mismo; Él da a sus discípulos «su» paz, es decir, la seguridad y la protección que solamente pueden venir de Él.

Esta paz se fundamenta en los dos anuncios hechos por Jesús: el Padre y el Hijo habitarán en nosotros y el Espíritu Santo nos guía. La paz brota en la vida del bautizado, de quien vive sumergido en Dios y orienta su existencia por el camino del Evangelio.

Como dice reiteradamente la Sagrada Escritura: Si Dios está de nuestra parte, ¿a quién hemos de temer?  La comunión con Dios arranca de raíz las preocupaciones, los miedos y las inseguridades en la experiencia de la fe.

Quien vive en la presencia de Dios y de su Hijo Jesucristo y camina todos los días con la asistencia del Espíritu Santo, enfrenta la vida con paz. Las dificultades de la vida cotidiana, que causa desasosiego y perturbación, no encuentran al discípulo desvalido; las realidades de la vida no pueden sofocarlo en la angustia y el temor, por ello Jesús dice: «No pierdan la paz ni se acobarden».

  1. Dios nos da el don de la alegría

En el evangelio de hoy leemos: «Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo

Con el don de la “alegría” sucede como con el don de la paz: la mayor alegría que hay es la del amor, cuyo fundamento último es la unión perfecta del Padre y el Hijo.

Jesús nos hizo saber que con su muerte, volvia a la casa del Padre, alcanzando así la plenitud del gozo, pues para ël no hay mayor alegría que la perfecta comunión con el Padre.

Los discípulos deberían estar contentos porque Jesús llega a la plenitud; pero el Señor invita a los suyos a alegrarse no sólo por Él, sino por ellos mismos; el hecho de que Jesús alcance la meta es para los discípulos una garantía de que también ellos la alcanzarán: los primeros beneficiados de la plenitud de Jesús son sus discípulos, pues Él los acogerá en su misma plenitud: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde uo esté, estén también ustedes” (Jn, 14, 3).

  1. El crecimiento en la fe

En el evangelio de hoy leemos: «Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean

Jesús ha hablado abiertamente a sus discípulos, con toda transparencia, con mucho amor. Quiere que sus discípulos reflexionen, pero sobre todo quiere que crezcan en su fe.

Todo lo que el Señor ha revelado a los suyos no es para ahondar su angustia, por el contrario, ha sido para que fortalezcan su fe en Él.

Conclusión.

Como a los discípulos en el cenáculo, la tristeza puede invadirnos cuando sentimos a Jesús ausente, como si se hubiera despedido de nuestra vida, sobreviene además la tentación de querer verlo para creer; olvidamos que él mismo dijo: «dichosos los que creen sin haber visto».

Jesús nos enseña que no hay lugar para la tristeza; con su resurrección ha alcanzado la plenitud, ha vuelto al Padre, pero eso no significa que nos haya abandonado, o que nos haya dejado solos; está presente entre nosotros y la tarea de nuestra fe es descubrirlo.

La celebración de la Pascua nos permite confirmarnos en la fe en el Señor resucitado, en la presencia de Dios en nuestra vida; en la asistencia del Espíritu que nos guía para que nos mantengamos en el camino de Jesús, para que vivamos la paz en medio de las dificultades de la vida ordinaria, para que la comuniòn con Dios sea fuente de nuestra alegría y de fortalecimiento de nuestra fe.

 

 

[1] F. Oñoro, Despedida, Si, pero no abandono ¡No estamos huérfanos, Lectio Divina Juan 14, 23-29, CEBIPAL/CELAM F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 162-166.

El siervo no es superior a su señor

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jesús y los discípulosV Sábado de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (15, 18-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo.

Acuérdense de lo que les dije: ‘El siervo no es superior a su señor’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La perícopa contiene una advertencia de Jesús dirigida a sus discípulos sobre el odio y el rechazo del mundo que tendrán enfrente. Si la nota distintiva de la comunidad cristiana es el amor, ahora el Maestro presenta a los suyos lo que caracteriza al mundo que les rechaza: el odio. El Señor advierte y explica ese odio del mundo y emite un juicio sobre el mismo.

El odio del mundo hacia la comunidad cristiana es consecuencia lógica de una opción de vida: los seguidores del Evangelio no pertenecen al mundo, y éste no puede aceptar a quien se opone a sus principios y opciones. Los creyentes, en virtud de su opción de vida a favor de Cristo, son considerados como extraños y enemigos. Su vida es una continua acusación contra las obras perversas del mundo y un reproche elocuente contra los malvados. Por eso es odiado y rechazado el hombre de fe.

Pero ¿cómo se manifiesta el odio del mundo contra los discípulos? Mediante las persecuciones que han de padecer los creyentes por el nombre de Cristo. No son en verdad estas pruebas las que deben desanimar a los discípulos ni en su camino de fe ni en su misión de evangelización. También su Señor experimentó la incomprensión y el rechazo hasta la muerte. Es más, la persecución y el sufrimiento son una de las condiciones de la gloria que toda la comunidad cristiana debe compartir con su Salvador. La suerte de los discípulos es idéntica a la de Cristo: si éste ha sido perseguido, también lo serán sus discípulos; si éste fue escuchado, también lo serán los suyos.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 316-317.

Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón

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Jesús manso Tiempo Ordinario

Jueves de la XV semana

Textos

 

† Del evangelio según san Mateo (11, 28-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré.

Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estos pocos versículos están llenos de aquella compasión que vimos al inicio de la misión pública de Jesús. Él llama a sí a los que están fatigados y sobrecargados por la vida: incluye desde el publicano al que llamó para que le siguiera hasta el pequeño grupo de hombres y mujeres que lo eligieron como Maestro; desde las muchedumbres abatidas que finalmente encuentran en él un pastor hasta los que no tienen quien se ocupe de ellos; desde quien vive oprimido por la violencia de los ricos hasta los que sufren la violencia de la guerra, el hambre y la injusticia.

Para todas esas personas resuenan, llenas de ternura y sensibilidad, estas palabras del Señor: «vengan a mí». Nosotros tenemos que ser la voz de Jesús, su Iglesia debe gritar a las multitudes del mundo la invitación de Jesús a cobijarse bajo su manto. ¿Intento yo decir, con humildad y delicadeza, esas mismas palabras a la gente que conozco? Aquella invitación de Jesús que también nosotros hemos recibido a través de alguien, ¿se la repetimos nosotros a otros que la esperan?

La gente a menudo aparta a quien está cansado y oprimido, tiene miedo de que les traiga problemas. Nosotros debemos ser, con nuestro amor, un alivio para quienes sufren, padecen injusticias o no soportan la vida. Y el reposo no es otro que Jesús mismo: recostarse sobre su pecho y alimentarse de su Palabra. Jesús, y solo él, puede añadir: «tomen mi yugo sobre ustedes». Este yugo es el Evangelio, exigente y suave a la vez, como él. El verdadero yugo es unirse a Él.

Solo somos libres si nos unimos a aquel que nos saca de los angostos límites de nuestro yo. Por eso añade: «aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». Son las dos características que Jesús indica a todos, camino de bienaventuranza, es decir, de felicidad que podemos dar y recibir. El manso y humilde hace la vida más fácil a los demás, al contrario del arrogante, del irascible, del soberbio, que vive mal y hace el mal. Aprendan de mí, es decir, háganse discípulos míos. Lo necesitamos nosotros y lo necesitan las muchedumbres de este mundo, que esperan escuchar una vez más la invitación de Jesús: «Vengan y encontrarán descanso».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 285.