Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

De la ceguera a la mirada de la fe

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curación de un ciego Tiempo Ordinario

Miércoles de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (8, 22-26)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a Betsaida y enseguida le llevaron a Jesús un ciego y le pedían que lo tocara. Tomándolo de la mano, Jesús lo sacó del pueblo, le puso saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: “¿Ves algo?” El ciego, empezando a ver, le dijo: “Veo a la gente, como si fueran árboles que caminan”.

Jesús le volvió a imponer las manos en los ojos y el hombre comenzó a ver perfectamente bien: estaba curado y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a su casa, diciéndole: “Vete a tu casa, y si pasas por el pueblo, no se lo digas a nadie”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La lectura de este pasaje evangélico debe mantenerse todo lo que sea posible dentro del contexto narrativo. Jesús acaba de reprender a los discípulos por su dureza de corazón, porque aún no comprendían la señal del pan: «Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen» (Mc 8,17).

Ahora cura Jesús a un ciego, o sea, cura a los discípulos, nos cura a nosotros, para que veamos. Esta curación marca un giro decisivo en el relato evangélico, entre la incomprensión de los discípulos y la confesión mesiánica de Pedro.

Lo que más impresiona en este relato de curación es su carácter gradual. Por lo general, las curaciones de Jesús son instantáneas, se cumplen de inmediato. Aquí no sucede así. Jesús no se inclina en ninguna otra ocasión como un médico sobre el enfermo, aplicándole remedios graduales hasta la perfecta curación.

Diríase que, para salir al encuentro de nuestra enfermedad, Dios renuncia a su omnipotencia. En todo caso, lo que le apremia es nuestra curación, no la demostración de su poder; la iluminación de la fe es también un proceso gradual que va de la confusión a la certeza; es el camino por el que Jesús acompaña a los discípulos, para que viendo crean.

Una vez más encontramos el secreto mesiánico, típico de Marcos, expresado en la orden que Jesús da al recién curado: «no se lo digas a nadie»; un indicativo más de que la revelación de Dios en Jesucristo no es un despliegue de gloria y poder sino un proceso gradual en el corazón del hombre.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 273-274.

Levadura farisaica

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les dio panTiempo Ordinario

Martes de la VI semana

 Textos

 + Del evangelio según san Marcos (8, 14-21)

En aquel tiempo, cuando los discípulos iban con Jesús en la barca, se dieron cuenta de que se les había olvidado llevar pan; sólo tenían uno. Jesús les hizo esta advertencia: “Fíjense bien y cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”.

Entonces ellos comentaban entre sí: “Es que no tenemos panes”.

Dándose cuenta de ello, Jesús les dijo: “¿Por qué están comentando que no trajeron panes? ¿Todavía no entienden ni acaban de comprender? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil hombres?” Ellos le contestaron: “Doce”. Y añadió: “¿Y cuántos canastos de sobras recogieron cuando repartí siete panes entre cuatro mil?” Le respondieron: “Siete”. Entonces él dijo: “¿Y todavía no acaban de comprender?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista narra una de las muchas travesías del lago que Jesús hacía con los discípulos. En el texto que consideramos Marcos señala que los discípulos habían olvidado llevar pan suficiente para todos. En realidad, cuando nos vemos presos de nosotros mismos y de nuestras disputas y quejas, nos olvidamos de Jesús de lo esencial.

Marcos menciona la discusión que había surgido entre ellos sobre quién era el culpable del olvido. Jesús interviene y aprovecha la ocasión para una nueva enseñanza. Y les reprocha: «¿Por qué están comentando que no trajeron pan? ¿Todavía no entienden ni acaban de compren? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen?». Jesús une directamente ojos, oídos y corazón; lo que se ve y se escucha debe ser interpretado desde el corazón.

Si el corazón está endurecido se pierde la capacidad de ver y de oír. Es necesario tener un corazón abierto, no lleno de uno mismo, ni envenenado por el orgullo y la autosuficiencia. Sólo con un corazón libre podemos comprender lo que acontece en torno al Evangelio. Y después hay que «recordar» las obras y los milagros de Dios para captar la presencia de Jesús en nuestra vida. Los discípulos tenían con ellos al «verdadero» pan, pero no lo habían entendido todavía; confiaban más en sus previsiones que en Jesús; no habían desentrañado el significado de la multiplicación de los panes; Jesús se los recuerda; Él mismo es el «pan» pero, contaminados de fariseismo, las señales no les eran suficientes para descubrir a Dios actuando en medio de ellos; su corazón estaba embotado, sus ojos no veían ni sus oídos escuchaban.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, p. 97-98.

Piden una señal

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no quiere oir Tiempo Ordinario

Lunes de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (8, 11-13)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo. Jesús suspiró profundamente y dijo: “¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal” . Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Marcos nos lleva de la mano en el seguimiento de Jesús, que ha regresado a territorio judío. Allí, paradójicamente, esta vez son los fariseos los que van a su encuentro. Pero a diferencia de los pobres y los débiles que acuden para implorar su compasión, los fariseos «se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo». No tienen buena intención, quieren obstaculizar la acción de Jesús, y desacreditarlo todo lo posible ante la gente. Su preocupación revela en realidad el miedo que tienen de perder su poder. La seguridad de estar en posesión de la verdad volvía ciegos sus ojos y endurecía sus corazones: ven los milagros que realiza Jesús, escuchan sus palabras de misericordia, son testigos del entusiasmo que suscita entre la gente, pero sus ojos no llegan a leer en profundidad lo que Jesús está haciendo. Aun teniendo ojos no ven, teniendo oídos no oyen.

Los signos que realizaba Jesús conducían al «signo» por excelencia, que era Jesús mismo. Pero eso era precisamente lo que los fariseos no veían, o no querían ver. Jesús, señala el evangelista, al escuchar su petición dio «un profundo gemido desde lo íntimo de su ser», como amargado por tanta dureza de corazón. Es precisamente la dureza del corazón la que impide leer en profundidad, espiritualmente, lo que está ocurriendo ante sus ojos. Ellos no aceptaban que un hombre tan bueno pudiera ser el Mesías salvador. Esa predicación y esos milagros que acercaban a los débiles y los pobres a Jesús, alejaban en cambio a los fariseos, que no querían ver la novedad del Evangelio. Sus ojos estaban apagados por sus prácticas y sus observancias, y no eran capaces de captar el sentido de los prodigios que Jesús estaba realizando entre la gente.

Cuando uno se encierra en sus propios horizontes, cuando no se escucha la Palabra de Dios como una novedad para la propia vida; cuando uno no se conmueve ante los pobres y los débiles, es fácil ser como aquellos fariseos que permanecían ciegos ante la luz. Esta página evangélica cuestiona una religiosidad mezquina y avara. Marcos escribe que Jesús, sorprendido por la actitud de aquellos fariseos, «se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta». Es lo que nos pide a nosotros: no perder el tiempo en discusiones estériles y pasar a la otra orilla, la de los pobres y las periferias. Están impacientes por recibir el Evangelio del amor.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, p. 96-97.

Bienaventuranzas

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sermon llanura Tiempo Ordinario

Domingo de la VI semana  – ciclo C

Textos

 + Del evangelio según san Lucas (6, 17. 20-26)

En aquel tiempo, Jesús descendió del monte con sus discípulos y sus apóstoles y se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y de Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón.

Mirando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán.

Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.

Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este domingo la liturgia nos presenta las Bienaventuranzas en la versión del evangelio según san Lucas. La otra versión la encontramos en el evangelio según san Mateo.

La bienaventuranza es una expresión común en la Escritura y se refiere a la felicidad que está reservada al creyente que vive situaciones concretas y asume comportamientos específicos; por ejemplo, en los Salmos se llama dichoso a «quien encuentra alegría en la enseñanza del Señor y la medita día y noche» (1,2), a «quien socorre al indefenso» (41,2) y a «quien actúa con justicia y practica siempre el derecho» (106,3).

Jesús proclamó en su predicación distintas bienaventuranzas: «Dichoso el que no encuentra en mí motivo de escándalo» (Mt 11,6; Lc 7,23), «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,28), «Dichosos aquellos siervos a quienes el Señor encuentre vigilando a su llegada» (Lc 12,37); sin embargo hay dos textos clásicos de Las Bienaventuranzas uno en el evangelio según san Mateo y otro en el de san Lucas,.

Estos dos textos, aunque tienen similitudes tienen también marcadas diferencias. Las bienaventuranzas de Mateo dan inicio al llamado Sermón de la Montaña, las de Lucas, al Sermón de la llanura; Mateo se dirige a una comunidad judía de gente pobre y le interesa presentar a Jesús como el nuevo Moisés y cuando se refiere a la pobreza, pone el acento en la pobreza de espíritu, advirtiendo con ello que hay pobres con corazón de rico y proponiendo la pobreza como estilo de vida por el que se puede optar; por su parte Lucas se dirige a una comunidad mixta, algunos de sus interlocutores provienen del judaísmo y otros provienen de pueblos considerados paganos; además es una comunidad en la que hay contrastes entre ricos y pobres, por ello, al referirse a la pobreza y a la riqueza lo hace en sentido literal, sin matices.

Desde el inicio del evangelio, Lucas se ocupa del contraste y oposición que existe entre la riqueza y la pobreza. En el cántico del Magníficat, en labios de María ya nos había dicho que Dios «derriba a los potentados y enaltece a los humildes, a los hambrientos los sacia y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1, 52-53). Más delante, justo en la escena de la sinagoga de Nazaret que consideramos hace dos domingos, el evangelista presenta a Jesús como el Ungido por el Espíritu y enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos y a todos, el año de gracia del Señor (cf. Mt 4,18)

El año de gracia del Señor, entendido en el contexto de la tradición jubilar del pueblo judío, es una oportunidad para restablecer la armonía con Dios, con el prójimo y con toda la creación; este horizonte de la misión de Jesús nos da una pista importante para interpretar sus bienaventuranzas y las malaventuranzas o ‘ayes’ que caracterizan el texto lucano.

En este mismo sentido, otra pista para la interpretación correcta de este texto evangélico nos la ofrece la lectura del Antiguo Testamento que le sirve como telón de fondo en el contexto litúrgico. EL texto de Jeremías distingue al hombre que pone su confianza en Dios caracterizándolo como un árbol plantado junto al río, del hombre que confía en si mismo, al que caracteriza como un cardo en la estepa que vivirá en la aridez del desierto (cf. Jer 17, 5-8)

En este horizonte religioso “las bienaventuranzas de Lucas desestabilizan la escala de valores que predomina en la sociedad. Jesús aporta una nueva comprensión de la existencia, muy distinta de la que ofrece nuestro mundo. Coloca a los discípulos y nos coloca a todos, ante una alternativa de felicidad/desgracia, invirtiendo los valores de la sociedad.”[1]

¿Quiénes son felices?

Las tres primeras bienaventuranzas de Lucas, son variaciones del mismo tema; un tríptico que declara «felices» a los pobres, a los que «ahora pasan hambre» y a los que «ahora lloran» porque su situación cambiará radicalmente con el advenimiento del Reino, en el que los hombres y mujeres se convierten a Dios y al mismo tiempo que ponen orden en su relación con los bienes de la creación a los que no puede endiosar porque son medios y no fines, ponen también orden en su relación con el prójimo, al estilo de Jesús y como el buen samaritano a quien el mismo Lucas presentará más adelante como modelo de amor al prójimo (Lc 10, 29-37).

Lucas habla de pobres ‘a secas’, sin matices. Con ello hace referencia a las personas que “de una u otra forma sienten que sus vidas están aplastadas y para las cuales el vivir se convierte en una pesada carga, sea por la pobreza material, sea por la indefensión social, sea por la ignorancia e incultura, sea por el desprestigio social o la discriminación en cualquiera de sus formas, sea por su debilidad física o mental.”[2] El mismo Lucas presenta en su evangelio varios ejemplos de estos pobres que representan a la humanidad más necesitada y humillada, la más desprotegida e indefensa, la menos desarrollada y también a la que es perseguida y odiada simplemente por haber puesto su confianza en Jesús y denunciar con su testimonio de vida que una sociedad construida sobre los cimientos de hombres y mujeres hartos de si mismos va a la ruina.

¿Por qué son felices?

Jesús no proclama felices a los pobres por el hecho de serlo, ni tampoco presenta la pobreza como el ideal a vivir. Jesús mismo se rodeo de hambrientos y enfermos para darles de comer y para curarlos. La dicha o felicidad de los pobres radica en el hecho de que para ellos ya ha llegado el reino de Dios; son dichosos porque el Reino les pertenece, porque tienen a Dios por Rey. Jesús no les promete la felicidad, los declara felices.

«Reino de Dios», «Reino de los cielos», «tener a Dios por Rey», no son expresiones que indican el destino del creyente en ultratumba. EL rey, entre los semitas, era la persona que hacía justicia y defendía la causa de los débiles. Tener a Dios por Rey es tenerlo como defensor y protector, como aliado y salvador. El Reino de Dios se dejará sentir en los ambientes humanos en donde haya personas que tengan a Dios por Rey y lo hagan presente como defensor y protector de quienes ponen su esperanza en Él.

El lugar desde donde Jesús proclama las bienaventuranzas en Lucas es un llano, no un monte como en Mateo; simbólicamente Jesús se ubica en el mismo lugar o plano en el que se halla la sociedad construida a partir de falsos valores de riqueza y poder; el Reino se propone así como levadura que se mezcla en la sociedad para hacerla fermentar.

Mientras el Reino de Dios fermenta los grupos humanos, continuará habiendo pobres, hambre, sollozos y persecución, pero la esperanza de que las cosas pueden ser distintas anima a los discípulos de Jesús a vivir con una nueva mentalidad. Los hartos y satisfechos de si mismos que a su vez busquen mantener la injusticia para asegurar su posición privilegiada con sus mismas acciones labran su destrucción.

Las bienaventuranzas no son la recompensa de Dios a quien se ha portado bien y se ha esforzado por llevar una vida ordenada. Son la declaración de que Dios se pone de parte de los pobres, de los hambrientos, de aquéllos a quienes la vida depara penas y llanto, de los que sufren persecución por causa de Jesús y del evangelio; no porque sean mejores o más virtuosos, sino porque la situación inhumana que viven es insoportable para Dios que no soporta la opresión pues es un Dios de vida y justicia, de verdad y misericordia.

Dios no quiere la pobreza; para Jesús la pobreza y la miseria es algo escandaloso que va contra el querer de Dios; sus discípulos deben rechazarla y combatirla y cualquier esfuerzo que se haga es un paso que hace avanzar el Reino de Dios. Un esfuerzo laudable es el que cada quien realiza liberándose del ansía de poseer para llevar una vida más austera. El camino para conseguir la felicidad es inverso al que propone la sociedad de consumo en la que vivimos.

 

 

[1] F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, p. 210.

[2] Ibid. p. 211.

Compasión

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panes y pescados multiplicación Tiempo Ordinario

Sábado de la V semana

Textos

 + Del evangelio según san Marcos (8, 1-10)

En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos”. Sus discípulos le respondieron: “¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?” El les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?” Ellos le contestaron: “Siete”.

Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos, para que los distribuyeran. Y ellos los fueron distribuyendo entre la gente.

Tenían, además, unos cuantos pescados. Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran. La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Segunda multiplicación de los panes

El evangelista Marcos, como Mateo, relata una segunda multiplicación de los panes. A diferencia de la primera, esta tiene lugar en territorio pagano, y el lenguaje que utiliza el evangelista evidencia esta particularidad. También aquí una gran muchedumbre se reúne en tomo a Jesús, y es conmovedora la atención con la que estas personas, a pesar de no pertenecer a la religión judía, escuchan su predicación.

Jesús mismo, conmovido por su escucha atenta, toma la iniciativa para que aquellas personas no regresen a casa sin comer, dado que se había hecho tarde. La «compasión» mueve a Jesús a ocuparse incluso de este detalle de la gente que le escucha. La compasión es un término elegido a propósito por los evangelistas para describir la actitud de Jesús hacia las multitudes abandonadas, los enfermos sin curar, los pobres excluidos.

El término indica el amor entrañable de Jesús, el mismo sentimiento que movió al Buen Samaritano hacia aquel hombre medio muerto abandonado al borde del camino. Jesús comunica a sus discípulos su preocupación por aquella multitud. Pero se enfrenta nuevamente a su mezquindad. Los discípulos hacen caso de su «sensatez», y le responden que no es posible alimentar a tanta gente en un desierto. Jesús ya les había dicho: «Todo es posible para quien cree» y parecen no recordar el milagro de la multiplicación anterior.

Jesús toma de nuevo la iniciativa y les pregunta: «¿Cuántos panes tienen?»; «Siete», le responden, como desafiándole. Hace que se los traigan, los toma en sus manos y se los da a los discípulos para que los distribuyan. Jesús les hace participar en el milagro; de hecho los panes se multiplican justo mientras los discípulos los distribuyen. Jesús necesita de los discípulos, de nosotros, para que continúe repitiéndose el milagro de la multiplicación de un alimento que alcance para todos.

El hecho de que ocurra una segunda vez en territorio pagano indica que el pan debe ser multiplicado en todo tiempo y en todo lugar. Por todas partes hay necesidad de pan, de amor, de ayuda, de sostén; los discípulos están llamados a llevarlo, multiplicarlo y distribuirlo, siempre. Cada uno dará lo que tenga, aunque sea poco; lo importante es no guardarlo todo para uno mismo, pues de otro modo no sucederá nunca ningún milagro. (Paglia, p. 93-94)

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 93-94.

Oir y hablar

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sordo y tartamudoTiempo Ordinario

Viernes de la V semana

Textos 

+ Del evangelio según san Marcos (7, 31-37)

En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos.

El lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “¡Effetá!” (que quiere decir “¡Ábrete!”). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús continúa comunicando el Evangelio en territorio pagano, por donde su paso sigue creando ese clima nuevo de esperanza experimentado sobre todo por los enfermos y los pobres, igual que ocurría en Galilea. Algunos paganos, a los que había llegado la fama del joven profeta, le presentan a un hombre sordomudo. Jesús lo lleva consigo a un lugar aparte, lejos de la multitud.

El Evangelio continúa subrayando que la curación, del cuerpo o del alma, ocurre siempre a través de una relación directa y personal con Jesús; es necesario mirarle a los ojos, escuchar su palabra, aunque sea sólo una; como lo pidió el centurión que dijo a Jesús: «basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano».

También en este caso, después de haberlo tocado con sus manos, como para subrayar hasta qué punto es concreta la relación, y tras dirigir al cielo su oración, dice tan sólo una palabra a ese sordomudo: «¡Ábrete!». Y él se cura de su aislamiento: comienza a escuchar y a hablar.

«Ábrete» nos dice Jesús también a nosotros, que tan a menudo estamos sordos y mudos: sordos a la Palabra del Señor y al grito de los pobres, y por tanto también mudos en la oración y en las respuestas a dar a los que nos piden ayuda y apoyo. Tenemos necesidad de escuchar y de rezar para poder cumplir la misión evangelizadora que el Señor nos confía.

El estupor de la multitud ante el amor de Jesús que cura, es inmediato y contagioso. Jesús querría que callasen, pero ¿cómo es posible quedarse mudo ante el Evangelio que salva? Si abrimos los oídos al Evangelio, y si vemos con los ojos las maravillas que realiza, también nosotros diremos como aquella multitud: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 92-93.

Mas allá de las fronteras

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sirofenicia

Tiempo Ordinario

Jueves de la V semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (7, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.

Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: “Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. La mujer le replicó: “Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

Entonces Jesús le contestó: “Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija”. Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Terminada la polémica de Jesús con los fariseos sobre la pureza y los ritos de purificación, el texto de Marcos nos propone el episodio de la mujer sirofenicia. Jesús vuelve de nuevo a tierra pagana y allí permanece por un tiempo para cumplir con una auténtica y verdadera misión de evangelización.

El evangelista Marcos parece subrayar en los capítulos 7 y 8 la determinación de Jesús de ir más allá de las fronteras del pueblo judío. Saliéndose de los confines de Israel Jesús quiere mostrar de forma directa que el Evangelio no está reservado sólo para algunos pueblos o grupos, o únicamente a determinadas personas. No hay nadie en el mundo que sea ajeno al Evangelio, nadie que no pueda -es más, que no deba- ser tocado por la misericordia del Señor.

El ejemplo de la mujer sirofenicia, tal como lo cuenta el evangelista, parece «obligar» a Jesús a ensanchar los límites de su misión. En este caso es la oración de esta mujer la que doblega el corazón de Jesús: ella insiste en pedir la curación de su hija enferma. Es un ejemplo para todos los creyentes: así se reza. Por otra parte es el mismo Jesús el que ha insistido en más ocasiones sobre la perseverancia en la oración: «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abre» (Le 11, 9-10).

La insistencia de esta pobre mujer nos ayuda a comprender la misericordia y la bondad de Dios: el Señor no sabe resistirse a la oración sincera de sus hijos, ni siquiera de aquellos considerados lejanos de la fe de su pueblo. Esta mujer perseveró en la oración y Jesús la escuchó, yendo mucho más allá de sus peticiones: no le dio sólo las migajas, sino la plenitud de la vida para la hija. Verdaderamente el corazón del Señor es grande y rico en misericordia; a nosotros se nos pide sólo dirigirnos a Él con fe. Dice Jesús al final de la parábola sobre la eficacia de la oración: «Si, pues, ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13).

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 91-92.

Vigilar el corazón

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apostoles-los-doce-jesus-cristo Tiempo Ordinario

Miércoles de la V semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (7, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”.

Cuando entró en una casa para alejarse de la muchedumbre, los discípulos le preguntaron qué quería decir aquella parábola. El les dijo: “¿Ustedes también son incapaces de comprender? ¿No entienden que nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo, porque no entra en su corazón, sino en el vientre y después, sale del cuerpo?” Con estas palabras declaraba limpios todos los alimentos.

Luego agregó: “Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Continúa la discusión sobre la impureza; el tema está ligado aún a la mesa: ¿es lícito tomar toda clase de alimentos o hay algunos que, al ser ingeridos por el hombre, pueden hacerle impuro? La disputa no es, después de todo, tan extravagante como parece, si la referimos a una cultura como la occidental de hoy, tan preocupada por la higiene, tan sensible a las preocupaciones dietéticas.

Jesús le da mayor profundidad al discurso, le da un giro radical: «nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo». El peligro está dentro, no fuera; está en la pureza del corazón, no en la cualidad del alimento.

No sabemos si Jesús se inclina aquí a «declarar puros todos los alimentos», como señala el narrador; es evidente que es una conclusión extraída por el evangelista: De todos modos, tanto si abolió las normas de la pureza alimentaria como si las respetó, el Señor Jesús puso un principio inequívoco: «Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro».

Tenemos que vérnoslas de nuevo con una prioridad. La preocupación principal del hombre debe ser su pureza de sus intenciones, la bondad de su corazón, no la pureza de los alimentos que come. Eso no excluye que alguien pueda abstenerse también de ciertos alimentos por razones completamente respetables, «de conciencia», como enseña Pablo en 1 Cor 8. Quien come de todo no se contamina; quien no come determinados alimentos merece respeto. Pero tanto el uno como el otro deben vigilar sobre todo lo que sale de su corazón.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., p. 223-224.

Corazón lejos de Dios

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jesus-comiendo-con-sus-disicipulos-y-fariseosTiempo Ordinario

Martes de la V semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (7, 1-13)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?” (Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

Jesús les contestó: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres”. Después añadió: “De veras son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre. El que maldiga a su padre o a su madre, morirá.

Pero ustedes dicen: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Todo aquello con que yo te podría ayudar es corbán (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede hacer nada por su padre o por su madre’. Así anulan la palabra de Dios con esa tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje evangélico abre la discusión sobre lo que, es puro e impuro. Es un tema decisivo para la enseñanza de Jesús. Por eso llama a la gente en torno a sí para mostrarles la verdadera dimensión religiosa de la vida, y responde ahora de forma directa a la pregunta que le habían hecho los fariseos sobre por qué los discípulos comían con «manos impuras», es decir, sin lavárselas.

La impureza la causan los actos, palabras o situaciones que alejan al hombre de Dios, que es el «puro», el «santo». Los leprosos, a causa, de su enfermedad eran considerados impuros y por tanto no podían acceder al templo. En el libro del Levítico hay una serie de indicaciones que definen y delimitan la esfera de lo puro y lo impuro, a las cuales es necesario atenerse si se quiere vivir en alianza con Dios (véanse los capítulos 11-15).

La impureza hace al hombre pecador, por esto a los demonios en el Evangelio se les llama «espíritus impuros», ya que representan el alejamiento máximo de Dios. El punto crítico de la impureza, es decir, de todo lo que aleja de Dios, procede del corazón. La batalla central de nuestra vida se combate en el corazón para liberarlo del egoísmo, de los malos instintos y sembrar en él la semilla del amor. De nada sirve observar escrupulosamente la ley si no se forma el corazón para el amor, para el encuentro, para el perdón, el respeto y la misericordia.

Jesús pone en guardia contra la observancia exterior de la ley, que podría incluso llevar a anular la Palabra de Dios. De hecho se puede «honrar a Dios con los labios» mientras el corazón está lejos de Dios. Lo que cuenta es el mandamiento de Dios. Jesús usa el singular, quizá refiriéndose al único y gran mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Cuántas veces confundimos nuestras tradiciones y costumbres con el mandamiento de Dios, impidiéndole actuar en nuestra vida y convertirnos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 89-90.

Cuantos lo tocaban quedaban curados

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tocar su manto.jpgTiempo Ordinario

Lunes de la V semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (6, 53-56)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret. Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos.

A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús ha cruzado a la otra orilla alcanzando a los discípulos, arrastrados por las olas del lago de Galilea. Su presencia, como otras veces, calma el mar y el viento, como calma el corazón de cada uno de nosotros cuando está angustiado y prisionero de sí mismo.

Dice el Evangelio que apenas desembarcaron, «le reconocieron enseguida», y mucha gente se agolpaba en torno suyo llevándole a sus enfermos para que los curase. Todos confiaban en él, en su fuerza curativa: a muchos les bastaba incluso con tocar sólo la orla de su manto para curarse. Jesús no se sustraía a las demandas de la gente, no rechazaba a nadie. Es un estilo que interroga a cada uno de nosotros y a nuestras comunidades. ¿No deberíamos ser nosotros como la orla del manto del Señor, que los pobres y los enfermos pueden alcanzar y tocar con sus manos?

Es necesario que los débiles y los pobres puedan «tocar» fácilmente el «cuerpo de Cristo», que es precisamente la comunidad de los discípulos, y ser sanados y curados. Es más, una Iglesia sin pobres que acuden para ser ayudados, y sin enfermos que reciben consolación, está lejos del Evangelio.

Surge espontánea la pregunta sobre cómo gastamos la fuerza de curación y de salvación que el Señor ha puesto en nuestras manos. ¿No corremos el riesgo de ser unos avaros queriendo conservar lo que hemos recibido y deberíamos distribuir con generosidad a tantos que esperan curación y salvación?

Es cierto que en este tiempo muchos llaman a las puertas de la Iglesia, de la comunidad cristiana, y es urgente responder. Pero es también necesario salir, ir al encuentro de muchos que esperan. Es necesario que el talento de amor que el Señor nos ha donado no lo dejemos enterrado bajo la tierra de nuestro egocentrismo avaro, sino que sepamos multiplicarlo entregándolo

El papa Francisco invita a «tocar las llagas de Jesús tocando las de los pobres». A veces tenemos demasiado miedo, dominados por un falso respeto que nos hace duros  y se hacen raros en nostros los gestos de ternura, de amistad. Ciertamente hay una necesidad increíble de ternura, de compañía, de escucha, de acompañamiento. Dejemos que los demás lleguen a nosotros, que ocupen incluso nuestro tiempo, para que a través nuestro puedan encontrar la fuerza del amor de Jesús, que cura y salva.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 88-89..

Pescador de hombres   

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Pesca milagrosa Tiempo Ordinario

Domingo de la V semana – Ciclo C

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (5, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”. Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos.

Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido.

Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”: Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Los textos de Lucas que leímos los dos domingos anteriores nos presentaron el inicio del ministerio de Jesús en Nazaret; en la Sinagoga, Jesús leyó la Palabra de Dios escrita en el profeta Isaías y anunció el cumplimiento, en su persona, de las promesas de Dios. Quienes escucharon a Jesús no aceptaron el anuncio de un Dios distinto al que ellos concebían y lo rechazaron, al grado de querer despeñarlo desde una barranca. A pesar del rechazo radical, Jesús permanece fiel a su misión de anunciar la Buena Nueva del Reino en Cafarnaúm y en las sinagogas de Judea.

En el texto de este domingo, Lucas narra el inicio de la misión de Jesús en Galilea. El primer paso es el llamado de Simón Pedro y sus compañeros para ser sus  colaboradores en la misión. Fijémonos en algunos detalles.

El primer detalle del relato que hay que considerar es que todo parte de la iniciativa de Jesús: es él quien ve dos barcas, escoge la de Simón y sube a ella; pide a Simón que se aleje de tierra para poder hacerse escuchar; enseña a la multitud; ordena a Simón remar mar adentro; provoca una pesca milagrosa; hace una promesa Simón que tiene como respuesta el seguimiento de Simón y de algunos de sus compañeros.

Un segundo detalle es el contraste en la actitud de la gente que escucha a Jesús con la actitud de quienes lo habán escuchado en la sinagoga. La gente “se agolpaba sobre él”, tenía, como solemos decir, hambre de la Palabra de Dios. Entonces, Jesús ve las dos barcas, sube a la de Simón y le pide que tome un poco de distancia para hacerse oír por la multitud. Se entiende que Simón escucha la predicación de Jesús.

Jesús pide a Simón remar mar adentro y echar las redes al mar. A la palabra de Jesús corresponde la palabra de Simón, que seguro de sí mismo, pues es conocedor del oficio y además ha intentado pescar toda la noche, sabe la dificultad de pescar a aquella hora y de hacerlo con éxito: «hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada». Simón estaba cansado, no lo había comprendido todo, pero las enseñanzas de Jesús lo habían impresionado fuertemente. Y obedeció. Obedecer no comporta siempre comprender completamente; obedecer requiere confianza.

Ante la pesca abundante, Simón pasa de la afirmación de si mismo a la afirmación de Dios; había llamado a Jesús tratándolo como «Maestro»; al darse cuenta de que se encuentra ante un prodigio, ahora se dirige a Jesús llamándolo «Señor», título que se reserva a Dios y le dice: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!»

A este respecto, recordemos la enseñanza de Benedicto XVI: «el encuentro auténtico con Dios lleva al hombre a reconocer su pobreza e insuficiencia, sus limitaciones y su pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida del hombre y lo llama a seguirlo. La humildad de la que dan testimonio Isaías, Pedro y Pablo invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propias limitaciones, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y seguir “dejándolo todo” por él con alegría. De hecho, Dios no mira lo que es importante para el hombre: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1S 16, 7), y a los hombres pobres y débiles, pero con fe en él, los vuelve apóstoles y heraldos intrépidos de la salvación.»[1]

Simón ha creído en la Palabra de Jesús y confiado en esa Palabra se arriesga a una empresa que desde el punto de vista humano, es descabellada. Simón lo hace con una declaración de confianza en el poder de la Palabra de Jesús: «confiado en tu palabra, echaré las redes.» El poder de la Palabra de Jesús se constata inmediatamente: «cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían

Simón y sus compañeros admiten que la eficacia de la pesca no proviene solamente de sus fuerzas; sin el “Señor”, su trabajo habría sido infructuoso; escuchando su Palabra y haciendo su voluntad, ellos se convierten en servidores eficaces del Reino de Dios.

Ante Jesús, reconocido como Señor, Simón se reconoce como un pobre pecador, reconociendo así su indignidad. El encuentro con Jesús lleva a Simón a descubrir su propia verdad. Un excelente ejemplo que ayuda a entender lo que es el camino camino penitencial como itinerario de confrontación de la propia verdad con la luz de la Palabra del Señor.

Jesús no hará caso de la solicitud de Simón de de “apartarse”, más bien hará lo contrario, invitándoles a asociarse a su misión: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»

El símbolo con el que Jesús describe la misión es muy importante; podemos hacer una triple consideración: la primera nos remite a Jeremías que en el capìtulo 16 de su libro dice al pueblo disperso después del exilio «yo mandaré muchos pescadores, que los pescarán», con lo que se delinea la misión apostólica en término de congregar al pueblo, formar comunidad. La segunda, nos lleva a la acción de “sacar del agua”, que al mismo tiempo tiene connotación bautismal y de rescate del poder el maligno. La tercera nos lleva al sentido de la pesca, pues aunque en la práctica pescar significa matar al pez para ser comido y con ello dar vida, Lucas cambia el término y el que utiliza indica “sacar con vida”, lo que nos hace pensar en recibir la vida, para entregarla, como Jesús, y con ello dar vida a los demás.

El relato concluye presentando a Simón y a sus compañeros, llevando a tierra las barcas, dejándolo todo y siguiendo a Jesús. En el seguimiento de Jesús el desprendimiento y la confianza en el Señor serán fundamentales. Ser discípulo significa ir detrás del Señor, desde Galilea a Jerusalén y finalmente hasta Dios. El discipulado toma forma de camino, de viaje, de itinerario, que hay que recorrer, en compañía, siguiendo a aquél cuya Palabra ha cautivado, movido al desprendimiento y suscitado una gran confianza.

 

 

[1] Benedicto XVI, Angelus del 7 de febrero de 2010.

Vengan conmigo

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vengan conmigo.jpg Tiempo Ordinario

Sábado de la IV semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (6, 30-34)

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Entonces él les dijo: “Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían, que no les dejaban tiempo ni para comer. Jesús y sus apóstoles se dirigieron en una barca hacia un lugar apartado y tranquilo.

La gente los vio irse y los reconoció; entonces de todos los poblados fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los apóstoles vuelven con Jesús después de la misión y le cuentan lo que han hecho y lo que han enseñado a la gente que encontraban. Es una hermosa imagen que ilustra la familiaridad de los apóstoles con Jesús, y el gusto de poder contarle al Maestro todo lo que les había sucedido. La misión es fuente de alegría: cuando se acepta salir de uno mismo e ir al encuentro de los demás, especialmente los pobres, los necesitaods y quienes sufren, con el firme propósito de hacerles el bien. Sin embargo, esta alegría debe consolidarse.

La fuerza de la palabra de Jesús, que cambia, que cura y salva del mal, necesita momentos vividos en compañía de Jesús; de otro modo corre el riesgo de quedarse en un entusiasmo pasajero. Nos exaltamos, y después nos deprimimos o nos desanimamos. Por esto Jesús no se contenta con que las cosas hayan ido bien, y dice a los discípulos: «Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco». Ese reposo es el reposo de la escucha y de la oración.

«Vengan conmigo» es la invitación cotidiana de Jesús a estar con él. Estar con Jesús es la primera tarea de quien es llamado a ser su discípulo. Toda iniciativa, aunque sea admirable, si no tiene su fundamento en la escucha y la oración no llevará consigo la fuerza que viene del estar con Jesús. Por ello es necesario preguntamos cuánto tiempo de nuestras jornadas pasamos con el Señor, rezando, en la meditación de la Palabra de Dios ante la Eucaristía o en la oración común.

La Iglesia nos ofrece muchos modos de «estar con Jesús», y no podemos decir que nos falta tiempo, porque para nosotros y para nuestras cosas siempre encontramos tiempo. Sólo aquellos que están con Jesús tendrán el pan necesario para dar de comer a la multitud de necesitados de nuestro mundo; de otro modo permanecerán impotentes y sin respuestas.

 

 

 

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, p. 85-86.

Un hombre recto y santo

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muerte de juan el bautista Tiempo Ordinario

Viernes de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (6, 14-29)

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido tanto, llegó a oídos del rey Herodes el rumor de que Juan el Bautista había resucitado y sus poderes actuaban en Jesús. Otros decían que era Elías; y otros, que era un profeta, comparable a los antiguos. Pero Herodes insistía: “Es Juan, a quien yo le corté la cabeza, y que ha resucitado”.

Herodes había mandado apresar a Juan y lo había metido y encadenado en la cárcel. Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía: “No te está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano”. Por eso Herodes lo mandó encarcelar. Herodías sentía por ello gran rencor contra Juan y quería quitarle la vida; pero no sabía cómo, porque Herodes miraba con respeto a Juan, pues sabía que era un hombre recto y santo, y lo tenía custodiado. Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo. La ocasión llegó cuando Herodes dio un banquete a su corte, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea, con motivo de su cumpleaños. La hija de Herodías bailó durante la fiesta y su baile les gustó mucho a Herodes y a sus invitados. El rey le dijo entonces a la joven: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”. Y le juró varias veces: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella fue a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?” Su madre le contestó: “La cabeza de Juan el Bautista”. Volvió ella inmediatamente junto al rey y le dijo: “Quiero que me des ahora mismo, en una charola, la cabeza de Juan el Bautista”.

El rey se puso muy triste, pero debido a su juramento y a los convidados, no quiso desairar a la joven, y enseguida mandó a un verdugo que trajera la cabeza de Juan. El verdugo fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una charola, se la entregó a la joven y ella se la entregó a su madre. Al enterarse de esto, los discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La fama de Jesús se extendió y llegó a oídos de Herodes. La gente decía que los poderes de Juan el Bautista, a quien Herodes mandó matar, actuaban en Jesús. El evangelio nos relata las circunstancias del martirio del Bautista. Con su muerte acaba la vida del último profeta del Antiguo Testamento, quien, como bisagra entre los dos Testamentos, preparó el camino para la venida del Señor; Juan, como un nuevo Elías, denunció el endiosamiento de los poderosos. Murió como siervo sufriente porque el rey, que «sabía que era un hombre recto y santo», en lugar de hacer caso a su conciencia procedió de acuerdo a su conveniencia.

Éste es el único pasaje del evangelio de Marcos cuyo protagonista directo no es Jesús. El relato del martirio de Juan no tiene otra finalidad que ser la prefiguración puntual de la suerte de Jesús, a quien los Hechos de los apóstoles refieren los mismos atributos de rectitud y santidad. Tanto el Bautista como el Mesías mueren por «voluntad» de poderosos perplejos e indecisos. Más aún, puede decirse que Herodes, infiel a Dios por haber tomado como esposa, contra la ley, a la mujer de su hermano, es un rey adúltero: personificación del pecado de todo el pueblo que ha traicionado a su Señor y Esposo para ir detrás de los ídolos. Así pues, Juan muere como Jesús, el justo por los injustos, pero ésta será asimismo la suerte a la que están llamados los discípulos a quienes el Maestro envía a predicar la conversión.

«La oportunidad se presentó» Paradójica coincidencia la de una extraña fiesta para una vida que, en realidad, es muerte y de una muerte que es un himno a la vida verdadera, una vida que va más allá de la dimensión temporal, por que es capaz de sacrificarse a sí misma por amor a la Verdad.

También el desenlace del banquete resulta grotesco, dado que acaba ofreciendo a los invitados -campeones en riqueza, orgullo, poder, lujuria etc.- una macabra bandeja con una cabeza cortada bajo la responsabilidad de una atractiva muchacha. Esto nos hace pensar en muchas pasiones humanas que parece imposible dejar de satisfacer.

«Sus discípulos fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura»; lo mismo ocurrirá con Jesús, sepultado como semilla en la tierra. de la que, no obstante, resucitará para convertirse en pan fragante ofrecido en la mesa de sus discípulos, pan para una vida que no muere.

 

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 74-75.

De dos en dos

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dos en dos Tiempo Ordinario

Jueves de la IV semana

Textos

 

+ Del evangelio según San Marcos (6, 7-13)

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce, los envió de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus inmundos. Les mandó que no llevaran nada para el camino: ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica.

Y les dijo: “Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar.

Si en alguna parte no los reciben ni los escuchan, al abandonar ese lugar, sacúdanse el polvo de los pies, como una advertencia para ellos”. Los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento. Expulsaban a los demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio describe la primera misión de los Doce. Jesús los llama y los manda, de dos en dos, por las aldeas vecinas. El evangelista nos refiere la primera lección de Jesús a sus discípulos sobre la misión. Les exhorta a no vivir para si mismos y a no encerrarse en los propios pequeños horizontes, sino a ir al encuentro de las personas, allí donde estén, para anunciarles el Evangelio y para curar sus enfermedades.

Es una misión que no tiene fronteras y que pide a los discípulos ir siempre más allá hasta alcanzar los confines de los corazones y las fronteras más lejanas. Es significativo que el evangelista Marcos al igual que Mateo y Lucas, sitúe en los primeros momentos de la vida publica de Jesús el envío misionero. A menudo se piensa que antes de hablar a los demás de Jesús, de ir a comunicar la alegría de la vida cristiana, se debe crecer, entender todo, estar preparado. Si Jesús hubiera esperado a que los discípulos estuviesen preparados, ¿los habría mandado en misión alguna vez, visto que lo abandonarían justo al final de su vida terrenal? La vida cristiana es misión siempre. Cada comunidad es, por naturaleza y siempre, misionera, so pena de volverse árida e incluso de extinguirse.

La comunidad cristiana y cada discípulo deben sentir la urgencia de la misión. Es necesario en un mundo entristecido y a menudo violento, que vuelva a resonar la palabra evangélica. Es la única que tiene la fuerza para derrotar el mal. No hay que tener miedo: la fuerza de los discípulos de Jesús, el único equipaje que deben llevar consigo, es el Evangelio; la única túnica con la que vestirse es la misericordia, el único bastón sobre el que apoyarse la caridad. Además Jesús no nos envía nunca solos: san Gregorio Magno señala que Jesús les mandó de dos en dos precisamente para que el amor recíproco fuese la primera predicación. Jesús exhorta a los suyos a quedarse con aquellos que les acogen, para ayudarles a crecer en el conocimiento del Evangelio. Es cierto, el éxito no está siempre garantizado y Jesús les dice que será grave la responsabilidad de aquellos que rechacen el amor del Señor. Pero los discípulos no deben dejar de comunicarlo y de ayudar a todos a acogerlo en sus corazones.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 83-84.

Amor para todos

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jesc3basenlasinagoga

Tiempo Ordinario

IV Domingo  – Ciclo C

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (4, 21-30)

En aquel tiempo, después de que Jesús leyó en la sinagoga un pasaje del libro de Isaías, dijo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?” Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra.

Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, que era de Siria”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este Domingo continuamos la contemplación de la escena que consideramos la semana pasada. Jesús está en la sinagoga de Nazaret, ha leído la lectura y para sorpresa de todos, al comentarla, se la ha apropió. Hoy contemplamos las reacciones.

La luz de la Palabra

Quienes escuchan a Jesús se maravillan, «le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios», pero inmediatamente se activó en ellos el deseo de tener en exclusiva los beneficios de que el Ungido del Señor fuera un paisano, el hijo de José.

Jesús no es ingenuo. Sabe que sus paisanos al reconocerlo como hijo de José escondían una intención manipuladora «Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm».  Por ello  pone al descubierto este dinamismo posesivo de sus paisanos que es contrario al plan de Dios.

Dios no envió a los profetas a hacer favores o servicios a sus familiares y amigos y para que les quedara claro les recuerda el testimonio de dos profetas muy queridos para el pueblo de Israel: Elías y Eliseo.

Elías, que vivió en un tiempo en el que el cielo estuvo cerrado tres años y seis meses, y en el que se produjo una tremenda carestía, cuando tuvo necesidad de sustento no fue enviado a una mujer israelita, sino a una viuda de un país pagano, Sarepta de Sidón. Y obtuvo de Dios un gran milagro para esta viuda.

En el caso de Eliseo, el testimonio se refiere a lo que aconteció con Naamán el Sirio. Este jefe del ejército del rey de Aram, había contraído la lepra y fue enviado por el rey de Siria al rey de Israel. Cuando Eliseo tuvo conocimiento le hizo bañar siete veces en el río Jordán y Naamán quedó curado de la lepra.

Jesús pretende que sus paisanos renuncien a una actitud posesiva y abran sus corazones a la dimensión universal del plan de Dios. No pueden vivir pretendiendo que la bondad de Dios sea sólo para ellos, esperando sólo recibir sus beneficios y negándose no sólo a compartir sino también a hacer algo por los demás. Sin embargo, no aceptan sus enseñanzas; al verse desenmascarados se indignan contra Jesús y quieren destruirlo: «Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo»

Cuando la tendencia posesiva en una persona se ve contrariada, ésta se transforma en odio y en agresividad. Una amor posesivo contrariado fácilmente se vuelve agresivo, destructivo e incluso criminal.

Jesús no cayó en su juego. No se dejó intimidar, ni coaccionar. Mantuvo su libertad y su decisión de permanecer en la misión para la que había recibido la unción del Espíritu: llevar a todos la buena nueva del amor misericordioso de Dios en las circunstancias concretas de la vida. Por ello «pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí».

Ilumina nuestra vida

A la luz de este evangelio podemos revisar las tendencias posesivas de nuestro amor. Nuestras inseguridades nos hacen aferrarnos a las personas que nos significan seguridad, que nos dan estabilidad, que nos brindan protección o alguna satisfacción. Cuando estas inseguridades se activan y se experimenta la amenaza de que aquello que creemos que es sólo nuestro será también para los demás la agresividad es la primera reacción.

Todo tipo de amor puede convertirse en posesivo. Comenzando por el amor materno. Cuando esto sucede es el mayor obstáculo para la educación de los hijos y en la vida de estos cuando son adultos.

Es necesario abrir el corazón, aprender a no ser envidiosos ni celosos, a tener una actitud que corresponda al plan de Dios. Dios es amor, un amor generoso hasta el extremos, que se entrega sin cálculos, sin cansancio. Y nuestro amor ha de ser como el de Dios, por ello nos ha hechos hijos suyos y nos ha dado su Espíritu.

Este domingo tenemos la posibilidad de enriquecer esta reflexión con el texto paulino de la segunda lectura, el conocido himno del amor que dice precisamente que el amor autentico no tiene envida, sino que es generoso y se alegra con el bien hecho a otros.

Dar testimonio

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Tiempo Ordinario

Jueves de la III semana

Textos

 † Del evangelio según san Marcos (4, 21-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque si algo está escondido, es para que se descubra; y si algo se ha ocultado, es para que salga a la luz.

El que tenga oídos para oír, que oiga”. Siguió hablándoles y les dijo: “Pongan atención a lo que están oyendo.

La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes, y con creces. Al que tiene, se le dará; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los breves versículos que componen el pasaje de hoy contienen algunas sentencias que completan e iluminan el mensaje central ofrecido por la parábola de la semilla y del sembrador. Se subraya, en particular, la necesidad de convertirse en anunciadores fieles e incansables de la Palabra recibida: todo don se convierte en una tarea.

Una comparación tomada de la vida ordinaria sirve para introducir la enseñanza que Jesús quiere proporcionar a sus colaboradores más allegados. «¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama?» La pregunta es tan sencilla que hasta un niño podría contestarla sin dificultad; la dimensión testimonial del encuentro con Cristo salta a la vista.

El Señor Jesús descubre a sus discípulos el secreto del Reino de los Dios y los hace portadores de la Buena Noticia, son como lámparas; el amor misericordioso de Dios ilumina sus corazones y desde allí se irradia; no pueden permanecer escondidos, tienen que dar testimonio, iluminar a otros, guiarles hacia la Luz verdadera.

Se vuelve, apremiante, la invitación a la escucha y al testimonio. Quien  quiera conservar para sí la riqueza y la novedad del Reino terminará perdiéndolo; el Reino implica la comunión y la misión; no puede ser poseído egoístamente por nadie, quien lo pretenda la exclusividad se queda sin nada.

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9. p. 135.

Sembrar

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sembrador Tiempo Ordinario

Miércoles de la III semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (4, 1-20)

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago, y se reunió una muchedumbre tan grande, que Jesús tuvo que subir en una barca; ahí se sentó, mientras la gente estaba en tierra, junto a la orilla. Les estuvo enseñando muchas cosas con parábolas y les decía: “Escuchen. Salió el sembrador a sembrar.

Cuando iba sembrando, unos granos cayeron en la vereda; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, donde apenas había tierra; como la tierra no era profunda, las plantas brotaron enseguida; pero cuando salió el sol, se quemaron, y por falta de raíz, se secaron. Otros granos cayeron entre espinas; las espinas crecieron, ahogaron las plantas y no las dejaron madurar. Finalmente, los otros granos cayeron en tierra buena; las plantas fueron brotando y creciendo y produjeron el treinta, el sesenta o el ciento por uno”.

Y añadió Jesús: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Cuando se quedaron solos, sus acompañantes y los Doce le preguntaron qué quería decir la parábola. Entonces Jesús les dijo: “A ustedes se les ha confiado el secreto del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera, todo les queda oscuro; así, por más que miren, no verán; por más que oigan, no entenderán; a menos que se arrepientan y sean perdonados”.

Y les dijo a continuación: “Si no entienden esta parábola, ¿cómo van a comprender todas las demás? ‘El sembrador’ siembra la palabra.

‘Los granos de la vereda’ son aquellos en quienes se siembra la palabra, pero cuando la acaban de escuchar, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.

‘Los que reciben la semilla en terreno pedregoso’, son los que, al escuchar la palabra, de momento la reciben con alegría; pero no tienen raíces, son inconstantes, y en cuanto surge un problema o una contrariedad por causa de la palabra, se dan por vencidos.

‘Los que reciben la semilla entre espinas’ son los que escuchan la palabra; pero por las preocupaciones de esta vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás, que los invade, ahogan la palabra y la hacen estéril.

Por fin, ‘los que reciben la semilla en tierra buena’ son aquellos que escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha: unos, de treinta; otros, de sesenta; y otros, de ciento por uno”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se ha alejado de Cafarnaún y está a orillas del lago, donde ya no hay más espacio para acoger a las personas que vienen a escucharlo. Mucha gente se reúne alrededor de él y Jesús «otra vez se puso a enseñar». Era natural que después de los rumores y calumnias que se habían esparcido sobre la identidad de Jesús los discípulos se vieran confundidos y desafiados en su intención de seguir a Jesús.

La respuesta la tendrán en la enseñanza de Jesús acerca de qué y cómo proceden las cosas en el Reino de Dios. En el capítulo cuarto Marcos recoge varias parábolas. Es una forma típica con la que Jesús hablaba a las multitudes. Se trataba de un lenguaje concreto, ligado a la vida ordinaria. Todos podían comprenderlo, pero era indispensable estar atentos, es decir, escuchar con interés para captar en profundidad sus imágenes.

La primera parábola que Jesús narra se encuentra entre las más conocidas e importantes del Evangelio. Hay una razón para ello que Jesús hace explícita desde el principio: «Escuchen». La escucha es decisiva cuando se está delante de Jesús; el anuncio del Reino es para todos, aunque no todos lo acojan de la misma manera; el mensajero persevera en su tarea porque al igual que el sembrador su esperanza esta puesta en la semilla que cae en tierra buena y da mucho fruto.

La famosa parábola del sembrador, Jesús la considera tan importante que dice a sus discípulos que si no la comprenden no podrán comprender las demás. En efecto, a diferencia de otras veces, Jesús explica la parábola. Jesús habla de la siembra de la Palabra de Dios en el corazón de los hombres. Lo que impresiona sobre todo en esta narración es la perseverancia del sembrador que esparce la semilla en todos lados y en gran cantidad, a sabiendas de que caerá en diversos tipos de terreno, algunos duros y poco acogedores.

Los diferentes campos pueden representar diferentes categorías de personas o los diferentes momentos y las diferentes formas con que escuchamos el Evangelio. El evangelizador debe superar la tentación totalitaria y renunciar a la pretensión de que todos acepten por igual la novedad del evangelio y conformen su vida a él; la sabiduría del sembrador le enseña a anunciar la Palabra a todos, sabiendo de antemano que algunos la acogerán y otros la rechazarán.

Así como el sembrador no se desanima por la semilla que no da fruto y sigue sembrando, el evangelizador no debe desanimarse por los que rechazan el Reino y se oponen a la Palabra, y sigue evangelizando; la esperanza esta puesta en la eficacia de la Palabra, que como la semilla, cuando cae un terreno propicio, da fruto en distintas proporciones.

Si pensamos en los diferente momentos y formas en que escuchamos el evangelio, pensemos en cómo a veces nuestro corazón es como el camino, duro e impenetrable, la Palabra de Dios es predicada sin cesar pero nosotros no dejamos que atraviese nuestro corazón, y para nosotros todo sigue como siempre; otras veces nuestro corazón está como sobrepasado por las preocupaciones por nosotros mismos y, aunque escuchemos el Evangelio, nuestras preocupaciones lo ahogan como los abrojos ahogan la tierra; otras veces estamos más atentos, dispuestos a acoger la Palabra de Dios, entonces vienen los frutos de amor, de bien, de misericordia y solidaridad.

Hay que escuchar el Evangelio con el corazón abierto, disponible, atento. De esa manera es semejante a un terreno arado y preparado para acoger la semilla. Y la semilla es siempre algo pequeño, como el Evangelio, y necesita disponibilidad. Jesús sigue sembrándolo hoy. Y con generosidad. Dichosos nosotros si lo acogemos y lo hacemos crecer. Los frutos son preciosos para nosotros y para el mundo.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 73-74.

La familia de Jesús

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madre y hermanos Tiempo Ordinario

Martes de la III semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 31-35)

En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”.

El les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Marcos sigue mostrándonos a Jesús rodeado de una gran multitud. Mientras está hablando llegan sus parientes con María. El evangelista no dice el motivo de su visita, pero no es difícil imaginar que quizá estaban preocupados por las exageraciones que Jesús mostraba o también porque habían sabido que los fariseos lo estaban vigilando, hasta el punto de mandar a algunos desde Jerusalén. Querían hablar con él. Cansados quizá por el viaje -venían de Nazaret- no esperaron a que Jesús terminara de hablar y mandaron a alguien a anunciarle su llegada. La aglomeración era mucha Y ellos se quedaron «fuera». Este no es un mero detalle espacial. Aquellos familiares estaban «fuera», es decir, no estaban entre los que escuchaban a Jesús.

Ya podemos deducir de esta notación que no son los lazos de sangre ni los vínculos de una costumbre ritual los que llevan a ser verdaderos familiares de Jesús. Sólo los que están dentro de la casa, los que escuchan la Palabra de Dios, integran la nueva familia que Jesús ha venido a formar. A quien le dice que fuera de la casa estaban su madre y sus hermanos Jesús indica quién forma parte de su nueva familia, de la Iglesia: los que escuchan el Evangelio.

De esta escucha nace la comunidad cristiana y, por tanto, esta se edifica sobre la Palabra de Dios. El Evangelio es la roca que sostiene toda comunidad y la Iglesia entera. Y tal comunidad -hay que notarlo- no es una asociación cualquiera. Tiene los rasgos de «familia». La Iglesia debe vivir como una familia, es decir, con esos lazos que por eso se llaman «familiares»: filiación y fraternidad. Los miembros deben vivir con Dios relación de hijos, llamándole “abbá”  como Jesús nos invita a hacerlo y relaciones fraternidad  con Jesús mismo y con los demás hermanos y hermanas. No somos familia de Dios porque observemos algunos ritos o practiquemos alguna que otra obra buena. Las relaciones de los discípulos de Jesús  tienen los rasgos de las relaciones de familiaridad: gratuidad, servicio, fraternidad, acompañamiento, paciencia, solidaridad, etc.  Ser discípulos requiere la escucha atenta y disponible de las palabras de Jesús y la implicación de nuestra vida con él.

Para formar parte del grupo de los cristianos, para ser discípulos, no basta con sentir la relación con Jesús como aquellos «parientes» la sentían. Cada día debemos «entrar» en la comunidad y escuchar el Evangelio como se nos predica. ¡No se es discípulo de una vez por todas! Cada día necesitamos estar junto a Jesús y escuchar su palabra. Si vivimos así, Jesús dirigirá sus ojos llenos de amor también sobre nosotros y le escucharemos decir: «Estos son mi madre y mis hermanos». Es la bienaventuranza de ser sus discípulos, no por nuestros méritos especiales sino sólo porque escuchamos su Palabra y tratamos de ponerla en práctica.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 72-73.

Ungido

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Tiempo Ordinario

Domingo de la III semana

 Textos

+ Del evangelio según san Lucas (1, 1-4; 4, 14-21)

Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros, tal y como nos las trasmitieron los que las vieron desde el principio y que ayudaron en la predicación. Yo también, ilustre Teófilo, después de haberme informado minuciosamente de todo, desde sus principios, pensé escribírtelo por orden, para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado. (Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto), impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región.

Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.  Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Comenzamos la lectura continua del evangelio de San Lucas. Encontramos a Jesús en la sinagoga de Nazaret, leyendo un texto de Isaías. Muchos consideran esta escena como la proclamación del discurso programático de Jesús. Contemplemos la escena.

El lugar

Jesús se encuentra en Nazaret, «el lugar donde se había criado», quienes están en la Sinagoga lo conocen, lo han visto crecer, se ha educado entre ellos, es miembro de la comunidad. La indicación del lugar tiene importancia. El testimonio de Jesús comienza entre los suyos. Esto no es fácil. El texto lo dirá más adelante. A primera vista podría pensarse que no hay mejor lugar para ser escuchado que el propio lugar de origen. La experiencia demuestra lo contrario y así sucedió con Jesús.

Se describe la práctica judía en la Sinagoga; su liturgia se componía de oraciones y lecturas. La parte central era la lectura de alguno de los libros de la Torá -la ley- y luego uno de los profetas. Después seguía un comentario edificante para la asamblea.

En la escena que contemplamos corresponde a Jesús la lectura del texto de Isaías 61,1-2 y 58,6 en el que se presenta al mensajero y el contenido del mensaje por parte de Dios. Lo primero que resalta es que el mensajero, el que lleva la buena nueva, es el Mesías, el ungido de Dios. Nadie puede hablar de Dios en nombre propio. La autoridad para hacerlo viene de la unción del Espíritu. Y precisamente a ello se refiere el texto de Isaías.

La identidad

El profeta dice «El Espíritu del Señor sobre mí». Al apropiarse Jesús este texto se presenta a si mismo como profeta, durante su ministerio y al final del mismo, los discípulos de Emaús se refirieron a él como «profeta poderoso en obras y palabras» (Lc 24,19).

La identidad de Jesús se irá profundizando y de la identidad profética se pasará a la de Hijo de Dios. El caso es que el evangelista desde el inicio de la vida pública de Jesús lo presenta como enviado, como alguien que no actúa por su cuenta sino que realiza, con la fuerza del Espíritu Santo, la misión que se le ha confiado.

La misión

Además de introducirnos en la identidad de Jesús, el texto que contemplamos este domingo nos permite una primera comprensión de la misión de Jesús. El texto de Isaías, que Jesús se apropia, lo presenta enviado «para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.» 

La misión de Jesús es presentada como una acción liberadora de todo lo que impida vivir en plenitud, de todo lo que sea carga y opresión para las personas. Dios está cerca de los que sufren para sostener su esperanza.

Con Jesús se inaugura un tiempo nuevo, la referencia al año de gracia nos remite al año jubilar, entendido como tiempo de restauración de las relaciones armoniosas de las personas con Dios, con las demás personas y con la naturaleza.

Las relaciones de dependencia, de esclavitud, de sometimiento, entre las creaturas y en cualquier ámbito de la vida, no están en los planes de Dios. Nuestra vocación es la libertad. La instauración de la soberanía de Dios implica la renuncia de toda relación injusta que perturbe o haga imposible a los demás vivir en plenitud. Por ello el anuncio es un mensaje de esperanza dirigido preferencialmente a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos. El reinado de Dios tiene como consecuencia la liberación de la humanidad, pero no una liberación política, sino una liberación universal, que alcanza todo tipo relación humana y que nace desde el interior del corazón.

La misión de Jesús se describe con los verbos anunciar, proclamar, significando con ello revivir la esperanza, invitar a todos a abrirse a la acción de Dios para que el Reino de Dios acontezca y se liberen los hombres de cualquier tipo de opresión, particularmente la opresión del pecado.

Ante la mirada de todos Jesús comenta el texto que ha leído de una manera sencilla pero perturbadora para sus oyentes: «hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Actualiza el texto que ha leído y lo interpreta apropiándoselo. Su identidad está definida y su misión esta delineada. Comienza su ministerio al servicio del Reino de Dios.

Identidad cristiana

Los discípulos de Jesús, por la efusión del Espíritu, somos ungidos y nos incorporamos a Cristo; compartimos con Él la identidad de Hijos de Dios y su vocación profética.

Esta identidad y misión la tenemos que vivir donde quiera que nos encontremos, comenzando por nuestra familia y nuestro lugar de origen. Es cierto que “nadie es profeta en su tierra” pero Jesús nos enseña a actuar con fidelidad a la conciencia que tenemos de nosotros mismos y a la misión que Dios nos confía.

Debemos acercarnos a la Biblia como creyentes, meditar su contenido que es Palabra viva de Dios que nos ayuda a profundizar nuestra vocación y a discernir los signos del tiempo que nos toca vivir. Meditar la Palabra nos hace actualizar el mensaje y apropiárnoslo, ayudándonos a ver cómo se cumple en nosotros su verdad de salvación.

Misión de discípulos

Los cristianos, ungidos por el Espíritu, somos, como Jesús, portadores de un mensaje de esperanza y liberación para la humanidad. La humanidad de nuestro tiempo vive muchas formas de esclavitud que encierran la experiencia humana en una noche oscura y la expone a muchas situaciones degradantes.

Ubicarnos en la historia como hijos de Dios y como profetas nos lleva a anunciar el Reino de Dios para que, acogido por corazones dispuestos, se humanicen nuestras relaciones y nos liberemos de cuanto nos oprime.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 64-65.

Caí por tierra

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saulo-de-tarso Tiempo Ordinario

25 de enero – La Conversión de san Pablo

Textos

 Del libro de los Hechos de los Apóstoles (22, 3-16)

En aquellos días, Pablo dijo al pueblo: “Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié aquí, en Jerusalén; fui alumno de Gamaliel y aprendí a observar en todo su rigor la ley de nuestros padres y estaba tan lleno de fervor religioso, como lo están ustedes ahora. Perseguí a muerte a la religión cristiana, encadenando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres, como pueden atestiguarlo el sumo sacerdote y todo el consejo de los ancianos.

Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco y me dirigí hacia allá en busca de creyentes para traerlos presos a Jerusalén y castigarlos. Pero en el camino, cerca ya de Damasco, a eso del mediodía, de repente me envolvió una gran luz venida del cielo; caí por tierra y oí una voz que me decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Yo le respondí: ‘Señor, ¿quién eres tú?’ El me contestó: ‘Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues’. Los que me acompañaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba.

Entonces yo le dije: ‘¿Qué debo hacer, Señor?’ El Señor me respondió: ‘Levántate y vete a Damasco; allá te dirán todo lo que tienes que hacer’. Como yo no podía ver, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano hasta Damasco. Allí, un hombre llamado Ananías, varón piadoso y observante de la ley, muy respetado por todos los judíos que vivían en Damasco, fue a verme, se me acercó y me dijo: ‘Saulo, hermano, recobra la vista’.

Inmediatamente recobré la vista y pude verlo. El me dijo: ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y escucharas sus palabras, porque deberás atestiguar ante todos los hombres lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo, reconoce que Jesús es el Señor y queda limpio de tus pecados’”. Palabra de Dios.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy recordamos la conversión de Saulo de Tarso, acontecimiento que marcó la historia cristiana. Con las cartas del Sumo Sacerdote en su poder, Saulo estaba procediendo contra de los cristianos de Damasco con el máximo rigor. Mientras se acerca a la ciudad, de repente lo envuelve una luz; cegado cae a tierra y escucha una voz que le llama por su nombre: «Saulo, Saulo». No vio nada, sólo escuchó la voz. Ser llamados por el nombre es una experiencia decisiva e inolvidable.

Trastornado, Saulo pregunta: «¿Quién eres, Señor?». La respuesta: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues». No sabemos cuál fue el primer pensamiento de Pablo; ciertamente pudo pensar que no se persigue a un muerto; evidentemente Jesús estaba vivo. Se levanta pero no ve nada; llevado de la mano por sus compañeros, atónitos por lo sucedido, se dirige a Damasco como Jesús le había ordenado.

¿Qué le sucedió a Pablo? No fue, como se suele pensar, la «conversión» de una religión a otra: el grupo de cristianos permanecía todavía dentro del judaísmo, y no se pensaba de hecho en otra religión. Para Pablo fue un acontecimiento mucho más profundo que lo cambió radicalmente: fue un verdadero y auténtico volver a nacer. Por ello, la caída a tierra de Pablo es uno de esos hechos emblemáticos que interrogan la historia de todo hombre; como para decir que si no caemos, si no «tocamos tierra», difícilmente comprenderemos lo que significa vivir.

Por desgracia, cada uno está acostumbrado a permanecer firme en sí mismo, a insistir en su yo. No sólo no caemos a tierra, sino que ni siquiera miramos hacia la tierra, es decir, hacia el dolor de los demás. En realidad, cada uno de nosotros es un pobre hombre, una pobre mujer. Sólo cuando reconocemos nuestra pobreza podemos retomar el camino de la sabiduría. El orgullo lleva a la ruina, al enfrentamiento, a la violencia; la humildad, en cambio, regenera, hace más comprensivos, solidarios y humanos.

La caída de Pablo es un signo para todos, para quien cree y para quien no cree, porque nos hace más humanos, y, por tanto, abiertos a la salvación. Pablo, caído de sí mismo, acogió el Evangelio y se convirtió en un hombre universal. «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!», escribe a los Corintios. Y se encaminó hasta los confines de la tierra. Y por todos lados su predicación se veía confirmada por prodigios, y si agarraba con la mano alguna serpiente, como en Malta, no recibía daño alguno. Pablo sigue pidiéndonos todavía hoy a cada uno de nosotros que comprendamos nuevamente la primacía de la evangelización en la vida de las comunidades cristianas.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 74-75.

Una muchedumbre lo seguía

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Tiempo Ordinario

Jueves de la II semana

Textos

 + Del evangelio según san Marcos (3, 7-12)

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, seguido por una muchedumbre de galileos. Una gran multitud, procedente de Judea y Jerusalén, de Idumea y Transjordania y de la parte de Tiro y Sidón, habiendo tenido noticias de lo que Jesús hacía, se trasladó a donde él estaba.

Entonces rogó Jesús a sus discípulos que le consiguieran una barca para subir en ella, porque era tanta la multitud, que estaba a punto de aplastarlo. En efecto, Jesús había curado a muchos, de manera que todos los que padecían algún mal, se le echaban encima para tocarlo. Cuando los poseídos por espíritus inmundos lo veían, se echaban a sus pies y gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios”. Pero Jesús les prohibía que lo manifestaran. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Vista la hostilidad de los fariseos, Jesús abandonó Cafarnaún y su sinagoga para ir hacia aquellas multitudes que le escuchaban de buen grado. En cualquier ciudad o región a donde vaya, Jesús se encuentra siempre rodeado de multitudes que lo apretujan. Son muchos los que acuden de todas las regiones, como recuerda este pasaje. Todas las multitudes, incluso las de hoy, resultan agobiante; la gente tiene necesidad física de ver, de encontrar, de tocar a alguien que les comprenda y ayude. Por esto siguen apremiando: quieren acercarse, tocar y descargar todo su dolor, todas sus esperanzas sobre aquel hombre bueno.

Por otra parte, ¿a quién podrían acudir sin ser rechazados? Saben bien que en Jesús encuentran a un hombre bueno y compasivo que nunca les rechazará. La disponibilidad de Jesús no significa renunciar a desempeñar su ministerio. Y decide subir a una barca para alejarse un poco de la orilla y poder ver a todos. Y continúa hablando a la multitud. Es una escena que impresiona por su fuerza. Aquella barca se convierte en un nuevo púlpito para Jesús. ¿Cómo no ver en ella la imagen de la Iglesia?

Debemos preguntarnos con seriedad: ¿dónde pueden las multitudes de hoy, más numerosas que las de entonces, «tocar» a Jesús? ¿A dónde pueden llevar los muchos que están necesitados su equipaje de dolor y sus esperanzas para ser curados y consolados? ¿No deberían ser nuestras comunidades cristianas de hoy el cuerpo de Jesús que los pobres y los débiles pudieran alcanzar y «tocar»? Nuestro mundo necesita una Iglesia cercana, próxima. Hoy más que ayer. De hecho, parecen crecer las barreras que ponen los que están bien, individuos o naciones, para impedir a las multitudes de pobres, llegar si quiera a rozar las fronteras. ¡Nada que ver con una presión aplastante! Las barreras -a veces hechas de ladrillos y muchas veces de prejuicios- están inspiradas por esos «espíritus inmundos» de los que habla el evangelista, que quieren impedir que la palabra de Jesús llegue al corazón de quien lo escucha. El Evangelio nos muestra cuánto más fuerte es la fuerza de Jesús que la de tales espíritus. El Señor da a sus discípulos esta misma fuerza suya para que puedan continuar su misión de salvación en todos lados.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 66-67.

Mirada maliciosa

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fariseos

Tiempo Ordinario

Miércoles de la II semana

Textos

 + Del evangelio según san Marcos (3, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar. Jesús le dijo al tullido: “Levántate y ponte allí en medio”.

Después les preguntó: “¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?” Ellos se quedaron callados.

Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió, y su mano quedó sana. Entonces se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes con los del partido de Herodes para matar a Jesús. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Es sábado y, como de costumbre, Jesús se dirige a la sinagoga para la oración. Allí encuentra a un hombre con un brazo tullido. Un escrito apócrifo de la época pone en boca de este hombre la siguiente oración: «Yo era albañil, me ganaba la vida con el trabajo de mis manos. Oh, Jesús, te ruego que me cures para que no tenga que mendigar vergonzosamente mi pan». La escena del hombre con su brazo inmovilizado hace que vengan a la mente los numerosos trabajadores que han sufrido accidentes laborales quedando marcados para toda la vida. Es una situación que requiere más atención por parte de todos, para evitar que los lugares de trabajo sean lugares de riesgo y de muerte.

En cuanto ve a este hombre tullido de su mano, Jesús se conmueve. Le sucede cada vez que encuentra a los enfermos y los débiles. Los fariseos, por el contrario, a quienes no les interesa el sufrimiento de aquel hombre, enfocan su mirada maliciosa, esperando tener motivo para acusar a Jesús, pues saben que es sábado y que el Maestro nunca permanece inerte ante el dolor de las personas.

Jesús sabe que debe cumplir la voluntad del Padre y se dirige a aquel hombre y le ordena: «Extiende la mano». Aquel hombre obedece a la palabra de Jesús y extiende su mano. Queda curado. La obediencia al Evangelio lleva siempre a la curación, hace reconquistar lo que por el pecado o por la humana fragilidad habíamos perdido. Jesús ha venido para que ningún hombre sea más esclavo del mal, sino partícipe del nuevo horizonte de Dios que es la plenitud de vida. Aquel hombre se cura y puede volver a la vida cotidiana. La curación no se produce para permanecer prisioneros de nosotros mismos sino para ponerse al servicio de los demás, del bien común de todos. La mano es curada «para echar una mano» -como se suele decir- al necesitado.

Jesús se coloca más allá de la observancia formal del sábado, día dedicado a Dios; el ve las cosas de manera distinta y quiere hacer ver que el día considerado de Dios es propicio para que Dios irrumpa en la vida de las personas con toda su fuerza creadora. Cada vez que la misericordia y la salvación de Dios tocan la vida de los hombres se cumple el «sábado» de Dios: la fiesta del amor y de la plenitud de la vida.

El evangelio concluye haciendo notar una alianza perversa. Los Herodianos y los fariseos eran archienemigos, pues los primeros se sometían de buena voluntad al poder romano y sostenían que era justo pagar tributo a los emperadores, cosa que negaban los fariseos; sin embargo, tratándose de Jesús que hace el bien, se declaran a sí mismos sus enemigos y se confabulan con la intención de destruir a Jesús. Las alianzas entre enemigos no son rara; son perversas y sospechosas cuando eluden la reconciliación y comparten el objetivo destruir a quienes hacen el bien.

No pasan desapercibidas tampoco las distintas miradas en el texto; la de los fariseos es maliciosa, típica de quienes desconfían de si mismos y de todas las personas, obstinándose en encontrar malas intenciones en las acciones más bondadosas, por eso buscan que Jesús realice algo que de pie a una acusación; esto no pasa desapercibido a Jesús, que al ver la mala intención y el corazón endurecido de estas personas las mira con ira y tristeza, mas delante pondrá en evidencia a quienes teniendo ojos para ver no quieren ver.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 65-66.

Odres nuevos

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Tiempo Ordinario

Lunes de la II semana

Textos

 + Del evangelio según san Marcos (2, 18-22)

En una ocasión en que los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos ayunaban, algunos de ellos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, y los tuyos no?” Jesús les contestó: “¿Cómo van a ayunar los invitados a una boda, mientras el novio está con ellos? Mientras está con ellos el novio, no pueden ayunar. Pero llegará el día en que el novio les será quitado y entonces sí ayunarán. Nadie le pone un parche de tela nueva a un vestido viejo, porque el remiendo encoge y rompe la tela vieja y se hace peor la rotura. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, se perdería el vino y se echarían a perder los odres. A vino nuevo, odres nuevos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista habla de los discípulos del Bautista y de los fariseos, se consideraban justos y por ello se sentían autorizados para dirigirse a Jesús y pedirle explicaciones de por qué sus discípulos no practicaban el ayuno que, aun no siendo obligatorio, elevaba el espíritu. En realidad, su crítica se dirigía más al maestro que a los discípulos.

Jesús responde, a través de comparaciones, que no son las prácticas exteriores las que purifican el corazón y limpian la vida de los hombres. Es puro quien acoge al Mesías como los amigos acogen al esposo el día de su boda; obviamente, Jesús quería dar a entender que él era el esposo que estaba llegando y por ello sus amigos que le esperan no pueden ayunar; sería un gesto impropio de los amigos hacia el novio, que espera ser acogido de manera festiva y no con ayunos y penitencia.

Jesús advierte que en cualquier caso también llegarán tiempos difíciles para los amigos del novio, sobre todo cuando el novio les sea arrebatado; preanuncia así, aunque de manera velada, su pasión y su muerte. Entonces será cuando vendrán los momentos del ayuno, o mejor dicho, del sufrimiento.

Efectivamente, así ha sucedido desde el inicio hasta nuestros días, con la larga serie de discípulos que han sido perseguidos por su fe y han resistido hasta la efusión de la sangre. Con dos imágenes Jesús aclara que el espíritu del discipulado no se corresponde con la rigidez formal de las prácticas religiosas o ascéticas que no cambian el corazón. El vestido viejo y los odres viejos son una religiosidad exterior que no cambia ni el corazón ni los comportamientos. Es el Evangelio lo que hace nuevos, no las prácticas exteriores. ¡Cuántos errores se cometen confiando la vida a la exterioridad! El Evangelio es el vino nuevo que hace nuevos los corazones que lo reciben. El corazón de quien está lleno de sí mismo y de sus obras es como un odre viejo incapaz de acoger la novedad del Reino. Y la tela nueva del que habla Jesús es el manto tejido con los hilos del amor que no tiene nada que ver con la pieza vieja y desgastada del propio egocentrismo.

Los discípulos han comprendido que la salvación no está en gloriarse de las propias obras, aunque sean buenas como el ayuno, sino en amar a Jesús por encima de cualquier cosa, como la esposa ama a su esposo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 63-64.

Unidad de vida

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la I Semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (1, 29-39)

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. El se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. El les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio describe la intensa actividad de Jesús en Cafarnaúm en el transcurso de dos días consecutivos. Jesús no está solo, no es un predicador solitario: eligió comunicar el Evangelio del reino junto a sus discípulos. Con ellos forma ya una singular familia, basada no en los lazos de sangre sino en la adhesión a él y en el amor fraterno. En las escenas que describe este texto, vemos a Jesús en la intimidad de la vida familiar de los discípulos; en medio de la multitud y a solas con Dios.

Jesús visita la casa de Pedro en Cafarnaúm. En seguida le hicieron saber que la anciana suegra de Pedro estaba enferma, con fiebre. Jesús se le acerca, la toma de la mano y la levanta de su postración, curándola. La curación de la anciana suegra de Pedro es una lección que hay que aprender con atención. Nos hace pensar en los ancianos y en los enfermos de nuestra familia y de nuestras comunidades que lo que más sufren es el abandono y la soledad, particularmente cuando, postrados, nadie se les acerca, los toca y quedan excluidos de la vida doméstica. El discípulo ha de llevar a Jesús a su propia familia; no es fácil, pero basta que en la intimidad de la vida familiar, se le haga saber la necesidad imperante, Él solicito se acercará, tocará y levantará.

El evangelista describe además una escena conmovedora; fuera de la intimidad de la vida familiar de los discípulos Jesús se encuentra en medio de una multitud: «le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta». Es la descripción de una humanidad herida que busca con afán el remedio a sus sufrimientos; en medio de ellos, Jesús «curó a muchos», escribe Marcos; no dice que curó a todos, sino a muchos, subrayando la tarea que queda a los discípulos de todos los tiempos. El discípulo no vive encerrado en casa; en la vida ordinaria encuentra el dolor de la humanidad, no puede permanecer indiferente; del evangelio aprende a acercar a Jesús a quienes sufren y a atender sus necesidades.

La intimidad con Dios. Pasadas la tarde y la noche, de madrugada, Jesús se levanta y va a un lugar apartado para orar. Jesús comienza la jornada con la oración en un lugar apartado, íntimo, lejos de la multitud y de la confusión. Es en el silencio donde encuentra a su Padre que está en los cielos. Para Jesús la oración no es sólo el inicio temporal de la jornada, sino su fundamento. Así es para los discípulos. Cuando estos dirigen la mente y su corazón a Dios en la oración, comienza el tiempo nuevo anunciado por el Evangelio. Estar delante del Señor en oración, como hijos que lo esperan todo de Él, significa comenzar una nueva forma de vivir: no hacer la propia voluntad sino la del Padre: y el Padre quiere que todos los hombres se salven; por esto, a los discípulos que querían que permaneciera en la región, Jesús les responde que es necesario ensanchar el corazón y superar el límite de cualquier frontera. Jesús no se queda bloqueado en los lugares habituales, El va a donde hay necesidad. Y en cada lugar por donde pasa crea un clima nuevo, de fiesta, sobre todo entre los pobres; incluso los leprosos acuden a él y son curados. Es el milagro de un nuevo mundo que comienza.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 57-58.

Enseñanza creíble

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Tiempo Ordinario

Martes de la I Semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (1, 21-28)

En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con su pequeña comunidad de discípulos, Jesús entra en Cafarnaúm, la ciudad más grande de la Galilea de entonces, y la elige como residencia. No se retira lejos, no se fuga de la vida ordinaria de la gente de su tiempo, para conducir una vida tranquila con un pequeño grupo de amigos. Jesús no vino al mundo a garantizar en primer lugar su existencia y satisfacción personal rodeado de un pequeño grupo de seguidores; vino con el designio de salvar a todos de la soledad, del pecado y de la muerte.

Con esta finalidad se establece precisamente dentro de la ciudad más importante del norte del país, Cafarnaúm. Con aquel pequeño grupo de seguidores, Jesús quiere transformar la vida de las personas, individual y colectiva, y desde aquella ciudad proyectar el dinamismo transformador del evangelio a todas las ciudades y países.

Es propio de la comunidad cristiana, por muy pequeña que sea, no vivir replegada sobre sí misma, sino tener la mirada, el corazón y la preocupación en el bien de todos, como «comunidad humana» que el Evangelio debe fermentar de amor. La comunidad cristiana no tiene un proyecto suyo que imponer; sin embargo, tiene la misión de introducir en la vida de los habitantes de la ciudad la fuerza del Evangelio y de afirmar que sólo Jesús es el Señor, no el dinero ni el poder y mucho menos la injusticia y la corrupción.

El evangelista señala que Jesús «al llegar» se dirigió a la sinagoga y se puso a enseñar. El primer «servicio» que la Iglesia desarrolla en la ciudad es, precisamente, comunicar el Evangelio; el Evangelio es una palabra exigente, que pide el cambio del corazón, que transforma profundamente a quien lo acoge, que provoca un cambio real. Por esto todos los que le escuchan se quedaban asombrados. Jesús, a diferencia de los escribas, no pronuncia sólo palabras, Él cambia la vida de la gente empezando por los más pobres y hace ver de qué tipo es su autoridad liberando a un hombre poseído por un espíritu inmundo.

El Evangelio tiene la autoridad de Jesús; es Palabra que no oprime, que se valida con la vida y que libera a quienes hoy están poseídos por numerosos espíritus malignos que les hacen daño, en su cuerpo o en su espíritu; encerrándoles en su ego, inhibiendo la confianza, llenando el corazón de resentimiento y de soberbia y alejándoles de Dios.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 56-57.

Proyecto de vida

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dejando redes

Tiempo Ordinario

Lunes de la I Semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (1, 14-20)

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”. Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores.

Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de Marcos fue el primero en escribirse, y, a diferencia de los de Mateo y Lucas, comienza directamente con la narración de la vida pública de Jesús. Contemplamos el inicio de la predicación de Jesús. El evangelio señala que Jesús se dirige a Galilea después de que Juan había sido «arrestado».

La palabra profética que anunciaba un tiempo nuevo había sido encadenada. Jesús, desde ese momento, decide comenzar a recorrer los caminos de su tierra para anunciar a todos la «buena noticia». Es la primera vez que aparece el término «evangelio», es decir, «buena noticia». No es una palabra abstracta que se pronuncia para después desvanecerse en la niebla del olvido; el evangelio es Jesús mismo: Él es la «buena noticia» que hay que acoger, creer y comunicar a los hombres para que le confíen a Él su vida.

Con palabras y obras, Jesús muestra que el reino del amor ha llegado en medio de los hombres y que con él comienza una nueva historia de amor y de amistad de la humanidad con Dios. Esta es la mejor noticia que los hombres podían escuchar; quien la recibe  cambia su vida. La historia de la predicación cristiana da aquí sus primeros pasos.

Caminando a orillas del mar de Galilea, Jesús ve a Simón ya Andrés, dos hermanos pescadores, y les dice: «Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres». Los dos, aunque ocupados echando sus redes en el lago, acogen la invitación y le siguen. Es la historia de los discípulos de todos los tiempos.

En toda generación, también la nuestra, en medio de las circunstancias ordinarias de la vida el Señor pasa y llama a hombres y mujeres a seguirlo; el Señor pasa y no se detiene. Siguiendo su camino a orillas del lago de Tiberíades, Jesús encuentra a otros dos hermanos, Santiago y Juan; ellos, junto a su padre, remendaban sus redes; también les llama, y ellos, después de escucharle, dejan las redes y le siguen. Es el comienzo de la nueva fraternidad que Jesús inaugura y que pide a los discípulos continuar todavía hoy, siempre por el mismo camino de la escucha y la fidelidad.

Jesús llama  a seguirlo a gente ocupada no a gente sin quehacer; llama a gente ordinaria, en cualquier edad o etapa de la vida y lo hace en la vida diaria; llegará a ser su discípulo quien sea audaz para seguirlo;  quien sea capaz de hacerse cargo de su propia vida y de la de los demás; al Señor no se le sigue por terapia ocupacional, ni por pasatiempo; se le sigue porque su llamado ha calado en el corazón y se quiere compartir con Él un proyecto vital, que puede realizarse en distintas circunstancias o estados de vida y que implica toda la existencia no retazos.

 

 

[1] Cf. V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 55-56.

Saberse amado

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El Bautismo del Señor – Ciclo C

Textos 

+ Del evangelio según san Lucas (3, 15-16. 21-22)

En aquel tiempo, como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan el Bautista era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.

Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado. Mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Concluye el ciclo de Navidad e inicia la primera etapa del tiempo ordinario. Contemplamos la escena del Bautismo del Señor en la narración de San Lucas.

Jesús se revela en las orillas del Jordán

Aparece como adulto, en público, junto a Juan el Bautista a quien acudían muchas personas para que les administrara el bautismo. El evangelista señala que «el pueblo estaba en expectación». De esa manera describe el movimiento que se generó en torno a Juan, quien con su predicación y su estilo de vida despertó la esperanza en un pueblo cansado, agobiado y, de alguna manera, desilusionado.

La gente deja sus casas y compromisos habituales para llegar hasta Juan y al recibir el bautismo de conversión que él administraba hacen patente su deseo de un mundo nuevo, un mundo diferente y su disposición de cambiar de vida, para favorecer así el advenimiento del Reino, el cumplimiento de la promesa de Dios. No se puede esperar un mundo nuevo cuando se vive en el egoísmo o en el pecado. Es legítimo anhelar un mundo diferente, querer que las cosas sean distintas, este anhelo, si es auténtico, debe ir acompañado de un compromiso en primera persona.

La gente pensaba que Juan era el Mesías

Sin embargo el Bautista no se aprovechó de la circunstancia, no generó en torno a él un movimiento político, ni se endiosó a sí mismo. Con humildad se presentó como precursor diciéndoles «es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

Jesús también va a al Jordán, y se pone en fila, junto con la muchedumbre, para ser bautizado. Contemplamos aquí una vez más la ‘lógica’ de la encarnación. El Hijo de Dios se hizo hombre, nació en el seno de una familia, formó parte de un pueblo y compartió con éste sus esperanzas. «El Hijo de Dios, el que no tiene pecado, se mezcla con los pecadores, muestra la cercanía de Dios al camino de conversión del hombre. Jesús carga sobre sus hombros el peso de la culpa de toda la humanidad, comienza su misión poniéndose en nuestro lugar, en el lugar de los pecadores, en la perspectiva de la cruz.» (Benedicto XVI)

A esta humillación, expresión de la total obediencia de Jesús a su Padre Dios, corresponde la exaltación del Hijo por parte de Dios. Jesús estaba recogido en oración y «mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco

Jesús oraba

El movimiento en torno a Juan es un movimiento religioso no político. Jesús se sumó a esta expectativa y con su oración hace explícita su total esperanza y confianza en la fidelidad de Dios. Al descender el Espíritu Santo y escucharse la voz del cielo «el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre los hombres y nos revelan su amor que salva» (Benedicto XVI).

El evangelio hace patente, mientras Jesús oraba, la identidad de Jesús: Él es el Hijo amado. El itinerario discipular pasa por esta experiencia; saberse amado por Dios es fundamental para la identidad cristiana. Tomar conciencia de ello hasta llegar a la certeza del amor fiel de Dios marca el itinerario espiritual del discípulo.

Con un signo, Jesús purifica la experiencia religiosa; enseña a sus discípulos a vivir “sumergidos” en Dios a partir de la experiencia fundamental de saberse amados por Él, llenos de su Espíritu; es decir, vivir en su presencia y de no de manera ocasional, ni por medio de ritos sin significado; tampoco con temor ni con pretensión de merecimiento. Dios viene a nuestro encuentro en Jesucristo para hacernos saber que nos ama, que somos hijos del amor, que nuestra vocación es amar y nuestra misión en la vida llevar ese amor a quien Dios pone junto a nosotros.

Jesús nos enseña que la relación con Dios es personal, que no es delegable, ni transferible; que pide tiempo para estar a solas con Él en la oración, silencio para escuchar su Palabra y llevar la experiencia de vivir en su presencia, a la vida de cada día, inspirando en el amor, en la verdad y en la justicia, la relaciones inter-personales y orientando toda actividad y empresa por el firme propósito de hacer el bien.

Nuestro bautismo

Por el don de la gracia bautismal, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros y habita en nuestros corazones para que vivamos inmersos en el amor de Dios. El punto de partida de esta experiencia es ver y recibir la vida como un don; reconocer el amor de Dios en las personas que nos han hecho el bien y en la belleza de la creación.

Tener viva la conciencia de ser bautizados nos descubre como hijos de la luz, «el Bautismo ilumina con la luz de Cristo, abre los ojos a su resplandor e introduce en el misterio de Dios a través de la luz divina de la fe.» (Benedicto XVI). El itinerario de la fe nos pide recorrer el camino de la vida con la luz de Cristo que nos ilumina de manera permanente en su Palabra, en la Eucaristía y en los pobres y necesitados.

El discípulo del Señor está llamado a ser luz para los demás. En el rito del bautismo se recomienda a los padres y padrinos del bautizado que le acompañen para que la luz bautismal no se apague. Hay en ello una indicación muy valiosa, cuya puesta en práctica es urgente rescatar en un mundo individualista: el buen ejemplo.

Aprendemos más de los ejemplos que de las palabras. Es válido para todos, no sólo para los niños. La vida virtuosa se aprende por imitación, por ello es importante tener en cuenta cada día que la gratuidad de los pequeños detalles de amabilidad, respeto, paciencia, servicialidad, cumplimiento responsable de las obligaciones, etc., es luz que ilumina la vida de quienes viven junto a nosotros que les permite descubrirse a si mismos amados por Dios.

 

Servir sin aferrarse

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12 de enero o sábado después de Epifanía

† Del evangelio según san Juan (3, 22-30)

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía. Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación.

Los discípulos fueron a decirle a Juan: “Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a él”. Contestó Juan: “Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: ‘Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de él’.

En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de oír su voz. Así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento, lleno de referencias históricas y geográficas, muestra cómo el evangelista está al tanto de una tradición histórica y la utiliza para conectar el ministerio profético del Bautista con el de Jesús.

Mientras la actividad misionera, tanto la de Jesús como la del Bautista, era floreciente, un incidente viene a turbar el ánimo de los discípulos de Juan. La ocasión viene dada por una discusión de estos últimos con un hombre que quizás había recibido el bautismo de los discípulos de Jesús. Objeto de la disputa es el valor de purificación del bautismo dado por los dos “rabí” y la relación existente entre los dos ritos. La respuesta del Bautista precisa, ante todo, un principio general válido para todo hombre que desempeña una misión: en la historia de la salvación nadie puede apropiarse una determinada función si no le es conferida por Dios; Juan afirma, además, la superioridad de Jesús. Y para precisar mejor la relación que él tiene con Jesús, explica la superioridad del papel propio de Jesús con un ejemplo sacado del ambiente judaico que se refiere a la relación entre el amigo del esposo y el esposo mismo durante una fiesta nupcial.

En esta imagen el Bautista no tiene dificultad en reconocer a Jesús en el papel de Mesías-esposo, venido para celebrar las bodas mesiánicas con la humanidad, y, por tanto, se presenta a sí mismo como el discípulo amigo del esposo. Él ha podido conocer al Mesías que comienza su misión, que recoge los primeros frutos de su trabajo y por ello se alegra constatando el cumplimiento definitivo del proyecto salvífico de Dios. Para el Bautista ha llegado el momento de sentirse plenamente feliz viendo a Jesús «crecer» mientras él mismo «disminuye». La rectitud del Bautista es un paradigma; en manera alguna es un oportunista que se aproveche del movimiento religioso que se suscitó con su predicación, tiene clara su identidad y su misión, la asume y la realiza con serenidad; llegado el momento sabe disminuir para permitir que Jesús crezca; honda lección de vida que enseña a servir sin aferrarse.

 

 

[1] Cf. G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 198-199.

Más allá del estigma

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11 de enero de viernes después de Epifanía

Textos

† Del evangelio según san Lucas (5, 12-16)

En aquel tiempo, estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero. Queda limpio”. Y al momento desapareció la lepra.

Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: “Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio”. Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús encuentra un leproso y lo cura, enseguida lo envía al sacerdote para que haga la ofrenda por la purificación y para que sirva de testimonio de la manifestación del amor de de Dios. El estigma social y religioso y físico, que entre los.judíos pesaba sobre las personas que vivían con lepra, hacía que su curación fuera considerada uno de los signos de la venida del Mesías. El estigma social excluía al enfermo de la comunidad de Israel, con la curación entra de nuevo a formar parte de ella; el estigma religioso lo hacia ver y sentir como maldito de Dios impisibilitado para rendir culto a Dios, la curación le hace experimentar el perdon y la misericordia de Dios y lo lleva de regreso al templo a presentar su ofrenda; el estigma físico tocaba directamente su autoestima al percibir con todos su sentidos la pudrición de su propia carne, la curación de Jesús lo cura, lo limpia, le devuelve la seguridad.

La curación realizada por Jesús es descrita con algunos elementos típicos: la súplica del enfermo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme»; la respuesta positiva de Jesús, que tocando al leproso realiza la curación: «Quiero, queda limpio»; el envío al sacerdote: «ve, preséntate al sacerdote…». Es de notar el valor que tiene a los ojos de Jesús la súplica del enfermo, oración humilde que se hace desde la vulnerabilidad; es notable también el gesto de Jesús, que toca al leprso a pesar de la prescripción legal que lo prohibía; Jesus actúa con libertad  por encima del estigma y pagará las consecuencias; en efecto, Marcos insinúa que después de la curación “no podía entrar en la ciudad”; notable también que la acción de Jesús no separa ni aisla, por el contrario incluye e integra.

Además de curar a los enfermos, Jesús se retira a lugares solitarios para orar. En esto reside la fuerza de Jesús y su irresistible atractivo: en su coloquio filial con el Padre. La oración no sólo lo sostiene frente a las muchas incomprensiones que experimenta en su ministerio público, sino que le permite sobre todo verificar su misión en la lógica de la voluntad de Aquel que lo envió al mundo a dar testimonio de su amor.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 163-164.

Profecía cumplida

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10 de enero o jueves después de Epifanía

Textos

† Del evangelio según san Lucas (4, 14-22)

En aquel tiempo, con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región. Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura.

Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Contemplamos una escena extraordinaria de la vida de Jesús, el punto de partida de su actividad pública y de evangelización en Galilea, caracterizada por el impulso del Espíritu Santo, por el entusiasmo de la gente que lo rodea y por su fama, que se difunde por todas partes .

En la sinagoga de Nazaret precisamente, Jesús lee e interpreta la palabra de Isaías 61,1-2, aplicándola a su persona. Traduce en presente la profecía de Isaías, que se convierte en el programa de toda su actividad mesiánica. Con él inicia, en efecto, el año de gracia o año jubilar; con él ha bajado a la tierra el Espíritu de Dios que traerá la salvación a la humanidad: « Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír ».

Jesús es el Cristo porque es el Ungido del Espíritu; el Reino que él anuncia es la verdad, la libertad y la novedad del mundo que Jesús hace nacer en los que lo escuchan y lo siguen. La gente queda maravillada por las palabras que proclama y todos lo reconocen. La liberación que Jesús trae está destinada de modo especial a los pobres, a los oprimidos, a los prisioneros y a los ciegos; el amor misericordioso de Dios actúa liberando, redimiendo de toda esclavitud, particularmente la causada por el sufrimiento, la marginación, la exclusión y el estigma; la tentación de quienes sufren es pensar que Dios los ha olvidado, la acción de Jesús demuestra la contrario y ese amor misericordioso es algo que tendrán que apropiarse sus discípulos.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 184-185.

¡No teman!

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caminar-sobre-el-agua 9 de enero o miércoles después de Epifanía

Textos

† Del evangelio según san Marcos (6, 45-52)

En aquel tiempo, después de la multiplicación de los panes, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a orar. Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo.

Al verlo andar sobre el agua, ellos creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban espantados. Pero él les habló enseguida y les dijo: “¡Animo! Soy yo; no teman”. Subió a la barca con ellos y se calmó el viento.

Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Tras la multiplicación de los panes Jesús ordena a sus discípulos partir solos con la barca, mientras él se retira al monte para orar. La oración de intimidad con el Padre no lo aisla, ni eclipsa el cuidado de sus discípulos. Éstos, en efecto, se encuentran en dificultades remando sobre el mar de las pruebas de sus vidas: la noche los sorprende, el viento contrario hace difícil su camino. Entonces Él va a su encuentro caminando sobre el mar. Jesús no quiere imponérseles con su milagro e « parecía que iba a pasar de largo». Sin embargo, ante su turbación, pues creían ver un “fantasma” se les acercaó, calmó el viento y les dijo: «¡Animo! Soy yo; no teman».

El estupor de los discípulos, unido a la falta de fe en Jesús les hace llenarse de pánico, porque no habían comprendido el signo de los panes ni la identidad misma de su Maestro, corno Mesías e Hijo de Dios. Las perspectivas de Jesús y las de sus discípulos son diversas: «tenían la mente embotada», corno sucedió en otro tiempo, cuando Israel atravesaba el desierto.

Los discípulos reconocieron al Maestro cuando escucharon su palabra que les hacia entender que lo que veían no era una visión de ultratumba sino una manifestación de Dios para que acabaran de entender en medio de sus incertudiumbres y miedos. Si el discípulo no está familiarizado con la Palabra del Maestro no lo reconocerá cuando en medio de la prueba salga a su encuentro para sostenerlo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 177.

¿Cuántos panes tienen?

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cinco panes y dos pescados 8 de enero o martes después de Epifanía

Textos

† Del santo evangelio según san Marcos (6, 34-44)

En aquel tiempo, al desembarcar Jesús, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando, y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Cuando ya atardecía, se acercaron sus discípulos y le dijeron: “Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despide a la gente para que vayan por los caseríos y poblados del contorno y compren algo de comer”. El les replicó: “Denles ustedes de comer”. Ellos le dijeron: “¿Acaso vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?” El les preguntó: “¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver”.

Cuando lo averiguaron, le dijeron: “Cinco panes y dos pescados”. Entonces ordenó Jesús que la gente se sentara en grupos sobre la hierba verde y se acomodaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomando los cinco panes y los dos pescados, Jesús alzó los ojos al cielo, bendijo a Dios, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran; lo mismo hizo con los dos pescados.

Comieron todos hasta saciarse, y con las sobras de pan y de pescado que recogieron llenaron doce canastos. Los que comieron fueron cinco mil hombres. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús es presentado como pastor compasivo que se conmueve ante la muchedumbre que lo sigue porque son como «ovejas sin pastor»; como un nuevo Moisés, primero instruye al pueblo con su palabra y después la alimenta multiplicando los panes y los peces. En esta tarea incluye también a sus discípulos: «denles ustedes de comer». El tema teológico que está en el trasfondo de todo el relato es la formación del nuevo pueblo de Dios, que será cuidado y alimentado por Dios, como lo fue el pueblo de Israel en el desierto; la mediadora será la comunidad de discípulos y el alimento la Eucaristía. Los discípulos no pueden desentenderse de las necesidades humanas; Dios se manifiesta en la compasión y no se puede predicar la Palabra del Señor si quien lo hace no es capaz de conmoverse ante las necesidades de los demás, compadecerse y hacer algo para remediarlas.

Otro detalle. Cinco mil hombres comieron hasta saciarse y sobraron «doce canastos llenos de trozas de pan y de pescado». Nada debe perderse de la mesa preparada por Jesús, debe alcanzar para todos y se debe pensar también en los que no están en ese momento allí. Los discípulos no se maravillan tanto del poder milagroso de su Maestro, cuanto del poder que tiene para dar a los hombres lo necesario para vivir bien cada día. Las palabras que dice y los hechos que Jesús realiza a favor de la humanidad no son sólo hermosas palabras o cosas teóricas, sino realidades que inciden sobre la vida y la historia de las personas y las transforman abriendo el horizonte ilimitado de la comunión con Dios.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 170.

Pedagogía del deseo

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Epifanía del Señor

Texto

+ Lectura del santo Evangelio según san Mateo (2, 1-12)

Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes.

Unos magos de Oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”.

Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron: “En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño, y cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo”.

Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño.

Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría.

Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron.

Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este Domingo del tiempo de Navidad, celebramos la  solemnidad de la Epifanía del Señor. Contemplamos a los magos de Oriente que viajan a Jerusalén guiados por una estrella buscando al Rey de los Judíos, esperanza de la humanidad.

Esta escena es el icono que representa a los hombres y mujeres que buscan a Dios con sincero corazón, búsqueda que nace no sólo de una motivación explícitamente religiosa, sino de los deseos humanos que, como la luz de la estrella, pueden orientar el camino interior del hombre.

El relato evangélico es de sobra conocido. «Difícilmente habrá otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía, pero también la investigación y la reflexión, como la historia de los ‘Magos’ venidos de ‘Oriente’. Una narración que el evangelista Mateo pone inmediatamente después de haber hablado del nacimiento de Jesús.»[1]

«Hemos visto su estrella…»

Algunos  estudiosos de la Sagrada Escritura opinan que la pregunta sobre la estrella de la que habla el evangelio y si ésta existió realmente es una cuestión que tiene poco sentido. Sin embargo, «en gran parte de la tradición de la Iglesia se ha resaltado el aspecto extraordinario de la estrella», la conclusión de los estudiosos es que «la gran conjunción de Júpiter y Saturno en el signo de Piscis en los años 7-6 a. C. parece ser un hecho constatado.»[2] Junto a la verdad acerca de la existencia del astro brillante, está la cuestión del significado; esta estrella no tendría relevancia ni significado si los magos sino hubieran sido movidos interiormente por la esperanza de la estrella que habría de surgir de Jacob.

Los hombres que se ponen en camino guiados por este astro son descritos como Magos, éste término tiene una considerable gama de significados, algunos con connotación positiva, otros con connotación negativa. La acepción más adecuada para nuestro relato es la que identifica a los magos con hombres sabios –astrónomos, filósofos- y profundamente religiosos.

En el ambiente de la época del nacimiento de Cristo bullían expectativas «según las cuales surgiría en Judá el dominador del mundo…».[3] En la Escritura se tiene el testimonio de un profeta pagano, Balaán, -de cuya existencia histórica se tiene un dato extra bíblico- que anunció la promesa de salvación diciendo: «Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero será pronto Avanza una estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel…»[4] Es posible que esta profecía, de un no judío -un pagano-, fuera conocida más allá del pueblo judío y motivara o inquietara a los buscadores de la verdad.

El símbolo de la estrella se puede entender entonces como un mensaje de esperanza, descifrable para las personas que además de los conocimientos científicos de la época tenían en su interior inquietudes y eran hombres capaces de ponerse en camino, de salir de su mundo, movidos por una luz interior: el deseo de verdad.

Símbolo de nuestros deseos

La luz de la estrella podríamos verla como un símbolo de nuestros deseos. De esa manera el relato evangélico da también luz a nuestra vida iluminando la experiencia de los deseos humanos , que son importantes y que tienen un enorme potencial para hacernos crecer en humanidad y también para degradarnos.

Desear es aspirar con vehemencia el conocimiento, la posesión o el disfrute de algo; esta palabra se identifica también con el impulso interior para satisfacer una necesidad instintiva.

La palabra deseo tiene una historia interesante procede del latín vulgar desidium –ociosidad, deseo, libido-, a su significado se añadió el influjo analógico del verbo desiderare –echar de menos, anhelar- con lo que los usos semánticos de deseo/desear se ampliaron notablemente. Desiderare es un verbo que se compone de sidus, sideris, –astro– con el prefijo ‘de’ y su uso semántico pertenece al campo religioso. En esta hipótesis, desiderare podría significar –dejar de contemplar-, -dejar de ver-.

Dice Benedicto XVI[5] que en esta lógica, nuestros deseos son ambivalentes: ciegan y encierran en la oscuridad del propio ego o iluminan y liberan del ensimismamiento, como la estrella de los Magos, ponen en camino para crecer en el conocimiento de nosotros mismos y de Dios. El deseo humano tiende siempre a bienes concretos, no espirituales, que siempre plantean el interrogante sobre cuál es de verdad el bien que se busca y que es algo distinto de sí mismo, que no está en manos del hombre construir, pero si reconocer.

Por ejemplo, la experiencia del amor humano lleva a la persona a salir de ella misma; el deseo supera a la persona y le hace ir al encuentro del otro/a para experimentar -uno y otro- la grandeza y la belleza de la vida. La purificación del deseo implica ir al encuentro del otro, por él mismo, por su bien, y no por un impulso egoísta, narcisista y manipulador.

Este dinamismo del amor, dice el Papa, se traduce en una peregrinación «como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios.»[6] La profundización de ese camino lleva a la constatación de que ni siquiera la persona amada es capaz de saciar el deseo que alberga en el corazón humano. La experiencia humana del amor remite más allá de uno mismo, «es experiencia de un bien que lleva a salir de sí y a encontrase ante el misterio que envuelve toda la existencia.»[7]

Dice el Papa, refiriéndose a que existen otras experiencias humanas del deseo, que «cada deseo que se asoma al corazón humano se hace eco de un deseo fundamental que jamás se sacia plenamente» y que «la experiencia del deseo… atestigua que el hombre es, en lo profundo, un ser religioso».[8]

Pedagogía del deseo

El Papa[9] ve en la experiencia humana del deseo la posibilidad de «abrir un camino hacia el auténtico sentido religioso de la vida, que muestra cómo el don de la fe no es absurdo, no es irracional». A ello serviría «promover una especie de pedagogía del deseo» tanto en la experiencia de los que no creen como de quienes ya han recibido el don de la fe.

Esta «pedagogía del deseo» por una parte nos ayudaría a aprender o re-aprender el gusto de las alegrías auténticas de la vida. La satisfacción del deseo no tiene siempre el mismo efecto, en ocasiones pacifica el alma, nos hacen más activos y generosos, pero en otras ocasiones dejan amargura, insatisfacción sensación de vacío.

Educar desde la tierna edad a saborear las alegrías verdaderas en todos los ámbitos de la existencia significa ejercitar el gusto interior para superar la banalización y la mediocridad. Ello permite que surja el deseo de Dios.

Por otra parte la pedagogía del deseo lleva a no conformarse nunca con lo que se ha alcanzado. Las alegrías verdaderas son capaces de inquietarnos y hacernos comprender que nada finito puede colmar nuestro corazón. Y esto nos pone en camino, nos hace peregrinos, como los magos guiados por la estrella, hacia el bien que no podemos construir o procurarnos con nuestras fuerzas.

Como experiencia humana el deseo en lugar de liberar, de impulsar hacia el crecimiento en humanidad, puede encerrar a la persona en su egoísmo, o conducirla a una búsqueda narcisista de su propio yo. A este respecto no debemos olvidar –dice el Papa- «que el dinamismo del deseo está siempre abierto a la redención. También cuando este se adentra por caminos desviados, cuando sigue paraísos artificiales y parece perder la capacidad de anhelar el verdadero bien. Incluso en el abismo del pecado no se apaga en el hombre esa chispa que le permite reconocer el verdadero bien, saborear y emprender así la remontada, a la que Dios, con el don de su gracia, jamás priva de su ayuda.»[10]

 

[1] Benedicto XVI-Joseph Ratzinger, La Infancia de Jesús, p.. 93

[2] Ibíd. pp. 103.105

[3] Ibíd. p. 100.

[4] Núm 24,17

[5] Cf. Benedicto XVI, Catequesis en la Audiencia General del 7 de noviembre de 2012.

[6] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus Caritas est, No. 6

[7] Cf. Benedicto XVI, Catequesis en la Audiencia General del 7 de noviembre de 2012.

[8] Ibídem.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem.

Yo lo vi

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3 de enero

Textos

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan (1, 29-34)

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacía él, y exclamó: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’.

Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio sigue acompañando nuestros pasos detrás de Jesús. Juan abre este periodo de la vida pública de Jesús con la narración de su bautismo en el Jordán. Este, al ver a Jesús venir hacia él, lo reconoce: es el Mesías. Aunque no lo había conocido antes a pesar de estarle preparando el camino con su palabra y con el bautismo de penitencia-, intuye que está ante el Mesías de Dios. Esperaba encontrarle, y el momento por fin había llegado y en este pasaje del Evangelio aparece de forma mucho más claro que es Jesús quien va al encuentro del Bautista, como viene al encuentro de cada uno de nosotros.

Juan declara: «Yo no le conocía». La afirmación podría parecer poco creíble, ya que los Evangelios los presentan como parientes y coetáneos. En todo caso Juan no conocía el verdadero rostro de Jesús: el del Mesías, salvador. Ahora, tras haber realizado su camino interior con la práctica de la penitencia y de la escucha, lo reconoce y da testimonio de él afirmando ante las multitudes que se habían congregado junto al Jordán: «He ahí el cordero de Dios».

Hay un momento en la vida de todo creyente en que el Señor que no se conocía es finalmente conocido y amado. Este momento, en el que se abren los ojos y se reconoce a Jesús como salvador, es sin embargo el resultado de un camino interior hecho de lucha contra nuestro orgullo y autosuficiencia y de escucha de la Palabra, de oración comunitaria y personal, de amor hacia los pobres. Quien persevera en este camino alcanzará el momento en que los ojos del corazón se abren y podrá reconocer a Jesús como el Señor de su vida. Y como el Bautista, también él dará testimonio de él ante los hombres.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 47.

¿Quién eres tú?

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vozqueclama 2 de enero

Texto

† Lectura del santo Evangelio según san Juan (1, 19-28)

Este es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?” El reconoció y no negó quién era. El afirmó: “Yo no soy el Mesías”.

De nuevo le preguntaron: “¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?” El les respondió: “No lo soy”. “¿Eres el profeta?” Respondió: “No”.

Le dijeron: “Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron.

¿Qué dices de ti mismo?” Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor’, como anunció el profeta Isaías”.

Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: “Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?” Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.

Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de hoy nos presenta nuevamente a Juan el Bautista. Es un hombre justo y austero, vive en el desierto, lejos de Jerusalén, la capital religiosa y política de Israel. Sin embargo, una multitud de personas acuden a él para recibir un bautismo de penitencia y ser así regeneradas a una vida más serena. Todos lo estiman, hasta el punto de señalarlo como el Mesías, o como Elías, o como un gran profeta.

En aquel tiempo, como en nuestros días, había una extraordinaria necesidad de esperanza. Siempre necesitamos ayuda, pero todavía más cuando los tiempos son difíciles. La tentación de buscar salvadores es peligrosa, y peligroso es también pensar en nosotros mismos como salvadores. El Bautista lo había comprendido bien y destaca por su honestidad. De sí mismo, reconoció no ser ni el Mesías, ni Elías, ni el Profeta y decía: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: preparen el camino del Señor». Y ¿qué es una voz? Poco más que nada. Sin embargo, las palabras que el Bautista pronunciaba no eran vanas, es más, tocaban el corazón de quienes le escuchaban. Esta era su fuerza: una fuerza débil pero que conseguía tocar el corazón de quien lo escuchaba porque en esas palabras había una fuerza espiritual.

Juan representa a los testigos del Evangelio que en la historia han sido voz que señala a Jesús a los hombres de su tiempo con autoridad espiritual. Juan no se pertenece, no es el centro de la escena; él indica a otro: al Señor.

El testimonio de Juan nos invita a descentrarnos, a renunciar a usurpar el lugar del Señor y a asumir protagonismos estériles; a renunciar a nosotros mismos para conducir a otros al encuentro de la verdad; para llevar a otros a encontrarse con Jesús donde Él ha querido manifestarse: su Palabra, la Eucaristía y los pobres.

 

 

 

[1] Cf. V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 47.

Paz y bendición

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1o. de enero

Textos

Del libro de los Números (6, 22-27)

En aquel tiempo, el Señor habló a Moisés y le dijo: “Di a Aarón y a sus hijos: ‘De esta manera bendecirán a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz’. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré”. Palabra de Dios.

+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas (2, 16-21)

En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño y cuantos los oían, quedaban maravillados. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón.

Los pastores se volvieron a sus campos, alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado. Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús, aquel mismo que había dicho el ángel, antes de que el niño fuera concebido. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje [1]

El primer día del año civil la Iglesia celebra la fiesta de María, Madre de Dios, y, a pesar de que las lecturas bíblicas, además de concentrarse sobre María, ponen de relieve a su Hijo y su nombre, lo cual, lejos de reducir la función de María en la vida de la Iglesia, la subrayan justamente al colocarla como madre junto al Hijo. Esta lectura recuerda la antigua bendición que los sacerdotes impartían al pueblo la víspera de las solemnidades litúrgicas, especialmente en la fiesta del año nuevo. Bendecir al pueblo era prerrogativa del rey y del sacerdote, que, actuaban en nombre de Dios. La fórmula recuerda los favores que Dios concederá al pueblo que está en su presencia. Particularmente significativos son los dos términos que abren y cierran la fórmula: bendición, «te bendiga»; y paz, «te conceda la paz». El primero indica la acción de Dios hacia el pueblo, que es benevolencia, protección y favor y significa invocar sobre ellos su nombre, para que el Señor sea fuente de salvación. El segundo indica el contenido de los dones de Dios, y se resume en el don mesiánico de la paz, esto es, de la plenitud de la felicidad. La palabra shalom tiene un significado bastante amplio y comprende plenitud, integridad de la vida, pero sobre todo el estado del hombre que vive en armonía con Dios, consigo mismo y con la naturaleza.

En realidad es el hombre nuevo, plenamente abierto a Dios, de quien Jesús es figura y modelo, porque en él se realiza el encuentro de las libertades humana y divina. Y Dios la concede a quien la busca en la solidaridad entre los hombres.

En la escena del evangelio, los pastores van a la gruta de Belén, encuentran al Niño en el pesebre y, luego de adorarlo, refieren el hecho y todos quedan maravillados. Después se vuelven a sus rebaños en la alegría y la alabanza por la extraordinaria experiencia vivida.

Pasados los ocho días del nacimiento del Niño, fue celebrado el rito de la circuncisión, mediante el cual él entró a formar parte del pueblo elegido y se le impuso el nombre «Jesús», que quiere decir: «Dios salva». Ante todos estos acontecimientos María conserva todo en su corazón y medita todas estas cosas, dándoles el justo sentido: «María guardaba todos esos recuerdos y los meditaba en su corazón». María aparece así como la Madre que sabe interpretar los hechos del Hijo.

Hay, pues, diversas actitudes que se pueden asumir ante el Cristo: la búsqueda pronta y gozosa de los pastores, el asombro y la alabanza de aquellos que intervienen en el hecho, el relato a otros de la experiencia vivida. Para el evangelista sólo María adopta la postura del verdadero creyente, porque ella sabe guardar con sencillez lo que escucha y meditar con fe lo que ve, para ponerlo todo en su corazón y transformar en plegaria la salvación que Dios le ofrece.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 112-115.

En el principio 

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papiro.jpg31 de diciembre

Textos

De la primera carta del apóstol san Juan (2, 18-21)

Hijos míos: Esta es la última hora. Han oído ustedes que iba a venir el anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido ya, por lo cual nos damos cuenta de que es la última hora. De entre ustedes salieron, pero no eran de los nuestros; pues si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para que se pusiera de manifiesto que ninguno de ellos es de los nuestros. Por lo que a ustedes toca, han recibido la unción del Espíritu Santo y tienen así el verdadero conocimiento. Les he escrito, no porque ignoren la verdad, sino porque la conocen y porque ninguna mentira viene de la verdad. Palabra de Dios.

+ Del evangelio según san Juan (1, 1-18)

En el principio ya existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Ya en el principio él estaba con Dios. Todas las cosas vinieron a la existencia por él y sin él nada empezó de cuanto existe. El era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron. Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino testigo de la luz. Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba; el mundo había sido hecho por él y, sin embargo, el mundo no lo conoció. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, los cuales no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre, sino que nacieron de Dios.

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando: “A éste me refería cuando dije: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’”. De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés, mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha revelado. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este breve fragmento de Juan debe ser comprendido a la luz de la mentalidad del tiempo en que el Apóstol escribe. Juan exhorta a la comunidad cristiana a la vigilancia por la inminente «última hora» de la historia, marcada por un violento ataque del enemigo del pueblo de Dios llamado «anticristo» símbolo de todas las fuerzas hostiles a Dios y personificado en la figura de los herejes. El tiempo final de la historia, cierto, no debe ser entendido en sentido cronológico sino teológico, es decir, como tiempo decisivo y último de la venida de Cristo, tiempo especialmente de lucha, de persecuciones y de prueba para la fe de la comunidad. Cuando las dificultades se hacen más opresoras, advierte el Apóstol, el fin está cerca, el mundo nuevo se perfila en el horizonte y la señal es dada justamente por los herejes que difunden el error. Estos, si bien pertenecieron un tiempo a la comunidad, se han mostrado sus enemigos al abandonar la Iglesia y obstaculizando su camino.

Es una experiencia dolorosa conocer que la voluntad de Dios permite que Satán encuentre a menudo sus instrumentos precisamente dentro de la comunidad eclesial. A éstos, sin embargo, se contraponen los auténticos discípulos de Jesús, aquellos que han recibido la «unción del Espíritu Santo», es decir, la Palabra de Cristo y su Espíritu que, a través del bautismo, les enseña la verdad completa. Tal verdad se refiere a la persona de Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, como aclara el Apóstol y no a un Jesús aparentemente humano, figura de una realidad sólo espiritual, como dicen los herejes.

El prólogo de Juan, a diferencia de los relatos de los evangelios de la infancia, no narra las vivencias históricas del nacimiento y primera infancia de Jesús, sino que describe, en forma poética, el origen de la Palabra en la eternidad de Dios y su persona divina en el amplio horizonte bíblico del plan de salvación que Dios ha trazado para el hombre. Esta presentación de Jesús-Palabra se hace en tres momentos.

La «preexistencia» de la Palabra, real y en comunión de vida con Dios; él nos puede hablar del Padre porque posee la eternidad, la personalidad y la divinidad. 2. Después, la venida histórica de la Palabra entre los hombres de cuya luz fue testigo el Bautista; esta luz pone al hombre ante una opción de vida: rechazo o acogida, incredulidad o fe; sólo la acogida favorable permite la filiación divina, que no procede ni de la carne ni de la sangre, esto es, de la posibilidad humana. 3. Finalmente la encarnación de la Palabra como punto central del prólogo. Esta Palabra, que había entrado por primera vez en la historia humana con la creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrar el amor infinito de Dios. En él la humanidad creyente puede contemplar la gloria del Señor, no una gloria como la de Moisés, revelador imperfecto de la Ley que puede hacer esclavos, sino la de Jesús, el Revelador perfecto y escatológico de la Palabra que hace libres, el verdadero Mediador humano-divino entre el Padre y la humanidad, el único que nos manifiesta a Dios y nos lo hace conocer.

El último día del año somos invitados a contemplar la encarnación del Hijo de Dios como una nueva creación; la misma Palabra creadora de Dios asumió la carne humana para dejarnos conocer a Dios; sólo Dios puede darse a conocer a sí mismo, Él es principio y fin. En la transición de fin de año y año nuevo, el creyente puede situarse con gratitud volviendo la mirada al año transcurrido y con esperanza frente a los días porvenir.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 105-108.

Jesús adolescente

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sagrada famliaLa Sagrada Familia

 Texto

 + Del evangelio según san Lucas (2, 41-52)

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.

Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando, llenos de angustia”. El les respondió: “¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas. Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

 El Domingo en la Octava de Navidad celebramos a la Sagrada Familia. La intensidad de la celebración navideña sigue, ahora contemplamos otro aspecto del misterio de la Encarnación: El Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza humana en todo, menos en el pecado, y nació en el seno de una familia.

La escena evangélica para la contemplación de la Familia de Nazaret este año es la que en la devoción popular enunciamos como “el niño Jesús perdido en el Templo de Jerusalén” y de la que quizá hemos hecho muchas consideraciones tomando en cuenta el dolor de María y de José ante su hijo extraviado o la sabiduría con la que el adolescente Jesús dialogaba con los sabios y entendidos en las cosas de Dios, como si ya desde niño lo supiera todo..

Los judíos piadosos, y José y María lo eran, cumplían con las prescripciones de la Ley y esta les pedía estar en el templo de Jerusalén tres veces al año: para las fiestas de la Pascua, de las Semanas y de las tiendas.

Algunos han querido ver en la presencia de Jesús, a los 12 años, en el templo de Jerusalén su participación en el rito judío del Bar-Mitzvá, que marcaba el paso de la infancia a la vida adulta, haciendo del joven judío un sujeto de derechos y deberes dentro de la sociedad.

El Papa Benedicto, en su reciente libro sobre la infancia de Jesús ve en este hecho una muestra fehaciente de la religiosidad de la familia de Jesús. Al respecto dice: «Para los niños, la obligación entraba en vigor a partir de los trece años cumplidos. Pero también se aplicaba al mismo tiempo la prescripción de que debían ir acostumbrándose paso a paso a los mandamientos. Para esto podría servir la peregrinación a los doce años…»[1]

Detengámonos en algunos elementos del relato evangélico.

El camino.

La familia de Nazaret es peregrina. Su destino es Jerusalén, el templo, el lugar donde Dios habita. La prescripción judía de ir al templo implica una manera de entender la vida: ser un pueblo en camino; y tener una meta en la vida: Dios. En el encuentro con Dios en su Templo el pueblo de Israel renueva su identidad y su unidad. «La Sagrada Familia se inserta en esta gran comunidad en el camino hacia el templo y hacia Dios»[2]

¿Fueron descuidados José y María? ¿Se desentendieron de Jesús? ¿Cómo es posible que se hayan puesto en camino sin darse en cuenta que su hijo no iba con ellos? Preguntas como esta se podrían hacer si se desconocen las costumbres judías de la época. Por el contrario, en el hecho encontramos una indicación que nos deja conocer que «en la Sagrada Familia la libertad  la obediencia estaban muy bien armonizadas una con otra. Se dejaba decidir libremente al niño de doce años el que fuera con los de sus edad y sus amigos y estuviera en su compañía durante el camino. Por la noche, sin embargo, le esperaban sus padres»[3]

El hecho que Jesús se haya quedado en Jerusalén es otro asunto; tiene que ver con la misión del Hijo.

Jesús en el Templo

Jesús «se quedó en Jerusalén», como quien permanece en un lugar porque tiene allí una cita y toma así la primera decisión de su vida. Lucas lo describe «sentado en medio de los maestros», les escuchaba y les preguntaba, sorprendiéndoles por su inteligencia y por sus respuestas.

La respuesta de Jesús a sus padres, que con razonable preocupación le piden una explicación a su conducta, es reveladora. El hijo tiene que estar en la casa de su padre. «¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre.» Jesús es consciente de quién es su Padre. En este sentido, corrige a María que le dice «tu padre y yo». Jesús es consciente de su deber, «debo ocuparme», indicando que conoce cuál es la voluntad de Dios, su Padre, a la que debe someterse.

Contemplamos pues a un jovencito de doce años, no sólo consciente de su identidad, sino con una conciencia bien formada, capaz de distinguir el querer de Dios y una voluntad desarrollada para querer cumplir en todo lo que Dios quiere.

Mucho se podría discutir desde la psicología evolutiva. Lo cierto es que a los doce años se llega a la madurez de una etapa de la vida en la que se ha desarrollado la capacidad para ejercer la libertad, se ha formado de la conciencia y se ha fortalecido la voluntad. Es un serio desafío para los padres de familia y para los responsables de la formación de los adolescentes acompañarles para que en esta etapa de la vida lleguen por si mismos a tener: claridad en su identidad, una experiencia gozosa de Dios y la oportunidad de tomar decisiones libres y responsables.

Los padres de Jesús

No podemos pasar por alto la angustia de José y de María. Lucas nos la hace sentir al decirnos que al encontrarlo en el templo, María le preguntó «¿por qué nos has hecho esto, tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia»; como en contraste, el evangelista narra la sorprendente respuesta de un jovencito autónomo, consciente de lo que hace: «y, ¿por qué me buscaban?» El comportamiento de Jesús tiene una razón de ser. José y María tienen que descubrirlo. En su comportamiento el busca hacer el querer de Dios. Es sorprendente. Para Jesús está todo claro y para sus padres no.

Y aquí la gran lección de María que «meditaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» No es sólo paciencia, es contemplación. María encontraba lo que Dios le decía en cada palabra y en cada acontecimiento de la vida de Jesús. Tarea no fácil, pero que seguramente nos ayuda a comprender cómo es que pudo estar junto a su Hijo «de pie junto a la Cruz»

María se nos presenta como maestra de espiritualidad. Nos enseña a vivir un camino de crecimiento espiritual confrontando los acontecimiento de nuestra vida con la Palabra, aguardando pacientemente en los momentos de ignorancia o confusión y confiando en la promesa de Dios, permitiéndole conducir nuestra historia de acuerdo a su pedagogía amorosa.

El epílogo de Lucas es muy interesante. Nos dice que Jesús «volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad» y concluye señalando que «...iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres». La autoridad de los padres no es un obstáculo para la autonomía. José y María la ejercieron de manera que Jesús pudo llegar a este momento con total conciencia de si mismo y de su relación con su Padre Dios, por eso regresa con ellos y continúa creciendo en el conocimiento de Dios y de su voluntad.

Jesús crecía en sabiduría. Saberlo nos ayuda a no tener un pretexto para tomar distancia de su historia y ver la nuestra como algo totalmente distinto, como cuando argumentamos diciendo: “es que Él era Dios….” Nuevamente nos ayuda el Papa Benedicto XVI: Jesús «En cuanto hombre, no vive en una abstracta omnisciencia –saberlo todo-, sino que está arraigado en una historia concreta, en un lugar y en un tiempo, en las diferentes fases de la vida humana y de eso recibe la forma concreta de su saber. Así se muestra aquí de manera muy clara que él ha pensado y aprendido de un modo humano»[4]

Tenemos este domingo la oportunidad de que la luz de la Palabra ilumine la vida de nuestras familias y orientarlas para que a semejanza de la familia de Nazaret sean espacios en los que cada persona pueda crecer, en su libertad, en su conciencia, en capacidad de tomar decisiones, pero sobre todo, en su relación con Dios y en el conocimiento de su voluntad.

 

[1] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, La infancia de Jesús, pág. 126

[2] Ibíd. p. 127

[3] Ibídem.

[4] Ibíd. p. 132

Inocentes

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Santos Inocentes 28 de diciembre

Textos

De la primera carta del apóstol san Juan (1, 5–2, 2)

Queridos hermanos: Este es el mensaje que hemos escuchado de labios de Jesucristo y que ahora les anunciamos: Dios es luz y en él no hay nada de oscuridad. Si decimos que estamos con Dios, pero vivimos en la oscuridad, mentimos y no vivimos conforme a la verdad. Pero, si vivimos en la luz, como él vive en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado.

Si decimos que no tenemos ningún pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si, por el contrario, confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos purificará de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, hacemos pasar a Dios por mentiroso y no hemos aceptado verdaderamente su palabra.

Hijitos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguien peca, tenemos como intercesor ante el Padre, a Jesucristo, el justo. Porque él se ofreció como víctima de expiación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo enteroPalabra de Dios.

+ Del evangelio según san Mateo (2, 13-18)

Después de que los magos partieron de Belén, el ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allá hasta que yo te avise porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó y esa misma noche tomó al niño y a su madre y partió para Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes.

Así se cumplió lo que dijo el Señor por medio del profeta: De Egipto llamé a mi hijo. Cuando Herodes se dio cuenta de que los magos lo habían engañado, se puso furioso y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, conforme a la fecha que los magos le habían indicado. Así se cumplieron las palabras del profeta Jeremías: En Ramá se ha escuchado un grito, se oyen llantos y lamentos: es Raquel que llora por sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya están muertos. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La fiesta de los santos inocentes, colocada tan próxima al misterio de Navidad, pone de relieve no sólo el don del martirio, sino la gran verdad que la muerte del inocente revela: la maldad del pecador, como Herodes, siembra odio y muerte, mientras el amor del justo inocente, como Jesús, porta frutos de vida y de salvación. También la Carta de Juan nos presenta el mundo dividido en dos partes: el de la luz, el mundo de Dios, y el de las tinieblas, el mundo de Satán. Quien «camina en la luz» y «practica la verdad» vive en comunión con Dios y con los hermanos y es purificado de todo pecado por la sangre de Jesús derramada en la cruz. Quien, por el contrario, «camina en las tinieblas» y «no practica la verdad» se engaña a sí mismo, no vive en comunión con Cristo ni con los hermanos y está lejos de la salvación. Los verdaderos creyentes, en efecto, reconocen ante Dios y ante sí mismos su pecado, lo confiesan y, confiando en el Señor, «justo y fiel», son salvados. Los malvados, por el contrario, no reconocen sus pecados, hacen vano el sacrificio de Jesús y su Palabra de vida no puede transformarlos interiormente.

En conclusión, Juan exhorta al cristiano a recurrir a Jesús como «abogado junto al Padre», porque es Él quien expía no sólo los pecados de sus fieles, sino los de la humanidad entera. Cierto, el cristiano no debe pecar, pero en el caso de tener la experiencia del pecado, lo más importante es reconocerse pecador y, confiando en la misericordia de Aquel que puede liberarlo de su pobreza moral, restablecer inmediatamente la comunión con Dios.

El fragmento del evangelio de la infancia de Mateo narra una de las muchas pruebas de incomodidad y de sufrimiento vividas por la familia de Nazaret. Después de que se fueron los Magos, José, advertido en sueños por el ángel del Señor, lleva a María y al Niño a Egipto para escapar del odio homicida de Herodes que, -en su locura- ha decidido matar a los recién nacidos del territorio de Belén. La Sagrada Familia experimenta así, integrada en una dolorosa vivencia de persecución, un período de huida de su propia tierra, de incertidumbre acerca del propio destino, de marginación y de rechazo.

El lenguaje escueto de Mateo sugiere que para esta familia no hay especiales privilegios respecto de las otras. Jesús es un Dios venido a nosotros, pero su gloria está encerrada en una apariencia de derrota. En su camino no hay sólo Magos que lo buscan, hay también un Herodes que, a la noticia de su nacimiento se turba. Jesús permanece signo de contradicción: hay quien lo busca para adorarlo y quien lo busca para matarlo.

En realidad, el relato evangélico en su contexto pone de relieve también otro tema: la vivencia humana de Jesús, ya desde su infancia, es leída sobre la falsilla de la vida de Moisés y de su pueblo. El nacimiento de Moisés y de Jesús coincide en la matanza de niños hebreos inocentes; ambos van a Egipto, en ambos se cumple la Palabra: «De Egipto llamé a mi hijo». Por último, la profecía sobre Raquel que llora a sus hijos nos recuerda que Jesús es el Mesías buscado y rechazado, en quien se cumplen las promesas de Dios y las esperanzas de los hombres.

Contemplamos el martirio de los inocentes a manos del cruel Herodes;  anticipo del martirio de Jesús, también Víctima inocente de un sistema religioso y político que se vio desafiado por su veracidad y por su mansedumbre. La sangre de los inocentes clama al cielo y el cielo no es sordo a ese clamor. En nuestro tiempo no pasan desapercibidas las víctimas inocentes de los poderosos que con tal de seguir detentando el poder no vacilan en atropellar los derechos y la vida de muchos inocentes.

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 84-87.

Paz y alegría

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Natividad 25 de diciembre

La Natividad del Señor

Textos

Lectura del libro del profeta Isaías (9, 1-3.5-6)

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció. Engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría. Se gozan en tu presencia como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín. Porque tú quebrantaste su pesado yugo, la barra que oprimía sus hombros y el cetro de su tirano, como en el día de Madián.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva sobre sus hombros el signo del imperio y su nombre será: “Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre sempiterno”, “Príncipe de la paz”; para extender el principado con una paz sin límites sobre el trono de David y sobre su reino; para establecerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y para siempre. El celo del Señor lo realizará. Palabra de Dios.

Evangelio

+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas (2, 1-14)

Por aquellos días, se promulgó un edicto de César Augusto, que ordenaba un censo de todo el imperio. Este primer censo se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a empadronarse, cada uno en su propia ciudad; así es que también José, perteneciente a la casa y familia de David, se dirigió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, para empadronarse, juntamente con María, su esposa, que estaba encinta.

Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños. Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz y se llenaron de temor.

El ángel les dijo: “No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.

De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!” Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El oráculo de Isaías presupone una situación dramática para el país de Israel, porque el estrépito de las armas resuena por doquier. La invasión asiria (siglo VIII a.C.) comenzada en Galilea amenaza ya la misma Judea y Jerusalén, y el pueblo, bajo el terror enemigo, camina en la oscuridad y no sabe adónde dirigirse. A esta gente sin esperanza anuncia el profeta: «El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz». Luego, dirigiéndose a Dios, exclama: «Acreciste la alegría, aumentaste el goza» .

¿Qué es lo que permite a los hombres pasar de las tinieblas a la luz, de la tristeza a la alegría? La alusión de Isaías se refiere a la huida de los Asirios, pero el profeta de Dios habla también de fuga de todo enemigo. Anuncia la alegría por el que será: «Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz», el que, verdadero héroe de Israel cumplirá todo esto. Pero ¿cómo será posible todo esto? Isaías responde: «El amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará» . He aquí, pues, el sentido y el mensaje más antiguo de la Navidad: el fin del miedo, la liberación de la dominación enemiga y todo ello gracias a que: «un niño nos ha nacido», un descendiente de David que dará vida a una sociedad en la que habrá justicia, paz, alegría y que dará a todos el coraje de vivir.

Sobre el fondo de los anuncios proféticos, Lucas en el evangelio nos habla del nacimiento histórico de Jesús. El relato es simple, comprende tres momentos. Primero, la narración del acontecimiento: el edicto de César Augusto en tiempos de Quirino, gobernador de Siria, y el nacimiento de Jesús en Belén, en la pobreza, en un país sometido a una potencia extranjera; segundo,  el anuncio hecho por los ángeles a los pastores, primeros testigos del evento de la salvación y, tercero, la acogida del anuncio, con los pastores que van a la gruta, encuentran a Jesús, y sucesivamente el relato de su experiencia a otros.

El punto central del relato, sin embargo, son las palabras de los ángeles a los pastores, que reciben con respeto el anuncio gozoso del acontecimiento y y con el obsequio de su fe en Jesús Salvador en la figura de un niño pobre, «envuelto en pañales, acostado en un pesebre». Dos motivos, pues, se iluminan uno a otro en el texto: la visible pobreza en la vivencia humana de Jesús y la gloria de Dios escondida en su presencia entre los hombres. Sólo unos cuantos pastores, representantes de gente pobre y humilde, reconocen al Mesías esperado: éste es el signo divino extraordinario del inicio de una época nueva en la historia de los hombres.

El mensaje de este día se sintetiza en las palabras paz y la alegría, en efecto, la Navidad ofrece a los creyentes la certeza que Dios vive entre nosotros y Él nos ofrece una seguridad y fortaleza que no intimidan sino que enternecen al manifestarse en la fragilidad de un Niño, nacido para la salvación de la humanidad; Él es luz que disipa nuestras tinieblas y esperanza de redención.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, pp. 27.29.

Creer

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cuarto domingo de adviento

IV Domingo de Adviento  – C

+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas (1, 39-45)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel.
En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno.
Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este domingo damos el cuarto y último paso del itinerario espiritual de preparación para la Navidad. Nuestra pedagoga es María. Su testimonio nos ayuda a prepararnos para acoger en nuestro corazón al Señor y nos enseña a ir al encuentro de los más necesitados.

En la Anunciación, sin que María la pidiera, el Ángel le ofreció una señal de que todo es posible para Dios y de que incluso donde hay la esterilidad, Él puede hacer florecer la vida: «Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios».

El gesto de María es profundamente religioso y humano. No desdeña la señal que se la ha dado y se pone en camino para contemplarla; al mismo tiempo percibe la necesidad de la anciana que era estéril que requiere su ayuda al estar próxima a dar a luz.

Este gesto de María merece el elogio de Isabel. «Dichosa tú que has creído» y el anuncio de que por su fe verá el cumplimiento en ella de la Palabra de Dios: «se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor»

En el encuentro ambas expresarán la fe y el amor que arden en sus corazones. Es también el primer encuentro de Juan con Jesús y en Juan el encuentro de Jesús con toda la humanidad.

María, presurosa, se puso en camino.

El camino entre Nazaret y el pueblo de Isabel no es corto;  éste se encuentra en las montañas de Judea. La alusión a la montaña no es casual. En la Biblia la montaña tiene sentido pues evoca el lugar donde Dios habla. No dice el texto que María fuera acompañada y ello nos sugiere el silencio del camino, propicio para la asimilación del misterio de Dios que se realiza en su vida. En su camino. María aparece como peregrina de la fe y de ello podemos sacar nosotros una profunda enseñanza.

El camino también tiene en el evangelio un significado profundo y es imagen y símbolo de la espiritualidad cristiana. El seguimiento de Jesús es camino que debe recorrerse con firmeza y fidelidad. María anticipa el recorrido de este camino yendo a la casa de su prima Isabel para ponerse a su disposición. Dios se manifiesta en la disponibilidad y en el servicio. Nos lo recuerda Jesús que no vino a ser servido sino a servir y a entregar su vida.

Para acoger a Jesús que nace hay que ponernos en camino. Recibir en nosotros a Jesús, como lo hizo María, para entregarlo a los demás, particularmente a los más necesitados, los que están solos, los más vulnerables, los que por su situación personal tienen la tentación de sentir que Dios se ha olvidado de ellos. Esto supone una clara conciencia de que el don o los dones que recibimos de Dios no son para nuestra auto-complacencia sino para el servicio.

Un saludo revelador

«Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado». El saludo de Isabel es revelador; en él reconoce a María como la bendecida de Dios; reconoce su fe, pues María acogió con sincero corazón al mensajero de Dios y su Palabra y en medio de su turbación, confiando en la Palabra dio el asentimiento de su voluntad a la obra de Dios: «¡Hágase!». María creyó en la señal del Ángel y se puso en camino. Su fe es manifiesta.

Dios cumple su promesa cuando encuentra nuestra disponibilidad y fidelidad. Por ello Isabel anticipa a María que todo cuanto le fue dicho se cumplirá.

María es bendita. Una bendición es una realidad que se recibe y se transmite como garantía del amor de Dios por las personas y por su pueblo. Isabel reconoce que María ha sido bendecida por Dios y declara también bendito el fruto de su vientre que es bendición para toda la humanidad.

Profundizar la fe

Celebrar la Navidad es una oportunidad para profundizar la propia fe.  Veamos la propia vida con la luz del testimonio de María y preguntémonos si hemos acogido al Señor que viene, si Dios ha encontrado nuestro corazón dispuesto y si la respuesta a nuestra vocación cristiana ha sido la fidelidad.

De nosotros tendría que decirse también «Dichoso/a porque has creído» y esto será posible en la medida en que estemos dispuestos a desinstalarnos y hacer el camino de la fe como María, con el misterio de Dios que transforma nuestras vidas y yendo en busca del hermano que nos necesita. El camino de la fe conjuga el silencio y la alabanza, la disponibilidad y el servicio.

 

Humildad

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magnificat 

22 de diciembre

 Textos

Del primer libro de Samuel (1, 24-28)

En aquellos días, Ana llevó a Samuel, que todavía era muy pequeño, a la casa del Señor, en Siló, y llevó también un novillo de tres años, un costal de harina y un odre de vino. Una vez sacrificado el novillo, Ana presentó el niño a Elí y le dijo: “Escúchame, señor: te juro por mi vida que yo soy aquella mujer que estuvo junto a ti, en este lugar, orando al Señor.

Este es el niño que yo le pedía al Señor y que él me ha concedido. Por eso, ahora yo se lo ofrezco al Señor, para que le quede consagrado de por vida”. Y adoraron al Señor. Palabra de Dios.

+ Del evangelio según san Lucas (1, 5-25)

En aquel tiempo, dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede.

Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre”. María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Reyes Fernández
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los dones más preciosos no se conquistan, sino que se esperan. Tal es el caso de la madre del joven Samuel, Ana, que acude al santuario del arca en Siló para agradecer al Señor el don de la maternidad después de su insistente súplica.

La narración bíblica es el anuncio extraordinario de lo que Dios realizará en plenitud con María. Lo mismo que en el caso de Isaac, Sansón y Juan Bautista, el nacimiento de un hijo por obra de Dios, de una mujer estéril, fue el signo de una vocación particular;  también lo fue para Samuel, destinado a ser el primer gran profeta de Israel y el guía espiritual del pueblo. Es preciso seguir la trayectoria marcada por Dios en la historia de la salvación de cada uno. Es necesario respetar los tiempos de crecimiento de cada uno sin pretender manipular a Dios en la realización de nuestros proyectos personales y humanos

El Magníficat, canto de los pobres, es una de las más bellas oraciones del Nuevo Testamento, con claros ecos del Antiguo Testamento. Es significativo que el texto se ponga en labios de María, la criatura más digna de alabar a Dios, culmen de la esperanza del pueblo elegido. El cántico celebra en síntesis toda la historia de la salvación que, desde los orígenes de Abrahán hasta el cumplimiento en María, imagen de la Iglesia de todos los tiempos, siempre es guiada por Dios con su amor misericordioso, manifestado especialmente con los pobres y pequeños.

El cántico se divide en tres partes: 1. María glorifica a Dios por las maravillas que ha hecho en su vida humilde, convirtiéndose en colaboradora de la salvación cumplida en Cristo su Hijo; 2. exalta, además, la misericordia de Dios por sus criterios extraordinarios e impensables con que desbarata situaciones humanas, manifestada con seis verbos «Desplegó, dispersó, derribó, ensalzó, colmó, auxilió…», que reflejan el actuar poderoso y paternal de Dios con los últimos y menesterosos; 3. finalmente recuerda el cumplimiento amoroso y fiel de las promesas de Dios hechas a los Padres y mantenidas en la historia de Israel. Dios siempre hace grandes cosas en la historia de los hombres, pero sólo se sirve de los que se hacen pequeños y procuran servirle con fidelidad en el ocultamiento y en el silencio de adoración en su corazón.

En el corazón de las personas soberbias no hay lugar para Dios y tampoco para su obra; la soberbia lleva a quien la padece a excluir a Dios de la propia vida para ocupar su puesto. La obra de Dios se vale de las personas humildes, que se reconocen como creaturas, que saben cuáles son sus límites y sus posibilidades.

[1]  G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 271-273.

La Corona de Adviento IV

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Dios cumplirá su promesa en María

Al encender la cuarta vela de la corona de adviento, contemplamos a María.

La fe de María se caracteriza por su adhesión a la promesa de Dios. Ella forma parte de los pobres de Yahvé, el pueblo sencillo que creía y esperaba en la fidelidad de Dios; su fe le hacía comprender el misterio de Dios oculto en el niño que se formaba en su seno. Y así, nos da la gran lección: sólo el que cree puede experimentar cómo el don de Dios puede formarse y encarnarse en su propia existencia.

La fe de María se manifiesta en el gesto generoso de acudir en ayuda de Isabel, esto le permitió además contemplar la obra de Dios en otras personas. También de esto aprendemos una gran lección: apreciar lo que Dios hace en la historia de los demás.

Encendamos la cuarta vela de nuestra corona con júbilo, la luz se hace más intensa, el Señor viene a nosotros en la humildad de un Niño que podemos acoger con gozo y generosidad.

Rito para encender la segunda vela de la corona de Adviento. Celebración familiar

 

Promesa cumplida

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20 de diciembre

Textos

Del libro del profeta Isaías (7, 10-14)

En aquellos tiempos, el Señor le habló a Ajaz diciendo: “Pide al Señor, tu Dios, una señal de abajo, en lo profundo o de arriba, en lo alto”. Contestó Ajaz: “No la pediré. No tentaré al Señor”.

Entonces dijo Isaías: “Oye, pues, casa de David: ¿No satisfechos con cansar a los hombres, quieren cansar también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo les dará por eso una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros”. Palabra de Dios.

+ Del evangelio según san Lucas (1, 26-38)

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María. Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presenciaPalabra del Señor. 

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el año 735 a.C. cuando Acaz, joven rey de Jerusalén, débil, mundano y sin hijos, ve peligrar su trono ante la presencia de los ejércitos enemigos que oprimen los confines del reino de Judá. ¿Qué hacer? El rey pretende resolver el angustioso problema pactando alianzas humanas. Isaías, por el contrario, propone fiarse totalmente de Dios. Incluso el profeta invita al rey, en su apuro, a pedir un «signo» que confirme la protección divina. Pero Acaz lo rechaza aduciendo motivos de falsa religiosidad: «No quiero tentar al Señor» (v. 12). Isaías desenmascara la hipocresía del rey, pero añade que, a pesar del rechazo, Dios mismo dará un signo: «La virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel: Dios con nosotros».

Las palabras del profeta se refieren a Ezequías, el hijo de Acaz, al que la reina madre está a punto de dar a luz y cuyo nacimiento, en aquel momento histórico singular, se verá como presencia salvífica de Dios a favor del pueblo en apuros. Pero, en realidad, las palabras de Isaías dirige a Acaz son profecía de un rey salvador, y toda la tradición cristiana, basándose en la traducción e los Setenta, ha visto el anuncio profético del nacimiento virginal de Jesús, hijo de María.

El texto bíblico de la anunciación del ángel Gabriel a la virgen María es rico en ecos del Antiguo Testamento y tiene un gran valor teológico, pues trata nada menos que del cumplimiento de las promesas hechas por Dios a los patriarcas y renovadas a David; contiene además, una profunda teología del misterio de Cristo.

Jesús aparece como rey e hijo de David: «El Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará sobre la casa de Jacob para siempre» y a la vez como santo e hijo de Dios: «Será grande, se llamará Hijo del Altísimo». Las palaras del ángel a María, además de ser un anuncio de gozo por la venida del Mesías a la tierra, constituyen el testimonio de la amorosa predilección de Dios con la humilde joven de Nazaret que, como esclava el Señor, ha merecido ser Madre de Dios por su fe incondicional.

En contraste con Zacarías, a quien contemplábamos ayer, María acoge de inmediato el anuncio del Ángel y se adhiere al proyecto de Dios que la implica, la descentra, la pone en movimiento y consagra la totalidad de su existencia. Sólo pregunta «¿cómo?» y la respuesta que se le da: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» confirma que la obra es de Dios y que el que nacerá es el Ungido del Espíritu, es decir el Mesías, el Cristo, muchos años después, en la escena del bautismo en el Jordán Jesús se presenta lleno del Espíritu Santo y así se presenta a si mismo en la sinagoga de Nazaret, como aquél a quien ha ungido el Espíritu del Señor.

Dios sigue cumpliendo si promesa. El mismo Espíritu Santo que descendió sobre María desciende sobre nosotros, para que el Hijo de Dios se encarne en nuestras vida personal y comunitaria; a nosotros corresponde acogerlo y permitir que la obra del Espíritu se despliegue a través nuestro.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 256-258.

De la incertidumbre a la certeza

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18 de diciembre

Textos

Del libro del profeta Jeremías (23, 5-8)

Miren: Viene un tiempo, dice el Señor, en que haré surgir un renuevo en el tronco de David: será un rey justo y prudente y hará que en la tierra se observen la ley y la justicia. En sus días será puesto a salvo Judá, Israel habitará confiadamente y a él lo llamarán con este nombre: ‘El Señor es nuestra justicia’.

Por eso, miren que vienen tiempos, palabra del Señor, en los que no se dirá: ‘Bendito sea el Señor, que sacó a los israelitas de Egipto’, sino que se dirá: ‘Bendito sea el Señor, que sacó a los hijos de Israel del país del norte y de los demás países donde los había dispersado, y los trajo para que habitaran de nuevo su propia tierra’”. Palabra de Dios.

+ Del evangelio según san Mateo (1,18-24)

Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto. Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros. Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

 Leemos un en el texto de Jeremías una profecía cargada de esperanza, con dos anuncios: el anuncio de un rey sabio, descendiente de David que guiará a los suyos como verdadero pastor y el segundo es el fin del exilio y el retorno de los desterrados que vuelven a «habitar su propia tierra».

Las características de este sucesor de David se atribuyen al Mesías, que gobernará al pueblo con «el derecho» de su Palabra y «la justicia» de su amor misericordioso.

El fin del exilio se presenta como un nuevo «éxodo» más grande que el anterior, que los llevó de la esclavitud de Egipto a la tierra prometida; será el éxodo, de los pobres y justos y los que buscan la paz, de los que proclaman las maravillas de los caminos de Dios con nosotros y de los que son obedientes a la alianza.  Se prefigura así la liberación que se espera del Mesías.

El evangelio nos describe la anunciación a José, hijo de David, del nacimiento de Jesús. María, su prometida, se halla encinta por obra del Espíritu Santo. Mientras José tiene sus propios planes y piensa abandonarla en secreto, el ángel le revela en sueños el plan de Dios: María dará a luz al Salvador esperado.

José, que es «justo», acoge con fe y sencillez el designio de Dios, lleva consigo a María reconoce legalmente al hijo, le trasmite todos los derechos como descendiente de la casa de David e imponiendo a Jesús el nombre que califica su misión, cumple la voluntad divina. Aunque no por línea de sangre, Jesús es descendiente de David, como demuestra Mateo citando el texto de Isaías: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel».

Dios, para realizar su designio de amor y salvación se sirve de hombres dispuestos a cumplir su voluntad. Cuando se deben tomar decisiones trascendentales, es ordinario vivir momentos de vacilación e incertidumbre; hoy aprendemos de José el esposo de María, a confrontar las propias decisiones con la Palabra de Dios, que ilumina interiormente y permite identificar la propia voluntad con la voluntad divina; así, el creyente pasa de la incertidumbre a la certeza en el obrar, con la confianza puesta en el querer de Dios que siempre es fiel a su promesa.

[1] M. Mckenna, El adviento y la navidad, día a día, 289-290.; G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 244-245.

¿Qué debemos hacer?

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tercer domingo de adviento

III Domingo de Adviento – Ciclo C

Texto

 + Del evangelio según san Lucas (3, 10-18)

En aquel tiempo, la gente le preguntaba a Juan el Bautista: “¿Qué debemos hacer?” El contestó: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”.

También acudían a él los publicanos para que los bautizara, y le preguntaban: “Maestro, ¿qué tenemos que hacer nosotros?” El les decía: “No cobren más de lo establecido”. Unos soldados le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?” El les dijo: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”.

Como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. El tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. Con éstas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje 

En el tercer domingo de Adviento nos encontramos nuevamente con Juan el Bautista. Hace ocho días nos acercamos a su persona hoy lo hacemos a su mensaje. El texto que leemos corresponde a dos de las cinco pequeñas secciones que en Lucas presentan el ciclo completo del ministerio del precursor del Mesías.

Las preguntas que dinamizan el pasaje que nos ocupa son: «¿qué debemos hacer?» y «¿quién eres tú?»

«¿Qué debemos hacer?»

El Bautista predica la conversión, quienes lo escuchan  reaccionan positivamente y le piden formas concretas para vivir el camino de conversión de acuerdo a su propia condición. Tres grupos de personas se acercan a Juan y le plantean la pregunta: «¿Qué debemos hacer? La práctica de la caridad y de la justicia serán los indicadores de la conversión y ésta asumirá diversas formas en cada categoría de personas.

Compartir

A la multitud el Bautista los invita a despojarse para compartir con los más pobres. Compartir el vestido y el alimento, es decir, atender las necesidades básicas. No se puede vivir en la abundancia y tener junto a si pobres que padecen por carecer de lo necesario para vivir con dignidad.

Evitar la corrupción

A quienes tienen la tentación de enriquecerse despojando a otros, mediante mecanismos de supuesta legalidad, les pide que no sean corruptos y que tengan un comportamiento honesto. Los cobradores de impuestos de la época tenían una pésima reputación y a ellos es a quien Jesús invita a vivir un cambio radical en sus vidas.

No abusar del poder

A los judíos que colaboraban con el ejército les pide que no abusen del poder, es decir, que no ejerzan por ningún motivo la fuerza o desplieguen la violencia para conseguir información ni para buscar ganancias extra extorsionando a la gente.

El mismo mensaje con exigencias distintas

Llama la atención como Juan a cada categoría le presenta el mismo mensaje, con exigencias distintas, adecuadas a cada grupo, ofreciendo caminos concretos para superar las situaciones complicadas y deshumanizadoras.

En el fondo lo que parece interesarle a Juan es la justicia social. Está en sintonía con los profetas, que tienen conciencia clara de su devoción religiosa,

«¿Quién eres tú?»

La segunda parte de nuestro texto comienza con la pregunta sobre la identidad de Juan: «Andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo». La pregunta se la hacen no las autoridades sino el pueblo que de manera expectante esperaba el cumplimiento de la promesa de Dios. Juan articula su respuesta hablando de dos bautismos: el de agua y el de Espíritu Santo y fuego.

Juan bautiza con agua.

El agua es símbolo de purificación y de vida y quien se acercaba al bautismo administrado por Juan, que era bautismo con agua, con ese gesto expresaba una conversión sincera que lo incorporaba plenamente a la descendencia de Abraham.

Juan reconoce su fortaleza al anunciar que «viene el que es más fuerte que yo» y se coloca delante de él como esclavo, indigno del servicio más pequeño como «desatarle la correa de sus sandalias».

Jesús bautiza con Espíritu Santo y fuego

Finalmente el evangelista indica que «el pueblo estaba a la expectativa» (v. 15), y se preguntaban si no sería Juan el Cristo. De la pregunta del «hacer» se pasa a la del «Mesías», es decir, a la pregunta de «¿Quién nos puede salvar?». El Bautista remite -más allá de sí mismo- a «aquel que viene», el único que podrá cambiar la vida vieja, quemando la paja y regalando el Espíritu.

Juan no quiere atemorizar a nadie, Su pretensión es sacudir las conciencias, despertar de la indiferencia, que cada quien se juegue su futuro definiéndose ante el anuncio que Dios le ha hecho. La conversión que Juan anuncia no es una mala noticia, por el contrario, vivirla todos los días, de manera integral, continua y diaria llena el corazón de luz, de justicia, de amor y de alegría.

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Sábado de la segunda semana de adviento

Textos

Del libro del Eclesiástico (Sirácide) (48, 1-4.9-11)

En aquel tiempo surgió Elías, un profeta de fuego; su palabra quemaba como una llama. El hizo caer sobre los israelitas el hambre y con celo los diezmó.

En el nombre del Señor cerró las compuertas del cielo e hizo que descendiera tres veces fuego de lo alto. ¡Qué glorioso eres, Elías, por tus prodigios! ¿Quién puede jactarse de ser igual a ti? En un torbellino de llamas fuiste arrebatado al cielo, sobre un carro tirado por caballos de fuego.

Escrito está de ti que volverás, cargado de amenazas, en el tiempo señalado, para aplacar la cólera antes de que estalle, para hacer que el corazón de los padres se vuelva hacía los hijos y congregar a las tribus de Israel. Dichosos los que te vieron y murieron gozando de tu amistad; pero más dichosos los que estén vivos cuando vuelvas. Palabra del Señor.

+ Del evangelio según san Mateo (17, 10-13)

En aquel tiempo, los discípulos le preguntaron a Jesús: “¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?” El les respondió: “Ciertamente Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo les aseguro a ustedes que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron e hicieron con él cuanto les vino en gana. Del mismo modo, el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos”. Entonces entendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio  Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

 El elogio de los padres es la sección más original del libro del eclesiástico. El autor relee el pasado con una función didáctica para el presente y describe con maestría a los grandes personajes, buenos y malos, de la historia bíblica. Entre estos héroes, recoge la figura del profeta Elías, a quien  parangona con el fuego por su celo, por su pasión ardiente por la causa del Señor, el Dios de Israel;  a quien dedicó totalmente su vida y en cuya presencia vivía continuamente.

Además de su ardiente predicación para llevar al pueblo al único Dios, los rasgos que describen a Elías subrayan que tenía el poder de hacer milagros, pero el culmen del elogio de Elías está en la consideración de su destino singular -el rapto en el carro de fuego-, visto como una victoria sobre la muerte por obra de amor de Dios. Su figura se convertirá en un acicate para esperar una vida más allá de la muerte, una bienaventuranza plena que espera a los que, como Elías, «mueren fieles al amor».  Al motivo de su arrebato al cielo en la tradición judía se asocia el de la espera de su regreso, preparando a los hijos de Israel para la llegada de los tiempos mesiánicos. El Nuevo Testamento heredará esta tradición judía del regreso de Elías viendo su cumplimiento en la persona de Juan Bautista.

Después de la transfiguración, Jesús, bajando del monte, mantiene con sus discípulos una conversación que trata de uno de los personajes de la visión y declara aceptar que  Elías vendría antes del juicio; sin embargo, Jesús niega cualquier visión fantástica del Elías e invita a los discípulos a discernir el plan de Dios que está manifestándose ante sus propios ojos y afirma que Elías ya ha venido, pero no lo han conocido, y que la suerte de Elías anuncia la del Hijo del hombre.

Para llevar a los discípulos a la comprensión de la urgencia de la conversión, de la sanación de las relaciones intrapersonales y de la relación con Dios, Jesús identifica expresamente a Elías con el Bautista. Los discípulos comprenden tal identificación. resulta así claro que tal identificación no se desprende automáticamente de las Escrituras, sino que se revela a quien, desde la docilidad de la fe, está dispuesto a acoger la predicación de Juan con su invitación a convertirse y prepararse al encuentro del que viene. Por un momento, los discípulos parecen, pues, comprender; aunque muy pronto caerán de nuevo en la incomprensión, en su obstinada incredulidad.

Somos invitados a reconocer el cumplimiento de la promesa De Dios; Elías se encarna en quienes acogiendo la Palabra de Dios, la profieren, es decir, se vuelven sus profetas, con la capacidad de ver la historia con una luz distinta y descubrir en ella los signos que corroboran la fidelidad de Dios. Elías no siempre es reconocido. Vino en Juan el Bautista y no fue reconocido, sin embargo el testimonio de Juan, preparó el advenimiento del Mesías. De igual manera en nuestros días el testimonio de los profetas de nuestro tiempo son un signo de la fidelidad de Dios que no se olvida de su promesa redentora.

[1] Cfr. G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 142-144.

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Viernes de la segunda semana de adviento

Textos

Del libro del profeta Isaías (48, 17-19)

Esto dice el Señor, tu redentor, el Dios de Israel: “Yo soy el Señor, tu Dios, el que te instruye en lo que es provechoso, el que te guía por el camino que debes seguir.

¡Ojalá hubieras obedecido mis mandatos! Sería tu paz como un río y tu justicia, como las olas del mar. Tu descendencia sería como la arena y como granos de arena, los frutos de tus entrañas. Nunca tu nombre hubiera sido borrado ni arrancado de mi presencia”. Palabra de Dios. 

† Del evangelio según san Mateo (11, 16-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¿Con qué podré comparar a esta gente? Es semejante a los niños que se sientan en las plazas y se vuelven a sus compañeros para gritarles: ‘Tocamos la flauta y no han bailado; cantamos canciones tristes y no han llorado’.

Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron: ‘Tiene un demonio’. Viene el Hijo del hombre, y dicen: ‘Ese es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y gente de mal vivir’. Pero la sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras”. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Isaías se concentra en la revelación del Señor como Dios de Israel; su acción salvífica, que manifiesta la santidad de Dios, se realiza en la formación del corazón del pueblo, para que pueda seguir el camino de la alianza y para que logre conocer el designio amoroso, salvador, gratuito, de Dios con la humanidad.

Esta realidad lleva al profeta a hacer una especie de balance de la historia pasada de la alianza, como tiempo en el que la falta de escucha de la Palabra divina y la transgresión de su ley de vida han arrastrado a Israel lejos de la prosperidad de las promesas incluidas en la alianza. Pero ahora Dios da nuevamente su Palabra eficaz para que  escuchándola y obedeciéndola produzca efectos profundos y duraderos, llevando a Israel a vivir en la justicia derramada por Dios al pueblo, garantizando el cumplimiento de la promesa hecha a los padres.

El evangelista nos trasmite un dicho de Jesús acerca de la incapacidad de sus contemporáneos a aceptar la novedad del Reino.. Son como niños caprichosos que ante un juego,  no saben lamentarse ni divertirse. La parábola presenta dos grupos de niños en conflicto entre ellos, porque el segundo grupo ha perdido interés en el juego, incluso antes de haberlo comenzado. La doble reacción de los contemporáneos con el Bautista y con Jesús, su mala voluntad manifiesta, les asemeja a los niños caprichosos de la parábola.

La sabiduría de Dios no se legitima por la aceptación caprichosa ni por el contentillo de quienes reciben el mensaje; Mateo es claro en afirmar: «la sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras» y Jesús es la sabiduría de Dios. El evangelista quiere sacudir las conciencias de quienes reciben su evangelio, disponiéndoles a la escucha para que sepan acoger la “hora desconocida de Dios”.

Hemos contemplado hasta ahora la disposición de Dios para salir a nuestro encuentro; sin embargo, esta voluntad suya poco efecto tiene en nuestra vida si no lo recibimos, escuchando su Palabra. El adviento nos pide disposición para acoger y escuchar la Palabra, sin pretextos ni actitudes convenencieras, con un gran amor a la verdad; no podemos domesticar la Palabra, por el contrario, debemos dejarla que despliegue en nuestro interior y en toda nuestra vida todo su potencial transformador.

[1] Cfr. G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 137-139.

Grandeza y pequeñez

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Juan el Bautista 2Jueves de la segunda semana de adviento

Textos

Del libro del profeta Isaías (41, 13-20)

Yo, el Señor, te tengo asido por la diestra y yo mismo soy el que te ayuda. No temas, gusanito de Jacob, descendiente de Israel, que soy yo, dice el Señor, el que te ayuda; tu redentor es el Dios de Israel.

Mira: te he convertido en rastrillo nuevo de dientes dobles; triturarás y pulverizarás los montes, convertirás en paja menuda las colinas. Las aventarás y se irán con el viento y el torbellino las dispersará.

Tú, en cambio, te regocijarás en el Señor, te gloriarás en el Dios de Israel. Los miserables y los pobres buscan agua, pero es en vano; tienen la lengua reseca por la sed. Pero yo, el Señor, les daré una respuesta; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré.

Haré que broten ríos en las cumbres áridas y fuentes en medio de los valles; transformaré el desierto en estanque y el yermo, en manantiales. Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos y olivos; plantaré juncos en la estepa, cipreses, oyameles y olmos; para que todos vean y conozcan, adviertan y entiendan de una vez por todas, que es la mano del Señor la que hace esto, que es el Señor de Israel quien lo crea”. Palabra de Dios.

 

† Del evangelio según san Mateo (11, 11-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: “Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él.

Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos exige esfuerzo, y los esforzados lo conquistarán. Porque todos los profetas y la ley profetizaron, hasta Juan; y si quieren creerlo, él es Elías, el que habría de venir. El que tenga oídos que oiga”. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El tema de redención tiene especial relieve en la profecía del Segundo Isaías. En el contexto social del antiguo Israel se denomina “redentor”, al pariente que, por la afinidad de la sangre, rescata a su pariente (o también a la persona con quien se ha vinculado por un pacto) cuando éste ha sido hecho esclavo o tiene una propiedad enajenada para pagar deudas.

Dios ha prometido redimir a Israel, con quien se ha vinculado mediante un pacto y con quien tiene familiaridad -es su pueblo-. El profeta recuerda al pueblo que puede y debe contar con el Señor, que quiere salvarlo de los enemigos, quiere liberarlo y desea colmarlo de gozo y de favores. El pueblo no debe desesperarse por su pequeñez, su redentor es grande.

Mateo, después de la narración del envío a Jesús de algunos discípulos por parte del Bautista y la respuesta que llevan al profeta encarcelado, refiere también las palabras de Jesús a la multitud sobre Juan.  Jesús formula el mayor elogio exaltando su firmeza de fe y su grandeza moral hasta el punto de definirlo como el más grande entre los mortales , en quien tiene su culmen toda la historia de fe de Israel.

Quien sigue a Jesús entra en un orden nuevo de salvación, en la economía del reino donde el más pequeño goza de la incomparable dignidad de hijo de Dios, dignidad que sobrepasa incluso la enorme estatura moral de Juan y su altísimo papel de Precursor. La misión  de Juan el Bautista no se agota con anunciar al Mesías, prevé también una anticipación, en su persona, del destino doloroso del Mesías. De hecho, lo que sucederá a Juan demostrará lo agresivas que son las tentativas de los enemigos del Reino para que éste no cale en la vida humana.

En la pequeñez Dios hace obras grandes; la obra más grande es la de la redención, el rescate de quien ha perdido la libertad, porque ha permitido que su conciencia sea conquistada por el maligno enemigo o ha entregado su libertad a otra persona o realidad creada, dejando su vida a merced ajena, como hipotecada, y reducida al mínimo. En esa pequeñez Dios deja sentir su grandeza y para ello viene a nosotros como salvador y redentor.

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[1] Cfr. G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 132.133