Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

¡Estén preparados!

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXIX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 39-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”.

Entonces Pedro le preguntó a Jesús: “¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos?” El Señor le respondió: “Supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia.

Dichoso ese siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene.

Pero si ese siervo piensa: ‘Mi amo tardará en llegar’ y empieza a maltratar a los otros siervos y siervas, a comer, a beber ya embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada llegará su amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte de los desleales.

El siervo que conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le da, se le exigirá mucho; y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El discípulo no gasta sus días para acumular bienes, vive su vida esperando al Señor y su reino. El Evangelio aclara esta perspectiva con la parábola del administrador al que se confía una casa cuando parte su señor. El administrador, pensando que el señor tardaría, se puso a golpear a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a emborracharse. Es una escena que a primera vista parece exagerada. No obstante, en realidad describe una situación más bien frecuente.

En el fondo, las numerosas injusticias y los miles de pequeñas maldades de cada día que hacen la vida más difícil para todos nacen de esta actitud difusa, es decir, de nacen cuando decidimos comportamos de como pequeños señores malos con los demás, pensando con un comportamiento miope que nosotros nunca tendremos que rendir cuentas a nadie. El hombre piensa que puede permitírselo todo, como la violencia, los abusos, las guerras, porque el horizonte de la vida no va más allá de él mismo.

Por eso el pasaje del Evangelio nos propone que estemos despiertos: «dichoso ese siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber». Está despierto aquel que espera a otro, aquel que considera que la vida no termina en los límites de sus intereses o de lo que puede o no puede hacer, ni en los límites establecidos por sus pensamientos, por su cuerpo, por lo que siente.

En el mundo en el que vivimos estamos llamados a dar testimonio de que cada día se alimenta de esperanza y de que la vida de cada uno es un regalo, un talento del que se nos pedirán cuentas.

Está escrito: «al que mucho se le da, se le exigirá mucho». A los cristianos se nos ha dado muchísimo: se nos ha dado la Iglesia como madre y maestra, aquella familia en la que cada día el Señor nos alimenta, nos hace vivir y nos comunica su Espíritu. Sí, «al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más».

Muchos santos, pensando en la vigilancia, dijeron: «tengo que vivir cada día como si fuera el último». Si todos viviéramos cada día como si fuera el último, nuestra vida tendría un tono distinto, sería mucho más humana y hermosa, más plena y más rica, más verdadera, menos aburrida, menos desesperada. En definitiva, sería más vida.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 392-393.

Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela.

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Tiempo Ordinario

Martes de la XXIX semana

Textos

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (12, 35-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá.

Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús contrapone el rico necio al que sorprende la muerte con el discípulo que espera a su Señor. La vigilancia es una de las dimensiones espirituales fundamentales de la vida cristiana. A aquel que está replegado siempre sobre si mismo y se duerme entre sus cosas, se le pide que levante la mirada y que permanezca esperando el retorno del Señor. Dice Jesús: «estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas».

Tener ceñida la cintura significa estar preparado para la acción inmediata. Así fue la noche de la huida de Egipto. Los israelitas debían tener ceñida la cintura, es decir, debían estar listos para partir de inmediato. La lámpara encendida tenía el mismo significado: estar listo para acudir incluso por la noche. Esperar al Señor es la bienaventuranza del creyente.

En realidad, el Señor está cada día a la puerta de nuestro corazón y llama, como escribe el Apocalipsis. Y dichoso del que abra, porque tendrá una increíble recompensa: el Señor se convertirá en su siervo; se ceñirá la cintura, lo invitará a sentarse y pasará él mismo a servirle. Es como si se hubieran invertido los papeles. Parece algo increíble, pero esa es precisamente la paradoja de la gracia que hemos recibido.

Jesús mismo se presenta como el que sirve. Y no solo se presenta, sino que actúa como un siervo. Durante la última cena se comportó literalmente como un siervo: tras tomar un aguamanil se ciñó con una toalla y se inclinó para lavar los pies de los discípulos, uno por uno. Esta imagen forma parte integrante del mensaje evangélico, del anuncio de un Dios que nos ama tanto que se inclina hasta nuestros pies.

Es lo mismo que pasa cada vez que acogemos al Señor en la oración, o bien en el servicio a los más pobres, y sobre todo en la santa Liturgia en la que él prepara un banquete para alimentarnos con su palabra y su carne. La dicha de esperar al Señor no radica en la acogida que le podemos dispensar nosotros a Él, sino en el beneficio que obtenemos cuando lo acogemos en nuestro corazón. El Señor viene a servimos, a ayudarnos, a liberarnos, para llevamos con Él hasta el cielo.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 391-392.

Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’

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 18 de octubre

San Lucas, Evangelista

Textos

† Del evangelio según san Lucas(10, 1-9)

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos.

No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá.

Quédense en esa casa.

Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa.

En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy es la fiesta de San Lucas, y el evangelio nos habla del envío de los setenta y dos discípulos que deben anunciar la Buena Noticia de Dios en los poblados, en las aldeas y en las ciudades de Galilea.

El número setenta y dos simboliza a todos los pueblos de la tierra; hoy somos los discípulos que vivimos después de los Doce. Mediante la misión de los discípulos, Jesús trata de rescatar los valores de la tradición de la gente que estaban siendo encubiertos por el doble cautiverio del dominio romano y de la religión oficial.

Jesús quiere que la comunidad que nace del evangelio sea expresión de la Alianza, una muestra del Reino de Dios. Por esto, insiste en la hospitalidad, en el compartir, en la acogida a los excluidos. Esta insistencia de Jesús se percibe en los consejos que daba a los discípulos cuando los enviaba en misión.

En tiempo de Jesús había diversos otros movimientos religiosos que, al igual que Jesús, trataban de presentar una nueva manera de vivir y convivir, por ejemplo Juan Bautista, los fariseos y otros. Ellos también formaban comunidades de discípulos y tenían a sus misioneros; los de Jesús tendrán características propias.

Jesús envía a los discípulos a los lugares donde el mismo tiene que ir. El discípulo es el portavoz de Jesús. No es el dueño de la Buena Noticia. El los envía de dos en dos. Esto favorece la ayuda mutua, pues la misión no es individual, sino comunitaria. Dos personas representan mejor la comunidad.

La misión no es propia, es obra de Dios, por ello, el misionero debe rezar para que Dios envíe trabajadores a su viña. Todo discípulo debe sentirse responsable de la misión. Por esto tiene que rezar al Padre para que haya continuidad en la misión. Jesús envía a sus discípulos como corderos en medio de lobos. La misión es tarea difícil y peligrosa; el sistema en que los discípulos vivían no era favorable a la organización de la gente en comunidades vivas.

Al diferencia de otros misioneros, los de Jesús no deben llevar nada, ni bolsa, ni sandalias; lo único que deben llevar es el saludo de paz. No deben confiar en sus propias fuerzas o capacidad, sólo en Dios. No saludar a nadie por el camino se les pide para que no pierdan tiempo en cosas que no pertenecen a la misión.

Los discípulos no deben andar de casa en casa, pero sí permanecer en la misma casa. Esto es, deben convivir de forma estable, participar en la vida y en el trabajo de la gente y vivir de lo que reciben en cambio, pues el obrero merece su salario.

Los fariseos, cuando iban en misión, iban prevenidos. Pensaban que no podían confiar en la comida que no siempre era ritualmente “pura”. Por esto llevaban alforja y dinero para poder cuidar de su propia comida. Así, en vez de ayudar a superar las divisiones, las observancias de la ley de pureza, hacían difícil la convivencia y compartir los valores comunitarios.

Los discípulos deben curar enfermedades, curar a los leprosos y expulsar los demonios. Esto significa que deben acoger dentro de la comunidad a los que fueron excluidos. Si cumplen con todas estas exigencias, los discípulos pueden y deben gritar a los cuatro vientos: ¡El Reino ha llegado! Anunciar el Reino implica una nueva manera de vivir y de convivir desde la Buena Noticia del amor de Dios que Jesús nos comunica con su vida y su Palabra.

[1] Cf. O Carm. Lectio Divina, 18 de octubre 2014