Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Vio y creyó…

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Domingo de la Resurrección del Señor

Textos 

† Del evangelio según san Juan (20, 1-9 )

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro.

Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro.

Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hemos llegado a la Pascua tras haber seguido a Jesús en sus últimos días de vida. El Evangelio de Pascua parte precisamente desde este límite extremo, desde la noche oscura. El evangelista Juan escribe que «todavía estaba oscuro» cuando fue al sepulcro. Estaba oscuro también dentro del corazón de aquella mujer. La oscuridad de la tristeza y del miedo.

Con el corazón triste, María fue al sepulcro. Apenas llega ve que la piedra de la entrada, una losa pesada como toda muerte y toda separación, ha sido apartada. Corre de inmediato hacia Pedro y Juan: «¡Se han llevado del sepulcro al Señor!» y añade: «No sabemos dónde le han puesto». La tristeza de María por la pérdida del Señor, aunque sea solo de su cuerpo muerto, es una bofetada a nuestra frialdad y a nuestro olvido de Jesús, incluso vivo. Solo con sus sentimientos en el corazón es posible encontrar al Señor resucitado.

Son ella y su desesperación los que hacen moverse a Pedro y al otro discípulo que Jesús amaba. «Corren» hacia el sepulcro vacío. Es una carrera que expresa bien el ansia de todo discípulo, de toda comunidad, que busca al Señor. Quizá también nosotros debamos reemprender la carrera. La Pascua también es prisa. Llegó a la tumba en primer lugar el discípulo del amor, Juan: el amor hace correr más rápido y hace esperar a la fe de Pedro que le seguía.

Pedro entró primero y observó un orden perfecto: las vendas estaban en su sitio como si se hubiera sacado de ellas el cuerpo de Jesús, y el sudario estaba «plegado en un lugar aparte». No había habido ni manipulación ni robo: era como si Jesús se hubiera liberado solo. No tuvo que deshacer las vendas, como hizo con Lázaro.

También el otro discípulo entró y «vio» la misma escena: «Vio y creyó», dice el Evangelio. Habían visto los signos de la resurrección y se dejaron tocar el corazón. «Hasta entonces –continúa el evangelista- no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos».

Esta es a menudo nuestra vida: una vida sin resurrección y sin Pascua, resignada ante los grandes dolores y los dramas de los hombres. La Pascua ha llegado y el sepulcro se ha abierto. El Señor ha vencido a la muerte y vive para siempre. Ya no podemos mantenernos cerrados como si no hubiéramos recibido el Evangelio de la resurrección.

El Evangelio es resurrección, es renacer a una vida nueva. Y tenemos que gritarlo a los cuatro vientos, comunicarlo a los corazones para que se abran al Señor. ¡Por tanto, esta Pascua no puede pasar en vano! Nuestra vida ha sido unida a Jesús resucitado y participa de su victoria sobre la muerte y el mal. Junto al resucitado entrará en nuestros corazones el mundo entero con sus esperanzas y sus dolores, como él manifiesta a los discípulos las heridas presentes aún en su cuerpo, para que podamos cooperar con él en el nacimiento de un cielo nuevo y una tierra nueva, donde no hay ni luto ni lágrima, ni muerte ni tristeza, porque Dios será todo en todos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 159-160.

Inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

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Crucificado Viernes Santo de la Pasión del Señor

Textos

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según San Juan (18, 1-19,42)

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Mensaje[1]

La Santa Liturgia del Viernes Santo comienza con el celebrante postrado en el suelo. Es un signo: imitar a Jesús postrado en tierra por la angustia en el Huerto de los Olivos. ¿Cómo permanecer insensibles ante un amor tan grande que llega hasta la muerte con tal de no abandonarnos?

Jesús no quiere morir: «Padre mío, si es posible que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú». Jesús sabe bien cuál es la voluntad de Dios: «Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite el último día». La voluntad de Dios es evitar que el mal nos engulla, que la muerte nos arrastre. Jesús no la evita, la carga sobre sí para que no nos aplaste; no quiere perdemos. Ninguno de sus discípulos, de ayer o de hoy, debe sucumbir a la muerte.

Por eso la pasión continúa. Continúa en los numerosos huertos de los olivos de este mundo donde sigue la guerra y donde se hacinan millones de refugiados. Continúa allí donde hay gente postrada por la angustia; continúa en los enfermos abandonados en su agonía; continúa allí donde se suda sangre por el dolor y la desesperación.

La pasión según san Juan comienza precisamente en el Huerto de los Olivos, y las palabras que Jesús dirige a los guardias expresan bien su decisión de no perder a ninguno. Cuando llegan los guardias es Jesús quien va a su encuentro: «¿A quién buscan?». A su respuesta: «A Jesús el Nazareno», contesta: «Si me buscan a mí, dejen marchar a éstos». No quiere que los suyos sean golpeados; al contrario, quiere salvarlos, preservarlos de todo mal.

¿De dónde nace la oposición contra él? Del hecho de que era demasiado misericordioso, de su amor por todos, incluso por sus enemigos. Frecuenta demasiado a los pecadores y publicanos, y además perdona a todos, incluso con facilidad. Para él habría bastado con quedarse en Nazaret, bastaba con que hubiera pensado un poco más en sí mismo y un poco menos en los demás y ciertamente no habría acabado en la cruz. Pedro hace esto: sigue un poco al Señor, luego vuelve sobre sus pasos, pero ante una portera niega incluso conocerle. Por el contrario, Jesús no reniega ni del Evangelio, ni de Pedro, ni de los demás. Sin embargo, en un cierto momento habría bastado muy poco para salvarse. Pilatos está convencido de su inocencia, y le pide sólo alguna aclaración. Pero Jesús calla. «¿A mí no me hablas? -le pregunta- ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Pedro habla y se salva; Jesús calla porque no quiere perder a ninguno de los que le han sido confiados y es crucificado.

También nosotros estamos entre los que el Padre ha confiado a sus manos. Él ha tomado sobre sí nuestro pecado, nuestras cruces, para que todos fuéramos liberados. En el corazón de la Liturgia del Viernes Santo la cruz entra solemnemente, todos se arrodillan y la besan. La cruz ya no es una maldición, sino Evangelio, fuente de una vida nueva: «Se entregó por nosotros a fin de rescatamos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo», escribe el apóstol Pablo.

Sobre esa cruz ha sido derrotada la ley del amor por uno mismo. Esta ley ha sido destruida por aquel que ha vivido por los demás hasta morir en la cruz. Jesús ha arrancado de los hombres el miedo a servir, el miedo a no vivir sólo para uno mismo. Con la cruz hemos sido liberados de la esclavitud de nuestro yo, para extender las manos y el corazón hasta los confines de la tierra.

No es casualidad que la Liturgia del Viernes Santo esté marcada de modo muy particular por una larga oración universal; es como alargar los brazos de la cruz hasta los confines de la tierra para hacer sentir a todos el calor y la ternura del amor de Dios que todo lo supera, todo lo cubre, todo lo perdona, todo lo salva.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 154.

Los amó hasta el extremo

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jesus_lava_piesJueves Santo de la Cena del Señor

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.

Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”.

Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy.

Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros.

Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer» dice Jesús a sus discípulos al inicio de su última cena, antes de morir. En realidad para Jesús éste es un deseo de siempre, y también aquella noche quiere estar con sus amigos, los de entonces y los de hoy, incluidos nosotros.

Se puso a la mesa con los Doce, tomó el pan y lo repartió diciendo: «Este es mi cuerpo, partido por ustedes». Hizo lo mismo con la copa de vino: «Esta es mi sangre, derramada por ustedes». Son las mismas palabras que repetiremos dentro de poco en el altar, y entonces será el mismo Señor el que nos invitará a cada uno de nosotros a alimentamos del pan y del vino consagrados. Se convierte en alimento para nosotros, para hacerse carne de nuestra carne.

Aquel pan y aquel vino son el alimento bajado del cielo para nosotros, peregrinos por los caminos de este mundo. Hacen que seamos más similares a Jesús, nos ayudan a vivir como él vivía, hacen surgir en nosotros sentimientos de bondad, de servicio, de cariño, de ternura, de amor y de perdón. Los mismos sentimientos que lo llevan a lavar los pies de los discípulos, como un siervo.

Estando ya avanzada la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y se ciñó una toalla; luego toma agua, se arrodilla delante de los discípulos y les lavó los pies. Incluso a Judas, que va a traicionarle. Jesús lo sabe, pero se arrodilla igualmente ante él y le lava los pies. Pedro, apenas ve llegar a Jesús reacciona de inmediato: «Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?». Para Jesús la dignidad no consiste en quedarse de pie sino en amar a los discípulos hasta el final, en arrodillarse a sus pies.

Es su última lección en vida: «Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”».

El mundo enseña a ponerse en pie, y exhorta a todos a mantenerse así, haciendo incluso que los demás se dobleguen ante nosotros. El Evangelio del Jueves Santo exhorta a los discípulos a inclinarse y lavarse los pies los unos a los otros. Es un mandamiento nuevo y es un gran don que recibimos esta noche.

En la Santa Liturgia de esta tarde el lavatorio de los pies es un signo, una indicación del camino que hay que seguir: lavarnos los pies los unos a los otros, empezando por los más débiles, por los enfermos, por los más indefensos.

El Jueves Santo nos enseña cómo vivir y por dónde empezar a vivir: la vida verdadera no es la de estar de pie, firmes en nuestro orgullo; la vida según el Evangelio es inclinarse hacia los hermanos y las hermanas, empezando por los más débiles. Es un camino que viene del cielo, y aun así, es el camino más humano, pues todos necesitamos amistad, cariño, comprensión, acogida y ayuda. Todos necesitamos a alguien que se incline ante nosotros como también nosotros necesitamos inclinarnos ante los hermanos y las hermanas.

El Jueves Santo es realmente un día humano, el día del amor de Jesús que desciende hasta abajo, hasta los pide sus amigos. Y todos son sus amigos, incluso aquel que está a punto de traicionarlo. Por parte de Jesús nadie es enemigo, para él todo amor. Lavar los pies no es sólo un gesto, es un modo de vivir. Al finalizar la cena, Jesús va hacia el Huerto de los Olivos. Allí se arrodilla de nuevo, e incluso se tiende en el suelo y suda sangre a causa del dolor y la angustia.

Dejémonos atrapar al menos un poco por este hombre que nos ama con un amor jamás visto en la tierra. Y mientras estamos ante el sepulcro, transmitámosle nuestra amistad. Hoy, más que nosotros, quien necesita compañía es el Señor. Escuchemos su súplica: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quédense aquí y velen conmigo». Inclinémonos ante él y no le escatimemos el consuelo de nuestra cercanía. Señor, en esta hora, no te daremos el beso de Judas, sino que como pobres pecadores nos inclinamos a tus pies e, imitando a la Magdalena continuamos besándolos con cariño.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 152-154.

Mi hora está ya cerca

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monedas traicion

 Miércoles de Semana Santa

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (26, 14-25)

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata.

Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.

El primer día de la fiesta de los panes Azimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” El respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ ”. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.

Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” El respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme.

Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo, Maestro?” Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El relato de la traición de Judas suscita siempre dolor y desconcierto. Judas llega a vender a su Maestro por treinta denarios, el precio del rescate de un esclavo. ¡Cuánta amargura en las palabras iniciales del Evangelio que hemos escuchado hoy: «Uno de los doce»! Sí, uno de sus amigos íntimos, uno de los que Jesús había elegido, había amado, se había preocupado por él, le había defendido de los adversarios. Y ahora es precisamente él quien lo vende.

Judas se había dejado seducir por las riquezas, distanciándose así del Maestro hasta el punto de concebir y llevar a cabo la traición. Jesús lo había dicho: «No se puede servir a Dios y al dinero». Judas acabó prefiriendo lo segundo. Sin embargo la conclusión de esta aventura fue muy distinta a como Judas la había imaginado. Quizá su angustia comenzó precisamente con la preocupación de encontrar el momento y el modo de «entregar a Jesús».

El momento estaba por llegar: coincidiría con la Pascua, el tiempo en que se inmola el cordero en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto. Jesús sabía bien lo que le esperaba esa Pascua, tanto que dice: «Mi hora está ya cerca». Pidió a los discípulos que preparasen la cena pascual, la cena del cordero, mostrando así que no era Judas quien lo «entregaba» a los sacerdotes, sino que él mismo se «entregaba» a la muerte por amor a los hombres.

Jesús podría haber huido de Jerusalén y retirarse a un lugar desierto. Pero no lo hizo, se quedó en Jerusalén y decidió celebrar la cena en la que los judíos recuerdan la decisión de Dios de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Mientras los discípulos están a la mesa, Jesús rompe la atmósfera alegre con la que normalmente se celebra este evento, y habla abiertamente de la traición que está a punto de consumarse contra él. La anuncia pero no le pone obstáculos.

La petición de amor de aquella tarde continúa resonando en los oídos de todo discípulo, y de todo hombre: la pasión de Jesús no ha terminado; y esa necesidad de amor llega sobre todo de los pobres, los débiles, los que están solos, los condenados, de todos aquellos cuya vida es atormentada por el mal. Todos debemos estar atentos para alejar de nosotros ese instinto de traición escondido en el corazón de cada uno. Incluso Judas, esa tarde, para esconder su intención de los demás, se atrevió a decir: «¿Acaso soy yo, Maestro?».

Interroguémonos sobre nuestras traiciones, no para dejarnos abrumar por ellas sino para unimos aún más a Jesús, que continúa cargando con los pecados del mundo, y también los nuestros.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 151-152.

Uno de ustedes me va a entregar

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Anuncio de la traición Martes de Semana Santa

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 21-33. 36-38)

En aquel tiempo, cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: “Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar”. Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha.

Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: “¿De quién lo dice?” Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?” Le contestó Jesús: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar”. Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dijo entonces a Judas: “Lo que tienes que hacer, hazlo pronto”.

Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.

Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente.

Era de noche. Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará. Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes.

Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden ir’ ”. Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿a dónde vas?” Jesús le respondió: “A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde”. Pedro replicó: “Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti”.

Jesús le contestó: “¿Conque darás tu vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús sabe bien que su «hora», la de la muerte y la resurrección, se está acercando. Su corazón está desbordado de sentimientos y también de contradicciones: no quiere morir pero tampoco quiere huir. En todo caso ha llegado la hora de su «partida» de este mundo al Padre. El está a punto de dejar este mundo, pero ese pequeño grupo de discípulos que ha reunido, cuidado, amado, enseñado, ¿continuará estando unido? Jesús sabe que Judas está a punto de traicionarle.

A este discípulo no le importa que el Maestro se haya inclinado ante el para lavarle los pies. Con sus pies lavados, tocados y quizá hasta besados por Jesús, está a punto de salir e ir a traicionarlo. Con una tristeza indescriptible en el corazón les dice a todos: «uno de ustedes me va a entregar». Son palabras que desconciertan a todos: no basta con estar físicamente junto a Jesús, lo que cuenta es la cercanía del corazón y acoger su plan de salvación. También nosotros podemos vivir en la comunidad de los discípulos, seguir los ritmos de la vida de los creyentes, pero sin la adhesión del corazón a su Palabra, sin la práctica concreta del amor por los más pobres, sin la comunión con los hermanos, sin la adhesión a su proyecto para un mundo de paz y justicia, nuestro corazón poco a poco se alejará, nuestra mente se obnubilará y ya no comprenderemos su sueño de amor.

Cuanto más se nubla el rostro de Jesús más crece nuestro «yo». Lo que era amor por Jesús se convierte en culto por nosotros mismos y nuestras cosas, y se vuelve algo natural caer en la traición. Es en el corazón donde se libra la batalla entre el bien y el mal, entre el amor y la desconfianza, y no hay compromiso posible. Así le sucede a Judas. En estos días, más que pedirnos que le sirvamos Jesús nos pide estar junto a él, acompañarlo, no dejarlo solo. Si acaso, nos exhorta a estar atentos, a no caer en la banalidad. Intenta hacérselo entender a los discípulos, pero ellos, empezando por Pedro, no lo entienden. Están demasiado prisioneros de sí mismos como para dejarse tocar el corazón por aquellas palabras.

En un corazón que no escucha es donde nace la traición. Si dejamos a un lado las palabras del Evangelio prevalecen nuestras palabras, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, y nos volvemos capaces hasta de malvender a Jesús. Todos debemos vigilar. Como Pedro y los discípulos, que se quedaron con él aquella tarde profesándole fidelidad hasta la muerte: bastaron unos pocos días para que le abandonen primero, y luego lo traicionen también ellos. No debemos confiar en nosotros mismos, sino confiarnos cada día al amor y la protección del Señor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 150-151.

Le ungió a Jesús los pies… y se los enjugó

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Unción de Betania Lunes de Semana Santa

Textos

† Del evangelio según san Juan (12, 1-11)

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos.

Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.

María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.

Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?” Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.

Entonces dijo Jesús: “Déjala.

Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán”.

Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El lunes de la Semana Santa, el Evangelio de Juan abre el relato de la Pasión con la cena en Betania, en casa de Marta, María y Lázaro, una familia muy querida por Jesús. En esos días de dura lucha con los fariseos y los sacerdotes la casa de esos amigos se había convertido para él en un lugar de reposo y distensión. Faltaban sólo seis días para la Pascua, y Jesús se encontraba nuevamente cenando con ellos. Estaba también Lázaro, a quien Jesús había devuelto hacia poco la vida.

En un cierto momento de la cena María se levanta, se acerca a Jesús, se arrodilla a sus pies, los unge con un ungüento y después los seca con sus cabellos. La casa se llena de perfume. El gesto puede ser un signo de afectuosa gratitud por el don de la vida hecho a su hermano. En cualquier caso es un gesto lleno de amor que perfuma con el olor de la gratuidad. María no calcula en absoluto el «derroche»; para ella cuenta el amor por ese profeta que le había devuelto a su hermano, y que amaba su casa tan tiernamente.

No piensa lo mismo Judas: para él aquel gesto tan lleno de amor es en realidad un derroche inútil. En realidad el evangelista señala que no le interesaban los pobres sino el dinero, o mejor dicho, su propio beneficio. La avidez por poseer para sí mismo le había cegado. Jesús responde inmediatamente a Judas y dice: «Déjala». Quiere que María continúe su gesto de amor; el ungüento anticipaba el óleo con el que su cuerpo sería ungido antes de su sepultura. Y añade Jesús:« Porque pobres siempre tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis». En efecto, dentro de poco empezaría su «vía crucis», hasta la muerte.

María es la única de entre todos ellos que había comprendido que Jesús iba a ser condenado a muerte, y por eso necesitaba un cariño y una cercanía especiales, como requiere todo moribundo. Esta mujer. que se había dejado arrastrar por el amor de Jesús, nos enseña cómo estar Junto a este extraordinario Maestro en estos días y como, estar cerca de los débiles y los enfermos a lo largo de todos sus días.

En especial Junto a los ancianos, sobre todo cuando su cuerpo se debilita y necesita cuidados, incluso con «ungüentos». En ese gesto tan tierno y lleno de amor, hecho a base de gestos simples y concretos, se simboliza el camino de la salvación: estando junto a los pobres, los débiles, los ancianos, estamos junto al mismo Jesús. Es en este sentido que Jesús dice: «a los pobres los tendrán siempre con ustedes». Ellos podrían decirnos cuánto necesitan el ungüento de la amistad y del cariño. Dichosos nosotros -y ellos- si tenemos la ternura y la audacia de María.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 149-150.

Bendito el rey que viene en nombre del Señor

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domingo-de-ramos-hermosaDomingo de Ramos

Textos

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (19, 28-40)

En aquel tiempo, Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino de Jerusalén, y al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al caserío que está frente a ustedes.

Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: ‘El Señor lo necesita’”.

Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho. Mientras desataban el burro, los dueños les preguntaron: “¿Por qué lo desamarran?” Ellos contestaron: “El Señor lo necesita”. Se llevaron, pues, el burro, le echaron encima los mantos e hicieron que Jesús montara en él.

Conforme iba avanzando, la gente tapizaba el camino con sus mantos, y cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. El les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”. Palabra del Señor.

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas  

 

Audio del texto de la entrada en Jerusalén
Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el Domingo de Ramos o de la Pasión del Señor, escuchamos dos textos del evangelio. El primero corresponde a la entrada de Jesús en el templo según la versión de Lucas y después, ya en la celebración eucarística, la Pasión según san Lucas.

La entrada de Jesús en Jerusalén.

Lo peculiar del relato lucano al narrar la entrada de Jesús en Jerusalén es la insistencia sobre la oración. “…cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. El les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”.

La entrada de Jesús a Jerusalén se realiza en medio de la celebración festiva de “la multitud de discípulos” y se caracteriza por la alegría, por la expresión en voz alta de alabanzas a Dios.

La oración de los discípulos resume lo que ha visto en el camino compartido con Jesús; es un testimonio del Reino que han visto acontecer en el ministerio de Jesús: “se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto”.

Es una oración que aclama al Mesías, mediante dos expresiones: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!”. La primera, es una cita del salmo 118,26, conocida en la liturgia del Templo de Jerusalén; es la aclamación con la que se recibían a los gozosos peregrinos en el momento de su ingreso al templo. Los discípulos añaden la expresión “al Rey”, que no está en el texto original con lo que identifican a Jesús con el Reino que ha sido el núcleo de su mensaje. La segunda, “Paz en el cielo…” retoma el canto de los ángeles en la noche de navidad, es una alabanza que se refiere dos veces a las alturas, es un grito de gratitud a Dios por la venida del Rey-Mesías; si en la noche de navidad la exclamación era de los ángeles en el cielo, ahora son los discípulos en la tierra, como indicando el final de un ciclo o el cumplimiento de una misión. También aquí los discípulos añaden algo novedoso; en el anuncio de los ángeles la exclamación era “paz en la tierra”; ahora los discípulos exclaman “paz en el cielo”, expresión que tiene el sabor a un reconocimiento que la paz de Jesucristo ha venido del cielo, pues de Dios proviene el don de la paz.

El entusiasmo de los judíos escandaliza a los fariseos que reaccionan negativamente y piden a Jesús que reprenda a sus discípulos. Es lógica la reacción, pues los discípulos están aclamando a Jesús como el Mesías enviado por Dios, algo que ellos no aceptaban; además, los fariseos se incomodan pues la aclamación de los discípulos les parece extravagante.

La Pasión según san Lucas

Para una lectura orante de la Pasión según san Lucas 22,1 a 23,56, ayuda considerar o contemplar los 16 cuadros que van ordenando la narración, sin perder de vista lo que es propio del relato lucano.

  1. El complot contra Jesús (estos versículos se omiten en el texto litúrgico)

El relato de la Pasión comienza con un preludio que nos inserta enseguida en el drama. Satán vuelve al ataque y se activan las fuerzas hostiles que tienen interés en la muerte de Jesús.

  1. La última pascua

Después de los preparativos por parte de los discípulos para el banquete, se prosigue con la celebración pascual misma. Lucas destaca el ritual de la cena pascual judía a lo largo de la cual el cabeza de familia hace circular varias copas. Hace un signo sobre el pan, el cual permanece como “memoria mía”.  En las palabras de Jesús sobre la copa se cumple la profecía de Jeremías que anuncia la nueva alianza. (cf. Jer 31, 31.33-34)

  1. El testamento de Jesús

A partir  del gesto de infidelidad de un miembro de la comunidad, Jesús da las consignas para el comportamiento de la comunidad cristiana que permanece fiel a Él. Desea que el poder no se ejerza a la manera de los paganos, no desde el pedestal de quien se siente “bienhechor”, sino según su estilo que es el servicio; desea que los discípulos compartan la plenitud del Reino, lo que exige perseverar con el Maestro en las pruebas; en contraste con la infidelidad del discípulo, Jesús da testimonio de su propia fidelidad: “yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca”. Puesto que Satán no permanece inactivo y conociendo la debilidad de su discípulo, Jesús anuncia las sacudidas que va a sufrir Pedro, antes de su caída. Los discípulos vivirán dentro de poco la misión y enfrentarán la hostilidad del mundo un evangelizarán en medio de un mundo de violencia; ante ello, el Señor les da consignas: tienen que prepararse ante los tiempos difíciles.

  1. La oración en el monte de los olivos

Oscurece  cuando Jesús y sus discípulos se dirigen hacia el monte de los Olivos; allí la angustia de Jesús orante hace contrapunto al momento de violencia que viene con el arresto. Lucas destaca que Jesús ora y hace orar conforme a la enseñanza que le había dado a los discípulos. Retoma dos peticiones del Padre Nuestro. Al comienzo y al final del episodio, Jesús le pide a sus discípulos que oren de manera que no caer en la tentación. Al Padre le dice: “que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Dios acoge su oración y le envía un ángel para que lo reconforte. Lo mismo que Dios ya había hecho con el profeta Elías.

  1. El beso del traidor

No se describe quien forma la tropa que acude a arrestar a Jesús; la atención está puesta en el traidor, uno de los doce y la actitud de Jesús que en esa circunstancia da testimonio de lo que había enseñado a sus discípulos al exhortarlos a amar a los enemigos. El comportamiento de Jesús es modelo para los cristianos y contrasta con el de Judas y el de los discípulos que reaccionan con violencia.

  1. La caída de Pedro.

En el patio de la casa del sumo sacerdote, en presencia de Jesús, Pedro niega ser discípulo; pertenecer a la comunidad y haber hecho con él el camino desde Galilea, las tres formas de vinculación con Jesús. La mirada del Señor y el recuerdo de sus palabras tendrán como efecto la conversión de Pedro.

  1. El rostro cubierto.

Los captores, golpean a Jesús y se burlan de él. Al contrario de Pedro, ellos no afrontan la mirada de Jesús: cubren su rostro pidiéndole que juegue con ellos para burlarse de él.

  1. Jesús ante el Sanedrín

La mañana del viernes comienza con un primer interrogatorio ante la máxima autoridad judía. La revelación se hace en dos momentos. En primer lugar, Jesús deja entender que Él es mucho más que un Rey- Mesías temporal. A partir de la misteriosa figura del Hijo del hombre que viene entre las nubes del cielo, en segundo lugar, hace entender que Él es el Hijo de Dios. Ante el Sanedrín finalmente no se realiza un proceso judicial: no hay testigos ni acusaciones ni sentencia.

  1. Jesús ante Pilatos

Delante de Pilatos si hay proceso judicial. La acusación se basa en motivos políticos “Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación y oponiéndose a que se pague tributo al César y diciendo que él es el Mesías rey”. Pilatos afirma por primera vez que Jesús es inocente: “No encuentro ninguna culpa en este hombre”.

  1. De Pilatos a Herodes

En lugar de asumir su responsabilidad y tratar a Jesús como a alguien de su jurisdicción y de hacerle justicia, Herodes se comporta de forma indigna. Al final–de manera involuntaria- u le rinde un homenaje revistiéndolo con un manto real.

  1. De Herodes a Pilatos

Pilatos afirma por segunda vez que Jesús es inocente, esta vez coincidiendo con la opinión de Herodes. Con todo, hace flagelar a Jesús con intención de soltarlo después. Pero esto no satisface a los jefes ni al pueblo, que interviene aquí por primera vez. Una ironía trágica aparece en el texto: aquellos que habían acusado a Jesús de subversión son los mismos que solicitan la liberación de un verdadero subversivo, pidiendo la muerte del inocente. Después de afirmar por tercera vez que Jesús es inocente, Pilatos termina cediendo ante la presión popular. Para Lucas, los principales responsables de la muerte de Jesús son los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo. Se destaca la ausencia de los fariseos. Según el testimonio de Lucas, ellos no son enemigos mortales de Jesús.

  1. Jesús carga la cruz

La narración alcanza su vértice dramático durante el camino de la Cruz. Llevando la cruz detrás de Jesús, Simón de Cirene se convierte en modelo del discípulo que toma la cruz. El pueblo también sigue a Jesús, contemplándolo a su paso. Se destacan la actitud de las mujeres y las palabras que Jesús les dirige a ellas. En términos proféticos Jesús anuncia la caída de Jerusalén.

  1. Una muerte ejemplar

Hasta el fin de su vida, Jesús pone en práctica lo que ha enseñado: el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas. Mientras es crucificado dice: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

  1. La muerte de un rey

Los jefes de los judíos, los soldados romanos y uno de los malhechores desafían a Jesús para que se salve a sí mismo. Jesús no lo hace. Él es “salvador”, pero no ejerce su poder para provecho propio. Por decisión personal, introduce en el paraíso a un pobre hombre que pone su confianza en Él. La salvación no será solamente al final de los tiempos, cuando vuelva. Jesús, desde la cruz, anuncia el “hoy” de la salvación.

  1. La muerte del Hijo

Las últimas palabras de Jesús en la cruz son una oración expresada en un grito de confianza. Si bien están inspiradas en el Salmo 31,6, ellas evocan sus primeras palabras en el Templo de Jerusalén, cuando cumplió sus doce años. Jesús llama a Dios “Padre” suyo y en sus manos deposita toda su vida, en Él concluye su camino y a Él le entrega su causa.

  1. Después de la muerte de Jesús

Comienza una serie de reacciones frente a la muerte heroica de Jesús. Notamos la alusión continua al “ver” al crucificado: El centurión romano, ve y da testimonio, la muerte de Jesús es una injusticia, es el inocente ajusticiado, tal como lo había profetizado Isaías en los cánticos del Siervo de Yahvé; el pueblo “ve” y comienza a convertirse, reconociendo su culpabilidad; los amigos que lo acompañaron desde Galilea, ven, pero desde lejos.

Sigue la sepultura. No todos los miembros del Sanedrín eran sus enemigos. José de Arimatea, llamado bueno y justo, le tribute homenaje y le da digna sepultura

Las mujeres “ven” todo hasta el ultimo instante. Su fidelidad rebase la de los varones discípulos. Ellas, las testigos de la sepultura de Jesús, serán igualmente las primeras testigos de la resurrección.

La “visión” del Resucitado no se puede desconectar de la “visión” del crucificado. Es así como la contemplación de las actitudes de Jesús en su Pasión y Crucifixión en esta narración que se desencadena sin pausa –que se escucha con la respiración contenida por la emoción- es el preludio de la “conversión” pascual que está a punto de suceder. Tal como lo hace sentir Lucas, el final es tranquilo y lleno de suspenso: una extraña calma que interroga el corazón. La serenidad orante del final abre las puertas a una gran expectativa… que tendrá respuesta.

 

[1] F. Oñoro. La entrada a Jerusalén y el itinerario de la Pasión en Lucas (Lucas 22-23), CEBIPAL/CELAM.

Tomaron la decisión de matarlo

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Caifás

Cuaresma

Sábado de la V semana

Textos 

† Del evangelio según san Juan (11, 45-56)

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver que Jesús había resucitado a Lázaro, creyeron en él. Pero algunos de entre ellos fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron al sanedrín y decían: “¿Qué será bueno hacer? Ese hombre está haciendo muchos prodigios. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él, van a venir los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación”.

Pero uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: “Ustedes no saben nada. No comprenden que conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca”. Sin embargo, esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios, que estaban dispersos. Por lo tanto, desde aquel día tomaron la decisión de matarlo.

Por esta razón, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la ciudad de Efraín, en la región contigua al desierto y allí se quedó con sus discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos y muchos de las regiones circunvecinas llegaron a Jerusalén antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús en el templo y se decían unos a otros: “¿Qué pasará? ¿No irá a venir para la fiesta?”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje evangélico que sigue inmediatamente a la resurrección de Lázaro quiere prepararnos para la celebración de la santa semana de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Los sumos sacerdotes han comprendido que el milagro de la resurrección de Lázaro era un acontecimiento tan extraordinario que podía hacer crecer de manera imparable un movimiento de adhesión a Jesús. Y entonces sería fácil que el poder que tenían sobre la gente se hiciera pedazos. Se repetía de forma análoga lo que sucedió ya en el momento del nacimiento de Jesús, cuando Herodes trató de matar al Niño temiendo que pudiera disputarle el trono. Y también esta vez se decide matar a Jesús.

Caifás, en plena asamblea, toma la palabra y dice con solemnidad: «Conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación». Él no sabía que estaba interpretando el significado más profundo y verdadero de Jesús, único salvador del mundo. En efecto, la muerte de Jesús habría abatido los muros que dividían a los pueblos, y la historia habría tomado un nuevo rumbo, el de la unidad entre las naciones. En aquella asamblea se tomó por tanto la decisión solemne de matar al joven profeta.

Jesús, una vez más, se retira y va a Efraín con sus discípulos. Es el tiempo de la oración y de la reflexión. Era necesario crecer en la comunión, reforzar los vínculos de amistad y fraternidad, y para los discípulos, crecer en la fe hacia aquel Maestro.

Jesús sabía bien en qué medida era necesario, sobre todo en aquel momento, recoger y reforzar su fe. Yo pienso que gastó no pocas energías en adiestrarles y exhortarles para que permanecieran firmes en el camino del amor, venciendo temores, cerrazón y miedos.

Jesús trataba de esconderse para evitar que la multitud, que había aprendido a reconocerlo, se reuniese. Pero el deseo que tantos tenían de verlo, de hablar con él, de tocarlo, era tan grande que muchos de los peregrinos llegados a Jerusalén para la Pascua se acercaban al templo para verle. Este deseo de las multitudes de ver a Jesús es una invitación también para nosotros en estos días, para que no nos separemos de este maestro que «todo lo ha hecho bien». (Paglia, p. 145-146)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 145-146.

Cogieron piedras para apedrearlo

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jesús y el escriba

Cuaresma

Viernes de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (10, 31-42)

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: “He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?” Le contestaron los judíos: “No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios”. Jesús les replicó: “¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: ‘Soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean.

Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre”. Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.

Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: “Juan no hizo ninguna señal prodigiosa; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad”.

Y muchos creyeron en él allí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Ante la afirmación de Jesús: «Yo y el Padre somos uno», explota la rabia de sus interlocutores, que intentan lapidarlo. Es la segunda vez que ocurre según el evangelista Juan. Los que le escuchaban habían entendido perfectamente el alcance de las palabras pronunciadas por Jesús: para ellos eran una blasfemia. Jesús debía ser castigado con la lapidación.

Esta vez, en lugar de desaparecer de su vista, responde con la calma de quien sabe que está haciendo la voluntad del Padre. «He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?». Ellos responden que su reacción no nace de ninguna acción incorrecta de Jesús, sino de su pretensión de presentarse como Dios. Muy distinta era la reacción de los pobres y los débiles que Jesús encontraba y ayudaba. Ellos comprendían que un amor tan grande y tan fuerte sólo puede venir de Dios.

Es cierto que si nos ponemos ante los signos extraordinarios realizados por Jesús y ante sus palabras con una actitud de orgullo y frialdad no veremos la realidad tal como es. Podríamos decir que los, fariseos permanecían cegados por el fuerte brillo de ese amor. Este es el sentido de la acusación a Jesús: «Tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios».

La fe nos muestra que Jesús es ciertamente verdadero hombre, pero también verdadero Dios. Es el misterio que el Evangelio nos revela: Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Este misterio custodiado y transmitido por los discípulos de todo tiempo, de generación en generación, se aplica a la propia Iglesia, que es a la vez obra del hombre y obra de Dios. Ella misma es un misterio de amor. El apóstol Pablo la define como «cuerpo de Cristo»: a través de la Iglesia, sus sacramentos, la predicación del Evangelio, todos nosotros entramos en relación con Dios. En ese sentido, la Iglesia es la obra de Cristo, más aún, su «cuerpo» que continúa en el tiempo.

La comunidad cristiana es el sacramento, es decir, el signo de la presencia de Jesús es la historia. Estas afirmaciones no sólo no detienen a sus adversarios, sino que les incitan a apresar a Jesús. Pero él escapa. El evangelista Juan subraya que no son los enemigos los que capturan a Jesús, sino que es Jesús mismo quien, cuando llega la hora, se entrega a ellos. Y lo hacer por amor. De momento se aleja, retirándose al lugar en que Juan bautizaba, donde muchos continuaron acudiendo a él para escuchar su palabra de salvación, y se dejaban tocar el corazón. (Paglia, p. 144-145)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 144-145.

La verdad los hará libres

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Jesús con judios 3Cuaresma

Miércoles de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (8, 31-42)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los que habían creído en él: “Si se mantienen fieles a mi palabra, serán verdaderos discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres”. Ellos replicaron: “Somos hijos de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: ‘Serán libres’?” Jesús les contestó: “Yo les aseguro que todo el que peca es un esclavo y el esclavo no se queda en la casa para siempre; el hijo sí se queda para siempre.

Si el Hijo les da la libertad, serán realmente libres. Ya sé que son hijos de Abraham; sin embargo, tratan de matarme, porque no aceptan mis palabras. Yo hablo de lo que he visto en casa de mi Padre: ustedes hacen lo que han oído en casa de su padre”.

Ellos le respondieron: “Nuestro padre es Abraham”. Jesús les dijo: “Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham. Pero tratan de matarme a mí, porque les he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Ustedes hacen las obras de su padre”.

Le respondieron: “Nosotros no somos hijos de prostitución. No tenemos más padre que a Dios”. Jesús les dijo entonces: “Si Dios fuera su Padre me amarían a mí, porque yo salí de Dios y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino enviado por él”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Esta página evangélica se sitúa en el contexto de la tensión que se había creado entre la primera comunidad cristiana y el judaísmo. Los primeros cristianos fueron sometidos a una dura prueba por la hostilidad de los judíos, que reivindicaban la tradición de la ley mosaica. El evangelista Juan recuerda a los discípulos de Jesús que «permanezcan» en su Palabra: no sólo que la escuchen sino que la habiten como si fuera su propia casa; en definitiva, que la pongan en práctica como la palabra más familiar de su vida.

La palabra recibida y escuchada con fidelidad es la verdadera casa que el cristiano está llamado a habitar: su vida debe estar como envuelta, sostenida, fermentada por el Evangelio. La libertad cristiana consiste en escuchar y seguir la palabra evangélica, que es un yugo dulce que nos libera de las duras cadenas del formalismo de la ley y del egoísmo.

La libertad no nace de la ley, y ni siquiera de la pertenencia, aunque sea a la «estirpe de Abraham».. La libertad cristiana no es la disolución de todo vínculo para poder hacer lo que uno quiere. Esto es egoísmo, o esclavitud de las modas del mundo y las seducciones del mal. Hay siempre una presunción en el esclavo, la de negar su esclavitud, porque pone a salvo de las responsabilidades y del cansancio de buscar siempre la dirección hacia la que encaminarse, y también de formar parte de un «nosotros», de ese pueblo que Jesús ha venido a reunir en la tierra.

«La verdad os hará libres», dice Jesús. Y la verdad es Jesús mismo. Es la adhesión a él -una adhesión permanente- la que libera frente al pecado. No basta considerarse «hijo de Abrahán» para serlo de verdad, subraya Jesús: la verdadera filiación, la que convierte en amigo y familiar de Dios, surge del «hacer las obras del Padre». Jesús insiste: «Si son hijos de Abraham, hagan las obras de Abraham». No sólo querían matar a Jesús -cosa que a Abraham ni se le hubiera pasado por la cabeza-, sino que realizó la obra más alta para un creyente: obedecer la palabra del Señor y confiarle toda su vida, como escribe la Carta a los Hebreos: «Por la fe, Abraham… obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 142-143.

Cuando hayan levantado al Hijo del Hombre

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jesús con los judios 2

Cuaresma

Martes de la V semana

Textos

 † Del evangelio según san Juan (8, 21-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir”. Dijeron entonces los judíos: “¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’?” Pero Jesús añadió: “Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”.

Los judíos le preguntaron: “Entonces ¿quién eres tú?” Jesús les respondió: “Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar.

El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo”. Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.

Jesús prosiguió: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada”.

Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de Juan nos sitúa una vez más en el templo, donde Jesús continúa su última y decisiva confrontación con sus adversarios. Quienes le escuchan se obstinan en no acoger el testimonio de su origen divino, porque si lo reconocieran como enviado de Dios deberían acoger su predicación y cambiar su corazón y toda su vida.

Para permanecer firmes en sus posiciones y evitar cualquier cambio, no aceptan la predicación de Jesús, sino que la tergiversan. Es lo que nos sucede también a nosotros cuando no queremos escuchar con disposición de corazón el Evangelio, que nos pide dejar el mal y seguir el camino del amor por Jesús y por los demás. Hacemos de todo para justificamos a nosotros mismos y nuestras decisiones. Cuando Jesús afirmó que adonde él iba ellos no podían ir, sus oyentes llegaron a pensar que tenía intención de suicidarse. En realidad Jesús se movía en un plano muy distinto.

Miraba a lo alto hacia el Padre del cual había recibido una misión universal que abrazaba a todos los hombres. Jesús les dice: « +Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo».

Jesús ha descendido hasta lo mas bajo de los hombres para llevarlos a lo más alto, hacia el cielo de Dios. Hay una distancia abismal entre el modo normal de razonar de los hombres y la visión que Dios tiene del mundo Y de toda la humanidad. El sueño de Dios para el mundo aparecerá claro en el momento culminante de la vida de Jesús: su muerte en cruz. Los que le crucificaron la considerarán su victoria, pero en realidad sobre aquella cruz será derrotado ese primado del egoísmo que arrastra al mundo hacia abajo, y se ensalzará el amor de Dios que salva a todos los hombres.

Mientras nosotros tratamos por todos los medios de salvamos a nosotros mismos, Jesús dedica su vida entera a salvamos a nosotros, llegando incluso a subir a la cruz. Por eso les dice a todos, aunque todavía no puedan comprenderlo: «Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy». Sí, en el momento de la muerte aparecerá con claridad quién es Jesús y el porqué de su encamación. El primero en comprenderlo fue el centurión romano que estaba a los pies de la cruz, el cual, viendo cómo se había comportado Jesús hasta el último aliento, dijo: «Verdaderamente este hombre era el hijo de Dios». También algunos de los que estaban presentes en el templo, escuchándole hablar, creyeron en él. Si para ellos fue suficiente aquel discurso, ¿por qué nosotros dudamos a pesar de las muchas veces que se nos anuncia el Evangelio?

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 141-142.

Ustedes juzgan por las apariencias

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Cuaresma

Lunes de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (8, 12-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en la oscuridad y tendrá la luz de la vida”. Los fariseos le dijeron a Jesús: “Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es válido”. Jesús les respondió: “Aunque yo mismo dé testimonio en mi favor, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y a dónde voy; en cambio, ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy. Ustedes juzgan por las apariencias. Yo no juzgo a nadie; pero si alguna vez juzgo, mi juicio es válido, porque yo no estoy solo: el Padre, que me ha enviado, está conmigo. Y en la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido. Yo doy testimonio de mí mismo y también el Padre, que me ha enviado, da testimonio sobre mí”. Entonces le preguntaron:” ¿Dónde está tu Padre? “Jesús les contestó:” Ustedes no me conocen a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre”. Estas palabras las pronunció junto al cepo de las limosnas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora. Palabra del Señor

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje (1)

La presente dialéctica entre Jesús y los fariseos tiene lugar en el atrio del templo llamado “de las mujeres”, donde se encuentra el arca de las “ofrendas”. Allí, durante la fiesta de las Tiendas se encendían enormes hachones capaces de iluminar toda la ciudad de Jerusalén. Jesús se inspira en esta realidad para revelar que él es la verdadera “luz del mundo”, que los hombres deben seguir para tener vida.

Los oponentes objetan la verdad de sus palabras o su origen divino y su intimidad con el Padre. Jesús responde sencillamente remitiéndoles a la ley invocada por ellos: ¿se necesitan dos testimonios para probar la verdad de una afirmación? Pues bien, sus palabras son convalidadas por el Padre que le ha enviado.

Pero ellos, que pretenden erigirse como jueces, juzgan “con criterios mundanos” (v. 15) y, por consiguiente, incapaces de conocer quién es él en verdad, porque ni siquiera conocen al Padre. (Zevini (3), p. 338-339)

1. Zevini et.al. Lectio Divina. T. 3, pop. 338-339

Tampoco yo te condeno…

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Jesús y la mujer adultera.jpg

Cuaresma

Domingo de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”.

Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En la misma lógica de la conversión y de la reconciliación a la que nos ha invitado la Palabra de Dios durante esta cuaresma, este domingo, profundizamos en una de las más bellas expresiones de la misericordia: el perdón.

Nos apartamos del evangelio de san Lucas para dar paso a un pasaje del evangelio de Juan que tiene un claro sabor lucano, pues encaja perfectamente en los grandes temas que Lucas desarrolla en su obra y es más afín al estilo y lenguaje de este evangelista que al de Juan.

Se trata del episodio de la mujer sorprendida en adulterio. Es una escena dramática, la mujer no es una víctima inocente y tampoco lo era su cómplice que no aparece por ningún lado; sus acusadores son implacables, se han erigido en jueces y sumariamente quieren aplicar la ley que la condena a muerte; someten el caso a Jesús, que delante de ellos manifiesta el amor misericordioso de Dios y su perdón, experiencia que penetra en lo más íntimo del corazón.

En el fondo hay otro juicio, el que ya han hecho de Jesús y que quieren justificar con una evidencia; el caso que le presentan esconde una trampa, cualquiera que  fuera su respuesta le crearía dificultades; si era condenatoria, sería contradecir su enseñanza; si era absolutoria, sería ir contra la ley. Quieren ponerlo a prueba para justificar la condena de muerte que ya habían hecho sobre él.

Jesús aprovecha la ocasión para dar una magnífica enseñanza sobre el dinamismo del perdón: reconocer el pecado, ser perdonado y perdonar a los demás y lo mismo para quien pretende erigirse como juez: no tiene autoridad para juzgar quien tiene motivos para ser juzgado; sólo quien perdona puede ser perdonado por Dios.

El contexto

Jesús ha pasado toda la noche en oración; de madrugada va al templo en donde «la multitud se le acercaba» buscando su enseñanza. Jesús está en la ciudad santa como maestro, «sentado entre ellos, les enseñaba».

El dato no es de menor importancia. Nos ubica en un escenario que por un lado deja ver que es mucha la gente que reconoce la autoridad de Jesús y al mismo tiempo nos hace entender el significado de aquella escena: todos los ojos están puestos en él, un fracaso podría desautorizarlo definitivamente.

La situación es peligrosa, quienes buscan pretextos para acusarlo, podrían aprovechar cualquier titubeo o imprecisión para emboscarlo en una trampa jurídica, desacreditarlo y llevarlo a juicio. Jesús mismo había dicho que no venía abolir la ley sino a darle plenitud ¿cómo lo hará en este caso?

El juicio de la mujer pecadora

Comienza en drama: «los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio»; el hecho es indudable, nadie dice que se trata de una acusación falsa; más adelante se alude a la flagrancia; lo que llama la atención es que sólo sea acusada la mujer; la ley, en el libro del levítico (20,10) señala que en caso de adulterio, debían morir «tanto el adúltero como la adúltera».

Jesús es abordado y, como maestro, se le presenta el caso para que dé el veredicto; quienes acusan a la mujer: «esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio» presentan el hecho, recuerdan lo que manda la Ley «Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres» pero omiten la referencia al varón; y le piden su veredicto: «¿Tú que dices?».

El juicio velado a Jesús

El evangelista dice que «le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo»; esta nota ayuda a entender que hay otro problema de fondo y es el juicio que los acusadores de la mujer ya han hecho sobre Jesús a quien quieren eliminar y sólo buscan la forma legal de hacerlo, para ello le ponen una trampa.

Si Jesús aprueba el comportamiento de los acusadores, se pondría en contraposición con su propia manera de actuar que era cercana y misericordiosa con los pecadores y aparecería a los ojos de la multitud como un falso maestro.

Si, por el contrario, Jesús no aprueba lo que hacen quienes acusan a la mujer, estaría desconociendo una ley que era muy clara y desestimando un hecho flagrante, dando así motivos también para ser acusado de ser un falso maestro que aparta a la gente del cumplimiento de la Ley y al ser nocivo para el pueblo, tendría que ser quitado de en medio.

La respuesta de Jesús

Jesús responde con un gesto y con una frase. El gesto es silencioso; «se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo». Se toma su tiempo, lo hace dos veces; la segunda después de pronunciarse, establece un lapso de silencio con el que manifiesta su calma y dominio de la situación y propicio como para que los asistentes tuvieran tiempo de reflexionar el caso a la luz de lo que él mismo les había enseñado.

Los acusadores de la mujer «insistían en su pregunta», dando evidencia de que se habían impacientado y, como para impedirle tiempo de reflexión, lo presionaron pidiéndole una respuesta. Jesús se levantó y les dijo: «aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra».

Con esta frase, Jesús adapta la norma bíblica contenido en el libro del Deuteronomio (17,7) que establece que para condenar a una persona a muerte, se requieren dos o tres los testigos del delito y que sean ellos quienes inicien la ejecución; con ello la ley previene de condenas injustas y de testimonios en falso y hace responsable de la muerte de un transgresor de la ley a quienes son testigos del delito.

Con sus palabras Jesús hizo que los acusadores de la mujer cayeran en la cuenta de que habían considerado el delito y lo habían confrontado con la Ley, pero no habían considerado su autoridad moral para acusar y condenar pues no habían tenido en cuenta sus propios pecados. En el juicio que hacen no pueden presentarse como si fueran intachables y nunca hubieran cometido una falsa; ellos también necesitan de la paciencia, de la misericordia y del perdón de Dios.

Después de pronunciar esta frase «se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo», dejándoles tiempo para la reflexión.

Puestos contra su propia historia, los acusadores y la multitud «comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos»; con su actitud, reconocieron que ninguno estaba libre de culpa; todos se fueron yendo «hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.»

El perdón de Jesús

Jesús se dirige entonces a la mujer acusada de adulterio y establece con ella un diálogo delicado, en su voz no hay reproche ni tono de condena. Le hace dos preguntas y hace dos afirmaciones.

Las preguntas, «dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?» , hacen evidente lo que ha sucedido: los acusadores se han ido y ninguno la ha condenado. Ante ello, Jesús afirma: «Tampoco yo te condeno», liberándola así de la pena de muerte; «Vete y ya no vuelvas a pecar», palabras con las que Jesús absuleve y abre la vida de la mujer a un nuevo horizonte, el comienzo de una nueva historia; el perdón le permite renacer.

Jesús no aprueba el pecado, ni lo relativiza como si no hubiera pasado nada, no niega la verdad de los hechos, los confronta con la misericordia de Dios que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva y por ello, dirigiéndose a la mujer le habla enérgicamente pidiéndole no alejarse de Dios que es el Señor de la vida.

La misericordia de Dios es para todos. Los acusadores tuvieron la oportunidad de reconocerse necesitados del perdón de Dios y de comprender que no debían actuar con presunción de perfección y sin misericordia.

La misericordia salvó la vida de la mujer de dos maneras: de la pena de muerte y de una vida condenada a llevar sobre si el lastre del pecado, al ofrecerle el perdón de Dios que renueva el corazón y lo fortalece para no volver a pecar.

Juzgar y perdonar

Esta escena de perdón de la mujer sorprendida en flagrante adulterio, pone de relieve el contraste que hay entre nuestros juicios sobre los demás, que suelen ser muy exigentes y los que hacemos sobre nosotros mismos, que suelen ser indulgentes. Hay también un gran contraste entre el modo de juzgar del sistema social, que es implacable y el modo de juzgar de Dios que es misericordioso.

Dios no condena al pecador, lo acoge para que se rehabilite. Todos podemos vernos en la imagen de la mujer adúltera, necesitados de ser acogidos, de ser perdonados, de tener una nueva oportunidad.

La misericordia no niega la verdad. A las cosas se les llama por su nombre, sin matices ni eufemismos. El proceso de renovación interior o de superación de actitudes que nos alejan de Dios y de los hermanos requiere confrontar la propia vida con la verdad; sin maximizar o minimizar lo hechos, renunciando a complicidades que esconden las propias faltas y reconociendo la propia fragilidad y los propios errores; sólo así se puede comenzar de nuevo.

Hay muchos tipos de faltas. Jesús no se presenta obsesionado con esta falta de adulterio como si se presentan los acusadores; llama pecado a la falta y le dice a la mujer que no vuelva a pecar; en ningún lugar Jesús señala que las faltas en materia sexual sean más graves que las que se cometen en otros ámbitos de la vida; más aún,  si lo vemos hablando con más dureza sobre la hipocresía y la injusticia de los fuertes y poderosos y tratar con indulgencia a los que los intérpretes de la ley calificaban como pecadores y malditos. Las faltas, faltas son y su gravedad tiene que ver con la materia de la falta y la decisión de incurrir en ella implicando la voluntad, la conciencia y libertad.

Por ello, es muy difícil juzgar sobre las faltas de los demás, pues sólo podemos juzgar lo que vemos y no lo que no vemos. Resulta fácil lanzar piedras, juzgar y acusar a los demás. Jesús nos invita a no enjuiciar ni condenar fríamente a los demás, desde la supuesta objetividad de hechos que esconde la interpretación subjetiva que nosotros hemos hecho de los mismos. Jesús nos enseña a comprender las faltas de los demás desde la conducta personal; antes de arrojar piedras, hemos juzgar nuestro propio pecado. Lo que muchas personas necesitan no es la condena sino a alguien que les ayude y les ofrezca la posibilidad de rehabilitarse; un corazón misericordioso y una mano amiga que ayude a levantarse.

Corresponde a cada persona confrontar su vida con el amor de Dios y con esta luz, reconocer las propias faltas, experimentar el arrepentimiento y dolor por haberlas cometido y acogerse a la misericordia de Dios; es un proceso que cristaliza en la experiencia sacramental de la reconciliación; acudimos a este sacramento, para reconocer con vergüenza y dolor las propias culpas poniéndolas delante de la misericordia de Dios y escuchar junto con las palabras de la absolución el imperativo de Jesús: vete y no vuelvas a pecar.

 

[1] Fi. Oñoro, El perdón de la pecadora y el pecado de los acusadores. Juan 8, 1-11, CEBIPAL; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 101-104.

¿Acaso el Mesías va a venir de Galilea?

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Jesús en el Templo 2 

Cuaresma

Sábado de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (7, 40-53)

En aquel tiempo, algunos de los que habían escuchado a Jesús comenzaron a decir: “Este es verdaderamente el profeta”.

Otros afirmaban: “Este es el Mesías”.

Otros, en cambio, decían: “¿Acaso el Mesías va a venir de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá de la familia de David, y de Belén, el pueblo de David?” Así surgió entre la gente una división por causa de Jesús.

Algunos querían apoderarse de él, pero nadie le puso la mano encima.

Los guardias del templo, que habían sido enviados para apresar a Jesús, volvieron a donde estaban los sumos sacerdotes y los fariseos, y éstos les dijeron: “¿Por qué no lo han traído?” Ellos respondieron: “Nadie ha hablado nunca como ese hombre”. Los fariseos les replicaron: “¿Acaso también ustedes se han dejado embaucar por él? ¿Acaso ha creído en él alguno de los jefes o de los fariseos? La chusma ésa, que no entiende la ley, está maldita”.

Nicodemo, aquel que había ido en otro tiempo a ver a Jesús, y que era fariseo, les dijo: “¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin oírlo primero y sin averiguar lo que ha hecho?” Ellos le replicaron: “¿También tú eres galileo? Estudia las Escrituras y verás que de Galilea no ha salido ningún profeta”. Y después de esto, cada uno de ellos se fue a su propia casa. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El contexto en el que nos sitúa el pasaje evangélico que se ha proclamado sigue siendo el templo de Jerusalén, y concretamente durante la fiesta de las Tiendas.

Jesús participa en una discusión con sus opositores acerca de su misión. En este episodio el evangelista nos refiere las diferentes reacciones de la gente a las palabras de Jesús. Algunos se quedan admirados y lo reconocen como profeta, otros incluso como el Mesías. En cualquier caso comienza una discusión entre ellos.

En efecto, el Evangelio suscita siempre una división entre los que lo acogen y los que no; a veces esa discrepancia se suscita incluso en el corazón de cada uno de nosotros, cuando sentimos la fascinación de esas palabras, o cuando las rechazamos por pereza, por orgullo o porque nos cuestan demasiado.

Aquel día en el templo se suscitó un debate de este tipo precisamente, pero su palabra tenía tanta autoridad que nadie se atrevió a ponerle la mano encima. Estaban también los guardias, que deberían haberlo arrestado, pero después de escucharle no tuvieron coraje. Y a los reproches de los fariseos por no haberlo arrestado contestaron con una franqueza que irritó a estos todavía más: «Nadie ha hablado nunca como ese hombre».

La palabra de Dios es fuerte; ciertamente es una fuerza «débil», y sin embargo más fuerte que las armas de los hombres. Su fuerza es la de presentar un amor que no conoce límites, que enseña a amar a los demás antes que a uno mismo. Una voz como ésta ciertamente jamás se había escuchado; nadie había enseñado que los verdaderos bienaventurados son los pobres, los no violentos, los humildes, los trabajadores por la paz y la justicia.

Todo el Evangelio está marcado por este amor. Entre los fariseos, tan solo Nicodemo -que habla mantenido una larga entrevista con Jesús- puso objeciones a la ceguera de sus compañeros. Ellos le reprendieron también a él: no se rinden ni siquiera ante la evidencia. Tan sólo en la escucha continua de su Palabra, como hizo precisamente Nicodemo, es posible abrir los ojos y el corazón a este extraordinario Maestro.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 137.

¿No es éste al que quieren matar?

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Cuaresma

Viernes de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (7, 1-2. 10. 25-30)

En aquel tiempo, Jesús recorría Galilea, pues no quería andar por Judea, porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba ya la fiesta de los judíos, llamada de los Campamentos.

Cuando los parientes de Jesús habían llegado ya a Jerusalén para la fiesta, llegó también él, pero sin que la gente se diera cuenta, como de incógnito. Algunos, que eran de Jerusalén, se decían: “¿No es éste al que quieren matar? Miren cómo habla libremente y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que es el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde viene éste; en cambio, cuando llegue el Mesías, nadie sabrá de dónde viene”.

Jesús, por su parte, mientras enseñaba en el templo, exclamó: “Conque me conocen a mí y saben de dónde vengo. Pues bien, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; y a él ustedes no lo conocen. Pero yo sí lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado”. Trataron entonces de capturarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se encuentra en Galilea, y no quiere ir a Jerusalén para no caer en manos de los fariseos, convertidos en enemigos peligrosos. Siente que todavía no ha llegado su hora. Sin embargo, al acercarse la fiesta de las Tiendas decide ir al templo con sus hermanos para evitar publicidad. Pero mientras está en Jerusalén probablemente es reconocido, y en seguida se abre un debate sobre él entre la gente.

Ya era algo sabido que las autoridades del pueblo querían matarle para impedir que siguiera predicando. Y, dado que seguía todavía en libertad, con cierta ironía la gente se preguntaba si los fariseos no habrían reconocido que él fuese el Cristo. Sin embargo añaden, mostrando así su incredulidad, que los orígenes de Jesús se conocen mientras que del Cristo -según las tradiciones de la época- no se sabe de dónde viene.

En este punto Jesús vuelve a enseñar públicamente en el templo y desenmascara la incredulidad de la mayoría, respondiendo a todos que él sabe bien de dónde viene y que conoce quién le ha enviado entre los hombres. Quien le escucha y lo sigue se pone en el camino de la salvación, que es precisamente conocer al Padre que lo ha enviado y acoger su plan de salvación para el mundo.

El «conocimiento» del que habla Jesús está estrechamente ligado al suyo: es un conocimiento que significa adhesión, obediencia, disponibilidad para cumplir enteramente la voluntad del Padre, es decir, sentir como propia la tarea de llevar la salvación a todos los hombres. Este Evangelio, esta tarea extraordinaria y cautivadora, es rechazado también por los que lo escuchan, quienes al igual que sus jefes tratan de detenerle.

Es una historia que se repite todavía hoy en el mundo, y en la que a veces nosotros mismos estamos implicados. Incluso nosotros somos a veces cómplices de quien quiere «ponerle las manos encima» al Evangelio, es decir, bloquear su fuerza de cambio, o de herirlo con nuestras reiteradas traiciones, o de encarcelarlo en la red de las costumbres, los ritos, las mezquindades. Pero nadie consiguió detener a Jesús.

El evangelista Juan subraya muy claramente que los perseguidores no eliminan a Jesús, no tienen la fuerza para ello. En realidad será Jesús mismo quien se entregará a los perseguidores para que lo lleven hasta la cruz. Él es quien da la vida por nosotros, se muestra como el sacramento del amor sin límites del Padre por todos los hombres.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 135-136.

He venido en nombre de mi Padre

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jesús con los judios

Cuaresma

Jueves de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (5, 31-47)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Si yo diera testimonio de mí, mi testimonio no tendría valor; otro es el que da testimonio de mí y yo bien sé que ese testimonio que da de mí es válido.

Ustedes enviaron mensajeros a Juan el Bautista y él dio testimonio de la verdad. No es que yo quiera apoyarme en el testimonio de un hombre.

Si digo esto es para que ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse un instante con su luz. Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre.

El Padre, que me envió, ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque no le creen al que él ha enviado.

Ustedes estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí.

¡Y ustedes no quieren venir a mí para tener vida! Yo no busco la gloria que viene de los hombres; es que los conozco y sé que el amor de Dios no está en ellos.

Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me han recibido. Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían. ¿Cómo va a ser posible que crean ustedes, que aspiran a recibir gloria los unos de los otros y no buscan la gloria que sólo viene de Dios? No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre; ya hay alguien que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí.

Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el pasaje evangélico que acabamos de escuchar, Jesús se defiende apelando directamente al testimonio del Padre que está en los cielos y que obra en él. Estaba la indicación del Bautista que obviamente tenía su fuerza: él, dice Jesús, «era la lámpara que ardía y brillaba», aunque pocos se habían dejado iluminar por su luz. Y añade, para reforzar su defensa de forma categórica: el testimonio de las obras, que demuestran que el reino de Dios ha venido en medio de nosotros. En efecto, Jesús no ha venido al mundo simplemente para proclamar una doctrina sino para cambiar el mundo, para liberarlo de la esclavitud del pecado y del mal.

El Evangelio, con los milagros de cambio que obra en la vida de las personas, muestra la fuerza transformadora, de liberación del mal, y la presencia de la acción de Dios. Las «obras» de las que habla Jesús son: la conversión de los corazones y las transformaciones que ocurren en la vida concreta, las obras de la misericordia que liberan a muchos de la esclavitud. Sin embargo los fariseos, a pesar de ver estas obras y de escuchar la predicación, no quieren creer que Jesús sea el enviado de Dios. Su corazón está endurecido por el orgullo y su mente ofuscada por prácticas rituales que han ahogado la misericordia y el amor. Dice Jesús: «Ustedes nunca han escuchado su voz».

La fe es precisamente acoger en el corazón palabra de Dios y hacerla propia. Pero esto requiere la humildad de quien sabe escuchar al Señor, y la disponibilidad para dejarse guiar por esa palabra que viene de lo alto y que transforma el corazón de quien la acoge. La escucha y la disponibilidad para dejarse guiar son el primer paso -si se puede decir así- de la fe, porque contienen ya un destello del mismo Dios.

Jesús vino al mundo para revelar el rostro de Dios de forma clara. Jesús es el exégeta de Dios, el único capaz de explicárnosle, y todo el que lee las Sagradas Escrituras con disponibilidad y las escucha con fidelidad, y sinceridad, llega a conocer el extraordinario misterio de liberación que el amor de Dios obra en todos. Por eso Jesús. exhorta a quienes le escuchan a no endurecer su corazón como hicieron los judíos los tiempos de Moisés, a no enorgullecerse de sí mismos ni de sus prácticas.

Al contrario, es necesario dejarse tocar el corazón por la Palabra de Dios y por las obras de amor que brotan de ella. Jesús, a pesar de la incredulidad que domina a quienes le escuchan, no les acusa ante el Padre; él ha venido para abrir los ojos y los corazones de todos. Es lo que sucede a quien abre y lee las Santas Escrituras con disponibilidad y humildad: en ellas es Jesús mismo el que viene a nuestro encuentro para que podamos comprender el amor sin límites del Padre y nos conmovamos.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 134-135.

Le rogó que fuera a curar a su hijo

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Lunes de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (4, 43-54)

En aquel tiempo, Jesús salió de Samaria y se fue a Galilea.

Jesús mismo había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia patria. Cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que él había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían estado allí.

Volvió entonces a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Al oír éste que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo.

Jesús le dijo: “Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen”.

Pero el funcionario del rey insistió: “Señor, ven antes de que mi muchachito muera”. Jesús le contestó: “Vete, tu hijo ya está sano”.

Aquel hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano.

El les preguntó a qué hora había empezado la mejoría.

Le contestaron: “Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre”.

El padre reconoció que a esa misma hora Jesús le había dicho: ‘Tu hijo ya está sano’, y creyó con todos los de su casa.

Esta fue la segunda señal milagrosa que hizo Jesús al volver de Judea a Galilea. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy se abre la cuarta semana de Cuaresma, cambia el enfoque de las lecturas; de la invitación a la conversión y la insistencia en el perdón, la reconciliación y la misericordia, pasamos a contemplar a a Jesús como Señor de la vida.

El Evangelio de Juan, que desde hoy nos acompañará hasta el final de la Cuaresma, presenta a Jesús que acaba de regresar a Galilea, a su región, a pesar de haber dicho que nadie es profeta en su patria, En realidad el evangelista amplia el sentido de la narración extendiéndolo a toda la humanidad: Jesús no ha venido sólo para los judíos sino para todos los hombres, de cualquier cultura, pueblo o credo.

La fe no se apoya sobre privilegios humanos o características terrenas, sino sólo sobre la adhesión del corazón a Jesús y a su Evangelio. Es lo que ocurre con este oficial de Cafarnaúm. Él, un funcionario del rey Herodes Antipas, tiene a un hijo enfermo, y piensa que Jesús puede curarlo. Va donde está Jesús y le pide que vaya a su casa porque el hijo estaba a punto de morir. Jesús parece resistirse a la oración de este padre, y como enfadado responde: «Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen». Sin embargo el funcionario insiste, y Jesús, ante la insistencia replica inmediatamente: «Vete, tu hijo ya está sano». Para ese hombre bastó esta palabra de Jesús y se puso en camino hacia su casa. Y el evangelista señala: «Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano».

Fue un milagro a distancia que se debe a la fe de ese funcionario, que se nos presenta como un verdadero creyente. No era judío, y ni siquiera frecuentaba la sinagoga, pero creyó sin titubeos la palabra de Jesús. Por esta fe le fue devuelto el hijo curado. Acogiendo en el corazón esta fe continuemos nuestro camino hacia la Pascua, y experimentamos en nosotros mismo la fuerza de curación del Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 131-132.

¿Cómo es Dios?

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Cuaresma

Domingo de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (15, 1-3. 11-32)

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo.

Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre.

Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo.

Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba.

Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El domingo pasado la Palabra nos conminó a hacer el camino de conversión poniéndonos en el horizonte de nuestra propia muerte. La oportunidad de re-nacer se nos presenta ahora y hay que aprovecharla, cuando concluya la vida no la tendremos más. El camino de la conversión implica la voluntad del hombre, su decisión para poner de su parte lo necesario para ser mejor hijo de Dios y mejor hermano.

Este domingo el evangelio, en el horizonte lucano de este ciclo, nos da una razón poderosa para no desfallecer en el camino de conversión, Dios también recorre el camino, pero lo hace en sentido inverso, viene a encontrarnos como padre misericordioso que nos acoge, nos dignifica, nos da toda su confianza y se alegra inmensamente porque volvemos a casa.

La página que contemplamos, una de las más bellas de la literatura universal es la parábola del padre misericordioso, popularmente conocida como del hijo pródigo. La finalidad de la parábola es mostrarnos el carácter, la grandeza y las características de la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos; de esta manera comprenderemos por qué Jesús «recibe a los pecadores y come con ellos», actitud misericordiosa que escandalizó a la gente piadosa de su tiempo.

Los sentimientos que tiene este padre protagonista de la historia -respeto, generosidad, paciencia, esperanza, ternura, alegría desbordante por la recuperación del hijo, capacidad infinita de perdón, etc.- son la mejor imagen de los sentimientos de Dios.

El contexto

La forma como Jesús se relacionaba con los publicanos y pecadores era mal vista por los  los escribas y fariseos, que preferían mantener distancia para no “contaminarse” con las personas de mala reputación y las miraban con desprecio; Jesús, en cambio, iba al encuentro de ellas, les anunciaba la misericordia de Dios que se acercaba a ellos sin pudor, dispuesto a perdonarlos y a acogerlos de nuevo en la comunión con él. Jesús era al mismo tiempo el mensajero y el instrumento de esta misericordia y por ello era objeto de críticas severas.

Jesús responde a estas críticas con tres parábolas, llamadas de la misericordia, -de la oveja perdida, de la moneda perdida, del hijo perdido- para justificar su cercanía con los más indeseables. Y su justificación consiste en mostrar que Dios busca, se acerca y es misericordioso con esa gente, y que por eso mismo lo es también él. En estas parábolas, el evangelio  nos muestra, al mismo tiempo, el rostro de Dios y el rostro de Jesús, cuál es el proceder de Dios y por qué Jesús está, se dirige, acoge, comparte y come con quienes lo hace.

La parábola fue dicha, sin duda, a personas que se parecen al hermano mayor, es decir, a personas que se escandalizan por el comportamiento de Jesús y por el mensaje del evangelio.

El texto

La parábola tiene dos partes: la primera narra la historia de la conversión del hijo menor; la segunda, la historia de la resistencia del hijo mayor para compartir la alegría y la misericordia del papá. De principio a fin de la parábola, aparece el papá, que es el punto de referencia y verdadero protagonista de toda la historia.

Al considerar la parábola como un todo, el punto culminante de la misma es la disputa del hijo mayor con el padre. Éste, molesto por la vuelta de su hermano, no entiende la alegría del padre y se niega a participar en la fiesta. ¡He aquí un hijo que nunca ha obrado mal en su vida, pero que todavía no conoce ni entiende a su padre!

La historia del hijo menor

La trama se desarrolla en cinco pasos que recorren el camino de ida y vuelta del hijo menor. En el primero, la decisión de marcharse de casa y de pedir la herencia a su padre, sin importarle el agravio que esto significaba; en el segundo, se describe la penuria en la extrema lejanía después de haber despilfarrado sus bienes y de llevar una vida disoluta; en el tercero, la toma de conciencia de la situación y la decisión de volver; en el cuarto, el encuentro con el Padre y en el quinto, la celebración por que este hijo «estaba muerto y ha vuelto a la vida».

La historia del hijo mayor

La parábola presenta el contraste entre la alegría del padre y la renuencia del hijo mayor que «se enojó y no quería entrar».

En esta parte se entretejen dos diálogos, el que tiene el hijo mayor con los criados, que cuando esta llegando a casa le dan razón de lo que sucede y el diálogo con el padre que sale a buscarlo para pedirle insistentemente que entre a la casa, escucha el argumento de su enojo y finalmente le responde exponiéndole sus motivos.

Con el hijo mayor se identifican los que ante Dios se sienten cumplidores, se creen buenos y justos; se siente merecedores del Reino y no están dispuestos a compartirlo con quienes no se han esforzado como ellos, han llevado una vida imperfecta y han cometido errores.

Es una actitud tristemente frecuente entre muchas personas. La parábola rechaza de plano semejante actitud. Lo que el padre piensa y hace es otra cosa. Para él lo más importante es que ante un hijo o/y hermano recuperado hay que hacer fiesta y alegrarse. Éste es el mensaje central de la parábola.

La convergencia de las dos historias

Las dos partes tienen dos puntos de convergencia; el primero la invitación a la fiesta. Ante el regreso del hijo menor, el padre exclama «comamos y hagamos una fiesta» y ante el malestar del hijo mayor, el padre exclama: «era necesario hacer fiesta y regocijarnos». El segundo punto de convergencia es el motivo, que el padre presenta con las mismas palabras ante los dos hijos: ˜«porque este hijo mío [hermano tuyo] estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado».

En el motivo de la fiesta, la parábola nos hace entender el misterio de la reconciliación como experiencia pascual, como paso de la muerte a la vida, como acción salvífica de Dios en el hombre.

El comportamiento del Padre

El comportamiento del Padre, transversal a toda la parábola, nos describe una enternecedora catequesis sobre la misericordia.

Ante el hijo arrepentido que regresa, el padre «lo vio», «se enterneció profundamente» y «corrió hacia él» para encontrarlo. Su hijo, aunque se fue de casa, nunca se ha salido de su corazón; y si un día se vio agraviado por su conducta insolente, ver su humillación y sufrimiento fue suficiente para acogerlo de nuevo con profunda emoción.

Esta emoción va acompañada de seis gestos de amor, gestos de misericordia que rehacen la vida desecha del hijo pecador.

  1. Le echó «los brazos al cuello», rompe todas las barreras, no espera explicaciones, no le exige que se purifique, no toma distancia, se acerca y lo acoge entre sus brazos.
  2. «Lo cubrió de besos»; el beso es la expresión del perdón paterno, que en este caso es ofrecido antes de la confesión del arrepentimiento del hijo.
  3. Lo visitó con «la túnica más rica» con ello le restituyó su dignidad de hijo, confirmándolo en sus antiguos privilegios; su pasado, a quedado atrás junto con su vestido viejo.
  4. Mandó que le pusiera «un anillo en el dedo» y que le calzaran «sandalias en los pies», con ello le restituye la confianza y la entera libertad; el anillo era una insignia real para sellar los negocios y las sandalias eran privilegio de los hombres libres.
  5. Mandó matar «el becerro gordo»; dispone del animal que se alimentaba con más cuidado y se reservaba para alguna celebración importante en la casa.
  6. Y dijo «Comamos y hagamos una fiesta»; ¿el motivo?, el valor de la vida de su hijo.

La alegría del padre se confronta en este punto con la actitud del hijo mayor que se refleja en sus palabras

  1. «‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo!’» El problema no es simplemente “estar” con el padre sino de qué manera se está.
  2. «Sin desobedecer jamás una orden tuya» Este hijo mide su relación con su padre a partir del cumplimiento de la norma;
  3. «Tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos», su expectativa es la de una retribución proporcional a su esfuerzo; al final de cuenta lo que reciba no será un don, sino mérito suyo.

La relación entre el padre y el hijo menor, se mide por el amor, en el cual lo que importa no es lo que le pueda dar al otro sino el hecho de ser “hijo”. Sale a flote el gran valor de la relación y su verdadero fundamento. Lo que le dolía al padre no eran los bienes perdidos sino haber perdido a su hijo.

El hijo menor admite que ha pecado; su pecado más que haber llevado una vida disoluta, es haber abandonado la casa, haber rechazado ser hijo. Al pedir la herencia, declaró la muerte de su padre, la disolución del vínculo padre-hijo, por eso dice «‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti».

La vida disoluta es el resultado de una vida concentrada en si mismo, que excluye la relación con el padre, que es principio de vida. El perdón se reconstruye todos los aspectos de esta relación y esto es lo que importa. En primer lugar un hijo que redescubre el amor paterno y se goza en ello porque resurge con una nueva fuerza de vida. El hijo mayor, aún en casa, seguira viviendo como un extraño. En segundo lugar el redescubrimiento de la condición de hijo, lleva a recuperar la fraternidad. Por eso el padre corrige a su hijo mayor que se refiere a su hermano llamándolo «ese hijo tuyo», llamándolo  «este hermano tuyo».

Los caminos de reconciliación con el hermano deben partir del encuentro en el corazón del Padre.

 

[1] F. Oñoro, La increible misericordia de un Padre con su hijo que vuelve a casa, Lucas 15, 1-3.11-32, CEBIPAL:  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 95-100.

Apiádate de mí, que soy un pecador…

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fariseo y publicanoCuaresma

Sábado de la III semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (18, 9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por buenos y despreciaban a los demás: “Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’.

El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’.

Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

A menudo Jesús habla a sus discípulos de la importancia de la oración y les da ejemplo; si repasamos los evangelios, descubriremos a Jesús que con frecuencia está en oración; habla de ello a menudo exhortando a perseverar en la oración y a tener fe en Dios, que siempre escucha y responde.

La parábola de hoy condena la presunción de quien va al templo para la oración y se cree justo. Es indispensable la humildad para rezar al Padre que está en los cielos. En realidad es fácil presentarnos al Señor con la actitud de ese fariseo que presume de ser justo. Es más difícil considerarnos pecadores y necesitados de perdón y misericordia.

Jesús, con esta parábola, nos advierte que el orgullo y la presunción empujan a tener más fe en uno mismo que en Dios, y además a juzgar con dureza y desprecio a los demás. De hecho el fariseo, lleno de si mismo, sube al templo para elogiarse ante Dios. El publicano, al contrario que el fariseo, a pesar de tener una buena posición – además de ser temido por la gente a causa de su oficio-, se siente en cambio necesitado de ayuda y misericordia. Por ello sube al templo, no para reivindicar derechos sino para pedir ayuda. En este caso se parece más al mendigo que pide perdón que al rico que quiere mostrar su bondad. Jesús afirma con claridad que este último es perdonado porque no confía en sí mismo ni en sus obras, sus bienes o su reputación, sino sólo en Dios. Por el contrario, el fariseo, lleno de sí y satisfecho de sus obras, se vuelve con las manos vacías. ¡Cuántas veces en la vida nos comportamos como el fariseo!

Pensemos en lo que nos cuesta reconocer nuestros pecados; sin embargo, somos maestros en juzgar mal a los demás. La paradoja evangélica es evidente: todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido. El salmista canta: «Quien es pobre busca al Señor». Aprendamos la humildad, que es el camino del encuentro con Dios, en lugar de ensalzarnos sobre los demás y erigirnos en jueces despectivos, creyéndonos mejores. El publicano nos indica el modo de presentarnos ante Dios: reconocer que somos pecadores y vamos a él para invocar misericordia y perdón.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 128-129.

Todo reino dividido, perece…

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Cuaresma

Jueves de la III semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús expulsó a un demonio, que era mudo. Apenas salió el demonio, habló el mudo y la multitud quedó maravillada.

Pero algunos decían: “Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de, los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.

Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa.

Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios,eso significa que ha llega do a ustedes el Reino de Dios.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo desparrama”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús dificultades a causa de su predicación. Él no dejaba de luchar contra el mal que esclaviza a los hombres. Un día, escribe Lucas, Jesús expulsaba un espíritu mudo de un hombre al que hacía incapaz de comunicarse con los demás.

El diablo es verdaderamente -como indica el significado literal del término- el espíritu de la división, el que separa los unos de los otros. Es el príncipe de la soledad que continúa todavía hoy esclavizando a los hombres, creando barreras entre unos y otros. Es el inspirador de la imposibilidad de comunicación entre las personas, los pueblos y las naciones. Su presencia constante da razón de la increíble frecuencia de las tensiones y los conflictos en nuestra sociedad. Él, el príncipe del mal no deja de trabajar para que la enemistad se extienda por todas partes.

Los discípulos están llamados a estar atentos y vigilantes para no ser cómplices de este infierno que genera conflictos y guerras. Las acusaciones vertidas contra Jesús llegan hasta un punto increíble. Sin embargo el mal no se resigna: es verdaderamente descarado, y sigue actuando incluso cuando su obra destructora se hace evidente. Sólo el Señor hace el bien Y difunde del amor, y por eso Jesús es el más fuerte, el que puede guardar la casa de la que habla el Evangelio. Y la casa es el corazón de cada uno de nosotros, que es puesto a prueba por las tentaciones. Pero también la propia comunidad cristiana puede ser la casa constantemente hostigada por las fuerzas del mal. Sólo quien confía en el Señor, sólo quien escucha su palabra con fidelidad, puede derrotar el poder del mal y recoger, para sí y para todos, frutos de amor y esperanza.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 126-127.

La plenitud de la ley y los profetas…

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ley

Cuaresma

Miércoles de la III semana

Textos

 

† Del evangelio según san Mateo (5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.

Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, como se muestra en el pasaje evangélico de Mateo, es muy consciente de la importancia de la Ley, y afirma con claridad: « No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud». El evangelista, probablemente inmerso en una polémica con algunos cristianos que ponían en segundo plano la Ley hebrea, refiere la afirmación de Jesús de no haber venido a abolir sino a dar cumplimiento a las Escrituras, desde Abrahán y Moisés hasta los Profetas. Esto significa que en cada página de la Escritura, incluso en cada «i»), hay una referencia a Jesus.

La historia que narra el amor de Dios por su pueblo encuentra su culminación en Jesús. Por ello Jesús se convierte, para la comunidad cristiana, en la clave para la interpretación de todas las páginas del Antiguo Testamento. Y es en este sentido que los cristianos afirman que el cumplimiento de la Ley es el amor evangélico, ese amor sin límites de Dios por nosotros que ha llevado a Jesús hasta la cruz. Se puede incluso decir que el que ama cumple la Ley del Señor.

La Biblia, por tanto, debe ser escuchada página a página, porque cada una de ellas contiene un momento de la historia de este extraordinario amor de Dios por los hombres. Cada página debe ser meditada y custodiada con esmero y devoción. Debemos, desear que surja una verdadera devoción por este santo Libro que contiene la Palabra de Dios; así como existe la devoción a la Eucaristía, debería también afirmarse esta otra devoción hacia las Santas Escrituras.

Es bonito que el papa Francisco exhorte a toda Iglesia diocesana a establecer un domingo para celebrar la «fiesta de la Biblia». Y podemos recordar también el ejemplo de san Francisco, que exhortaba a los hermanos a recoger siempre los pedazos de papel caídos al suelo (en aquella época se trataba de códices en los que era fácil que hubiera transcripciones de pasajes bíblicos) porque podían contener palabras evangélicas. El discípulo, siguiendo al Maestro, debe también acoger en su corazón toda palabra de las Santas Escrituras y llevarla a cumplimiento en la vida de cada día. (Paglia, p. 125-126)

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 125-126.

Si mi hermano me ofende

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perdonar

Cuaresma

Martes de la III semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (18, 21-35)

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” Entonces les dijo Jesús: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Pedro se acerca a Jesús y le pregunta cuántas veces debe perdonar. Para mostrar su generosidad hace una oferta: siete veces. Es una pregunta que quiere superar el instintivo y comprensible «ojo por ojo y diente por diente». En definitiva, Pedro está dispuesto a soportar las ofensas más de cuanto se le pide, pero pone un límite que Jesús suprime con su respuesta.

El perdón, en realidad, es como el amor, sin límites ni fronteras, y Jesús impone a Pedro y a los discípulos que se dispongan a un perdón ilimitado: «No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete», es decir, siempre. Sólo de ese modo se desactiva el mecanismo que regenera continuamente el pecado, la división y la venganza entre los hombres.

Jesús, viendo la perplejidad de Pedro, le ayuda a entender la exigencia de un perdón ilimitado valiéndose de una parábola que habla de un rey que hace cuentas con sus siervos. Uno de ellos tiene una deuda imposible de pagar: diez mil talentos (equivalentes a miles de millones de pesos). El siervo prometió algo irrealizable y suplicó al rey paciencia. La magnanimidad del rey lo llevó a cancelar completamente la deuda. Podemos imaginar la alegría de aquel siervo.

Paradójicamente este siervo absuelto de su deuda no aprendió la lección de misericordia que tuvo el rey con él; cuando a su vez encontró a un compañero que tenía una pequeñísima deuda con él, no tuvo paciencia, no escuchó su súplica de clemencia y lo metió a la cárcel. La conclusión para él es dramática: enterado el rey de la dureza de su corazón, lo castigó con dureza,

Quien se deja guiar por la dureza del corazón se verá castigado por esa misma dureza. Jesús, con esta parábola, nos recuerda nuestra condición de deudores ante Dios, y nos invita a dar gracias al Señor por su gran misericordia que todo lo perdona. Vigilémonos a nosotros mismos y tratemos de imitar la misericordia de Dios. Es frecuente que seamos indulgentes con nosotros mismos y exigentes, e inflexibles ante las demandas de los demás. Por eso en la oración del Padrenuestro Jesús nos hace decir: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». La parábola que hemos escuchado nos hace comprender la gravedad de esta petición nuestra. Convirtamos nuestro corazón al Señor y acojamos su misericordia.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 124-125.

Si no se arrepienten…

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Higuera esteril Cuaresma

Domingo de la III semana 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 1-9)

En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.

Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.

Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Ha transcurrido ya la etapa inicial de la cuaresma; caracterizada por la contemplación de dos relatos evangélicos: el de las tentaciones de Jesús en el desierto y el de la Transfiguración del Señor;  el primero nos ha permitido tomar conciencia de cuán frágiles somos para mantenernos fieles en nuestra vocación de hijos de Dios; el segundo, nos ha dado el consuelo del Señor que nos invita a “subir al monte” de la oración, para ver la vida con la mirada de Dios y confirmarnos en el cumplimiento de su voluntad.

Despejado el camino de la cuaresma, a partir de hoy comenzamos una serie de tres domingos que nos ubican en la escuela en la que se aprende a ser discípulo: la escuela del perdón; recorreremos tres itinerarios en los que paulatinamente aparecerá, cada vez con mayor claridad, el rostro misericordioso de Jesús.

Este tercer domingo de cuaresma recorremos el itinerario de conversión, que tiene la finalidad de despertar las conciencias adormecidas y acomodadas en su estilo de vida. La conversión cristiana es una conversión en la historia: se realiza en la vida cotidiana y se concreta en hechos; es una cuestión de responsabilidad y cada uno está llamado a asumir la parte que le corresponde. Hoy descubrimos que Dios no sólo nos pide la conversión, nos ayuda a que ella sea posible.

El contexto

La comprensión de la primer escena del pasaje que leemos, se requiere la consideración del clima que imperaba en torno a Jesús; sus hechos y sus palabras habían provocado  entusiasmo en unos y conflicto en otros; Jesús es consciente de ello  y por eso en el pasaje que precede a nuestro texto dice: «¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división

Descubrir a Dios en los acontecimientos

La primera escena de nuestro relato comienza con una noticia que le llevan a Jesús: «algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios.» El informe tiene el sabor de una advertencia de parte de quienes se sentían incómodos con su predicación y testimonio de vida, el mensaje oculto sería: ustedes también son galileos y perecerán de la misma manera; parecería que los informantes comparten el punto de vista de quienes consideran a Jesús y a los suyos como pecadores, por actuar en el margen o fuera de la ley; la respuesta de Jesús es elocuente: «“¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.»

Enseguida, Jesús pone en evidencia a sus informantes, que han querido advertirle que tenga cuidado, y los interpela directamente: «Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.»

De esta manera a quienes le habían advertido del castigo que Pilato había infligido a unos galileos, Jesús les recuerda, como ciudadanos de Jerusalén que son, la muerte accidental de unos paisanos, misma que ellos consideraban, con la manera de juzgar de la época, un castigo de Dios. Sus informadores no son menos culpables que aquella pobre gente que ellos inculpaban sin motivo. Entre los judíos era común creer que las desgracias personales eran castigos de Dios por los castigos cometidos; esta mentalidad favorecía a quienes se encontraban en bonanza, porque en contrapunto calificaban su bienestar como bendición de Dios.

Jesús no se queda en los acontecimientos en sí, descubre dentro de ellos la voz de Dios que advierte a cada uno la inseguridad de su propio destino. Las personas que murieron por la represión de Pilatos y los que murieron en la tragedia de Siloé no eran más pecadores que las demás personas de su generación; entonces, no hay nadie exento de la conversión, todos la necesitamos. Jesús aprovecha los dos acontecimientos trágicos para que sus discípulos comprendan que tales desgracias son ajenas a la voluntad de Dios y que en manera alguna indican que las víctimas hayan sido pecadores. Al mismo les invita a leer la historia desde otra perspectiva, desde la óptica de Dios; los acontecimientos históricos no son un castigo de Dios, pero si pueden ser interpretados como una interpelación personal, como una invitación a la conversión; mientras tengamos vida todos necesitamos cambiar para recibir el Reino de Dios que ya está presente.

Jesús deja claro que las calamidades individuales no indican responsabilidades personales, sino que son “signos”, es decir, señales del juicio divino que espera a una humanidad pecadora; también deja claro que las desgracias, en principio, no están asociadas a un castigo por parte de Dios por un pecado; se trata más bien de lo contrario: es el pecado general el responsable del mal que hay en el mundo. Hay que sacar las lecciones que la vida nos da continuamente, sea de los hechos trágicos que acontecen día con día, sea de las calamidades naturales. En medio de ellas siempre podremos encontrar al Dios de la vida que continuamente nos está invitando a vivir.

Aprovechar el tiempo de la misericordia

El mensaje de la parábola de la higuera, es muy sencillo: quien no se arrepienta, será derribado y perecerá, como la higuera estéril; es lo que acontece en un sembradío, todo árbol que no sirve, que simplemente ocupa espacio, es abatido.

El viñador tiene esperanza en la higuera, a pesar de que ha constatado su esterilidad: «durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado», él cree poder cambiar la situación, ayudándole a que se vuelva fecunda, para que no de un fruto casual, sino permanente.

La oportunidad de un año más, que el viñador pide para la higuera, evoca su misericordia, que se hace concreta en el servicio que se le presta a la higuera para que genere vida: «voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono.» De la higuera se espera una respuesta y de ésta, depende su vida en adelante. Se trata de una oportunidad que se debe aprovechar; llegará el día en que ya no sea posible hacer nada.

Jesús interpela así a toda persona y comunidad que está siempre dejando “para mañana” la conversión, que posterga el esfuerzo por superar los hábitos dañinos o cambiar las conductas equivocadas. El retraso de la conversión nos coloca en una situación peligrosa. El Señor nos da tiempo, nos tiene paciencia, hace todo lo que puede, para que nosotros, como la higuera, dejemos de ser estériles y comencemos a dar fruto.

En la parábola hay un constante llamado a la vida que está siempre amenazada por razones que provienen de la maldad humana, por accidentes o catástrofes naturales; también hay una amenaza para la vida en quien se obstina renunciando a ella, limitándose a sobrevivir, haciéndose daño, haciendo daño a los demás y apartándose del amor de Dios.

La conversión no es simplemente para “no perecer”, sino para que, por la obra de Jesús, la fuerza escondida del Reino mueva nuestra vida hacia su plenitud, desarrollando todas las potencialidades, para con ellas hacer el bien, como Dios lo hace con nosotros.

A pesar de la invitación urgente a convertimos y a dar fruto, vivimos todavía el tiempo de la paciencia y misericordia de Dios. La parábola de la higuera estéril pone de manifiesto que cambiar o no cambiar no es un juego de palabras. Es un problema de vida o muerte. Ante el Reino de Dios hay que decidirse. Y se nos habla de urgencia, porque el tiempo pasa y estamos en la encrucijada.

Consideremos dos últimos detalles de la parábola de la higuera: El poder de la intercesión y la paciencia de Dios. Ante la sentencia definitiva del dueño del viñedo que ordenó cortar la higuera que no daba fruto, el viñador que se desgastaba por dar vida a los árboles del huerto, intercedió pidiendo una oportunidad para la higuera seguro que con sus cuidados daría fruto; entremos en la dinámica de la paciencia de Dios, a ellos nos exhorta Jesús; en las situaciones desesperantes y que parecen insolubles, aprendamos a interceder pidiendo a Dios una oportunidad y tengamos paciencia con las personas que viven junto a nosotros, no las condenemos, démosles siempre una oportunidad y comprometámonos con ellas.

 

 

[1] F. Oñoro, Reaccionemos y cambiemos de vida. Lucas 13, 1-9. CEBIPAL, F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 91-94.; V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 395-396.

Me levantaré, volveré a mi padre

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hijo pródigo 2Cuaresma

Sábado de la II semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (15, 1-3. 11-32)

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta.

Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente.

Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo.

Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba.

Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Según avanzamos en nuestro camino cuaresmal siguiendo a Jesús se nos ofrece esta página evangélica sobre el perdón. Como a menudo señalan los Evangelios, una gran multitud sigue a Jesús, compuesta mayoritariamente de enfermos, de pecadores, de gente abandonada, un hecho que no pasa inadvertido. Es más, esta relación privilegiada con los pecadores es uno de los motivos de acusación de los fariseos contra Jesús.

Pero no se trata de un vínculo casual, forma parte esencial de la misión de Jesús, y se podría decir que de la misma imagen de Dios. Jesús no hace otra cosa que seguir el mandato del Padre que está en los cielos: llevar a todos la misericordia de Dios. A las objeciones que le hacían de frecuentar a publicanos y pecadores, Jesús responde hablando no de sí mismo sino del Padre.

En la parábola del hijo pródigo muestra precisamente cuál es el comportamiento de Dios hacia sus hijos. Todo el episodio está construido para mostrar el insolito comportamiento del padre hacia el hijo que había abandonado la casa, derrochando luego todos los bienes recibidos. Es el Padre el que ocupa la escena principal, y su abrazo a ese hijo la culminación de la narración evangélica, más que las decisiones insensatas del hijo menor.

El padre, a pesar de todo lo que el hijo menor le había hecho, espera que vuelva a casa para abrazarlo y festejarlo. ¿Cómo podía comportarse de otro modo, Jesús? Pero prestemos atención: no es sólo el hijo menor el que se encuentra lejos del Padre, también el mayor está lejos de sus sentimientos de misericordia.

La parábola muestra cómo el padre espera el regreso del hijo menor, y nada más verlo corre a su encuentro. Así es el Padre, dice Jesús. Él sale corriendo a nuestro encuentro con tal de recuperarnos. Es el sentido del perdón cristiano: nace de Dios, incluso antes de que surja en nosotros el arrepentimiento. Lo que se nos pide es acoger el perdón, reconocerlo. Podríamos decir que la escena del padre que abraza al hijo es el icono más claro del sacramento de la Confesión.

Ese padre parece no saber estar sin sus hijos, y por ello sale también al encuentro del hijo mayor, que no quiere entrar: también él debe abrazar al hermano. Sí, Dios es justamente así: nos precede siempre en el amor, y corre hacia nosotros, pecadores, con el abrazo para enseñarnos a abrazarnos los unos a los otros. El tiempo de Cuaresma es un tiempo oportuno para vivir la riqueza y la alegria del perdón, ya sea en la Confesión o en la reconciliación entre los hermanos.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 120-121.

Llegado el tiempo de la cosecha

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viñadores asesinosCuaresma

Viernes de la II semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro, y a otro más lo apedrearon.

Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora díganme: Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?” Ellos le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

Entonces Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular.

Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable? Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Al oír estas palabras, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús las decía por ellos y quisieron aprehenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud, pues era tenido por un profeta. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Para los que escuchaban esta parábola en tiempos de Jesús estaba claro que la viña representaba al pueblo de Israel y el dueño era Dios, que la cuidaba con increíble amor.

La parábola llega a su culminación cuando llega el tiempo de los frutos y el dueño manda a los siervos a recogerlos. La reacción de los viñadores es violenta: apenas llegan los siervos los apresan, a uno lo golpean, a otro lo matan y a otro lo lapidan. El dueño, desconcertado por esta violenta reacción, envía a otros, pero también ellos sufren la misma suerte.

Es una síntesis trágica de la recurrente historia de la oposición violenta a los «siervos» de Dios, a los hombres de las «palabra», a los justos y honestos de todo tiempo y lugar, por parte de los que quieren servirse sólo a sí mismos y acumular riquezas en su propio beneficio.

Pero el Señor –y aquí está el verdadero rayo de esperanza que salva la historia- no pierde nunca la paciencia. «Finalmente» dice Jesús, el dueño envía al hijo. Piensa para sí: «A mi hijo le respetarán». Pero la ira de los viñadores explota con más ferocidad: lo agarran, lo sacan «fuerza de la viña» y lo matan. Estas palabras describen a la perfección el rechazo a acoger a Jesús por parte no sólo de cada persona, sino del conjunto de la ciudad y de sus habitantes.

Jesús, nacido fuera de la ciudad de Belén, muere fuera de Jerusalén. Jesús, lúcida y valientemente, denuncia esta infidelidad que culmina con el rechazo y el asesinato del último y definitivo enviado de Dios. Él espera los «frutos de la viña» pero se le paga con la muerte de sus siervos primero, y al final la de su propio hijo.

Pero Dios no se resigna: de ese hijo nacen nuevos viñadores, que cuidarán la viña y darán nuevos frutos. Los nuevos viñadores se convierten en un nuevo pueblo. Su vínculo, sin embargo, no viene dado por la pertenencia a la sangre o por vínculos exteriores, aunque sean «religiosos», sino por la adhesión al amor del Padre.

El evangelista continúa diciéndonos que nadie puede reivindicar derechos de propiedad: todo es don del amor gratuito de Dios. El nuevo pueblo de Dios se ve cualificado por los «frutos» del Evangelio, es decir, de la fe que genera las obras de la justicia y la misericordia. En otras palabras, los frutos coinciden con la fidelidad al amor de Dios y a su Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 119-120.

Lázaro, yacía a la entrada de su casa

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Pobre-Lazaro.jpgCuaresma

Jueves de la II semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico.

Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham.

Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí.

Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’.

Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’.

Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham.

Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’.

Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La página del Evangelio del pobre Lázaro es una de las más conocidas, en parte porque continúa describiendo una de las situaciones más comunes en la vida de las sociedades. El hombre rico que banquetea opíparamente no ha quedado relegado al pasado, ni tampoco Lázaro es una figura que haya desaparecido. Dos personas, dos situaciones: abajo Lázaro, con los ojos atentos a la mesa del rico en espera de que alguna migaja se caiga de ella y llegue hasta él; arriba el rico continúa banqueteando como si Lázaro no existiera. Ni siquiera lo ve.

Hoy existen pueblos de pobres que están a la puerta de los ricos en espera de las migajas. Ciertamente el rico de la parábola ha perdido el rostro además del nombre. Dios, en cambio, escoge estar de parte de Lázaro, lo llama por su nombre, como se hace con los amigos; descartado por los hombres es su predilecto y elegido para participar en el banquete del cielo.

Para el Señor, y por tanto para sus discípulos, la distancia entre el rico y Lázaro es un escándalo inaceptable al que no se puede encontrar justificación alguna. Ese gran abismo marca la suerte triste que le tocará al rico, de la que por desgracia se da cuenta tarde, cuando ya es imposible superarlo. Y sin embargo bastaba con un poco de atención durante su vida. Pero ahora la situación se ha invertido por completo.

En este punto el rico pide que al menos se advierta a sus hermanos, pero no sabe que para colmar ese abismo no hacen falta grandes esfuerzos, basta abrir las Escrituras. Si él lo hubiera hecho habría abierto no sólo los ojos del cuerpo sino los del corazón. Es lo que se nos pide a nosotros, especialmente en este tiempo de Cuaresma.

La Palabra de Dios toca nuestro corazón y lo empuja a la misericordia hacia tantos Lázaro que viven en nuestras ciudades. Evitemos que el abismo entre pobres y ricos continúe profundizándose y ensanchándose. Si escuchamos la Palabra de Dios y no a nosotros mismos veremos crecer la compasión hacia los más pobres, escucharemos su grito, veremos su necesidad y seremos capaces de ofrecerles mucha más que las migajas. Sabremos ofrecerles hasta un poco de amor, de amistad, de compañía. Podríamos decir, en términos evangélicos, que no solo de pan viven los pobres sino también de amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 118-119

El que quiera ser grande sea el servidor…

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Jesús enseña.jpg Cuaresma

Miércoles de la II semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (20, 17-28)

En aquel tiempo, mientras iba de camino a Jerusalén, Jesús llamó aparte a los Doce y les dijo: “Ya vamos camino de Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día, resucitará”.

Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición.

El le preguntó: “¿Qué deseas?” Ella respondió: “Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino”.

Pero Jesús replicó: “No saben ustedes lo que piden.

¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?” Ellos contestaron: “Sí podemos”.

Y él les dijo: “Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado”.

Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.

Que no sea así entre ustedes.

El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se está acercando a Jerusalén, y por tercera vez, ahora de forma más extensa que las anteriores, confia a sus discípulos lo que le espera: el drama de la muerte, aunque añade también la resurrección.

Los discípulos, como a menudo nos sucede también a nosotros, no le escuchan , o piensan que exagera, como de costumbre. El evangelista narra que los discípulos, ante el drama que Jesús les comunica, tienen la cabeza en otra parte. Jesús está pensando con gran preocupación en lo que le ocurrirá en Jerusalén, y ellos en cambio se preocupan por el puesto que van a ocupar o que van a pedir. Jesús va hacia la cruz, y ellos piensan en «tronos de gloria».

Es cierto que la escena la inicia la madre de los hijos de Zebedeo, pero en ella estamos representados todos nosotros : la preocupación por uno mismo, por el futuro, por la propia colocación. Y en el fondo todos estamos convencidos de que eso no es algo tan equivocado. Pero el problema está en el hecho de que la concentración en uno mismo a menudo es tan profunda que nos vuelve ciegos y sordos ante el drama de quien está sufriendo realmente.

En Jesús angustiado , que pide consuelo, vemos también a todos los que hoy están condenados a la pobreza y la injusticia. El riesgo es que incluso nosotros, como esa madre y esos discípulos, estemos preocupados sólo por nosotros mismos. Jesús les dice: «No saben ustedes lo que piden». Cuando se pide sólo para uno mismo significa ser ciego, es decir, no saber qué es lo que se necesita pedir. Y Jesús, con gran paciencia, vuelve a enseñar a esos discípulos para que aprendan el camino que deben seguir, y por tanto las cosas que deben pedir.

Como un buen maestro Jesús parece incluso aceptar su ambición, pero le da la vuelta: «El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo». Es el camino contrario al que propone el mundo, al que nosotros buscamos instintivamente. Jesús, con su propia vida, nos muestra la alternativa respecto al estilo de vida del mundo y a los sentimientos egocéntricos que todos sentimos: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos». Se lo pide a sí mismo y a todo el que quiere seguirlo: es el camino hacia la Pascua de resurrección, que pasa sin embargo por la cruz.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 117-118.

Era un hombre justo

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San José .jpg San José, esposo de la Virgen María

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (1, 16.18-21.24)

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejar la en secreto.
Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.
Cuando José despertó de quel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.
Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Iglesia celebra en este día la fiesta de san José, el esposo de María. Descendiente de la casa de David, recibe la misión de incorporar a Jesús a la descendencia davídica. José conecta con la tradición de los patriarcas, que a menudo habían recibido en sueños la revelación de Dios. Además, hace recorrer al pequeño Jesús el camino del éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida, insertándolo de este modo plenamente en la historia de Israel para hacerle heredero de las promesas.

Hombre del silencio, José supo discernir día tras día la voluntad de Dios y obedeció. Una antigua leyenda asegura que murió en una gran paz que le daba Jesús, y por ello en la tradición occidental se comenzó pronto a invocarlo para recibir el don de una buena muerte. Las Iglesias de Oriente lo recuerdan junto a David y a Santiago, el hermano del Señor en los días después de Navidad. Su figura, ligada a la infancia de Jesús, nos recuerda la actitud indispensable de la escucha que debe tener todo creyente, sobre todo en esos momentos en los que parece que prevalecen las dificultades. El pasaje evangélico de Mateo nos narra cómo José se ve involucrado en el misterio del nacimiento de Jesús. El evangelista parece querer subrayar lo irregular de ese nacimiento: habla de José y del drama, grave por partida doble, que está viviendo. Como marido traicionado debería celebrar un divorcio oficial, lo que dejaría a María como esposa infiel, y por tanto seria rechazada y marginada por sus parientes y todos los habitantes del pueblo.

Obviamente también María pensó en estas cosas al escuchar el anuncio del ángel, y a pesar de todo obedeció. José, por su parte, había decidido repudiar a su joven esposa pero en secreto. Era un gesto de justicia delicada se podría decir que misericordiosa. Y sin embargo aquel hombre justo, más delicado que la ley, obrando así habría actuado contra la justicia más profunda de Dios. En efecto, hay un más allá de Dios que él ángel le revela. José lo escucha y comprende lo que está sucediendo a su alrededor y en su interior, convirtiéndose así en discípulo del Evangelio.

Y el ángel continuó: «Le pondrás por nombre Jesús». José debe reconocer y decir quién es ese hijo. Por esta razón es la imagen del creyente que sabe escuchar y tomar consigo a Jesús. Si escuchamos el Evangelio, también nosotros seremos capaces de acoger a Jesús como el amigo de nuestros días, de toda nuestra vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 139-140.

Misericordiosos como el Padre

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misericordesCuaresma

Lunes de la II semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (6, 36-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica.

Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Al proclamar la necesidad de amar a los enemigos, Jesús sacude los cimientos de la cultura egocéntrica de nuestro mundo. El sábado pasado lo meditamos a partir del pasaje paralelo de Mateo. El evangelista Lucas prosigue el discurso de Jesús: «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». Jesús pone a la misericordia una medida que no puede ser más alta, la misma del Padre. Sí, los discípulos de Jesús están llamados a ser misericordiosos como el Padre. Es un ideal alto como el cielo, y sin embargo es lo que el Señor nos pide a nosotros, discípulos suyos.

Ser misericordioso como Dios significa amar como Él. Y hay una gran necesidad de misericordia en este tiempo nuestro. El papa Francisco dedicó todo un año a que aprendiéramos el sentido profundo de la misericordia, justo para responder a la demasiada dureza, frialdad, individualismo, indiferencia hacia los demás, sobre todo hacia los pobres que existe en el mundo.

La misericordia no es un sentimiento vago y abstracto, es una fuerza que cambia los corazones y la historia, como la cambió Jesús que, lleno de misericordia, pasaba por los pueblos y las ciudades de su tiempo llevando la alegría, la curación y la liberación del poder del maligno. Y nos exhorta a nosotros a hacer lo mismo.

Desde la misericordia brota también el mandato de perdonar y no juzgar. Si nos comportamos así también nosotros seremos perdonados y no condenados. Es una exhortación cuando menos oportuna, ya que solemos comportarnos de forma muy distinta: somos buenos con nosotros mismos y duros y exigentes con los demás. En otra parte el Evangelio aclara esto con un ejemplo: tenemos una gran habilidad para ver la paja en el ojo ajeno, y no ver la viga en el nuestro.

Jesús advierte: «Perdonen y serán perdonados. Den y se les dará». Y añade que esto se hará en abundancia. El ejemplo del grano que se echa en el saco con largueza hasta rebosar, hasta que se salga, casi derramándolo, muestra la increíble generosidad de Dios. Él, continúa Jesús, vuelca su misericordia sobre nosotros hasta rebosar. Con esta misma generosidad debemos comportarnos también nosotros con los demás. Son palabras de una gran sabiduría evangélica y también humana.

El Evangelio nos muestra el camino para recibir el amor de Dios de manera sobreabundante: «con la misma medida con que midan, serán medidos». No escatimemos el amor; el Señor hará mucho más, se conmoverá hasta tal punto que nos envolverá con su amor sobreabundante.

 

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 114-115.

Su rostro cambió de aspecto

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Transfiguracion Cuaresma

Domingo de la II semana 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes.

De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo.

De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[[1]

El domingo pasado, decíamos que el relato de las tentaciones es el pórtico para iniciar el camino cuaresmal; este domingo podríamos decir que la escena de la transfiguración es el telón de fondo; presenta el horizonte del itinerario y nos ayuda a concentrar nuestra mirada en Jesús el Hijo amado, el elegido, a quien Dios nos invita a escuchar.

El relato retoma un punto que quedó en suspenso el domingo pasado; recordemos que en la última tentación, ubicada en Jerusalén, el tentador se jugo el todo por el todo poniendo a prueba a la fidelidad de Jesús como Hijo de Dios; con la fuerza de la Palabra, Jesús conminó al enemigo malo a no poner a prueba a Dios y el diablo, concluidas las tentaciones, se retiró esperando la hora.Ahora, en la escena de la transfiguración, encontramos de nuevo la referencia a Jerusalén y a la hora de Jesús: «De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.». Jerusalén es el destino del camino de Jesús, allí vivirá la hora definitiva, será probado nuevamente en su fidelidad como Hijo de Dios.

El contexto

Para introducirnos en la contemplación de la escena de la transfiguración, tomemos en cuenta el contexto del relato.

En el capítulo 8 del evangelio de Lucas, una vez que Pedro ha reconocido a Jesús como Mesías; Él comienza a introducir a sus discípulos en la comprensión del misterio de su persona, anunciándoles su pasión muerte y resurrección; les dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día».

Cuando leemos el evangelio caemos en la cuenta que las palabras y las obras de Jesús, con las que anunciaba el Reino de Dios, fueron aceptadas por algunas y rechazadas por otros. Quienes las rechazaron, comenzaron a hostigarlo, le hacían preguntas capciosas, lo provocaban, lo espiaban y buscaban motivos para acusarlo. Jesús no era ingenuo, sabía lo que sucedía y cada una de estas insidias eran para Él una tentación, una prueba; por eso, en el evangelio de Lucas, en los momentos decisivos de su misión, lo vemos haciendo oración, experiencia en la que se fortalecía para seguir en el camino de entrega amorosa con la que anunciaba y manifestaba la cercanía de Dios.

En este contexto entendemos el anuncio de la pasión que hacía a los discípulos; los veía tan entusiasmados que percibía la ilusión que tenían de un Mesías como muchos lo esperaban: glorioso, poderoso, guerrero, justiciero; Jesús no los engaña, les advierte que la fidelidad al Reino va en otra dirección, que ser testigos del Reino exige dar testimonio de la fidelidad de Dios con la entrega de la propia vida.

Además de anunciarles su pasión, en un segundo momento, Jesús implica también a sus discípulos, diciéndoles «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». Los discípulos no pusieron resistencia ante este primer anuncio de la pasión; el evangelista nos deja saber por qué: “Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto» (Cf. Lc 9, 45: 18,34). La oscuridad de los discípulos ante el misterio de la Cruz no era porque tuvieran una resistencia interior, sino porque no alcanzaban a comprender lo que significaba; Jesús los llevará por un camino gradual de comprensión.

El relato de la transfiguración conecta directamente con la confesión de Pedro y con el primer anuncio de la pasión; es una forma distinta de anuncia lo mismo, que nos revela el significado del misterio pascual de Jesús y la forma como se implican los discípulos que le siguen; se trata de una revelación más profunda del cómo y por qué el camino del sufrimiento conduce a la gloria de la pascua.

El texto

Nos encontramos ante un relato de teofanía, es decir, de manifestación divina; en el que el ver y el oír ocupan un lugar central. Se distinguen cuatro partes: La primera presenta la circunstancia: Jesús sube al monte a orar con tres discípulos. La segunda presenta la visión de la gloria de Jesús y de los profetas sufrientes. La tercera presenta la audición del querer del Padre que habla desde la nube. La cuarta, la conclusión: Jesús queda sólo y los discípulos callan.

Este relato lo encontramos en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas; en cada evangelista tiene detalles particulares que ayudan a leer el respectivo relato de manera novedosa. Lucas hace notar que Jesús subió a la montaña «para hacer oración»; habla de la gloria de Moisés y de Elías: «aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor»; indica el tema de conversación de estos personajes con Jesús: «hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén»; advierte que los discípulos  estaban rendidos de sueño» y que «despertándose, vieron la gloria de Jesús»; señala que sólo Pedro tomó la Palabra cuando Moisés y Elías se marcharon y que llamó a Jesús con sumo respeto diciéndole «Maestro»; narra que en la nube, Jesús recibe el calificativo de «Hijo elegido» y destaca al final del relato que los discípulos «guardaron silencio».

Escuchar a Jesús

La parte central del relato se concentra en lo que los discípulos vieron y oyeron en la experiencia de la transfiguración.

La transfiguración acontece en un contexto de oración. Es una experiencia de comunicación intensa de Jesús con su Padre. No conocemos las palabras sino el efecto transformador que tiene en él. El relato no reporta ninguna palabra de Jesús, pero la mirada no se parata en ningún instante de su persona; en los discípulos, con quienes pueden identificarse quienes leen el relato, predomina una actitud de atención a cada detalle.

El cambio externo que se produce en Jesús no pretende anticipar y confirmar su futura gloria de resucitado, como a veces se insiste. Si así fuera alimentaría el mesianismo equivocado de los discípulos y presentaría la pasión y muerte de Jesús como una representación con un final feliz anticipado.

En esta experiencia que contemplamos junto al relato de las tentaciones, Jesús es confirmado en su identidad y misión: el camino que ha elegido, su estilo de vida y mensaje es lo que Dios quiere. Hay dos elementos que lo corroboran Moisés y Elías que conversan con Él y la voz que sale de la nube.

En las Escrituras, Moisés y Elías no son como el común de los mortales ambos son personajes decisivos dentro de la historia del pueblo de Dios; tuvieron en común que, obeciendo a Dios, fueron servidores del pueblo de Dios y el cumplimento de esta misión les costó mucho sufrimiento; de manera que en el diálogo con Jesús en el relato de su transfiguración ellos son testigos de lo que vivieron en carne propia como profetas rechazados, con una misión que casí les costó la vida; además, Moisé y Eías fueron servidores de los caminos e Dios en medio de la testarudez de un pueblo que en más de una ocasión se puso contra ellos; pero su sufrimiento valió la pena; su testimonio es modelo de la gloria que resplandece desde el dolor que se vive en función de los demás, al servicio de la obra salvífica de Dios en el mundo. Moisés y Elías al lado de Jesús, que está a punto de comenzar el camino decisivo, ellos mismos ahora “rodeados de esplendor”, dan testimonio de que efectivamente por ese camino se llega a la plenitud de la vida.

Más tarde, al final del evangelio, Lucas nos dirá que Todo lo que ha sucedido en el camino y en la Pascua de Jesús fue el cumplimiento de lo que “está escrito en la Ley y en los Profetas” (Lc 24,44), es decir en la Escritura. Moisés y Elías representan la “Ley y los Profetas”.

Desde la nube que cubrió a la montaña Dios dejó oir su voz. La formación de la nube que “los cubrió con su sombra” evoca la divina presencia que llenó con su gloria la tienda del encuentro; la misma gloria de Yahveh que cubrió la santa montaña y en la cual entró Moisés. La nube nos indica dos cosas: Primera: no hay necesidad de la tienda que Pedro quiere hacer, porque Dios mismo es quien la hace al cubrir con la nube la montaña. Segunda: es el Padre, en última instancia, quien conduce a la gloria y quien invita ahora a los discípulos a entrar también en ella. Recordemos que la transfiguración de Jesús es obra de Él.

El elemento central de la manifestación de Dios: « De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”» Los términos nos recuerdan la escena del bautismo de Jesús; pero notemos que ahora estas palabras no están dirigidas a Jesús sino a los discípulos indicándoles: eue Jesús es el “Hijo”, el “Elegido” -título característico del Mesías- y que  a Jesús hay que “escucharlo”.  El imperativo “¡; escúchenlo!” queda resonando en los oídos como la lección más importante del evento de la transfiguración para los discípulos espectadores.

Los discípulos al sentirse envueltos por la nube se asustan; pero es ahí donde son aleccionados sobre lo que se resisten a aceptar: la manera como Jesús realizará su voación mesiánica. Dios confirma, delante de sus discípulos, en su identidad y misión y revela a los discípulos que ése, cuya enseñanza no aceptan o comprenden, cuyos gestos les inquietan, es el Hijo, el Elegido, el Mesúas, quien tiene razón y a quien hay que escuchar.

La transfiguración desvela el sentido profundo de los acontecimientos, pero no dispensa a los discípulos de vivir la realidad en su dureza y ambigüedad. Aunque Pedro deseaba la contrario, la visión termina muy pronto y deja a todos frente a la realidad cotidiana. Es preciso que los discípulo afronten el mensaje y el camino de Jesús.

Ante la fragilidad que experimentamos en las tentaciones, cuando somos probados en nuestra fidelidad de hijos de Dios y discípulos de Jesús; ante la resistencia a tomar la cruz y seguir a Jesús, que se experimenta en las incomprensiones y en el sufrimiento que son consecuencias de amar entregando la vida y de ser testigos de la verdad y la justicia, la oración y la escucha de la Palabra nos ayudan a interpretar nuestra historia y nos confirman en las opciones que hemos hecho cuando estas corresponden a la voluntad de Dios; sin embargo, no debemos olvidar que las experiencias espirituales noo son para separarnos de la realidad, sino para ayudarnos a discernir y afrontar la historia en toda su profundidad, para ayudarnos a seeguir a Jesús y como discípulos suyos, entregar la vida siendo testigos del Reino de Dios.

 

 

 

 

 

[1] F. Oñoro, La Transfiguración de Jesús: con la mirada puesta en la meta del camino y a la escucha del Maestro. Lucas 9,28b-36. CEBIPAL; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 87-90

Amar a los enemigos

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sermon-de-la-montania-webCuaresma

Sábado de la I semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 43-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.

Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.

Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Sean, pues, perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Para hablar sobre la «justicia» de Dios, que es tan distinta de la de los hombres, Jesús recuerda la antigua ley del talión, que regulaba la venganza para que no fuese desmedida. En efecto, aquella disposición mosaica cumplía una función equilibradora en una sociedad en la que se podía llegar a matar por cualquier motivo. Sin embargo, Jesús quiere superarla, y afirma que no sólo se debe abolir la venganza, sino que estamos llamados a amar a nuestros enemigos y a rezar por ellos.  Esto parece ajeno al sentir común de nuestra sociedad, donde cuesta incluso amar a los amigos. A pesar de todo es en esta perspectiva que Jesús delinea el comportamiento de los cristianos.

Seremos reconocidos como discípulos no sólo por cómo nos amamos entre nosotros -y por tanto no por una vida egoísta enfocada sólo a defendernos a nosotros mismos, a menudo sin o contra los demás- sino también por cómo amemos a nuestros enemigos. Con frecuencia los cristianos se comportan igual que los paganos, los que no siguen el Evangelio: aman a quienes les corresponden, saludan a los que los saludan, se preocupan sólo de los que les devuelven los favores. Pero entonces la vida cristiana se empobrece, y los cristianos dejan de ser sal de la tierra y luz del mundo.

El mandato de Jesús se contrapone a la vida que habitualmente llevamos, y de hecho viene introducido por la expresión «pues yo os digo». La afirmación contracorriente de Jesús se basa en el amor mismo de Dios Padre, el cual «hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos». En cambio nosotros nos hemos acostumbrado a dividir el mundo en buenos y malos, en justos e injustos, comportándonos en consecuencia: favorablemente hacia los primeros y con desprecio hacia los segundos. E

El amor de Dios es universal, no hace acepción de personas: el Padre que está en los cielos quiere que todos sean sus hijos, sin excepción. Y nosotros seremos hijos de este Padre obedeciendo el mandato que Jesús nos ha dado: sólo una vida en el amor nos hace hijos de Dios. Hay por tanto una gran sabiduría en las difíciles palabras de este pasaje evangélico. Jesús lo sabe bien, y pide a sus discípulos amar incluso a los enemigos. Podríamos añadir que si nos cuesta amarlos, al menos recemos por ellos. Si a veces es difícil vencer la enemistad – sucede sobre todo cuando dura mucho tiempo- al menos recemos por nuestros enemigos, nuestros opositores, y los que nos persiguen. La oración cumplirá el milagro de la conversión de los corazones al amor y por tanto el de la reconciliación.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 111-112

Ve primero a reconciliarte…

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reconciliación Cuaresma

Viernes de la I semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (5, 20-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.

Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda.

Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel.

Te aseguro que no saldrás de ahí hasta que hayas pagado el último centavo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje de Mateo hay que situarlo en el contexto del Sermón de la montaña. Jesús acaba de decir que ha venido a completar la ley y no a abolirla. Esto significa que Jesús no se aparta de la ley, sino que capta en ella el pensamiento profundo de Dios, su corazón. La justicia de la que habla Jesús, por tanto, no consiste en un igualitarismo exterior, por otra parte imposible, sino en la realización del amor sin límites de Dios, que se acerca a cada uno según sus necesidades.

Por ello, Jesús advierte con severidad: «si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos». Ser bueno como los fariseos -quiere decir Jesús- vale tanto como no serlo en absoluto, y lo explica con palabras que nadie se ha atrevido a decir antes que él, y que nadie ha escuchado sino del Evangelio. Jesús no propone una nueva casuística o una nueva praxis jurídica, sino una forma nueva de entender las relaciones entre los hombres. Llega al corazón del odio, que lleva a la eliminación del adversario. De hecho el odio comienza por pequeñas cosas como la rabia, que con frecuencia marca nuestra convivencia, y por palabras que parecen inocuas, como llamar imbécil o renegado al otro.

Jesús afirma que sólo el amor cumple la ley, y que sólo en el amor es posible ir más allá de la enemistad. Es necesario, pues, pasar de un precepto en negativo (no encolerizarse, no llamar imbécil, no matar) al positivo de la amistad entre nosotros. El amor es la fuerza nueva que Jesús ha venido a donar a los hombres, llegando a decir que el ejercicio del amor tiene un valor tan alto que su falta obliga a interrumpir incluso el acto supremo del culto. La «misericordia» vale más que el «sacrificio»; el culto, como relación con Dios, no puede prescindir de una relación de amor con los hombres, y es el amor el que debe dirigir nuestras acciones. Por ello Jesús, cuando hay conflictos, aconseja ponerse de acuerdo antes que ir a los tribunales. No se trata sólo de la conveniencia de no acabar en prisión, sino de practicar un estilo fraterno. De esta forma no sólo se supera la pura observancia legal sino que se crea ese modo de vida solidario que hace estable y bella la convivencia entre las personas y los pueblos. (Paglia, p. 110-111)

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 110-111.

Pidan y se les dará

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orar Cuaresma

Jueves de la I semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 7-12)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que toca, se le abre.

¿Hay acaso entre ustedes alguno que le dé una piedra a su hijo, si éste le pide pan? Y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Si ustedes, a pesar de ser malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, con cuanto mayor razón el Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quienes se las pidan.

Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús enseña la necesidad de la oración de petición y declara la certeza de que es escuchada. ¿Se da una contradicción con lo que dijo acerca de que Dios conoce de antemano nuestra necesidades? Ciertamente, no; en la oración no es preciso ser palabrero, porque el Padre “conoce”, pero es necesario asumir la actitud interior del que pide, del que esta dispuesto a acoger, de quien se sabe necesitado, por tanto, de quien sabe ubicarse en la verdad de la propia condición humana.

Dios mismo da al que pide y abre al que llama: de hecho, los verbos usados -“se les dará”, “se les abrirá” en la forma griega hacen referencia a Dios sin pronunciar su nombre. Si a un hijo que pide alimento su padre no le daría cualquier cosa que se le parezca en su aspecto externo pero que en sustancia sea muy diferente, mucho más Dios, el único bueno, el padre más solícito, dará “cosas buenas” a todos los que le piden.

El Padre escucha siempre las súplicas de sus hijos y da lo que realmente es mejor al que lo invoca. El último versículo recuerda un dicho rabínico: “Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. En esto está toda la ley, el resto sólo es una explicación”. Jesús lo relata en forma positiva, y esto es mucho más exigente: no se trata de un “no hacer”, sino de algo concreto que nos exige estar siempre atentos por el bien de los demás; por esta razón, cambia completamente la vida del que lo toma en serio, le lleva a la verdadera conversión: descentrarse de nosotros mismos para que nuestro centro sean los demás.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – J.L. Monge García, Lectio divina para cada día del año. 3., 92.

La señal que se les dará…

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jesus-y-la-multitud-2 Cuaresma

Miércoles de la I semana

Textos

 † Del evangelio según san Lucas (11, 29-32)

En aquel tiempo, la multitud se apiñaba alrededor de Jesús y éste comenzó a decirles: “La gente de este tiempo es una gente perversa. Pide una señal, pero no se le dará más señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo.

Cuando sean juzgados los hombres de este tiempo, la reina del sur se levantará el día del juicio para condenarlos, porque ella vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.

Cuando sea juzgada la gente de este tiempo, los hombres de Nínive se levantarán el día del juicio para condenarla, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el evangelio el personaje central es Jesús: él es “más que Salomón” y  “más que Jonás”. La inmensa dignidad de Jesús que emerge en contraluz con estos dos personajes  consiste en la grandeza de su Palabra, la cual es superior a la predicación profética de Jonás y a la sabiduría de Salomón.

En el texto que leemos la mención del profeta Jonás se  hace al comienzo y al final de nuestro pasaje, quedando en  el centro la mención del rey Salomón. La relevancia del profeta Jonás se explica por la frase: “Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo”.  ¿Y cual fue la señal de Jonás para los ninivitas? Pues nada distinto de su  predicación: los ninivitas “se convirtieron por la predicación de Jonás”.  Por otra parte, sus oyentes eran extranjeros y, a pesar de eso estuvieron bien  dispuestos y fueron capaces de dar el paso de la conversión. Ellos -desde el rey  hasta el último de los súbditos- dejaron todos sus oficios para dedicarse a la  penitencia pregonada por Jonás.

Esto se ilustra mejor con el ejemplo de una reina quien, dejando un reino entero y  todas sus dignidades, viajó desde su lejana nación en busca del hombre  más sabio del que se había escuchado: el rey Salomón. Ella ella “vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón”. La buena disposición de la Reina para escuchar y la prontitud para la conversión que manifestaron los ninivitas para tomarse en serio la predicación de la penitencia, contrasta fuertemente con la actitud de “la gente de este tiempo”; son lo israelitas, sus propios paisanos, los de casa, quienes se presentan como los más duros de corazón para tomar en serio a Jesús y su mensaje. Por eso la Reina “se levantará el día del juicio para condenarlos” y los ninivitas harán lo mismo; pues son un pueblo  que busca “señales”,  es decir, milagros que los convenzan.

De hecho es más fácil pedir milagros que nos deslumbren y nos eviten el esfuerzo  del creer, que abrirnos al encuentro personal con una persona que nos exige y que  con su presencia y su palabra nos cambia la vida. Y la verdad sea dicha: ese es el  verdadero milagro, el hay que pedir.

El evangelio de hoy nos invita a que cedamos en esa dureza de corazón que nos  mantiene presos de otras cosas que consideramos importantes, pero que en  realidad no  son realmente fundamentales, para ponernos a escuchar a Jesús. No tendremos  que hacer el largo viaje de la Reina de Sabá ni Jonás tendrá que ir a llevarnos el  mensaje a ciudades lejanas: a Jesús lo tenemos “aquí”. La predicación de Jesús resuena primero de viva voz, pero su máxima palabra, la  que está a punto de pregonar será su estar silencioso de brazos abiertos en la cruz  llamándonos a hacer la correcciones que sean necesarias y a darle un nuevo  impulso a nuestra vida en el gozo de su amor.

 

[1] Tomado fundamentalmente de: Oñoro, Fidel. Pistas para la Lectio Divina, Lc 11, 29-32. CEBIPAL.

Cuando oren digan… Padre nuestro

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Jesús haciendo oración Cuaresma

Martes de la I semana

Textos

 † Del evangelio según san Mateo (6, 7-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.

Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el evangelio Jesús nos advierte que la oración no consiste en multiplicar las palabras como si contase su número sino pronunciarlas con el corazón. En el Padre Nuestro nos el modelo de oración que llega inmediatamente al corazón de Dios. Nadie sino él nos la podría haber enseñado; sólo él, que es el Hijo amado, que conoce al Padre en profundidad, podía enseñarnos esas palabras que marcan la vida de los cristianos de todo tiempo y lugar.

Jesús, amando a los discípulos con un amor sin límites, nos enseña la oración más elevada, la que Dios no puede dejar de escuchar. Esto se comprende desde la primera palabra: «abbá» (papá). Con esta simple palabra -la que los niños pequeños dirigen a su padre-Jesús lleva a cabo una verdadera revolución religiosa respecto a la tradición judía, que llevaba a no pronunciar ni siquiera el nombre santo de Dios. Jesús, con este comienzo, nos introduce en su misma intimidad con el Padre. No «rebaja» a Dios a nuestro nivel, sino que más bien somos nosotros los elevados al cielo, hasta el corazón mismo del Padre «que está en los cielos», hasta tal punto de llamarle «papá».

El Padre, a pesar de permanecer «en lo alto de los cielos», es también aquel que nos ama desde siempre y que quiere nuestra salvación y la del mundo entero. Por ello es decisivo que Jesús nos haga pedir el cumplimiento de la voluntad del Padre. Y la voluntad de Dios es que ninguno se pierda. Éste el sentido de la invocación «venga a nosotros tu reino»: es el tiempo en el que se reconocerá finalmente la santidad de Dios, y todos los hombres viviremos en la justicia y la paz, en todo lugar, en la tierra y en el cielo.

En la segunda parte de la oración Jesús nos hace pedir al Padre que proteja nuestra vida de cada día: le pedimos el pan, el del cuerpo y el del corazón. Y después nos hace atrevemos a una petición que en realidad es muy exigente: «Perdóna nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden». Son palabras difíciles y a primera vista nada realistas: ¿cómo aceptar que el perdón humano sea modelo del divino? En realidad Jesús nos ayuda a expresar en la oración una sabiduría extraordinaria, y lo entendemos en los versículos siguientes: «Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas».

Este lenguaje resulta incomprensible para una sociedad como es a menudo la nuestra, en la que el perdón es raro -si no algo completamente olvidado-, y el rencor es una mala hierba que no conseguimos erradicar. Quizá precisamente por esto tenemos una mayor necesidad de aprender a rezar con el «Padre nuestro». Es la oración que salva porque nos hace descubrir la fraternidad universal cuando nos dirigimos a Dios y lo invocamos como Padre de todos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 107-108.

Tuve hambre… y me diste de comer…

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Predicando juicio final Cuaresma

Lunes de la I Semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (25, 31-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’.

Los justos le contestarán entonces: ‘ Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’ Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’.

Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron’.

Entonces ellos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’ Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo’. Entonces irán estos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este primer lunes de cuaresma abre con el texto evangélico que nos presenta la escena grandiosa del juicio final. El rey, está sentado en el trono «con todos sus ángeles»; ante él, como en un inmenso escenario, se encuentran reunidas «todas las naciones». Sólo hay una división entre ellos, la relación que cada uno ha tenido con el Hijo del hombre presente en cada pobre. El juez mismo, de hecho, se presenta como el que tiene sed, hambre, el desnudo, el extranjero, el enfermo, el encarcelado; «porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber».

El diálogo entre el Rey y los interlocutores de los dos grupos enfoca este aspecto desconcertante: el juez glorioso del final de los tiempos, que todos los interlocutores reconocen como «Señor», tenía el rostro de ese mendigo que pedía limosna por las aceras de nuestra ciudad, de ese anciano abandonado en el hospital para enfermos crónicos, de esos extranjeros que llaman a nuestras puertas y que a menudo se ven rechazados, de los encarcelados que apenas reciben visitas.

La repetición de las seis situaciones de pobreza, con la correspondiente lista de la ayuda prestada o denegada, tal vez quiere indicar la frecuente repetición de esas situaciones en la vida de cada día por todo el mundo. Este Evangelio nos viene a decir que el encuentro decisivo entre el hombre y Dios no tiene lugar en un marco de gestos heroicos y extraordinarios, sino en nuestros encuentros de todos los días, en el ofrecer ayuda a quien la necesita, dar de comer y de beber a quien tiene hambre y sed, en el acoger y proteger a quien está abandonado.

La identificación de Jesús con los pobres -los llama incluso sus hermanos – no depende de sus cualidades morales o espirituales; Jesús no se identifica sólo con los pobres buenos y honestos. Los pobres son pobres, sin mas, y como tales en ellos encontramos al Señor. Se trata de una identidad objetiva: ellos representan al Señor porque son pobres pequeños, débiles. Porque Jesús mismo se ha hecho pobre y débil. Es aquí, por las calles del mundo, que tiene lugar el juicio final, y los pobres serán realmente nuestros abogados.

Es bueno preguntarse si tanto nosotros como nuestras comunidades vivimos esta dimensión cotidiana de la caridad: si estamos de su parte, o por el contrario, estamos del lado de aquellos a los que su presencia les resulta un fastidio. El papa Francisco, plenamente consciente de que todos seremos juzgados en relación a esto, nos recuerda una extraordinaria verdad: «Toquemos la carne de Jesús tocando la carne de los pobres». Es una de las verdades más hermosas y revolucionarias del Evangelio, que nosotros los cristianos estamos llamados a vivir y a testimoniar. (Paglia, p. 105-106)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 105-106.

Si eres el Hijo de Dios….

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tentador.jpgCuaresma

Domingo I – Ciclo C 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto, donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por el demonio.

No comió nada en aquellos días, y cuando se completaron, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contestó: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.

Después lo llevó el diablo a un monte elevado y en un instante le hizo ver todos los reinos de la tierra y le dijo: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras”. Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras”. Pero Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.

Concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora. Palabra del Señor. 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Entramos en el camino cuaresmal cruzando el pórtico que nos ofrece el relato evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año, -ciclo C- leemos el texto del evangelista san Lucas, que acentúa el tema de  “la hora de Jesús” referido al misterio pascual y de “Jerusalén”, como meta del camino de Jesús, donde vivirá su Pascua.

El tema central del texto que leemos es la “tentación”. Tentar es poner a prueba la fidelidad. El tentador es el “diablo” el opositor del plan de Dios que  se incuba de muchas formas en el corazón de hombre y, desde allí, en las relaciones humanas para hacer desgraciada la vida; por eso, la victoria sobre él es el signo de la llegada del Reino de Dios.

El relato subraya no tanto que Jesús haya tenido tentaciones, sino que las venció: «concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él» y esta es la Buena Noticia. El diablo es vencido, no tiene la última palabra; la victoria de Jesús es nuestra victoria; los discípulos de Jesús pasarán también por la prueba de la fidelidad a merced del mismo diablo que los perturbará para que se desconozcan como hijos de Dios. El ejemplo de Jesús, la forma como enfrenta la prueba es, para el discípulo, escuela de fidelidad.

Aunque las tentaciones concluyeron, el evangelio advierte que «el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora». La victoria final se dará en la Pasión, por ello, la experiencia de las tentaciones pide fijar, desde el principio, la mirada en el misterio de la Cruz y en el camino que hay que recorrer para participar de la victoria pascual. Poner la mirada en el misterio de la cruz, se traduce en: fidelidad en el amor y en la entrega de la vida; constancia en salir de si mismo y de superar el encierro en el propio ego; la capacidad de renunciar a ser el centro de todas las cosas, a decir la última palabra, a imponer la propia voluntad, a instrumentalizar a las personas. Todo ello significa abnegación y ante una persona que se niega a si misma, para dar lugar a Dios en su corazón, el diablo es vencido cuando prueba la fidelidad.

Fijémonos en algunos detalles de nuestro texto para profundizar.

1 . “Conducido por el mismo Espíritu..:”

Lucas nos presenta a Jesús como el ungido por el Espíritu de Dios; desde el anuncio de su nacimiento el Ángel dijo a María que el Espíritu Santo descendería sobre ella; en la escena de su Bautismo, el evangelista relata que el Espíritu Santo descendió sobre él; de manera que el el poder de Dios está dentro de él y es quien obra continuamente a través de El; por eso, Jesús puede dar a conocer a Dios, hacer sus obras, hacer su voluntad.

Jesús, desde la Cruz, entrega a los discípulos su Espíritu; se los comunica soplando sobre ellos cuando se les aparece resucitado y el día de Pentecostés lo reciben plenamente para ir por el mundo a ser testigos del amor misericordioso de Dios. En esta misión vivirán pruebas a su fidelidad al Señor y al evangelio; se verán tentados en su capacidad de amar y entregar la vida; sin embargo, el Espíritu que los conduce los sostendrá.

También a nosotros el Señor nos da su Espíritu, lo recibimos lo recibimos sacramentalmente en el bautismo y confirmación; es este Espíritu el que nos guía en las experiencias de desierto, como la cuaresma, para que descubriendo las pruebas que el diablo pone a nuestra fidelidad, seamos capaces de vencer la tentación. La certeza de que el Espíritu nos conduce, nos hace enfrentar con serenidad nuestras tentaciones y la realidad de nuestro propio pecado, no para instalarnos en ellas, sino todo lo contrario, para renovar nuestra fidelidad en el amor.

2. “…se internó en el desierto.”

La referencia al desierto en Lucas tiene el valor de un espacio de preparación para el ejercicio del ministerio encomendado por Dios.

El desierto es el espacio geográfico-espiritual donde madura el líder que tendrá que enfrentar después duras pruebas. Moisés y Elías, Juan el Bautista y Jesús, vivieron períodos de maduración en el desierto. También el pueblo de Israel, vivió durante el éxodo cuarenta años en el desierto, período de prueba y tentación del que no salió bien librado.

Lo vivido en el desierto por Jesús es lo mismo que Él, y después sus discípulos, vivirán en la misión. La experiencia del desierto es el comienzo mismo de la misión y en ella se condensa simbólicamente la vida y la misión de los discípulos de Jesús que, en la precariedad experimentarán la providencia de Dios; en la debilidad, la fortaleza del Espíritu y en la tentación, la victoria de Dios.

3. “…donde permaneció durante cuarenta días.”

El número cuarenta es simbólico en la Biblia, significa el tiempo propicio, el tiempo necesario; este símbolo está a la base de nuestra cuaresma, no sólo del nombre, sino de su significado.

Lucas nos invita a recorrer los pasos del éxodo como modelo de tiempo de formación personal y comunitaria. Los pasos del líder serán también los del pueblo. Las pruebas de Jesús son también las pruebas de sus discípulos misioneros y las de todo aquel que configura su vida en él. El evangelio sintetiza la vida del bautizado como el recorrer, ungidos por el Espíritu, el camino de la vida que no está exento de tentaciones y dificultades.

La Cuaresma es pues experiencia de desierto, de purificación, de madurez espiritual; tiempo propicio para hacer las cuentas consigo mismo frente a Dios; tiempo necesario para tomar conciencia de las propias tentaciones, para caer en la cuenta de que nuestra fidelidad no es indefectible y de reconocer -con dolor y valentía- las decisiones, palabras, pensamientos y acciones, conscientes, libres y voluntarias, que nos han alejado de Dios, que han hecho daño a nuestros hermanos y nos han dañado a nosotros mismos.

4. “… y fue tentado por el demonio.”

Así como Adán y Eva, en el paraíso terrenal, fueron tentados por la insidia de la serpiente “el más astuto de los animales” y cayeron, Jesús fue tentado por el diablo en el desierto y salió victorioso. Nos contemplamos pues en el icono que retrata los orígenes de la humanidad probada en su fidelidad a Dios. El discípulo, probado también en su fidelidad, como Adán y Eva y como Jesús, tiene la posibilidad de caer en la tentación como aquellos, o de vencerla, como Jesús, aprendiendo de él a decir NO al tentador y SI al proyecto de Dios. Para lograrlo requerirá del discernimiento que enseña la Palabra de Dios.

El Evangelio que meditamos nos enseña a descubrir los terrenos y las rutas de las tentaciones y cómo vencerlas.

Los terrenos de la tentación

El tentador aprovecha la situación de fragilidad; cuando Jesús “sintió hambre” hizo su aparición para cuestionar su identidad más profunda: “Si eres Hijo de Dios”; orillando con ello a la confusión, como diciendo: si Dios fuera tu padre, no tendrías por qué sufrir.

Descubrimos así el sentido de la tentación: poner a prueba la identidad de Jesús como Hijo de Dios, de la que depende la obediencia a su proyecto de salvación y el cumplimiento de la tarea mesiánica, para hacer prevalecer los proyectos humanos, construidos a partir del egoísmo, dejando de lado toda auto trascendencia -hacia Dios y hacia los hermanos- generadora de justicia y fraternidad.

Este es también para nosotros el terreno de la tentación y el diablo prueba nuestra fidelidad en los momentos de fragilidad, cuando pasamos por dificultades, vivimos momentos de sufrimiento o de dolor, llevándonos a la pregunta ¿dónde esta ese Dios a quien llamas Padre? ¿si Dios es tu Padre, porque sufres? Con esta prueba, el diablo provoca en nosotros confusión, para que desconfiemos de Dios, renunciemos a obedecer sus mandamientos, nos constituyamos en dioses de nosotros mismos y como consecuencia veamos a los demás no con ojos de fraternidad sino de rivalidad.

Jesús nos enseñó en el Padre Nuestro a decir: “No nos dejes caer en la tentación”. No perdamos de vista que se refiere a esta tentación, la que nos hace dudar de Dios, de que nosotros somos sus hijos, de que nos ama con amor misericordioso, de que nos perdona, nos cuida y nos salva. Jesús inserta a quienes le siguen en la experiencia de Dios Padre en quien hay que poner la confianza y la seguridad y les da, junto con el don del Espíritu, el poder de liberación de las insidias del enemigo y del poder del mal que atormenta al hombre.

La tentación es una realidad en la vida de todo creyente. Se presenta cada vez que surge la pregunta ¿vale la pena vivir según Dios? ¿no habrá mejores propuestas?; la tentación se presenta en los momentos en que la relación con Dios como Padre se debilita, y esto puede suceder en experiencias de precariedad física, anímica o espiritual; cuando se pierde la esperanza y se cae en la desesperación o cuando se asume la difundida mentalidad que hace creer que es mejor vivir poco tiempo disfrutando, que mucho tiempo padeciendo.

Preguntas claves para saber que en que grado está presente está la tentación en tu vida podrían ser: ¿qué tan sólida es tu relación con Dios como Padre? ¿cómo le expresas tu amor y obediencia de hijo? ¿al servicio de qué y de quién desgastas tu vida? ¿Al servicio de quien están tu persona, tiempo, capacidades, recursos? ¿Las relaciones con las personas con las que convives las estableces en clave de fraternidad o de rivalidad?

Las rutas de la tentación

Vale la pena notar, meditando con mayor detenimiento el texto que consideramos, de dónde provienen las tentaciones. Cada una de las tres pruebas por las que pasa Jesús nos da una pista para comprender nuestras propias pruebas

La primera tentación recorre la ruta de las necesidades vitales. El símbolo es el alimento, que es necesario para la subsistencia; su carencia causa desasosiego, angustia y origina muchas dificultades. Jesús afirma, citando el Deuteronomio, que “No sólo de pan vive el hombre”. La satisfacción de las necesidades vitales es necesaria para subsistir, pero no aseguran la vida.

La vida del hombre no puede reducirse a solucionar las necesidades inmediatas; esto lo entendemos bien cuando entendemos la diferencia entre “vivir para trabajar” y “trabajar para vivir”.  El hombre está llamado a vivir con plenitud y la sabiduría para alcanzarla está en saber apoyarse -como Jesús lo hizo- en un Dios que es Padre, que como tal es bueno; siempre fiel y que  nunca abandona a sus hijos en sus necesidades.

La segunda tentación recorre la ruta de la necesidad de tener status o poder. Quien tiene solucionado el problema de la satisfacción de las necesidades vitales está expuesto a la tentación de pensar que la realización de la vida está en tener una posición de superioridad respecto a los demás, posición que le de poder y gloria.

La búsqueda del poder y la gloria contradicen el señorío de Dios, que es Padre y a todos nos hace hermanos ubicándonos en una relación de igualdad y de servicio, no de dominación y sometimiento. Esta tentación se presenta cuando el discípulo pierde de vista que el Reino de Dios tiene un valor preeminente sobre cualquier otro valor y que para poseerlo no tiene que competir con nadie, pues es un don que el Padre da a quienes se reconocen pobres. Por ello, el discípulo debe estar vigilante a que en su corazón no se infiltren otros intereses y mantener una relación justa con las personas y con las cosas y aprender a tener un lugar en la comunidad por el camino del compartir y del servicio y por este mismo camino aspirar a participar de la gloria de Dios.

La tercera tentación recorre la ruta del endiosamiento; que se manifiesta en el afán de querer controlarlo todo, incluso a Dios. A la raíz de esta tentación no está la carencia para satisfacer necesidades vitales, ni el deseo de tener poder y gloria, sino una relación equivocada con Dios que se apoya en una visión falsa de Él. Las anteriores tentaciones han insistido en el señorío de Dios que es Padre bueno; pero se puede llegar a querer manipular la bondad de Dios, poniendo a prueba la veracidad de su Palabra mediante peticiones que violan las leyes de la naturaleza.

En el relato de Lucas, el tentador pide a Jesús, tratando de confundirlo con un el texto del Salmo 91, que se ponga en peligro para ver si es cierto que Dios manda a sus ángeles a protegerlo; la edición moderna sería la de quien sin el menor esfuerzo de su parte pretendiera que Dios de solución a todos sus problemas. El discípulo no debe olvidar que la confianza en Dios y asumir las responsabilidades de la vida van de la mano.

Que el escenario de la última prueba haya sido Jerusalén no es casual; justamente allí, Jesús será llevado al patíbulo y necesitará la protección de Dios; allí Jesús enseñará con su gesto de abandono lo que es la confianza en Dios Padre, la manera concreta de vencer la última tentación

¿Cómo vence Jesús las tentaciones?

Jesús es nuestro modelo de vida; de él que nos viene la fuerza para la lucha contra las tentaciones que nos presenta el diablo para confundirnos en nuestra identidad de hijos de Dios. Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre, no para pedir ser eximidos de la tentación sino para suplicar no caer en ella, es decir, el poder vencerla. En las respuestas de Jesús al diablo, está la clave de la victoria.

“Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. La primera tentación Jesús la vence poniendo la mirada en la necesidad fundamental. Nos enseña a alargar nuestros horizontes y no limitarnos a sobrevivir sino a buscar la vida plena.

“Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. Jesús nos enseña que la tentación de buscar el poder y la gloria, se vence postrándose en adoración, actitud orante que libera de la esclavitud de los ídolos y permite dar a cada cosa su justo lugar en la vida; la relación con los demás no se establece en clave de poder o prestigio sino de cooperación y servicio. Dios es el único que da la vida y la paz.

“Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Con esta respuesta, Jesús evoca la fórmula de la alianza con Dios: “ustedes serán mi pueblo y yo sere su Dios”; el reconocimiento de Dios en la vida, implica la renuncia a querer controlarlo todo y poner la voluntad de Dios bajo el dominio de la propia voluntad. El conocimiento de Dios a través de su Palabra y de su Hijo Jesucristo es el camino para crecer en la confianza y abandonarse a Él en la prueba definitiva.

Conclusión

En el relato de las tentaciones encontramos los puntos fundamentales del camino cuaresmal.

En esta experiencia de desierto, aprendamos de Jesús que, en el combate contra el adversario, responde con tranquilidad, pero también con contundencia, claridad y decisión. Ante el diablo, Jesús no expresa miedo ni impaciencia; actúa así porque está seguro de que Dios es Padre y no lo abandona.

En el bautismo hacemos promesas; renunciamos a Satanás y proclamamos nuestra fe en Dios que es Padre. La cuaresma nos enseña a vivir con autenticidad como hijos de Dios. Jesús sostuvo su cuaresma con la oración, tratando de captar en todo instante cuál era el querer de la Padre e implorando siempre la fuerza de Dios para sostener su “sí” en la hora de la tentación ¿Qué nos corresponde hacer a nosotros?

 

 

[1] Cf. Oñoro Fidel, Jesús y el demonio combaten en el desierto: Lucas 4,1-13, Centro Bíblico Pastoral para América Latina, 2007.

La invitación a un pecador…

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llamada de Mateo

Cuaresma

Sábado después de Ceniza

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (5, 27-32)

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano, llamado Leví (Mateo), sentado en su despacho de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”.

El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

Leví ofreció en su casa un gran banquete en honor de Jesús, y estaban a la mesa, con ellos, un gran número de publicanos y otras personas. Los fariseos y los escribas criticaban por eso a los discípulos, diciéndoles: “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” Jesús les respondió: “No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús va caminando por la calle cuando se encuentra con un publicano de nombre Leví. Como a los demás publicanos, a él también se le considera un pecador público, y por tanto podríamos decir que no apto para el Evangelio: Pero para Jesús no hay nadie que no sea apto para el Evangelio, ni siquiera el más grande de los pecadores. De hecho, en cuanto lo ve lo llama, y aquel publicano se levanta inmediatamente -como hicieron los discípulos que le precedieron-, deja el despacho de impuestos y comienza a seguir a Jesús.

Lo que cuenta para los discípulos no es el punto en el que uno se encuentra, sino la disponibilidad para escuchar la llamada y seguirla. Leví, en el momento en que se levanta y se convierte en discípulo, ya no es la misma persona de antes. Su corazón es distinto, y lo hace ver: quiere que también sus amigos -publicanos y pecadores a los que todos deberían evitar según las disposiciones farisaicas- encuentren a Jesús como él lo ha encontrado.

En realidad todos los que sienten más que los demás la necesidad de ser amados son los que intuyen la preciosidad del amor del Señor, van a su encuentro y se reúnen en tomo a él. El banquete de fiesta expresa bien la alegría de estar en compañía de Jesús. Verdaderamente ha venido a buscar a los pobres y los pecadores, y ellos se dan cuenta. Hoy el publicano Leví y todos los demás se presentan ante nosotros para que podamos imitar su disponibilidad para reunirse en tomo a Jesús y saborear la alegría de ser salvados.

Esos pecadores en fiesta nos recuerdan, mientras caminamos hacia la Pascua, la urgencia de volver con el corazón a Jesús y de seguirlo escuchando cada día su Palabra. También nosotros, enfermos y pecadores, tenemos necesidad de este tiempo de gracia para volver al Señor con presteza y, sin posponer el tiempo de la conversión, compartir la mesa de la alegría con Jesús y con tantos amigos pobres y pecadores como nosotros que el Señor nos hace encontrar.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 103.

Días vendrán…

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jesús en una casa

Tiempo Ordinario

Viernes después de Ceniza

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 14-15)

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les espondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Mientras damos los primeros pasos del camino cuaresmal, la Palabra de Dios nos recuerda que el verdadero camino es interior, el camino del corazón: es el progreso en el amor, en la amistad, en la generosidad. El Evangelio no nos pide simplemente hacer algunas cosas más, aunque sean buenas. Lo que en realidad se nos pide es un cambio más profundo. El ayuno que el Señor quiere es el del propio egoísmo, salir de la concentración sobre uno mismo y los propios problemas para dirigir el corazón hacia Él, y para hacer crecer el amor y la atención hacia los más pobres y débiles.

El Evangelio de Mateo nos habla del ayuno y nos explica su sentido profundo. Los discípulos de Juan, que llevaban una vida más austera que la de los seguidores de Jesús, preguntan el porqué de aquella alegría suya. En efecto, la mera presencia de Jesús entre la gente creaba un clima de fiesta, de esperanza, en definitiva, de extraordinaria alegría, y los discípulos estaban verdaderamente contentos de estar con él y de compartir su vida, gastada en estar con la gente y ayudarla.

El seguimiento de Jesús no es un camino triste basado en las privaciones y la penitencia. Podríamos decir que es exactamente lo contrario. Los discípulos de Juan lo veían y se escandalizaban. Jesús aclara que estar con él es como estar en la fiesta que se hace en las bodas al llegar el novio. Sí, los pobres lo habían comprendido: había llegado a ellos aquel que liberaba del abandono y la desesperación. Jesús advierte sin embargo que la llegada del Reino de Dios el reino del amor y la paz- conlleva inevitablemente la lucha contra el mal, y que, como sucede en toda batalla, no faltarán momentos difíciles. Surgirán opositores que tratarán por todos los medios de abatir a los discípulos que anuncian el Evangelio.

En cualquier caso es necesario vestirse de fiesta y beber el vino de la misericordia: esto hará fuertes y seguros a los discípulos, incluso cuando deban afrontar momentos difíciles y de sufrimiento. Dietrich Bonhoeffer decía que el Evangelio hace a los discípulos no sólo buenos sino también fuertes.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 102.

Si alguno quiere seguirme…

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disicipuladoCuaresma

Jueves después de Ceniza

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 22-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga.

Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará.

En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El episodio del Evangelio de Lucas nos sitúa en el camino de este tiempo cuaresmal. Nos ayuda a reflexiona sobre la responsabilidad personal que tenemos delante nuestro de elegir la senda del bien o la del mal.

Jesús vuelve sobre este tema en el pasaje evangélico: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi, ése la salvará». De forma natural tenemos la tendencia pensar en nosotros mismos, de salvamos de toda dificultad, de todo problema o angustia; pensamos sobre todo en nosotros y en nuestra propia afirmación. Es el instinto malvado del amor desmedido por uno mismo, arraigado en el corazón. Ese instinto, mientras nos empuja a pensar sólo en nosotros, nos lleva también a desinteresamos de los demás, e incluso, a ser hostiles y violentos, sobre todo cuando les percibimos como posibles rivales y enemigos. Pero de este modo todos salimos perdiendo. El amor desordenado a uno mismo lleva inexorablemente a perder la paz e incluso la vida. Por el contrario, el que la gasta para construir un mundo mejor, se gana a sí mismo y también a los demás para la vida. Jesús advierte: «¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo o se destruye?». La sed de ganancias se ha convertido en una fiebre continua que sin embargo nos lleva a la ruina. ¡Cuántas vidas son sacrificadas en el altar de los beneficios! ¡Cuántas familias, cuántas amistades y vínculos se consumen para dar la primacía a las ganancias!

Jesús enseña otro camino, y no con las palabras sino con el ejemplo: él se dirige a Jerusalén para salvamos, por amor, a pesar de que esta elección conlleva sufrimiento e incluso la muerte. Pero «al tercer día» resucitará y comenzará el reino nuevo del amor. Jesús no es un Mesías poderoso y fuerte como querrían los hombres; él ha venido para dar su vida en rescate por todos. Su fuerza es la del amor que no conoce limites. Dirigiéndose a todos los que lo siguen explica las exigencias del seguimiento del Evangelio: alejarse del propio egoísmo, renunciar al amor desordenado  por uno mismo, abandonar las costumbres egocéntricas de siempre y asumir el mismo estilo de vida de Jesús, es decir, no vivir ya para sí mismo sino para el Evangelio y para los pobres. Es el sentido de la exhortación «negarse a sí mismo y tomar la propia cruz». Es el camino de los verdaderos beneficios: quien quiere conservar su vida, es decir, sus propias costumbres y tradiciones egocéntricas , la perderá. Y al contrario: quien se apasiona por el Evangelio y por los pobres recobrará su vida enriquecida y plena.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 100-101

Cuando ayunes, cuando des limosna, cuando hagas oración…

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jesus enseñaCuaresma

Miércoles de Ceniza

Textos

 Del evangelio según san Mateo (6, 1-6.16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.

Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa.

Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Cuaresma, un tiempo cargado de historia, parece vaciarse cada vez más de sentido en un mundo distraído. La Liturgia nos transmite la invitación apasionada de Dios: «Vuélvanse a mí de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto». El profeta Joel, preocupado por la insensibilidad del pueblo de Israel, añade: «enluten su corazón y no sus vestidos. Vuélvanse al Señor Dios nuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia, y se conmueve ante la desgracia.». La Cuaresma es el tiempo oportuno para volver a Dios, y comprender de nuevo el sentido mismo de la vida. El Señor nos espera, y está dispuesto incluso a cambiar su decisión, retractándose del mal con el que amenazaba para salvamos.

La Liturgia sale a nuestro encuentro con el antiguo signo de la ceniza. La ceniza, puesta sobre la cabeza y acompañada de la expresión bíblica «Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás», indica ciertamente penitencia y petición de perdón, pero sobre todo muestra una cosa simple y clara: todos somos polvo, es decir, marcados por la debilidad. El hombre que se yergue y se siente poderoso (y cada uno de nosotros tiene sus propias formas de erguirse y sentirse poderoso), mañana ya no es nada. Todos somos polvo, y la ceniza sobre la cabeza nos lo recuerda. Pero no se nos pone en la cabeza para asustamos, sólo quiere recordarnos que la fragilidad es una dimensión que nos marca profundamente, aunque tratemos continuamente de rehuirla. Hay un sentido liberador en el no tener que fingir siempre ser fuertes, sin mancha ni contradicción. La verdadera fuerza está en ser consciente de la propia debilidad, y en mantener vivo el sentido de humildad y mansedumbre: «Los mansos -afirma Jesús- poseerán en herencia la tierra».

El signo de la ceniza es actual como nunca; es un signo austero, como lo es el tiempo de Cuaresma, que se nos da para ayudamos a vivir mejor y para hacernos comprender lo grande que es el amor de Dios, que ha decidido unirse a gente débil y frágil como nosotros. Y a nosotros nos ha confiado su gran don de la paz para que la vivamos, la custodiemos, la defendamos, la construyamos. En demasiadas partes del mundo se malgasta la paz, mientras crece el sufrimiento de tantos pueblos. Son precisamente el celo y la compasión del Señor los que nos constituyen en «embajadores de Cristo», como escribe Pablo a los Corintios. El Señor ha tomado el polvo que somos para hacernos «embajadores» de paz y de reconciliación.

En este tiempo se nos pide vigilar, para que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, la mentira y la violencia. El ayuno y la oración nos hacen centinelas atentos y vigilantes para que no venza el sueño de la resignación, que nos hace considerar las guerras como inevitables; para que no nos adormezcamos ante el mal que continúa oprimiendo al mundo; para que sea derrotado el sueño del realismo perezoso que hace replegarse sobre uno mismo. En el Evangelio de este día Jesús mismo exhorta a los discípulos a ayunar y a rezar para despojarnos de toda soberbia y arrogancia, y disponernos con la oración a recibir los dones de Dios. Nuestras fuerzas no bastan por sí solas para alejar el mal; necesitamos invocar la ayuda del Señor, el único capaz de dar a los hombres esa paz que ellos mismos no saben darse.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 99-100.

¿Y los que lo hemos dejado todo…?

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doce apóstoles Tiempo Ordinario

Martes de la VIII semana

 Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 28-31)

En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”. Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna. Y muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Se ha desarrollado una situación ante los ojos de Jesús y de sus discípulos: un joven con deseo de seguir a Jesús, se ha alejado entristecido ante la exigencia que le plantea vivir según el evangelio; atrapado por su riqueza no tenía la libertad de dejarlo todo.

En cambio, Pedro y los demás del grupo si lo han dejado todo ypara seguir a Jesús; en síntesis, su respuesta al llamado fue diametralmente opuesta a la del joven rico. Inevitablemente surge para ellos una pregunta ¿qué será de nosotros? que se plantea implícita en una afirmación: « Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte». Jesús capta el mensaje y habla de una recompensa que se distribuye entre el  «el tiempo presente» y el «el mundo futuro». A quienes lo han dejado todo, explicitado con siete realidades que abarcan el mundo del bienestar, de los afectos y de la profesión: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, campos, se les dará cien veces más.

No se trata de matemáticas. Se trata de quedarse si nada para tenerlo todo. Aquí podemos ver una alusión a la vida eclesial de la primera comunidad, donde era fuerte el sentido de pertenencia y los miembros se llamaban «hermanos» entre sí. El añadido «junto con persecuciones»  recuerda que en el tiempo presente no se puede alejar la sombra de la cruz. Se goza, se obtiene, pero de un modo condicionado. El premio definitivo es «en el mundo futuro» y consiste en la «vida eterna». Esa expresión no tiene necesidad de explicaciones o de complementos. Es la vida con Dios, una vida exuberante, que no conoce ocaso.

El último versículo es una sentencia de carácter sapiencial que prevé el vuelco de la situación. Es un aviso para que nadie se considere nunca de los que ya han llegado, y un llamado a la vigilancia, porque el seguimiento es siempre un compromiso de vida.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., p. 375-376.

¿Qué tengo que hacer…?

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joven rico Tiempo Ordinario

Lunes de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 17-27)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”.

Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”.

Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”.

Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del evangelio que consideramos se compone de dos partes: una vocación frustrada por el apego a la riqueza y algunas consideraciones sobre el significado de la riqueza para los discípulos.

El punto de partida entusiasma: un hombre busca el camino para la vida eterna. El hecho de que se dirija a Jesús habla en favor de la confianza que inspiraba el Maestro de Nazaret. Eran muchos los maestros que podían responder con sabiduría a esa pregunta. Aquel hombre speraba algo diferente, algo nuevo. Jesús le orienta hacia Dios y hacia algunos de los preceptos del decálogo -los diez mandamientos-, sobre todo a los relacionados con los deberes hacia el prójimo. El decálogo, expresión de la alianza del pueblo con Dios, sigue siendo, en efecto, el código de referencia esencial, que establece los mínimos que se esperan de una persona que es fiel a Dios; su cumplimiento es capaz de encaminar hacia la vida eterna.

Sin embargo, aquel hombre busca algo más. El decálogo, que ya observa puntualmente desde su juventud, no le basta. Necesita un impulso novedoso: «Ven y sígueme» es la novedad del mensaje. Es la persona de Jesús, el hecho de seguirle, lo que marca la diferencia. Jesús se pone en la línea del decálogo como expresión de la voluntad de Dios y, al mismo tiempo, como punto de partida. Jesús es ese «algo más» buscado. La observancia de una ley queda sustituida por la comunión con una persona, con Jesús, que manifiesta el rostro de Dios y es camino para llegar a Él.

Sin embargo, para seguir a Jesús es preciso abandonar el lastre y los diferentes impedimentos. Jesús había conocido a fondo a aquel hombre, gracias a la mirada amorosa que proyectó sobre él. El seguimiento exige una libertad interior que no tenemos mientras el los bienes materiales ocupen en nuestro corazón el lugar de Dios. El dinero es tirano y, en efecto, aferra al hombre que no consigue liberarse de él. El hombre del evangelio, es rico, su corazón está apegado a su riqueza y esta le impide da un paso que requiere libertad, por eso se aleja entristecido.

Llegados aquí, Jesús lanza una dura consideración sobre la riqueza, cuando se convierte, en impedimento para tener una vida plena. Jesús conoce y denuncia la fuerza seductora del dinero. Los ricos tienen dificultades para acceder a Dios cuando la riqueza lo sustituye y lo idolatran. El dinero confiere poder, y éste, es como una droga adictiva, difícil de dejar. La dificultad de su posición la expresa Jesús con una hipérbole, la conocida imagen del camello que pasa por el ojo de una aguja. «¿Quién podrá salvarse?» es la reacción de pasmo de los discípulos, acostumbrados a pensar que la riqueza era una bendición divina. Jesús responde que la salvación es don de Dios. Y éste es capaz de llevar a cabo lo imposible. Ese don no exonera del esfuerzo por liberarse y mantener el corazón libre del apego a la riqueza.

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 365-367.

Instrucciones para la vida

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Instrucción a los discipulos Tiempo Ordinario

Domingo de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 39-45)

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni un árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos. El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla delo que está lleno el corazón”: Palabra del Señor.”

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo leemos en el evangelio la tercera parte del sermón del llano. Recordemos, en la primera parte leímos las Bienaventuranzas, en la segunda parta, la invitación a ser misericordiosos como el Padre, con un acento particular en el amor a los enemigos, a los que el evangelio invitaba a no juzgar, a no condenar, a perdonar y a hacerles el bien.El discurso continúa ahora, con una enseñanza que instruye al discípulo acerca de las relaciones fraternas en el seno de la comunidad, de manera que desde la actitud básica de la misericordia del Padre, sepa manejar sus impulsos negativos para que con ellos no dañe las relaciones interpersonales ni la vida de la comunidad y por el contrario se sitúe como testigo del Reino

El discipulado, al estilo de Jesús, es comunitario; no hay discípulo sin comunidad. Nótese en el texto que comentamos como se repite la palabra “hermano”; la fraternidad es signo del nuevo pueblo de Dios, germen de la humanidad nueva que Jesús ha venido a crear con su buena nueva de la salvación.

En el seno de la comunidad, el discípulo debe tener una presencia saludable, sus relaciones con los demás no pueden ser tóxicas ni pretenciosas; se ha de esforzar pues a ser un buen hermano, buen amigo, buen compañero de camino, comenzando con los hermanos de su propia comunidad de fe.

Lo primero que tiene que aprender el discípulo es que su único modelo es Jesús. “El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, «será como su maestro»; es decir, adoptará sus mismas actitudes y comportamientos y será formador de otros discípulos. El aprendizaje de estas dos tareas es gradual y en muchos casos muy lento. Por eso hay que dejarse ayudar por Jesús para luego poder ayudar a otros.

  1. Un ciego no es un buen guía

Cuando Jesús utiliza la imagen del “ciego” indica que el discípulo se encuentra en una etapa de aprendizaje en la que está aprendiendo a vivir según el evangelio, con los criterios de vida que inculca el Maestro y mientras no haya alcanzado la madurez para ser testigo del evangelio con su vida, el discípulo será como un ciego que necesita del apoyo y guía de otros.

Por esta razón, quien comienza a caminar en el seguimiento de Jesús debe ser prudente y no precipitarse a la hora de calificar la conducta de los demás. No es raro que quien comienza a recorrer el camino del evangelio capte con facilidad las deficiencias de los demás y quiera opinar sobre todo y sobre todos, asumiendo sin darse cuenta la posición de juez y faltando a la caridad.

La prudencia pide al discípulo, a pesar de su camino con Jesús, considerarse todavía a sí mismo como un ciego, absteniéndose de emitir juicios sobre los demás, pues a él mismo todavía le queda trecho por recorrer en el camino de la conversión. El discípulo pues, debe ser prudente y no asumir el papel de guía si no está preparado para ello y no será él mismo a quien corresponda calificarse, sino la comunidad que reconociendo su madurez se orientará por su testimonio; la imprudencia a este respecto tiene consecuencias que Jesús ejemplifica siguiendo el ejemplo del guía: «caerán los dos en un hoyo».

  1. La viga en el propio ojo es mayor que la brizna del ojo ajeno

La primera tarea del discípulo es seguir trabajándose a sí mismo: discernir y sacar la “viga del propio ojo”; liberarse del propio egoísmo y del afán de aprovecharse de los demás y oprimirles; si el discípulo no practica la autocrítica y elimina de su corazón cuanto en él haya de orgullo, mentira e hipocresía la corrección que pretenda del otro será una farsa. Lo peor que le puede pasar a un discípulo es sentirse bueno y mejor que los demás, esta autopercepción erronea le hará propenso a ser severo en el juicio de la vida de los demás y a coregir a otros lo que en si mismo no corrige; esto es,  volviendo a la imagen del guía ciego, querer conducirles a ciegas.

Jesús enseña a apareciar las cosas, las situaciones y a las personas con objetividad; el consejo del evangelio no está reñido con el jucio crítico que abre a la verdad; denuncia el delito donde lo encunetra y desenmascara la maldad; Jesús no prohibe, por el contrario aconseja, la corrección fraterna; en ambos casos enseña el modo de hacerlo: con humildad y sin juzgar el interior que sólo Dios conoce. El juicio sobre la bondad o maldad de las personas está reservado sólo a Dios. Estos son los criterios del maestro, el discípulo que quiera actuar alejándose de ellos, hace el ridículo.

  1. El árbol se conoce por sus frutos

«El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón» Jesús enseña que la bondad en el decir y en el obrar surge siempre del corazón, de una interioridad sana y honesta; quien tiene torcidas sus intenciones desvirtúa la bondad de sus actos. El texto tiene un hondo sentido psicológico: sólo con actitudes buenas podemos hacer cosas buenas, sólo con actitudes justas podemos dar frutos de justicia.

Quien lleva en su corazón odio y mentira, afán de poder o de lucro, jamás podrá hacer el bien a nadie; no puede buscar ni querer el bien de los demás, porque sólo busca el propio beneficio. «Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.». He aquí una llamada de atención; en el compromiso cristiano, nada se improvisa, cada uno da lo que es y vive, «el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón»

Una vez más en este texto de Lucas, encontramos la dimensión social del evangelio. El ejemplo de los frutos es elocuente. Un árbol no es bueno si es estéril y no produce fruto; ningún árbol da frutos para si mismo; los frutos contienen la semilla que se esparcirá y producirá nuevas plantas y frutos; pero, al mismo tiempo los frutos, apetecibles y sabrosos también sirven como alimento.

La bondad del corazón no es un fin en si misma, es don de Dios y tarea del hombre, libera del encierro del egoísmo, haciéndo salir de si misma a la persona encaminándola para hacer el bien a los demás. El discipulado implica un compromiso por el bien de las personas y de las comunidades; este compromiso es de caridad y de justicia, no por separado, sino en estrecha relación; al mismo tiempo que la caridad lleva a prodigarse amorosamente en la atención de las necesidades de una persona, la justicia entraña el compromiso personal y colectivo para que se transformen las situaciones y estructuras que generaron esas necesidades, de manera que todas las personas puedan vivir con dignidad y como sujetos de su propio desarrollo.

 

 

 

 

 

[1] Cf. F. Oñoro, Pistas para la Lectio Divina, Lucas 6. 39-42, CEBIPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 220-223.

Ser como niño para acoger el Reino.

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Dejad-que-los-niños.jpgTiempo Ordinario

Sábado de la VII semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (10, 13-16)

En aquel tiempo, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo.

Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Marcos nos regala escenas ricas en ternura humana, como ésta de los niños. La presencia de niños escuchando a Jesús es un hecho conocido. Con ocasión de la multiplicación de los panes se menciona también la presencia de niños que le seguían desde hacía tiempo, hasta que llega la noche. Cabe pensar que son niños que acompañan a sus padres, dado que la escucha de la Palabra de Jesús es un hecho que corresponde, eminentemente, a los adultos.

Probablemente son los mismos padres los que intentan acercar sus hijos a Jesús «para que los tocara». Su intento queda frustrado por los discípulos, que, al menos así lo pensamos, actúan de buena fe, llevados por el deseo de garantizar al Maestro un poco de tranquilidad, pues los niños, como es sabe, son alborotadores y crean confusión. La reacción de Jesús es fuerte, indignadaº. Por un lado, es una manera vigorosa de desaprobar y, por otro, una invitación a reconsiderar la figura del niño. La sensibilidad judía había producido ya el salmo 131, donde el niño es imagen de aquel que confía y se abandona a Dios. Sin embargo, llegar a establecer el valor del niño colocándolo en el centro del interés o incluso como modelo es un dato que trasciende la mentalidad de la época, que no reconocía al niño personalidad jurídica y lo consideraba como propiedad de la familia y, sobre todo, del padre.

Jesús da un vuelco a valores consolidados, rompe esquema atávicos y acoge a los niños. Este hecho, de una gran riqueza desde el punto de vista humano, se colorea teológicamente con la motivación «porque el Reino de Dios es de los que son como ellos». Jesús los eleva a modelo de vida. ¿Por qué? Porque el niño adolece de la arrogancia que caracteriza al adulto, no pretende actuar por sí solo, dado que siente como urgente e indispensable la presencia de alguien que esté cerca de él y le dé seguridad. Le falta también la aspiración a la preeminencia y a los honores y sobre todo, la inocencia, que le permite confiar sin reservas en las personas, particularmente en su padre y en su madre.

El niño es la personificación del «pobre», a quien está reservada la primera bienaventuranza y a quien se garantiza la posesión del Reino de Dios. El texto concluye con una afirmación certera, solemne, introducida por la fórmula «les aseguro que»: Jesús declara que es preciso estar dotado del ánimo de los niños para tener acceso al Reino de Dios.

El fragmento se cierra con otro gesto de ternura por parte de Jesús: el de abrazar a los niños, porque reconoce y aprecia un valor que los apóstoles difícilmente consiguen percibir aún. No hay que olvidar que para abrazar a un niño es necesario inclinarse, ponerse a su nivel, es gesto es simbólico, con profundo contenido para los evangelizadores de todos los tiempos.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 355-356.

Lo que Dios unió…

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jesus-hablando-con-judios- Tiempo Ordinario

Viernes de la VII semana

 Textos

 + Del evangelio según san Marcos (10, 1-12)

En aquel tiempo, se fue Jesús al territorio de Judea y Transjordania, y de nuevo se le fue acercando la gente; él los estuvo enseñando, como era su costumbre.

Se acercaron también unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?” El les respondió: “¿Qué les prescribió Moisés?” Ellos contestaron: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”.

Jesús les dijo: “Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer.

Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. De modo que ya no son dos, sino una sola cosa.

Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.

Ya en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre el asunto. Jesús les dijo: “Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Para ponerlo a prueba, los fariseos se acercan a Jesús y le hacen una pregunta capciosa: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”. Se le hace una pregunta que no es positiva y, además, de sentido único: el comportamiento del hombre con la mujer, y no viceversa. El problema existe y, por consiguiente, es preciso afrontarlo. Ahora bien, todo problema tiene que ser iluminado a la luz de la Palabra, elemento primordial y fuente para conocer la voluntad de Dios y, en consecuencia, el plan de vida. Jesús se erige en intérprete autorizado de esa voluntad.

Acepta la pregunta y responde con una contrapregunta: “¿Qué les prescribió Moisés?”, en otras palabras: ¿qué dice la ley? Jesús pregunta sobre algo que también ellos consideran obligatorio. La respuesta se aparta de la pregunta porque los fariseos declaran lo que Moisés «permitió». Están desencaminados, no están respondiendo de manera correcta. Jesús explica la razón de la concesión de Moisés, la «dureza de corazón» o «incapacidad para entender», que es la falta de elasticidad a la hora de acoger la voluntad de Dios. El corazón es el centro de la persona, el conjunto armónico formado por la inteligencia, la voluntad y la afectividad. La máquina se ha atascado. La de Moisés fue una norma dada por la dureza de corazón. Por consiguiente, es una norma condicionada, ligada al tiempo y dependiente de una situación particular. No se trata de lo que es obligatorio, sino de lo que está permitido.

Es preciso remontarse a los orígenes, a la pureza primitiva, a la auténtica voluntad divina. Ésta había establecido una distinción entre varón y hembra, en vistas a una comunión plena entre ambos. Esta unidad es expresión de la voluntad divina, nadie está autorizado a deshacerla. Llega perentorio el mandamiento, sin añadidos: «Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre».

La explicación de Jesús, lógica y esencial, no les parece fácil de comprender ni siquiera a los discípulos, que piden explicaciones en privado, una vez en casa. La dificultad se encuentra en el hecho de que es preciso cambiar de mentalidad, invertir la tendencia machista, alimentada por la praxis. Jesús no hace descuentos, no suaviza para nadie las severas exigencias de un amor verdadero. Confirma y clarifica su pensamiento. La ruptura de aquella unidad querida por Dios es adulterio, ruptura grave de una relación nacida para permanecer inoxidable en el tiempo. Jesús, al añadir que el compromiso de fidelidad vale para ambos, hombre y mujer, introduce una paridad de derechos y deberes desconocida en el mundo judío.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 346-347.

Una recompensa, una advertencia

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rostro de JesúsTiempo Ordinario

Jueves de la VII semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (9, 41-50)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.

Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar.

Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

Todos serán salados con fuego.

La sal es cosa buena; pero si pierde su sabor, ¿con qué se lo volverán a dar? Tengan sal en ustedes y tengan paz los unos con los otros”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Se abre este fragmento, cargado de advertencias más una sentencia positiva.

El texto inicia refieriendo un gesto de bondad motivado, es decir no simplemente instintivo o automático. Se trata de una acción modesta, como el ofrecimiento de un vaso de agua, pero se agiganta si pensamos que el contexto son zonas desérticas, en las que el agua es un bien precioso. Lo que cuenta sobre todo es la motivación, exquisitamente teológica: el agua se da «por el hecho de que son de Cristo». Quien así obra piensa en Jesús y ve en el otro a un hermano. Con esta condición, la acción no será olvidada y obtendrá su recompensa. Con ello no se pretende excluir el valor de la bondad natural: el bien siempre es el bien. Lo que aquí se quiere sugerir es el gran valor que lleva anexo una acción rica en motivación interior.

Sigue una serie amenazadora de dichos, catalizados en torno a la expresión «ser ocasión de escándalo», que se repite cuatro veces. El discurso se vuelve duro y sin posibilidad de apelación. Esta severidad explica la gravedad de la situación, que el lector debe percibir con toda su urgencia. El «escándalo» era, originariamente, una piedra de tropiezo que bloqueaba el normal proceder hacia la meta. Más tarde pasó a indicar un obstáculo puesto voluntariamente para impedir el camino del crecimiento y de la fe. El ámbito religioso del escándalo se comprende mediante el añadido «gente sencilla que cree en mí» o bien por el hecho de que la meta es «entrar en la vida» (la eterna, como es obvio). Son los miembros de la comunidad, llamados precisamente «pequeños», los afectados por el escándalo. ¿Quiénes son la «gente sencilla»? Son las personas, dotadas de un corazón libre, que han llevado a cabo una opción de fe. En consecuencia, la amenaza se dirige en particular a aquellos que bloquean la actividad espiritual de cuantos quieren ponerse a seguir a Cristo. La gravedad del escándalo se deja ver en la pena que le espera al culpable, una pena muy grave, pero que debe preferirse a pesar de todo: «sería mejor». La pena consiste en colgarle al cuello una piedra de molino y ser echado al mar.

A continuación, se ponen tres ejemplos -mano, pie y ojo- que son pares. Se parte de la hipótesis de un miembro o de un órgano humano que causa escándalo, después se sugiere privarse de él voluntariamente con una extirpación radical. Por último, se presenta el hecho de que es mejor gozar de la vida, la eterna, privados de ese órgano que poseerlo e ir a la perdición. Esta última se concretiza en la Gehenna, un pequeño valle situado al sur de Jerusalén, imagen popular del infierno a causa de las basuras que ardían allí continuamente. Era una especie de vertedero de basura de la ciudad, donde el fuego incineraba todos los desechos.

En este punto es necesario preguntarse por el significado de las palabras de Jesús. ¿Pide verdaderamente una mutilación cuando una parte del cuerpo es causa de escándalo? Para responder a la pregunta hemos de tener en cuenta tanto el género literario como el comportamiento de Jesús. Como en otros casos, las palabras son fuertes y despiadadas, a fin de indicar la gravedad de la situación. Estamos ante expresiones hiperbólicas, paradójicas, que han de ser comprendidas en su significado y no aceptadas en su sentido literal, porque llevarían a un contrasentido. La petición de Jesús está relacionada con la conversión, y ésta es total, es decir, alcanza todas las dimensiones de la existencia.  La mano o el pie o el ojo que pecan están dirigidos por un cerebro y por una voluntad enfermos. De nada serviría privarse de un miembro sin intervenir sobre las causas. La conversión tiene que ver con todo el hombre y no con una de sus partes. Marcos recuerda que la maldad viene del interior del hombre y no del exterior. La conducta de Jesús durante su vida pública refuerza esta interpretación. Jesús nunca le pidió a un pecador que se privara de alguna parte del cuerpo que hubiera sido ocasión de pecado. En definitiva, nos encontramos frente a unas palabras fuertes que deben ser comprendidas y acogidas con toda su severidad, sin someterse a una interpretación literal que estaría en contradicción tanto como el texto como con el comportamiento de Jesús.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 335-337.

Si no está contra ti está contigo

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IslBGTiempo Ordinario

Miércoles de la VII semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (9, 38-40)

En aquel tiempo, Juan le dijo a Jesús: “Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”.

Pero Jesús le respondió: “No se lo prohibían, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí.

Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estamos en la segunda parte del evangelio de Marcos, después de la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo. Ahora Jesús se encuentra más concentrado en la formación de los Doce, aunque no se olvida de instruir a las muchedumbres. Los discípulos, se sentían privilegados. Juan se erige en portavoz. Está preocupado porque alguien, que no pertenecía al grupo de los discípulos, realiza exorcismos «en nombre de Jesús»: es decir, con su autoridad.

La escena recuerda un caso conocido en el Antiguo Testamento, descrito en el libro de los Números ( (cf. 11,26-29). Dos hombres que habían sido convocados para ir a la tienda del encuentro y recibir el espíritu de profecía por medio de Moisés, no asistieron. A pesar de ello, el espíritu descendió también sobre ellos y empezaron a profetizar. Esto alarmó a alguno, que se apresuró a informar a Moisés. Josué le pidió expresamente a este último que impidiera esta profecía, aparentemente ilíicta. La respuesta de Moisés manifiesta su amplitud de miras: «¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!».

Del mismo modo, Juan quería prohibir a uno que ejerciera de exorcista «como no es de los nuestros, se lo prohibimos». Juan concebía el seguimiento como un privilegio antes que como un servicio, lo pensaba en términos de «exclusividad» antes que en términos de universalidad. Le faltaba la «amplitud de miras» suficiente para superar la estrechez de su experiencia. Le faltaba sobre todo una apertura misionera, una sensibilidad altruista, porque estaba empeñado en defender más que en difundir lo que era y lo que tenía.

Jesús no le reprende, sino que le corrige amablemente usando un argumento de sentido común. Realizar un exorcismo significa poseer la fuerza de Cristo  para vencer a Satanás. Quien usa esa fuerza está, necesariamente, en comunión con Cristo. Por consiguiente, no puede ser enemigo suyo. El texto concluye aludiendo un dicho sapiencial: si alguien no es enemigo tuyo, es amigo tuyo. Jesús se revela así como un maestro del buen sentido, abierto a la diversidad, que no es oposición, sino expresión de un sano pluralismo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 325-326.

El primero sea el servidor de todos

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Jesús con niño en brazaos Tiempo Ordinario

Martes de la VII semana

Textos

†Del evangelio según san Marcos (9, 30-37)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos.

Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará”. Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutían por el camino?” Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante.

Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús y los discípulos «atravesaban Galilea». Estas palabras del Evangelio de Marcos nos introducen en el viaje que Jesús acaba de empezar y que lo lleva desde Galilea hacia Jerusalén. El viaje que el Señor lleva a cabo junto a los discípulos es el símbolo del camino de la vida, del itinerario del crecimiento espiritual.

Por el camino, Jesús habla con los discípulos. Pero esta vez no se muestra como el maestro, sino como el amigo que abre su corazón a sus amigos más íntimos. Jesús, confía a los discípulos los pensamientos que agitan su corazón. Y les dice: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte». Es la segunda vez que les habla de ello. La primera vez Pedro, que había intentado disuadir a Jesús de su camino, es ásperamente reprendido. Jesús siente la necesidad de sincerarse de nuevo. Evidentemente le oprime una gran angustia. Es la misma que sentirá en el huerto de Getsemaní y que le hará sudar sangre. No obstante, una vez más, ninguno de los discípulos comprende el corazón y los pensamientos de Jesús.

Al llegar a casa, Jesús les pregunta acerca de lo que discutían por el camino. Pero «ellos callaron», dice el evangelista. El silencio es el signo de la vergüenza por lo que habían estado discutiendo. Y hacían bien en sentir vergüenza. La vergüenza es el primer paso de la conversión; en el discípulo, nace de reconocerse distante de Jesús y del Evangelio.  Cuando no sentimos vergüenza, cuando atenuamos la conciencia del mal que hacemos, nos excluimos del perdón. El verdadero drama de nuestra vida se produce cuando no hay nadie que nos pregunta, como hizo Jesús con los discípulos: «¿De qué discutían por el camino?». Sin esta palabra somos prisioneros de nosotros mismos y de nuestras míseras seguridades.

Escribe el evangelista: «Entonces se sentó, llamó a los Doce» y se puso a explicarles una vez más el Evangelio. Es una escena emblemática, un icono, para toda comunidad cristiana. Cada uno de nosotros, cada comunidad debe reunirse, y con frecuencia, alrededor del Evangelio para escuchar las enseñanzas del Señor, para dejarse corregir y para llenar el corazón y la mente de los sentimientos y de los pensamientos de Jesús. «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Jesús no se opone a que los discípulos busquen una primacía, pero invierte el sentido de dicha primacía: el primero es el que sirve, no el que manda. Y para que entiendan bien lo que quiere decir, toma a un niño, lo abraza y lo pone en medio del grupo de los discípulos; es un centro no solo físico, sino de atención, de preocupación, de corazón. Aquel niño debe estar en el centro de las preocupaciones de las comunidades cristianas. Y explica por qué: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe». En los pequeños, en los indefensos, en los débiles, en los pobres, en los enfermos, en aquellos que la sociedad rechaza y aleja, en ellos está presente Jesús; es más, está presente el propio Padre.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 355-357.

Un caso doloroso y difícil

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Tiempo Ordinario

Lunes de la VII semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (9, 14-29)

En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte y llegó al sitio donde estaban sus discípulos, vio que mucha gente los rodeaba y que algunos escribas discutían con ellos. Cuando la gente vio a Jesús, se impresionó mucho y corrió a saludarlo.

El les preguntó: “¿De qué están discutiendo?” De entre la gente, uno le contestó: “Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu que no lo deja hablar; cada vez que se apodera de él, lo tira al suelo y el muchacho echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. Les he pedido a tus discípulos que lo expulsen, pero no han podido”.

Jesús les contestó: “¡Gente incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho”. Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, se puso a retorcer al muchacho; lo derribó por tierra y lo revolcó, haciéndolo echar espumarajos. Jesús le preguntó al padre: “¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?” Contestó el padre: “Desde pequeño y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él. Por eso, si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos”. Jesús le replicó: “¿Qué quiere decir eso de ‘si puedes’? Todo es posible para el que tiene fe”.

Entonces el padre del muchacho exclamó entre lágrimas: “Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta”. Jesús, al ver que la gente acudía corriendo, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: “Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Sal de él y no vuelvas a entrar en él”.

Entre gritos y convulsiones violentas salió el espíritu. El muchacho se quedó como muerto, de modo que la mayoría decía que estaba muerto. Pero Jesús lo tomó de la mano, lo levantó y el muchacho se puso de pie. Al entrar en una casa con sus discípulos, éstos le preguntaron a Jesús en privado: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?” El les respondió: “Esta clase de demonios no sale sino a fuerza de oración y de ayuno”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Contemplamos un caso doloroso y difícil; todas las personas implicadas en la escena sufren: un joven gravemente enfermo, un padre angustiado por su hijo, los discípulos que no son capaces de poner remedio a pesar de su intervención, Jesús que se lamenta de la falta de fe. Es un caso «difícil», los discípulos «no han podido» y constatan, con amargura, el fracaso de su intento. De manera implícita, declaran la existencia de una fuerza maligna que ellos no son capaces de superar. Han sido derrotados por el mal.

En esta situación compleja brillan dos luces, una un tanto débil y la otra muy luminosa: son el padre del enfermo y Jesús. El padre demuestra todo su amor paterno, no deja por hace nada que esté a su alcance; no se resigna, tras el fracaso de los discípulos, al ver a su hijo presa de las convulsiones, rígido como un tronco, echando espumarajos y caído en el suelo, recurre directamente al Maestro. Esta decisión denota la confianza que pone en Jesús; le acredita un poder superior al de los discípulos. Con ello ya deja irradiar un primer y tenue rayo de luz que procede de su fe. De sus palabras brota un segundo rayo, más intenso. Se presenta con la humildad del que pide algo: «si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos » y con la conciencia de su propio límite exclama: «¡Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta!». En sus palabras no hay resentimiento contra los discípulos, que se han mostrado incapaces, sino sólo la amarga constatación de que su fuerza no iguala m mucho menos es superior a la de los ocultos adversarios.

Jesús acepta la súplica y transforma aquel destello de esperanza en el fuego de una certeza: «Todo es posible para el que tiene fe». La fe es un abandono en Dios, aceptar estar en sus manos de Padre. Si estamos con él, entonces nos volvemos fuertes, hasta el punto de poder superar al demonio: Llegaremos a ser los más fuertes, porque compartiremos el mismo poder de Dios, el que Jesús activa en favor del muchacho enfermo cuando se dirige de una manera imperiosa al espíritu del mal, al que increpó diciendo: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Sal de él y no vuelvas a entrar en él».

Jesús pasa del tono severidad con el maligno a al gesto de ternura con el que estaba enfermo: « lo tomó de la mano, lo levantó y el muchacho se puso de pie». Ahora es un joven resucitado a una nueva vida, gracias a la acción de Jesús y a la plegaria de intercesión y rica en fe de su padre. (Zevini, p. 306-307)

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., p. 306-307.

Se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron.

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Lunes de la Octava de Pascua

Textos

† Del santo Evangelio según san Mateo (28, 8-15)

Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron.

Entonces les dijo Jesús: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán”.

Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido.

Estos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: “Digan: ‘Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo’. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación”.

Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Iglesia, como si no quisiera que salgamosde la Pascua, nos mantiene en el día de la resurrección. Las mujeres acaban de recibir el anuncio de la resurrección de Jesús por el ángel que les invita a acudir de inmediato a los discípulos y «se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos.». Mientras corren hacia la casa donde se encontraban los discípulos, Jesús va a su encuentro y les habla casi con las mismas palabras del ángel: «No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán».

El Maestro quiere que el Evangelio de la resurrección sea anunciado a los discípulos que él llama «sus hermanos», como queriendo subrayar el deseo de una nueva familiaridad. La Pascua debe representar un nuevo renacimiento para todos los discípulos.

Sin embargo, no faltan quienes desearían bloquear la Pascua y su fuerza de cambio, para que todo siga como siempre. El evangelista narra que los jefes religiosos, asustados por el relato de los guardias, les corrompen con el dinero y les convencen para que mientan: el cuerpo de Jesús fue robado por los discípulos mientras ellos estaban dormidos.

Así, el Evangelio presenta dos testimonios opuestos: el de dos pobres mujeres contra el de los guardias, mucho más creíble. El mundo quiere las tumbas selladas y usa la mentira y la corrupción para que no se difunda la noticia de que ha resucitado. Desde aquella primera Pascua, cualquiera que anuncie esta noticia podrá ser llevado ante reyes y jueces para ser condenado. Por desgracia, hoy hay muchos cristianos que sufren por la pascua.

Este es el sentido de los atentados que a veces golpean a los cristianos que se reúnen en la celebración del domingo. Es aquella cultura de muerte que sigue emergiendo de cualquier forma y que golpea a los cristianos en su corazón, el de la Pascua. A partir de esta cultura de muerte se refuerza el desprecio por toda vida. La cultura de la muerte droga a los vivos, les embrutece y apaga para que sean esclavos, y justifica el comercio de la muerte: se oculta la comida a los hambrientos, se ofrece la droga a los resignados y se venden las armas a los airados.

Se muere en muchos países y de muchos modos, en la creencia de que esto sucede por motivos diversos, pero el diseño es el mismo: el de la cultura de muerte que quiere que los hombres sean siervos estúpidos y egoístas desde que son jóvenes. La intimidación y la corrupción quieren silenciar el Evangelio de la vida: no pudieron silenciar al Señor Jesús y le mataron. Quieren silenciar también a sus discípulos. El Evangelio de Pascua nos muestra que bastan dos pobres mujeres, obedientes en todo al Evangelio, para vencer la intriga de los jefes y para hacer correr en la historia el dinamismo de amor de la resurrección de Jesús.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 160-161.